Lecturas recome…

diciembre 17, 2013 § Deja un comentario


Lecturas recomendadas: Marta García Aller, “La generación precaria”, Ed. Espejo de tinta, Madrid, 2006. De mal en peor: Recensión breve de la obra siete años de crisis después.

Se trata de una obra, escrita en un estilo directo y sencillo, además de muy lúcido y no exento de sentido del humor, sobre la precariedad de las generaciones nacidas en nuestro país a partir de los años 80; la obra no sólo se limita a denunciar la precariedad económica a la que muchos jóvenes se veían abocados ya por el año 2006 en sus primeros, segundos o terceros “empleos” (si cabe utilizar esta palabra), sino que va más allá. Habla de un cambio sociológico y de una crisis de valores que afecta a todos los ámbitos de la vida de los jóvenes de la generación de la autora, y de las generaciones más jóvenes que la suya, que por primera vez, si siguen en este país, deberán acostumbrarse a aceptar el hecho de que muy probablemente les toque vivir peor que la generación de sus padres. El libro incluye un interesante y demoledor epígrafe sobre la situación de la investigación en España, en el que se hace referencia a los resultados y a las cifras resultantes de un trabajo de campo realizado a través de entrevistas con asociaciones de investigadores como la Juventud de Jóvenes Investigadores Precarios (vid. www. precarios.org, asociación a la que yo mismo pertenecí y sinceramente no sé si sigo perteneciendo, y a la cual, por cierto, no aporté mucho; estoy en deuda -moral, se entiende-, con ella, al menos a nivel estatal, deuda por la que pido perdón, ya que ellos consiguieron pequeños grandes logros para todos los investigadores -incluida la integración de la mayor parte de las becas pre y posdoctorales en el Régimen General de la Seguridad Social en el año 2003, aunque con requisitos muy pobres; por ejemplo, sin derecho a desempleo, que es de suyo el futuro más previsible para muchos de los jóvenes que inician su andadura investigadora en este país-, y cuando me necesitaron, yo no estuve ahí para ayudarles como debí).

Volviendo al libro, la precariedad juvenil se manifiesta también en un pensamiento “débil”, posmoderno, en todas las áreas de la vida. La provisionalidad y la superficialidad, que son descritas de un modo objetivo, rehuyendo moralizaciones innecesarias, parecen ser rasgos distintivos de la mentalidad de jóvenes que se han acostumbrado a vivir en una aparentementemente paradójica situación de tránsito permanente hacia no se sabe muy bien dónde, donde todo es “light”: el trabajo, la identidad personal, las relaciones interpersonales, incluidas las de pareja, e incluso las relaciones familiares o de amistad -a las que yo en tan alta estima tengo-, o la absoluta indiferencia hacia una posible apertura a la trascendencia que podría “rescatar” o redimir a la juventud actual de su sensación de “no saber muy bien por dónde tirar”, y en la que el “qué quiero ser de mayor” resulta ser una pregunta permanente hasta los trenta y diez años.

Vid. mi post “Crisis?… What Crisis?”, también en mi blog, en el que cito palabras de la autora.

Licencia Creative Commons
Lecturas recomendadas: Marta García Aller, “La generación precaria”, Ed. Espejo de tinta, Madrid, 2006. De mal en peor: Recensión breve de la obra siete años de crisis después. por Pablo Guérez Tricarico, PhD se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en preguntar al autor en su blog http://pabloguerez.com, o directamente en su mail pablo.guerez@uam.es.
Anuncios

Sobran los motivos: sobre la página www.hazteextranjero.com. “By the way”, algunas reflexiones sobre la responsabilidad por la crisis.

diciembre 15, 2013 § 7 comentarios


Sobran los motivos: sobre la página www.hazteextranjero.com

Murió el poeta lejos del hogar

Le cubre el polvo de un país vecino

Al alejarse le vieron llorar,

Caminante no hay camino,

Se hace camino al andar (Cantares, Joan Manuel Serrat, Disco Dedicado a Antonio Machado, Poeta: 1969)

Hola a todos. Recomiendo el siguiente link: http://www.hazteextranjero.com, compartido en Facebook.

Sobran los motivos, la verdad. Para irse. Ya sea a los Estados Unidos de América, Canadá, Australia, Nueva Zelanda, los países escandinavos, América Latina, algunas islas del Caribe, Fidji, las Islas Shetland, Alemania, Finlandia o a ningún país, como la Antártida, las personas sensatas que todavía “vivimos” en este país y que nos sentimos asfixiadas por un clima social que no hace sino sumergirnos una y otra vez en el bucle de las mentiras sobre la crisis y en la culpabilización de los ciudadanos por el Poder, que no hace más que exigirnos “austeridad” a los que sencillamente ya no tenemos nada (por cierto, la austeridad es una virtud, que ejerce el que tiene bienes administrándolos con mesura y moderación; por eso no puede exigirse a quienes nos limitamos a subsistir y vivir de la caridad familiar o de las pocas redes asistenciales que la sociedad civil pueda poner a nuestra disposición), enmascarando los problemas reales de empobrecimiento de los ciudadanos y de sus familias y agitando fantasmas como la “alarma social que exige tomar medidas más severas contra la delincuencia” o la amenaza inminente de una hipotética secesión de parte del territorio nacional, entre otras cuestiones, tenemos la necesidad de marcharnos del territorio nacional. Mi felicitación a los miembros de las varias generaciones perdidas de este país -los nacidos entre los años ochenta y los noventa, grosso modo-, que lo están intentando, están en camino o ya lo han logrado, especialmente a los que han conseguido una residencia y un trabajo digno de tal nombre en otro país o la tan anhelada US Green Card, para cuya Lotería anual me he “postulado”. Y sobre todo para los jóvenes hipercualificados, médicos, ingenieros, Doctores en cualquiera de las especialidades recogidas en nuestra legislación y, en muchos de los casos, para los jóvenes que han tenido que completar su formación en el extranjero.  Porque aquí la formación en general, y la llamada formación académica superior avanzada llamada por las empresas  -sobre todo por la pequeña y la mediana empresa, todo hay que decirlo, aunque les siente mal a muchos-, son denominadas por la mayoría de las y de los profesionales de recursos humanos como  “hipercualificación” o “sobrecualificación”, lo que resulta ser un demérito y un signo de estupidez juntos. La “hipercualificación” acaba siendo un problema para la persona muy cualificada, que es objeto de todo tipo de envidias (el pecado nacional por excelencia) y de comentarios, del estilo de… “Pero tú, con lo que sabes… ¿por qué has seguido estudiando? ¡Si eso no vale para nada! ¡Lo que hay que hacer es cursar cualquier mastercito de seismil o diez mil euros y “presentar” una candidatura para algún puesto intermedio o de dirección, preferiblemente en la banca. Ahí, una vez colocado, tienes tu sueldecito y, por supuesto, tus ingresos en B”. Ahora bien, también está la opción “noble”, la de preparar unas “opos”, del grado que sea. pera esa también se cerró. Y las oposiciones del grupo A, para cualquiera de las Administraciones, siguen inspiradas en un modelo de “aprendizaje” decimonónico (a falta de una palabra mejor que pueda describir un proceso selectivo semejante) memorístico y acrítico que nadie parece tener voluntad política de cambiar. Ello, en mi ámbito profesional, resulta sobre todo preocupante en las oposiciones a Jueces, a pesar de algunos tibios intentos del Consejo General del Poder Judicial de cambiar “algo” el sistema de acceso a la carrera judicial durante la última etapa de gobierno socialista. De modo que, si algunos seguimos aquí, y se ha dicho muchas veces, vamos a pertenecer a las primeras generaciones en este país, en mucho tiempo, que sólo va a poder aspirar a vivir peor que la generación de sus padres, aunque sólo sea un poco peor. Así que las personas capaces de desarrollar trabajos altamente cualificados (típicamente, los investigadores) tienen un mal pronóstico de inserción social y de “evolución” en este país, como dirían algunos psicólogos. Por supuesto, la empresas extranjeras lo saben y no faltan, gracias a Dios, ofertas muy atractivas para profesionales cualificados de nuestro país para trabajar en el extranjero o “headhunters” extranjeros que incluso se  desplazan hasta aquí para contemplar, no sin estupefacción, cómo son desperdiciadas varias generaciones por un sistema  económico inmaduro y muchos jóvenes muy preparados rechazados para puestos que intentan cubrir perfiles para los que se exige una cualificación mucho menor que la del aspirante. Por la hablar de la “actividad” de los servicios estatales o autonómicos de empleo, que han hecho una dejadez cuasi absoluta de funciones en manos de las ETTs. Así, el “hipercualificado”, el que destaca por encima de la media, se convierte él también, y en este caso muchas veces sin ser consciente de ello, en una “víctima” más del sistema. Qué duda cabe de que la victimización se produce también en este ámbito, por contraintuitivo  que pudiera parecer, de acuerdo con una solución tan a la española como la del “café para todos”. Mucho habría que decir sobre esto y su relación con nuestro sistema educativo, puesto que al niño que destaca en el colegio o al joven que lo hace en el instituto no se le premia, sino que el sistema intenta reconducirlo dentro de los cauces de la cada vez más pobre educación española preuniversitaria, como lo demuestran los datos del último informe “Pisa”, por mucho que el actual Ministro de Educación, de cuyo nombre no quiero acordarme, nos prometa soluciones “ya”, muy a la española.

Llenaría ríos de tinta comentando todas las razones por las que considero a España un país de segunda o de tercera división, hasta el punto de que la cuestión me parece evidente, como si de un postulado matemático se tratara: somos un país -y sin de desmerecer a los colectivos que se mencionarán- de camareros, putas, pícaros, estafadores, ladrones, maleantes, incompetentes y estúpidos. En general, claro. Pero parece que ni siquiera la consideración de las aisladas voces que se alzaron tras el “Desastre de 1898” y que dieron nombre a aquella generación, preconizando la fractura, primero sangrienta, luego represiva y todavía sin cerrar, de las dos Españas, una de las cuales, en palabras de Machado, ha de helarte el corazón (yo diría que las dos), han conseguido situarnos en la primera fila de las grandes naciones occidentales. Evidentemente, no quiero ocultar aquí el mayor o menor “drama”derivado de la emigración que siempre -salvo raras excepciones- supone para el emigrante: alejamiento de sus familiares y seres queridos, pérdida de la red de apoyo que tuviera en su país -si es que la tenía-, etc., así como el simple sentimiento de tener que marcharte de un país que, le guste o no, es el suyo, cuya mentalidad y costumbres le ha impregnado en mayor o menor grado y a contribuido a su desarrollo como persona, en lo bueno en lo malo. Algo de España se va cuando una persona toma la decisión de abandonar, temporalmente -nada es definitivo- este país. Aunque sólo sea por los recuerdos de la infancia, nunca es grato del todo abandonar el país de origen, pues parece a afectar a uno de los “núcleos duros” de nuestra intimidad que los antropólogos y algunos psicólogos humanistas denominan “sentimiento de pertenencia” (los orígenes, las raíces, el arraigo, o como queramos llamarlo). Y la sensación de desarraigo -que yo mismo, aunque haya sido por poco tiempo, he experimentado- no es algo precisamente agradable, y se ve agravada en la medida en la que la inserción social del emigrante en el país de acogida se ve a su vez dificultada por todo tipo de trabas. Pero el emigrante adulto también se lleva algo de su origen consigo, aunque sólo sean los recuerdos y, en el mejor de los casos, la esperanza de construir en su nuevo país un futuro mejor para sí mismo y para su familia, la cual permanece muchas veces en el país de origen. Y es a él al que corresponde valorar si el marcharse merece la pena, sopesando todos los pros y los contras, tanto desde el punto de vista intelectual como desde el emocional, puntos que, por cierto, no están tan distantes entre sí. La ilusión de una nueva vida, de una “segunda oportunidad”, de un “second step” -propia de países como los Estados Unidos, pero no del nuestro-, pueden muy bien mover al emigrante a buscar un futuro mejor más allá de nuestras fronteras, y esta consideración puede compensar con creces lo que cree poder “dejar atrás” aquí, sabiendo que siempre podrá volver. Pero cuando vuelva… ¿cómo encontrará este país? No quisiera adelantarme a pronosticar nada -entre otras cosas porque carezco de esa habilidad en sentido estricto, pero en la España del próximo decenio veo un panorama desolador. Ya está empezando a entreverse ahora. Y esto es lo que yo veo, muchas veces directamente: servicios sociales públicos desbordados, servicios de Cáritas -que por cierto, si no fuera por su contribución, estaríamos muchísimo peor de lo que estamos, y habría muchas más personas y familias no ya en riesgo, sino en exclusión social-; familias anteriormente de clase media que se ven obligadas a buscar alimentos en las basuras, muchas veces caducados, o a la salida de los supermercados, por haber perdido el empleo uno, varios o todos sus miembros; niños que no tienen lo suficiente para comer de una forma saludable; familias desahuciadas por la aplicación de una Ley de Hipotecaria, de 1870, que, aunque legal, resulta en muchos casos manifiestamente injusta, si no inconstitucional, si nos atrevemos a aplicar de verdad el artículo 33.2 de nuestra Constitución (que habla de la llamada función social de la propiedad, por no hablar del artículo 128, que nunca se aplicó en serio y que en la práctica fue derogado por el Tratado de la Unión Europea a partir de 1999, cuando se produjo la definitiva cesión de soberanía económica a la “dudosamente” democrática institución del Sistema Europeo de Bancos Centrales) y un Gobierno tibio que no sabe que hacer ante las legítimas quejas de movimientos en favor de los derechos civiles como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Y es en nuestro país donde se aplican las leyes que quieren nuestros políticos -o que nuestros políticos permiten que se apliquen por el Poder que les ha llevado a donde están-, y se dejan de aplicar las leyes que nuestros políticos no quieren -o que nuestros políticos permiten que se inapliquen por el Poder que les ha llevado a donde están- (como la Ley de Usura de  23 de julio de 1908… ¡actualmente vigente, al menos de manera formal!, así como varias Circulares del Banco de España que limitan los tipos de interés que pueden exigir incluso las llamadas agencias o entidades de crédito expresamente reguladas y excluidas de la legislación bancaria general, como muchas entidades de préstamos al consumo, créditos rápidos o “minicréditos”, algunas de ellas como las de los créditos telefónicos con TAEs del orden del 200%, que enmascaran, para no incurrir en ilegalidad, como “comisiones” o “precios del servicio o gastos de gestión”. En cuanto a las entidades bancarias “tradicionales”, ocurrió, aunque en menor medida, “más de lo mismo”, tanto en los préstamos personales como en los llamados -de una manera muy poco rigurosa- préstamos o créditos hipotecarios, y que -como se ha visto en la práctica-, no son sino préstamos personales con garantía real (de hipoteca, en este caso). Y si eso ha ocurrido en el nivel legislativo…. ¿Qué decir de la práctica bancaria, en connivencia con el discurso político que se nos ha estado vendiendo, tanto por el PP como por PSOE, como “uno, si no el mejor, de los sistemas financieros del mundo”? La burbuja fue un mal y una gran mentira en la que caímos -yo incluido-, muchos españoles. En en período comprendido entre los años 2000 hasta más o menos 2006, cuando empezaban a advertirse, por parte de los profesionales más a avezados, las primeras señales de lo que habría sido la peor crisis de Occidente desde el “crash” del 29, todo parecía ir “demasiado bien”. Los que estábamos fuera no nos lo creíamos, hasta que pudimos comprobar con nuestros propios ojos cómo un trabajador no cualificado ganaba 1200 euros en A y a lo mejor otros 100o en B. Mientras, algunos trabajadores cualificadísimos, ganábamos prácticamente lo mismo, pero sólo en A. Y ahí estaba la ventana del crédito bancario, abierta de par en par, y publicitada a los cuatro vientos. A los que ganaban 1000 euros con trabajos fijos o semifijos se les daba una tarjeta de crédito con un límite de 3000, que se les seguía aumentando si pagaban regularmente.  Algunos caímos en esa trampa, así como en el de las famosas tarjetas “revolving”, que permitían pagarlo todo en “cómodos plazos”. Sin darnos cuenta, pero también sin pretender exonerarnos de nuestra parte de responsabilidad, muchos, embullidos en ese ambiente de promesas de crecimiento económico y de ascensos laborares que habrían acabado no produciéndose -cuando lo que nos estaba deparando el destino, o el transcurso de los acontecimientos, era el paro); la trampa de que, si compras todo a plazos -y ya sin necesidad de tener en cuenta los elevadísimos intereses de posposición, que no de demora, del pago-, es como -o peor- que si compras todo cuando tienes dinero en caja. El “criterio de devengo” y el “ya lo pagaré”, elevados a forma habitual de consumo surgieron en muchos españoles que caímos en esa trampa, y a algunos nos llevó a un endeudamiento aún peor, en el que contribuyeron otras causas que no quiero mencionar aquí. Después, viene la crisis, y, parafraseando a Lenin, el “¿Qué hacer?”. Yo, por lo menos, he sido sincero. Mis deudas y mis renegociaciones, de acuerdo con la ley y la práctica (incluida la ética) bancaria, son mías. Pero ésas y sólo ésas, que son insignificantes comparadas con la enorme deuda del país, tanto pública como privada. Y ahora me hago, nuevamente, pues no es nueva, la pregunta: ¿He contribuido a la crisis? Pues mi contribución a lo mejor ha existido, pero el daño hecho al sistema puede ser como el daño que supone la muerte de una mosca del vinagre para la supervivencia de todo el sistema ecológico del planeta. Y no me vengan ahora con teorías del caos, por si a alguno se le ocurre, muy lejos de ser aplicables para todo y de ser generalizables. En aquellos años, ningún personaje o autoridad públicos sabía -y si lo sabía… ¿por qué no lo dijeron?-, la que se nos iba a echar encima. Incluso en un contrato firmado “en igualdad de condiciones” entre un particular, un hombre “de la calle” y un banco, tal igualdad no es real. Se trata de contratos de adhesión en los que ellos ponen las condiciones. Además, el que tiene mayor información -el evaluador de riesgos bancario- tiene mayor responsabilidad que el particular que firma un documento ya preparado con su letra grande y su letra pequeña, del mismo modo que en Derecho penal el que tiene mayor conocimiento sobre los riesgos tiene mayor responsabilidad que el que no la tiene -por ejemplo, entre los ocupantes de un vehículo y el conductor que conduce habitualmente de forma imprudente y que sabe, además, que tiene los frenos del vehículo que finalmente acabará teniendo un accidente en el que, por ejemplo, fallece uno de los dos ocupantes mencionados en el ejemplo, o los dos, que ignoran tales hechos, tiene mayor responsabilidad el conductor que sus dos ocupantes-. Así que ya estoy cansado de que nos digan, a estas alturas en la que muchos arrastramos el desgaste del sobreendeudamiento, sobre todo desde la casta política, y por boca de políticos imputados por malversación y corrupción, que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades”. Ya está bien. Satis. Habría primero que hacerse la pregunta de quién, o qué, ha determinado nuestras posibilidades. Y la respuesta ya la he sugerido antes. Por eso prefiero una descripción más ajustada a la realidad sobre la atribución de responsabilidad por el sobreendeudamiento de nuestro país. Y es la siguiente: Algunos (cada cual sabrá) no hemos vivido por encima de nuestras posibilidades. Hemos, más bien, vivido -algunos al límite, pero siempre dentro- de las posibilidades que nos ofrecieron entonces. Y a partir de esta aceptación, deberán los políticos tomar las medidas adecuadas, pero sobre todo equitativas para arreglar el problema, incluida la renegociación de nuestra deuda “soberana”. Y ello no debe hacerse nunca a costa de los servicios que atienden las necesidades básicas de los ciudadanos, como la sanidad, la educación, las pensiones, los servicios sociales, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado o la necesaria oferta de empleo público que demanda un Estado social según nuestra Constitución (artículo 1). Y menos aún prestando dinero a los bancos para “rescatarlos”, con el pretexto de que si no se habría hundido el  sistema financiero, y prestándolo, además, sin condiciones, sin supervisión y sin una contrapartida de rendición de cuentas, como han exigido otros países occidentales -por supuesto los Estados Unidos, a cuyo pueblo, por el arraigo del capitalismo, no se le suele gustar mucho la idea, tan arraigada en nuestro país, de la “subvención”, máxime cuando éstas -bajo forma de préstamos, avales, rescates, da igual la terminología-, son otorgadas a entidades típicamente “capitalistas”, como las entidades financieras. Por supuesto, en ese país la depuración de responsabilidades, tanto a nivel individual (piénsese en la famosa estafa Madoff, pero ha habido más investigaciones a distintos niveles), como a nivel de las propias entidades a las que, y pese a no ser economista, atribuyo el mayor peso de la crisis mundial (ocasionada, entre otros factores, por ejemplo, por la caída de Lehman Brothers en el otoño de 2007 a raíz del escándalo de las “subprimes”, y que provocó un efecto expansivo de la crisis en todos los mercados de valores internacionales). Pero se tomaron medidas; entre otras, la Administración Obama tomó medidas muy contrarias al presunto “espíritu capitalista”, a través de una intervención del sistema bancario sin precedentes, precisamente para “rescatar” a los principales bancos norteamericanos, son sin exigir una rendición de cuentas pública que les costó la reputación, cuando no directamente la cárcel, a varios de los hasta entonces reputadísimos hombres de negocios. En otros países serio, como en Alemania, se tomaron medidas similares. E incluso en otros, como Islandia, se optó por “no pagar” una deuda que se consideraba, por la mayor parte de su población, sencillamente “injusta”. Sin embargo, aquí no se produjo nada de esto. El entonces gobierno del Partido “socialista” y “obrero” español, liderado por el “preparadísimo” joven Zapatero, decidió avalar a los bancos para “salvar” o, en el mejor de los casos “estimular” la economía, sin exigir contrapartida alguna a cambio, y como mucho, salvando los muebles por medio de falsas promesas a la ciudadanía como la exigencia, “si eso”, y “más adelante”, de una futura rendición de cuentas, de un cierto control, de que sería deseable un autocontrol de las entidades de crédito y del sistema financiero… En fin, que cada cual saque sus propias conclusiones.

Éstos son los problemas que quiero denunciar aquí, y el mal que están causando a nuestra sociedad puede muy bien motivar la salida del país de muchas personas que tendrían mucho que aportar a España y que, por las condiciones en las que ésta se encuentra, no son capaces de aportar o, mejor dicho, a causa de varios de los males endémicos que ha padecido históricamente este país y que han contribuido a forjar una mentalidad compleja, en la que se entremezclan factores tan dispares como el derrotismo y la picaresca,  no se les da a estas personas por la generalmente pobre clase empresarial del país -muchas de ellas jóvenes o adultos jóvenes- la posibilidad de contribuir con sus conocimientos y habilidades a la generación de riqueza. Por todas estas razones, ¿cómo no plantearse la búsqueda de un futuro mejor, sabiendo que nuestra vida es una peregrinación, un camino, recordando nuevamente al Poeta, que se hace al andar, con sus errores y sus aciertos, fuera de nuestras fronteras?

“By the way”, quisiera dedicar algunas palabras a los por algunos igualmente amados como odiados Estados Unidos de América, aunque sólo sea porque gran parte de los movimiento de las redes sociales vinculadas al trabajo de blogeros “liberals” (incluidos importantes blogs “sensacionalistas” o “antisistema”) se gestaron allí, no sin dificultades, en los campus de Stanford, Berkeley, en el MIT, o sencillamente en las escuelas independientes de periodismo repartidas a lo largo y ancho del país. Muchos de los que leeréis el blog lo sabréis, y otros lo deduciréis pronto; aunque mi plan A es encontrar un trabajo de subsistencia en este país bananero, si por mí fuera me iba con mi billete de ida y dos mil dólares en el bolsillo a cualquier otro lugar para comenzar una nueva vida (“second step”, “second strike”, “second chance”), así sin más. De momento no puedo.

Los Estados Unidos están en primera línea. Cuántas veces hemos visto en las películas historias reales del self-made man, de gente que tropieza y se levanta, de un sistema que permite esto. Incluso de criminales que se cambian de nombre, se van a otro Estado y cambian de vida. No en vano, y sin negar sus enormes problemas y desigualdades sociales, los Estados Unidos de América sigue siendo el país de las oportunidades y de las ilusiones, donde todo es posible, con la ayuda de Dios. Es así de paradójico: el Gobierno del Estado más poderoso del mundo y, por ello, el más peligroso y potencialmente “malvado” es el Gobierno del país de las oportunidades, de los “checks and balances”, de los contrapesos; y también es el país de las paradojas y de los cambios; del respeto al que cae y luego se levante, aunque haya caído setenta veces siete y se haya levantado setenta veces siete más una; es el lugar -a pesar de los abusos tanto de los ciudadanos como de las autoridades-, del respeto a todas las minorías, así como de las discusiones -en el buen sentido de debate, “to discuss”-, del sentido de la democracia como modo de funcionamiento, aun imperfecto, en todos los niveles sociales. Como se dice en la magnífica película de Costa Gavras “Desaparecido” (1982, guión de Costa Gavras y de Donald Stewart) sobre la responsabilidad de los Estados Unidos en el golpe de estado en la dictadura chilena, el protagonista de la película (Jack Lemmon), ante las trabas interpuestas de los funcionarios diplomáticos estadounidenses para no seguir indagando sobre la muerte de su hijo por razones de defensa y de seguridad nacional, y de los argumentos dados por éstos en la línea de que su país lo que hace es defender sus intereses mejor que cualquier otro para que sus ciudadanos vivan mejor dentro de sus fronteras, y que claro, eso conlleva inevitablemente el pago de un precio, lleva a algunos efectos “colaterales”, aquél (Jack Lemmon, que interpreta al padre su hijo asesinado durante la dictadura), les replica que, pese a todo, es consciente y está orgulloso de ser ciudadano de un país en el que puede acudir a los Tribunales para defender sus derechos que esos mismos funcionarios del Gobierno le niegan; y los Jueces, a veces fallan con verdadera independencia -a años luz de lo que aquí denominamos “independencia del Poder Judicial-, en favor de los titulares legítimos de los derechos civiles reclamados, de las minorías y de la gente desfavorecida. Y es así. Precisamente sólo en un país compuesto por una pluralidad étnica, racial, de origen, cultura e ideológica tan dispar, ha podido desarrollarse una gran Nación con conciencia de tal por encima de las diferencias individuales. Y todo ello pese a los Lobbies, a los grupos de poder, y probablemente a su mayor responsabilidad por los conflictos del mundo. Así es. Es el país de las paradojas, y, por tanto, el país donde todo es posible. Por no hablar del reconocimiento social, que se hace universal, que en ese país tienen los profesionales de la ciencia y del conocimiento, tanto teórico como aplicado. Ahí sí que existe verdadera “transferencia” de tecnología, cosa que en España se reduce a un “palabro” que sólo sirve para incluirlo en los discursos de los dirigentes académicos y políticos y en los diferentes kafkianos formularios que debemos rellenar los que aspiramos a obtener una acreditación, una estancia de investigación, unas dietas, el reconocimiento de un sexenio de investigación, etc., etc., todas éstas cosas que seguramente no interesen a la mayoría de mis lectores, y con razón, lo que constituye la mayor prueba de que aquí nuestras autoridades académicas, cada una en su nivel, hayamos adoptado, algunos contribuido a adoptar, algunos por acción, y otros por omisión, un modelo tan formalizado de medir la capacidad investigadora, la producción científica y su proyección social que, por no creérnoslo nosotros mismos, nos nos hace creíbles ante la sociedad (la cual, dicho de paso, no está exclusivamente constituida por los famosos “emprendedores” de cuya mención se les llena la boca todo el rato a nuestros políticos). Un abrazo especial a Hilo, María y Sara, que han decidido plantar su pequeña “tienda” de emigrantes procedentes de un país aldeano llamado España en ese gran país, creando una familia en un país todavía libre, pese a las amenazas que los grupos de la ultraderecha norteamericana en orden a mejorar la “seguridad nacional” siguen realizando. Porque, además, los Estados Unidos son el país de la esperanza y de la confianza. Así reza incluso la famosa referencia en el billete del dólar “In God we trust”. Eso es lo que les ha permitido crecer como Nación y situarse, pese a todos sus errores y extralimitaciones -sobre todo en materia de política exterior-, en la vanguardia de las Naciones del mundo. Así que, pese a lo que les pese a algunos, que Dios os bendiga. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América… ¡Y a sus inmigrantes!

Licencia Creative Commons
Sobran los motivos: sobre la página http://www.hazteextranjero.com. “By the way”, algunas reflexiones sobre la responsabilidad por la crisis por Pablo Guérez, Phd se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en consultar al autor en su blog http://pabloguerez.com, o directamente en su mail pablo.guerez@uam.es.

“Crisis?… What Crisis?

diciembre 15, 2013 § 3 comentarios


“It is not only a question of charity. It is just a question of dignity. Stop blaming the victim! Stop secondaries and n-victimizations by any social context. Stop blamig victims of violent crimes, victims of society, victims of the System and homeless people. Stop blamig children, teenagers without future, ageds, unemployees, poors, indigents, sick and different people, LGTB people, vulnerable people, deseaseds, patients, disableds, inmigrants, outcasts, outsiders, consumers and debtors, and many other innocent people which carry on the consequences of a thing that many renowned economists name “Global or World Crisis”, which is in reality the manifestation of an inequal global system of wealth distribution, in which they never have taken an active part, and it has lead them to a huge loss of dignity and humanity” (Pablo Guérez Tricarico, Phd, 12/28/2013) 

Según fuentes gubernamentales, hace poco más de un par de semanas que dejamos atrás la recesión, con el consiguiente aplauso de las Agencias de calificación de nuestra deuda soberana (¿o deberíamos decir las soberanas Agencias de calificación de la deuda?). Comienza una nueva etapa de crecimiento macroeconómico, ya no estamos a la cola de Europa y, desde el punto de vista de la economía financiera, puede empezar a decirse, de nuevo, recordando la consigna puesta de moda por un infame presidente del Gobierno que tuvimos que padecer los españoles y los residentes en nuestro país entre 1996 y 2004, “España va bien”.

Sin embargo, no se crea empleo. A pesar de los pingües beneficios recientemente publicados de las mayores empresas cotizadas en el IBEX-35, no se contrata, ni siquiera bajo las nuevas formas de “contratación” contempladas por las últimas reformas laborales, que se han ocupado de vaciar de contenido en la práctica el Derecho laboral: no, tampoco hay “minijobs”, contratos temporales de aprendizaje para adultos maduros, contratos temporales de 500 euros por convenio, becarios, etc., etc. ¿La razón de todo ello? Aun a riesgo de incurrir en un peligroso reduccionismo: una combinación de incompetencia de nuestra clase política y de la inexistencia -con poquísimas excepciones-, de verdaderos emprendedores en nuestro país, con auténtica visión de futuro.

Parece que lo único que importa son los datos y las cifras macroeconómicas de la economía financiera, que nunca me interesaron mucho. Por el contrario, me interesa la “intrahistoria”, en el sentido de Unamuno, la historia de la gente -no confundir con la cuasi incomprensible “ciencia” de la microeconomía, especialista en teorías formales que intentan describir modelos de comportamiento humano y explicar lo ocurrido a partir de predecir el pasado y de postulados condicionados ideológicamente, como la “innata naturaleza egoísta del ser humano”, y cosas por estilo-. Son pocos los economistas que presentan un enfoque más abierto, complementario, complejo y por ello más próximo a la realidad de la ciencia económica en general, renunciando al determinismo completo y a los postulados referidos, y admitiendo la reciprocidad y la cooperación en el juego económico (vid., por todos, Nash, John,  “Equilibrium points in n-person games”, PNAS, 1 de enero de 1950, vol. 36 no. 1 páginas 48-49, en inglés. Artículo enviado a la revista de PNAS [Proceedings of the National Academy of Sciencies] el mes de noviembre de 1949 y publicado en dicha revista en enero de 1950; Sen, Amartya K., On Ethics and Economics. Oxford: Basil Blackwell, 1987, así como artículos y libros de divulgación posteriores sobre las relaciones entre la economía, el derecho y la política).

Algún mal pensado habrá pensado que la causa de mi desempleo y de mi permanencia en él pueda ser algo así llamado crisis; ¿crisis? ¿what crisis? Me recuerda a una canción de Supertramp que se pierde en la noche de los tiempos en los que había ideologías… Ah, ¿Qué tenemos una tasa de paro del 26 y pico por ciento y una tasa juvenil del 46 y pico (esa ya no me toca, yo ya estoy dentro del paro general). Pues eso es simplemente porque la gente es vaga, y no vota lo suficiente al partido en el poder. Aceptemos subempleos, “minijobs de 500 euros”, contratos basura o contratos de esclavitud, y se acabará el desempleo. Así, por ejemplo, digamos sin complejos que si el parado no trabaja, es porque no quiere -o porque no quiere trabajar 12 horas diarias por un sueldo de 200 euros-. Y si el pobre es pobre, es porque le falta ambición, iniciativa, porque no se ha “puesto en marcha” para encontrar trabajo por cuenta ajena o, mejor, para fundar su propia empresa para explotar a otros pobres. Frases de este tipo se decían por ejemplo, en los Estados Unidos, en las campañas políticas de los peores tiempos reaganianos, mientras auditorios repletos de “chigago boys” aplaudían sin rechistar semejantes infamias. Y si la cosa está así en nuestro querido Occidente… ¿cómo estará en el Tercer Mundo, hoy excluido de la participación de los beneficios de un sistema financiero global intrínsecamente injusto, cuando no directamente expoliado por Occidente?  Bueno, no sigo. Que cada cual saque sus conclusiones; ¿pero a las personas de mi generación, de mediados de la treintena, no os lo han dicho más de una vez? Que si nosotros luchamos contra “los grises”, que los tipos de interés para comprarse una casa estaban más altos entonces, que si estudiabas, y si estudiabas mucho, te ganarías un empleo cualificado… y tantas y tantas otras mentiras, muchas veces dichas con buena intención, es decir, sin saber que nos cambiarían las reglas del juego una vez comenzada la partida (sobre esto, aunque aplicado a una generación afortunadamente más joven que la mía, recomiendo la lectura íntegra del interesante libro de Marta García Aller, “La generación precaria”, Ed. Espejo de tinta, Madrid, 2006).  Valgan como reflexión y estímulo -no como resumen- de las ideas y de los hechos centrales que tan bien se describen por su autora las siguientes palabras, referidas a ella misma y que, aunque no las comparta al 100 por 100, sí merecen el 100 por 100 de mi respeto: “Lo bueno sería tener algo seguro para los 35, ya me da más igual qué. Será que me estoy haciendo mayor, pero me estoy dando cuenta de que todo no lo puedes hacer. Ya no estudiaría más cosas para sacármelas por sacármelas. Lo que haga tendrá que ser porque valga para algo. En el fondo prefiero no complicarme mucho la vida. Si puedes trabajar en lo que estudiaste pues bien, y si no, pues a buscarse otra cosa; si puedes hacer una familia la haces y si no, pues no.  Pero hay que dejar de quererlo todo o te vuelves loco. En realidad lo que me gustaría es tener que dejar de tomar decisiones (…)” (p. 276). Observe el lector que el libro está escrito en el 2006… ¡antes del inicio de la crisis! ¡Qué cosas podrían decirse ahora! La verdad es que la obra de Marta merece una recensión, pero habiendo pasado lo que ha pasado y lo que seguimos padeciendo, no quiero ni imaginar lo que ella escribiría ahora sobre la precariedad. Probablemente, y aunque la intuición me dice que se ha “colocado” y vive mejor que yo, objetivamente podría escribir una obra mucho más demoledora. Continuaré escribiendo, si Dios me lo permite, sobre la crisis, y a ser posible en inglés, más adelante; sobre sus efectos en el Primero y el Tercer Mundo, desde  mi profunda intuición, acompañada de algún conocimiento empírico, de que la crisis actual trae su originen de una crisis de valores que ha estallado en el Primer Mundo, ocasionada por el hombre, y no en una hipotética falta de recursos.

Licencia Creative Commons
“Crisis… What Crisis? por Pablo Guérez Tricarico, Phd se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en preguntar al autor en su blog http://pabloguerez.com o directamente en su mail pablo.guerez@uam.es o pablo.guerez@gmail.com.

¿Por qué abrir un blog?

diciembre 14, 2013 § Deja un comentario


Hola a todos. Para los que no me conozcáis: Soy Pablo Guérez Tricarico, Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid. Por qué abrir un blog. Y sobre todo un blog con contenido social o personal. Es esta una pregunta difícil, que incluso a algunos podría parecer superflua. No hace mucho pensaba que muchos blogs -no todos- constituían una pérdida de tiempo, que llevaría demasiado administrarlo (y eso podría ser en el futuro un inconveniente, dada mi habitual “dejadez” para mantener ciertos asuntos, o mi falta de perseverancia), o que -si no son escritos por algún profesional que pueda aportar conocimientos útiles a la sociedad-, eran poco más en su mayoría más bien una vanidad del escritor. Sin dejar de ser algo escéptico al respecto, pues realmente pienso que las cosas, y las injusticias sociales y personales de este mundo en el que vivimos, si queremos cambiarlas por la palabra, los que realmente tienen la responsabilidad y el privilegio no sólo de concienciar, sino de convencer a la sociedad en su conjunto para que actúe y haga presión sobre el Poder -dicho así, suena muy fácil, pero en muchas ocasiones (desgraciadamente, pocas en nuestro país)- son los periodistas o blogeros. Son ellos los que, por su habilidad y conocimientos, pueden ser realmente capaces de reportar hechos o pruebas (evidences) lo suficientemente graves como para conmover los mismos basamentos de las estructuras injustas de poder que conforman nuestra sociedad enferma y adormecida de nuestro querido Primer Mundo. Y ello, en todo a lo que muchos no nos gusta: desde los experimentos ilegales de la industria farmacéutica y el control de precios para que la mayoría de la población mundial siga excluida de recursos sanitarios valiosísimos, a la conexión del funcionamiento de los mercados de materias primas o de piedras o metales preciosos con la responsabilidad directa en conflictos bélicos que se desarrollan, de manera olvidada aquí, en diversos países del llamado Tercer Mundo, por poner sólo dos ejemplos, los cuales, por no disponer de las herramientas propias del periodista, no puedo concretar sin exponerme, en el mejor de los casos -sí, me habéis leído bien, en el mejor- a ser objeto de querellas por calumnias, porque eso daría publicidad a estos temas olvidados por la sociedad y motivaría a los verdaderos periodistas valientes a volver a investigar sobre ellos. Mi admiración hacia una labor que en este país de tercera división resulta tan difícil, el periodismo de investigación o el periodismo de compromiso social -por la calidad de los periódicos de mayor tirada que en él se editan y su clara supeditación a líneas editoriales tan afines al poder real -no me refiero al poder político-, que la sola mención de este hecho resulta caricaturesca.

Hasta ahora, para transmitir las ideas que ahora intento plasmar por medio de “posts”, y algunas otras, había utilizado el modelo de la carta abierta selectiva vía mail, muchas de las cuales me sirvieron de desahogo, denuncia, contacto y comunicación de mi situación, preocupaciones e inquietudes en forma escrita -lo que permite una mayor serenidad y reflexión-, de manera rápida y fluida, e incluso me permitió resolver o paliar situaciones personales difíciles y ponerme en contacto con personas distantes en todos los sentidos de la palabra, y, “by the way”, extender lo que yo consideraba una problemática sólo individual a un ámbito más general o más social, denunciando situaciones objetivamente injustas. Ello no dejaba de ser un medio de expresar ideas puntuales que sólo podían llegar a un público limitado, por mucha gente de las “redes sociales” que viniera incorporando. Tenemos el ejemplo de otro tipo de formatos ofrecidos por los periódicos tradicionales, tanto en papel como exclusivamente digitales (como las tribunas, las cartas al director, o incluso iniciativas más abiertas en los periódicos digitales, como los foros de opinión con mayor o menor grado de moderación), y que pueden alojar opiniones realmente interesantes escritas por ciudadanos anónimos, pero que resultan ser, en el fondo, para la mayoría de los lectores de los respectivos periódicos, “flor de un día”, y acaban, en el mejor de los casos, siendo objeto de estudio en las hemerotecas por parte de verdaderos periodistas de investigación, que utilizarán o no como material de estudio para sus artículos. Frente a ello, el formato de blog permite una mayor continuidad, difusión, discusión y modificación de los contenidos que en él se alojan, además de constituir hoy por hoy, en esta sociedad “en red” en la que nos ha tocado vivir, una de las vías más eficaces de llegar a los ciudadanos, incluso por encima de los periódicos oficiales, cuya sujeción a la línea editorial, si bien está presente también, en mayor o menor grado, en los mejores periódicos del mundo -como los norteamericanos-, en nuestro país resulta ser simplemente caricaturesca; y ello sin perjuicio del trabajo muchas veces encomiable de los periodistas vocacionales, especialmente los periodistas de investigación y los periodistas sociales, a los que les mueve, por encima de todo, la búsqueda de la verdad, para que ésta sea conocida por la opinión pública (que no debe confundirse con la opinión publicada). Y por otra parte, no debemos olvidar -evidentemente, no me estoy refiriendo a mi caso-, que muchos periodistas ahora reconocidos y galardonados, empezaron, sobre todo en los tiempos más recientes y en los países más avanzados -como los Estados Unidos-, bien como blogeros, bien teniendo en cuenta el trabajo de éstos para realizar sus investigaciones y publicar sus artículos en periódicos “al uso”, algunos de los cuales tildados de sensacionalistas, para pasar después a ser contratados por periódicos no sospechosos de tener tal carácter.

Dicho esto, en la situación actual en la que vivo, las principales razones que me han movido a abrir este blog son las tres siguientes y, fundamentalmente la primera; me disculparán los lectores si desarrollo demasiado esta primera razón, que, como he dicho, es la que más me ha motivado a escribir:

1) Mi situación personal, social, y laboral, de parado sin derecho a prestación o, dicho en otros términos, de paria social, en el que, además, me veo sometido a exclusiones de diverso tipo y a obligaciones con las que no comulgo: en un cierto sentido, y por motivos que no vienen al caso, me siento un poco como el que está en la cárcel o en un programa de “rehabilitación”; ya habrá oportunidad, si acaso, de hablar de ello, y os adelanto que lo haré en un sentido muy crítico, ya que detesto todo lo que mina la autonomía de la persona. Pero volvamos a lo de la situación personal. Una de las ventajas de ser un parado sin derecho a prestación alguna en este miserable país, es decir, de “no ser nadie”, es que puedes escribir de lo que te de la gana sin rendir cuentas a nadie, porque -y no me resisto aquí a citar a Obi Wan Kenobi en “La Guerra de las Galaxias” (“no somos importantes”, Episodio IV. Una nueva esperanza., de George Lucas, dir., 1977). Me considero ciertamente un paria en cuanto carezco de derechos “materiales” -hablando en terminología marxista-, es decir, sobre todo, de la “sacrosanta” propiedad; me quedan algunos derechos “formales”, que sin embargo para mí no lo son tanto, pues no soy marxista, sino humanista, y más próximo al liberalismo igualitario de Rawls o Dworkin, además de cristiano: entre estos derechos “formales”, el que aquí me interesa destacar es la libertad de expresión e investigación, el uso de la Palabra con mayúsculas, que pienso explotar al máximo, hasta que ¡ojalá! un día, el Poder, en sus diversas formas y manifestaciones, se interese por mis palabras. Es verdad. No somos importantes. Pero mi humilde función, al abrir este pequeño blog, es señalar a otros que sí lo son, a los que cito literamente y a los que recomendaré, para que sean ellos los que puedan liderar un proceso de cambio. Esa es mi función, y, por ahora, no estoy preparado ni me corresponde hacer más. Como Juan el Bautista señaló en su tiempo a Jesús de Nazaret – yo, un hombre cualquiera, sigo señalándolo como modelo a seguir para el que quiera y para un cambio social de verdad-, y no interpretéis esta afirmación como una señal de soberbia, sino de todo lo contrario. Ya veremos en el tiempo cómo podremos ir construyendo una sociedad mejor. Algo de esto ya diré en la tercera razón. Volvamos otra vez al colectivo que ahora me interesa, el de los parados, especialmente el de los que no recibimos ningún tipo de prestación y estamos, por lo tanto, excluidos del sistema de la economía formal, que en nuestro tiempo equivale tanto como decir que estamos excluidos de la propia sociedad, pues la propia sociedad se basa en su funcionamiento en el dinero (sobre los parados en nuestro país, véase también en mi blog “Crisis?… What Crisis? Sobre la tasa de paro en España”, y “Carta abierta…)”.

En otro orden de cosas, ya adelanto que los posts que pretendo escribir aquí van a ser escritos desde una perspectiva muy subjetiva y personal; en cada uno, además del alcance general o de denuncia social que quiero darles, no puedo dejar de imprimir la huella de mi carácter y de mis sentimientos y emociones que tenga o haya tenido en cada momento; y el momento actual, podemos decir que no me encuentro en el mejor de mis momentos, tanto por razones personales como por razones sociales que no deben olvidarse y que constituyen verdades tanto como las primeras. Esto lo escribo por aquellos que me acusarán de buscar siempre razones para justificar mis argumentos o incluso mi comportamiento (cosa lícita en un país democrático, por cierto, pues, si no me defiendo yo… ¿quién lo hará por mí?), o de subjetivista, partidario de “teorías de la conspiración”, de “sobreintelectualizar” problemas, etc., etc. Adelantándome ya a tales críticas, algunas de las cuales me han sido hechas ya en el pasado, contesto que el blog está abierto a todos, siempre desde el respeto, para comentar, contraargumentar, comentar y construir juntos una red crítica sobre los problemas que yo plantee. Por todas estas razones, mis posts tienen también cierto carácter “terapéutico” para mí, en sentido amplio, son fruto de un “egoísmo altruista” y, en la mayor parte de los casos, estarán escritos desde la sinceridad y desde un saludable cinismo que me ha regalado la vida. Finalmente, dentro de esta primera razón, cuando pueda referirme “by the way” a experiencias más personales, adoptaré una postura crítica, enmarcando mis propios errores en el contexto social y tratando de suscitar la conciencia de la gran parte de responsabilidad que tiene la sociedad en los problemas individuales, y que se corresponde con la gran máxima de algunos Abogados defensores de “No mi cliente, sino la sociedad” (vid. en este sentido, por todos, Sánchez-Vera, 2009), sin negar mis errores ni mi parte de responsabilidad -pues ya habréis visto en mi perfil que, como uno de mis principios orientadores de mi vida, amo la Libertad, con su contrapartida que es la Responsabilidad, si bien con algunas matizaciones importantes que se derivan de mi carácter “humanista”, abierto al perdón y a la Misericordia, como valores que pueden y deben ser incorporados a un concepto humano de Libertad;

2) Las ganas de denunciar públicamente -aunque todavía no crea mucho en ellas, como puede desprenderse de la lectura de mi primer post-, hechos o actitudes sociales que me preocupan a través de las llamadas “redes sociales”, y todo tipo de marginación y exclusión social, sobre todo de los más débiles y desfavorecidos; entre ellos: todas las minorías, del tipo que sean, étnicas, raciales, culturales, ideológicas, políticas, religiosas, comportamentales, filosóficas, académicas, científicas, médicas, sexuales, eróticas, y todas las que me he dejado en el tintero;  determinados enfermos con enfermedades crónicas “de verdad”, es decir, físicas, como las personas infectadas por el VIH o las enfermas de SIDA; las personas con algún tipo de capacidad, con alguna malformación o defecto físico, psíquico o funcional genético o adquirido, incluidas las personas que no se corresponden con los cánones de belleza o de normalidad que nos marca nuestra sociedad occidental, hasta el punto de tener muchas de ellas de recurrir a la cirugía estética o satisfactiva (sobre este punto puede verse mi tesis doctoral, pero a lo mejor desarrollo un post específico al hilo de los abusos de la Medicina, especialmente de la Psiquiatría y de la Medicina experimental); la mayoría de lo que suele denominarse por la Psiquiatría y la mayor parte de la Psicopatología como “enfermos mentales” (ya adelanto, como espero escribir en un post -disculpen la cacofonía- posterior, que no creo en la existencia de las enfermedades mentales “strictu sensu”, al menos en la mayoría de ellas, como entidades nosológicas separadas “per se”, y menos aún como categorías discretas al modo en que las contemplan los modernos manuales de diagnóstico y tratamiento de los trastornos mentales al uso estilo DSM-V  de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) o CIE-10 de la Organización Mundial de la Salud), sino más bien en comportamientos desadaptativos que comportan sufrimiento al que los realiza y a veces también su entorno próximo.

Dicho en un lenguaje claro, a muchos no nos gusta el mundo tal y como está; y si no podemos cambiarlo con las armas, sino con la palabra, parece ser que la “revolución”, el “cambio”, la “toma de conciencia”, la “instauración del Reino de Dios” (y donde pongo Dios cada uno ponga Justicia social, paz, respeto e igualdad y todo eso que muchos tenemos en la cabeza) que muchos estamos anhelando, ya no puede venir de los sindicatos, de los partidos políticos o de instituciones anticuadas surgidas en el siglo XIX en las que muchos de nosotros hemos dejado de creer; el cambio deberá surgir “de la red”. De ahí el afán del Poder -sobre todo de las dos grandes potencias del mundo actual, el Gobierno Federal de los Estados Unidos y el Gobierno de la “República Popular” (sic) china- en controlarla cada vez más;

3) Por último, mi afición al género periodístico y mi voluntad de expresarme en un lenguaje a medio camino entre el género periodístico y el académico, en el mejor sentido de ambos, cogiendo lo mejor de los dos géneros e intentando evitar lo peor: del periodístico, la frescura del lenguaje, sin necesidad de estar atado por la “premura” de la noticia, por el necesario reduccionismo que impone la propia lógica periodística y sin sujeción a línea editorial alguna, sobre todo en este país; del académico, el rigor que aporta una investigación contrastada suficiente que puede encontrarse detrás -pero no necesariamente- dentro del texto “posteado”, de acuerdo con el ejercicio de la plena libertad investigadora y de su reconocimiento académico, al menos formal y a nivel legal, que me aporta mi Título de Doctor, y todo ello sin necesidad de realizar investigaciones presuntamente “rigurosas” con muestras de erudición de citas innecesarias que, en la mayoría de los casos, resultan inútiles incluso en las publicaciones especializadas, sobre todo desde que en nuestro país -cosa de la que, al menos en los ámbitos de las mal llamadas “ciencias sociales” y de las “Humanidades”, ya íbamos sobradísimos a lo largo de nuestra relativamente pobre historia académica (no sin notables excepciones)-, encima viniéramos a implantar un modelo de valoración de la investigación, por cierto, por mí superado hasta el nivel de Profesor Contratado Doctor, basado en la publicación de artículos “alimenticios” (este término se lo debo a Enrique Peñaranda, en conversación), es decir, artículos que se escriben enmascarando el verdadero rigor y la originalidad con un prolijo virtuosismo en el manejo de citas inútiles y sobre temas “que interesen” al organismo que acredita, cada vez de manera más oscura y anónima. Pero eso, como dijo Michael Ende, eso es otra historia (“La Historia interminable”,  edición traducida al español publicada por Ed. Alfaguara, 1983).

Licencia Creative Commons

¿Por qué abrir un blog? por Pablo Guérez Tricarico, PhD se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en consultar al autor en su blog en pabloguerez.wordpress.com o directamente en su mail pablo.guerez@uam.es.

<script>
(function() {
var cx = ‘005526969993471276799:h5p-xu2q5vw’;
var gcse = document.createElement(‘script’);
gcse.type = ‘text/javascript’;
gcse.async = true;
gcse.src = (document.location.protocol == ‘https:’ ? ‘https:’ : ‘http:’) +
‘//www.google.com/cse/cse.js?cx=’ + cx;
var s = document.getElementsByTagName(‘script’)[0];
s.parentNode.insertBefore(gcse, s);
})();
</script>
<gcse:search></gcse:search>

Carta abierta con motivo del Adviento de 2013 sobre la consideración de los parados en este país, el auge de las redes sociales en la llamada “crisis” y la crisis real

diciembre 13, 2013 § Deja un comentario


CARTA ABIERTA CON MOTIVO DEL ADVIENTO DE 2013 SOBRE LA CONSIDERACIÓN DE LOS PARADOS EN ESTE PAÍS, EL AUGE DE LAS REDES SOCIALES EN LA LLAMADA “CRISIS” Y LA CRISIS REAL[1]

Blaming: culpar, culpabilizar, reprochar (fuente: www.Linguee.es) Con un significado técnico, incluye también en su significado estigmatizar, victimizar, y a veces victimizar a quien ya lo está por otros motivos, no siempre tan alejados de los primeros.

Para los parados sin prestación que vivimos en la Comunidad de Madrid, eufemísticamente denominados por los responsables de empleo de esta entidad territorial “personas sin recursos residentes en Comunidad de Madrid” (donde debería decir, simple y llanamente “indigentes”), pero también para el resto de los parados, y aun para los trabajadores -la mayoría de ellos temporales-, está cundiendo una estrategia de victimización o “blaming the victim” -los que soy psicólogos, de cualquier escuela, tanto me da-, sociólogos, periodistas o penalistas, conocéis muy bien esta terminología, su significado y sus consecuencias reales-, para considerarnos -y esto es lo importante- fundamentalmente enfermos, pero al mismo tiempo responsables, y sin derecho alguno a denunciar las injusticias, tachando a veces nuestro comportamiento de alguno de los variados “trastornos antisociales o de la conducta”, medicalizándonos e intentando que se verifique en nosotros la profecía autocumplida que ya viera Segismundo en “La vida es sueño” y ellos tantos anhelan. Se les llena la boca de palabras como “recuperación”, “rehabilitación”, cuando, sin pretender vaciar por completo de sentido tales términos y las buenas intenciones que los sostienen, deberían quizá fijarse más en su responsabilidad social como colectivo en una sociedad enferma, sin valores, donde son entronizados ídolos construidos por nosotros cuyo (mal) uso -definido como tal por los agentes oficiales que tienen en su mano la “autoridad prescriptiva”- conlleva una demonización de aquellos que, por diversas circunstancias, se han encontrado en situaciones de dependencia, en el sentido más amplio, tanto de sustancias como de comportamientos socialmente en principio positivamente valorados -o que constituyen medios lícitos para conseguir o mantener fines sociales o niveles de vida “exitosos”-. Sobre todo los que nos hemos “pasado” en el consumo -tan necesario para el sistema- de ciertos bienes o servicios que se tornan en nocivos sin aviso previo; ¿es toda la culpa nuestra? Sinceramente, y aun en vísperas de afrontar un tratamiento muy duro, creo que no; ¿Cuántas veces se nos ha dicho que somos los “ciudadanos” los culpables de la crisis, que “hemos vivido por encima de nuestras posibilidades?” Es posible. Pero yo diría más bien que muchos –no todos- en una sociedad en la que el sobreconsumo y el endeudamiento se habían convertido en un comportamiento “normal”, lo que hemos hecho simple y llanamente ha sido vivir de acuerdo con las posibilidades que entonces nos ofrecieron; los bancos, las entidades de créditos, el propio Gobierno… sabiendo que ellos nunca perderían. Echar la vista atrás y culpabilizar al consumidor desordenado que ha optado por una opción de consumo quizá arriesgada resulta demasiado fácil y, sobre todo, injustificada, teniendo en cuenta la parte real de responsabilidad que muchos tuvimos –por suerte a mí no me tocó-, en el sobrendeudamiento del país. Sin eludir la pequeña parte de responsabilidad de cada uno en este asunto, sin duda han sido los bancos los que más responsabilidad tuvieron, y siguen teniendo con creces; y ello por un triple motivo: porque las personas jurídicas tienen procedimientos jurídicos mucho más fáciles de eludir sus obligaciones financieras “disolviéndose” y resurgiendo como otras entidades, en favor del “sacrosanto” tráfico jurídico al que se atribuye el “triunfo” de la moderna sociedad capitalista postfordiana. Porque el que más conoce más responsabilidad tiene, y la información de la recesión financiera, así como la lógica de que “las cosas no podían seguir yendo así” es un conocimiento más especializado del banquero –o del bancario- que del ciudadano común; y porque, en este país de capitalismo asimétrico, la banca siempre gana: o cobra del deudor –o de sus avalistas-, o si no ya lo hará del Estado, que para eso le financia, ahí sí, con todo tipo de beneficios, su funcionamiento formal, prestando y avalando dinero a los partidos políticos: ¿y de dónde viene el dinero del Estado, si le está prohibido endeudarse y “darle a la maquinita”? Que cada cual saque sus propias conclusiones.  Ya hace años que, entre las llamadas “adicciones sociales” pre-DSMV, los psiquiatras y psicólogos vanguardistas hablaban e incluso realizaban cuestionarios para detectar una posible “adicción al endeudamiento”, como tal todavía no confirmada, al menos oficialmente o unánimemente por las “autoridades sanitarias prescriptivas”.

Se trata nuevamente de la famosa patologización de la vida cotidiana que ya expresaran Freud y sus colegas, pero que ahora llega con mucha más virulencia. La entronización social del Dinero, el Poder, el Éxito profesional y personal, el Sexo y muchos otros ídolos que nos hemos creado forman parte de esa madeja institucional que llamamos “Civilización” y en la que basamos nuestra forma de vida y hasta las elecciones más importantes, desde la educación de nuestros hijos hasta la elección de nuestra profesión o pareja. Pero hay truco. En cuanto “te pasas” en la adoración de uno de estos ídolos quedas fulminantemente demonizado y excluido, considerado realmente como un paria social: tomar unas copas con los amigos, jugar de vez en cuando a algún juego de azar, tener relaciones sexuales esporádicas, triunfar en los negocios pisoteando a los demás sin que se note demasiado o con merma de lo que los profesionales de la salud mental denominan “área personal o familiar” pero sin que se note está “bien visto socialmente”, pero a quien se toma “demasiado en serio” los ídolos humanos, muchas veces cayendo en dependencias, se le tacha inmediatamente de alcohólico, ludópata, adicto al sexo, adicto al trabajo, y un sinfín de etcéteras recogidos, por ejemplo, en el DSM-V, que no hace sino trazar, de manera más o menos arbitraria –o discreta, tanto me da- los límites de una “normalidad” frente a lo patológico donde desde mi modesto punto de vista sólo hay un continuo. He ahí mi principal crítica a los psicólogos: si la labor del psicólogo debe ser simplemente volver un comportamiento socialmente inadaptado en “adaptado”, sin tener en cuenta una posible conformación equivocada de los valores sociales, su trabajo es muy pobre. Por el contrario, si se centra en el sufrimiento que provoca en el paciente y, a veces, en su entorno más próximo (ya que “paciente” viene de “pathos”, sufrimiento), entonces podemos comenzar a trabajar.

Volviendo a la situación laboral, no es normal. Se trata de culpabilizar al parado por su situación y, si se pone “muy chulo”, como diríamos en lenguaje coloquial, amenazarle con una de las innumerables clasificaciones de trastornos mentales que incluye el flamante DSM-V, que viene a equivaler para la casta de los profesionales sanitarios “académicos” a la cara opuesta de una suerte de clasificación “informal” de los profesionales exitosos de nuestro país constituida en lo fundamental por Abogados del Estado e Ingenieros (la cita es tuya, Enrique Peñaranda, en conversación; habría algo que decir sobre los economistas o los contables universitarios, es decir, los estudiosos de las disciplinas de administración y dirección de empresas), que ocupan los primeros puestos de las empresas con los políticos bailándoles el agua.

Pero vayamos a la idea central que ha motivado este mensaje.

Los parados cualificados de este mísero país, como supondrá Fátima Báñez, como tenemos mucho tiempo, entre echar currículums y currículums que otros u otras -esto va por las guapas psicólogas recién salidas de la Facultad y que son contratadas por los departamentos de recursos humanos de las firmas de los grandes “emprendedores” de este país, y que se limitan a aplicar el último manual de teoría de la organización o cualquier otra teoría pseudocientífica de moda en el último manual de Psicología industrial o de recursos humanos-, echan a la papelera por sobrecualificación o, simplemente, por “no dar el perfil”, por ser demasiado mayores, por ser mujeres como ellas y temer que las que contraten vayan a quedarse embarazadas o por ser personas con algún tipo de discapacidad, entre otras causas nobles y justificadas.

A los que apenas hemos comenzado nuestras andaduras en el mundo de los “blogs”, no sin un saludable escepticismo, y nos gustaría expresarnos “en los nuevos lenguajes y modos de la red”, hemos utilizado hasta ahora artificios mucho más antiguos adaptados a los tiempos modernos, posmodernos o post-postmodernos, como el género epistolar, a medio camino entre el lenguaje escrito y hablado, pero no necesariamente periodístico, que a mí siempre me ha gustado especialmente. Ya no sé ni en qué tiempo vivo, pero me atrevería a definirlo sin ambages como “preapocalíptico”. El dinero manda. Siempre ha mandado,  pero hoy más que nunca, aunque sólo sea por la desaparición de la ideología del socialismo real promovida por una superpotencia con poder militar suficiente como para que otro poder humano -el poder militar-, pudiese hacer frente en los tiempos de la a veces por mí añorada Guerra Fría, al poder del capital; la caída de la Unión Soviética y la desaparición de las ideologías en sentido “fuerte” trajo consigo la caída del entonces llamado por el primero “Segundo Mundo” (ahora los ex países socialistas), pero puso más en evidencia la brecha entre Occidente y la mayor parte de población mundial en cuanto al reparto de la riqueza; por lo que hoy, una buena parte del llamado “Primer Mundo” está empezando a darse cuenta, ya desde hace mucho tiempo, de que las peores facturas de un sistema mundial injusto de reparto de la riqueza todavía no han llegado.

Yendo de mi caso particular a lo general, me dijeron que esta red -me refiero a LinkedIn- era “fundamental” para encontrar trabajo en -o desde, tanto me da- este país bananero (me refiero a España, aunque, como todos los destinatarios de este mensaje sois inteligentes, lo habréis “pillado”, aunque no estéis de acuerdo con la afirmación) en el que algunos todavía (mal)vivivimos gracias a una especie de semicaridad forzada de la familia y de la economía informal, es decir, en B. Por lo que veo, sólo es una red de profesionales “exitosos” para el mundo, que quieren compartir su gloria vana. A mí hace tiempo que no me impresionan -o al menos no tanto- ni el éxito ni la gloria del mundo, aunque me haga daño, pues como persona de carne y hueso -y algo más- que soy necesito, además de comer, algo de reconocimiento social, sin engreírme, pues algo he estudiado (cfr. Maslow, Abraham: 1968).

Aun así he visto que en la mencionada red hay gente de los movimientos sociales y de todo tipo, y me he alegrado de haberme encontrado con algunos ex compañeros a los que parece irles mucho mejor que yo en “la vida”.

Bueno, procuraré ir al grano. Lo menos importante, para los que no me conozcáis, o no me conozcáis del todo: soy Pablo Guérez, Doctor en Derecho (especializado en Derecho penal), Acreditado oficialmente para puestos de profesorado permanente que previsiblemente tardarán en convocarse cinco, diez o veinte años, Abogado no ejerciente y Profesor honorario de la UAM (es decir, todo sin cobrar).

Lo importante: Soy un ser humano, como tú y como todos, cuya dignidad se encuentra pisoteada por un sistema injusto de estructuras de poder fundadas en un estadio posmoderno del capitalismo salvaje y que, si aquí nos hace pobres, en el Tercer Mundo mata directamente para que aquí algunos podamos sobrevivir y otros puedan dilapidar los bienes de este mundo. Por ello, no sé muy bien qué hago en esta red. Se supone que estoy buscando curro, pero, visto lo visto, tengo que encontrar una solución, y ya, porque el mundo, tal y como está, me parece insoportable; si no encuentro algo que me devuelva al “rebaño adormecido” del que hablaba Chomsky (cfr. Chomsky, Noam: 2002), me iré en breve al primer frente de la injusticia mundial donde más estragos hace lo que algunos -incluido yo- llamamos cómodamente “crisis” mientras nos tomamos unas cañas y confundimos las Navidades -es decir, la venida de Jesús, para algunos nuestro Salvador, desnudo, en pañales, inerme y en un pesebre- con una fiesta de disfraces: más tarde que pronto me marcharé a algún país africano, o latinoamericano, donde siempre han estado en crisis y, pese a todo, la gente sigue sonriendo viviendo con lo necesario. Pese a las guerras tribales, los conflictos ocasionados por nosotros para alterar el precio de las materias primas de esos países y apropiárnoslas, las epidemias, el hambre, la miseria y la muerte que espera agazapada para abalanzarse sobre su presa al menor descuido. Y como no soy ningún santo -sino más bien pecador, sólo que procuro no juzgar a los demás, sólo a las estructuras de poder- lo único que no tengo todavía decidido -o mejor, discernido- es si ir con la Cruz o con un fusil. Y por favor, no interpretéis esto literalmente, aunque a veces sí lo pienso así. Si recordamos la película “La Misión” (1986, Roland Joffé, dir., guión de Robert Bolt), en la película se “enfrentan” dos personajes principales; uno, un sacerdote jesuita misionero, interpretado por Jeremy Irons, y el otro, un caballero seglar que, tras matar en duelo a su hermano por un “asunto de faldas”, se refugia en un convento para expiar su culpa, hasta que es convencido por el primero para que vaya a ayudar en las Misiones en América. Pero a la vez se enfrentan dos concepciones del mundo y del actuar del hombre en el mundo. Mientras el sacerdote misionero actúa desde la Palabra y el Espíritu de Dios, sin inmiscuirse en las injustas contiendas políticas que acabarán con la destrucción de la Misión situada entre las posesiones coloniales españolas y portuguesas en la selva amazónica, el personaje interpretado por Robert de Niro acabará por tomar las armas para defender a los indígenas de una matanza ordenada por las tropas portuguesas y permitida por las autoridades eclesiásticas de la época. La obediencia -pero que quiero pensar que también una fe limpia, que no pide derramamientos de sangre- impide al sacerdote (en la película, Jeremy Irons) tomar tal decisión, el cual reprende al personaje interpretado por Robert de Niro. Yo, que he visto varias veces la película -que además tiene una fotografía y una banda sonora, esta última compuesta por Morricone, espectaculares-, he pensado varias veces que me parezco más al personaje de Robert de Niro, pero que me gustaría ser el personaje interpretado por Jeremy Irons. Me “libré” de la “mili” por empezar el Doctorado hasta su supresión, pero ahora, quizá, me empiece a apetecer tener conocimientos sobre cómo manejar un arma. Tal vez me falten bemoles. O no sea todavía el tiempo de reaccionar, hasta que el fin de la Historia -ocasionado por Dios o por nuestra propia ineptitud para arreglar el mundo que nosotros mismos nos hemos construido (esto les encantará a los constructivistas sistémicos onanistas, sí, habéis leído bien, no he puesto autopoyéticos, sino otro término), acabemos con el mundo real: con nuestro planeta, con los recursos naturales que nos sostienen, el oxígeno, o simple y llanamente acabemos unos con otros.

Breve epílogo para creyentes

No quisiera dejar un mensaje de desesperanza, pero es el que me sale del corazón en estos momentos, sobre todo si me limito a contemplar la situación actual del mundo -incluso de nuestro y de mi pequeño mundo- exclusivamente con los ojos de la razón, ya que “Sin Mí no podéis hacer nada” (Jn 15:5). Os exhorto a comprender que, dada la situación actual, el fin de la Historia y de las ideologías en el sentido de Fukuyama (Fukuyama, Francis: 1989) y la impotencia del hombre ante los conflictos bélicos y el ansia de poder de muchos gobiernos, empezando por el Gobierno Federal, “sólo el Amor nos puede salvar”, como reza el título del libro publicado recientemente por el papa Francisco, compendio de algunas de sus homilías cuando era obispo de Buenos Aires (edición en castellano publicada por Romana Editorial, 2012). Se supone que el Adviento es tiempo de esperanza, aun en la desesperanza. Así sea. Lo que no se contradice con el tono pesimista de la carta. El mundo está hecho un asco, pero todos los días se hacen cosas buenas: así es el hombre, y así son las cosas, muchas veces contradictorias. En estas breves líneas, solamente he intentado mostrar, antes de que sea demasiado tarde -lo digo por no estar yo por la labor, no el mundo- mi posición, muy condensada, frente a muchas cosas que están pasando, la hipocresía social y colectiva y otras cosas que seguramente vosotros seréis capaz de desgranar y reflexionar sobre ellas mucho mejor que yo. Sólo pido, que el fin del mundo -o la muerte, para cada uno- nos pille vigilantes y en paz con nosotros mismos y con Dios. Porque, como dice San Pablo en su Carta a los Romanos con una pasmosa actualidad, “Y esto, teniendo en cuenta el momento en que vivimos. Porque es ya hora de levantaros del sueño; que la salvación está más cerca de nosotros que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada. El día se avecina. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. Como en pleno día, procedamos con decoro: nada de comilonas y borracheras; nada de lujurias y desenfrenos; nada de rivalidades y envidias. Revestíos más bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer sus concupiscencias” (Rom 13:11-14).

Estoy, estamos, cansados de tantas injusticias. Nada mejor, para mí, que las palabras de Jesús y su parábola de la higuera, escritas por el evangelista San Mateo, y que la liturgia católica nos ha recordado en este primer domingo de Adviento, para reflejar al mismo tiempo esta desolación, esta sensación de desamparo y, contemporáneamente, el anhelo y la esperanza de salvación que albergan todos los corazones humanos, especialmente los de las personas más necesitadas: “Aprended la parábola de la higuera. Cuando sus ramos están tiernos y brotan las hojas, conocéis que el estío se acerca; así vosotros también, cuando veáis todo esto, entended que está próximo, a las puertas. En verdad os digo que no pasará esta generación antes que todo esto suceda. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. De aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre. Porque como en los días de Noé, así será la aparición del Hijo del Hombre. En los días que precedieron al diluvio comían, bebían, se casaban y se daban en casamiento, hasta el día en que entró Noé en el arca; y no se dieron cuenta hasta que vino el Diluvio y los arrebató a todos; así será a la venida del Hijo del Hombre. Entonces estarán dos en el campo: uno será tomado y otro será dejado. Dos mujeres molerán en la muela: una será tomada y otra será dejada. Velad, pues, porque no sabéis cuándo llegará vuestro Señor. Pensad bien que, si el padre de familia supiera en qué vigilia vendría el ladrón, velaría y no permitiría horadar su casa. Por eso vosotros habéis de estar preparados, porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre (Mt 24:32-44).

(Como en la Adoración Sálmica y en la Liturgia de las Horas, os invito a hacer una breve pausa para reflexionar; pueden añadirse algunas intenciones libres)

Se agradecen comentarios, tanto críticos, como no críticos -los que estén de acuerdo con el status quo-, así como todo tipo de comentarios grises -en el buen sentido del término- y de matizaciones, añadidos o supresiones. Gracias por adelantado.

Un abrazo, y que este tiempo de Adviento os prepare para vivir unas Navidades en paz y en sencillez.

Pablo

                       
Carta abierta con motivo del Adviento de 2013 sobre la consideración de los parados en este país, el auge de la llamada “crisis” y la crisis real por Pablo Guérez Tricarico, Phd se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0 Internacional.
Permisos que vayan más allá de lo cubierto por esta licencia pueden encontrarse en consultar al autor en su blog en pabloguerez.wordpress.com o directamente en su email pablo.guerez@uam.es


[1] Breve nota: Este “post” trae origen de una Carta abierta escrita a un humanista Profesor de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid, colega (en cuanto doctor) y amigo mío. Por esta razón, y por la forma que generalmente, hasta ahora, he utilizado, he preferido mantener en el título y en el texto la expresión de “Carta”, si bien con algunos leves cambios tanto en el título como en el texto. Espero que no os aburra demasiado.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás viendo los archivos para diciembre, 2013 en Victimología social, "blaming the victim", teoría social, religión, Derecho y crítica legislativa.

A %d blogueros les gusta esto: