¿Qué es o qué debería ser hoy el “aggiornamento”? De nuevo sobre la posición de la Iglesia en torno a las desigualdades sociales, las injusticas del mundo y los nuevos debates abiertos en y fuera de la Iglesia.

junio 8, 2014 § Deja un comentario


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Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, como yo os he amado (Jn 13, 34)

“Es un sistema injusto” (Discurso del papa Francisco pronunciado el 29 de febrero de 2014 sobre la crisis de los parados españoles, especialmente de sus jóvenes, y sobre la situación económica mundial)

 

 

Hace dos días, el papa Francisco nos sorpendió nuevamente con otra de sus declaraciones, en la que, entre otras cosas, expresaba su valoración sobre el estadio del capitalismo actual con unas breves pero contundentes palabras: “È un sistema ingiusto, che non dignifica la persona”.

Con ello, frente al tradicionalismo dominante en el llamado “pensamiento social cristiano”, las declaraciones del actual papa Francisco sobre la desigualdad social extrema suponen un cambio cualitiativo, y no simplemente cuantitativo, frente a la tímida doctrina social católica compatible incluso con la injusta -como todas- dictadura franquista española, doctrina que iniciara León XIII con su tibia, pero en su momento para algunos sectores cuasi revolucionaria “doctrina social de la Iglesia”, a partir de la publicación de la encíclica “De Rerum Novarum” a finales del siglo XIX. Tal vez el papa haga justicia y rehabilite tanto a los partidarios de la Teología de la Liberación que fueron condenados por la “Administración Ratzinger vaticana” durante el pontificado de San Juan Pablo II, pero lo cierto es que se impone no ya una “nueva evangelización a lo Ratzinger”, sino un nuevo “aggiornamento” de la Iglesia Católica que pase, por de pronto, por el reconocimiento de que la mayoría de la población cristiana mundial vive en países subdesarrollados en los que no son respetados sus derechos humanos. Sin embargo, antes de proseguir por este hilo del discurso, quisiera plantear, con carácter previo, y sin ánimo de hacer sociología ni atropología sobre las cuestiones que sucintamente voy a tratar para el lector, una cuestión sobre el significado de “aggiornamiento” que, en el pensamiento católico, adoptara el papa San Juan XXIII. La cuestión, como veremos, resulta de suma importancia, pues tiene que ver, nada más y nada menos, con la valoración histórica que puedan merecer actitudes de varios de los responsables de la Iglesia, y cuyas conductas desde el punto de vista de una moral crítica que no puede menos de prescindir del factor tiempo, es decir, de la contingencia del contexto sociopolítico propio de la época histórica en la que determinadas actitudes fueron tomadas por la Iglesia, y en la que podía existir, tanto en la filosofía secular, como en la praxis, un concepto socioantropológico de la persona muy distinto al de la actualidad. Ello nos lleva a una espinosa cuestión que excedería en mucho el popósito del presente post: la relación entre la contingencia de la concepción socioantropológica de la persona en un momento histórico dado -pongamos, la Edad Media-, y la eternidad de la verdad revelada en la Palabra. La respuesta a esta cuestión la dejo a la filosofía y a la teología, ciencias respectos de las cuales me considero un diletante, al menos en cuanto me refiero a mi labor investigadora. Me limitaré aquí a decir, para salvar una contradicción que no puedo menos que experimentar -pues soy creyente- como sólo aparente, reside en que, tanto por los defensores como por los partidarios de la Historia de la iglesia -y dejando aparte variables ideológicas que complicarían más un anlálisis elegante de esta difícil cuestión-, no ha sabido desligarse, en general -sobre todo, tanto por parte del aparato eclesial, como parte de las organizaciones antirreligiosas-, la contingencia accidental de la época histórica y la sensibilidad humana dominante en la misma, con una adecuada interpretación y exégesis de los textos sagrados. Ello mismo tendría una explicación teológica menor, cuasi catequética, que es la que los catequistas suelen contestar cuando se les habla del mal que ha realizado la Iglesia a lo largo de los siglos, poniendo multitud de ejemplos, como la Inquisión. Se dice, simplemente, que la Iglesia, como Iglesia de hombres, es una Iglesia de pecadores. Punto. Esta explicación, a mi modo de ver, no hace honor ni a la propia Iglesia como institución humana ni a los responsables que, en determinados momentos, tuvieron que llevar a cabo determinadas cuestiones, de acuerdo con la concepción socioantropológica de la persona, por ejemplo, en el contexto de una sociedad teocrática y la que determinados sentimientos de piedad o compasión estaban orientados hacia difícil mezc la de racionalidad e irracionalidad fundada en sentimientos más ancestrales, como el miedo. He tratado de exponer esta cuestión de la manera más sencilla que me ha sido posible. Sin embargo, quizá sea más comprensible para el elector como un ejemplo. Y voy a utilizar precisamente uno de los ejemplos -si no el que más- clásicos de los detractores de la Iglesia: cuando a un inquisidor que vive en el siglo XI, un siglo enteramente dominado por una conecpión muy pesimista de la regligión, dominado por el miedo al demonio -por cierto, tanto por el poder cil teocrático como por el poder eclesiástico-, se le presentaba una mujer acusada de brujería, uno de los mayores pecados que, en la configuración valorativa de su sociedad, revestía la gravedad mayor, es comprensible que dicho inquisidor hubiese condenado a dicha bruja a la hoguera, por haberse entregado a Satanás. Y no sólo para reparar la ofensa hecha a Dios, sino también para erradicar cualquier rastro de lo que los antropólogos, estudiando sacrificios que obedecen al mismo significado, aunque de menor gravedad, y que todavía siguien realizándose en algunas tribus, denominaran “metempsicosis”, o, con términos teológicos -o demonológicos-, infestación sobre la cosa. Para el monje del siglo XI debía elimiarse cualquier rastro de actividad satánica en el cuerpo de la infeliz mujer o del brujo que se hubiese entregado a tales prácticas, y de ahí una tortura que, en la actualidad, nos parece tan bárbara o inhumana. En ese contexto histórico, en el que la configuración de las sociedades occidentales estaba dominada por el milenarismo y la teocracia, no era concebible ningún rasgo de “aggiornamento”. Sólo después, con la aparición de las primeras órdenes mendicantes, la Iglesia pudo albergar movimientos “desde dentro”, en conreto, con la fundación de las Órdenes mendicantes, primero con Santo Domingo de Silos y poco más tarde con San Francisco de Asís, que denunciaron, desde el seno de la Iglesia, y con su ejemplo, los fastos y boatos de la Curia romana, proponiendo por primera vez en la Historia de l Iglesia Católica ortodoxa, una vuelta a sus raíces evangélicas y a sus consejos de pobreza, castidad y obediencia. Aunque me gustaría seguir este relato, el propósito de este post es limitado, y quiero dejar el análisis historiográfico de la Historia de la Iglesia aquí. Solamente me limitaré a señalar, en relación con los objetivos que me preocupaba destacar, que a mi juicio no merece la misma condena -en el plano de la ética crítica raciona-, las prácticas sin duda bárbaras, desde nuestra perspectiva histórica, del siglo XI-, que la quema en la hoguera de Migel Servet por sus obras teológicas y profanas, escritas a lo largo del siglo XVI -como, por ejemplo, por sus trabajos sobre la circulación pulmonar, no pueden merecer, por la variación en la contextualización histórica a que antes me he referido, una valoración historiográfica análoga; ni siquiera en una monaraquía teocrática como la española de aquella época, pues el protentantismo, y con él, la dignificación del ser humana como criatura racional capaz de interpretar por sí mismo los textos sagrados que una buena parte de las doctrina protestantes trajeron -otras, lamentablemente, como la primera Iglesia calvinista, entre otras, siguieron el mismo esquema de opresión de la Iglesia Católica-, ya había irrumpido por fuerza; y, el pensamiento del humanismo cristiano y del Renacimiento, con importantes contribuciones españolas, como el pensamiento de Francisco de Vitoria, no permitían sin más hablar de una configuración social análoga a la de la Edad Media; ni siquiera en España. A partir de la lucha del poder eclesiástico por acapar más cotas de poder civil, de manera directa o indirecta, sobre todo en los Estados con monarquías teocráticos, puede detectarse un cisma no declarado, conservador y dominante por siglos en el pensamiento católico occidental, consistente en la condena del pensamiento resultante, algunos siglos más tarde, del desarrollo natural del pensamiento humanista y del racionalismo que habría llevado a la Ilustración, a la Modernidad, y a la pérdida del monopolio de la iglesia en la justificación filosófica del poder civil. La hostilidad de la Iglesia hacia todo lo bueno que trajo de la Revolución Francesa -lo que no supone por mi parte ninguna justificación de aquel sombrío período histórico conocido como “El Terror”-, con sus repetidas condenas hacia el pensamiento ilustrado y la modernidad, sólo pudo producir un desajuste con su mensaje evangélico originario, es decir, cuando las clases populares vieron en el ejemplo de los dirigentes eclesiásticos precisamente lo contrario del mensaje de Jesús. En un momento histórico en el que, como diría Hegel, la Iglesia no supo estar a la altura del “Espíritu de los tiempos”, el caldo de cultivo generado a raíz de las nuevas formas de producción y explicación, y la aparición de los movimientos socialistas y comunistas, obligaron a la Iglesia a tomar cartas en el asunto, en lo que puede considerarse como el primer “aggiornamento” de la Historia de la Iglesia: la publicación en este sentido de la Encíclica “De Rerum Novarum”, promulgada por el pontífice León XII, pese a su tibieza a la que ya me he referido en otros posts, se refiere por primera vez a la cuestión social de una manera totalmente nueva, pues la Iglesia era consciente en aquel momento de la gran cantidad de fieles que iban continuamente perdiendo con sus alistamiento en las filas de los nuevos movimientos y partidos socialistas, comunistas y anarquistas, muchos de ellos abiertamente anticlericales. Quisiera sin embargo detener aquí la película. Este breve repaso por algunas de las cuestiones más espinosas de la Historia de la Iglesia Católica ha tenido como objetivo fundamental contextualizar, al mismo tiempo que definir, el “aggiornamento”: éste no sería nada más -y nada menos- que la actitud, promovida por los dirigentes eclesiásticos y difundida por sus pastores, de que la Iglesia conecte con los verdaderos problemas de sus fieles y de la gente en el momento histórico contingente en el que a todos ellos les toca vivir, de acuerdo con las concecpiones socioantropológicas de la personas vigentes en cada momento histórico y con las sensibilidades respecto de cuestiones que, en tiempos anteriores, pudieron plantearse de otra manera, cuando no ni siquiera existían.

En el momento actual, es para mí indudable la necesidad de un aggiornamento de la Iglesia -no sólo de la Iglesia Católica-, tanto en el se como en el ut y en el quantum. En relación al se, es decir, a la oportunidad de dicho “aggiornamento”, a casi ningún lector avezado que viva, sobre todo en países que nosotros, desde nuestro todavía -por poco- opulento “Primer Mundo y medio” -como me ha gustado denominarlo en otras entradas”, podrá ocultarse la lejanía sobre la priorización de los asuntos que parecen interesar, por una parte, a la jerarquía eclesiástica inferior al Papa, y, por la otra, a los asuntos que realmente interesan a sus fieles, que demandan cada vez más la incorporación dentro de la moral católica oficial de la gravedad del compromiso que los países y los individuos más ricos tenemos para con los países más pobres. En este sentido, la gravísima responsabilidad moral que pesa sobre los cristianos, por encima de cualquier discurso económico o economicista, del Problema Norte-Sur, con sus diversas variantes, enquistado demasiado tiempo por la era de la política de bloques y por la centralización de todas las luchas de las fuerzas democristianas en la erradicación del comunismo, se muestra hoy con toda su crudeza. A pesar de las encomiables ayudas de organizaciones que, como Caritas, están dedicadas a la erradicación de la pobreza y a la dignificación de la persona, hace falta más: un cambio de actitud por parte de los máximos responsables de la Iglesia Católica que impulse a este compromiso con acciones prácticas, tanto a fieles como a seglares. Y por lo que se refiere al cómo, así como al cuánto de dicho aggiornamento, baste con volver nuestra mirada hacia  la opresión y a la necesidad de liberación del mundo entero. Son éstos aspectos que ya no pueden ser soslayados en el debate teológico, sobre todo en la teología moral. Y ya es hora que la Iglesia “haga moral” para los países pobres, y no mirándose el ombligo como ha hecho a lo largo de los siglos la Iglesia latina de Roma. No se trata de descuidar cuestiones tradicionales, pero ya está bien de que los obispos y presbíteros occidentales, con la excepción del obispo de Roma, parezcan hablar sólo para el Primer Mundo y de los males del Primer Mundo -para la Derecha, claro-, de aborto, eutanasia, sexualidad fuera del matrimonio canónico y de los males de la “posmodernidad” -puesto que los de la Modernidad y la Ilustración ya fueron condenados en su momento por los papas del siglo XIX, sin darse cuenta de que el pensamiento cristiano racionalista contribuyó, paradójicamente, como he intentado antes apuntar, a las ideas liberales e ilustradas y a los conceptos modernos y laicos de derechos humanos, dignidad humana y democracia, entre otros-. Y aquí donde también quisiera plantaer otros problemas relativos al quantum del aggiornamento. Fundamentalmente, los males que se denuncian en este terreno no difieren en lo sustancial de los que fueran condenados al condenar la Iglesia de los siglos XVIII y XIX la Modernidad en su conjunto, y que podrían resumirse en la condena de cualquier doctrina que pueda suponer un peligro remoto para una sociedad teocrática. Así, se insiste en la condena del olvido de Dios (del Dios de la ortodoxia católica, por supuesto), o en el peligro de surgimiento de nuevos movimientos religiosos tipo “New Age”, que han arrebatado a la Iglesia un sector no desdeñable de sus fieles progresistas. Sin perjuicio de mi opinión sobre estas tendencias -sobre la que adelanto ya su escasa consistencia filosófica, su contradicción y la crítica acertada de ser una mala copia de movimiento gnósticos que han existido en el pesamiento esotérico y ocultista desde el inicio de los tiempos-, la tendencia de muchos de los denominados “curas jóvenes” es una evangelización no basada precisamente en la predicación del Dios Amor del Nuevo Testamento, sino de un temor de Dios mal entendido. En esta línea, auguro un mal pronóstico a lo que percibo como la vuelta en la “nueva evangelización” a una insistencia sobre los novísimos, infundiendo temor a los fieles y hablando sobre nuevos “humos de Satanás”, cosa que sólo conseguirá amedrentar a las conciencias escrupulosas y quizá a las almas más delicadas, cuando no apartarlas completamente de la Iglesia o, en el mejor de los casos, de “la comunión plena con la Iglesia Católica”. Frente a este panorama, desgraciadamente tan ultraconocido en nuestro país como ultramontano, tenemos el discurso del primer papa no nacido ni formado en el Primer Mundo, ni al amparo de los tejemanajes de la Curia romana. Es un discurso tan crítico como esperanzador: el testimonio de incapacidad para criticar a los homosexuales; la tolerancia cero para con los sacerdotes que abusen de niños; la preocupación por la falta de futuro laboral de la juventud, incluida la del Primer Mundo y medio, que parece comenzar a tener problemas de moral social “de verdad”, es decir, de cohesión social; la puerta abierta para el celibato de los sacerdotes… A estas cuestiones deberían seguir otras, como la insistencia y el desarrollo de la opción preferencial de la Iglesia por los pobres, proclamada en varios Documentos del Vaticano II que los pontificados de Pablo VI se encargaron poco a poco de remitir a un segundo plano, cuano no abiertamente de silenciar; la  libertad de crítica e intepretación de los fieles de los textos sagrados -sin perjuicio del valioso aporte de toda la tradición cristiana, y no sólo de la tradición católica anatemizadora-; el control de la manipulación y de la injerencia desproporcionada -a veces sectaria- en la vida privada de los fieles pertenecientes a los movimientos o a ciertas comunidades parroquiales “exclusivas” y excluyentes, que, por mi experiencia, parecen organizarse como sociedades cuasi totales, respetando y haciendo respetar el derecho constitucional a la libertad de conciencia -a través, por ejemplo, de la clásica potestad primaria de régimen del Papa sobre todas las parroquias y comunidades católicas del mundo, de acuerdo con el Código de Derecho Canónico vigente-; el perdón por el uso y el abuso del poder civil por parte de la Iglesia a lo largo de su Historia y de las atrocidades cometidas en nombre del Dios del Amor, de Jesús que murió en la Cruz -léase aquí Inquisición, guerras de religión y, más modernamente, el apoyo abierto a sistemas dictatoriales “de derechas” en varios países del mundo, actuando como una potencia estratégica civil más y desviándose de su misión evangélica-; la condena de todas las formas de gobierno no democráticas y de todas las dictaduras del mundo, ya se proclamen éstas “de izquierdas” o “de derechas” y la remoción de los obstáculos que impidan la efectividad de la -en su momento, aceptada a regañadientes, con la excepción de la magnífica encíclica “Pacem in Terris” de San Juan XXIII- Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU y de la misma libertad religiosa, aceptada por el Concilio Vaticano II. También sería deseable una actitud clara a favor de la abolición de la pena de muerte y del resto de las penas ihumanas y degradantes; la asunción por parte de la Iglesia de un discurso antibelicista, así como el final de la exaltación de los discursos patrióticos más rancios, dejando esta última cuestión a las conciencias de los fieles. Menos probables son la asunción de otras cuestiones, que sin embargo espero que acaben imponiéndose por la fuerza de la razón y de la sensatez: la admisión del sacerdocio femenino y la dignificación de verdad de la mujer en el seno de la Iglesia; la revisión del Derecho canónico y la derogación de la mayoría de los delitos caónicos (sobre todo las censuras, entre las que se encuentran las excomuniones) para los fieles seglares, de manera similiar a lo que ocurre con el Derecho penal militar de los países democráticos, no aplicable a civiles salvo en caso de guerra o salvo que se atente contra graves intereses similares; por ello, de manera similar, los delitos canónicos no deberían ser aplicados a seglares salvo que éstos atentasen contra intereses de la Iglesia; esta profunda revisión de la “parte penal” del CDC  de 1983 -que, por cierto, ya realizó un importante barrido y simplificación, tanto del número como de las clases de delitos canónicos previstos por el CDC de 1917), podría comenzar, por ejemplo, por la derogación de la excomunión “latae sententiae” en general -sencillamente por afectar a la seguridad jurídica, uno de los logros del Derecho penal liberal en el orden civil; en este sentido, a mi juicio, la sin duda positiva previsión de la facultad del confesor para remitir en confesión, por la dureza frente al delincuente, en el foro interno de la conciencia, una excomunión latae sententiae que no haya sido declarada, prevista en el canon 1357 CDC, me sigue pareciendo insuficiente, pues la inseguridad jurídica de haber o no incurrido en tal censura permanece, y el fiel se ve privado del acceso a la gracia proporcionada por otros Sacramentos, en concreto, por la Eucaristía-. También -en la medida en la que ello no sea interpretado como una justificación del error, la Iglesia del siglo XXI debería tomar conciencia de la madurez de sus fieles y de su propia madurez, y, en una línea más respetuosa con el derecho a la libertad de conciencia, así como en consideración al interés en favorecer el debate teológico incluso de las cuestiones más espinosas, sin perjuicio de los dogmas declarados, debería considerar la total eliminación de los delitos canónicos de herejía, apostasía y cisma. Varias razones, en parte ya aducidas, están a favor de esta tesis: en primer lugar, el respeto a la madurez de los fieles en materia de conciencia. La Iglesia ya no debería tener miedo del cuestionamiento de las verdades reveladas. Todo lo que a este respecto puediera contravenir los dogmas de la Iglesia Católica debería poder resolverse en el fuero del Sacramento de la Reconciliación. Comoquiera que las fronteras entre los dogmas y las demás verdades que la Iglesia manda creer son, tanto para el teólogo como para el profano en esta ciencia, cada vez más difusas -en realidad, siempre lo han sido-, la construcción jurídica desarrollada por parte del Tribunal de Derechos Humanos, por ejemplo, en torno al “efecto desaliento” en relación con la libertad de expresión, que consiste básicamente en el efecto de retraimiento de esta libertad en un ámbito lícito por miedo a superar los límites legítimos de la libertdad de expresión, sugirió acertadamente en la jurisprudencia de dicho Tribunal que los Estados no debieran imponer penas severas en los casos en los que, conforme a sus ordenamientos internos, sus ciudadanos pudieran cometer delitos de injurias, calumnias, desacatos u otros que tienen que ver con el abuso del derecho fundamental a la libertad de expresión. Llevado este razonamiento al plano del Derecho penal canónico -así como, por cierto, también debería ser para el Derecho penal militar)-, considero que a mi juicio, en los casos en los que las conductas de herejía, apostasía o cisma -especialmente si se trata de fieles seglares-, fueran realizadas de manera pública, previo apercibimiento de la autoridad eclesiástica competente, y fuera razonable prever una amenaza para la integridad de las verdades dogmáticas que conforman el Tesoro de la Iglesia, bastaría con una pena “ferendae saententia” -de tipo que se quisiera, pero mejor aún si fuese medicinal-, que no privara de la comunión scaramental.  También sería deseable la eliminación de esta censura en el delito de aborto (vid. canon 1398 CDC), dejando al confesor la posibilidad de absolver normalmente de estos pecados; la recuperación del discurso ecuménico comenzado por el Concilio Vaticano II y la progresiva comunión con el resto de las confesiones cristianas, lo que podría pasar por gestos de por parte del Papa de apertura en orden a una dotar de una mayor autoridad y poder a los concilios y a los sínodos eclesiales, e incluso a través de la promoción de convocatorias ecuménicas de los obispos, pastores y patriarcas del resto de las confesiones cristianas del mundo que no están en plena comunión con la Iglesia Católica para tratar asuntos que creo que nos sostienen a todos los cristinaos, cuando a no a todos los hombres y mujeres de la tierra.

Y dejo para el final algunas de las cuestiones más espinosas, por cierto, no en el plano de su relevancia mediática, de la que prácticamente nadie se ocupa, sino en el plano estrictamente teológico: la revisión interpretativa de algunos dogmas clásicos de Teología fundamental y moral relativos sobre todo al “Problema del Mal”, la libertad humana y el concepto de infierno, sobre la base de la concepción de un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu infinitamente Amoroso y Misericordioso; una concepción equivocada, preonciliar o directamente “medievalista” que es posible apreciar en el discurso y en las homilías de sacerdotes del Primer Mundo en cuanto a los graves interrogantes que plantean los llamados “novísimos”, pueden llevar a las conciencias más escrupulosas o timoratas a un alejamiento gradual de la práctica de su vida cristiana, que puede ir desde la adopción de un práctica solamente servil o “de rito”, con el consiguiente sufrimiento de estas almas, hasta el caso más extremo de apostasía fáctica pero, sobre todo, de desesperación de la salvación; la consideración de la relevancia moral del ejercicio de la sexualidad en su justa medida, es decir, en un nivel de relevancia muy menor del que ocupa actualmente, y atribuyéndole mayor importancia solamente en los casos de instrumentalización o prostitución de la persona o de conductas sexuales no consentidas o realizadas con personas incapaces de consentir válidamente, así la adopción de una actitud clara para erradir el final de todas las dobles morales -mucho se está haciendo, y es de alabar, en relación con la ya declarada por el Papa “tolerancia cero” frente a los abusos a menores-, y, en esta línea, sobre todo en materia de moral sexual y conyugal; o la enajenación de buena parte del patrimonio de la Iglesia que no revista un valor histórico o artístico para aliviar el hambre en el mundo.

Sea como fuere, a día de hoy, por primera vez se dicen cosas, por parte de la máxima autoridad de la Iglesia Católica que, si bien no contradicen ningún dogma, sí revelan una actitud antidogmática en el mejor sentido del término, no basada en una concepción imperativista del principio de autoridad ni de la imposición de la potestad de las llaves, sino en la autenticidad cristiana, en un intento casi desesperado por volver la mirada al auténtico Jesús de Nazaret. Aquél que, desde siempre se ha predicado que pasó por el mundo haciendo el bien, curando a los oprimidos por el mal, dando pan a los hambrientos, sanando enfermedades y dando a todos, especialmente a los pobres y a los más desfavorecidos, la esperanza de una vida auténtica, verdadera, digna, cuya plenitud se alcanzará con la instauración del Reino de los Cielos.

Que el Espíritu Santo, hoy, Solemnidad de Pentecostés de ocho de junio de dos mil catorce, ilumine al Santo Padre y haga prosperar sus intenciones, con las esperanza de construir un mundo basado más auténticamente en el Santo Evangelio.

 

Creative Commons License¿Qué es o qué debería ser hoy el “aggiornamento”? De nuevo sobre la posición de la Iglesia en torno a las desigualdades sociales, las injusticas del mundo y los nuevos debates abiertos en y fuera de la Iglesia by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License.
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Secuencia de Pentecostés

junio 7, 2014 § Deja un comentario


Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Salmo 103)

Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo. 

Padre amoroso del pobre, Don, en tus dones espléndido.

Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, Dulce Huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, si  tú no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.
Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Amén. Aleluya.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,

como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. 

Para aquellos lectores que no la conozcáis, ya seáis cristianos o no, de otras confesiones religiosas, agnósticos, ateos o antirregliosos, esta es la Secuencia que, mayoritariamente, ha ido rezando la Iglesia Universal en las últimas semanas del tiempo pascual, para que, según la promesa de Jesucristo, descienda sobre nosotros el Espíritu Santo, el mismo Espíritu de Dios, “por medio del cual”, como reza la liturgia católica latina, en su oración a Dios Padre durante el Ofertorio en la Santa Misa, “das vida y santificas todo”. Para que el Espíritu Santo Paráclito (que, en griego, significa “Abogado”), sea precisamente nuestro Defensor, precisamente en los casos de mayor tribulación. El Hijo asciende  a los Cielos, pero su Presencia amorosa permanece entre nosotros, y, para los católicos, de modo especialísimo por medio de Su “presencia real” en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, en el que Él mismo se hace pan para alimentarnos espiritualmente y confortarnos en los momentos de duelo por los méritos de Su Pasión y Su Cruz, como expresa magistralmente la Oración de poscomunión y acción de gracias atribuida a San Ignacio de Loyola: “Pasión de Cristo, confórtame”. Pero para comprender -siempre limitadamente, pues la verdad sólo podrá mostrarse a nosotros de forma completa en la otra vida, salvo quizá casos especialísimos reservados a las almas más santas a través de la mística-, y, sobre todo, para experimentar el gozo derivado de la presencia de Dios, frente al vacío experimentado por su ausencia, es necesaria la acción del Espíritu, que es Dios, junto con el Padre y con el Hijo. Él será nuestro Defensor si le dejamos entrar en nuestros corazones, y ha sido Él el que ha guiado a los discípulos de Jesús a dar testimonio de la verdad y, en muchísimos casos a través de la Historia, a dar su vida por Él. Si le invocamos, el Espíritu Santo siempre actuará; pero la intensidad de su acción dependerá fundamentalmente de la apertura de nuestro corazón. Si nuestro corazón permanece cerrado por miedo, por iras o por resentimientos, poco o nada podrá hacer, porque no le dejaremos moverse libremennte en nuestro interior; pero si, por el contrario, hacemos, aunque sólo sea un pequeñísimo esfuerzo para que el Espíritu entre en nuestro corazón y transforme nuestro Ser, Él actuará en nuestra alma y nos glorificará, como glorificó al Hijo. Aun el primer caso, la Luz del Espíritu es tan poderosa que, aunque nuestra disposición sea muy poca, siempre se colará como por una pequeña rendija. Dios quiera que podamos disponernos adecuadamente, cada uno con nuestras cinrcunstancias y con nuestra miseria, para recibir la mayor efusión que el Espíritu quiere darnos, pues no es otra cosa que una Persona fruto del Amor entre el Padre y el Hijo, en sí misma Amor infinito, y que cuya efusión plena a los Apóstoles en el Cenáculo la Iglesia Universal conmemora mañana. Dispongámonos pues a recibir esa acción benéfica en medio de nuestros tormentos y dificultades, para que sane nuestros corazones y nos conceda sus dones, entre ellos, el don de fortaleza, con el cual podremos ser capaces de vencer las tribulaciones del mundo, incluidas las que son consecuencia de nuestro propio pecado. Porque el Amor de Dios es más fuerte que el pecado del hombre. Recordémolos una vez más. Él, frente al llamado “acusador desde el principio” (el diablo), o frente a nosotros mismos que muchas veces nos acusamos demasiado, tanto a los demás como a nostros mismos, es el Paráclito, el Defensor. Y lo precioso de esta afirmación es que Él, como Dios, no sólo “nos hará justicia”, sino que nos dará la paz de corazón, y Su gozo eterno.

Y si nuestro corazón está herido, recordemos el Salmo de David: “un corazón contrito y humillado tú nunca lo desprecias, Señor” (Salmo 51). Si aun así nuestra alma no está en paz, recurramos a la Madre de Dios, por ejemplo, con el rezo del precioso “Acordaos” de San Bernardo, cuya oración comienza “Acordaos, o piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir que ninguno hubieran acudido a Vos, imporando Vuestro auxilio o reclamando Vuestra protección”, haya sido jamás abandonado de Vos”. La omnipotencia suplicante de la Virgen resulta especialmente efectiva en estos casos.  Si estamos pasando momentos difíciles de prueba en los que sentimos que no se nos ha hecho justicia, y no sentimos la presencia de Dios a nuestro lado, pidámosle a Ella, con infinita confianza, encomendándonos en su mes a su Inmaculado Corazón, que nos conceda la gracia actual suficiente para acudir al Sacramento de la Reconciliación, especialmente parra desterrar de nuestra alma sentimientos de miedo, ira o cólera, así como para prevenir o reparar cualquier sensación de desesperación que pueda hundir nuestra vida espiritual. Con confianza, dirijámonos a la Confesión, pues Dios lo Está deseando y su Espíritu quiere actuar en nosotros, para que cantemos Sus maravillas, incluso -y sobre todo- en la adversidad. Es ahí donde el alma del cristiano se ve auténticamente probada y, con la confianza en su Dios, se ve santificada en el camino a su perfección espiritual.

  Que el Espíritu de Dios mueva, en este final del tiempo pascual, muchos corazones sendientos de de Él a recibir la gracia y la paz que emana del Sacramento de la Confesión, del perdón de los pecados conferido por Jesucristo a los Apóstoles, como muchos, D. m., escucharemos mañana en el Evangelio.  Y que las palabras de la fórmula sacramental completa  que para el Sacramento de la Confesión prevé la Iglesia Católica latina, calen en el alma del cristiano como una lluvia fina purificadora que, al mismo tiempo que borra la culpa el pecado y concede la paz al pecador, le dá asimismo la fuerza para seguir viviendo cristianamente y aceptar pacientemente los sufrimientos que pudiéramos padecer para nuestra santificación. No está de más reproducirla, para que incluso su mera lectura resulte reconfortadora y alhentadora para el lector, preparándole así para una mejor recepción del don del Espíritu Santo, con sus siete dones y sus doce frutos, en la inminente Solemnidad de Pentecostés: Dios Padre Misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por medio de la muerte y resurreción de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espítitu Santo. La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, los méritos y la intercesión de la Virgen y de Todos los Santos, el bien que realices y el mal que puedas padecer, te sirvan como remedio de tus pecados, aumento de gracia y prenda de vida eterna. El Señor te ha perdonado; vete en paz.

Dios salve a S.M. Don Juan Carlos y a S. M. Felipe VI (dicho por un republicano). Breve ensayo sobre la oportunidad histórica de la abdicación del soberano y sobre la soberanía en el contexto de la crisis española.

junio 4, 2014 § 1 comentario


 Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere y otra España que bosteza. Españolito que vienes al mundo te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón (Antonio Machado, Proverbios y Cantares, Campos de Castilla, 1912)

Parecerá extraño incorporar una entrada de esta naturaleza en un blog sobre victimizaciones. No se asusten mis lectores; intentaré condensar la esencia de lo que quiero transmitir en el menor espacio posible. Simplemente no puedo dejar de expresar mi opinión sobre la que ya ha sido definida por los medios españoles como la mayor noticia del año, y que afecta indudablemente a temas sociales y políticos sobre los que he escrito, en la medida en que éstos contribuyen a la génesis de fenómenos de victimización y opresión de las personas menos desfavorecidas. Por ello, y aprovechando deliberadamente el “tirón mediático” de la noticia, me propongo realizar, “by the way (or not?)”, una serie de consideraciones que se me antojan imprescindibles para comprender las claves de este acto real, relativas a mi percepción del Estado y de la misma democracia españoles. Como jurista acreditado y analista social y político diletante, quisiera realizar a este respecto unas pocas observaciones sobre la abdicación del Rey y sobre sus posibles consecuencias para el país, no sin antes partir de una serie de valoraciones previas sobre nuestra forma de gobierno. Puesto que somos, teórica y jurídicamente (lo que acaso sea lo mismo), una monarquía constitucional democrática, y, más concretamente y ante todo, como afirma el artículo 1 de la Constitución Española de 1978, un “Estado social y democrático de Derecho”, para realizar un adecuado análisis de la decisión del monarca y de su trascendencia sociopolítica habrá que partir del análisis de la forma de gobierno y del origen político del poder del Estado, para pasar después a valorar qué incidencia sobre éste pueden tener los comportamientos de quienes detentan su jefatura.

La frase con la que titulo esta entrada podría parecer un ejemplo de lo que los clásicos habrían definido como una contradictio in abiecto. En realidad, lo que me interesa es poner de manifiesto mi valoración sobre la decisión real, así como el lugar que debería ocupar en este momento concreto de la historia de nuestro país el debate abierto tras la abdicación del monarca  sobre la oportunidad de mantener o de cambiar la actual forma de gobierno, expresada en concreto por la opción entre monarquía y república.

Muchas veces se ha dicho que este país no es monárquico, sino “juancarlista”, expresión tan práctica como atinada, y con la cual no me disgustaría en absoluto definirme.

En lógica estricta, cualquier demócrata racional debería definirse como republicano. La opción monárquica, que justifica legalmente una discriminación por el linaje, debería parecernos a todos injusta, e impropia de un gobierno del pueblo o de una concepción del Estado democrático como el nuestro en el que, como proclama con gran autoridad nuestra Constitución en su artículo 1.2, “la soberanía reside en el pueblo español, del que emanan todos los poderes del Estado”. Sin embargo, lo que creo que a mí -y me temo que también a muchos indignados, así como desencatados o decepcionados (yo pertenezco más bien a este grupo)- de dentro y de fuera del 15-M, así como a buena parte de la izquierda sociológica del país nos ocurre, es que sencillamente ya no nos creemos esta afirmación: ¿De verdad alguien puede sostener en serio en la actualidad que la soberanía reside en el pueblo, del que emanan los poderes del Estado? ¿O que, como proclama con toda pompa el artículo 117 de la Constitución, “la justicia emana del pueblo y se administra en nombre del Rey (…)”? ¿Qué poder real tiene en la actualidad el Estado-Nación? ¿Hay verdaderamente división de los poderes formales del Estado? Sin ánimo de querer despachar cuestiones que merecerían un análisis más sosegado, preguntémonos más bien: ¿Dónde ha quedado la soberanía? ¿Qué ha pasado con el Estado social, como el más alto texto normativo define a nuestra forma de gobierno? ¿Qué ha pasado con lo que los constitucionalistas denominan “Constitución económica”, y que no es más que aquella parte de nuestra Carta Magna que se refiere a la organización del poder económico? El artículo 128 contiene esta preciosa declaración, no sólo “de intenciones”: “Toda la riqueza del país, cualquiera que sea su titularidad, está subordinada al interés general”. Pues ocurre sencillamente, entre otras cosas, que la soberanía económica fue transferida en fraude de Constitución -concretamente, en fraude de su artícuo 93-, al Sistema Europeo de Bancos Centrales, con la ratificación de nuestro país del Tratado de la Unión Europea (también conocido como Tratado de Maastricht), sin objeción alguna por parte de un Tribunal Constitucional políticamente dependiente de los dos grupos parlamentarios mayoritarios de las Cortes Generales en 1992; un Tribunal tibio y mediocre, privado de la genialidad jurídica de sus primeros miembros, cuyo dictamen sobre la compatibilidad de nuestra Constitución con dicho Tratado guardó silencio salvo en la cuestión, muy menor, de la necesidad de su reforma sólamente para extender el derecho de sufragio pasivo a los extranjeros comunitarios; a diferencia de otros Tribunales Constitucionales, como el alemán, que al menos realizaron declaraciones interpretativas sobre los límites a una cesión de soberanía económica, y cuyos efectos más devastadores estamos viendo, y algunos experimentando ahora. Ironías del destino. Las únicas palabras de la Constitución que se introdujeron en aquel momento fueron “y pasivo”, en relación con el aludido derecho de sufragio. Lo que sucedió en realidad es que la esencia de la Constitución pasó a depender de instituciones comunitarias no democráticas. La introducción de la expresión “y pasivo” pareció preconizar que, a partir de entonces, toda la Constitución sería pasiva; es decir, heterodependiente, heterogestionada teóricamente por “Europa”. Vamos a ver por quién. Volviendo al tiempo presente, todos estamos en crisis, pero algunos más que otros. Comoquiera que en estos tiempos la Economía lo es todo -o por lo menos eso se le pide que sea por parte de la sociedad, hasta acabar conformando la esencia misma de la configuración social de las comunidades sociopolíticas posmodernas-, resulta que toda la soberanía ha sido transferida al SEBC y, más concretamente, a su centro, la diabólica institución llamada Banco Central Europeo, independiente e irresponsable, no subordinado a nadie salvo a “los mercados”. Tenemos por lo tanto una democracia formal, basada en lo que otras entradas del blog en el que se insertan estas reflexiones he denominado como “ficción contractualista”.

La idea del contrato social, fruto de la revolución burguesa, sirvió como base para la instauración pacífica durante la transición de un régimen democrático en nuestro país. En aquellos tiempos más nobles, en los que la Economía no había alcanzado la hegemonía cultural del discurso político, mediático y social del país, pudo haber elementos que hicieran parcialmente auténtico ese contrato social. Ahora, desgraciadamente, no lo hay. No lo hay cuando más de un quince por ciento de la población española malvive bajo el umbral de la pobreza; cuando la tasa de paro general se mantiene en el orden del 27% -de la tasa de paro juvenil ni hablamos, pues ya he hablado bastante-; cuando los sueldos de los “afiortunados” trabajadores cualificados e hipercualificados están en niveles del orden de los 900 euros; cuando desde todas partes se impone la “receta” de la moderación salarial mientras las grandes empresas se niegan a limitar sus beneficios y a pagar impuestos con total impunidad; cuando se da la primacía a la estabilidad macroeconómica y se ingnora el sufrimiento de millones de personas de nuestro país, sufrimiento que clama al Cielo; cuando la educación, curiosamente, considerada como un derecho del más alto rango, con sus efectos directos y todo eso por la posición que ocupa en nuestra Carta Magna, como un derecho fundamental, es decir, en el mismo plano de valoración jurídica que los llamados por los marxistas “derechos formales o burgueses” -como el derecho a la libertad de expresión-, o el que ya comienza a ser cuestionado por el partido que sustenta al Gobierno derecho de manifestación, así como la sanidad de este país, sufren las consecuencias de una crisis que para la mayoría de los ciudadanos resulta tanto injusta como incomprensibe; cuando los derechos de las corporaciones y de las entidades financieras, que son personas jurídicas pero no ciudadanos, prevalecen sobre los derechos de los ciudadanos de verdad, es decir, de las personas físicas que sufren y padecen; personas que ven continuamente pisoteada su dignidad -sí, la misma dignidad humana la cual, según el artículo 10 de la Constitución Española, es “fundamento del orden político y de la paz social”-; cuando estas mismas personas se ven incapaces de poder alimentar o dar cobijo a sus hijos. Así las cosas… ¿pero de verdad alguien sensato puede creerse todo esto de la soberanía nacional, la democracia, los votos, las urnas y la realidad de toda esa preciosa construcción teórica que cambiara radicalmente la concepción de la política en buena parte del mundo occidental a finales del siglo XVIII?

El resultado de toda esta situación, a mi juicio, no ha sido otro que la pérdida del consenso social y político constituyente de 1978, fruto del austericidio heteroimpuesto por la Troika y alabado por los el gobiernos Zapatero y Rajoy, al menos hasta la sorpresa electoral del 25-M, que para algunos ha sido intepretada como un sorpasso de la izquierda. Llegados a este punto, e incluso antes, muchos lectores se habrán ya preguntado qué tendrá que ver todo esto con la abdicación del Rey. La respuesta que voy a tratar de dar es que, a mi juicio, la relación entre la pérdida del consenso democrático constituyente con la propia institución monárquica y el debate abierto sobre la abdicación ha provocado que la decisión de abdicar del Rey Don Juan Carlos haya trascendido, tanto en el debate mediático como en el debate social real, precisamente por el estado de justificada crispación ciudadana y por la acelerada disminución de la cohesión social por la que está pasando el país, lo que en otras circunstancias podría haberme limitado a interpretar como un simple cambio en la jefatura del Estado. Las claves de interpretación de la decisión del monarca, así como la valoración de la misma y de sus efectos, pasan necesariamente por el análisis de la difícil realidad social que estamos atravesando. Por esta razón, en este contexto social que acabo de describir, ¿realmente a quién le importa la forma que debe revestir la jefatura del Estado? ¿Es moralmente lícito para las personas que queremos contribuir a cambiar las cosas de verdad en este país tan lacerado por la pérdida del consenso constituyente y por la pérdida de la legitimidad del poder político, tanto de origen como de ejercicio -por utilizar la terminología propia de los filósofos políticos clásicos-, que centremos nuestros esfuerzos en conseguir una república -preocupación que debe de andar, más o menos, en el puesto 56 de la lista de mis preocupaciones, por poner una cifra lo suficientemente baja pero que no resulte sólo simbólica-, cuando hay otros aspectos de la realidad social española cuya injusticia, como he dicho antes, clama al Cielo? Porque, si nos podemos exquisitos, en este país no va haber ni república ni nada, sino simplemente lo que hay ahora: la dictadura del poder financiero expresada por el culto a “los mercados”. Otra vez, las nuevas fuerzas de la izquierda y progresistas de este país se encuentran ante la trágica encrucijada de decidir entre cambiar las cosas de una manera realista, sensata y sosegada, o perpetuar el mismo error histórico de las izquierdas clásicas: la entraga a las estériles e inacabables luchas sobre las diversas “doctrinas” socialistas, comunistas y anarquistas y la aceptación de la consigna del “todo o nada” que condujeron al hundimiento de la Segunda República, a la guerra civil y a la dictadura franquista. Dios quiera que no nos pase lo mismo; o que no nos pase como en Bizancio, cuando, en 1453, mientras sus representantes políticos estaban más preocupados por discutir sobre el sexo de los ángeles que sobre la fortaleza de sus murallas y la preparación de sus fuerzas militares, la ciudad fue tomada por los otomanos, provocando la caída del Imperio Romano de Oriente.

En este contexto, la abdicación del monarca sólo puede merecer dos valoraciones por mi parte: según una primera lectura, podría haber habido factores ocultos vinculados a la Casa Real y al Gobierno que se me escapan, y que habrían llevado al Rey a adoptar esta seguramente difícil decisión. Sin embargo, según una lectura del acontecimiento de una manera más sosegada no puedo menos que considerar la abidación del monarca como un error histórico; hay varios factores para considerarlo así. En primer lugar, la misma situación por la que atraviesa el país me lleva a considerar esta decisión irresponsable del Rey como una huida hacia adelante, en un intento desesperado de apostar por el mejor valor que tiene, su hijo, para tratar de compensar lo que a mi juicio no dejan de ser fallos menores de la historia reciente del reinado de una persona que merece mis más sinceros respetos por su papel durante la transición, así como graves errores de los que no debería hacérsele responsable a él, sino a determinados miembros de la familia real.

Detengámonos un momento en el papel del Rey durante la transición a la democracia. Un proceso delicadísimo que ahora, a más de treinta años de distancia, resulta demasiado cómodo de cuestionar, cosa que, por cierto, les encanta hacer continuamente a los medios oficialistas de todas las tendencias. A falta de una explicación alternativa razonable y consistente, mi actitud hacia la verdad histórica no puede sino basarse en el principio de parsimonia de Ockham. Siento con ello desilusionar a los que pudieran esperar por mi parte el apoyo a herméticas teorías conspiracionistas que tratan de oscurecer el papel del monarca en aquellos difíciles tiempos, especialmente, en relación con los acontecimientos que presuntamente habrían rodeado el intento de golpe de Estado del 23-F. Más aún: mi repugnancia es aún mayor para los “progres de salón” como el impresentable “periodista” Évole, por haber difundido conscientemente en su programa hace no mucho información a sabiendas inveraz, así como para todos los cómplices, incluido al ex presidente del Gobierno Felipe González, que se rebajó a sí mismo sin ninguna necesidad de hacerlo, de aquella farsa mediática que mis lectores españoles seguramente recordarán: hay cosas con las que no se juega. Sencillamente, por ejemplo, el terror que rodeó aquel triste episodio de la Historia reciente de nuestro país, terror que experimentaron muchas personas de generaciones ahora con edades de más de cincuenta años; personas que habían puesto su esperanza en la construcción de un país mejor, y en la superación, a través de un sincero consenso democrático y de la que fuera llamada reconciliación nacional, de las dos Españas que todavía tristemente permanecen y de las que continúan haciéndose eco los sectores más extremistas de periódicos de cierta reputación y de tirada nacional. Los españoles somos o fachas o rojos. Tertium non datur. Tienen razón, sin desmerecer aquel proceso constituyente ejemplar de nuestra Historia, aquellos que afirman que en España jamás ha habido una revolución burguesa. Ahora estamos pagando, por la derecha, los efectos de la ausencia de una rebelión que venía obligada por lo que el gran filsófo Hegel describiera tan bien como “el Espíritu de los tiempos”. El tiempo de España no es el tiempo de Europa. Ni siquiera el uso horario ha sido reajustado a su posición originaria. Solamente somos parte de una europa con minúsculas cuyo máximo objetivo por aunar esfuerzos y valores comunes se limita a compartir una misma forma del vil metal.

En este escenario es el que nos encontramos ahora. No está el país precisamente demandando más sobresaltos, cuando nos enteramos de la noticia de la abdicación del Rey Don Juan Carlos I en favor de su hijo. Los argumentos tecnocráticos y de “lavado de imagen de la monarquía” no soy convincentes por las razones arriba sucintamente aducidas. En contra de la abdicación pesan a mi juicio factores como la pérdida para el país de la experiencia del Rey, que cuenta todavía con una autoridad a nivel internacional que Felipe VI deberá trabajarse, a pesar de su impecable preparación, por ejemplo, en terrenos como la negociación diplomática con dignatarios extranjeros de Oriente Próximo, con Marruecos y con el resto de las monarquías mundiales. También podría aducirse el factor desestabilizador de un país que, como he expuesto largamente, no se encuentra precisamente en uno de sus mejores momentos. Y he aquí que he querido reservarme para el final una de las cuestiones más espinosas: el control del entusiasmo, a mi juicio desmedido y propio de la juventud de los líderes de las nuevas formaciones de izquierdas del país, en favor de una Tercera República española, aquí y ahora.  A corto plazo, en el intradía, utilizando el lenguaje hegemónico de la superciencia economicista. Como todo lo que se hace ahora en la mediocre política, no sólo exclusiva de nuestro país. En cuanto a la cuestión que nos ocupa, desde luego, a juzgar por cómo acabaron las otras dos efímeras repúblicas que ha conocido la Historia de España, no parece que la opción inmediata por una tercera pueda ser una opción sensata, sobre todo si la transición a la nueva forma de gobierno se realiza por la vía de los hechos, en todo o en parte del territorio del Estado, y no siguiendo el complicadísimo proceso de reforma constitucional exigido por el Título II de nuestro texto fundamental. A modo de conclusión, quisiera simplemente reparar en un aspecto: se da la circunstancia de que la mayoría de los Estados más avanzados socialmente del mundo y con mayor cohesión social son monarquías constitucionales, incluso confesionales: me refiero, más en concreto, a las socialdemocracias nórdicas o escandinavas, las cuales, a pesar del cambio de rumbo político impuesto por la tendencia hegemónica ultraliberal en Occidente, conservan no pocos de los elementos de la tradición de su forma de gobierno inspirada en la socialdemocracia y en una cohesión social envidiable. Pero no sólo: también algunos países de la Commonwealth que han mantenido el víncluo histórico con el Reino Unido de Gra Bretaña, como Canadá, Australia o Nueva Zelanda, además de varios pequeños estados soberanos repartidos a lo largo de los cinco océanos del mundo, son ejemplos -si bien cada uno con sus matices derivados de su propia Historia singular-, de países con una calidad de vida extraordinaria -por ejemplo, en relación con el respeto profundamente enraizado en la mentalidad de sus pobladores hacia su entorno natural y sus minorías étnicas, y, en consencuencia, con la apuesta por sus gobiernos por energías limpias y alternativas-, además de ser modelos, en algunas cuestines, de civismo y de cohesión social. Ello da un poco la idea de la accidentalidad de la forma que revista la jefatura del Estado en relación con los problemas que realmente interesan a la ciudadanía. Así las cosas, y teniendo en cuenta el país en el que vivimos, personalmente prefiero ver reinar a Felipe VI como Jefe del Estado que ver competir a los señores Emilio Botín, Francisco González o Amancio Ortega -o a Pedro J. Ramírez, Juan Luis Cebrián o Jesús Ceberio- en unas elecciones presidenciales. Aunque sólo sea como justicia poética. Una justicia que pertenece sin duda a un pasado más noble, en el mejor sentido del término.

Fdo./Signed by: Pablo Guérez Tricarico, PhD

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Dios salve a S.M. Don Juan Carlos y a  S. M. Felipe VI (dicho por un republicano). Breve ensayo sobre la oportunidad histórica de la abdicación del soberano y sobre la soberanía en el contexto de la crisis española, by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Attribution 4.0 International License.
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De nuevo sobre la Ascensión: Sin la oscuridad representada por la ausencia, la Luz no puede resplandecer en su plenitud.

junio 2, 2014 § Deja un comentario


Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Antífonona del Salmo 103, propio del Tiempo Pascual)

“Y he aquí que yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20)

Señor, hazme justicia; que llegue mi súplica ante ti. Por la mañana irá al encuentro mi súplica (Salmo 88)

junio 1, 2014 § Deja un comentario


Señor, hazme justicia; que llegue mi súplica ante ti.

Recomiendo la lectura del Salmo 88 en su integridad para entender la situación personal de desencuentro generalizado que estoy viviendo. Pablo.

Sobre la Ascensión del Señor y la ausencia o el silencio de Dios en el cristianismo

junio 1, 2014 § Deja un comentario


 

Hoy se celebra la gloriosa Ascensión del Señor a los cielos, tras haber transcurrido cuarenta días con sus discípulos, según la medida del tiempo terrenal. Un acontecimiento que es narrado tanto en los Evagelios de Lucas y Marcos como en Libro de los Hechos de los Apóstoles, como un acontecimiento presenciado realmente, al contrario de la Resurreción, de cuyo momento y hecho físico guardan misteriosamente silencio todos los Evangelios, tanto los canónico como los deutoerocanónicos o apócrificos: ¿Por qué esta contradicción? La verdad es que precisamente la Resurrección del Señor, que es acontecimiento central de toda Cristiandad -y en ello no hay discrepancia entre católicos, ortodoxos y protestantes-, no es narrada como “hecho”. De ella, tanto en los sinópticos (Mt 28, 1-15; Mc 16, 1-17; Lc 24, 1-48), como en el Evangelio de San Juan, 1-20, sólo se narran sus efectos. Sin embargo, en el Prólogo del Libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos la descripción más detallada de la Ascensión, por lo que luego diré, y en cuya interpretación personal me aparto algo del relato de Lucas, que dice que los discípulos se fueron de Jerusalén muy contentos, y pasaban el tiempo en el templo bendiciendo a Dios: todavía no había sido infundido sobre ellos de manera plena el Espíritu Santo y, sin embargo, el evangelista Lucas insiste en que “se fueron muy contentos” (Lc 24, 53). Probablemente yo no hubiera sido un buen discípulo de Jesús en aquel momento, como no lo soy ahora. Y es que en el Prólogo de “Hechos” (Hch 1), donde encontramos el relato más detallado de la Ascensión del Señor, contiene tres elementos fundamentales que me interesa destacar: la ausencia de la presencia de Jesucristo. Estos elementos son: el relato una ascensión física de Jesucristo al cielo -el cielo físico- que es presenciado por sus discípulos; la misión de bautizar todos los hombres y mujeres del mundo “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y la promesa de Jesucristo, realizada en los días previos y el momento de su Ascensión, sobre el envío de un Espíritu Defensor, el Paráclito, del griego “defensor”: el Espíritu Santo mismo, El mismo Espíritu de Dios y que descendió sobre Jesucristo en el momento de su Bautismo, declarándole públicamente como “el Cristo”, el Ungido. No es posible leer críticamente el relato de la Asunción de Hechos, sin relevar, a mi juicio, una cierta perplejidad mezclada con nostalgia en los discípulos que declararon haberla presenciado, a quienes no me cuesta imaginar como inquietos, defraudados e inmersos en la prueba que siempre está presente, por permisión o voluntad divinas, en el crecimiento espiritual de cualquier discípulo. Ello puede ser entendido perfectamente por cualquier lector, cuanto más por quienes hayan sufrido las terribles pruebas de la fe o “noches oscuras del alma”, como las Denominaba San Juan de la Cruz; o las “malas noches en una mala posada”, como se refiriera a ellas Santa Teresa de Jesús; por cierto, ambos santos se cuentran entre los mayores místicos de la Historia, y, en el ámbito profano, también entre los mejores poetas. Jesuscristo, por Quien los discípulos habían dejado todos, se va. Aun a pesar de sus palabras de consuelo de que Él estaría con ellos, “todos los días, hasta el fin del mundo” que encontramos en el Evangelio de Mateo 18, 20 in fine, y que la liturgia católica de la Iglesia latina suele recordar el día de la Ascensión, quizá para hacerlo más llevadero -personalmente me gusta más la traducción más exacta del original griego en el que en lugar de la expresión “hasta el fin del mundo”, puede leerse “hasta la consumación de los tiempos”). Así las cosas, me imagino a los discípulos de Cristo algo inquietos al ver a Jesús, a Quien habían preguntado si habría sido entonces cuando habría de restablecer el Reino de Israel, responderles que no les tocaba a ellos conocer ni el día ni la hora, para, seguidamente, y después de haberles prometido de nuevo el don del Espíritu Santo, desaparecer entre las nubes -y a Quien no verían más a lo largo de sus atormentadas vidas-; después, los apóstoles habrían escuchado este mensaje también de consolación de los ángeles, a los que Lucas describe como “dos personajes vestidos de blanco”, después de que Jesús hubiese desaparecido de la vista de todos, habiéndose ocultado tras una nube: “Hombres de Galilea, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Este Jesús, que os ha sido arrebatado al cielo, vendrá como lo habéis visto marchar. He querido subrayar deliberadamente la palabra arrebatado. La tentación de la prueba que representa la partida de Jesús puede llevar a muchos, sin la fuerza suficiente del Espíritu Santo, a pensar que Dios les ha abandonado. No es de extrañar que una corriente importante del protentantismo luterano-evangélico -sobre todo el protestantismo nórdico o escandinavo- conceda una importancia fundamental al problema sobre el “silencio de Dios”. Las Iglesias reformadas, a diferencia de la Iglesia Católica romana, las Iglesias de rito oriental en plena comunión con la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas, no reconocen el sacramento de la Corfirmación -si bien éste es conferido en un momentos, con ritos y por parte de ministros distintos en las confesiones religiosas mencionadas-, sacramento en el que, según una posición consensuada en dichas Iglesias, es recibido el don del Espíritu Santo en su plenitud. Este sentimiento de falta de acción del Espíritu, suplida por la imposición de manos, por invocaciones y ritos muy dispares en las Iglesias reformadas, unido al sentimiento de experimentar más profundamente su fuerza transformadora, es lo que dio lugar los movimientos pentecostales protestantes en el siglo XIXI, agrupados en torno a una corriente llamada “pentecontalismo”, para organizarse posteriormente en  la Renovación Carismática, movimiento que adquirío gran auge entre varios grupos de oración del ámbito del cristianismo protestante para extenderse después a la propia Iglesia Católica, que lo aceptó como válido a condición de la aceptación de su catecismo oficial y, sobre todo, a condición de la sumisión de sus miembros a la plena comunión con la Iglesia de Roma y con el Papa.

Se trata de un movimiento del que he tenido experiencia personal y, a pesar de la extravagancia de algunas de sus manifestaciones, miro con buenos ojos. En cuanto a la Ascensión, desde años me ha parecido un día triste. Sobre la irrupción de nuestros sentimientos no tenemos responsabilidad ni culpa moral. Simplemente están ahí. Vienen a mi mente resonancias de los Salmos de David, así como otros cánticos cristianos… ¿Jesús, dónde estás?… ¿Ya no escuchas mis súplicas?… Señor, no me escondas tu rostro, no me ocultes tu santo Nombre, no me quites tu Santo Espíritu… ¿Se conoce tu nombre en el país de los muertos?… ¿Por la mañana irá a tu encuentro mi súplica? (cfr. el terrible Salmo 88, de David). Sin saberlo, he puesto en práctica uno de los consejos de contra este sentimiento de melancolía y desamparo, sugerido por San José María Escrivá: “Si, a pesar de todo, la subida de Jesús a los cielos nos deja en el alma un amargo regusto de tristeza, acudamos a su Madre, como hiieron los apóstoles: entonces tornaron a Jerusalén… y oraban unánimanente… con María, la Madre de Jesús (Hch 1, 12-24)” (San José María Escrivá de Balaguer, 1973; cursiva en el original).

Sólo pido a los católicos ortodoxos y más perseverantes que yo en la fe, a los hombres y mujeres piadosos y temerosos de Dios, que tengan misericordia de mí y del mundo entero -parafraseando la Coronilla de la Divina Misericordia de Santa Faustina Kowalska-. Un mundo sin la experiencia de la presencia de Dios y de su Gloria, pero también cada vez más -y esta parte debería preocupar más a toda la jerarquía eclesiástica católica inmediatamente inferior al Sumo Pontífice-, cada vez más carente de la experiencia de la presencia del hombre y de su dignidad.

 

Fdo.: Pablo Guérez Tricarico

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