Breve nuevo perfil público. Mi compromiso, con la Universidad Autónoma de Madrid y con la Academia Universal

mayo 19, 2016 § 2 comentarios


 

Gaudeamus igitur,
iuvenes dum sumus. (bis)
Post iucundam iuventutem,
post molestam senectutem,
nos habebit humus.
Ubi sunt qui ante nos
in mundo fuere?
Vadite ad superos,
Transite ad inferos,
ubi iam fuere.
Vita nostra brevis est,
breve finietur.
Venit mors velociter,
rapit nos atrociter,
nemini parcetur.
Vivat Academia,
vivant professores.
Vivat membrum quodlibet,
vivant membra quaelibet,
semper sint in flore.
Vivant omnes virgines,
faciles, formosae
vivant et mulieres
tenerae, amabiles
bonae, laboriosae.
Vivat nostra societas!
Vivant studiosi!
Crescat una veritas,
floreat fraternitas,
patriae prosperitas.
Vivat et res publica,
et qui illam regit.
Vivat nostra civitas,
Maecenatum charitas,
quae nos hic protegit.
Pereat tristitia,
pereant osores.
Pereat diabolus,
quivis antiburschius,
atque irrisores.
Quis confluxus hodie
Academicorum?
E longinquo convenerunt,
Protinusque successerunt
In commune forum.
Alma Mater floreat
quae nos educavit,
caros et conmilitones
dissitas in regiones
sparsos congregavit.
Alegrémonos pues,
mientras seamos jóvenes.
Tras la divertida juventud,
tras la incómoda vejez,
nos recibirá la tierra.
¿Dónde están los que antes que nosotros
pasaron por el mundo?
Subid al mundo de los cielos,
descended a los infiernos,
donde ahora se encuentran.
Nuestra vida es corta,
en breve se acaba.
Viene la muerte velozmente,
nos arrastra cruelmente,
no respeta a nadie.
Viva la Universidad,
vivan los profesores.
Vivan todos y cada uno
de sus miembros,
resplandezcan siempre.
Vivan todas las vírgenes,
fáciles, hermosas!
vivan también las mujeres
tiernas, amables,
buenas y trabajadoras.
¡Viva nuestra sociedad!
¡Vivan los que estudian!
Que crezca la única verdad,
que florezca la fraternidad
y la prosperidad de la patria.
Viva también el Estado,
y quien lo dirige.
Viva nuestra ciudad,
y la generosidad de los mecenas
que aquí nos acoge.
Muera la tristeza,
mueran los que odian.
Muera el diablo,
Cualquier persona en contra de los estudiantes,
y quienes se burlan.
¿Por qué hoy tal multitud
de académicos?
A pesar de la distancia están de acuerdo,
Superando el pronóstico del tiempo
En un foro común.
Florezca la Universidad
que nos ha educado,
y ha reunido a los queridos compañeros
que por regiones alejadas
estaban dispersos.

 

A mis padres

A mis compañeros de camino pasados, presentes y futuros

A mis amigos de ahora y de siempre

A mis enemigos

A la Universidad Autónoma de Madrid, a los responsables de su gobierno y gestión y a todos aquellos que han compuesto, componen o compondrán su comunidad universitaria

A la Academia

Y A.M.D.G.

 

Hola a todos. Llevo mucho tiempo sin escribir en este blog, y es porque ahora, gracias a Dios, tengo mucha carga de trabajo.

Para los que no me conozcan, sobre todo, vengo con esta entrada a actualizar mi principal perfil público en la red.

Soy Pablo Luis Guérez Tricarico, investigador y profesor universitario por vocación, en el ámbito de las Ciencias jurídicas y, más especialmente, en el ámbito de la llamada Ciencia del Derecho penal y disciplinas auxiliares. Me doctoré en 2011 con una tesis sobre la relevancia jurídico-penal del consentimiento del paciente en el tratamiento médico curativo, en la que abordé, desde diversas perspectivas jurídicas y no jurídicas, los problemas relativos a la autonomía del paciente en las modernas sociedades democráticas y plurales, la configuración de las dimensiones de la salud como bien jurídico protegido y como valor de configuración social compleja, más allá de su identificación con las definiciones salud en el ámbito de la Fisiología, la Medicina, la Psicología y, en general, las Ciencias de la Salud, y los complejos problemas de regulación en nuestro país, y por medio de un análisis de Derecho histórico y comparado, de los distintos casos en los que el consentimiento del paciente a un tratamiento médico puede ser privado legítimamente de validez en un Estado democrático de base liberal y no paternalista, incluido el análisis de la problemática del llamado consentimiento presunto y la regulación de los detalles de prestación del consentimiento en las distintas regulaciones sobre la materia, tanto a nivel europeo, como nacional y autonómico.

Durante más de dieciséis años he venido prestando mis servicios, con carácter de exclusividad de 1997 a 2011, a la Universidad Autónoma de Madrid. Primero, como estudiante de la Licenciatura en Derecho y miembro del Claustro Universitario, para la defensa de los intereses de los estudiantes en la comunidad universitaria, Licenciatura que finalmente obtuve con una media de Sobresaliente y varias Matrículas de Honor que me pagaron casi la mitad de la carrera; media que, unida a los méritos de mi primer Director de Tesis y Maestro Ilmo. Sr. Dr. D. Agustín Jorge Barreiro, discípulo del Excmo. Sr. Dr. D. Gonzalo Rodríguez Mourullo, Maestro de la Escuela de penalistas de la Autónoma, me permitieron optar a una beca FPU del entonces Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, y que me fue concedida el 28 de diciembre de 2001. A partir de entonces, comenzaba un camino incierto, ya entonces plagado de insondables misterios y de grandes dificultades, que sin embargo, me permitió el mayor espacio de libertad investigadora y general que haya tenido nunca en ningún puesto laboral, además de haberme brindado la oportunidad de conocer a personas excelentes en lo académico y en lo humano. Solamente por eso estoy agradecido a la Universidad Autónoma de Madrid y, en particular, al Área de Derecho Penal de la Universidad Autónoma de Madrid.

Durante mi carrera universitaria tuve oportunidad de conocer el mundo de la Universidad germánica, gracias a dos estancias de investigación, en los años 2003 y 2004, concedidas por la entonces Secretaría de Estado de Universidades, y de participar en debates de la primera fila internacional de la dogmática y de la política criminal. En particular, guardo un recuerdo imborrable de mis estancias en la Albert Ludwigs-Universität de Freiburg, al amparo de mi Profesor y Maestro en el Derecho y en la vida el Prof. Dr. Dr. H.c. múlt. Wolfgang Frisch, experto tanto en las cuestiones más complejas e intricadas de la dogmática jurídico-penal como sensible a las necesidades político-criminales de protección penal a nivel internacional y transnacional.

Aquellos felices días de mi juventud académica me dieron fuerzas para el arduo trabajo que me esperaba a la vuelta, la elaboración de una tesis doctoral “a la antigua”, donde los atributos de la calidad y la cantidad eran igualmente exigidos, junto al rigor, para autorizar su defensa.

En los años de la crisis económica internacional y española, la asistencia moral en sus largos y fatigosos procesos de habilitaciones a Cátedras, felizmente resueltas a favor de casi todos mis Maestros, las necesidades docentes derivadas de mi contrato como Profesor Ayudante, unidas a las derivadas de la incesante burocratización de la Universidad y de las exigencias de gestión, las propias necesidades de la investigación, que precisaba, a mi juicio, un conocimiento de lo que en la Ciencia del Derecho Penal suele llamarse “ciencias auxiliares”, pero que en realidad se trata de las nobles disciplinas científicas de la Psicología, la Filosofía y la Bioética, entre otras, así como otros factores objetivos y subjetivos contribuyeron a retrasar la finalización de mi tesis doctoral, cuya codirección asumió el entonces Decano de la Facultad de Derecho, ahora Maestro y amigo personal, Ilmo. Sr. Dr. D. Fernando Molina Fernández, también discípulo del Excmo. Sr. D. Gonzalo Rodríguez Mourullo. El resultado final fue una tesis que recibió el premio extraordinario de Doctorado y que me permitió, junto a otros méritos, conseguir la acreditación a Profesor Contratado Doctor por la Agencia de Acreditación, Calidad y Prospectiva (ACAP) de la Comunidad de Madrid al año de su lectura, y estando el libro resultante de la tesis todavía en prensa para Thomson Reuters Civitas Aranzadi, grupo editorial al que agradezco enormemente la deferencia en orden a la publicación de los principales resultados de mis investigaciones.

Pocos días después de haber leído la tesis, que obtuvo en el acto de lectura la calificación máxima de Sobresaliente “cum laude” por unanimidad del Tribunal, me venció la prórroga de mi contrato como Profesor Ayudante de la Universidad Autónoma de Madrid.

Ante una política de promoción del profesorado incierta por parte del Rectorado y unas directrices en todas las Administraciones Públicas de crecimiento cero –lo que se tradujo en la ausencia de tasas de reposición del profesorado, especialmente en los niveles de ingreso en las categorías, laborales o funcionariales, de profesorado permanente-, en la línea de la ortodoxia económica impuesta por Bruselas y por los Gobiernos de los principales países de la Eurozona, incluidos los Gobiernos de España, como principal estrategia para luchar contra la crisis, el Área de Derecho Penal de la Universidad Autónoma de Madrid tuvo la gentileza de proponer mi nombramiento como Profesor Honorario de dicha Universidad, cargo que me permitió seguir dando docencia limitada, fundamentalmente en Seminarios sobre delitos contra la vida junto a mi compañero y amigo Fernando Molina, tarea que compaginé con contribuciones profesionales y editoriales puntuales mientras estuve apuntado al Servicio Estatal de Empleo, al que fui derivado tras la finalización de mi relación laboral con la Universidad Autónoma de Madrid el 28 de julio de 2011.

El 11 de enero de 2016 la Tesorería General de la Seguridad Social volvió a darme de alta en el Régimen General de la Seguridad Social, como Profesor colaborador doctor de la Universidad Internacional de La Rioja, para la dirección de trabajos de fin de Máster en el Máster para el Ejercicio de la Abogacía online que oferta dicha Universidad. El 25 de enero del mismo año, tras haber superado las fases de concurso y oposición previstas por la Resolución de la Secretaría de Estado de Administraciones Públicas de 14 de octubre de 2015, para la provisión de plazas del Cuerpo de Gestión de la Administración Civil del Estado, encomendándose su selección a los Organismos públicos de empleo, entré a trabajar como funcionario interino de la Oficina de Asilo y Refugio, dependiente de la Subdirección General de Asilo (Dirección General de Política Interior) del Ministerio del Interior, cargo que detento en la actualidad y en el que aprendo cosas nuevas todos los días, pues a diario me veo confrontado, aun sólo en mis expedientes, con la realidad de la vida y de la muerte de personas que huyen de la guerra de Siria y de otros conflictos bélicos.

De momento, me gano el pan de cada día intentando ayudar desde el poder civil a personas que lo han perdido todo, salvo quizá, la fe y la esperanza. Mi misión, como digo muchas veces, es trabajar en mi presente para conseguir un futuro para personas que, en muchas ocasiones, lo han perdido todo y no pueden regresar a su país de origen.

Por ahora, sólo soy una pequeña piedrecita de una cadena de mando altamente jerarquizada, y hacemos lo que podemos. En cualquier caso, y a pesar de la excesiva burocratización que caracteriza a nuestra Administración Pública, las cosas que aquí se hacen –y también, lo que se deja de hacer-, tienen repercusiones –positivas o negativas- sobre las vidas de personas que se encuentran provisionalmente en el CETI de Melilla o en territorio español a la espera de que una autoridad competente les diga si pueden residir legalmente y trabajar en España, otorgándoles un documento que poca gente conoce equivante a un NIE, pero con la leyenda “protección internacional” y, en su caso, un título de viaje equivalente a un pasaporte, en cuya portada, debajo del Escudo de España, aparece la leyenda, en castellano, francés e inglés, “Documento de viaje. Convención de 28 de julio de 1951”, para los beneficiarios del derecho de asilo -los menos-, o “Documento de viaje. Protección internacional”, para los beneficiarios de protección subsidiaria, que es la protección internacional que actualmente está dando España con carácter más general.

En cuanto a mí, soy consciente de que mi trabajo “para el Gobierno”, como dirían en una película norteamericana, es provisional: como toda obra humana, como expresara en un discurso de fin de curso el que fuera Rector de la Universidad Autónoma de Madrid, y después Ministro de Educación, conocido mío Excmo. Sr. Dr. D. Ángel Gabilondo Pujol, Catedrático de Metafísica en servicios especiales.

Mi pasado pertenece a la Misericordia de Dios, y mi futuro está en manos de la Providencia Divina.

En cualquier caso, sigo sintiéndome un investigador, un profesor universitario y un académico. Quizá por eso, y por otras cosas que no pueden fácilmente resumirse en una entrada, por la gran bondad y misericordia del Excmo. Sr. Dr. D. Gonzalo Rodríguez Mourullo, Presidente de la Sección de Derecho Penal de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y Censor de dicha Corporación, la Junta de Gobierno de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación estimó favorablemente, en sesión celebrada el 11 de abril de este año, mi ingreso en dicha Corporación en la categoría de Académico Correspondiente, acto que ya me ha sido comunicado en forma. Mi gratitud a D. Gonzalo, así como a otros Maestros Académicos de dentro y de fuera del Derecho penal es sencillamente inefable y, sinceramente, considero que queda mejor expresada con un reverente silencio que con palabras.

Gracias a todas aquellas personas, de dentro y de fuera de la Universidad, que han contribuido a mi formación académica y humana en el sentido más amplio, predoctoral, doctoral y posdoctoral como penalista y como investigador humanista y cristiano comprometido con el mundo en el que le ha tocado vivir. La Universidad, la Academia, cualquiera de ellas que tenga tal nombre por estilo de trabajo y de vida, dondequiera que se halle en todo el ancho mundo, será siempre mi Casa, mi vida, mi refugio y mi estímulo para seguir adelante y para aportar mi humilde conocimiento sobre las cosas de este mundo para la ayuda de mi prójimo y la mejora de la comunidad cuyo servicio quiera la Providencia encomendarme. Con la ayuda de Dios.

 

Pablo Luis Guérez Tricarico

En Madrid, a 19 de mayo de 2016, XXXVII aniversario de mi Bautismo en la Iglesia Católica

A.M.D.G.

A.I.P.M.

Ad Inmaculatum Cor Mariae ego omnes dignae opera mea consecrare volo.

 

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LA ANTIPSIQUIATRÍA COMO LA MEJOR ARMA CONTRA EL ESTIGMA EN EL DÍA INTERNACIONAL DE LOS ENFERMOS MENTALES

octubre 10, 2015 § Deja un comentario


A Francisco Cózar, por tantas buenas enseñanzas

A Ángela Barrios y a tantos y tantas psiquiatras ortodoxos, con la esperanza de que comprendan la complejidad, el misterio y el milagro del ser humano

 

Hoy, 10 de octubre, se “conmemora” el Día Internacional de la Enfermedad Mental.

Desde la posición que se mantiene en este blog, quiero aprovechar este día para denunciar las verdaderas causas del estigma y su diferente influencia en la sociedad. En contra de lo que muchos pensamos o decimos pensar, incluidos médicos, psiquiatras, psicólogos y todo el ámbito de lo que yo denomino “psicomédicos”, es decir, todos aquellos que se encuentran ante la difícil tarea de atender a personas con enfermedades, según la posición que aquí se sostiene, “no del cuerpo”, defendidas por la mayor parte de la Psiquiatría y de la Psicopatología académicas y clínicas dominantes como entidades nosológicas patológicas, no sólo funcionalmente equivalentes a las enfermedades del cuerpo o enfermedades de verdad, sino nosológicamente iguales a éstas.

Sin ánimo de entrar en los orígenes del fundamento de una epistemología muy problemática, pero común a la moderna Psiquiatría y Psicopatología mecanicistas, que desconocen el papel fundamental del ambiente y de las interacciones de los sistemas biológicos con los sistemas sociales –error a mi juicio de bulto que hace imposible una “ontología de las enfermedades mentales”-, como pretenden la mayoría de los psiquiatras y psicólogos, no soy ajeno a la influencia del poder de la casta psiquiátrica al servicio del Poder establecido en la sociedad actual. La pervivencia de prácticas, a mi juicio, abiertamente contrarias a los derechos humanos, como la Terapia Electro-Convulsiva (conocida como TEC), o algunas técnicas todavía empleadas en el ámbito de la llamada psicocirugía, como las lobotomías prefrontales, aún indicadas, en pleno siglo XXI, para el tratamiento de “enfermedades” como la depresión mayor u otros “trastornos mentales”, incluso sin síntomas psicóticos, sólo puede entenderse desde una epistemología incorrecta de la enfermedad mental y por la aceptación por parte de los sistemas sociales y político-jurídico de las artes de la casta psiquiátrica para luchar contra las supuestas desviaciones supuestamente explicables únicamente como mecanismos producidos en áreas del cerebro humano, y desde una concepción que vendría corroborada por las últimas investigaciones en el ámbito de las ya conocidas como neurociencias.

No es éste el lugar más adecuado para atacar epistémica y científicamente los presupuestos epistemológicos de la Psiquiatría, ni yo tenga probablemente los conocimientos técnicos adecuados para ello. Sin embargo, para la formación de mi juicio adulto, responsable, y valorativo sobre lo que una sociedad democrática basada en la dignidad de la persona y en su libertad y autonomía, con una concepción sociantropológica de la misma que impide su reconducción a elementos mecanicistas básicos, puede y debe tolerar, me basta mi conocimiento general como “sujeto” (¿objeto para los psiquiatras?), como todo ser humano, potencialmente usuario de los “servicios” de la llamada Salud Mental, dotado de una cultura general y de un conocimiento del ámbito científico en cuestión suficientes como para poder expresar un posicionamiento en ámbito de la filosofía moral, política y jurídica, así como para promover respuestas adecuadas para la regulación jurídica, incluso penal, de la profesión psiquiátrica, y prevenir los abusos que, a estas alturas del siglo, se siguen cometiendo en nombre de una concepción vetusta y antiliberal del paciente basada en el paternalismo terapéutico y en la actuación del médico psiquiatra “por el paciente, para el paciente, pero sin el paciente”.

En este sentido, y a pesar de la ingente regulación, tanto en extensión como en intensidad, nacional, autonómica, comunitaria e internacional sobre los derechos de los pacientes, a pesar de la jurisprudencia de las principales democracias occidentales sobre tan importante cuestión, a pesar de todos los trabajos jurídico-doctrinales sobre la autonomía del paciente y los límites jurídicos de la Medicina, incluida mi tesis doctoral, la cuestión sobre el trato adecuado que se, de facto, en la práctica clínica, se da en nuestro país a la autonomía de las personas oficialmente diagnosticadas con algún trastorno mental (sic) sigue dejando mucho que desear, y puede afirmarse que, de manera cotidiana, se cometen atentados a los derechos fundamentales del paciente y, en particular, a su libertad, a su autonomía y dignidad, en relación con los derechos legalmente reconocidos como pacientes autónomos, aun en el ámbito de la Psiquiatría.

Parece que la idea de autonomía sigue siendo ajena a la práctica diaria de la Medicina, muchos de cuyos profesionales miran con recelo a la importante institución del consentimiento informado –que algunos exponentes de nuestro Derecho Constitucional entienden incluso como una garantía institucional-. Así, en el ámbito de la Salud Mental, muchos psiquiatras siguen actuando como si tuvieran una “patente de corso” frente a las garantías legales, llegando a considerar la necesidad de consentimiento informado como un incómodo corsé, en muchas ocasiones como un trámite burocrático molesto más que el legislador les exigiría por alguna extraña razón, a ellos, los psiquiatras, poseedores de la verdad sobre el ser humano, y siempre conocedores de los ocultos arcanos de “la mente”, dispensadores de los fármacos y/o de las “terapias” adecuadas para corregir a los desviados sociales y encarrirarles de nuevo, a golpe de electroshocks u otros medios tan poco invasivos, a los cánones de la “normalidad social”.

Doy por descontado que muchos psiquiatras considerarán este “post” como un escrito panfletario y no dudarán en aplicarme al menos siete de las etiquetas del farragosísimo, aburrido y acientífico DSM-5, en el que las enfermedades mentales se han multiplicado con una capacidad de mitosis pavorosa gracias al voto, que no al estudio, de estadounidenses y japoneses, puritanos fanáticos dados a tapar la neurosis –utilizo este término en sentido no técnico, sino sociológico e incluso literario- de sus respectivas sociedades a base de drogas que crean efectos de “discontinuación” (no lo vayamos a llamar “dependencia, eso es para las drogas moralmente malas, como el alcohol, la cocaína o el opio), psicocirugía o Dios sabe qué otras nuevas “terapias”. Y lo harán para descalificar, que no rebatir, mis opiniones sobre su muy honrada, útil y leal profesión.

Sin embargo, quiero dejar constancia de que también hay buenos psiquiatras o, mejor dicho, psiquiatras buenos, que, más allá de los graves errores su disciplina, y aun habiendo sido adoctrinados en una concepción médico-mecanicista del cuerpo y de lo que ellos llaman  “mente” humanos, han conservado la sensatez y han rechazado el dogmatismo del DSM-5, y saben recetar psicofármacos de manera adecuada a las necesidades del paciente libre que lo solicita (yo los llamaría mejor por su definición oficial, es decir, fármacos que actúan sobre el Sistema Nervioso Central). Con ello hacen mucho bien a las personas, que, voluntariamente, acuden a sus servicios. Recuerde el lector que es contra los presupuestos epistemológicos de la ciencia psiquiátrica y contra la mentalidad paternalista terapéutica e irrespetuosa con el paciente demasiado arraigada en la casta psiquiátrica y sus nefastas consecuencias en la práctica clínica contra la que se dirige esta entrada.

Pero volviendo a mi peculiar pliego de descargos, también doy por descontado que muchos podrán rebatirme acusándome de querer eliminar los mecanismos de control social para los desviados, o, como preferimos decir los penalistas demócratas, para las conductas sociales más intolerables lesivas de bienes jurídicos cuya penalización ha sido consensuada por el Parlamento. ¡Por supuesto que el Derecho penal está entre las grandes “vías duras” utilizadas por el Poder y cumple una función de control social! Y aunque mi ingenuidad no vaya tan lejos como la de algunos retribucionistas clásicos que pusieran de moda lemas del estilo de “la pena honra al delincuente”, quizá sí haya algo de esto, y la pena, incluida la de prisión, sea el mayor mal necesario compatible con los mayores niveles de libertad de todos en una sociedad democrática. Y es que, recordando la conocida película Alguien voló sobre el nido del cuco, si la cárcel me produce miedo, los hospitales psiquiátricos o las unidades psiquiátricas de los hospitales, en España, en el año 2015, me producen terror. Por no hablar de los psiquiátricos de un país como los Estados Unidos, en los que todavía resuenan los gritos de las víctimas de los experimentos MK-Ultra, entre otros; país, sin embargo, en el que las Comisiones del Congreso no fueron ajenas a intervenir con medidas muy duras, por ejemplo, también en dicho caso, cuando dichos experimentos salieron a la luz y fueron denunciados ante la opinión pública.

En fin… con la psiquiatría, cénit del paternalismo terapéutico, nos hemos topado en esta defensa de la persona anónima diagnosticada con la etiqueta de un trastorno mental sobre la cual días como éste deberían hacernos reflexionar más sobre las genuinas causas del estigma social en teoría ya superado por médicos del cuerpo, psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, coachers, intrusistas sanitarios y “psicomédicos” de cualquier tipo. Pero entonces, si lo tienen tan claro, ¿por qué sigue el estigma? La sociedad es bastante más adulta de la que la mayoría de los profesionales de la salud puedan creer. ¿No serán ellos mismos uno de los mayores factores de estabilización social para la pervivencia de un estigma tan estrechamente ligado al empleo de las categorías o etiquetas psiquiátricas que tiene que seguir existiendo so pena del cuestionamiento de la gran autoridad prescriptiva, sobre todo, de los médicos psiquiatras, pero también de otro personal sanitario que, aun movido por buenas intenciones, sigue empeñado en “curar” a quien no quiere curarse de no se sabe muy bien qué mal? Por cierto, que no todas las enfermedades psiquiátricas son igualmente estigmatizadoras, como no lo son tampoco las enfermedades de verdad, es decir, las del cuerpo. Algunas son más estigmatizadoras que otras, las que tienen que ver con la moral social; por ejemplo, los trastornos sexuales, las adicciones y otro tipo de “desviaciones”, y ello tiene que ver con el hecho de que también algunas enfermedades físicas o de verdad, como el SIDA, o simplemente la condición de seropositivo, conserven un gran estigma social de tintes moralistas. En el fondo no ha desaparecido el reproche moral y la culpa identitaria ligada a un gran número de enfermos, en otro tiempo considerados por la moral social mayoritaria –y hoy aún por algunos morales minoritarias- como “viciosos”, tampoco en la mentalidad de los psiquiatras, ni en la algunos médicos generales. Se produce contra dichas personas un fenómeno de “blaming the victim”, doble victimización, o victimización terciaria, por utilizar un lenguaje común en victimología social o en sociología de los procesos de victimización. La victimización terciaria hace referencia al siguiente proceso sufrido por muchos “sujetos” –como los denomina irónicamente la psiquiatría, aunque tendría que hablar de objetos, pues éstos son contemplados con un rudo mecanicismo reduccionista a  partir de la palmaria incapacidad de conocer y de reconocer otras dimensiones de la persona enferma más allá del hecho de que, para la Psiquiatría, ésta está efectivamente enferma. El proceso es bastante sencillo y doloroso para quien lo sufre. La primera victimización o victimización primaria nace de la percepción subjetiva por una persona de su posible condición psicopatológica, ya se perciba a sí misma efectivamente como enferma y patológica, y realmente sufra por un mal existente (recordemos que sufrir viene del griego pathos, sufrimiento, y de ahí el término patológico), ya no se perciba a sí misma efectivamente como tal, pero sufra por las consecuencias de una conducta desadaptativa en un contexto y en un tiempo social determinados, lo que nos debería llevar a plantear la siguiente pregunta: ¿quién está realmente enfermo?; ¿el enfermo, o la sociedad (o ambos, y qué relación hay entre una cosa y la otra?

La victimización secundaria surge cuando dicha persona se pone en manos o entra en el circuito de los psiquiatras. Y la victimización terciaria se produciría cuando aquélla recibe el estigma por parte de los profesionales sanitarios que supuestamente le tratan, los cuales todavía no han abandonado una concepción de la supuesta enfermedad mental vinculada a la moral, y se da lo que yo, en otra entrada de este blog, denomino como “moralización de la Psiquiatría”, o “psiquiatrización de la moral”. Esta confusión, lejos de producir un efecto beneficioso, tiene un efecto perverso, y es que al “enfermo” no se le exculpa por estar enfermo, sino que se le culpa por ello. Subsisten, entre los psiquiatras técnicamente mejor formados, los juicios clínico y moral que se suman, en lugar de excluirse, en una responsabilidad que los filósofos morales neohegelianos llamaran “responsabilidad por el carácter”.

Contra una responsabilidad de este tipo, que diera lugar entre el siglo XIX y el XX, ya en el terreno de mi especialidad, al llamado “Derecho penal de autor”, también supuestamente inspirado en bases científicas que se revelaron falsas, como la llamada “ciencia criminal” lombrosiana, entre otras “inspiraciones”, se rebeló el antiguo Derecho penal liberal, base de los Códigos penales de los Estados democráticos occidentales durante buena parte del siglo XX. Hasta que algunos excesos de socioantropología posmoderna como la “Defensa Social”, la aplicación inadecuada de la teoría de sistemas de base luhmaniana al Derecho Penal (funcionalismo) y, en fechas relativamente recientes, los descubrimientos de las neurociencias, volvieron a agitar peligrosamente el fantasma del Derecho penal de autor, y resurgiendo éste con más fuerza que nunca en forma de “Derecho penal del enemigo” (Jakobs), o de un Derecho penal científico basado en las neurociencias y negador de la libertad (Gazzaniga et alii), fundamentalmente en el ámbito anglosajón.

Pero volvamos a la Psiquiatría Contra los excesos de la Psiquiatría, y a favor de algunos pocos psiquiatras buenos –que no es lo mismo que buenos psiquiatras-, soy partidario de promover algunas iniciativas legislativas más, como la prohibición legal en todo el territorio español de determinadas prácticas psiquiátricas, prohibición a la que debería seguir, con carácter inmediato y urgente, también una importante penalización. Mis seguidores recibirán en adelante dichas propuestas. De momento, dos lecturas imprescindibles sobre la cuestión tratada en este “post” de tintes ensayísticos: el libro de Allen Frances, ¿Somos todos enfermos mentales? Manifiesto contra los abusos de la Psiquiatría: ed. española por Ariel, 2014. Un libro escrito “desde dentro”, por uno de los psiquiatras responsables de la redacción del DSM-IV. Y, del magnífico ensayo de mi admirado Dr. Fernando Savater, El contenido de la felicidad: Aguilar, Madrid, 1994, en una línea liberal humana, demasiado humana, el Capítulo “Paradojas éticas de la salud”, con una cita con la que quiero concluir, y que expresa unas ideas con las que estoy de acuerdo al menos al 80 por ciento: “Como ya se ha dicho en ocasiones, la denominación de “enfermedad mental” es una metáfora que ha sido tomada demasiado al pie de la letra. Es como si alguien entendiese literalmente la expresión “fatiga del metal” y propusiera administrar dosis masivas de vitaminas a los listones de acero. No hay “enfermedades mentales” en el sentido en el que las hay del hígado o del corazón: o se trata de algún tipo de lesión orgánica con repercusiones en la conducta o no son “enfermedades más que por una peligrosa facilidad del lenguaje. Lo que suele llamarse “loco” es en realidad un egocéntrico desdichado, alguien que ha tenido poco acierto o mala suerte en la tarea de hacerse querer por los otros en la que todos estamos empeñados: no siempre, por cierto, la culpa es exclusivamente suya. Decir que el “loco” no está enfermo más que de un modo metafórico -si su enfermedad adquiere un rasgo artístico o concita remuneración erótica dejará inmediatamente de estarlo- no equivale a negar que sea un personaje absurdo, inaguantable o peligroso; aún menos, por supuesto, significa que sea un genio incomprendido o una víctima persecutoria de la sociedad. Por lo general, el estado llamado “locura” es doloroso, y la pedagogía del dolor rara vez mejora a nadie. En numerosas ocasiones, el llamado “loco” quiere angustiosamente ser ayudado e incluso su metafórica enfermedad no es sino una coartada de dependencia, como el fervor patriótico o la admiración por el maestro practicado por otros. Pero lo que resulta en general evidente es que pocos “dementes” ganan nada por ser considerados como pacientes, en lugar de como agentes caprichosos o depravados. Si alguno de ellos llega a ser encerrado, debe quedar bien claro que lo será por la seguridad amenazada de los que le rodean -tal como cualquier otro delincuente-, y no por su propio bien, como hipócritamente se le intenta hacer creer. Una de las tristes argucias del Estado terapéutico es conseguir -so capa de humanismo- que se prefiera la enfermedad a la culpabilidad, que resulte más “digno” ser cleptómano que ladrón o “loco” que “arrogante y agresivo”. Por lo demás, puede haber muy buenas razones para rechazar un tratamiento psiquiátrico que uno no ha solicitado (lo cual no implica que se rechace todo tipo de ayuda). Como dijo en su momento Raoul Vaneigem, “ya hay demasiados extraños dentro de mí como para que consienta además que penetre otro que pretende expulsarlos en mi lugar” (Le livre des plaisirs)””.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico, PhD

Doctor en Derecho Público y Filosofía Jurídica

 

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