Comentario a un artículo de “El Confidencial” sobre el trabajo de Profesor de Universidad

septiembre 9, 2014 § Deja un comentario


¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que entrarían (Mt 23, 13-14). 

 

Estimados amigos, compañeros, profesores, estudiantes, familiares, ciudadanos y más de 6.000 lectores y visitantes de mi blog:

 

Os dejo un link del periódico “El confidencial” sobre “los males de la Universidad española” y mis comentarios al respecto, ligeramente ampliados en esta entrada. Son comentarios de alguien que tiene su corazón en la Universidad y en el claustro de profesores, pero que ya no es, como sabéis, y como le ha sido dicho con un lenguaje más propio de otras organizaciones, “uno de los suyos”.

 

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-07-07/los-8-males-del-profesor-universitario-es-uno-de-los-trabajos-mas-toxicos-que-existen_156018/

 

Buenas tardes. Permítanme que haga una breve presentación de mi perfil universitario, a los principales efectos de justificar mi experiencia y conocimiento del sistema universitario español, pasa pasar seguidamente a comentar someramente este artículo.

 

He sido profesor honorario (sin cobrar nada) de una de las Universidades más prestigiosas del país durante tres años. Actualmente estoy en situación de legal de desempleo desde ese tiempo, y sin percibir prestación ni ayuda social alguna. Anteriormente trabajé con contrato laboral temporal -algo sólo permitido legalmente a las Universidades-, durante seis años y medio y, previamente, obtuve una beca predoctoral de cuatro años concedida por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. A pesar de ser Doctor “cum laude”, Premio Extraordinario de Doctorado y acreditado para plazas de profesorado permanente por la Agencia de la Acreditación, Calidad y Prospectiva de la Comunidad de Madrid, no encuentro trabajo. De nada.

 

Como comentaba al principio, y en estricta observancia de las normas de esta Comunidad, a la que agradezco la posibilidad de expresar mi opinión, lo que he escrito lo he hecho con la finalidad de fundamentar mi experiencia y mi conocimiento del sistema universitario español, de sus grandezas y de sus deficiencias.

 

A mi juicio, los principales problemas del sistema universitario no son ni la sobrecarga administrativa -aunque a mí me pasó factura-, ni el modelo feudal denunciado en el artículo -hoy mezclado con un régimen de control de agencias de calificación que hace que se potencien los efectos negativos de uno y otro modelo-, ni otros -a mi juicio anecdóticos- que se mencionan. Aunque me ha alarmado que se denuncie como problema generalizado el acoso por parte de alumnos. Admito el mobbing entre compañeros, pero el acoso por parte de los alumnos me suena a la típica herramienta de pendiente resbaladiza de la derecha no democrática para cargar sobre los alumnos las frustraciones de los profesores, implantar métodos docentes retrógrados basados en la autoridad y no en el respeto e impedir un aprendizaje autónomo por parte de éstos, que, no lo olvidemos, deberían poder acceder a las élites -abiertas, por supuesto- del mañana. Los profesores nos debemos a ellos y, en buena medida, muchos “viejos profesores” lo han olvidado. A mí, los estudiantes universitarios no me han dado más que satisfacciones en mi trabajo. Como entiendo que no puede ser de  otra manera.

Así que, desde la perspectiva que aquí sostengo, los principales problemas de la Universidad española actual son, a mi juicio, básicamente dos, y afectan, sobre todo, al reemplazo generacional.

En primer lugar las bases de ambos problemas se encuentran en el tremendo desfase entre el tiempo de la Universidad y el tiempo de la vida actual, que viene a coincidir, mal que nos pese, con el tiempo del mercado de trabajo, especialmente dominado en nuestro país por la idealización de la prisa y del cortoplacismo eficientista. La Universidad pública española ha exigido -por el reconocimiento que históricamente tuvo,  sobre todo fuera de las fronteras de nuestro país-, un tiempo de “formación” integral no agotada por la elaboración y redacción de una tesis doctoral; un “tiempo” muy superior al de la empresa privada e incluso al del sector público, formación que el último decreto sobre los estudios de Doctorado ha intentado recortar, como casi todo en este país, al amparo de la “convergencia” con el llamado espacio europeo de Educación Superior, limitando los Doctorados a tres años prorrogables e incorporando como paso intermedio la dudosa titulación del Máster Universitario de investigación. Sin embargo, hasta la última reforma de los estudios de Doctorado en 2011, el tiempo de tesis doctoral -que no es sólo el tiempo de realización de la tesis, sino tiempo de formación general, de colaboración en tareas docentes, de docencia real, de tareas administrativas, de trabajos por encargo-, se había alargado tanto que, para cuando una persona consigue tener un perfil universitario ideal, tiene de media 34 años, según la última encuesta del CIS al respecto. Parece que este país no conoce el término medio: o hacer tesis titánicas que más bien parecen tratados en las que se inviertan ocho, diez o doce años de trabajo, o realizar “tesis-express” puramente de especialización para adaptarse a las exigencias de no se qué mundo laboral. Como en tantas otras cosas, en este país, el término intermedio no existe. No quiero extenderme con ejemplos de Derecho Doctorado, pero en Alemania, donde se exigen tesis más breves, por ejemplo, un tiempo de investigación doctoral de cuatro o seis años es perfectamente asumible por el sistema universitario.  Y en los Estados Unidos el tiempo dedicado a cursar estudios de Doctorado (Phd degree), con un reconocimiento social y económico envidiable, si bien varía bastante según las Universidades, se sitúa de media entre los cuatro años para las disciplinas más científico-técnicas y los diez años para los estudios de Antropología. En cuanto a mí y a mis circunstancias típicamente hispánicas, que para mi tesis tuve que aprender alemán a un nivel académico desde la nada -incluidas estancias de investigación en Alemania-, y a pesar de que me cambiaron las reglas del juego una vez iniciada la partida, me doctoré algún año antes por encima de la media española, pero lo que percibíamos muchos Ayudantes cuando comenzó la crisis universitaria, antes de que comenzara la crisis general, era que, a pesar de todos nuestros esfuerzos, nunca conseguiríamos estabilizarnos, pues los Rectorados iban a cerrar el grifo de las plazas permanentes, tanto laborales como de cuerpos docentes universitarios, especie por cierto intocable en nuestro sistema universitario público y especialmente privilegiada de funcionarios, a la que todo le es permitido, desde el “simple” abandono de sus labores docentes hasta comportamientos y decisiones basados en la más absoluta discriminación por razón de sexo, salud o cualquier otra circunstancia personal o social, o el acoso sexual en toda regla, pasando por la inobservancia supina de la Ley de Incompatibilidades. Por supuesto, todo ello sin consecuencias. Pero no es mi intención hablar de ello con mayor profundidad en esta entrada. Allá cada uno con su conciencia.

El segundo gran problema, consecuencia en buena medida del anterior, es decir, de la falta de voluntad política de reemplazo generacional desde hace ya demasiado tiempo, es que, precisamente como los que tenemos un currículum laboral-universitario y no conseguimos obtener plazas, nos vemos abocados a entrar en el “tiempo” que nos corresponde. En el de personas de la década de la treintena cuya vocación universitaria ya no puede compensar por sí misma las necesidades de una persona que, no ya por su edad, sino por sus méritos, debería tener un “status” de “senior”. En lugar de esto, nos encontramos sin trabajo y en peores condiciones de quienes todavía no han acabado la carrera. Es una de las manifestaciones de la hipercualificación, tan penalizada en este país debido al cortoplacismo empresarial y social imperante, de la que ya he hablado en otro lugar. El sentimiento de frustración de muchos expulsados como yo, además, agrava las secuelas psicológicas de nuestra situación y hace más difícil que consigamos, literamente, “rehacer nuestra vida”. Porque, a pesar del sentimiento de frustración que nos produce el ver nuestra carrera universitaria truncada, algunos, como yo, seguimos teniendo vocación universitaria y creyendo en la Universidad como un proyecto de comunidad de vida, más que como en un trabajo.

Por tanto, la aportación que quisiera realizar a este foro es que debería distinguirse muy bien entre profesorados permanentes y quienes no lo son. No digo que éstos no tengan problemas, no estén lo suficientemente remunerados ni reconocidos como debieran ni sobrecargados administrativamente, ni que no se les haga injusticia. Pero, aun con todo, si tienen vocación, están desempeñando, a mi juicio, una de las mejores profesiones que existen. Con gusto volvería yo a la Universidad con un puesto de profesorado permanente cobrando 1.500 euros, que es el último sueldo que percibí, sobre todo teniendo en cuenta cómo está el mercado de trabajo. Por ello, cuando escucho a mis ahora ex compañeros -en realidad soy yo el ex compañero, puesto que han echado ellos- hablar de estas cosas, no puedo menos que indignarme o, en el mejor de los casos, ruborizarme. Porque no puede compararse la frustración de un Vicedecano sobrecargado con puesto fijo, o el un Profesor Titular que no llega a Catedrático, por ejemplo -por legítimas que sean estas quejas-, con la de quien ni siquiera está en situación de pedir una ayuda social con treinta y pico años tras trece años de dedicación a la Universidad lo mejor que ha podido.

 

Así que, si realmente se quiere dignificar a la Universidad, ábranse las promociones por abajo, puesto que son su futuro, y éstas asumirán con gusto las cargas de la burocratización, la endogamia y los demás males que denuncian aquellos que tienen dentro de la Academia la vida resuelta. Es más, estoy convencido de que el reemplazo generacional constituirá un elemento muy positivo para una reforma material -no política- de la Universidad, y redundará en provecho de la comunidad universitaria en su conjunto, para que aquella pueda servir a la principal finalidad que le ha sido encomendada por todas las leyes democráticas universitarias de nuestro país: la creación, desarrollo, transmisión y crítica del conocimiento, el arte y la cultura.

 

Vivat Accademia, vivant Professores

Vivat Accademia, vivant Professores

Vivat membrum quodlibet

Vivant membrae quaelibet

Semper sint in fiore, Semper sint in fiore.

 

Hasta aquí mi comentario: Sobre la hipercualificación y sus perniciosos efectos en el mercado laboral, recomiendo otro enlace en el mismo periódico digita. Son hechos: http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-09-09/el-paro-de-los-espanoles-con-estudios-superiores-triplica-la-media-de-la-ocde_188713/

 

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Llamamiento a participar en la Jornada de Oración y Ayuno por la Paz convocada por el papa Francisco

septiembre 7, 2014 § Deja un comentario


La paz os dejo, mi paz os doy. No os la dejo como os la da el mundo. No tiemble vuestro corazón ni tengáis miedo (Jn 14, 27)

 

El Papa Francisco ha convocado este Domingo 7 de septiembre, Víspera de la Fiesta de la Natividad de la Virgen María, una Jornada Mundial de oración y ayuno por la paz en Siria, en Oriente Medio, Ucrania y otros territorios en guerra. En estos tiempos difíciles, en los que algunos nos quejamos de la demanda justa de no tener trabajo ni sustento, volvamos la mirada hacia quienes sufren unas condiciones de precariedad mucho más trágicas, y se levantan todos los días sin saber si volverán a acostarse.

Siguiendo la estela apostólica del gran papa San Juan XXIII y de su memorable encíclica “Pacem in terris”, el Pontífice llama a los hombres y mujeres de todas las religiones, creyentes y no creyentes, y, en definitiva, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para que se unan con su participación y con sus intenciones a la oración de la Iglesia universal por la paz. Recordando el espíritu y la letra de la citada encíclica, el entonces para San Juan XXIII expresaba su deseo de que los responsables políticos de las naciones caminaran en una dirección en la que, por su peculiares características, toda guerra debería ser prohibida. Profundizaron en esta idea documentos conciliares como la magnífica Carta “Gaudium et spes”.

A cincuenta años de su publicación, vivimos en un mundo mucho más inestable y menos controlado, aunque obsesionado por la “seguridad”, la cual es esgrimida muchas veces por los exponentes del pensamiento único del nuevo orden mundial así como por sus prácticos -los líderes políticos occidentales-, en detrimento de la justicia. Poco recuerdan algunos de estos líderes su conexión con el movimiento democristiano y la doctrina social de la iglesia. En este sentido, baste la afirmación, repetida por la saciedad por el papa San Juan Pablo II, de que no puede haber paz sin justicia.  En el nuevo orden mundial actual, que puede ser explicado como un desarrollo perfectamente lógico, aunque inhumano, del pensamiento único que ocupó la hegemonía cultural mundial utilizando de manera privilegiada el lugar de las cenizas del bloque socialista y de los ataques del 11-S, la carrera de armamentos ya no explica el equilibrio de fuerzas, pero el fanatismo en el que aquella se inspiró sigue vivo, y muchas veces vinculado a errores cometidos por líderes políticos y religiosos de Oriente y Occidente. De nuevo, no va a ser la paz táctica, la que Kennedy llamara de manera crítica “pax americana”, la que traiga la verdadera paz, y con ello, la justicia, al mundo, sino aquella que nace del corazón puro y del amor al prójimo, incluido el amor a quien consideramos o nos considera nuestro enemigo.

Desde esta pequeña plataforma os invito a participar, de la manera que mejor estiméis en conciencia, en esta Jornada, desde vuestras casas, comunidades, puestos de trabajo o en el Templo. Las puertas de varias iglesias católicas estarán abiertas para recibir a todos aquellos que quieran unirse a esta sincera oración colectiva por la paz. Por mi parte, estaré esta tarde en la parroquia de San Germán, sita en Madrid, D. m., adorando a Jesús Sacramentado, que estará expuesto hasta las doce de la noche, y pidiéndole que ilumine los corazones de los políticos, de los poderosos, de los fanáticos, de las gentes resentidas y especialmente vulnerables a caer en la espiral de la violencia y con ello a convertirse en víctimas de ella; en definitiva, para que Jesús, que vino a traer la paz, infunda sobre toda la Humanidad doliente su Espíritu de Amor, a fin de que el hombre, con la ayuda del Espíritu de Dios, pueda resolver los problemas que él mismo ha causado por vías pacíficas y respetuosas con los derechos humanos. Que con la ayuda de Su divina gracia, y con la intercesión de la Santísima Virgen María, Reina de la paz, se derriben los muros de la incomprensión y se rompan las cadenas del odio, la ira, la violencia y el rencor que sólo llevan a encadenar nuevos actos de crueldad con otros y que, del reconocimiento de la dignidad del otro y de su humanidad, brote el Amor verdadero que lleve a la paz. Amén.

 

A.M.D.G.

 

 

Fin de Fiesta e inicio de curso. 1 de septiembre de 2014: la vuelta.. ¿a qué? A propósito de mi cese como profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid

septiembre 1, 2014 § 4 comentarios


Ubi sunt qui ante nos in mundo fuere? (Gaudeamus igitur)

A los que vuelven, a los que se quedaron atrás y a los que no vuelven a ninguna parte

A mis compañeros de la Universidad Autónoma de Madrid, desde las señoras de la limpieza al Magnífico Sr. Rector 

 

Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras

de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas (…)

(…) Vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su probreza

 y el señor cura a sus Misas.

Ya se despertó el bien y el mal

la pobre vuelve al portal

la rica vuelve al rosal

y el avaro a sus divisas.

Y se acabó, el sol nos dice que llegó el final…

por una noche se olvidó que cada uno es cada cual…

¡Y vamos, subiendo la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la Fiesta! (Fiesta, Joan Manuel Serrat)

Volveré (Terminator, 1984, dir. por James Cameron, guión de James Cameron y William Wisher, Jr).

Queridos compañeros, amigos, seguidores y más de seis mil visitantes de los cinco continentes:

En estos tiempos de “operación retorno” en el viejo continente y, en especial, en mi país, es frecuente escuchar las quejas de quienes protestan por no tener más tiempo de vacaciones pagadas, de playa, de diversiones. Es normal, y no debería escandalizarnos. Lo que nos escandaliza es que estas inocentes “quejas”, que deberían ser las propias de un país civilizado, no sean las prioritarias ni las compartidas por la mayor parte de la población. Incluso quien protesta por la vuelta a su puesto de trabajo, lo dice con la boca pequeña. No sea que que el empresario de turno, deseoso de “recortes” en “recursos humanos”, contribuya con él y mediante cualquier artimañana económico-jurídica a engrosar las listas de paro. Y en la cola del paro, a la que vuelvo por cuarto año consecutivo, se pasa mucho frío. Con el añadido de que este “curso académico”, como en una mala interpretación de la parábola de los talentos, aun lo que no tenía me ha sido quitado. He sido desahuciado de mi despacho tras tres años de mantenerlo con un título de Profesor Honorario, sujeto a fecha de caducidad. Para mí, que no considero el salario como la única satisfacción del trabajo -especialmente cuando aguien desarrolla un trabajo que le permita poner en práctica sus talentos-, como algo absolutamente necesario a nivel satisfactivo -lo cual no excusa al empleador, público y privado, de la exigencia de su pago inmediato en estricta justicia, pues el obrero merece su salario-, de lo que se me ha despojado es de un espacio de libertad intelectual que, con todas sus limitaciones, constituía una proyección, siquiera muy limitada, de mi vida privada y pública. Aunque lo que he pretendido escribir es un post de despedida, es imposible que, tras 13 años de servicio institucional -17 si sumamos los cuatro años de Licenciatura, a los que siempre me dediqué como “buen estudiante” como el que presta un servicio-, no pueda mezclar algunas reflexiones personales con algunas consideraciones más generales de orden social y macroeconómico. Sin embargo, antes de ello, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que a día de hoy, 1 de septiembre de 2014, mi relación -desde el punto de vista formal- con la Universidad Autónoma de Madrid, no desaparece del todo, al menos indirectamente. En primer lugar, porque conservo mi puesto de Investigador en el Instituto de Ciencias Forenses y de la Seguridad de la UAM, Instituto con personalidad jurídico-pública propia vinculado a la UAM; y, en segundo lugar, porque como miembro de la Asociación de Antiguos Alumnos de la UAM conservo el derecho a utilizar todas las instalaciones comunes del Campus, incluyendo todas sus Bibliotecas y las instalaciones deportivas, entre otras.

Yo me considero un investigador. Por esta razón, nunca he podido ver mi puesto en la Universidad simplemente como un “puesto de trabajo”, del mismo modo que mi concepción del ser humano en el mundo me impide ver a otro ser humano solamente como un conglomerado de células o como un “recurso”, palabra tan en boca de las reponsables de los departamentos de recursos humanos de las empresas del país, a causa de los desvaríos lingüisticos y materiales de la hegemónica ciencia económica. La Universidad ha sido para mí, siempre, una comunidad de vida. Un lugar, pero también una experiencia colectiva de afectos, relaciones, conocimientos y sensibilidades compartidos que ahora, por lo que a mí respecta, toca a su fin. Es imposible guardar todo eso en cajas de mudanza.

Sin embargo, en este momento, mis sentimientos más fuertes ante esta situación de auténtico desahucio institucional, por consideración a estos trece años en los que creo sinceramente haber prestado servicio fiel a la Universidad Autónoma de Madrid, a la comunidad científica y a la sociedad en su conjunto, sólo pueden ser de gratitud a mis compañeros de la Universidad.

Cuando empecé en esto, corrían tiempos de “bonanza económica”. La economía española se basaba fundamentalmente en el sector de la construcción y el sector de los servicios inmobiliarios, por los cuales fueron detraídos muchos jóvenes al sistema universitario. Frente a ello, la expectativa de ganancias fáciles e inmediatas, la insensatez de nuestra “clase emprendedora” y la colaboración de los bancos en los préstamos “sin fin” dibujaban en los años 2002-2003 un panorama de crecimiento económico que luego supimos que no podía mantenerse, pero en el que hasta entonces creía no sólo buena parte de la población, sino las fuerzas económicas y políticas del país. Pero los ciclos económicos llegan a su fin, y la rueda del consumo no puede mantenerse indefinidamente si no es a costa del incremento de la producción: y si ésta no “real”, echemos mano de los activos financieros, más reales que cualquier bien de la llamada “economía real”. Y así, en octubre de 2007, estalló lo que muchos no vimos o no quisimos ver: una crisis de proporciones devastadoras que se llevó por encima no ya los sueños, sino la pequeña riqueza de buena parte de la clase media, que fue “desacreditada” después de haber sido engañado con falsas promesas de créditos impagables, muchos de los cuales, con el pretexto del interés general de “salvar al sistema financiero”, fueron asumidos por el Estado, pero nunca llegaron a la ciudadanía. Pretender que toda la responsabilidad de lo ocurrido deba recaer sobre el usuario o consumidor y que no hayan desempeñado un papel fundamental, desde una posición dominante de información y poder, variables sistémicas que hayan contribuido muy decisivamente a esta situación, es más ilógico que hipócrita. Al igual que pretender que la crisis fue “prevista” con antelación por los gurús economistas que hoy llenan los platós de televisión.

En cuanto a la Universidad, y aunque siempre se me advirtió que “no corrían buenos tiempos para ella”, al menos la aparentemente estable situación macroeconómica que España presentaba hace 10-12 años permitía que nosotros, los investigadores, a los cuales no nos habían sido enviados los Gobiernos de la alternancia política oficial, pudiéramos comer “de las migajas que caen de la mesa del Señor”. A un joven como yo, de veintipocos años, ¿qué más le podía ilusionar que entrar a formar parte de un proyecto colectivo superior a sí mismo, precisamente en el seno de la Academia que entonces consideraba, y sigo considerando, una auténtica vocación, sobre todo teniendo en cuenta el gran reconocimiento que obtuve por mis compañeros y la gratuidad con la que éstos enseguida se aprestaron a ayudarme? ¿Podía prever las consecuencias del deterioro que, por razones macroeconómicas, pero también de convivencia, habría de llevarme ese camino?

A las, según las dos fuerzas políticas de la alternancia, generaciones más preparadas de la Historia de España, no sólo no se nos atendió en absoluto ni por las fuerzas parlamentarias ni por los macroleviatanes rectorales de las Universidades Públicas, más centradas en cuadrar su déficit, en construir plazas mayores o en promocionar de golpe a todos los Profesores Titulares a Catedráticos, que en atender las justas reinvindicacioens de los colectivos más débiles de la Universidad. Los derechos que adquirimos los investigadores y trabajadores de hecho de las Universidades españolas los obtuvimos fundamentalmente por la presión promovida por la Federeción de Jóvenes Investigadores – Precarios, Federación en la que milité, como nuestra asimilación al alta en el Régimen General de la Seguridad Social a partir de la aprobación del Estatuto del Becario en 2003. A lo largo de mi actividad representativa en varios órganos colegiados y comisiones de la UAM tuve que sufrir personalmente las críticas más feroces, más o menos sutiles, como representante del llamado “Profesorado Investigador en Formación”, por parte del stablishment corportativo universitario sólo por defender el derecho de mis brillantes compañeros de todas las áreas de conocimiento -ni siquiera el mío- de poder concurrir a las plazas de promoción como en cualquier empresa u organización, de acuerdo con los ya de por sí difíciles requisitos legales.

En el momento actual, a pesar de todo lo comentado, no me gustaría que éste fuera un post de lamentaciones. Comenzaba diciendo que sería un post de agradecimientos, además que de reflexión. Y es mi deseo que lo sea también de agradecimientos personalizados: En primer lugar, quisiera mencionar a mi primer director de tesis, Agustín Jorge Barreiro, hijo de tiempos más nobles y “viejo profesor”, como a él le gustaba llamarse, en sentido cariñoso, así como a nuestro maestro común el Prof. Gonzalo Rodríguez Mourullo. En segundo lugar, pero en el mismo nivel de importancia, a mi codirector y amigo Fernando Molina Fernández, con quien concluí mi tesis doctoral. A Enrique Peñaranda, por todo lo que él y yo sabemos. A Mario Maraver, compañero y amigo, por tantas cosas compartidas. También a Juan Antonio Lascuráin, a Blanca Mendoza, a Laura Pozuelo y a Yamila Fakhouri, por tantos pequeños detalles que no se olvidan. A mi amiga y compañera de despacho Raquel Benito, y a  mis compañeros más jóvenes Daniel Rodríguez y Gonzalo Basso, deseándoles lo mejor para sus vidas personales, que es lo que importa. A todos los becarios de investigación y colaboración que han pasado por el Área de Derecho penal, menos orgullosos que yo, quienes sabían que en el juego de la Academia también se puede perder, pero no sólo en un concurso o en una oposición, sino en un sentido trágico. Se puede perder simplemente por el capricho de los dioses que deciden cambiar las reglas a mitad de la partida. O porque otros dioses superiores, llamados “coyuntura”, ” crisis”, “situación del país”, se hagan responsables de la tragedia. En el fondo los dioses nunca han sido responsables, sino sólo los humanos…

Tampoco me olvido de todas las buenas personas de dentro y de fuera de la UAM que he tenido oportunidad de conocer a lo largo de mi actividad de estudio, gestión, representación, docencia e investigación, dentro y fuera de España. De Alfonso Iglesias, de José Luis López González, de Pedro Dalmau, de Pablo De Lora, de Irene Martín, de David García, de Gilberto Pérez, de la actual Decana de la Facultad de Derecho Yolanda Valdeolivas, de Evaristo Prieto, de Joaquín Almoguera, de Liborio Hierro, de Tomás de la Quadra Salcedo-Yanini, de José María Miquel, de Andrea Macía, de Pilar Benavente, de Maravillas Espín, de Eduardo Melero, de Raquel Escutia, de Rosa María Fernández, de Susana Sánchez, de Carlos Crivelli. De Antonio González-Cuéllar y de Anibal Sánchez Andrés, IN MEMORIAM. De Josetxu Linaza, de Carmen Almendros, de mis compañeros de Psicología. Del Prof. Dr. Wolfgang Frisch, cuyo profundo conocimiento sólo es superado por su bonhomía, a quien siempre le agradeceré su interés hacia mi persona. De André Callegari de la Universidad de Portoalegre, de Mayra del Poggio de la Universidad del Istmo de Guatemala. De mi querida compañera de la Universidad de Valencia Carmen Tomás-Valiente, de Mirentxu Corcoy, de Andrés Domínguez Luelmo. De mi compañera y amiga Ana Garrocho, próxima Doctora de la Universidad Carlos III de Madrid. De Patricia Esquinas. De Javier Sánchez Vera. De Jesús Santos. De Raúl Villar, mi  mejor Rector; de Celia, de Investigación; de Antonio, de Nóminas; de Antonio, de la Secretaría de la Facultad; de Ángel, de Información; de Victoria y Araceli, antigua y nueva Secretarias del Área de Derecho Penal; de Ramón, de Informática; de Jose, de la cafetería; de las señoras de la limpieza, y de tantos hombres y mujeres buenos que no caben en una lista y que la Providencia, en medio de mi andadura universitaria, tuvo a bien poner en mi camino, pues de todos aprendí. De verdad, gracias a todos.

Me voy, me echan o, mejor dicho, me retiran, como a los replicantes de Blade Runner, lo cual me produce algo bastante más amargo que un sentimiento de pérdida de empleo o de lo que fuera que yo haya tenido estos últimos años como profesor honorario sin cobrar. Supongo que se refiere a la pérdida del honor representado por el reconocimiento de un espacio vital, comparable a un deshaucio institucional. Frente a este sentimiento, incluso el horror de conocer a dónde me mandáis, a la calle sin adjetivar, de cuyas condiciones podréis haceros una ligera idea a poco que pongáis cualquier telediario, se me hace menos duro. ¿A dónde iré? Sinceramente, no creo que a los máximos responsables institucionales de la Universidad les preocupe lo más mínimo mi destino, como el de otros que me han precedido. No les guardo rencor. Sólo sé que me queda la Casa de mi familia y la Casa de mi Padre del Cielo, donde siempre podré encontrar a Aquél que, habiendo preguntado a Sus discípulos, después de una dura prueba de fe, si también ellos querían marcharse, contestaron: “¿Y a dónde iremos, Señor? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”.

Me despido de todos vosotros, amigos y compañeros, con lo mejor que me habéis dado: un cúmulo de buenas experiencias y recuerdos, que será prácticamente imposible borrar de mi experiencia y mi crecimiento vitales. Sólo os pido, desde alguien que ya no está en situación de pedir nada, que mi paso por la Autónoma -como el de todos, pues todos estamos de paso- no quede en el olvido, ni mucho menos pueda decirse que yo haya pasado por ahí sin pena ni gloria.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

           Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid

Vivat Academia, Vivant Professores

Vivat Academia, Vivant Professores

Vivant membrum quodlibet

Vivant membra quaelibet

Semper sint in fiore, sempre sint in fiore. 

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