Gracias de nuevo a mis lectores

marzo 13, 2014 § 4 comentarios


 

Estimados lectores de todo el mundo:

Quiero daros públicamente las gracias por haberme seguido y por seguir haciéndolo durante los tres meses que hoy cumple mi modesto blog. Sólo gracias a vosotros he conseguido llegar, hace apenas unos minutos, a las 1800 visitas, computadas totalmente, procedentes de tres continentes y de veinticinco países. Para vuestra información, así como para confirmaros de que estoy al corriente de vuestras visitas y para animaros a vosotros y a vuestras amistades y allegados a seguirme, los enumero a continuación, por orden de seguimientos; por cierto, en la mayoría de dichos países todavía no he tenido la mayoría de estar; esperemos que mi situación personal y económica pueda mejorar en los próximos años, con la ayuda de Dios, y pueda ir a visitarlos, pues me encanta viajar. Ahí va la lista: España; Estados Unidos; Italia; Argentina; Colombia; Guatemala; Francia; Bélgica; Federación Rusa; Chile; México; Uruguay; Reino Unido; Japón; Venezuela; República Dominicana; Costa Rica; Puerto Rico; Brasil; Alemania; Perú; Singapur; Panamá; Honduras; El Salvador.

Gracias a todos vosotros. Soy consciente de lo limitado del alcance de mi blog, pero por el momento no pretendo más. Para WordPress, siendo un blog gratuito -no premium-, cuya puesta en marcha sólo me ha costado 15 euros, es un blog insignificante; pero mi propósito es seguir publicando, porque es mi vocación, y porque lo considero, con relación al tema principal del blog y otros temas conexos que me importan, una responsabilidad social. Para eso necesito vuestra ayuda: que me sigáis y que, en la medida de lo posible, contribuyáis a la visibilidad y calidad del blog, tanto dándolo a conocer como con vuestros comentarios, que estoy seguro que enriquecerán su contenido con otros puntos de vista, como ya lo han hecho en el pasado. Por mi parte sólo puedo poner trabajo, trabajo y más trabajo para hacer de éste un blog de denuncia social a la altura de los objetivos que pretende: concienciar a la opinión pública sobre los fenómenos relacionados con los diversos procesos de victimización y culpabilización (blaming) de las víctimas en sentido amplio y, en general, sobre las múltiples injusticias mundiales que vivimos en un mundo regido en su mayor parte -pese a continentes enteramente excluidos o víctimas del sistema, como África, a los que espero llegar y todavía lo he logrado-, por “un sistema económico injusto en su raíz”, pues sólo se funda en el lucro y en el afán de codicia. Son palabras del papa Francisco, no mías, a quien por cierto felicito hoy por su primer año de pontificado.

Un saludo a todos y gracias por continuar apoyándome.

Pablo Guérez Tricarico, PhD.

 

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MENSAJES DE REFLEXION – MENSAJES POSITIVOS: 7 PELIGROS DE LA VIRTUD HUMANA – MAHATMA GANDHI

marzo 12, 2014 § Deja un comentario


Como siempre, Gandhi nunca dejó de ser un Maestro. Fijaos en la calidad y precisión de sus pensamientos, completamente aplicables al mundo de hoy. A la ciencia sin humanidad, o sin humanismo, llegamos bastante antes del desastre de Hiroshima. A los negocios sin ética hemos llegado hace poco del todo, a través de un recorrido cuyo origen más próximo bien pudiera situarse a nivel mundial en el reaganismo deshumanizador, hasta la completa “libertad”, o, más bien, desvinculación de los mercados de cualquier control político -lo que algunos llaman, mal llamado, “liberalismo”-, salvo que se trate de un rescate en favor de una entidad “fundamental para la estabilidad del sistema económico o financiero”, en cuyo caso es ampliamente reclamada la intervención estatal, empezando por los más “liberales”. Totalmente de acuerdo en el fondo de los pensamientos de Gandhi, si bien con algunas pocas matizaciones, y acertadísimo el listado de las siete virtudes, aunque la virtud complementaria no garantiza la bondad ni el buen uso de la primera. Ejemplo: puede haber riqueza con trabajo que desprecie la caridad y no ayude al necesitado. Tal actitud, sin desmerecer el trabajo y el lícito origen de la riqueza, es contraria a la caridad, y puede serlo aun a la virtud de la justicia, en su vertiente de justicia distributiva o de justicia social, cuando el rico decide no contribuir en justicia a lo que la sociedad política le demanda como contrapartida de un régimen económico-político que le ha posibilitado el marco jurídico para la utilización privada de los medios de producción; en este caso, el rico no contribuye en justicia, no ya en caridad, por ejemplo, cuando no paga impuestos ¿Y la política? Qué decir de la política actual, moralmente asimilada por muchos que la practican a las antiguas guerras, donde “todo vale”, pero encima a lo mediocre. La política sin principios supone el triunfo de la realpolitik, de la pseudoideología y de la tecnocracia barata, que tan bien se vende en estos tiempos de carencia de ideas y de Política con mayúsculas, la que implica visión a largo plazo y definición con claridad de los intereses de los ciudadanos y del país.

En otro orden de cosas, el sacrificio en la religión nunca puede estar privado de sentido, tiene que ser precisamente un sacrificio con sentido. Así, en el Cristianismo -al menos en la versión católica-, por ejemplo, nuestro sacrificio cobra sentido en cuanto unión con el Cuerpo místico de Cristo, que se sacrificó por nosotros, lo cual nos hace a nosotros, una vez justificados por el sacrificio de Cristo, capaces de merecer y, en cierta medida, ser corredentores de nuestra salvación por el sacrificio inicial y por nuestras obras que ya pueden merecer ante Dios. En este sentido, me gustaría recordar aquí unas palabras del joven Padre Jesús Trullenque, de la Parroquia de San Germán: no aceptéis ninguna cruz sin Jesús; pero aceptadlas todas con Él. En estos tiempos de Cuaresma conviene profundizar y recordar el verdadero sentido de nuestras privaciones y de nuestros sacrificios en el contexto de la religión que profesamos. La alteridad del sacrificio -indisoluble del propio significado de la palabra “religión”-, que significa unión, vinculación, y tender a unir lazos. El mayor sacrificio del Cristianismo fue el de Cristo en la cruz, el Cual, siendo nosotros todavía culpables y Él inocente desde antes de la Creación, se sacrificó por nosotros, haciéndonos a nosotros inocentes. El sacrificio cobra así una dimensión nueva, que lo abre al Amor. No es meramente un sacrificio ritual, como en las religiones atávicas o supersticiosas, para granjearse los favores de los dioses, sino que constituye un acto central de entrega al que todos, en mayor o menor medida, y según los designios de Dios, estamos llamados, incluso en los pequeños sacrificios y privaciones cotidianos, cuyo fin inmediato es favorecer al prójimo, a los demás, olvidándonos de nosotros mismos y abriéndonos al Amor. Así, de manera similar a lo que se nos invita en otras religiones -muchas de las religiones orientales- dice Jesús, “el que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mt 16, 24-28).

Marcial Rafael Candioti IV - Mi Legado: Humanidad, Solidaridad, Independencia, ¡LIBERTAD!

ghandi 7 peligros a la virtud humana

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No sólo de pan vive el hombre…

marzo 6, 2014 § 2 comentarios


Este mensaje procede del blog de Marcial Rafael Candioti MENSAJES DE REFLEXION – MENSAJES POSITIVOS, publicado en su blog el pasado 1 de marzo, todavía en tiempo litúrgico ordinario; a él, a quien seguramente ya conozcáis algo, aunque sólo sea por los continuos reblogueos a su blog, quiero mostrar públicamente mi gratitud por haber posteado un texto que, de una manera tan sencilla y directa, consigue plasmar como pocos las verdades en él contenidas en el mensaje. En su momento he querido rebloguearlo, para después desarrollar mis reflexiones, pero el sistema no me ha dejado; quizá, porque mi comentario era demasiado largo. En cualquier caso, ayer, Miércoles de Ceniza, comenzó la Cuaresma, un tiempo tradicionalmente de penitencia, pero también una época de gracia en la que, desde el signo de la imposición de la ceniza, se nos invita a la conversión.

Sobre el texto “reblogueado”. Es verdad. O al menos así ha sido para mí en mi experiencia vital de verdad, experiencia cuyo recuerdo, base para seguir esperando, aun contra toda esperanza, especialmente en los tiempos de crisis que corren, nadie me podrá arrebatar. El post que he querido rebloguear me ha recordado inmediatamente al episodio de la samaritana relatado en el Evangelio de Juan, como colofón a las gracias que Dios nos da todos los días, en las que nosotros, en el ajetreo de nuestra vida moderna, muchas veces ni siquiera reparamos. Por su belleza y sencillez transcribo el pasaje que me ha venido a la mente a continuación: “(…) Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: “Dame de beber”. Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida. La samaritana le dice: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” (porque los judíos no se hablaban con los samaritanos). Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva. La mujer le dice: “Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?” Jesús le contestó: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un manantial de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 7-14). El episodio del encuentro entre Jesús y la samaritana es uno de mis pasajes preferidos de todo el Evangelio. No sólo por su belleza, y por cómo Jesús va ganándose poco a poco la confianza de esa mujer, hasta que queda rendida a sus pies y le reconoce como “el Salvador del mundo”. El elemento del agua, que simboliza la vida, constituye un bálsamo sagrado en este tiempo de Cuaresma que comenzamos, caracterizado por la mortificación del cuerpo, el desprendimiento de uno mismo y la entrega al prójimo, a través, entre otros elementos, de los elementos “clásicos” cuaresmales de la oración, el ayuno y la limosna. Es un tiempo de penitencia, pero también una oportunidad para crecer en gracia hacia una conversión más profunda hacia Dios, que es el Único que puede satisfacer nuestras necesidades, nuestra profunda necesidad de amor y de felicidad arraigada en el corazón humano. En este tiempo de Cuaresma, quisiera llamar la atención no sólo sobre la necesidad de una relación personal más íntima con Dios, a través de los Sacramentos, los sacramentales y la liturgia propia de este tiempo “fuerte”. Se trata también de una época en la que, como dijo Benedicto XVI, al desprendernos de lo que nos sobra, se nos da la oportunidad de ayudar a los demás, sobre todo a los que no tienen ni lo necesario. Aun a riesgo de repetirme, nunca me cansaré de citar este pasaje de Isaías: “(…) Oráculo del Señor (…) Éste es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán todas tus heridas, anti ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor (shekhinah YHVH, en hebreo)” (Is 58, 3-8). En este sentido, la Cuaresma exige de los fieles una actitud penitencial, ciertamente, pero que debe y puede realizarse, de una manera especial, a través de la ayuda al prójimo y de la práctica de los actos de misericordia. Palabra preciosa que se en su significado etimológico significa: “dar corazón a la miseria”. La miseria humana, que no debe confundirse con la pobreza, como nos enseña admirablemente el papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma de este año. En este mensaje, con el estilo directo y sencillo, pero a la vez profundo que ha demostrado ya en varias ocasiones, el Santo Padre nos recuerda cómo Jesús, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (cfr. Cor 8, 9). Pobreza que el papa no equipara a miseria. En sus propias palabras, el papa explica de manera muy didáctica que existen tres tipos de miseria: la miseria material -lo que muchas veces, en una sociedad de la abundancia, denominamos pobreza-, la miseria moral derivada de la multitud de esclavitudes a necesidades artificiales de la vida moderna, que muchas veces se tornan en adicciones, con el consiguiente perjuicio económico y moral para los afectados y sus familias, y la miseria espiritual, que consiste en el apartamiento de Dios, y es consecuencia muchas veces de la miseria moral, cuando ésta se debe a un comportamiento realizado con pleno conocimiento y deliberado consentimiento. Es más, el papa destaca en su mensaje cómo la caída en comportamientos adictivos obedece muchas veces a la falta de perspectivas de futuro de muchas personas desesperadas en un escenario de crisis, que se ven obligadas a realizar comportamientos que por su propia naturaleza se tornan en adictivos, y frente a los cuales la persona pierde su libertad.

Por el compromiso de denuncia social de este blog, me interesa destacar lo que ha dicho el papa sobre la miseria material, muy distinta de la pobreza. En relación con la miseria material y su permisión o tolerancia por una sociedad inhumana y privada de verdaderos valores, el pontífice ha tenido palabras muy duras, que trascribo a continuación: “A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonía, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo.Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir”. Algo sobre lo que he alertado en varios de mis posts de denuncia social en este blog. Dios se sirva inspirar nuestras conciencias para que al compartir lo nuestro, aun lo poco que tenemos, descubramos el don de la entrega, y vivamos según el Espíritu de Dios. Pues, como continúa diciendo el papa Francisco en su mensaje para la Cuaresma, “El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana”. Que el Señor, en su infinita misericordia, se digne acoger benignamente nuestros sacrificios y privaciones de este tiempo para perdonar todas nuestras faltas y pecados, y así, para que nos aprovechen en un aumento de Su gracia y como premio de vida eterna, y que nosotros aprovechemos este tiempo de Cuaresma para profundizar en su Amor, y en el Amor al prójimo, creciendo así en humildad y en la verdadera sabiduría que sólo procede de Dios, e intentado preguntarnos qué es lo que Él quiere de nosotros. Por eso, hoy digo: “Hágase, Señor, Tu Voluntad en mí”.

Pablo Guérez Tricarico, AMDG

Películas recomendadas: El lobo de Wall Street (dir. por Martin Scorsese, EE UU, 2013). Una lectura jurídico-cinematográfica: ¿lobo u oveja descarriada?

marzo 3, 2014 § 2 comentarios


Películas recomendadas: El lobo de Wall Street (dir. por Martin Scorsese, EE UU, 2013).  Una lectura jurídico-cinematográfica: ¿lobo u oveja descarriada?

Dedicado a mi Madre, quien desde niño me enseñó a amar el cine y me infundió su fascinación sobre la ceremonia de los Oscar, en noches mágicas de las que guardo alguno de los recuerdos más felices de mi vida. Tras esas noches, después de las cuales me era permitido faltar al colegio, soñaba con la ilusión de un niño sobre directores, actrices, actores e historias. La noche de los Oscar™ ha constituido para mí, al contrario que para algunos cineastas a los que admiro, una cita imprescindible, que me trasladaba, casi por arte de magia, desde el sofá del salón familiar, a la cálida California y a la tierra donde todo era posible. A dichas citas he venido siendo siempre fiel, aun en el exilio alemán, salvo en dos ocasiones, desde la noche de los Oscar de 1988. Grazie, Mamma; por haberme transmitido esta tradición de alegría y de magia, y por estas veinticuatro noches inolvidables. Por muchos años.

Sobre los “desfases” del capitalismo actual o la “resaca del capitalismo” y sus personajes reales. El lobo de Wall Street: ¿Lobo u oveja descarriada?

Calificación cinematográfica: 4/5

  1. El contexto

Ante todo quisiera hacer una advertencia. No suelo hacer críticas cinematográficas ni literarias o editoriales en este blog, salvo que por su impacto social lo merezcan y me ayuden en las reflexiones que trato de suscitar en mis posts. Aprovecho ahora para hacer una breve crítica sobre esta película, aprovechando la proximidad de la entrega de los próximos premios Oscar™, este próximo lunes 3 de marzo, D. m. Siguiendo esta línea de autolimitación -para no desvirtuar el objetivo del blog; puede que en un futuro no muy lejano haga otro de cine y literatura: de hecho, las referencias a la literatura y al cine son constantes en mis posts-, sólo hice una recensión breve bastante elogiosa, hablando en términos objetivos, al libro de Marta García Aller, al parecer con escaso o nulo impacto, incluyendo a la propia autora, que ahora es una periodista senior acomodada que trabaja para una gran empresa de comunicación de actualidad económica, cosa que ella misma, según sus propias palabras de hace ocho años, ni siquiera podía llegar a imaginar. Mi más sincera enhorabuena. Otros, por el contrario, seguimos imaginando, aunque la realidad nos devuelva muchas veces golpes y más golpes.

Sobre lo que puede llegar a imaginar un joven de apenas veintidós años recién llegado de provincias a Wall Street, la cuna, todavía, del capitalismo mundial –al menos a nivel simbólico-, y sobre le evolución, triunfo y posterior caída del personaje, un hombre adulto ya de treinta años, trata la nueva película de Scorsese, el cual la dirige con su peculiar ritmo trepidante al que nos tiene acostumbrados desde los primeros minutos de rodaje, y mantiene con una maestría poco igualable en estos tiempos cinematográficamente tan mediocres durante toda la película.

A pesar de algunas críticas en sentido contrario, en el film “no sobra nada”. Ni las secuencias de drogas, ni las de sexo explícito compulsivo y fácil –por cierto, hoy a la orden del día en muchas películas y en páginas de internet, no necesariamente calificadas como pornográficas-, ni las de dinero fácil ganado a través de argucias semipermitidas por un sistema de mercado sin contrapesos eficaces, en el que parece haberse convertido el capitalismo actual; es éste, a mi juicio, el mayor problema moral del que trata la película, y del que el personaje no es más que un peón, como después trataré sucintamente de argumentar; y lo demás, todo lo que rodea al personaje y a su cohorte de ¿estafadores? de Wall Street, debe mostrarse como consecuencia de este problema moral, pues el consumismo excesivo –cosa en la que en escasas ocasiones se repara-, tan denostado por la doble moral protestante norteamericana, es imprescindible para mantener esta forma o estadio del capitalismo financiero que refleja la película, basada en parte en hechos reales. No puede criticarse tan fácilmente el consumismo sin criticar al mismo tiempo este capitalismo, pues el uno es imprescindible para el mantenimiento de este estadio del sistema económico llamado “de mercado libre”, basado en el espejismo de la creación de riqueza y de la compraventa de humo en los mercados financieros. Lo que la película pueda tener de hiperbólica o desproporcionada no es, en mi opinión, sino una mínima parte de lo que, en realidad, ha ocurrido y sigue ocurriendo en ciertos ambientes próximos al poder económico mundial, en los que realmente se producen los escándalos de verdad, pues lo que se muestra en este sentido en la película es solamente una gran pantomima y un gran despilfarro, pero nada más. Al hablar de escándalos de verdad, a cuyos máximos responsables jamás pillará ni la SEC ni el FBI, me refiero, entre otras, a las siguientes conductas: los “mercados” del sexo con niños, del sexo no consentido con mujeres adultas, de la trata, del comercio de armas –al que apenas se hace una alusión en la película en relación con el personaje interpretado por el banquero suizo-, de la verdadera influencia en el tráfico de drogas a nivel mundial, o de la especulación con materias primas. Situado el contexto socioeconómico en una sociedad carente de valores –o en la que el deseo de dinero es uno de los valores, si no el valor primario, en sí mismo no ilícito, que sustenta la configuración social de la Nación americana-, vayamos pues a una somera reseña y análisis de la película.

La película: Una producción excelente y magistralmente del gran Scorsese, que dirige como nadie a un Di Caprio sencillamente espectacular. Merece el Oscar™. Una mirada, la del director, que no juzga la conducta de un hombre que se ve atrapado por su pasión desmedida por el dinero, que actúa sobre él como una droga más, alimentada por las otras drogas que consume y por el deseo adictivo de relaciones sexuales. Siento compasión por el personaje protagonista, y en varios momentos críticos de la película me he sentido identificado, o he sentido empatía hacia él. No se trata de un caricaricaturesco, a modo de villano de las finanzas, Gordon Gekko (protagonista de la gran película Wall Street, USA, dir. por Oliver Stone, 1987), personaje casi mefistofélico. Sin embargo, el protagonista de El lobo de Wall Street no es un inversor directo ni ningún “mago” de las finanzas, acumulador y movido únicamente por el afán de competir y de poseer. Se trata, por el contrario, de un personaje humano, demasiado humano, fruto de la interacción de una personalidad brillante y al mismo tiempo poliadictiva, y un ambiente que casa a la perfección con dicha personalidad. Gran parte del dinero que gana lo gasta, lo despilfarra para satisfacer sus necesidades, por exageradas que éstas sean, favoreciendo un círculo del consumo que sustenta, queramos reconocerlo o no, gran parte del sistema financiero mundial. Y, a diferencia de los “peces gordos” de Wall Street, como le recuerdan los agentes federales en un momento de la película, no procede de familias ricas o multimillonarias, con contactos con congresistas y senadores corruptos que sustentan el Gobierno –que no la Nación- americana. Trasladando al guión –por cierto, nada despreciable- de esta película, mutatis mutandis, el extraordinario guión de Abby Mann de la película ¿Vencedores o vencidos? (Judgment at Nuremberg, USA, dir. por Stanley Kramer, 1961), podría decirse, parafraseando la intepretación de Maximilian Schell, que entonces intepretaba al abogado de la defensa de los principales líderes nazis acusados, entre otros al Dr. Ernst Janning (juez acusado), en su magnífica intervención ante el Tribunal, que concluye declarando con la frase “(…) la culpa de Janning es la culpa del mundo!”, que la culpa del “Lobo” de Walll Street es la culpa del sistema capitalista. Así las cosas, mi crítica se dirige más bien hacia la hipocresía que representa la coexistencia en los Estados Unidos entre el sistema del gran mercado ¿o debería decir casino con consecuencias reales para la economía real? de Wall Street y su control por las autoridades gubernamentales. En un país en cuya configuración social la búsqueda de dinero, cuando no directamente su codicia, detenta la primacía entre los valores de su sistema social… ¿con qué autoridad vamos a criticar a los que se saltan las leyes bursátiles –tanto las civiles, ejecutadas por la SEC, la Security Exchange Commission, como las penales, cuyo cumplimiento corre a cargo del FBI?-. Es más: en un país en cuya sociedad el dinero juega un papel fundamental, en un país fundando sobre el “american dream” y en la idea de que cualquiera puede hacerse rico, no puede establecerse una frontera tan tajante entre quien se enriquece de modo legal y quien lo hace de modo ilegal, sobre todo cuando no queda clara la naturaleza de la presunta ilegalidad (por ejemplo, no se trata de delitos clásicos, como un gran robo; ni siquiera de una macroestafa al estilo de la del caso Madoff, que repercuta seriamente en el funcionamiento del sistema económico nacional, cuando no mundial, debido a la interrelación de los mercados. Por poner un ejemplo, en un sistema donde la ambición por el dinero es un valor fundamental, al menos socialmente, no puede establecerse una línea definida entre quien lo hace de forma legal o ilegal, al menos en el mundo financiero, del estilo de: “si lo haces bien, si vendes humo -que es algo muy parecido a lo que hacen los modernos “profesionales de la intermediación e intervención” en los mercados de productos financieros derivados, como los warrants, que no son sino apuestas cuya “realidad” está fundada en un presunto análisis técnico por muchos economistas críticos tildado de pseudociencia-, te aplaudimos y eres un triunfador; pero si te saltas alguna reglilla, te metemos blanqueo de capitales, por ejemplo –delito hipertrofiado por culpa del GAFI y otros organismos de “control financiero”, que han desvirtuado su verdadera finalidad, te metemos treinta años de prisión, salvo que hagas un trato con el Gobierno (en caso de que estés en condiciones de hacerlo, por supuesto)”. Algo así, sería como establecer en nuestro país, en el que presuntamente la libertad de expresión es un principio y un derecho fundamental, la frontera entre la libertad de expresión lícita y el delito de injurias en diez años de prisión, por ejemplo. Tal actuación de política criminal, que ha sido tildada por alguna autora norteamericana representada por las llamas “teorías educativas de la pena”, constituiría en nuestro país una desproporción absoluta e irracional, susceptible de ser considerada inconstitucional por nuestro Tribunal Constitucional. En este contexto, la pregunta que desde un penalista cabe plantear es: ¿Cuál es la naturaleza de la mayoría de los presuntos crímenes bursátiles que se imputan al protagonista? ¿Se trata, utilizando la terminología del common law, de crimina mala in se (es decir, de crímenes malos en sí mismos, como el homicidio, la violación, el robo, la estafa en algunos casos), o de crimina quia prohibita (es decir, de delitos que lo son porque así lo ha establecido el legislador). Salvo algunas estafas iniciales en las que se venden acciones a céntimo a personas honradas, estas acciones difieren muy poco de las prácticas bancarias legales, por ejemplo, relacionadas con la concesión de créditos y de hipotecas subprimes que contribuyeron a provocar la gran crisis mundial en la que todavía seguimos sumergidos. Recordemos cómo los valores basura, mezclados con bonos y acciones “pasables”, fueron vendidos a gente profesional y “conocedora del negocio” por empresas “respetables” como Lehmann Brothers. Así que, los que quieran ir de moralistas y meterse con el protagonista de “El lobo…”, harían bien antes en reflexionar sobre estas cuestiones. Yo al protagonista le comprendo muy bien, aunque no comparta moralmente todo lo que haga. Volviendo al protagonista de la película, es sencillamente magistral tanto su interpretación como el trabajo de personaje realizado por el director y, tal vez, aunque lo desconozco, por el guionista que ha adaptado la novela en la que se basa la película. Al nivel de su responsabilidad subjetiva, o culpabilidad, se trata más bien de un joven al que la sugestión del dinero fácil y otras drogas han hecho tal mella en su personalidad, que no es descabellado pensar que él, en un determinado momento, haya visto mermada su capacidad de pensar a largo plazo. Bien habría merecido en este sentido, en mi opinión como penalista, incluso desde el Derecho anglosajón, una excuse of insanity, o una dispensa de pena, y no convertirse en un instrumento en manos del FBI para traicionar a sus colegas, a los cuales se niega a traicionar hasta el final. Además, Scorsese nos presenta un personaje lleno de claroscuros, ni bueno ni malo, sólo hecho de elecciones que debe convertir en conducta en segundos, muchas veces con el apoyo de alguna “sustancia controlada”. El personaje tiene su propia ética, y no es ni mucho menos un psicópata ni un sociópata, como se encarga además de desvelar el miedo que siente cuando es conducido a prisión, así como sus sentimientos expresados a su mejor amigo y socio de su empresa durante su difícil proceso de “rehabilitación” de todo tipo de conductas consideradas desadaptativas y del consumo de sustancias premiantes, incluido el alcohol. “¿Cómo es la vida sin drogas?”, le pregunta su mejor y único amigo, después del abandono de su mujer. “Tremendamente aburrida”, responde el protagonista. En cuanto a su ética y a sus buenas acciones, éstas existen en la trama y no son para nada despreciables; por ejemplo, el protagonista le da un cheque por valor de 25.000 dólares a la empleada de la cafetería del principio de la película, que iba a ser desahuciada por el impago de tres meses de renta, y que se convierte en su empleada. Contrata gente no sólo porque le sirve para sus propósitos, sino que no escatima en la cuantía de sus nóminas. Se preocupa además de que la gente en que confía se haga también rica, y de que los empleados de su empresa sean felices, si bien a su manera. Al final, no delata a su mejor amigo, y se niega a delatar a sus socios hasta que su socio principal y mejor amigo le delata a él ante el FBI. Sí, el personaje interpretado por Leonardo di Caprio es una víctima más del sistema, a pesar de sus faltas y pecados. Ésta es la manera, a mi juicio, más cristiana y humana de acercarse al personaje y a la película, en el más puro estilo cristiano y humanista expresado por el conocido lema de “aborrece el pecado y compadece al pecador”.

No ha sido mi propósito el haberme extendido en argumentos jurídicos que quizá no hayan venido al caso, y que puedan haber sido de difícil digestión para los lectores no familiarizados con la terminología jurídico-penal. No obstante, por las reflexiones que me han suscitado esta película he querido hacer una crítica cinematográfica-jurídica. La lección final, en cuanto al sistema: la hipocresía representada por la contradicción de un sistema financiero y su control por un país cimentado en el capitalismo salvaje, que, por esa misma razón, se encuentra incómodo a la hora de castigar a los que, sin apenas conciencia de dañar a otros –como prueba en el Derecho penal accesorio norteamericano el gran incremento de las moral offences y de las offences without victims, sobre todo operado por el statutary law, así como la masiva introducción en muchos delitos de la strict liability, es decir, la falta de necesidad de mens rea, es decir, de culpabilidad. Con ello, el sistema de justicia penal norteamericano incurre muy fácilmente en arbitrariedad –por no hablar del pleno poder otorgado al bargaining, a la negociación con el Fiscal, que al menos allí es independiente-. Estas sanciones penales, en el ámbito del Derecho penal económico, no se basan, en la mayoría de las ocasiones, directa o indirectamente, en la protección de bienes jurídicos personales, protección de bienes jurídicos que constituye el verdadero fin de un buen Derecho penal liberal, y del que en Europa ya nos estamos olvidando desde hace tiempo como tributo a los exponentes más extremistas del funcionalismo sistémico. En los Estados Unidos, como corolario de todo lo expuesto, el debate, en la mayoría de los círculos judiciales e incluso académicos, ni siquiera existe, o bien no se plantea en estos términos. La razón para decidir la penalización de una conducta, por ejemplo, de fraude en el mercado financiero, es cada vez una razón de simple “funcionalismo” de un sistema disfuncional, el capitalismo financiero salvaje actual. La razón para la incriminación se funda en la mera infracción de las reglas de un mercado, en las que el Gobierno estadounidense funda un sistema económico muy cuestionable.

Moraleja en cuanto a la historia y en cuanto a la parte humana, para quienes quieran tomar el “camino” emprendido por el personaje protagonista de “El lobo…”, o simplemente para brokers y estafadores (para nada quiero equiparar ambas “profesiones”: 1. Tómate en serio tus negocios y tómate tu tiempo de descanso. La falta de sueño actúa como una droga, y a largo plazo, puede ir en tu perjuicio. 2. Las cosas, aun las malas, hazlas bien (Carbonell). 3. Si en una mesa de negociaciones no sabes quién es el primo, es que el primo eres tú. 4. Por muy listo que te creas, siempre hay alguien más listo que tú. 5. Procura evitar hacer llamadas desde tu móvil; llama siempre desde teléfonos públicos, por ejemplo, desde locutorios. 6. No pagues con tarjeta de crédito, salvo que quieras dar una pista falsa. Paga siempre en efectivo. El dinero no lleva tu nombre. 7. No reveles tus datos por internet ni uses tu correo electrónico, ni permitas que ellos rastreen tu dirección IP.  8. En Bolsa, que el último céntimo se lo lleve otro. La codicia rompe el saco. 9. Aprende a guardar secretos. 10. Y, por último, nunca hagas negocios con tus facultades mentales perturbadas, ya sea por drogas externas, ya sea por el “subidón” que te puedan producir las ganancias, pues el efecto de descontrol dopaminérgico sobre el sistema nervioso central es muy parecido.

En cuanto a la película y a su director. Aun contra pronóstico: Deberían ganar. Y si no, que gane Gravity, una película moderna, con un guión sencillo y a la vez profundo, y unas interpretaciones más que notables. Y enhorabuena a Paolo Sorrentino por su Oscar™ por La grande bellezza. Y a Scorsese y a Di Caprio, y a la película, como decimos en Italia, y nunca mejor dicho, “in bocca al lupo”.

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Películas recomendadas: El lobo de Wall Street (dir. por Martin Scorsese, EE UU, 2013). Una lectura jurídico-cinematográfica: ¿lobo u oveja descarriada? by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional License. Commercial uses of this post are allowed before contacting and deciding the terms and conditions of these uses with the author. To this purpose please you can write to the author to pablo.guerez@uam.es or pablo.guerez@gmail.com

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CRIMEA: MAY WE TOLLERATE ANOTHER WAR IN THE HEART OF EUROPE?

marzo 2, 2014 § 1 comentario


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A estas alturas de la película, el ataque perpetrado por las tropas rusas en la Región Autónoma de Crimea, y su “ocupación temporal”, es ya un hecho consumado. Aprovechando la gran presencia militar de bases rusas en la península ucraniana, su despliegue se ha multiplicado tanto como para que haya sido considerado por las autoridades ucranianas, y, en concreto, por su Presidente actual, Arseni Yatseniuk, que, de hecho, tras la dimisión de Yanukóvich, detenta la representación exterior de un Estado soberano y candidato a la anexión a la Unión Europea, una auténtica declaración de guerra.

Hace unos días advertí, si bien “by the way” o de pasada, sobre el peligro de una falta de posición clara de la Unión Europea sobre este asunto, aparentemente tan lejano e inocuo para “nuestros” intereses occidentales. Una Unión Europea -entonces Comunidades Europeas-, que surgieron en la década de los años 50 del pasado siglo precisamente para impedir que volviera a haber enfrentamientos en el viejo continente; al menos, en la parte perteneciente al entonces denominado “mundo libre”, en el lenguaje de la Guerra Fría, ya que la Unión Soviética y su poderoso Pacto de Varsovia impedían cualquier acción en ese sentido en el otro lado del telón de acero, sofocando, en nombre del llamado “Derecho internacional socialista”, cualquier tímida revuelta popular legítima que tuviera como objeto, simplemente, “humanizar” aquellos regímenes (como la primavera de Praga con el Gobierno de Dubçec en 1968). Después de la Guerra Fría, de la caída del Muro y de la Unión Soviética, y con la implantación de lo que se ha venido en llamar “nuevo orden mundial”, la ampliación de la Unión Europea a los 27 en el año 2007 (con dicha ampliación entraban en la UE como miembros “de pleno derecho” Bulgaria y Rumanía,  al tiempo que se propiciaban las negociaciones para ampliar la anexión a la Unión Europea a todos aquellos países que, una vez pasado un filtro económico y organizativo muy bajo, estuvieran ya incorporados al Consejo de Europa -en la actualidad, son miembros de pleno derecho todos, incluso algunos países no europeos, salvo Bielorrusia y el Vaticano;  este último tiene en esta organización el status de observador permanente cualificado, el mismo que tiene la Santa Sede en la ONU), constituyó para algunos un gesto de apertura política de gran magnanimidad, en el que, en parte -y al menos en la visión de futuro de algunos políticos de buena voluntad-, primó el interés político de contribuir a la democratización de antiguos países “satélites” de la Unión Europea, sin ocultar que con ello, pero de modo complementario, se estaba haciendo el juego a los euroescépticos que preferían un panorama bien distinto, bien lejos de la integración. Estos últimos abogaban por una estrategia política más o menos velada, que habría de contribuir a la deslocalización de muchas empresas de la “vieja Europa” y a abrir los mercados de los nuevos países a los países occidentales. Con ello, se abría de un modo muy sutil la posibilidad de “abrir el melón” sobre el problema de una Europa “a tres velocidades” (la primera: la de Alemania, Francia, el Reino Unido, Italia y el Benelux; la segunda: la de los llamados PIGS o la Europa mediterránea con la exclusión de Francia, la indiferencia hacia Malta y Chipre y la inclusión de Irlanda; y la tercera, la de las ex-repúblicas soviéticas, los países bálticos y Eslovenia). Aunque la mayor apertura hacia los países del Este se produjo con la anexión hacia la Europa de los 25, el 1 de enero de 2004, ampliación que exigió una profunda revisión de los Tratados y del peso político de cada Estado en las variadas instituciones de la Unión Europea, así como la toma de conciencia de las grandes diferencias entre los distintos países que por aquel entonces ya componían la Unión Europea, lo que redundó en una renuncia progresiva a la armonización y a la utilización quizá excesiva de los mecanismos de cooperación reforzada, muchas veces utilizados sin pensar en el interés común de la Unión, sino únicamente en los intereses de los Estados que los suscribieron. 

Tras la crisis económica mundial de otoño de 2007, en el momento actual, la Unión Europea arrastra una crisis de legitimidad democrática no ya de origen, que yo creo que es endémica, pese a las tímidas reformas a favor de procedimientos de codecisión que implican la mayor presencia de la Unión Europea operadas precisamente en el Tratado de la Unión Europea (TUE), más conocido como Tratado de Maastricht, a cambio de renunciar hábilmente a que este proceso semidemocrático se diera en las cuestiones centrales en las cuales los Estados debían ceder soberanía (lo habéis adivinado: lo económico y financiero, incluida la política monetaria de la UE, que desde su creación pasaría a ser dictada por los “sabios” economistas -o ecónomos- del Banco Central Europeo). Precisamente por estas cesiones, y por la incapacidad del sistema de instituciones de la UE para hacer frente a los problemas reales de los ciudadanos, la Unión pasa ahora también por una crisis de legitimidad de ejercicio. Los señores Draghi y Barroso, títeres del gran mercado que domina el entamado burocrático-financiero de la Unión, no son más que hombres -si realmente merecen tal calificativo- de paja, títeres movidos por el hilo de la maraña burocrático-financiera que se ha apoderado de la Unión. Por eso no debemos extrañarnos que no haya habido ninguna declaración seria de ninguno de los máximos responsables de los variopintos órganos o instituciones de la UE en relación con los “hechos” sucedidos y que se siguen sucediendo en Crimea. Los Estados Unidos, a través de su Secretario de Estado de Asuntos Exteriores, John Kerry, ha anunciado, además de un bloqueo económico a Rusia si sigue por el camino de una invasión encubierta, la posibilidad de estudiar la retirada de Rusia del G8. Pero los europeos de los países “ricos”… ¿debemos esperar una vez más a que sean los americanos los que nos saquen las castañas del fuego cuando el “conflicto bélico” de pequeños Estados de nuestro continente nos salpique, o sacuda a nuestra opinión pública como para que los representantes políticos deban tomar medidas? ¿Como en la guerra de Yugoslavia? Sinceramente, y ojalá me equivoque, estamos en una situación cuyas repercusiones pueden ser mucho mayores. No es cuestión de ser sensacionalista comenzando por decir la verdad, y es que ambos Estados en contienda tienen armas nucleares. El hecho es que una de las partes, la parte atacante, es nada más y nada menos que la Federación Rusa, sucesora de la extinta Unión Soviética. Y la presencia militar rusa, si bien muy mermada y ya no comparable a la de la antigua URSS, “no da tanto miedo”, supone la intromisión ilegítima de un Estado cuyo peso político y militar, aun a día de hoy, no puede ser desconocido. Comenzando por su puesto permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lo que vetaría cualquier operación de “peacekeeping” de la ONU, normalmente liderado por los Estados Unidos. Así las cosas… ¿Qué podemos hacer? Desde mi punto de vista, varias cosas, pero no es cuestión de desarrollaras aquí. Y todas tienen en común una cosa. La imperiosa necesidad de tener que pasar del análisis de la realidad a la acción, como diría el propio Karl Marx. Deben reformarse tanto las instituciones de la Unión Europea como de Naciones Unidas; entre éstas, fundamentalmente, la única institución con poder decisorio legítimo según el Derecho internacional público, pues está diseñada para un mundo, el de la posguerra fría, en el cual ya no vivimos. Y su reforma es necesaria para dotar de mayor coactividad a las decisiones de Naciones Unidas; para vencer, con la fuerza de los argumentos y de la razón, a los partidarios del respeto al multiculturalismo más extremista y de la no intervención, y dotar a las instituciones de las Naciones Unidas de un instrumento eficaz para ejercer el derecho humanitario de injerencia, a mi juicio legítimo. Otra cosa es la discusión sobre quién y con qué límites podrá ejercerlo legítimamente. Pero una cosa es cierta: tanto los detractores -entre los que me incluyo- junto con los partidarios del constructivismo multicultural. Permítanme mis lectores un breve excurso sobre esta clase de personajes, que pueden decir lo que dicen precisamente porque viven en un Estado que no permite todo, pero sí que permite -es más, la considera como una libertad central-, la libertad de expresión. Entre éstos -los cuales, sin duda, se han aprovechado de los famosos “dividendos de la paz” que los Estados Unidos repartió generosamente a Europa a lo largo del pasado siglo -lo que permitió precisamente la construcción de Estados del Bienestar modélicos, y ha pasado a cobrarse hace unas décadas, se cuentan los que permiten, e incluso argumentan filosóficomoralmente la licitud de la ablación de clítoris, por ejemplo, en aras a la soberanía de un Estado no democrático, cuando no muchas veces fallido, para en el fondo denegar el derecho de injerencia humanitaria, mientras no dudan severamente en penalizarla cuando es practicada dentro del “concierto de las Naciones civilizadas”, expresión que hemos tenido que leer, los que procedemos del Primer Mundo, muchas veces con sonrojo, en las decisiones judiciales de la Audiencia Nacional, del Tribunal Supremo e incluso en alguna Sentencia de nuestro Tribunal Constitucional español: ¡hipócritas!

Pero volviendo a Crimea: la partida a nivel geopolítico debe jugarse con inteligencia. La “ocupación temporal” -por cierto, siempre he desconfiado de las situaciones lesivas e reductoras de derechos temporales, las cuales tienden a ser permanentes- a pesar de Crimea más bien me suena a una acción táctica que pretenda la ocupación indefinida de un territorio clave para hacerse con todo o parte del territorio ucraniano, o para forzar un acuerdo con Ucrania favorable a Rusia, en el sentido, por ejemplo, de que ésta renuncie a integrarse en la Unión Europea. Y la jugada podría ser brillantemente magistral, si los Estados democráticos, hoy tan mediocres en jugadas de estrategia, no nos adelantamos. Con Putin no se juega, es decir, no se le pierde el respeto. Es un ser inteligente que sabe cómo puede extorsionar a la Unión Europea, con la complicidad incluso de alguno de sus miembros, y no precisamente de sus miembros más nuevos. Ya nos lo demostró no hace muchos años con su famoso cierre del gaseoducto y con el cierre de las negociaciones sobre proyectos similares. Y aquí entran en pugna, de nuevo, los intereses económicos de la Unión Europea -que son inexistentes, y se reducen a los intereses financieros de los países miembros, según su peso-, y los intereses de Rusia, claros y poco publicitados, salvo por felices filtraciones de sus servicios de seguridad. Es hora de poner a trabajar a todas las agencias y centros de inteligencia de la Unión Europea y a sus analistas. Y de ponerlos a trabajar ya, sin perjuicio de utilizar todas las vías diplomáticas posibles, aun con cesiones, si con ello se puede evitar una masacre y la ocupación de un Estado soberano, con el pretexto de proteger a su población rusa, pues este objetivo bien se puede obtener de otra manera; de manera logística y con intervenciones puntuales, pidiendo ayuda a la comunidad internacional en lugar de recurrir en primer lugar al uso de la fuerza. Y si les faltan ideas, la Unión Europea tendría aquí un buen interés con el que negociar, como es el estatuto de los habitantes de Kaliningrado dentro de la Unión Europea, por ejemplo, concediéndoles la ciudadanía comunitaria. Así se zanjaría también un foco de tensiones entre la Unión Europea y Rusia que, por vicisitudes varias, la historia y la geografía han tenido precisamente el “capricho” de situar precisamente “allí”. En cuanto a la ciudadanía comunitaria (equiparable materialmente a una especie de residencia permanente del estilo de la que otorga la Green Card estadounidense, pero con derechos políticos ante las instituciones de la Unión, los Tratados no la proscriben, en los años de la primera gran ampliación de este siglo se habló mucho de esta posibilidad entre los círculos europeos más progresistas, y sólo habría que hacer algunos cambios en el Derecho derivado. Pero antes de que -esta vez sí- el interés de la Unión Europea como organización supranacional se viera amenazado, no ya por unos cientos o miles de inmigrantes sin papeles, sino por los tanques de la Federación Rusa, que recuerdan a las épocas más sangrientas del Pacto de Varsovia, a falta de una posibilidad de respuesta eficaz y contundente desde Naciones Unidas, considero legítima una intervención, razonable y proporcionada a la situación que previsiblemente pudiera desarrollarse en esa zona de Europa, de la OTAN. Es la única organización que, hoy por hoy, puede arrogarse un poder de intervención militar legítimo supranacional como representante de una sensatez secuestrada por la propia dinámica de la no-acción de Naciones Unidas, por mucha condena que pueda provenir de su máximo representante. En tiempos de bonanza, me mostré a favor de un Euroejército para la Unión Europea. En abstracto, sería la solución ideal, a mi juicio. En tiempos de crisis, no sé si eso sería viable, pues no soy economista; quizá el ponerse a fundar un Ejército europeo contribuyera a relanzar la economía, como en las economías de emergencia. Sin embargo, siendo realistas, y por la inminencia de la situación, tendrán que ser de nuevo, como siempre, los Estados Unidos, los que resolvieran el conflicto. Y ellos ya tienen sus propios problemas.

Quisiera terminar esta entrada con una breve reflexión sobre las partes en contienda, seguida de una reflexión histórica, que escribo con el propósito de que sea leída en clave de actualidad, huyendo de todo sensacionalismo, pero no de una sana prudencia y desconfianza hacia Rusia, reconocido país autoritario y cuna de mafias peligrosísimas, regido por una mezcla entre capitalismo salvaje y nepotismo, por cierto, no muy original en los gobiernos despóticos de los tiempos modernos. Precisamente es el alcance del conflicto lo que nos debe poner en alerta, dando por descontada la necesidad de ayuda humanitaria a la población civil de Crimea de acuerdo con lo dispuesto en los Convenios de Ginebra, de los que la Federación Rusa es parte por sucesión de lo contraído en la anterioridad por su predecesora, la Unión Soviética, de manera muy similar a la que ha “heredado”, de un modo muy discutible, su asiento en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

A lo mejor podamos sacar una lectura positiva de esta situación, y precisamente donde más nos hace falta, en clave económica. La puesta en alerta y la militarización de los países occidentales propicia un contexto de economía de emergencia que, como señalara, en relación con otros acontecimientos, el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, quizá tenga la capacidad de sacar a la vieja Europa de su ombliguismo y de despertar a sus pseudoeconomistas tecnócratas que detentan el poder económico y político de la Unión de su sueño gris de “mercados de competencia perfecta + rescates puntuales al sector financiero”. Fenómenos parecidos, de gran crecimiento económico en economías de emergencia, se dieron en varios países durante la Segunda Guerra Mundial, así como en otros conflictos bélicos. Ya hace tiempo que, en muchos círculos, de todos los niveles culturales, de “derechas”  y de “izquierdas”, puedo oír, no sin que una parte de mí asienta, frases del estilo de “aquí hace falta una guerra”. Pues ya la tenemos. Y si no la tenemos, podemos aprovechar la ocasión para construir algo funcionalmente equivalente, en relación con los objetivos de crecimiento económico que nos prefijemos, con tal de que los líderes de las principales naciones europeas, que vayan a reunirse previsiblemente este jueves 6 de marzo, D. m., para tratar del conflicto de Crimea, tengan el suficiente sentido de Estado y la suficiente altitud de miras. Que el Señor ilumine su entendimiento, para que puedan realmente hacer algo digno del nombre -que no marca- “Europa”. Y, aunque en la mañana de hoy, las bolsas de todo el mundo hayan bajado -el dinero es muy cobarde, y se trata de un movimiento de retirada táctica especulativo-, quizá suceda “el milagro”. A lo mejor, como sucede en los pacientes que creen estar enfermos por enfermedades que han provocado ellos mismos, o que la sociedad les ha atribuido, nuestras sociedades civiles teóricamente “avanzadas” y sus aparatos estatales se olvidan del cáncer de la “crisis” y de sus varias metástasis manifestadas en los cambios en las primas de riesgo nacionales -que no soberanas-, y, orquestando conjuntamente un plan común de paz, arreglan a su vez esta absurda “crisis” que nos han metido en el inconsciente colectivo de todo Occidente, provocando un pesimismo generalizado que se ve día tras día retroalimentado por los diversos agentes políticos, económicos y sociales. Tal vez, pero digo sólo tal vez, una acción conjunta, un plan, un objetivo, sea lo que necesitemos para salir de esta aburrida crisis. Pues si algo demostró, experimentalmente, el gran médico y psicoterapeuta Alfred Adler en la primera mitad del siglo pasado, es que la ayuda mutua nos ayuda a salir de nuestros problemas, de nuestros ensimismamientos y de nuestros ombliguismos. Y cuando es eficaz y es realizada con fe, es decir, con confianza, nos hace mejores. Además de lograr el objetivo de resolver los problemas del otro, nos ayudamos a nosotros mismos; y esto mismo se puede aplicar, a mi juicio, tanto a nivel personal como a nivel de sociedad.

A modo de conclusión. Lo he dicho antes y lo repito. Aquí no nos encontramos en un escenario regional y territorialmente controlable como el de la guerra en la ex Yugoslavia de los años 90 del pasado siglo. En aquella situación, nos hallábamos ante la disgregación de un Estado modesto -aunque el orden mundial de la Guerra Fría se hubiese arrogado el liderazgo, más moral y simbólico, que real y militar, por supuesto, de los “países no alineados”-. Se trata de un conato de invasión de un Estado soberano, Ucrania, por parte de la tercera potencia militar mundial, del Estado del mundo más grande en extensión, la Federación Rusa, sucesora de la Unión Soviética y con un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que bloqueó, durante el siglo xx, valiéndose de su derecho de veto, numerosas decisiones humanitarias sobre la base de intereses geopolíticos y vendiéndolos a sus ciudadanos y a los ciudadanos comunistas occidentales de buena fe como “males menores” que había que aceptar en aras de impedir el auge del “imperialismo yanqui” (el que rescató, con la sangre de sus soldados, a una Europa derruida por dos guerras mundiales). Frente a esta amenaza, ¿qué decir con respecto a Ucrania? Es un Estado soberano, cuya población, al menos en parte, ha querido mostrar, al menos, distanciamiento frente al gran vecino ruso, como ha querido mostrar al mundo a varios niveles, desde el político hasta el cultural o el deportivo desde su misma independencia en 1990, y su integración por separado en el Consejo de Europa en 1995, adelantándose al ingreso en dicha organización supranacional de la Federación Rusa, producida en 1996. Otra parte de su población ha mostrado un sentimiento proeuropeo, en el sentido de favorable a la anexión a la Unión Europea, a pesar del momento actual que la UE está viviendo, actitud que ha sido recogida seriamente por los responsables de los órganos competentes de la Unión; y, por último, otra parte, de mayoría rusa -preferentemente situada en Crimea, pero también en otras zonas del sur del país- ha mostrado una actitud de rechazo de Gobiernos proeuropeos y un sentimiento proruso. Así las cosas, de acuerdo con el Derecho internacional público general y regional, y con el Derecho internacional humanitario, nada autoriza el uso masivo de la fuerza a la Federación Rusa, ni un despliegue de fuerzas bélicas en territorio ucraniano equivalente a una amenaza de guerra. En estos momentos, según refieren las principales agencias de comunicación internacionales, la situación es la de una ocupación de facto de la región de Crimea por parte de Rusia, que parece destinada a prolongarse en el tiempo y a imponer condiciones inaceptables al actual gobierno ucraniano, y a un a la propia Unión Europea, como la secesión de la península, contraria, hoy por hoy, al Derecho internacional general. Otras cosas sí podrán ser discutidas. Concluyo ya con una muy breve reflexión. La Primera Guerra Mundial comenzó técnicamente como respuesta a un magnicidio, en apoyo o en contra del cual se fueron uniendo las potencias europeas de la época casi como si se tratara de fichas de dominó que iban cayendo. La Segunda Guerra Mundial comenzó en respuesta a una invasión de un Estado soberano (Polonia), por parte de Alemania, precedida por otras dos invasiones alemanas, la de Austria y la de Checoslovaquia.  Por cierto, la ocupación de Austria fue considerada prácticamente como una anexión por el III Reich y por la mayoría de la población austríaca, la cual no dudó en mostrar exultaciones de júbilo y vítores por su incorporación a la “grande Alemania”. Frente a la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra mundial presentaba un componente ideológico, no necesariamente compartido por los dos bandos en contienda (de una parte, los totalitarismos nazi-fascistas, y el totalitarismo estalinista; y, por la otra, la defensa de las democracias occidentales). Pero un elemento común que contribuyó, entre muchísimos factores, a ambas guerras, además del fracaso de la diplomacia, fue la débil relación entre las naciones europeas. Alguien dijo una vez que el proyecto de las becas erasmus había contribuido más a la integración europea que todos los fondos de cohesión -o algo parecido-. Lo que importa es que la historia nos demuestra que es en los momentos de debilidad, y ciertamente, la Unión Europea, con una crisis económica, de corrupción, de impotencia y, sobre todo, de legitimidad y de valores, está ahora en uno de ellos, cuando el terreno resulta ser de más fácil abono para los partidarios de la violencia y de la guerra.

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