Con Jesús, Rey del Universo, despedimos el Año Litúrgico

noviembre 29, 2014 § Deja un comentario


 

Cristo+Rey                        Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mt 24, 35)

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

 

El pasado domingo 23 de noviembre, la Iglesia Católica de rito latino -la más extendida del mundo- celebró la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

Fue una Fiesta, en sus orígenes no muy remotos, instituida en momentos en los que peligraba la influencia y el poder de la Iglesia frente a los avances de la Modernidad, y, especialmente, el poder temporal de aquélla. Ahora, en un momento en el que el poder temporal de la Iglesia se reduce a la garantía de la imparcialidad e inmunidad de coacción frente al poder civil, labradas a través de los siglos, por medio de la figura de Derecho internacional público de la persona jurídica internacional de la Santa Sede, albergada en el Estado de la Ciudad del Vaticano, de apenas 0,4 km2 de extensión, así como a los vestigios de los antiguos privilegios procesales del refugio “en sagrado” -y que a mi  juicio, como jurista, en un momento de crisis de valores y de legitimidad del poder civil y de los Estados Nación, habría que recuperar-, la Fiesta de Cristo Rey, con la lectura del conocido pasaje de Mt 25 referido al Juicio Universal, representa litúrgicamente la culminación del designio escatológico del hombre y del mundo.

A Jesús, cuya venida volveremos a esperar en el inminente nuevo Año Litúrgico que comienza, con el tiempo de Adviento, ya esta tarde del 29 de noviembre, se le trata como Rey ya desde las antiguas profecías de Isaías y de Zacarías, quien se refiere a un hombre “destinado a gobernar las Naciones con vara de hierro” (Zac 14, 16). La misma descripción aparece en el Apocalipsis (Ap, 12, 5), Libro complejo y de inagotable lectura, escrito en clave de Eternidad, es decir, en la más pura definición borgiana de la misma como “simultaneidad de pasado, presente y futuro aprehendidas por una misma mente”. Por ello, y porque el lenguaje alegórico empleado muchas veces en el Texto Sagrado, muchas de las descripciones bíblicas deben ser entendidas metafóricamente, en su justo sentido.

Los Evangelios nos hablan de que Jesús es adorado ya como Rey por los magos desde su Nacimiento. Pero se trata, como sabemos todos los cristianos, de un Rey muy distinto, como distinta es la predicación de Jesús durante su Reino: “Mirad: el Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17, 21). En la noche de su Pasión, preguntado por el Sanedrín y por Pilato, responderá que sí a la pregunta de si es rey. Pero enseguida se aprestará a pronunciarse sobre la naturaleza de su reinado: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36).

¿Qué clase de rey es Jesús? ¿Cuál es la manera de reinar que tiene Jesús? No puede ser un reinado al estilo de los hombres, pues ya había declarado, durante su predicación, que “Los reyes de las naciones las dominan con su poder, y pretenden ser reconocidos como bienhechores… Entre vosotros, que no sea así… Yo estoy entre vosotros como vuestro servidor” (Lc 22, 25-27). Se trata de un rey que se ciñe el cinto, que va a buscar a la oveja descarriada y la pone a salvo. Que nos sostiene a todos y a cada uno de nosotros y nos pone a salvo, diciendo, con el Salmo: “yo te sostengo”. Que no tiene reparos en mezclarse con el pueblo “pecador” y en comer con ellos, con meretrices y publicanos. Es un rey que, antes de ser proclamado burlescamente como tal por sus torturadores, se remanga la camisa y lava los pies a sus discípulos. Ésa es la manera que tiene Jesús de reinar: reinar para nosotros, entendiendo su reinado como un instrumento al servicio de la redención y salvación de los hombres. Jesús reina en nuestros corazones, con tal que le dejemos un mínimo resquicio para poder entrar en ellos. Es un Rey que nos abrió las puertas del cielo llevando por corona una corona de espinas, y por trono una cruz. Por Amor a todos los hombres, su Corazón está representado, en la iconografía católica, especialmente, a partir de la fundación del movimiento de los Sagrados Corazones, con un corazón cubierto por una corona de espinas: símbolo de un Amor sin límites que está dispuesto a aceptar los sufrimientos más horribles con tal de ponernos a salvo y de ensalzarnos hasrta hacernos partícipes de su divina condición. Pues, con el Bautismo, la liturgia católica nos recuerda que el Sacramento hace al catecúmeno “sacerdote, profeta y rey”. Jesús es un Rey deseoso de conducirnos al Padre, que es el Amor mismo, que le ha ensalzado y le ha dado poder sobre toda la Creación, y de hacernos coherederos con Él del Reino de los Cielos que el Padre le ha entregado, preparado para sus benditos desde antes de la creación del mundo. Con tal de que le digamos que sí. Al cumplimiento de su voluntad. Y a cambio escucharemos: “Venid a mí, benditos de mi Padre”. Así, leemos en el Evangelio del Domingo de Cristo Rey: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme”. Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 31-14).

Rebuscando en el ciberespacio de las homilías católicas para esta Solemnidad, no he podido encontrar mejor colofón que éste para terminar este post. Pertenece a una página católica muy recomendable que destila autenticidad evangélica desde el principiol, y tiene una licencia de copyleft, es decir, una licencia similar a las de creativecommons.org que yo suelo utilizar. Se permite la reproducción de su contenido citando su origen, y que podéis encontrar íntegro en http://www.acogerycompartir.org/palabra/2012/1125.html, no sin antes situar al lector en el contexto del mismo, a partir de la reflexión que puedan suscitar estas palabras a las que antes me he referido: “Jesús reina en nuestros corazones”. Creo compartir con muchas personas, creyentes y no creyentes, la percepción de una renovación en la Iglesia, tanto desde abajo, pedida desde los grupos de oración de las parroquias más humildes en todo el mundo cristiano, como desde arriba, en cuanto está siendo promovida por el papa Francisco. El texto que cito parte de la necesidad de situar la primacía del reinado de Cristo aquí y ahora. Cristo ha resucitado y ya es Rey. Aunque no lo veamos, como Él mismo dijo: “El Reino de Dios está en vuestros corazones”. Depende de nosotros, por tanto, remover las estructuras de pecado que configuran una sociedad muchas tecnológicamente muy avanzada pero muchas veces inhóspita para hacer posibles los ideales del Reino de Dios aquí y ahora, en este mundo que Cristo ha ganado para nosotros. Así, el objetivo escatológico de un cielo nuevo y una tierra nueva no debe sumirnos en una espera apática, sino servirnos de referente para ayudar a mejor este mundo, de una manera sencilla, como se expresaba y actuaba Jesús, “dando de comer al hambriento”. El párrafo que escogido del texto al que antes he aludido es el siguiente: “Aunque la fe cristiana nos lleve a mirar siempre más allá de la sociología y la política, ya es bueno que, con otras muchas personas, luchemos por metas intermedias, que son, sin embargo, bien importantes.  Jesús hace presente a Dios en el centro de nuestra historia y por eso Él en persona es el Reinado de Dios.  Sin olvidar que Dios reina místicamente en las personas santas.  En el concilio Vaticano II la Iglesia renunció a monopolizar la realización del Reinado de Dios.  Bastó decir que ha de ser germen o signo del Reinado de Dios hacia el mundo.

Eso debería haber sido y eso debería ser.  La crítica del poder absoluto de la realeza terrena se extiende también en el evangelio al poder absoluto que ejercen las instancias religiosas. A poco de iniciar el relato de la activación del programa del Reino, el evangelio de san Marcos indica que fariseos y herodianos se confabularon para hacer desaparecer a Jesús (Marcos 3,6).  La imagen del Reinado de Dios y de Cristo Rey del Universo no justifica que en la Iglesia se reproduzcan los símbolos y las estructuras de los gobiernos absolutos que tiranizan al mundo”.

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¡Necio! ¡Esta noche te pedirán la vida! (Lc 12, 20)

octubre 20, 2014 § Deja un comentario


domund-2014-destacado    Granero

VEN, ESPÍRITU DE DIOS

VEN, ESPÍRITU DE DIOS

Jesus-eucaristia                 A mi amigo Hilo Moreno, quien siempre ha sabido vivir con lo necesario, consolar al afligido y pagar con abundancia. Gracias por tus visitas noruegas.

Amigos:

Ayer, 19 de octubre, tercer Domingo de este mes, la Iglesia Universal conmemoró el Domund, el Día universal de Misiones. Parafraseando la “Gaudium et spes”, los gozos y esperanzas de la Humanidad doliente han llegado a la Iglesia, y es la Iglesia Católica, bien directamente, bien a través de sus organismos oficiales, bien a través de sus orgamismos caritativos, bien a través de sus fieles, entre los que me encuentro, la institución humana -por encima de los orgamismos de la Familia de Naciones Unidas-, que más hace contra la pobreza en el mundo. Desde hace siglos.

He escrito bastante sobre la pobreza y sus causas, numquam satis, pero espero haber aportado mi granito de arena. Ya he escrito varias veces sobre la necesidad de un cambio “desde abajo”, a nivel individual, desde los individuos, hacia el compartir y la desposesión; no sin ello eximir de responsabilidad a los responsables políticos elegidos para detentar el poder civil y controlar, también, la vida económica, cuando hoy sucede al revés. Al mismo tiempo es fundamental el papel que pueden desempeñar los grupos intermedios a través de la filantropía y del mecenazgo, como tan bien se ocupara de destacar la doctrina social de la Iglesia al menos desde los tiempos de Pío XI y de la publicación de la carta encíclica Quadragesimo Anno. Hasta aquí mi sucinta aportación personal, que no es sino un recordatorio de cosas ya escritas y cuya sensatez (espero) compartan la mayoría de mis seguidores.

Como post de día de hoy, para no ser repetitivo con un tema que sólo resulta plenamente accesible al corazón, me limitaré a señalar al Maestro en Su Evangelio de hoy, día 20 de octubre, así como a reportar un comentario sobre el pasaje evangélico a cargo del sabio Padre Fray Lluc TORCAL, Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet (Santa Maria de Poblet, Tarragona, España) sobre el mismo. Como he expresado ya reiteradamente en este blog, mi posición al respecto se encuentra ya bastante desarrollada, sin perjuicio de retomar el desarrollo en el futuro. Dejemos, pues, hablar al Maestro y dejemos que Su Palabra cale en nuestros corazones con el relato de esta magnífica parábola, perfectamente aplicable a estos tiempos de acumulación deshumanizada:

Día litúrgico: Lunes XXIX del tiempo Ordinario

Texto del Evangelio (Lc 12,13-21): En aquel tiempo, uno de la gente le dijo: «Maestro, di a mi hermano que reparta la herencia conmigo». Él le respondió: «¡Hombre! ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?». Y les dijo: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes».

Les dijo una parábola: «Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto; y pensaba entre sí, diciendo: ‘¿Qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?’. Y dijo: ‘Voy a hacer esto: Voy a demoler mis graneros, y edificaré otros más grandes y reuniré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea’. Pero Dios le dijo: ‘¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma; las cosas que preparaste, ¿para quién serán?’. Así es el que atesora riquezas para sí, y no se enriquece en orden a Dios».

Comentario: Fray Lluc TORCAL Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet (Santa Maria de Poblet, Tarragona, España)

La vida de uno no está asegurada por sus bienes

Hoy, el Evangelio, si no nos tapamos los oídos y no cerramos los ojos, causará en nosotros una gran conmoción por su claridad: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lc 12,15). ¿Qué es lo que asegura la vida del hombre?

Sabemos muy bien en qué está asegurada la vida de Jesús, porque Él mismo nos lo ha dicho: «El Padre tiene el poder de dar la vida, y ha dado al Hijo ese mismo poder» (Jn 5,26). Sabemos que la vida de Jesús no solamente procede del Padre, sino que consiste en hacer su voluntad, ya que éste es su alimento, y la voluntad del Padre equivale a realizar su gran obra de salvación entre los hombres, dando la vida por sus amigos, signo del más excelso amor. La vida de Jesús es, pues, una vida recibida totalmente del Padre y entregada totalmente al mismo Padre y, por amor al Padre, a los hombres. La vida humana, ¿podrá ser entonces suficiente en sí misma? ¿Podrá negarse que nuestra vida es un don, que la hemos recibido y que, solamente por eso, ya debemos dar gracias? «Que nadie crea que es dueño de su propia vida» (San Jerónimo).

Siguiendo esta lógica, sólo falta preguntarnos: ¿Qué sentido puede tener nuestra vida si se encierra en sí misma, si halla su agrado al decirse: «Alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años. Descansa, come, bebe, banquetea» (Lc 12,19)? Si la vida de Jesús es un don recibido y entregado siempre en el amor, nuestra vida —que no podemos negar haber recibido— debe convertirse, siguiendo a la de Jesús, en una donación total a Dios y a los hermanos, porque «quien vive preocupado por su vida, la perderá» (Jn 12,25).

Comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)

El desarrollo humano

Hoy Jesucristo nos habla del “desarrollo” genuino del hombre y nos advierte del peligro (incluso, ridiculez) de la codicia. Las realidades de la verdad y del amor —nuestro auténtico camino— no se encuentran en el mundo de las cantidades, sino que sólo podemos encontrarlas si vamos más allá de ese mundo y entramos en un nuevo orden.

De los dinosaurios se afirma que se extinguieron porque se habían desarrollado erróneamente: mucho caparazón y poco cerebro, muchos músculos y poca inteligencia. ¿No estaremos desarrollándonos también nosotros de forma errónea: mucha técnica, pero poca alma?; ¿un grueso caparazón de capacidades materiales, pero un corazón que se ha vuelto vacío? En medio de tantas cosas y de tanto aparentar, ¿no hemos perdido la capacidad de percibir en nosotros la voz de Dios, de reconocer lo bueno, lo bello y lo verdadero?

—Señor, Dios nuestro, ten misericordia de nosotros para que entendamos que el desarrollo verdaderamente humano está antes en el “ser” que en el “tener”.

Meditación del día de Hablar con Dios

29ª semana. Lunes

LA ESPERANZA DE LA VIDA

— Los bienes temporales y la esperanza sobrenatural.

— El desprendimiento cristiano.

— Nuestra esperanza está en el Señor.

  1. Se acercó uno al Señor1para pedirle que interviniera en un asunto de herencias. Por las palabras de Jesús, parece que este hombre estaba más preocupado por aquel problema de bienes materiales que atento a la predicación del Maestro. La cuestión planteada, ante el Mesías que les habla del Reino de Dios, da la impresión de ser al menos inoportuna. Jesús le responderá: Hombre, ¿quién me ha constituido juez o repartidor entre vosotros?A continuación, aprovecha la ocasión para advertir a todos: Estad alerta y guardaos de toda avaricia, porque aunque alguien tenga abundancia de bienes, su vida no depende de aquello que posee. Y para que quedara bien clara su doctrina les expuso una parábola. Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha, hasta tal punto que no cabía en los graneros, Entonces, el propietario pensó que sus días malos se habían acabado y que tenía segura su existencia. Decidió destruir los graneros y edificar otros más grandes, que pudieran almacenar aquella abundancia. Su horizonte terminaba en esto; se reducía a descansar, comer, beber y pasarlo bien, puesto que la vida se había mostrado generosa con él. Se olvidó –¡como tantos hombres!– de unos datos fundamentales: la inseguridad de la existencia aquí en la tierra y su brevedad. Puso su esperanza en estas cosas pasajeras y no consideró que todos estamos en camino hacia el Cielo.

Dios se presentó de improviso en la vida de este rico labrador que parecía tener todo asegurado, y le dijo: Necio, esta misma noche te reclaman el alma; lo que has preparado, ¿para quién será? Así ocurre al que atesora para sí y no es rico ante Dios.

La necedad de este hombre consistió en haber puesto su esperanza, su fin último y la garantía de su seguridad en algo tan frágil y pasajero como los bienes de la tierra, por abundantes que sean. La legítima aspiración de poseer lo necesario para la vida, para la familia y su normal desarrollo no debe confundirse con el afán de tener más a toda costa. Nuestro corazón ha de estar en el Cielo, y la vida es un camino que hemos de recorrer. Si el Señor es nuestra esperanza, sabremos ser felices con muchos bienes o con pocos. «Así, pues, el tener más, lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin último. Todo crecimiento tiene dos sentidos bien distintos. Necesario para permitir que el hombre sea más hombre, lo encierra en una prisión desde el momento en que se convierte en el bien supremo, que impide mirar más allá. Entonces los corazones se endurecen y los espíritus se cierran; los hombres ya no se unen por amistad, sino por interés, que pronto les hace oponerse unos a otros y desunirse. La búsqueda exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser, y se opone a su verdadera grandeza. Para las naciones, como para las personas, la avaricia es la forma más evidente de un subdesarrollo moral»2. El amor desordenado ciega la esperanza en Dios, que se ve entonces como algo lejano y falto de interés. No cometamos esa necedad: no hay tesoro más grande que tener a Cristo.

  1. La Sagrada Escritura nos amonesta con frecuencia a tener nuestro corazón en Dios:Tened dispuesto el ánimo, vivid con sobriedad y poned vuestra esperanza en la gracia que os ha traído la revelación de Jesucristo3, exhortaba San Pedro a los primeros cristianos. Y San Pablo aconseja a Timoteo: A los ricos de este mundo encárgales… que no pongan su confianza en la incertidumbre de las riquezas, sino en Dios, que abundantemente nos provee de todo para que lo disfrutemos4. El mismo Apóstol afirma que la avaricia está en la raíz de los males y muchos, por dejarse llevar de ella, se extravían en la fe y se atormentan a sí mismos con muchos dolores5. La Iglesia lo sigue recordando en el momento presente: «Estén todos atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo, y un apego a las riquezas contrario al espíritu de pobreza evangélica, les impida la prosecución de la caridad perfecta. Acordándose de la advertencia del Apóstol: Los que usan de este mundo no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan(cfr. 1 Cor7, 31)»6.

El desorden en el uso de los bienes materiales puede provenir de la intención, cuando se desean las riquezas por sí mismas, como si fueran bienes absolutos; de los medios que se emplean para adquirirlas, buscándolas con ansiedad, con posibles daños a terceros, a la propia salud, a la educación de los hijos, a la atención que requiere la familia… El desorden que da lugar a la avaricia puede estar también en la manera de usar de ellas: si se emplean solo en provecho propio, con tacañería, sin dar limosna.

El amor desordenado a los bienes materiales, pocos o muchos, es un grave obstáculo para seguir al Señor. El desprendimiento y el recto uso de lo que se posee, de aquello que es necesario para el sostenimiento de la familia, de los instrumentos de trabajo, de aquello que es lícito poseer para el descanso, de lo que se debe prever para el futuro –sin agobios, con la confianza siempre puesta en Dios–, es un medio para disponer el alma a los bienes divinos. «Si queréis actuar a toda hora como señores de vosotros mismos, os aconsejo que pongáis un empeño muy grande en estar desprendidos de todo, sin miedo, sin temores ni recelos. Después, al atender y al cumplir vuestras obligaciones personales, familiares… emplead los medios terrenos honestos con rectitud, pensando en el servicio a Dios, a la Iglesia, a los vuestros, a vuestra tarea profesional, a vuestro país, a la humanidad entera. Mirad que lo importante no se concreta en la materialidad de poseer esto o de carecer de lo otro, sino en conducirse de acuerdo con la verdad que nos enseña nuestra fe cristiana: los bienes creados son solo eso, medios. Por lo tanto, rechazad el espejuelo de considerarlos como algo definitivo»7.

Si estamos cerca de Cristo, poco nos bastará para andar por la vida con la alegría de los hijos de Dios. Si no nos acercamos a Él, nada bastará para llenar un corazón siempre insatisfecho.

III. «En cierta ocasión –cuenta un amigo sacerdote–, hace ya muchos años estaba pasando una corta temporada de prácticas militares en el pueblo más alto de Navarra. Estas prácticas las hacíamos aprovechando la pausa de nuestros estudios. Recuerdo que cuando estaba yo en aquel pueblecito llamado Abaurrea, se presentó allí un alférez nuevo, flamante. Se presentaba al jefe para que le dijera a qué unidad iba destinado. Volvió diciendo que el jefe le había dicho que tenía que ir a Jaurrieta y que, así, como sin darle importancia, le había insinuado que tenía que tomar un caballo e irse en él (…). El nuevo estaba muy inquieto y toda la cena estuvo hablando del caballo, preguntando cosas, pidiendo algún consejo práctico. Entonces, uno de los que había allí dijo:

»—Tú lo que tienes que hacer es montarte sereno, con tranquilidad y que no se dé cuenta el caballo de que es la primera vez que montas. Esto es lo decisivo (…).

»Al día siguiente, por la mañana, muy temprano, estaban en la puerta, esperando al oficial recién incorporado, un soldado con su caballo y con otra cabalgadura para llevar la maleta, El alférez montó en el caballo y, por lo visto, el caballo se dio cuenta en el acto de que era la primera vez que montaba, porque, sin más, se lanzó a una especie de pequeño trote, con cara de alarma del alférez. El caballo se paró cuando quiso, y se puso a comer en uno de los lados de la carretera… por más que el alférez tiraba de las riendas inútilmente. Cuando el caballo lo creyó oportuno, se puso de nuevo a caminar por la carretera y, de cuando en cuando, se paraba; luego daba un trotecito, mientras el jinete miraba a los lados, con cara de susto. En esta situación venían en dirección contraria un equipo de Ingenieros que estaba enrollando un cable, para un tendido de luz. Y entonces los del cable le preguntaron:

»—¿Tú, a dónde vas? Y dijo el jinete con gran verdad y con una filosofía verdaderamente realista:

»—¿Yo? Yo iba a Jaurrieta; lo que no sé es dónde va este caballo… (…).

»Quizá también si a nosotros se nos preguntase de sopetón: “¿Tú a dónde vas?”, podríamos decir: “Yo, yo iba al amor, yo iba a la verdad, yo iba a la alegría; pero no sé dónde me está llevando la vida”»8.

¡Qué estupendo sería –si alguien nos preguntara, «¿tú a dónde vas?»– poder decir: Yo voy a Dios, con el trabajo, con las dificultades de la vida, con la enfermedad quizá!… ¡este es el objetivo, donde han de llevarnos los bienes de la tierra, la profesión,…! ¡todo! ¡Qué pena si hubiéramos constituido en un bien absoluto, lo que solo debe ser un medio! Examinemos hoy al terminar nuestra oración si la profesión es un medio para encontrar a Dios, si los bienes, cualesquiera que sean, nos ayudan a ser mejores…

Jesucristo nos enseña continuamente que el objeto de la esperanza cristiana no son los bienes terrenos, que la herrumbre y la polilla corroen y los ladrones desentierran y roban9, sino los tesoros de la herencia incorruptible. Cristo mismo es nuestra única esperanza10. Nada más puede llenar nuestro corazón. Y junto a Él, encontraremos todos los bienes prometidos, que no tienen fin. Los mismos medios materiales pueden ser objeto de la virtud de la esperanza en la medida en que sirvan para alcanzar el fin humano y el fin sobrenatural del hombre. Solo son eso: medios. No los convirtamos en fines.

Nuestra Señora, Esperanza nuestra, nos ayudará a poner el corazón en los bienes que perduran, ¡en Cristo!, si acudimos a Ella con confianza. Sancta Maria, Spes nostra, ora pro nobis.

1 Lc 12, 13-21. — 2 Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 26-III-1967, 19. — 3 1 Pdr 1, 13. — 4 1 Tim 6, 17. —5 1 Tim 6, 10. — 6 Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 42. — 7 San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 118. — 8 A. G. Dorronsoro, Tiempo para creer, pp. 111-112. — 9 Mt 6, 19. — 10 1 Tim 1, 1.​

CR2 El Comentario al Evangelio tiene los derechos reservados a favor del Padre Fray Lluc TORCAL, Monje del Monasterio de Sta. Mª de Poblet. Se prohíbe especialmente su publicación con fines lucrativos. Para el resto de las publicaciones, se requiere permiso expreso del administrador del blog, Dr. Pablo Guérez Tricarico, a quien pueden escribir a su dirección pablo.guerez@uam.es, pablo.guerez@gmail.com. Debido al gran número de afluencias de mensajes y de tráfico en la red, no se garantiza una respuesta inmediata. Por lo demás, el resto del post es de dominio público.

 

 

Who are the enemies of Pope Francis? Vatican increases security measures due to ISIS Terror. Meanwhile, the Church needs urgently a new “aggiornamento” to boost its credibility

septiembre 20, 2014 § Deja un comentario


http://www.iltempo.it/esteri/2014/09/20/l-isis-minaccia-il-vaticano-controlli-raddoppiati-a-s-pietro-1.1312658

 

To Evil’s victory, it is enough that the good people do not make nothing (Burke)

Siembra vientos y recogerás tempestades (Proverbio anónimo)

 

Scrivo questo post, preoccupato per la vita e l’ integrità di uno dei migliori Papi che Dio ci ha dato negli ultimi cento anni, in lingua italiana, perché è la lingua ufficiale, assieme al latino, della Santa Sede, in considerazioni ai miei seguitori dall’ Italia, credenti e non credenti, e perché credo possa essere seguito anche dallo spagnoloparlante colto.

Coloro che vorranno trovare in questo post una ferma condanna al terrorismo islamico non la troveranno. Non perché io non condanni la crudele follia dell’ ISIS, alimentata in buona parte da una politica estera degli Stati Uniti imperalista a ancora basata sulla logica del Far West, ma perché questa condanna sta essendo utilizzata da lobbies conservatori per difendere qualsiasi mezzo di lotta contro il terrorismo. Sicuramente una política piú comprensiva con la situazione del popolo palestinese, basata sull’ intesa, l’ accordo diplomatico con il legittimo Stato di Israele e una politica chiara di investimento per l’ educazione e per la coesistenza pacifica nel rispetto alla diversità non avrebbero reso il terreno cosí facile alla semina dell’ odio che scaturisce dalla paura e dalla incomprensione della cosiddetta “societá internazionale civilizzata”, e da una Europa immatura la cui política estera sembra essere ancora irremissibilmente legata alla logica della guerra fredda, nella quale la “sinistra” equivale ad appoggio incondizionale al popolo palestinese, anche ai terroristi, e “destra” equivale ad appoggio internazionale allo Stato d’ Israele, anche al suo terrorismo di Stato. Mentre i “pseudointelletuali” europei si dibattono ancora su tali termini, a maggior gloria dei loro leader politici o giornalistici, molti siamo stanchi della politizzazione, nel peggior senso del termine, e nel liguaggio piú oscuro, basso e interessato, di ciò che è una vera e propia catastrofe umanitaria in Medio Oriente, alimentata dal circolo dell’ odio tra estremisti sionisti e fondamentalisti islamici di Hammas. In questo contesto viene fuori lo Stato Islamico, assieme alle declarazioni degli screditati leader iracheni e iraniani, i quali, como i leader dell’ Arabia Saudita, per contentare a tutti, e soprattutto il loro alleato supremo, il Governo Federale degli Stati Uniti di Norteamerica, con il Presidente Obama in testa, colpevole, como egli stesso ha riconosciuto, di tortura. La situazione è prebellica a livello mondiale, e gli atteggiamenti sia dal lato del “mondo libero”, sia dal lato islamico non sembrano troppo pacifici. Siamo, como ha detto il Papa, in una situazione di guerra mondiale “a pezzetti” (a trocitos). Adesso pare che –secondo fonti giornalistiche all’ uso, e quindi, che meritano la stessa credibilità dei leader o del pensiero unico degli Stati ai quali servono, sarebbe il Papa sotto il punto di mira degli islamisti. Propio la figura internazionale che piú ha pregato per la pace, che piú ha denunciato che un mondo dominato dalle regole del mercato e dalla volontá dell’ Occidente non è sostenibile né giusto, che bisogna trovare una soluzione per la pace in Oriente Medio che non passi per negare la giustizia che legittimamente appartiene sia a israeliani sia a palestinesi. Forse è vero, ma queste minacce, come si usa dire colloquialmente, non me la contano giusta. Se fosse stato Obama ad essere stato minacciato sarebbe stata una cosa diversa. E forse, ma dico soltanto forse, non è stato cosí perché anche egli ha deluso una buona parte del suo elettorato e si è messo da parte del “conservative law and order”. Una volta piú, le oscure e criminali agenzie di sicurezza degli Stati Uniti, la NSA, la CIA, hanno fatto quello che hanno voluto, alimentando l’ isteria collettiva cui é tanto ricettiva la popolazione media americana ed hanno colpito anche l’ integrità del Presidente eletto dal popolo, e che dovrebbe governare per il popolo. Cinquanta anni fa, in un discorso tenuto dal suo compagno di partito il Presidente J. F. K., ucciso in strane circostanze, gli assistenti alla conferenza tenutasi  all’ Università di Columbia, D.C. con occasione dell’ apertura dell’ anno accademico, ascoltarono como il loro Presidente cattolico, dopo aver messo fine a quella che fu forse la crisi piú grave della Storia dell’ uomo sulla terra, poiché potrebbe aver portato l’ Umanità intera alla distruzione nucleare, dichiarava di non volere una “pax americana” basata sulla assoluta egemonia degli Stati Uniti, ma di una vera pace nell’ interesse comuni di tutti i popoli e di tutti gli Stati, compresa l’ Unione Sovietica, “because everybody  live in the same planet, everybody breath the same air, everyone take care of the future of their children and, at least, everybody are mortals”.

La fiducia nella Provvidenza e nella presenza di Cristo risorto, assieme al Suo spirito, è la miglior sicurezza per il Papa, a guida della sua Santa Chiesa. Noi preghiamo a lungo il Papa, affinché non venga sconfitto dai suoi nemici sia interni sia esterni, ed affinché Dio muova i loro cuori nella direzione dell’ Amore. Nemici del Papa non appartengo soltanto a movimenti fondamentalisti islamici como lo Stato Islamico, ma ce ne sono anche dentro la Chiesa Cattolica. Coloro che disprezzano il Papa e la sua attività volta ad avvicinare la Chiesa ai poveri, ai disperati, agli emarginati di questo mondo, e lo fanno sotto le vecchie insegne di una Chiesa imperiale malintesa, basata sull’ ornato, la condiscendeza o la collaborazione, attiva od omissiva, con il potere civile, non fanno altro che ostacolizzare la lavore di evangelizzazione affidata dallo Spirito Santo al legittimo successore di San Pietro. Questi, tanto affetti all’ autorità come concetto, disprezzano l’ autorità concreta di colui che incarna nel momento presente il potere delle chiavi affidato da Gesú stesso alla Sua Chiesa, cuando non conviene loro. Per no contare i numerosi gruppi settari norteamericani che costituiscono la base sociológica di una buona parte dell’ elettorato del Partito Repubblicano. Fra di loro ci sono i lefrebviani presumibilmente “reabilitati” da Benedtto XVI, i tridentini preconciliari e molte settte e persone paranoiche che vedono nella Chiesa soltanto un cumulo di riti e liturgie senza Spirito, senza condivisione con il prossimo e senza il messaggio autentico di Gesú, il Quale, essendo il piú grande ed innocente, si abassò e fu contato fra i peccatori proprio per la nostra salvezza. Ma noi, che siamo tutti peccatori, compresi quelli che non riconoscono il loro peccato in nome di una presumibile condizione di “cittadini di legge ed ordine” dobbiamo seguire il messaggio di umiltà che scaturisce da una lettura sincera, anche la piú semplice, del Vangelo, il cui seguimento si manifesta otre che nella preghiera, negli atti di Misericordia, anche corporali, per il prossimo, come ci ricordava il Vangelo sulle beatitudini della Messa di prima di ieri, venerdí 19 settembre del 2014.

Sono dell’ opinione che il Vaticano debba conservare il suo potere temporale guadagnato storicamente attraverso giusti titoli di proprietà. cosí como il suo particolare status giuridico internazionale. Ma i beni e i poteri temporali della Chiesa devono essere intesi soltanto como servizio alla comunità umana, dove la Chiesa debe svolgere la sua opera di evangelizzazione attraverso la preghiera, i testimoni di fede, la sua presenza sacramentale, ma anche mediante l’ aiuto e il sostegno temporale. Soltanto attraverso le Missioni Pontificie arrivano ai paesi piú poveri miliardi di euro che contruiscono non soltanto alla costruzione di chiese, ma anche a promuovere la justizia sociale e la carità nei territorio piú poveri della terra, laddove né gli Stati, né gli organismo intermedi, né le NPO, né la propria Croce Rossa, riescono a paliare la situazione di miseria estrema patita dalla popolazione. E lá ci vuole un aiuto massivo proveniente proprio dalla Chiesa come portatrice di un messaggio di speranza ragionevole. Non si può -oppure é molto meno effettivo- parlare di Gesú e delle beatitudine, o degli atti di Misericordia corporali cui si riferisce Nostro Signore in Mt 27, per esempio, senza offrire a chi è estenuato dalla fame da intere settimane un pezzo di pane, acqua, e tutti i beni necessari per il suo decoroso sostegno. Proprio su questo punto, ed anche a rischio di essere malinterpretato, oggi piú che mai la Chiesa cattolica debe avere un patrimonio economico e un potere temporale e diplomatico il quale, seppur sui generis, le consenta di arrivare là dove l’ azione degli Stati e delle NGU non arrivano, e le consenta pure di mediare, como storicamente ha sempre saputo fare, nelle controversie fra gli Stati allo scopo di raggiungere fini condivisi da tutta la comunità internazionale, come la justizia, la pace, o la lotta contro la miseria. Oggi piú che mai, la Chiesa Cattolica è investita da una auctoritas e da una opinio iuris riconosciuta informalmente dalla comunitá internazionale che le può consentire una collaborazione piú efficace con le autoritá civil nel conseguimento degli obiettivi di rendere migliore il mondo. Il crollo delle ideologie e la palese menzogna sulla quale sono edificati gli Stati moderni -il potere del popolo- sono ormai noti a tutti: chi comanda sono i poteri finanziari, indipendenti dagli Stati, sottratti ai loro classici poteri “formali” e ai quali gli Stati, soprattutto quelli occidentali, di tradizione cristina, rendono colto. Sono, in parole del propio Pontefice, le “economie idolatriche” quelle che rendono il mundo. Esse sequestrano oggi sorta di potere minimamente democratico, onde per molti di noi hanno perso quella legittimità di origine proclamata dai classici e che fondava l’ autorità democratica del potere civile proprio nel contratto sociale. In questa situazione, nella quale il potere civile -comprese le Nazioni Unite e, soprattutto, le istituzioni di Bretton Woods, non avrebbe nessuna autorità -legittima, si intende- “se non fosse stata loro concessa dall’ alto” (cfr. Gn 19, 11), soltanto una instituzione como la Chiesa Cattolica, nella misura in cui esprima la sua particolare autorevolezza mondiale nel linguaggio e nelle forme dell’ autenticità, e non dell’ imposizione, una istituzione aperta al dialogo ecumenico e al dialogo con il potere civile, sia esso formalmente democratico o non democratico, una Chiesa amministratrice dei beni di questo mondo ma che non é del mondo –una Chiesa che, pur non essendo del modo, deve agire in questo mondo, perché fu in questo mondo, con tutto il suo peccato e la sua miseria, per il quale morí Nostro Signore-, non può disintendersi della sofferenza materiale della gente. Eppure, non dobbiamo confonde la Chiesa con il Regno di Dio: la Chiesa è pur sempre uno strumento, preziosissimo, attraverso la quale si manifesta l’ azione di Gesù e dello Spirito Santo, di tutta la Trinità, nel mondo, attraverso la preghiera, le opere di misericordia, e, soprattuto e in maniera fondamentale, per volontà expressa di Gesucristo, attraverso il miracolo della sua sacramentalità. A questo punto… come sostenere al contempo la neccessità di una Chiesa povera, non soltanto ni Spirito, ma anche nel materiale, e del potere temporale della Chiesa? Nella linea sostenuta da vari teologi del Novecento, con particolare sensibilità sociale, ciò è possibile se i responsabili dell’ amministrazione vaticana e di tutti gli istituti cattolici praticano il distacco tra la volontà di possedere e il fatto di possedere, nel nome dei valori che essi vogliono e devono perseguire: che la ricchezza della Chiesa Cattolica serva come strumento o come destino finale per lenire la sofferenza del prossimo, sia materiale sia spirituale. La pratica del distacco, comune a tante religioni attuali e scomparse sulla terra, è stata practicata da molte persone di buona volontà, cristiani oppure di altre religioni, i quali, non hanno semplicemente lasciato tutto a i poveri, ma si sono riservati la amministrazione anche durante anni, creando fondazioni, monti di pietà ed altri istituti benefici. Ma ad una condizione: essi hanno cambiato radicalmente il loro rapporto funzionale fra le proprie ricchezze (l’ avere) e la percezione del proprio io. Come esempio del fatto di un tale atteggiamento può essere riscontrato in altre religioni millenare, nel tardo buddismo, il ramo meno rigoristico del Buddismo scolastico, raprresentato dalla Bhagavad-Gita, non richiede la rinuncia al mondo, a se stessi e ai beni temporali -como nemmeno una tale richiesta è pienamente soddisfatta del proprio Buddha e da molti suoi autorevoli discepoli-, ma si accontenta con il mandato di trasformare  in sacrificio le proprie azioni, rinunciando ai loro frutti -che vanno cosí a beneficiare gli atri o Dio-, rompendo in questo modo la ruota karmica del pensiero indiano responsabile della schiavitú operata da noi stessi e dalla interminabile catena di azioni-conseguenze que determineranno, a sua volta, il ciclo delle reincarnazioni. Invece, sacrificando i frutti (buoni, si intende) delle proprie azioni l’ uomo si libera da una delle cause del dolore che lo lega a questo mondo, l’ ansia di possedere, e puó giungere, senza necessità di grandi processi meditativi o ascetici, alla “liberazione”.

Ora, tornando al cristianesimo e alla Chiesa Cattolica, possiamo ritrovare elementi comuni di queste idee, le quali devono ovviamente essere contestualizzate, nel comportamento di grandi santi e sante della Chiesa. Mi piacerebbe avere un dialogo con Giovanni Papini su questo punto, piché egli fu molto duro sulla questione della accumulazione delle ricchezze da parte della Chiesa, ma si dichiaró anche “medievale” (cfr. La scala di Giacobbe). Tornando al punto di partenza, credo sinceramente che siamo entrati in una nuova era dal punto di vista político ed economico, ma non alla leggera o “light”, como sostengono i raprresentanti dei cerchi new age, ma proprio pero la assenza di un potere civile forte che ha caratterizzato sia l’ Antichitá (l ‘ Impero), sia l’ Etá moderna e parte di quella contemporánea, al meno fino alla comparsa della cosiddetta “postmodernità”. Le istituzioni piú politiche delle Nazione Unite -e con questa precisione voglio mettere a salvo da questa analisi critica le principali istituzioni della “famiglia” delle NU, quali la FAO, l’ UNESCO, l’ UNCTAD, l’ ACNUR, l’ OMS e molte altre, che svolgono una importantissima funzione di “coscienza critica” della comunità internazione- non valgono piú, rispecchiano ancora i vecchi rancori della Guerra Fredda. E accanto all’ ONU istituzioni che dovrebbero reggere con giustizia i rapporti economici e finanziari fra le Nazioni per migliorare le condizioni di vita delle persone, non fanno altro che servire gli interessi delle grandi corporazioni economiche e finanziarie multinazionali. In questo contesto internazione, l’ attività istituzionale della Chiesa Cattolica può essere efficace se si fonda sull’ apertura alla società internazionale, soprattuto ai paesi piú poveri, e tende loro la mano, como oggi ha espresso il Presidente dell’ Albania al Papa. Ma é soltanto nel Vangelo di Gesù dove la Chiesa debe ritrovare continuamente la forza che viene dall’ Alto e che le da la sua indistinguibile autorevolezza, nel senso di autenticità. E da questa Fonte senza fine la Chiesa debe saper portare, anche institucionalmente, oltre al messaggio evangelico di speranza nella nuova vita regalataci da Gesú, l’ esempio della sua prassi concreta attraverso le opere di beneficenza, protezione e rifugio. Anche facendo valere la sua riconosciuta autorità internazionale come Santa Sede, sapendo che é sempre assistita dallo Spirito Santo secondo la promessa di Gesú, e mettendo a lavorare tutte le sue forze umane, materiali, istituzionali, giuridiche, mediatrici e diplomatiche al servizio di tutti gli uomini, specialmente dei piú deboli ed emarginati della Terra. Affinché loro possano sentirsi assistiti dalla comunità di vita che è la Chiesa e, dinanzi al mondo, possano anche mettersi a rifugio, come si diceva anticamente, “in sacro”, dove nessuna autorità umana né nessun potere civile oserrebbe toccarlo, perché sono i figli prediletti di Dio, coloro che sono stati rifiutati, per azione o per omissione colposa, dalla nostra società ipocrita. Come lo furono gli ebrei e gli altri  uonini, donne e bambini perseguitati dal nazismo e dal comunismo in molte Chiese, anche con l’ aiuto -oggi dimenticato- di molti paesi neutrali o non belligeranti.

Preghiamo dunque per il Papa. Affinché egli sappia gestire con umiltà, saggezza, intelligenza e lungimiranza, assistito dallo Spirito Santo, il Tesoro che gli è stato affidato da Gesú: la Santa Chiesa Cattolica. Perché sappiamo che le porte dell’ inferno non prevalebunt. Cristus vincit, Cristus regnat, Cristus imperat. Benedicat omnes gentes omnipotens Deus. Amen.

 

Madrid, a 21 settembre del 2014, Festività di San Matteo Apostolo ed Evangelista

 

Per: Dott. ric. Pablo Guérez Tricarico

Signed by.: Pablo Guérez Tricarico, PhD

 

I. H. S.

A. M. D. G.

 

La plaza San Pedro ha reforzado las medidas de seguridad.
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Who are the enemies of Pope Francis? Vatican increases security measures due to ISIS Terror. Meanwhile, the Church needs urgently a new “aggiornamento” to boost its credibility by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

Llamamiento a participar en la Jornada de Oración y Ayuno por la Paz convocada por el papa Francisco

septiembre 7, 2014 § Deja un comentario


La paz os dejo, mi paz os doy. No os la dejo como os la da el mundo. No tiemble vuestro corazón ni tengáis miedo (Jn 14, 27)

 

El Papa Francisco ha convocado este Domingo 7 de septiembre, Víspera de la Fiesta de la Natividad de la Virgen María, una Jornada Mundial de oración y ayuno por la paz en Siria, en Oriente Medio, Ucrania y otros territorios en guerra. En estos tiempos difíciles, en los que algunos nos quejamos de la demanda justa de no tener trabajo ni sustento, volvamos la mirada hacia quienes sufren unas condiciones de precariedad mucho más trágicas, y se levantan todos los días sin saber si volverán a acostarse.

Siguiendo la estela apostólica del gran papa San Juan XXIII y de su memorable encíclica “Pacem in terris”, el Pontífice llama a los hombres y mujeres de todas las religiones, creyentes y no creyentes, y, en definitiva, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para que se unan con su participación y con sus intenciones a la oración de la Iglesia universal por la paz. Recordando el espíritu y la letra de la citada encíclica, el entonces para San Juan XXIII expresaba su deseo de que los responsables políticos de las naciones caminaran en una dirección en la que, por su peculiares características, toda guerra debería ser prohibida. Profundizaron en esta idea documentos conciliares como la magnífica Carta “Gaudium et spes”.

A cincuenta años de su publicación, vivimos en un mundo mucho más inestable y menos controlado, aunque obsesionado por la “seguridad”, la cual es esgrimida muchas veces por los exponentes del pensamiento único del nuevo orden mundial así como por sus prácticos -los líderes políticos occidentales-, en detrimento de la justicia. Poco recuerdan algunos de estos líderes su conexión con el movimiento democristiano y la doctrina social de la iglesia. En este sentido, baste la afirmación, repetida por la saciedad por el papa San Juan Pablo II, de que no puede haber paz sin justicia.  En el nuevo orden mundial actual, que puede ser explicado como un desarrollo perfectamente lógico, aunque inhumano, del pensamiento único que ocupó la hegemonía cultural mundial utilizando de manera privilegiada el lugar de las cenizas del bloque socialista y de los ataques del 11-S, la carrera de armamentos ya no explica el equilibrio de fuerzas, pero el fanatismo en el que aquella se inspiró sigue vivo, y muchas veces vinculado a errores cometidos por líderes políticos y religiosos de Oriente y Occidente. De nuevo, no va a ser la paz táctica, la que Kennedy llamara de manera crítica “pax americana”, la que traiga la verdadera paz, y con ello, la justicia, al mundo, sino aquella que nace del corazón puro y del amor al prójimo, incluido el amor a quien consideramos o nos considera nuestro enemigo.

Desde esta pequeña plataforma os invito a participar, de la manera que mejor estiméis en conciencia, en esta Jornada, desde vuestras casas, comunidades, puestos de trabajo o en el Templo. Las puertas de varias iglesias católicas estarán abiertas para recibir a todos aquellos que quieran unirse a esta sincera oración colectiva por la paz. Por mi parte, estaré esta tarde en la parroquia de San Germán, sita en Madrid, D. m., adorando a Jesús Sacramentado, que estará expuesto hasta las doce de la noche, y pidiéndole que ilumine los corazones de los políticos, de los poderosos, de los fanáticos, de las gentes resentidas y especialmente vulnerables a caer en la espiral de la violencia y con ello a convertirse en víctimas de ella; en definitiva, para que Jesús, que vino a traer la paz, infunda sobre toda la Humanidad doliente su Espíritu de Amor, a fin de que el hombre, con la ayuda del Espíritu de Dios, pueda resolver los problemas que él mismo ha causado por vías pacíficas y respetuosas con los derechos humanos. Que con la ayuda de Su divina gracia, y con la intercesión de la Santísima Virgen María, Reina de la paz, se derriben los muros de la incomprensión y se rompan las cadenas del odio, la ira, la violencia y el rencor que sólo llevan a encadenar nuevos actos de crueldad con otros y que, del reconocimiento de la dignidad del otro y de su humanidad, brote el Amor verdadero que lleve a la paz. Amén.

 

A.M.D.G.

 

 

¿Podemos emprender una política de rostro humano? Compromiso político y religión.

agosto 24, 2014 § Deja un comentario


 

Jesús, llamándolos junto a sí, dijo: Sabéis que los gobernantes de este mundo se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, que sea vuestro servidor, y el que quiera entre vosotros ser el primero, que sea vuestro siervo (Mt 20, 25-27, ca. 80 d. C)

The brave men, living and dead, who struggled here, have consecrated it far above our poor power to add or detract. The world will little note, nor long remember, what we say here, but it can never forget what they did here. It is for us the living, rather, to be dedicated here to the unfinished work which they who fought here, have, thus far, so nobly advanced. It is rather for us to be here dedicated to the great task remaining before us—that from these honored dead we take increased devotion to that cause for which they here gave the last full measure of devotion—that we here highly resolve that these dead shall not have died in vain—that this nation, under God, shall have a new birth of freedom—and that, government of the people, by the people, for the people, shall not perish from the earth (Abraham Lincoln, given to Edward Everett, 1864)

Todo el mundo quiere cambiar a la Humanidad, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo (Lev Tolstói, ca. 1900)

Cambia tu corazón, y cambiarás el mundo. Porque el que es fiel en lo pequeño será fiel en lo grande

A todas las personas de buena voluntad de los movimientos sociales, especialmente de los vinculados a Izquierda Unida y a PODEMOS

A Tania Sánchez, cuyo discurso sigue ilusionando como un vergel en el desierto mediático previamente repartido por los responsables de la información

 

El problema: buena parte del mundo crítico del panorama sociopolítico español, no sin mucha razón, propone lo siguiente para

+EL PUEBLO UNIDO CONTRA LAS INJUSTICIAS

La lectura de estos puntos programáticos que me han hecho llegar a través de Google + algunas personas próximas al movimiento PODEMOS me ha producido, por una parte, simpatía, y, por el otro, impotencia. Simpatía porque estaría de acuerdo en el 90% de sus puntos si pudieran cumplirse sin que los poderes de este mundo -no sólo los económicos- no tuvieran capacidad de reacción. Es más: aun si pudiera ser posible, como hacker, extender un virus que destruyese todos los títulos de propiedad, legal o ilegalmente adquiridos, esa opción robinhoodiana me merecería simpatía, como en la película Los fisgones, 1991, aunque no considero que ésta fuese una opción razonable, ni menos deseable o generalizable. Lo que ocurre es que, leyendo los puntos programáticos del ámbito de PODEMOS, y a pesar de algún nuevo lenguaje, me suenan a viejo marxismo, el cual, en sus concretas aplicaciones históricas nunca favoreció del todo a las clases más bajas -aunque a favor de algunos regímenes marxistas occidentales “mitigados”, como algunos países del Este de Europa, o la propia URSS posterior a Kruschev, hay que decir que las necesidades más básicas de toda la población fueron atendidas, si bien a costa de reducir las oportunidades de aumentar la riqueza nacional y un reparto equitativo de mayores bienes, como denunciaran muchos marxistas críticos o teóricos de la justica como John Rawls-; más bien, a las clases populares y profesionales -por cierto, todavía enfrentadas en los países “libres” por el voto por los partidos del centro-izquierda, sociológicamente preferidas por las clases populares, o del centro-derecha, sociológicamente preferidas, al menos hasta ahora por los llamados “profesionales” que se sienten superiores- se las sometió, en los tiempos del “socialismo real”, al opio de la doctrina comunista oficial, que no de la religión. Dicho esto, he querido aprovechar este mensaje para expresar mi opinión sobre PODEMOS y los movimientos sociales, respecto de los cuales, y a pesar de sus buenas razones -sí, buenas, por si a algunos “hombres de bien” o de law and order no se lo parece-, y sobre su capacidad transformadora de la sociedad no puedo menos que mostrar un triste escepticismo. Y no precisamente por las razones más apuntadas por la prensa al uso: desconfianza de la población general para que PODEMOS pueda convertirse en una alternativa de gobierno viable, preferencia del movimiento por puntos programáticos en lugar de una nueva manera de hacer gobierno, así como algunas otras acusaciones al menos dudosas de que la formación y sus simpatizantes han sido y continúan siendo objeto de la prensa conservadora.

A estas alturas de la evolución humana, está visto que cualquier sistema económico, ya sea capitalista, ya comunista o intermedio, está sujeto a la necesidad de los poderosos de utilizar el poder para mayor gloria de ellos, y no de la comunidad política. Con ello no pretendo adherirme a las tesis del liberalismo político tradicional, que proclama que el hombre es egoísta por naturaleza -personalmente sostengo que hay hombres más egoístas y hombres más altruistas; incluso la misma persona puede actuar de una manera u otra en función de su entorno y de su aprendizaje-. Por ello, me cuento entre los que consideran que precisamente debe limitarse cualquier poder, incluido el poder político, uno de los mayores enemigos de la libertad del hombre, junto a las riquezas, y no sólo para los que lo padecen, sino para los que lo practican, que se convierten en esclavos de ídolos modernos, auténticas dependencias -y mucho más fuertes que las estigmatizadas, como las drogas o los comportamientos “antisociales” o desadaptativos- en el mundo actual.

Lo que parece haber demostrado la Historia de la Humanidad es que tanto las riquezas -entendidas como objetivo último, y no como instrumento para una justa, equitativa y caritativa distribución y, si es necesaria, redistribución del welfare o de la riqueza- o el poder -entendido como poder para gloria del que lo ejerce y no como servicio-, no sólo son nocivos para las personas que tienen que padecer los desmanes de los ricos y de los poderosos-, sino para ellos mismos, debido a la tendencia natural que proporcionan estos instrumentos a la acumulación y a la maldad: porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recuperarla?

Los ricos y poderosos de este mundo, asistidos por “coaches” intrusistas que han ocupado el papel de los antiguos magos y chamanes, prometen a sus aspirantes e iniciados la dominación, primero de sí mismos, y luego la de los demás. Ellos deberían saber a dónde conduce este camino, muy diferente al que conduce la vía estrecha de las disciplinas prácticas de las grandes religiones como la ascesis y la mística. Por ello, llegadas las cosas a la entronización de la economía como disciplina desacralizada, en términos de Mircea Eliade, a la que hay que sacrificar a la persona, es necesaria una reflexión transversal, que vaya más allá de los objetivos de los partidos políticos y de las personas que de verdad quieren cambiar el mundo. Porque no se hizo la economía para el hombre, sino el hombre para la economía. Para ello, es necesario un cambio personal radical, que no sé hasta qué punto las personas estamos verdaderamente dispuestos a emprender.

Me considero una persona cristiana que intenta vivir su fe sobre todo desde la autenticidad y no desde la autoridad. Pertenezco a la Iglesia Católica, que para mí no es otra cosa que el pueblo de Dios y mi casa espiritual. Una Iglesia que no entiendo excluyente, sino más bien abierta a todo el mundo, incluidos a los que no quieren entrar en ella formalmente pero buscan la verdad como ellos la entienden, y realizan realmente la voluntad de Dios, como en la parábola de los dos hijos. En relación con esto, simplemente quisiera realizar dos matizaciones a los “puntos programáticos” que me han llegado desde la esfera de PODEMOS, y que intentan, desde mi posición, que no es la de un “hombre de bien”, perfectamente integrado en la sociedad conservadora que criticara Jesús de Nazaret y que le costó la vida, en la defensa de los débiles, de los necesitados, de los marginados y de los excluidos por el status quo de la época, tanto político como religioso; pues la política era religión y la religión era política: algo, por cierto, no muy diferente en nuestros días, en las que hay pseudorreligiones desacralizadas, en palabras de Mircea Eliade, como la economía, a la que sirve la política formal. En primer lugar, en cuanto a la eliminación de los privilegios de la Iglesia, la Iglesia Católica declaró en 1964, en un documento conciliar del máximo nivel institucional, la Gaudium et spes, que estaría dispuesta a renunciar a dichos privilegios si ello redundara realmente en favor del bien común. Pues bien, a mi modesto entender ha llegado este momento, y el papa Francisco está dando muy buenos ejemplos de ello, de auténtica actitud evangélica que constituye el espíritu de la Iglesia. No es éste el lugar adecuado para explicar la falta de desarrollo de esta propuesta de la Iglesia. Por otra parte, los críticos de la Iglesia Católica deberían ver los fondos que se destinan en las colectas y en otras actividades, auditados por empresas independientes, y, sobre todo, la labor desarrollada en este ámbito por muy diversas organizaciones católicas, diocesanas o de adscripción diversa, como Cáritas, aquí y en el Tercer Mundo. No hay nadie, ni en cifras ni en dedicación – y de ello tenemos cada día ejemplos de personas que, por Cristo y su Evangelio, que proclama en la práctica fundamentalmente el amor al prójimo-, que lo haga mejor. Y a su vez, los católicos instransigentes, o “de rito”, deberían reflexionar -si es que muchos pueden hacerlo y no están obcecados por el fanatismo, en ocasiones incluso violento-, sobre la realidad y el compromiso de su fe, abandonando una falsa piedad y una falta de mezcla con la gente que no es como ellos, y que ha sido una de las causas que más ha contribuido al abandono de muchas personas de buena voluntad del seno de la Iglesia; por cierto, de cualquier Iglesia, no sólo de la católica. Porque, advertidos por Jesús, no todos los que dicen “Señor, Señor” serán admitidos en el Reino, sino sólo los que hacen la voluntad de su Padre. Un Padre que, por lo demás, es misericordiosísimo y que, tal y como se nos enseña en las parábolas de validez universal del hijo pródigo y de las otras parábolas pequeñas de Lucas 15, está siempre dispuesto a perdonar y a devolver al hombre su dignidad perdida, ensalzándolo incluso sobre aquellos que se consideran a sí mismos como “justos”; así nosotros, pecadores, deberíamos perdonar a los que nos ofenden, como rezamos en el Padrenuestro.

Llegamos entonces al punto fundamental de mi crítica constructiva y de mis reflexiones para cualquier proceso de regeneración política y social. Ahora que todo el mundo -con mayor o menor preparación- habla de economía, ahora que lo que es llamado economía detenta la hegemonía cultural del pensamiento a todos los niveles del conocimiento práctico occidental, vamos a hablar también de economía. Es una disciplina más sencilla que sus espurias derivadas pseudocientíficas que estudian los estocásticos, el análisis técnico y el análisis de los mercados de valores, cuestiones que intentan predecir, normalmente retroactivamente, sobre la base de “modelos”,  y no de personas. La economía trata de algo mucho más sencillo: la distribución de las necesidades. Y es aquí donde quisiera expresar mi reflexión fundamental: no es posible pensar en emprender un esfuerzo colectivo de cambio social -en sentido progresista-, de regeneración política o de sumisión de la macroeconomía a las necesidades reales de la gente sin tener en cuenta  precisamente la cuestión de las necesidades. Es necesario redefinir las necesidades. Como expresa el lema de Cáritas, vive sencillamente, para que otros, sencillamente, puedan vivir. Algunos economistas que han tratado de volver a los orígenes de su ciencia -por cierto, muchos de ellos no procedentes de países “desarrollados”-, han comprendido realmente lo que la economía significa, y no sólo a nivel teórico, como hicieran en el ámbito occidental los epígonos del marxismo metodológico como Horkheimer, Adorno o Marcuse en los años 60 y 70, sino a nivel práctico e intercultural, como el tachado de heterodoxo por sus colegas del pensamiento único de la Escuela de Chicago Amartya Sen, bengalí de nacimiento y Premio Nobel de Economía en 1998. Era necesario que el genio espiritual de un país como la India se hiciera notar también en el pensamiento económico, como también lo era que el espíritu del catolicismo ortodoxo, despojado de su lucha geopolítica en favor del mal menor -el capitalismo de los años 60- frente al socialismo real de entonces, volviera a sus auténticas raíces -el Evangelio- con documentos conciliares sobre economía y vida política, a juzgar por eminentes teólogos -fundamentalmente pertenecientes o simpatizantes al movimiento de la teología de la liberación, como Ellacurría o Tamayo, pero no sólo, sino también según buena parte del jesuitismo y del franciscanismo “otrodoxos”, insuficientemente desarrollados por la realpolitik vaticana de los años anteriores a la caída del Muro. Ya antes, teólogos tanto católicos de la talla de Urs von Balthasar, Vito Mancuso o Hans Küng -este último todavía en activo-, en el ámbito católico, o Robert Bultmann o Karl Rahner, para el ámbito protestante, así como pensadores ecuménicos norteamericanos como R. W. Emerson mostraran su compromiso por las tesis sobre la parcialidad de Dios y la opción preferencial por los pobres, que debe implicar la labor de la Iglesia. Es algo todavía proclamado por representantes de algunas parroquias abiertas incluso en barrios conservadores y excluyentes como en el que habito, como el párroco Alejandro Fernández Barrajón, fraile mercedario, o el conocido Padre Ángel.

Volviendo al tema de las necesidades… ¿De verdad necesitamos tantas cosas, cuando sólo una es importante? La gestión de las necesidades es la base de la ciencia económica. No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y, aunque suenen a tópico, estas expresiones muestran con una sencillez perfectamente intersubjetiva la verdad que se esconde tras de ellas, accesible tanto al campesino analfabeto como al catedrático de Filosofía Moral. Como que hay gente tan pobre, tan pobre, que sólo tiene dinero. Pero entiéndaseme bien: con ello no pretendo quitarle valor, en primer lugar, a la necesidad de trabajar, aquí y ahora, por un mundo más justo, que yo entiendo con el Reino anunciado por Jesús, cada uno a su manera y ayudando a los más desfavorecidos, poniendo en práctica sus carismas pero también aceptando sus limitaciones. Tampoco pretendo criticar el valor de liberación personal y social del trabajo, el progreso e incluso las riquezas, salvo que quiera seguirse una, por cierto, respetabilísima, vocación contemplativa, monacal o eremítica. Precisamente por ello, en el momento actual es necesario devolver a muchas personas la dignidad de poder aspirar a un trabajo digno o de recuperar el que tuvieron -a mi juicio, no todos los “trabajos” lo son-, que en un Estado capitalista casi “puro” en crisis, precisamente como el nuestro, ha escindido la formación superior, todavía a su cargo en más de un 80% según cifras del INE, de la empleabilidad, que ha “dejado” al mercado -no sin mantener organismos de intermediación laboral cuya efectividad deja mucho que desear-, hay que ir mendigando a las responsables de recursos humanos de las grandes empresas, para las personas con formación, o a los gerentes machistas de la pequeña empresa, para las personas sin formación. Sí, soy políticamente muy incorrecto, y además, me gusta serlo. Hay que poder comer y beber para vivir con dignidad, tener vestido y techo. Lo que hace falta es un cambio de actitud hacia las “cosas del mundo”, que nos conduzca a otorgar a los bienes materiales el valor instrumental y relativo que realmente les corresponde, es decir, ser capaces de no perder al mismo tiempo de vista que sólo una cosa es importante. Ésta es la idea que, en mayor o menor grado, está detrás de todas las religiones: el desapego, comenzando por el de los bienes materiales. Pero para ello es necesario un cambio de actitud, muchas veces, radical. Es necesario renunciar a muchas necesidades artificiales a las que muy a menudo nos cuesta renunciar. Lo que sí tengo claro a estas alturas es que, si no cambiamos nuestro corazón, no podremos experimentar la auténtica alegría de la libertad que nos lleve de manera natural, como un niño, a ayudar a nuestro prójimo, movidos por la empatía, la compasión y el Amor, y con ello, a irnos desprendiendo poco a poco de nuestros propios egoísmos, de nuestros problemas y de nuestro “yo”. Pues no hay mejor manera, como ya señalara el siglo pasado el gran psicólogo Adler, de curar nuestras neurosis que saliendo de nosotros mismos y ayudando a los demás. Algo que ya nos enseño Jesús con su mensaje de que “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí y por mi evangelio, la salvará”. Se trata de un mensaje a mi juicio universal, que puede ser aplicado, como todas las ideas de fondo de este artículo, a las personas de cualquier religión, credo, ideología y a las que no profesan religión alguna, pues todas somos hermanas y nos unen al menos dos cosas radicalmente fundamentales: la conciencia de nuestra muerte y el deseo de sobrevivir a ella, nuestro deseo de inmortalidad. Es este sentido, desde el punto de vista teológico-religioso, me ha interesado hablar más de actitudes y de comportamientos que de “verdades” dogmáticas, precisamente con vistas a la construcción de un terreno común para la acción práctica de todas aquellas personas de buena voluntad que realmente quieran, cada una desde su posición, contribuir, literalmente, a cambiar el mundo. Estas ideas no pueden ni deben ser ajenas al discurso y a la praxis política y social. Precisamente por ello he querido ser radical en el sentido etimológico de la palabra, para manifestar mi convicción de que cualquier cambio político y social debe venir “desde abajo”, desde un cambio en nuestra actitud egoísta de la que todos somos esclavos. Sólo así podrá desenmascararse por las buenas, generando credibilidad en nuestro entorno más inmediato, a modo de “luz del mundo”, es decir, sin enemistad, la actitud de muchos representantes religiosos, de esos “hombres de bien” respetables que cumplen los ritos de la religión católica, las dobles morales, las cargas illevaderas ordenadas por estas personas con poder como para ejercer presión social. No se me oculta que el condicionamiento social de la conducta -que incluye pensamiento como conducta verbal, en términos skinnerianos, y acción- resulta muy difícil para todos, no sólo para aquellas personas que no tienen tiempo material para plantearse esta cosas, o para aquellos que, pensando solamente en sí mismos y en su “bienestar” material, constituyen el “rebaño adormecido del que hablara Noam Chomsky. También algunas personas cultas caímos en el pasado en la trampa del consumo como sustitutivo de la necesidad de reconocimiento social a que se refierera el psicólogo Maxwell en su teoría piramidal de las necesidades humanas, y con ello, en el ciclo kármico -por emplear un término religioso panindio pero de validez mítica universal, como expresara Mircea Eliade- de la rueda del consumo-disfrute-trabajo-crédito-más consumo. Para todos es difícil sustraerse a la presión del entorno sofisticadamente diseñada por aquellos que detentan la economía cultural, pues todos somo esclavos de nuestras pasiones, jóvenes y mayores, y nadie está exento de tomar el camino equivocado -o el pecado-. Pero precisamente por ello, la novedad del mensaje de Jesús reside en el hecho de que todos estamos perdonados, y con ello, justificados. Sólo es necesaria una actitud de reconocimiento, de conversión y de lo que, en otras épocas no muy lejanos, estaba abarcado no sin ambigüedad en lo que llamábamos “penitencia” (Küng, 2014). Por ello, el momento de crisis en el que nos encontramos, si no caemos en el desánimo, puede ofrecernos una oportunidad real -es decir, sujeta a vaivenes, a la vuelta a los mismos errores, a pasos atrás, como no puede ser de otra manera- de cambiar nuestra actitud hacia nosotros mismos, nuestras necesidades, nuestro modelo de sociedad y nuestras relaciones entre nuestro prójimo y entre otras sociedades -de personas, se entiende-. Ello sólo podrá ser posible, a mi juicio, cambiando nuestro corazón, con la ayuda de Dios -cada uno como lo entienda-. Sólo así, desde lo pequeño, podremos trabajar con impecabilidad en tareas humildes que nos consigan el respeto de los demás. Porque el que es fiel en lo pequeño, también lo será en lo grande. Desde el que ha pasado por la experiencia de la humildad, podremos aspirar a puestos en los que la Providencia nos ponga, pues para Dios, que quiso nacer como hijo de un carpintero, no hay nada imposible. La predicación de Jesús cambió el mundo, y si el reino de Dios, que él proclamó ya entonces en medio de nosotros no ha llegado a la tierra ha sido por la dureza de los corazones.

En cuanto a promover cambios positivos en la sociedad, comencemos planteándonos objetivos concretos, y se nos irán dando los cometidos de lo grande. Así, por ejemplo, centrémonos en combatir la situación de pobreza -material y espiritual- de nuestro prójimo; la degradación material y moral de los barrios de nuestras urbes deshumanizadas y caracterizadas cada vez más por contactos anónimos aplaudidos por insignes sociólogos, que ven sociedades de comunicaciones donde deberían ver sociedades de personas. También podremos darnos cuenta de que la intolerable degradación y contaminación de nuestros espacios naturales acaba a la larga con la supervivencia de la propia especie humana, superando el cortoplacismo imperante en este tiempo de la instantaneidad. Y sólo así podremos devolver la dignidad a continentes enteros deliberadamente excluidos de las bondades del consumo y de la globalización, como África, gran parte de Centroamérica, la mayor parte de América Latina y buena parte de Oceanía, aliviando la situación de miseria extrema que clama al Cielo.

Desde la opinión que quiero sostener, todas las personas, de cualquier credo, o de ninguno, pero que compartan esta necesidad de cambio de actitud individual antes de adquirir cualquier compromiso social, sobre todo político, son capaces, desde su ser y sus circunstancias, como diría Ortega, de contribuir al bienestar y a la justicia social, a la caridad, al fomento de un empleo cuya adjudicación se realice en equidad, es decir, en función del reconocimiento de los talentos y carismas y de las limitaciones y debilidades de cada uno, así como a una distribución de la riqueza basada en las necesidades de toda la comunidad política, especialmente, de los más pobres, de los excluidos, de los marginados, de los victimizados y de los estigmatizados, para que éstos, superando su situación, puedan contribuir realmente al bienestar de la Nación y de todo el orbe y recuperar con ello la dignidad que proporciona el trabajo, aportando sus habilidades y sobre todo su humanidad, y convirtiéndose de este modo en protagonistas activos de su destino y del bien común.

 

A.M.D.G.

 

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¿Podemos emprender una política de rostro humano? by Dr. Pablo Guérez Tricarico is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.
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¿Es posible conciliar la planificación de nuestra vida con la confianza en la Providencia divina? Especial referencia al trabajo en la situación de CRISIS actual, a la luz del Evangelio y de la doctrina social de la Iglesia.

julio 28, 2014 § Deja un comentario


A mi padre

 

http://es.catholic.net/escritoresactuales/854/1702/articulo.php?id=39646&msj=2&msj=1

 

Comentario:

 

El enlace que acabo de postear, publicado por Pioneros de Schoenstatt, movimiento católico que me merece el mayor de los respetos, realiza una breve exégesis del conocido y precioso mensaje de confianza en la Providencia contenido de Mt 6,24-34, sobre los pájaros del cielo y los lirios del campo. Intenta conciliar la confianza en la Providencia con nuestra necesidad humana de previsión y seguridad. Sin embargo, desde mi punto de vista el artículo “se queda corto” y no convence, a mi juicio. Y se queda corto precisamente desde el lado “providencialista”. La posibilidad conciliadora entre confianza en la providencia yy planificación de nuestras vidas, que sostiene el artículo posteado, resulta hoy, por la “certeza de la inseguridad” en la que se basan las sociedades aun de los países más desarrollados, no guarda relación directa con otros pasajes del Evangelio. En particular, con la condena de Jesús de la acumulación de riquezas -que no es equiparable al ahorro-, así como con otros pasajes neotestamentarios que recuerdan la sabiduría de los Salmos de David o de los Libros Proféticos del AT, algunos recordados por algunas epístolas de San Pablo: “Mis caminos no son vuestros caminos” (Is 55, 58), pasajes que nos recuerdan la absoluta precariedad de la vida y de la condición humanas, que sólo pueden descansar en la confianza en Dios, y no en las seguridades que nos construimos los hombres, seguridades cuyo carácter ilusorio es puesto de manifiesto por los signos de los tiempos cada vez con mayor crudeza y con pavorosa actualidad. En otro lugar del Evangelio de Mateo se nos invita a no atesorar tesoros en la tierra, sino a buscar los bienes del Cielo. Así, en Mt  6,19-23 leemos: “Jesús dijo a sus discípulos: “No atesoréis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban. Atesorad tesoros en le cielo, donde no hay polilla ni carcoma que se los coman, ni ladrones que abran boquetes y roben. Porque dónde esté tu tesoro, allí estará tu corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Y si la única luz que tienes está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!”).

Así las cosas, y por comentar críticamente la exégesis realizada de la invitación a la Providencia, quisiera comenzar diciendo que el mensaje evangélico me parece, a mi modo de ver, un sabio mensaje común a casi todas las religiones, antiguas y modernas, tanto occidentales como orientales -y sobre todo propio de éstas-, que con sabiduría milenaria han conseguido transmitir una enseñanza capaz de llevar mejor la paz al corazón del hombre que el mensaje contrario: el mensaje cristiano tergiversado propio del protestantismo clásico y de sus derivaciones en varias Iglesias reformadas, que insiste en la necesidad de triunfar en los negocios como signo externo de la gracia divina (cfr. Weber, Max, El espíritu protestante y la ética del capitalismo), y en el que se funda en buena parte el llamado “progreso” de nuestra decadente -pues ha perdido ya su ética originaria, incluso comercial- sociedad occidental.

Descendiendo a la “realidad de las cosas y del trabajo” en los actuales tiempos, ¿qué hacer cuando no hay trabajo y la lacra del paro se ceba precisamente con los que más hemos hecho fructificar nuestros talentos, precisamente porque los “emprendedores” tiene miedo de que no aceptemos sueldos menores? ¿Hasta cuándo debemos las personas que nos hemos esforzado toda nuestra vida en hacer fructificar nuestros talentos -aun en momentos de pecado y debilidad-, hasta conseguir la máxima titulación académica, la de Doctor (PhD), y no encontramos trabajo? ¿Mandar 100 currícula? ¿200? ¿500? Cualquier número podrá ser insuficiente porque siempre es posible pensar, in abstracto, en una mayor. Si mandamos 1000, siempre se nos puede reprobar que no hayamos mandado 1001.  Genitori et societati numquam satis. La única solución lógica, pero injusta, es infinito, lo que pasa por la extenuación del demandante de empleo, sobre todo porque ante esta situación es muy probable que se vea afligido por la depresión y la frustración, que paraliza, sin culpa alguna del trabajador en paro -el cual es encima victimizado y culpabilizado por su situación por las generaciones que le precedieron, por la clase política y empresarial y por la sociedad en su conjunto-, sus posibilidades de emprender una búsqueda fructífera de un trabajo que le procure un sostenimiento decoroso, no digamos ya la posibilidad de formar una familia, como han venido enseñando reiteradamente los papas en sus encíclicas sobre la doctrina social de la Iglesia. A este respecto, quisiera hacer una observación de la parábola de los talentos, que debe intepretarse sistemáticamente; el Señor, al igual que reparte talentos, reparte -o permite- cruces. Es por este motivo por lo que, especialmente en la situación socioeconómica actual, y especialmente en lo tocante a las economías de los países llamados “desarrollados”, la utilización de esta parábola como arma arrojadiza generacional es peligrosa en boca de las generaciones ya colocadas, que no entienden de la BRUTAL CRISIS que padece la sociedad, que lleva a cosas tan ilógicas como la hipercualificación constituya una desventaja. Desde luego, ilógicas desde el punto de vista de la justica y la equidad, pero perfectamente lógicas desde el mercado de trabajo y, en particular, de la figura del llamado “emprendedor”, que con la excusa de la crisis no aceptará personas cualificadas o hipercualificadas con el pretexto de no poder pagar salarios acordes con la cualificación alegada. Es más, presionará a los “mercados del conocimiento”, es decir, a las instituciones académicas, públicas o privadas, para que impartan enseñanzas conformes sólo con los caprichos coyunturales del mercado, denominados “nuevas necesidades del mercado” e incluso “necesidades de la nueva sociedad de la información y del conocimiento”. Y ante la conformidad del trabajador, ésta será vista con sospecha, sobre todo si se trata de un trabajador bien formado intelectualmente, con capacidad crítica y competencia para resolver problemas complejos, que la cortedad de mira sdel “emprendedor” no sabrá valorar, y mucho menos los psicólogas -y utilizo el femenino porque son abrumadora mayoría- de recursos humanos reclutadoras de carne fresca según los manuales al uso para para que los trabajadores finalmente seleccionados puedan ocupar un puesto para que la empresa “vaya tirando”. Por supuesto, los beneficios empresariales obedecerán a otra lógica muy distinta: la lógica de su inversión en los mercados financieros y su mágica transmutación en productos de nombres cuasi esotéricos; derivados, futuros, warrants up o down, bonos convertibles, acciones A, B, C, o cócteles financieros de todos ellos empaquetados en respetables fondos de inversión o planes de inversiones listos para la venta a los “ahorradores”, que no son más que las personas decentes que han conseguido acumular un pequeñísimo patrimonio con su trabajo a la largo de toda su vida. Si me habéis seguido hasta aquí, queridos lectores, ¿acaso no estáis ya cansados, pero desde hace ya muchísimo tiempo, de toda esta palabrería economicista que se cobra a precios de 60.000 euros en algunos “Másteres” de “ciencias empresariales, MBA, márketing y ciencias ocultas análogas?
Lógicamente, esta situación varía de país en país, de acuerdo con la diferente “cultura empresarial” que se tenga. Pero en España lo que ha primado y sigue primando -aunque la crisis haya detenido las ansias de codicia de los empresarios, que volverá a reaparecer si cabe con mayor virulencia cuando comencemos a experimentar un crecimiento económico real-, es un modelo que volverá a aplicarse; un modelo económico basado en el natural connubio entre construcción, servicios inmobiliarios, entidades financieras y corrupción pública, todo ello condimentado con una alta dosis de cinismo aplicada por los políticos que seguirán pidiendo “sacrificios” a los trabajadores en términos de moderación salarial, renuncia a los seguros sociales y a las pensiones públicas, renuncia a la sanidad y a la educación pública y a otros sistemas de previsión social mínimamente tutelados por el Gobierno.
En los tiempos de Cristo era más fácil poder vivir con poco. Lamentablemente hoy no. La doctrina social de la Iglesia, muchas veces no conocida en su integridad, y más compleja de lo que parece -aunque a mi juicio desde que surgiera como disciplina eclesiástica con cierta autonomía con la publicación de la Rerum novarum por parte del papa León XIII siempre se ha mostrado más favorable a los ricos que a los pobres, como espero poder tener tiempo de argumentar en una entrada posterior- revela sorpresas incluso para los que la blanden como arma arrojadiza en contra de opciones políticas legítimas “de izquierdas” respecto de las cuales la Iglesia, de conformidad con su propia doctrina, debería permanecer neutra, siempre y cuando aquellas doctrinas puedan funcionar sin una concepción socioantropológica distorsionada del hombre y de su dignidad en el mundo. Ello puede deducirse fácilmente de una lectura sosegada de varios documentos y declaraciones del Concilio Vaticano II, cuya enumeración, para no sobrecargar al lector con un farragoso elenco, resulta innecesaria, pero entre las que destaca la “Gaudium et spes”, que proclama la neutralidad política de la Iglesia en cuanto a opciones políticas temporales, así como las cartas encíclicas “Mater et magistra” de S. S. el papa San Juan XXIII de 1961 o la “Populorum Progressio de S. S. el papa Pablo VI de 1967. También son interesantes declaraciones a este respecto de los papas San Juan Pablo II, Benedicto XVI o del actual papa Francisco, por cierto, muy sensibilizado con el problema del paro juvenil, hasta el punto de que lo ha considerado un problema que afecta a la propia dignidad de quien lo sufre y a sus posibilidades de desarrollo personal, familiar, intelectual y aun espiritual dentro del sistema social. En este punto la doctrina sobre la dignificación del trabajo, constante en la evolución de la doctrina social de la Iglesia debe ser aplaudida, mas no por ello deben aceptarse cualesquiera condiciones de trabajo -algo de ello dicen también algunas encíclicas-, ni mucho menos debe dejarse al arbitrio de las coyunturas del mercado la determinación de las condiciones de trabajo y, especialmente la determinación del salario justo (vid., unánimemente, las encíclicas Rerum Novarum, Quadragesimo Anno, Mater et Magistra, Pacem in Terris, Populorum Progressio, Sollecitudo rei socialis, así como múltiples declaraciones tanto del Concilio Vaticano II como de los papas del siglo pasado y de éste, especialmente del papa Francisco.
A los que buscamos trabajo se nos dice muchas veces que debemos acudir al patrón -hoy llamado empleador o, peor, “emprendedor”, aunque no emprenda nada-, y no al revés, y conozco casos en los que esta acusación es vertida contra el demandante de empleo en su propia cara por parte del empresario cuando aquél acude a la empresa a pedir trabajo. A la luz de la terrible injusticia que suponen estas incidencias, que no son más que una manifestación más de la terrible desigualdad entre empresario y trabajador en el estadio del capitalismo actual posfordista, como curiosidad histórica sobre la evolución de la doctrina social de la Iglesia, puedo comentar, a favor de aliviar la carga a los trabajadores en su búsqueda de un empleo que les permita su decoroso sustento, que ya en la encíclica Quadragesimo Anno, S.S. el papa Pío XI comentaba que sería deseable que fuera el Capital el buscara al trabajo, y no al revés. Por su parte, el actual papa Francisco ha cargado ya en innumerables ocasiones justamente las tintas contra un mercado economicista que no tiene en cuenta el talento de las personas y nuestra dignidad, habiendo alertado a los empresarios sobre la gran responsabilidad que tienen para erradicar la lacra del desempleo y, especialmente, el que afecta a las personas con menos recuros y a los más jóvenes, en relación con los cuales las cifras del paro, especialmente en los países mediterráneos, reviste cifras alarmantes.
A.M.D.G.
Fdo./Signed by: Pablo Guérez Tricarico, PhD.
En Calpe (Alicante), a veintinueve de julio de dos mil catorce.
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Comentario al artículo “El grito de Dios”, del Dr. Ignacio Sánchez Cámara

julio 19, 2014 § Deja un comentario


 

En la Cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos.  Haced lo que ellos dicen, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos no hacen lo que dicen. Ellos mandan liar a los demás fardos pesados y cargas illevaderas y se los cargan en la espalda, mientras ellos no son capaces de moverlos con un solo dedo (…) El mayor entre vosotros, que sea vuestro servidor. El que se enaltezca será humillado, mientras que el que se humille será enaltecido (Mt 23, 1-4; 11-12).  

 

La lectura del artículo “El grito de Dios”, publicado en el diario abc el pasado 6 de julio, inquietante, no exento en parte de verdad, pero a mi juicio sesgado por un catolicismo tradicionalista que no puede ni quiere dar respuesta a los problemas de hoy, del Dr. Ignacio Sánchez Cámara, Catedrático de Filosofía del Derecho, me ha movido a dirigirle, respetuosamente, una contestación, desde el deseo de manifestar mi posición sobre un tema sobre el cual los mayores pensadores de la Historia de la Humanidad, incluido San Agustín, no han conseguido a mi juicio hasta la fecha ofrecer una respuesta satisfactoria, al menos en el nivel lógico formal o teológico clásico: el problema de la permisión del mal por parte de Dios. La insatisfacción a la que he llegado tras la lectura del artículo se ha visto reforzada por el hecho de que no he encontrado ninguna referencia al mayor argumento defendido hasta la fecha por todos los grandes pensadores clásicos para hacer compatible el mal con la Bondad infinita de un Dios todopoderoso: el respeto a la libertad del hombre. Más allá de ello, el artículo -aunque su autor lo niegue- es un sofisticado panegírico del dolor y del sufrimiento “porque sí”, sin conexión teológica alguna con las verdades que enseña la fe católica, que parecen despreciarse conjuntamente con una pavorosa y casi soberbia preterición del mensaje evangélico. El artículo se basa en unas ideas contenidas en el ensayo El problema del dolor, de C. S. Lewis, en unas pocas reflexiones de San Agustín, y, sobre todo, en la propia ciencia teológica del autor.

Después de leer artículos como éstos, a estas alturas, y en relación con el problema que nos ocupa, me parecen mucho más honestas las respuestas que rehúyen una explicación sistemático-teológica basada en sistemas hoy por hoy bastante alejados del sentimiento religioso del hombre de nuestro tiemplo y se contentan con una “suspensión del juicio”, al modo de los antiguos griegos (epoché) o con el reconocimiento de la impotencia de la razón humana, al modo del propio Kierkegaard, citado en el artículo que comento. Todas estas respuestas son en cierto modo fruto de un “pensamiento débil” pero más sincero, a mi juicio; hablan de “misterio”, como el Catecismo Oficial de la Iglesia Católica, y están, en su parte más valiosa, acompañadas de las actitudes morales que podemos tomar ante el “problema”, y que deben pasar a mi juicio por la confianza en la Providencia y la confianza en Dios.

Utilizando el derecho de cita, redirijo a mis lectores a la página web donde se encuentra alojado el artículo original de D. Ignacio Sánchez Cámara: http://www.almendron.com/tribuna/el-grito-de-dios/, en la que espero hayan publicado también mi comentario. En cualquier caso, éste último, al ser de mi autoría, lo reproduzco aquí en su integridad, licenciándolo asimismo con una licencia de creative commons.

Ahí va, espero que no os aburra mucho 😉

 

Estimado Colega:

Tras la lectura de su artículo no puedo resistirme a realizar una serie de consideraciones sobre el Dios que, seguramente por su formación agustiniana, intenta presentarnos. Lo conozco muy bien: es el Dios del Antiguo Testamento -por cierto, no de todos sus Libros, pues Jahvé, como bien sabrá, es en unos presentado como Dios colérico y celoso, ávido de sangre (no voy a entrar ahora en la correcta exégesis, por ejemplo, del Pentateuco o de otros libros canónicos), y en otros como Dios misericordioso, lento a la ira y pronto al perdón (como el Libro de los Salmos), que no quiere sacrificios y holocaustos, sino para Quien el mejor sacrificio es un espíritu quebrantado y humillado, que el Señor nunca desprecia (Sal 51, 17)-.

Sin descuidar aspectos muy lúcidos y en parte verdaderos de su artículo, considero sinceramente errónea su visión del Dios-Dolor, en gran medida incompatible con la del Dios Amor predicado por Jesucristo. Como Ud. nos explica, ante un Dios que hace del dolor infligido al hombre el “instrumentum santificationis” por excelencia -sin importar su culpa, puesto que Ud. justifica, y a un más, intenta, a mi juicio sin éxito, integrar sistemáticamente en el plan divino el mal sufrido por niños inocentes-, prácticamente la única vía de comunicación divina y de salvación, la influencia agustiniana se hace patente; influencia cuyo pesimismo existencial habría llevado a Lutero, siglos más tarde, a apartarse de la Iglesia Católica y a emprender la Reforma, con su pesimismo cuasi determinista, que intenta muchas veces negar valor al Sacrificio de Cristo, por cierto, el único por el que nos salvamos, si Ud. lee el Evangelio. A mayor abundamiento, el silencio de Dios, como Ud. sabrá, es un concepto que nace y es sentido profundamente en algunas Iglesias reformadas de origen luterano, especialmente en las Iglesias evangélicas escandinavas. Unamuno, que Ud. cita, con su conocimiento de Kierkegaard -por cierto, pensador heterodoxo en su Iglesia de origen-, une su tan hispánico “sentimiento trágico de la vida” para acercarnos a su preocupación existencial del “silencio de Dios”.

Hablemos entonces del dolor dentro del plan divino. Ud. parece muy influido por el Libro de Job y, en este sentido, tras incurrir en una falacia de petición de principio -pues sólo se puede, utilizando su expresión, “quebrar la voluntad” desde una decisión voluntaria-, incurre en una falacia de composición, falacias que Ud., como filósofo del Derecho, conocerá muy bien. Pero volvamos a su “razonamiento” teológico. Afirma Ud. que “El hombre no se ve obligado a quebrar su voluntad para entregarla a Dios mientras las cosas le vayan bien”. Cierto en algunos casos. En la experiencia personal del sufrimiento podemos encontrar a Dios, en la contemplación de los Misterios de su Pasión y Muerte. Personalmente, el episodio que Ud. relata de Getsemaní me parece una excelente meditación sobre el abandono y el sufrimiento psíquico, que conlleva la anticipación de todo el sufrimiento psicofísico y espiritual de la Pasión de Nuestro Señor: el cáliz que pide al Padre que le sea apartado. También es verdad que en episodios en el que las cosas “nos vayan bien” según los criterios del mundo, corremos el riesgo de olvidarnos de Dios y de no reconocerle como critaturas como causa y dador de todo bien; el riesgo de dejar de alabarlo y darle gracias y erigirnos en nuestros propios dioses. La Historia del Pueblo de Israel está lleno de ejemplos: “Que se me pegue la lengua al paladar si me olvido de ti”, reza la antífona del Salmo 136. Sin embargo, y a pesar de todas estas reflexiones, no creo que esto se extrapolable a todos los hombres ni a todas las épocas; ni siquiera a todos los santos. Es cierto que un recorrido muy semejante se ha dado en muchos santos (San Pablo, el propio San Agustín, y en todos aquellos que se han convertido a Dios tras vías disolutas; la parábola del Hijo pródigo que regresa a la Casa del Padre contenida en Lc 15 es precisamente una bellísima analogía condensada de la caída, vuelta y perdón del hombre con el que puede resumirse la historia soteriológica de la Humanidad, relatada por el mismo Redentor). Pero no resulta siempre un camino mejor ni, mucho menos, necesario. En este sentido, no es tanto en el dolor crudo en el que se manifiesta, como en su tesis, la voz de Dios, sino en la prueba: en la prueba, en las “noches oscuras del alma”, como las llamara San Juan de la Cruz, Dios se manifiesta como Amado que se esconde y al cual tendemos, mientras nuestro camino se nubla por el miedo y la tentación. Y sobre todo, Dios se manifiesta en su esencia, que es Amor (1 Jn 4-8). La historia está llena de santos que, vencedores de la prueba y del dolor que conlleva, han merecido -a través del Sacrificio redentor de Jesucristo-, la salvación, o así debemos suponerlo los católicos. El dolor sólo cobra sentido tras el Sacrificio redentor de Cristo en la Cruz, y es éste el dolor que santifica, tras la caída del hombre y el Sacrificio de Cristo -éste, precisamente, es el punto que me parece importante destacar del dolor o del sufrimiento, no el dolor en sí en el que “gritaría Dios”, casi al modo desgarrador con que lo hizo en la Cruz con la expresión “Eli, Eli, lanma sabactani”, dolor que, como Ud. mismo reconoce, es un mal-. Así, más bien creo que el dolor que purifica y conduce a la salvación es el que provoca la aceptación de la cruz con la que Jesucristo nos invita cargar a cada uno, sea cual sea, a imitación -que no equivalencia- Suya (“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga” (Lc 9, 23). Es la cruz de cada día, no la Suya, la que el Maestro nos invita a cargar. Y cada cual tiene la suya, no porque sea “enviada” por Dios a modo de castigo, sino porque las cruces permanecen en el mundo como secuelas del pecado. Y por supuesto que el Maestro nos acompañará siempre en ese camino, conforme a Su promesa, pues, como Él mismo nos dijo, “yo estaré con vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Es verdad que, a veces, Dios puede “llamar a parte”, como lo hizo a sus discípulos, a cualquiera de nosotros para que recapitulemos sobre la verdadera jerarquía de valores que debe regir nuestras vidas, por medio del sufrimiento, pero para que descubramos, por ejemplo, que ha sido nuestro mal moral -nuestra idolatría, nuestra inmoderación-, lo que ha llevado a una ruina física perceptible por los hombres. De todo eso Dios, en su infinita Providencia, puede y quiere prevenirnos si nosotros nos abrimos a su voz y le dejamos espacio en nuestro corazón. Sin embargo, con la insistencia -Ud. dice que no es una apología, pero si no lo es le falta muy poco-, sobre el poder del dolor, recuerda Ud. más al Satanás del Libro de Job que a Jesucristo, el Hombre Nuevo, como lo definiría San Pablo, para Quien hay un tiempo para todo, para gozar y para sufrir, Quien no dudaba en sentarse a la mesa y comer y beber con publicanos, Quien invitaba a cenar a los pecadores y no parece que practicara -excepto en su retirada al desierto- una ascesis extrema, como sí practicaba su predecesor Juan el Bautista, de la secta judía de los esenios. A Jesús lo que realmente parece importarle, según el relato evangélico, es la actitud del corazón, y en esto parecen estar de acuerdo tanto el Evangelio de San Juan (conocido también por su merecido nombre de Evangelio del Amor), como los sinópticos.

Por el contrario, parece que Ud. se ha quedado anclado en el AT y en concreto, en el modelo de Job, el cual, además, no ha sabido interpretar bien, dicho sea como el mayor respeto. Satanás, como nos recuerda el relato bíblico, tras darse una vuelta por el mundo, sube al trono de Dios con el resto de los ángeles: “Un día fueron los ángeles y se presentaron al Señor; entre ellos llegó también Satán. El Señor le preguntó: – ¿De dónde vienes? El respondió: – De dar vueltas por la tierra. El Señor le dijo: ¿Te has fijado en mi siervo Job, es un hombre justo y honrado, religioso y apartado del mal. Y Satán le respondió: ¿Y crees que su religión es desinteresada? ¡Si tú mismo lo has cercado y protegido, a él, a su hogar y todo lo suyo! Has bendecido su trabajo, sus rebaños se ensanchan por el país. Pero tócalo, daña sus posesiones, y te apuesto a que te maldice en tu cara. El Señor le dijo -Haz lo que quieras con sus cosas, pero no le tocarás la vida. Y Satán se marchó” (Jb 1, 6-12). El resto de la historia es bien conocida. Job permanece fiel al Señor (“El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea Su santo nombre”). Al final Dios, tras haber permitido que Satán le quitara todo -incluidas su mujer, sus hijos, su salud-, le reestablece en todo su honor vejado por Satán y le da el ciento por uno de sus bienes, incluidas nueva mujer e hijos.

Aunque esto sea Historia Sagrada, ésta evoluciona hasta la llegada de Jesucristo, el Redentor del Hombre, para, en la culminación de los tiempos, no sólo devolver al hombre su primitiva libertad que había perdido por el pecado de Adán, sino para darle gratis algo mucho más valioso: la libertad de ser Hijo de Dios por adopción. Y Ud., querido colega, parece que se ha quedado en las valiosas, pero incompletas, enseñanzas del Libro de Job.

Como he dicho antes, Jesús no fue un asceta principalmente. Fue una Persona que llevó un mensaje de esperanza y de Amor a todos los hombres que no estuvieran cegados para aceptarlo. Y no sólo cegados por el dinero y por los bienes materiales, sino por el orgullo o la soberbia de los fariseos, que no supieron reconocer en Él al Hijo del Hombre. Un Hombre que, como todavía se recuerda en la liturgia católica del rito romano, pasó haciendo el bien, curando a los oprimidos por el mal, sanando enfermos, expulsando espíritus inmundos y anunciando la inminente llegada del reino de Dios, que Él mismo proclamó -y para ello no hace falta irse a los escritos gnósticos o a los apócrifos, pues me basta, entre otras fuentes canónicas, el Evangelio de Lucas, que dice que el reino de Dios “ya está entre vosotros” (Lc 17, 21)-.

A diferencia de Juan el Bautista, no costa que Jesús practicara intensas privaciones y autoflagelaciones para alcanzar un fin divino, hasta que llegó su hora. Los Evangelios están llenos de pasajes en los que se relata que Jesús pudo morir como consecuencia de la ira de los fariseos o de las turbas y se zafó de ellos, pues no había llegado su hora. La hora de ofrecerse a sí mismo por Amor, pues Él mismo es Amor, otorgándonos, como Él mismo había ya anunciado, ese morir a una vida estéril y un renacimiento para Dios, como diría San Pablo: la vida eterna y la Resurrección. No es el dolor el que mueve a Jesús, y como mal, no quiere que éste sea el que mueva a sus discípulos, aunque Él les prevenga que para llevar a cabo su misión habrán de soportar y padecer grandes tribulaciones, pues el mundo en el que sus discípulos se iban a mover no estaba regido precisamente por el Amor y la comprensión. Precisamente en una buena comprensión de este mensaje reside uno de los frutos más importantes y que de verdad conquista el corazón de todo el Evangelio, aunque debo de admitir mi preferencia subjetiva por este pasaje. Los caminos del Señor son infinitos, y a mí, un pobre hombre pecador, este pasaje es uno de los que más me llega y me toca el corazón. Es del Evangelio de San Juan, y son palabras de Jesús durante la Última Cena que son pronunciadas antes de la Oración Sacerdotal. Jesús, por primera vez, no habla en parábolas -expresión del mito que no puede captar el entendimiento humano, del “todo el en fragmento”-. Los discípulos se dirigen a Jesús y le dicen: “Ahora sí que hablas claro, sin usar parábolas. Ahora sabemos que lo sabes todo y que no hace falta que nadie te pregunte; por eso creemos que vienes de Dios. Jesús les contestó: -¿Ahora creéis? Mirad, llega la hora, ya ha llegado, en que os disperséis cada uno por vuestro lado y me dejéis solo. Pero yo no estoy solo porque el Padre está conmigo. Os he dicho esto para que gracias a mí tengáis paz. En el mundo pasaréis aflicción; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 29-33; la negrita es mía). En buena parte como el mundo actual. Es ése el lugar que hay que dar al sufrimiento cristiano, que cobra así su sentido. No se trata de coger cualquier cruz para darse cuenta de nuestra infelicidad, como Ud. parece sugerir, sino de estar dispuesto a coger cualquier Cruz por Jesús. Porque Dios, como Bondad infinita, no es dolor, sino Amor (1 Jn 4, 8).  Mucho me temo que, la mayoría de los hombres, ante una situación de sufrimiento extremo, optarían por algo mucho más banal, como es el refuerzo de un ateísmo práctico y a la renuncia a cualquier liberación “buena”, no digamos ya que contemplasen la opción por un renovado gnosticismo que Ud. parece ningunear. La liberación del sufrimiento por medio del ascetismo, las mortificaciones y la gnosis han sido una constante en la Historia de las ideas y de las creencias religiosas de la Humanidad, desde los vedas indoarios de los Upanishads hasta el hinduismo advaíta o Buda, o las escuelas ascéticas iniciáticas del antiguo Egipto, Sumeria o China. La ascesis, como Ud. sabe, no es prerrogativa del cristiano, pero el cristianismo se configura como una religión lo suficientemente amplia en cuanto a sus exigencias que comparte con el resto de las religiones semíticas un mínimo común denominador soteriológico capaz de “validar”, en la economía de la salvación, varios “estados” o modos de vida, todos ellos igualmente respetables unidos por la vocación universal a la santidad, como proclamó el Concilio Vaticano II. En este sentido, “la voluntad de Dios” -que Ud. parece identificar con un acrítico sufrimiento-, puede realizarse por muchos caminos, algunos de ellos compatibles con una vida como la que puede y deseo que pueda llevar Ud., Catedrático de Universidad de un país que, pese a la crisis, no es precisamente la India, por poner un ejemplo de miseria. Un país cuya religiosidad, desde los tiempos védicos, ha sido caracterizada por la dura práctica de la ascesis, la introspección y la gnosis: todos estos elementos tienen en común y parten de la aceptación del sufrimiento como primer paso hacia la liberación o “iluminación”, según las distintas escuelas de pensamiento orientales: esta idea, con sus innumerables matices, ha sido una constante en la Historia de la Humanidad, y por cierto, tanto en el pensamiento oriental como en el pensamiento religioso “occidental”, al menos en los orígenes de este último, si por Occidente incluimos al mundo helénicoi antiguo y a Oriente Medio, algo muy cuestionable. En el pensamiento judeocristiano, la importancia de la ascesis ha atravesado la religiosidad humana hasta llegar a Juan el Bautista, “el mayor de los profetas nacido de madre” según Jesucristo. Pero he aquí otro escolio fundamental que Ud. a mi juicio no aborda: el del sufrimiento, la instrumentalización y lo que Ud. llama “educación” de los niños, que a mi juicio no es otra cosa que un intento de doblegar una voluntad pura por las doctrinas exageradas y los poderes de un mundo, éste sí, deshumanizado, como bien explica su colega Fernando Savater en “El contenido de la felicidad”, cuya lectura le recomiendo encarecidamente, especialmente a todos los que, como Ud., parecen más dedicados a ponerse cilíceos que a amar al prójimo. Ud. ha sido duro en su artículo, descarnado, diría yo, y me permitirá que, desde el debate intelectual, pueda serlo yo, respetuosamente, con las ideas expresadas por Ud. Permítame recordarle la delgada línea que separa el noble objetivo de “doblegar la voluntad y las pasiones” propio de los ascetas del idéntico objetivo -si bien intermedio- perseguido por la magia y las ciencias ocultas, por cierto condenadas por la mayoría de las religiones “oficiales”, como bien explica el gran mago francés del siglo XIX Eliphas Elí. Desde luego, no le vendría mal leer a Savater, ya que Ud. lee a Nietszche,  pensador mucho más polémico y extremista, cuya lectura le recuerdo que estuvo prohibida en nuestro país en una época que, de sus escritos, debo colegir que Ud. prefiere a la actual: la DICTADURA de Franco, autoproclamado Caudillo de España por la Gracia de Dios (¡!) y que cometíó, además de varios crímenes penales según la ley natural y civil, al menos el acto externo del pecado de idolatría, al reclamar para sí el privilegio de ir bajo palio: ¡Ud., como es un hombre de honor y piedad, deberá saber que bajo palio sólo va el Cuerpo de Cristo!

. Ah, pero se me olvidaba que Savater es ateo: seguramente no habrá experimentado nunca el sufrimiento, como Ud. parece colegir de su visión del “valle de lágrimas” elevado a la enésima potencia.

Así las cosas, escuchemos al propio Jesús hablar de Juan el Bautista en Mt 11, 11: “Os aseguro: de los nacidos de mujer no ha surgido aún alguien mayor que Juan el Bautista. Y sin embargo, el último en el reino de Dios es mayor que él”. Y ¿qué dice Jesús de los niños? Habla de “quebrar su voluntad”? ¡No! Porque el niño es inocente. Ud. quiere cargar al niño con la misma cultura farisaica que Él mismo denunciara veinte siglos atrás, y lamentablemente ha sido reproducida, seguramente sin malicia, por varias instituciones educativas, religiosas o laicas, representantes de una cultura del mundo castradora, como acertadamente denunciaran en el siglo pasado Bertrand Russell y, en nuestro país, Fernando Savater. Y si no está de acuerdo con el núcleo de esta afirmación, lea el siguiente pasaje: de Mc 10, 13-16: “Le traían niños para que los tocara, Y LOS DISCÍPULOS LE REPRENDÍAN. JESÚS, AL VERLO, SE ENFADÓ Y DIJO: -Dejad que los niños se acerquen a mí; no se lo impidáis, porque el reino de los cielos pertenece a los que son como ellos. Os aseguro. El que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (la mayúscula es mía).

La voluntad del niño, conforme se hace mayor, deberá confrontarse con el problema del mal y dar su propia respuesta, nunca ser anestesiada con una “dosis de dolor, “ya sea con suave firmeza o con sórdida crueldad”, por utilizar su propia expresión. Y nunca deberá infligirse dolor al niño en crecimiento si no es como consecuencia no querida de un proceso de aprendizaje en el que deberá aprender lo que agrada y lo que no agrada a Dios. Por lo tanto, no es dolor el que nos salva, sino la redención operada por Jesucristo con su Pasión, Muerte y Resurrección después de nuestra caída tras el pecado. No lo olvidemos. Y no caigamos en la soberbia de querer clavarnos los mismos clavos de Cristo para ser mejores, pues nuestra “mejoría” Él ya la mereció por nosotros. Como mucho podemos colaborar con su gracia, que es gratuita -mal que le pese a alguien como Ud., que es también Doctor en Ciencias Económicas-, aceptando nuestro sufrimiento, pero ofreciendo también nuestras alegrías al Dios que ha hecho posible, por su Amor, que nosotros hayamos recuperado Su amistad. El sufrimiento puede hacernos conscientes, incluso más que otros sentimientos, de nuestra realidad caída y de nuestra banalidad -o maldad-, pero está al servicio de esa verdad teológica. Lo cierto es el Catecismo de la Iglesia Católica, de acuerdo con el Evangelio, los Padres de la Iglesia, los teólogos y el Magisterio eclesiástico, resumiendo, no pone el dolor en el centro del mensaje cristiano, sino el AMOR. Un AMOR que, como he querido expresar antes con la cita de la Primera Carta de San Juan, constituye la esencia misma de Dios, que en el Misterio de la Santísima Trinidad se revela como Comunidad de entrega y de Amor. Y la Cruz no es otra cosa que una prueba de Amor. Una prueba de Amor de Dios Padre, que nos amó cuando todavía éramos pecadores, enviando a Su Hijo para rescatarnos precisamente del poder del pecado, de la muerte y del dolor, que vinieron al mundo con el pecado de nuestros primeros padres. Una prueba de Amor de Dios Hijo que por amor somete su voluntad humana al plan divino, para salvar al género humano; y si la salvación implica la aceptación del terrible sufrimiento de la Pasión y la Cruz, Jesús la acepta porque confía en su Padre, por Amor a Él y a los Hombres, Amor manifestado en la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo. Jesús confía en el que el Amor triunfa sobre el sufrimiento, sobre el pecado y sobre la misma muerte. El plan originario de Dios, frente a lo que se dice en la última parte del artículo de mi colega, no contemplaba el dolor, ni la muerte. Es interesante la observación que Ud. realiza al respecto sobre la posible ausencia del mérito moral en un mundo sin dolor. Dando por bueno que el heroísmo, que Ud. cita como ejemplo de mérito humano -dejando al margen sus verdaderas causas psicológicas-, es fruto del dolor, no debemos olvidar que el dolor a estos efectos es neutro. Del dolor -y de su experiencia generalizada, como en una situación de guerra-, han nacido quizá las mayores hazañas humanas, pero también las actitudes más miserables, pues el dolor, al igual que puede llevar compasión y solidaridad, también puede engendrar odio y rencor. En las guerras precisamente se ha observado lo más sublime y lo más atroz del comportamiento humano.  Pero volvamos a la Historia de la salvación. Partiendo que el dolor no fue querido por Dios, no puede ser bueno, “aunque de él salgan muchas cosas buenas”, como Ud. explica en el artículo.  Si bien la teología moral católica -y casi todos los sistemas morales del mundo- reconocen que no es lícito inligir un mal para conseguir un bien, cabría preguntarse, dado el status privilegiado que Ud. otorga al dolor, si éste para Ud. -por supuesto, in abstracto– es realmente un mal. Porque una cosa es que Dios permita el dolor para sacar un bien mayor, como explicaron los teólogos clásicos, y otra muy distinta que el dolor tenga una virtualidad tan clara para producir por sí mismo tantos efectos buenos. En buena lógica de un mal no pueden seguirse consecuencias buenas, y si éstas se producen será más bien con ocasión de éste. Luego su causa debe buscarse fuera del mal; éste, en su caso, sólo puede servir como acicate, y nunca como un acicate generalizado, a modo de prototipo de comunicación divina, que es lo que Ud. sugiere en su artículo. Ud. parece generalizar los efectos “benéficos” del dolor a todo el plan soteriológico de Dios, lo que contradice la doctrina judeocristiana. Volvamos pues, a ella, al plan originario de Dios. Como dije, ni el dolor ni la muerte fueron queridos por Dios. Pero una vez que el hombre desobedeció el mandato divino, la solución de Dios al extravío de los hombres fue la compasión y la misericordia. Todavía hoy se reza en la liturgia canónica la frase “Dios, compadecido del extravío de los hombres”. Así que, como dice San Pablo, “donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Y, como reza la liturgia pascual, “Feliz culpa, que mereció tan grande redentor”.

Ante su afirmación de que en los dolores colectivos extremos se dan las mayores heroicidades, oculta Ud. el hecho de que, en las guerras, por ejemplo, aquéllas se dan junto con las mayores atrocidades. El dolor extremo puede poner al hombre tanto en disposición de convertirse en un héroe como en un criminal; o simplemente de resignarse o desesperarse, ante su percepción de la imposibilidad de hacer nada y combatiendo el dolor no externamente, eliminando sus causas por cobardía o por conciencia de impotencia, sino internamente, “hacia adentro” muchas veces llegando hacia el suicidio. Además, en consonancia con este hecho, la psicología moderna ha estudiado que la mayor parte de los comportamientos llamados heroicos son más bien instintivos, y no obedecen a un cálculo frío de la moral racional del individuo; de hecho, cuando muchos héroes de guerra son preguntados por las razones de su acción, la gran mayoría simplemente comentan: lo hice así porque “me salió”, “algo me empujó” a hacerlo. Es muy raro a encontrar a un héroe que, tras haber realizado una hazaña humanitaria, comentara: “Actué de ese modo porque, sopesando racionalmente las circunstancias, la filosofía moral tomista, única verdadera, me llevó a la conclusión de que debía procurar la salvación de un bien temporal mayor, aun exponiendo mis propios bienes temporales menores, para alcanzar así un mayor aumento de gracia, bien espiritual e incremento del Bien Común de la sociedad según la recta ordenación de la Ley de Dios ordenada por mi razón”. Quizá la explicación más racional que podríamos aspirar a escuchar fuera alguna como la siguiente: “actué así porque era mi deber”. Y muchas veces esta frase no pasaría de ser un simple coletilla de las verdaderas razones de la actuación moral. Dicho esto, ¿negaríamos por ello valor moral a los actos heroicos realizados por estas personas? Indudablemente no.

Por otra parte, como ya he tratado de argumentar, en los desastres colectivos, o en las experiencias colectivas de dolor, como guerras, situaciones de emergencia, calamidades o accidentes naturales, lo normal que es que se mezclen tanto comportamientos heroicos como comportamientos incorrectos, a veces procedentes de la misma persona, explicables por la banalidad del mal o por la debilidad de la naturaleza humana, explicación que dejo a elección del lector. Un gran ejemplo de estos “grises” del comportamiento humano en la cinematografía moderna es la película “Crash”, (guión de Paul Hagis, 2005).

Como Ud. advierte en su entusiasta glosa al libro de C. Lewis, “el dolor como megáfono de Dios puede ser algo terrible y conducir a la rebelión definitiva”. Aquí debo leer impenitencia final; pregunta: ¿se jugaría Dios nuestra salvación eterna al contemplar la posibilidad de que cometiésemos el clásico pecado imperdonable contra el Espíritu Santo, con su acción directa, de ponernos ante una encrucijada que más bien parece más próxima al capricho de los dioses de la mitología griega,  o por el contrario Él, en el uso de su “ciencia media” desarrollada por el molinismo jesuita del siglo XVII con su polémica “De auxiliis”, sabiendo que el hombre escogería la mejor opción, forzaría así la salvación de todos los hombres, los cuales serían además, tal y como parece deducirse de su afirmación, impenitentes por naturaleza? ¿Comprende Ud., como jurista, las implicaciones teológicas de lo que escribió? Imagino que sí. Sigo comentado su cita… “pero también puede ser la única oportunidad del “malvado” (escolio: ¿somos todos malvados, como en el AT en que se distinguía muy bien entre píos e impíos o estamos todos rescatados por la Sangre de Cristo, que nos hace pecadores redimidos, hijos de un Padre que hace salir el sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justos e injustos, algo muy distinto?). Además, ante su épica y trágica visión de la existencia cristiana más próxima al protestantismo que al cristianismo originario al que Ud. dedica una lacónica cita, ¿de verdad considera que la opción ante la cual pondría al hombre la prueba del dolor por la Cruz o por la rebeldía constituyen un aut-aut kierkegaardiano del hombre de nuestro tiempo, de tal manera que “tertium non datur”? No es el dolor el que hace más grande al hombre, como cita Ud. en una frase de Nietszche -me sorprende queUd. lo cite, la verdad-, al mismo autor del “Anticristo” y opuesto a los valores de la compasión y de la misericordia que tímidamente Ud. valora como positivos, sino su capacidad para humillarse ante una Voluntad que, por las causas que sean -incluida la experiencia del dolor, pero no exclusivamente-, la reconoce como perteneciente a su su Padre Creador, infinitamente bueno y misericordioso, y se fía de Él. En esto consiste tener fe.  Por tres veces le pide Jesús a su Padre en Getsemaní que aparte de Él ese cáliz. Y el Padre no lo aparta, pero le ofrece ayuda y consuelo en la terrible prueba a la que su Hijo tendrá que enfrentarse: cargar con los pecados de la Humanidad a través de la entrega total de Su Cuerpo y de Su Sangre en la Cruz. Como dijera antes Jesús, “quien se enaltece a sí mismo será humillado, y quien se humilla será enaltecido” (Lc 14, 11). Es lo que hizo el propio Jesús aceptando la misión salvífica que le había encomendado Su Padre, obedeciendo Su plan hasta el final. Pero por Amor. La obediencia obligada de la criatura para que se convierta so pena de sufrir en ésta o en la otra vida los peores dolores puede vencer, puede bastar para la salvación como ya defendieran los “atricionistas” de la Segunda Escolástica; pero ellos mismos reconocieron que la contrición derivada del miedo era una contrición imperfecta, ya que no se fundaba en el Amor a Dios, sino en el temor. Y es que la conminación a la obediencia puede que venza, pero no convence. Por ello la experiencia de verse privado de todo puede conducirnos a algunos -y a mí me han sucedido experiencialmente las tres cosas- tanto a la indiferencia práctica, a la rebelión o a la aceptación de la Cruz-. Pero no es suficiente. El hombre dejará de ser “siervo” de Dios para convertirse en “hijo” al contemplar al Enmanuel, al Dios-con nosotros crucificado, como decían los Madrigales, “por amor herido”. Porque es el Amor, y no el dolor, el que convence. El que mueve los corazones y el que lleva a la conversión verdadera, de tal suerte que cualquier dolor o privación aceptados, no buscados, para unirse con el Amado, como siempre han expresado los grandes místicos, nos parecerán livianos.

El Señor no quiere nuestro sufrimiento. Bastante sufrió Él en la Cruz por Amor, bastante le hemos costado, y ya he intentado decir algo sobre el sentido de aquel sufrimiento. El gran teólogo Urs von Balthasar dijo en alguna ocasión que no habíamos comprendido del todo el gran sacrificio de amor realizado por Jesucristo en la Cruz, que nos había liberado de todas las cadenas, de todas las ataduras. Así que satis. Suficiente. La vida del cristiano no puede ni debe convertirse en una tortura, sino en una alegría, aun en medio del sufrimiento, en el cumplimiento de la Voluntad de Dios que es expresada tan gráficamenete por Jesús cuando le preguntaron por la Ley y los profetas. La respuesta de Jesús es conocida: “Tratad a los demás como queráis que os traten a vosotros. En esto consiste la Ley y los profetas” (Mt 7, 12; la negrita es mía). Y en Juan encontramos unas de las palabras más preciosas y verdaderas que jamás hayan sido escritas, pronunciadas por Jesús durante la Última Cena: “Os doy un mandamiento nuevo, que os améis unos a otros como yo os he amado: amaos así unos a otros. En eso conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis unos a otros” (Jn 13, 34; la negrita es mía).

Resumiendo, el Señor quiere nuestro desapego de las cosas mundanas y que le busquemos y amemos a Él por encima de todas las cosas, valorando cada una de ellas como un regalo, y según su justa medida. Mensaje que, en lo más profundo, estaba y está presente en todas las religiones de la Tierra, las cuales, según el propio Concilio Vaticano II, son como un puzzle de preparación cristocéntrica que contienen todas ellas “destellos de verdad”, aun las que no reconocen un Dios personal; como atestiguan los grandes antropólogos e historiadores de las religiones como, entre otros, Mircea Eliade y Franz König, autor cristiano de la gran obra enciclopédica Cristo y las religiones de la Tierra, cuya edición en lengua española fue publicada por la Biblioteca de Autores Cristianos en 1968. Dios quiere que amemos a nuestros hermanos, tal y como Él nos mandó hacer en la noche de Su Pasión. Y que encontremos en Él nuestro descanso. Que vayamos a Él los que estamos cansados y agobiados -doloridos-, y que le sigamos; porque su yugo es llevadero y su carga ligera.

 

A. M. D. G. 

 

Dr. Pablo Guérez Tricarico, Profesor de Derecho Penal de la Universidad Autónoma de Madrid.

@pabloguerez

pabloguerez.com

 

Licencia de Creative CommonsComentario al artículo “El grito de Dios”, del Dr. Ignacio Sánchez Cámara by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License. Puede hallar permisos más allá de los concedidos con esta licencia en preguntar al autor en pablo.guerez@uam.es, pablo.guerez@gmail.com, @pabloguerez

 

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Sobre la petición de perdón del papa Francisco por los abusos sexuales cometidos contra niños

julio 9, 2014 § Deja un comentario


En un blog de orientación de humanismo cristiano sobre victimizaciones no podía faltar una referencia autónoma al problema de la, a veces tibia, posición de la jerarquía eclesiástica con respecto a los abusos cometidos sobre menores y sobre cualesquiera personas vulnerables, o simplemente la situación de denuncia de mujeres maltratadas o agredidas sexualmente sin su consentimiento. La doble moral franquista en este asunto parece ya incompatible con las señales del Papa Francisco, siguiendo la línea de su predecesor Benedicto XVI. Como curiosidad en materia de evolución de la teología moral sexual, quiero pensar que quedan atrás los tiempos, en el seno de la Iglesia Católica, no muy lejanos, en los que para algunos “moralistas” católicos el pecado de “simple fornicación” era teológicamente más grave que el de abusos contra personas que no pueden prestar su consentimiento, puesto que el primero entrañaba también un pecado contra la caridad, al comprometer la salvación eterna de la persona que prestaba su consentimiento al acto impuro. En buena teología “razonable”, esta posición ya no puede sostenerse. El propio Catecismo vigente de la Iglesia Católica señala que, en cualquier falta grave, el juicio sobre la pérdida o no de la gracia santificante como principal efecto del llamado “pecado mortal” corresponde sólo a Dios, lo que resulta conciliable con la nueva jerarquía axiológica que parece haber adoptado la Iglesia -aun sin haberla explicitado- en materia de moral sexual -al menos, en lo que se refiere a la importancia de la indemnidad sexual de los menores y de los incapaces, y al respeto al consentimiento de los participantes en el acto sexual-, y sobre todo, con el mensaje evangélico, que es el primer tesoro que tiene salvaguardar la Iglesia Católica. El papa Francisco ha declarado el 8 de julio de 2014 que los actos de abuso perpetrados contra menores son algo más que actos reprobables. Utilizando sus propias palabras, el papa ha comparado los actos de abuso contra niños con un culto sacrílego, realizado por ministros que habían recibido de Dios el carisma de conducir esos niños a Dios, y aquéllos los sacrificaron al ídolo de su concupiscencia. También ha criticado la omisiones culpables de encubrimiento de estas acciones por parte de los superiores jerárquicos de los religiosos. Ha pedido perdón por los crímenes de abusos vergonzantes realizados contra menores y se ha comprometido a que tales crímenes, por la parte que le toca, no vuelvan a consentirse nunca más o, al menos, que reciban su castigo. Recordemos aquellas palabras de Jesús, unas de las más duras del Evangelio: “Ay de quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar” (Mt 18, 6; cfr. también 1 Co 8, 10-13).

 

Para los que quieran saber más sobre las palabras del Papa, pueden leer la siguiente información contrastada: http://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-celebra-misa-con-victimas-de-abusos-sexuales-y-pide-perdon-por-sacerdotes-que-traicionaron-su-mision-96562/#.U71sD_XlodV

 

 

 

 

 

http://www.nadiesinfuturo.org/spip.php?page=info

junio 27, 2014 § Deja un comentario


http://www.nadiesinfuturo.org/spip.php?page=info

Os dejo un enlance de Cáritas sobre el drama que representa en nuestro mundo el fenómeno migratorio. Mis reflexiones al respecto irán aparecieno posteriormente al hilo de un comentario sobre la “Gaudium et spes” -ya veré si limitado a este tema o más general-, y basado en una intepretación que puedo denominar -a falta de una denominación mejor- “progresista” del texto conciliar, así como de otros importantes textos de la Sagrada Escritura y de la Patrística.

Por el momento, os dejo que disfrutéis de la lectura de los contenidos de la página de Cáritas.

Un saludo,

Pablo

El papa Francisco habla en su primera entrevista concedida a los medios (concretamente a la cadena española cuatro) sobre varios aspectos de su pontificado.

junio 16, 2014 § Deja un comentario


 

Como muchos ya sabréis, el papa Francisco concedió ayer, en algo que constituye un acto inusual por parte de un pontífice, su primera entrevista a un medio de comunicación: la cadena española cuatro. Como siempre, no deja de sorprendernos positivamente con su vuelta a lo que él mismo denominó como “las raíces del mensaje evangélico”. Por mi parte, habría bastado con enviaros el enlace adjunto sin realizar ningún comentario adicional, si no fuera porque, a mi juicio -y no pretendo especular sobre la causa de posibles omisiones informativas-, en el artículo digital de cuatro no se dice todo lo que se emitió en la entrevista. Inexplicablemente, se omite un aspecto fundamental sobre el que el Papa fue preguntado, cual es su opinión sobre el sistema económico mundial y la globalización. Y digo inexplicablemente porque, a estas alturas, todos conocemos la opinión del Pontífice al respecto, que ha sido publicitada por multitud de medios internacionales. Quizá ayer se dijo algo más, o se dijo con una precisión didáctica que los propios entrevistadores no se esperaran. Pero a los que escuchamos la entrevista, y tenemos buena memoria, se nos quedó grabado casi como si se tratase de una teofanía (y perdón por la licencia hiperbólica). En cualquier caso, para un católico, esté de acuerdo o no con las declaraciones del Pontífice, éste no deja de ser la autoridad suprema de su Iglesia. Y se trata de una autoridad marcada por unas formas y unos estilos muy diferentes a las de la mayoría de sus predecesores del siglo XX, una autoridad no entendida como “imperium” y ejercicio dogmático de la potestad de las llaves, sino como “auctoritas” en el sentido latino del término, es decir, como una autoridad moral que se sugiere, se propone y no se impone. Como, por otra parte, sucede o debería suceder con la fe cristiana, y con cualquier fe, pues sólo desde la libertad puede abrazarse no sólo un credo, sino sobre todo la opción de seguimiento personal propuesta por cualquier religión y que constituye la base del acto de fe: en el caso del Cristianismo, la opción de vida propuesta por Cristo Jesús.

Volviendo a la entrevista papal, por lo dicho anteriormente me interesa destacar dos puntos, que guardan relación entre sí. Un primer punto, fundamental, sobre la opinión del Papa en torno al sistema económico mundial o a las economías que rigen el mundo y su concepción de la globalización; y un segundo aspecto menor, pero que no deja de ser significativo y reconciliador -al menos, a mí me sorprendió muy positivamente-, que tiene que ver con la recuperación de la política como arte del buen gobierno, aspecto muy descuidado por los mensajes y las encíclicas pontificias, y tan necesitado de una reflexión por el pensamiento cristiano, frente a la hegemonía cultural de la economía, especialmente si se trata de una economía: la economía del pensamiento único. Comenzando por este último punto, el papa citó expresamente un escrito de un religioso cuyo nombre ahora no alcanzo a recordar, sobre la necesidad de recuperar la política. Me interesa traer a colación esta cuestión porque, lejos de ser completamente menor, se trata de una de las reinvindiaciones de la izquierda sociológica tan castigada por un pensamiento único -y todos interpretamos que se trata del pensamiento único ultraliberal con sus varias corrientes “ideológicas”, como por ejemplo, la Escuela de Chicago, y el que presentaron periodistas y pseudoeconomistas como Francis Fukuyama tras la caída del Muro, vendiendo un discurso a muchos partidos “de derechas” europeos, y, con él, una doctrina económica que constituye la base de las políticas procíclicas y de austericidio que muchos padecemos en la actualidad-. Más aún, por si quedara alguna duda sobre la condena del Papa -que fue explícita- del pensamiento único, realizada al hilo de la cuestión mayor que trataré enseguida, en la entrevista puede contemplar con satisfacción que se hablaba con una contingencia inusitada de la licitud de varias opciones políticas -siempre y cuando respetaran a la persona- con total naturalidad y sin alineamientos con determinados lados del espectro político sociológico con los que, velada o expresamente, ha prestado su colaboración la doctina social de la Iglesia Católica, cuando no su praxis, incluso con regímenes no democráticos. Y es que, al hablar de antisemitismo, el Papa declaró que se trata de un fenómeno condenable que ha tenido su principal caldo de cultivo sobre todo en los partidos de “la Derecha”. Ahí queda eso. Y, mal que le pese a algunos -o a muchos-, durante la entrevista el Pontífice habló con toda naturalidad de los partidos de centro derecha y de centro-izquierda. Se trata con mucho de una apertura hacia el pluralismo ideológico y político hasta el momento sin precedentes, que va mucho más allá del análisis hermético que realizara su predecesor Pablo VI en la encíclica “Populorum Progressio” de 1967, en la que alertaba a sus fieles incluso de interpretaciones prácticamente inocentes del marxismo como método de análisis histórico y metodológico; alertas innecesarias cuando determinado sector del marxismo occidental quiso corvenger con compromisos históricos con la democracia cristiana, renunciado a una buena parte de su bagaje dogmático hasta el punto de que, como ocurrió con la mayor parte de los autores de la llamada Escuela de Frankurt -en teoría marxista-, el marxismo ortodoxo perdió buena parte de su contenido “ideológico” para convertirse en un método de explicación de la realidad que, aun utilizando viejas categorías heredadas, constituyó un valioso aporte sociológico para comprender mejor las sociedades modernas o posmodernas.

Pero vayamos a la cuestión principal que quería referir a mis lectores, y que como verán, enlaza perfectamente con la que se acaba de comentar: el papa Francisco fue preguntado sobre la licitud del sistema económico actual y sobre la globalización. Su respuesta no pudo ser más didáctica y certera, tanto desde el punto de vista evangélico como desde un punto de vista estrictamente humanista: el Papa sostuvo que los sistemas económicos actuales no son buenos y que hemos incurrido en el grave pecado de idolatría: de idolatría del dios Dinero. Comenzando por la premisa valorativa de que todo sistema económico debe tener en su centro al hombre -al hombre y la mujer, precisó-, el papa constató el apartamiento radical de los sistemas económicos actuales de esta premisa. Más aún, habló de economías idolátricas, en el sentido antedicho, cuyo funcionamiento operaba por descarte. Por descarte de las personas -de los seres humanos- que el sistema había decidido de antemano que ya no serían productivos. Y puso como ejemplos paradigmáticos -si bien no únicos-, el descarte, por abajo, de los jóvenes, a quienes se les negaba cualquier posibilidad de acceder a un empleo. Y, por arriba, a los mayores, considerados como improductivos, como clases pasivas, que debían ser desechados. Con ello, los sistemas idolátricos estaban condenándose a no tener futuro, pues el futuro de un sistema económico-social, explicó el Papa, se basa en la pujanza de los jóvenes, que pueden y quieren contribuir al desarrollo de sus sociedades, inspirados por la sabiduría de los mayores. Con ello -y esto ya es añadido mío, en el que tomo prestada una frase del magnate George Soros-, el sistema está en manos de treintañeros -hoy quizá más cuarentañeros- aprendices de economistas y especuladores que sólo piensan en ganar dinero. El Papa mostró una gran preocupación por el desempleo juvenil y, como siempre, muy lejos de cargar las tintas contra “jóvenes vagos e improductivos” -como acostumbran muchas veces a denominarlos las generaciones de sus padres, cuando no ciertos sectores de la Iglesia española, hoy minoritarios, al menos en su expresión-, tuvo la valentía de denunciar directamente al sistema económico en su propia estructura, del cual dijo que “no es bueno”. Y con respecto al fenómeno de la globalización, el Papa explicó magistralmente que existen dos tipos de globalización; una mala, a la que tendemos, que trata de igualar a todo el mundo según un canon economicista que no es otro que el del pensamiento único. El Pontífice quiso expresar gráficamente esta idea con la idea de una esfera, en la que todos los puntos de su superficie son equidistantes respecto de su centro. En este tipo de globalización, dijo el Papa, no hay lugar para la diversidad ni para las diferencias individuales, y se acaba anulando a la persona; es propia de los gobiernos totalitarios, pero no sólo, sino también de estas nuevas formas economías idolátricas que, realizando una verdadera adoración del dios Dinero, consideran a las personas como números, o como elementos fungibles carentes de valor. Frente a este modelo de globalización, el Papa considera que es posible una globalización positiva; repitiendo el paralelismo con la imagen, ésta se asemejaría más bien a un poliedro, donde todas las piezas están interconectadas, pero cada una conserva su singularidad y su particularidad individual en la comunidad. Precisamente como ocurre con el Misterio de la Santísima Trinidad a cuya imagen, como nos recordó el Pontífice en sus catequesis más recientes, fue hecho el hombre, donde las Tres Personas no anulan la común naturaleza divina, sino que la enriquecen a través de una comunicación constante basada en el Amor.

En cuanto a la actitud personal que el papa Francisco mostró en la entrevista, estuvo humilde, didáctico, parco, sencillo, comunicador y lleno de Dios. Como los primeros discípulos de Jesús.

Hasta aquí la información que he tratado de comunicar, como complemento, a mis lectores. Abajo, os incluyo un link con otros puntos de la entrevista:

 

http://www.cuatro.com/practica-cuatro/entrevista-papa-francisco_0_1812300167.html

 

Fdo. Pablo Guérez, PhD

 

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