Breve nuevo perfil público. Mi compromiso, con la Universidad Autónoma de Madrid y con la Academia Universal

mayo 19, 2016 § 2 comentarios


 

Gaudeamus igitur,
iuvenes dum sumus. (bis)
Post iucundam iuventutem,
post molestam senectutem,
nos habebit humus.
Ubi sunt qui ante nos
in mundo fuere?
Vadite ad superos,
Transite ad inferos,
ubi iam fuere.
Vita nostra brevis est,
breve finietur.
Venit mors velociter,
rapit nos atrociter,
nemini parcetur.
Vivat Academia,
vivant professores.
Vivat membrum quodlibet,
vivant membra quaelibet,
semper sint in flore.
Vivant omnes virgines,
faciles, formosae
vivant et mulieres
tenerae, amabiles
bonae, laboriosae.
Vivat nostra societas!
Vivant studiosi!
Crescat una veritas,
floreat fraternitas,
patriae prosperitas.
Vivat et res publica,
et qui illam regit.
Vivat nostra civitas,
Maecenatum charitas,
quae nos hic protegit.
Pereat tristitia,
pereant osores.
Pereat diabolus,
quivis antiburschius,
atque irrisores.
Quis confluxus hodie
Academicorum?
E longinquo convenerunt,
Protinusque successerunt
In commune forum.
Alma Mater floreat
quae nos educavit,
caros et conmilitones
dissitas in regiones
sparsos congregavit.
Alegrémonos pues,
mientras seamos jóvenes.
Tras la divertida juventud,
tras la incómoda vejez,
nos recibirá la tierra.
¿Dónde están los que antes que nosotros
pasaron por el mundo?
Subid al mundo de los cielos,
descended a los infiernos,
donde ahora se encuentran.
Nuestra vida es corta,
en breve se acaba.
Viene la muerte velozmente,
nos arrastra cruelmente,
no respeta a nadie.
Viva la Universidad,
vivan los profesores.
Vivan todos y cada uno
de sus miembros,
resplandezcan siempre.
Vivan todas las vírgenes,
fáciles, hermosas!
vivan también las mujeres
tiernas, amables,
buenas y trabajadoras.
¡Viva nuestra sociedad!
¡Vivan los que estudian!
Que crezca la única verdad,
que florezca la fraternidad
y la prosperidad de la patria.
Viva también el Estado,
y quien lo dirige.
Viva nuestra ciudad,
y la generosidad de los mecenas
que aquí nos acoge.
Muera la tristeza,
mueran los que odian.
Muera el diablo,
Cualquier persona en contra de los estudiantes,
y quienes se burlan.
¿Por qué hoy tal multitud
de académicos?
A pesar de la distancia están de acuerdo,
Superando el pronóstico del tiempo
En un foro común.
Florezca la Universidad
que nos ha educado,
y ha reunido a los queridos compañeros
que por regiones alejadas
estaban dispersos.

 

A mis padres

A mis compañeros de camino pasados, presentes y futuros

A mis amigos de ahora y de siempre

A mis enemigos

A la Universidad Autónoma de Madrid, a los responsables de su gobierno y gestión y a todos aquellos que han compuesto, componen o compondrán su comunidad universitaria

A la Academia

Y A.M.D.G.

 

Hola a todos. Llevo mucho tiempo sin escribir en este blog, y es porque ahora, gracias a Dios, tengo mucha carga de trabajo.

Para los que no me conozcan, sobre todo, vengo con esta entrada a actualizar mi principal perfil público en la red.

Soy Pablo Luis Guérez Tricarico, investigador y profesor universitario por vocación, en el ámbito de las Ciencias jurídicas y, más especialmente, en el ámbito de la llamada Ciencia del Derecho penal y disciplinas auxiliares. Me doctoré en 2011 con una tesis sobre la relevancia jurídico-penal del consentimiento del paciente en el tratamiento médico curativo, en la que abordé, desde diversas perspectivas jurídicas y no jurídicas, los problemas relativos a la autonomía del paciente en las modernas sociedades democráticas y plurales, la configuración de las dimensiones de la salud como bien jurídico protegido y como valor de configuración social compleja, más allá de su identificación con las definiciones salud en el ámbito de la Fisiología, la Medicina, la Psicología y, en general, las Ciencias de la Salud, y los complejos problemas de regulación en nuestro país, y por medio de un análisis de Derecho histórico y comparado, de los distintos casos en los que el consentimiento del paciente a un tratamiento médico puede ser privado legítimamente de validez en un Estado democrático de base liberal y no paternalista, incluido el análisis de la problemática del llamado consentimiento presunto y la regulación de los detalles de prestación del consentimiento en las distintas regulaciones sobre la materia, tanto a nivel europeo, como nacional y autonómico.

Durante más de dieciséis años he venido prestando mis servicios, con carácter de exclusividad de 1997 a 2011, a la Universidad Autónoma de Madrid. Primero, como estudiante de la Licenciatura en Derecho y miembro del Claustro Universitario, para la defensa de los intereses de los estudiantes en la comunidad universitaria, Licenciatura que finalmente obtuve con una media de Sobresaliente y varias Matrículas de Honor que me pagaron casi la mitad de la carrera; media que, unida a los méritos de mi primer Director de Tesis y Maestro Ilmo. Sr. Dr. D. Agustín Jorge Barreiro, discípulo del Excmo. Sr. Dr. D. Gonzalo Rodríguez Mourullo, Maestro de la Escuela de penalistas de la Autónoma, me permitieron optar a una beca FPU del entonces Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, y que me fue concedida el 28 de diciembre de 2001. A partir de entonces, comenzaba un camino incierto, ya entonces plagado de insondables misterios y de grandes dificultades, que sin embargo, me permitió el mayor espacio de libertad investigadora y general que haya tenido nunca en ningún puesto laboral, además de haberme brindado la oportunidad de conocer a personas excelentes en lo académico y en lo humano. Solamente por eso estoy agradecido a la Universidad Autónoma de Madrid y, en particular, al Área de Derecho Penal de la Universidad Autónoma de Madrid.

Durante mi carrera universitaria tuve oportunidad de conocer el mundo de la Universidad germánica, gracias a dos estancias de investigación, en los años 2003 y 2004, concedidas por la entonces Secretaría de Estado de Universidades, y de participar en debates de la primera fila internacional de la dogmática y de la política criminal. En particular, guardo un recuerdo imborrable de mis estancias en la Albert Ludwigs-Universität de Freiburg, al amparo de mi Profesor y Maestro en el Derecho y en la vida el Prof. Dr. Dr. H.c. múlt. Wolfgang Frisch, experto tanto en las cuestiones más complejas e intricadas de la dogmática jurídico-penal como sensible a las necesidades político-criminales de protección penal a nivel internacional y transnacional.

Aquellos felices días de mi juventud académica me dieron fuerzas para el arduo trabajo que me esperaba a la vuelta, la elaboración de una tesis doctoral “a la antigua”, donde los atributos de la calidad y la cantidad eran igualmente exigidos, junto al rigor, para autorizar su defensa.

En los años de la crisis económica internacional y española, la asistencia moral en sus largos y fatigosos procesos de habilitaciones a Cátedras, felizmente resueltas a favor de casi todos mis Maestros, las necesidades docentes derivadas de mi contrato como Profesor Ayudante, unidas a las derivadas de la incesante burocratización de la Universidad y de las exigencias de gestión, las propias necesidades de la investigación, que precisaba, a mi juicio, un conocimiento de lo que en la Ciencia del Derecho Penal suele llamarse “ciencias auxiliares”, pero que en realidad se trata de las nobles disciplinas científicas de la Psicología, la Filosofía y la Bioética, entre otras, así como otros factores objetivos y subjetivos contribuyeron a retrasar la finalización de mi tesis doctoral, cuya codirección asumió el entonces Decano de la Facultad de Derecho, ahora Maestro y amigo personal, Ilmo. Sr. Dr. D. Fernando Molina Fernández, también discípulo del Excmo. Sr. D. Gonzalo Rodríguez Mourullo. El resultado final fue una tesis que recibió el premio extraordinario de Doctorado y que me permitió, junto a otros méritos, conseguir la acreditación a Profesor Contratado Doctor por la Agencia de Acreditación, Calidad y Prospectiva (ACAP) de la Comunidad de Madrid al año de su lectura, y estando el libro resultante de la tesis todavía en prensa para Thomson Reuters Civitas Aranzadi, grupo editorial al que agradezco enormemente la deferencia en orden a la publicación de los principales resultados de mis investigaciones.

Pocos días después de haber leído la tesis, que obtuvo en el acto de lectura la calificación máxima de Sobresaliente “cum laude” por unanimidad del Tribunal, me venció la prórroga de mi contrato como Profesor Ayudante de la Universidad Autónoma de Madrid.

Ante una política de promoción del profesorado incierta por parte del Rectorado y unas directrices en todas las Administraciones Públicas de crecimiento cero –lo que se tradujo en la ausencia de tasas de reposición del profesorado, especialmente en los niveles de ingreso en las categorías, laborales o funcionariales, de profesorado permanente-, en la línea de la ortodoxia económica impuesta por Bruselas y por los Gobiernos de los principales países de la Eurozona, incluidos los Gobiernos de España, como principal estrategia para luchar contra la crisis, el Área de Derecho Penal de la Universidad Autónoma de Madrid tuvo la gentileza de proponer mi nombramiento como Profesor Honorario de dicha Universidad, cargo que me permitió seguir dando docencia limitada, fundamentalmente en Seminarios sobre delitos contra la vida junto a mi compañero y amigo Fernando Molina, tarea que compaginé con contribuciones profesionales y editoriales puntuales mientras estuve apuntado al Servicio Estatal de Empleo, al que fui derivado tras la finalización de mi relación laboral con la Universidad Autónoma de Madrid el 28 de julio de 2011.

El 11 de enero de 2016 la Tesorería General de la Seguridad Social volvió a darme de alta en el Régimen General de la Seguridad Social, como Profesor colaborador doctor de la Universidad Internacional de La Rioja, para la dirección de trabajos de fin de Máster en el Máster para el Ejercicio de la Abogacía online que oferta dicha Universidad. El 25 de enero del mismo año, tras haber superado las fases de concurso y oposición previstas por la Resolución de la Secretaría de Estado de Administraciones Públicas de 14 de octubre de 2015, para la provisión de plazas del Cuerpo de Gestión de la Administración Civil del Estado, encomendándose su selección a los Organismos públicos de empleo, entré a trabajar como funcionario interino de la Oficina de Asilo y Refugio, dependiente de la Subdirección General de Asilo (Dirección General de Política Interior) del Ministerio del Interior, cargo que detento en la actualidad y en el que aprendo cosas nuevas todos los días, pues a diario me veo confrontado, aun sólo en mis expedientes, con la realidad de la vida y de la muerte de personas que huyen de la guerra de Siria y de otros conflictos bélicos.

De momento, me gano el pan de cada día intentando ayudar desde el poder civil a personas que lo han perdido todo, salvo quizá, la fe y la esperanza. Mi misión, como digo muchas veces, es trabajar en mi presente para conseguir un futuro para personas que, en muchas ocasiones, lo han perdido todo y no pueden regresar a su país de origen.

Por ahora, sólo soy una pequeña piedrecita de una cadena de mando altamente jerarquizada, y hacemos lo que podemos. En cualquier caso, y a pesar de la excesiva burocratización que caracteriza a nuestra Administración Pública, las cosas que aquí se hacen –y también, lo que se deja de hacer-, tienen repercusiones –positivas o negativas- sobre las vidas de personas que se encuentran provisionalmente en el CETI de Melilla o en territorio español a la espera de que una autoridad competente les diga si pueden residir legalmente y trabajar en España, otorgándoles un documento que poca gente conoce equivante a un NIE, pero con la leyenda “protección internacional” y, en su caso, un título de viaje equivalente a un pasaporte, en cuya portada, debajo del Escudo de España, aparece la leyenda, en castellano, francés e inglés, “Documento de viaje. Convención de 28 de julio de 1951”, para los beneficiarios del derecho de asilo -los menos-, o “Documento de viaje. Protección internacional”, para los beneficiarios de protección subsidiaria, que es la protección internacional que actualmente está dando España con carácter más general.

En cuanto a mí, soy consciente de que mi trabajo “para el Gobierno”, como dirían en una película norteamericana, es provisional: como toda obra humana, como expresara en un discurso de fin de curso el que fuera Rector de la Universidad Autónoma de Madrid, y después Ministro de Educación, conocido mío Excmo. Sr. Dr. D. Ángel Gabilondo Pujol, Catedrático de Metafísica en servicios especiales.

Mi pasado pertenece a la Misericordia de Dios, y mi futuro está en manos de la Providencia Divina.

En cualquier caso, sigo sintiéndome un investigador, un profesor universitario y un académico. Quizá por eso, y por otras cosas que no pueden fácilmente resumirse en una entrada, por la gran bondad y misericordia del Excmo. Sr. Dr. D. Gonzalo Rodríguez Mourullo, Presidente de la Sección de Derecho Penal de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y Censor de dicha Corporación, la Junta de Gobierno de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación estimó favorablemente, en sesión celebrada el 11 de abril de este año, mi ingreso en dicha Corporación en la categoría de Académico Correspondiente, acto que ya me ha sido comunicado en forma. Mi gratitud a D. Gonzalo, así como a otros Maestros Académicos de dentro y de fuera del Derecho penal es sencillamente inefable y, sinceramente, considero que queda mejor expresada con un reverente silencio que con palabras.

Gracias a todas aquellas personas, de dentro y de fuera de la Universidad, que han contribuido a mi formación académica y humana en el sentido más amplio, predoctoral, doctoral y posdoctoral como penalista y como investigador humanista y cristiano comprometido con el mundo en el que le ha tocado vivir. La Universidad, la Academia, cualquiera de ellas que tenga tal nombre por estilo de trabajo y de vida, dondequiera que se halle en todo el ancho mundo, será siempre mi Casa, mi vida, mi refugio y mi estímulo para seguir adelante y para aportar mi humilde conocimiento sobre las cosas de este mundo para la ayuda de mi prójimo y la mejora de la comunidad cuyo servicio quiera la Providencia encomendarme. Con la ayuda de Dios.

 

Pablo Luis Guérez Tricarico

En Madrid, a 19 de mayo de 2016, XXXVII aniversario de mi Bautismo en la Iglesia Católica

A.M.D.G.

A.I.P.M.

Ad Inmaculatum Cor Mariae ego omnes dignae opera mea consecrare volo.

 

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Fin de Fiesta e inicio de curso. 1 de septiembre de 2014: la vuelta.. ¿a qué? A propósito de mi cese como profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid

septiembre 1, 2014 § 4 comentarios


Ubi sunt qui ante nos in mundo fuere? (Gaudeamus igitur)

A los que vuelven, a los que se quedaron atrás y a los que no vuelven a ninguna parte

A mis compañeros de la Universidad Autónoma de Madrid, desde las señoras de la limpieza al Magnífico Sr. Rector 

 

Gloria a Dios en las alturas, recogieron las basuras

de mi calle ayer a oscuras y hoy sembrada de bombillas (…)

(…) Vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su probreza

 y el señor cura a sus Misas.

Ya se despertó el bien y el mal

la pobre vuelve al portal

la rica vuelve al rosal

y el avaro a sus divisas.

Y se acabó, el sol nos dice que llegó el final…

por una noche se olvidó que cada uno es cada cual…

¡Y vamos, subiendo la cuesta, que arriba en mi calle se acabó la Fiesta! (Fiesta, Joan Manuel Serrat)

Volveré (Terminator, 1984, dir. por James Cameron, guión de James Cameron y William Wisher, Jr).

Queridos compañeros, amigos, seguidores y más de seis mil visitantes de los cinco continentes:

En estos tiempos de “operación retorno” en el viejo continente y, en especial, en mi país, es frecuente escuchar las quejas de quienes protestan por no tener más tiempo de vacaciones pagadas, de playa, de diversiones. Es normal, y no debería escandalizarnos. Lo que nos escandaliza es que estas inocentes “quejas”, que deberían ser las propias de un país civilizado, no sean las prioritarias ni las compartidas por la mayor parte de la población. Incluso quien protesta por la vuelta a su puesto de trabajo, lo dice con la boca pequeña. No sea que que el empresario de turno, deseoso de “recortes” en “recursos humanos”, contribuya con él y mediante cualquier artimañana económico-jurídica a engrosar las listas de paro. Y en la cola del paro, a la que vuelvo por cuarto año consecutivo, se pasa mucho frío. Con el añadido de que este “curso académico”, como en una mala interpretación de la parábola de los talentos, aun lo que no tenía me ha sido quitado. He sido desahuciado de mi despacho tras tres años de mantenerlo con un título de Profesor Honorario, sujeto a fecha de caducidad. Para mí, que no considero el salario como la única satisfacción del trabajo -especialmente cuando aguien desarrolla un trabajo que le permita poner en práctica sus talentos-, como algo absolutamente necesario a nivel satisfactivo -lo cual no excusa al empleador, público y privado, de la exigencia de su pago inmediato en estricta justicia, pues el obrero merece su salario-, de lo que se me ha despojado es de un espacio de libertad intelectual que, con todas sus limitaciones, constituía una proyección, siquiera muy limitada, de mi vida privada y pública. Aunque lo que he pretendido escribir es un post de despedida, es imposible que, tras 13 años de servicio institucional -17 si sumamos los cuatro años de Licenciatura, a los que siempre me dediqué como “buen estudiante” como el que presta un servicio-, no pueda mezclar algunas reflexiones personales con algunas consideraciones más generales de orden social y macroeconómico. Sin embargo, antes de ello, quisiera llamar la atención sobre el hecho de que a día de hoy, 1 de septiembre de 2014, mi relación -desde el punto de vista formal- con la Universidad Autónoma de Madrid, no desaparece del todo, al menos indirectamente. En primer lugar, porque conservo mi puesto de Investigador en el Instituto de Ciencias Forenses y de la Seguridad de la UAM, Instituto con personalidad jurídico-pública propia vinculado a la UAM; y, en segundo lugar, porque como miembro de la Asociación de Antiguos Alumnos de la UAM conservo el derecho a utilizar todas las instalaciones comunes del Campus, incluyendo todas sus Bibliotecas y las instalaciones deportivas, entre otras.

Yo me considero un investigador. Por esta razón, nunca he podido ver mi puesto en la Universidad simplemente como un “puesto de trabajo”, del mismo modo que mi concepción del ser humano en el mundo me impide ver a otro ser humano solamente como un conglomerado de células o como un “recurso”, palabra tan en boca de las reponsables de los departamentos de recursos humanos de las empresas del país, a causa de los desvaríos lingüisticos y materiales de la hegemónica ciencia económica. La Universidad ha sido para mí, siempre, una comunidad de vida. Un lugar, pero también una experiencia colectiva de afectos, relaciones, conocimientos y sensibilidades compartidos que ahora, por lo que a mí respecta, toca a su fin. Es imposible guardar todo eso en cajas de mudanza.

Sin embargo, en este momento, mis sentimientos más fuertes ante esta situación de auténtico desahucio institucional, por consideración a estos trece años en los que creo sinceramente haber prestado servicio fiel a la Universidad Autónoma de Madrid, a la comunidad científica y a la sociedad en su conjunto, sólo pueden ser de gratitud a mis compañeros de la Universidad.

Cuando empecé en esto, corrían tiempos de “bonanza económica”. La economía española se basaba fundamentalmente en el sector de la construcción y el sector de los servicios inmobiliarios, por los cuales fueron detraídos muchos jóvenes al sistema universitario. Frente a ello, la expectativa de ganancias fáciles e inmediatas, la insensatez de nuestra “clase emprendedora” y la colaboración de los bancos en los préstamos “sin fin” dibujaban en los años 2002-2003 un panorama de crecimiento económico que luego supimos que no podía mantenerse, pero en el que hasta entonces creía no sólo buena parte de la población, sino las fuerzas económicas y políticas del país. Pero los ciclos económicos llegan a su fin, y la rueda del consumo no puede mantenerse indefinidamente si no es a costa del incremento de la producción: y si ésta no “real”, echemos mano de los activos financieros, más reales que cualquier bien de la llamada “economía real”. Y así, en octubre de 2007, estalló lo que muchos no vimos o no quisimos ver: una crisis de proporciones devastadoras que se llevó por encima no ya los sueños, sino la pequeña riqueza de buena parte de la clase media, que fue “desacreditada” después de haber sido engañado con falsas promesas de créditos impagables, muchos de los cuales, con el pretexto del interés general de “salvar al sistema financiero”, fueron asumidos por el Estado, pero nunca llegaron a la ciudadanía. Pretender que toda la responsabilidad de lo ocurrido deba recaer sobre el usuario o consumidor y que no hayan desempeñado un papel fundamental, desde una posición dominante de información y poder, variables sistémicas que hayan contribuido muy decisivamente a esta situación, es más ilógico que hipócrita. Al igual que pretender que la crisis fue “prevista” con antelación por los gurús economistas que hoy llenan los platós de televisión.

En cuanto a la Universidad, y aunque siempre se me advirtió que “no corrían buenos tiempos para ella”, al menos la aparentemente estable situación macroeconómica que España presentaba hace 10-12 años permitía que nosotros, los investigadores, a los cuales no nos habían sido enviados los Gobiernos de la alternancia política oficial, pudiéramos comer “de las migajas que caen de la mesa del Señor”. A un joven como yo, de veintipocos años, ¿qué más le podía ilusionar que entrar a formar parte de un proyecto colectivo superior a sí mismo, precisamente en el seno de la Academia que entonces consideraba, y sigo considerando, una auténtica vocación, sobre todo teniendo en cuenta el gran reconocimiento que obtuve por mis compañeros y la gratuidad con la que éstos enseguida se aprestaron a ayudarme? ¿Podía prever las consecuencias del deterioro que, por razones macroeconómicas, pero también de convivencia, habría de llevarme ese camino?

A las, según las dos fuerzas políticas de la alternancia, generaciones más preparadas de la Historia de España, no sólo no se nos atendió en absoluto ni por las fuerzas parlamentarias ni por los macroleviatanes rectorales de las Universidades Públicas, más centradas en cuadrar su déficit, en construir plazas mayores o en promocionar de golpe a todos los Profesores Titulares a Catedráticos, que en atender las justas reinvindicacioens de los colectivos más débiles de la Universidad. Los derechos que adquirimos los investigadores y trabajadores de hecho de las Universidades españolas los obtuvimos fundamentalmente por la presión promovida por la Federeción de Jóvenes Investigadores – Precarios, Federación en la que milité, como nuestra asimilación al alta en el Régimen General de la Seguridad Social a partir de la aprobación del Estatuto del Becario en 2003. A lo largo de mi actividad representativa en varios órganos colegiados y comisiones de la UAM tuve que sufrir personalmente las críticas más feroces, más o menos sutiles, como representante del llamado “Profesorado Investigador en Formación”, por parte del stablishment corportativo universitario sólo por defender el derecho de mis brillantes compañeros de todas las áreas de conocimiento -ni siquiera el mío- de poder concurrir a las plazas de promoción como en cualquier empresa u organización, de acuerdo con los ya de por sí difíciles requisitos legales.

En el momento actual, a pesar de todo lo comentado, no me gustaría que éste fuera un post de lamentaciones. Comenzaba diciendo que sería un post de agradecimientos, además que de reflexión. Y es mi deseo que lo sea también de agradecimientos personalizados: En primer lugar, quisiera mencionar a mi primer director de tesis, Agustín Jorge Barreiro, hijo de tiempos más nobles y “viejo profesor”, como a él le gustaba llamarse, en sentido cariñoso, así como a nuestro maestro común el Prof. Gonzalo Rodríguez Mourullo. En segundo lugar, pero en el mismo nivel de importancia, a mi codirector y amigo Fernando Molina Fernández, con quien concluí mi tesis doctoral. A Enrique Peñaranda, por todo lo que él y yo sabemos. A Mario Maraver, compañero y amigo, por tantas cosas compartidas. También a Juan Antonio Lascuráin, a Blanca Mendoza, a Laura Pozuelo y a Yamila Fakhouri, por tantos pequeños detalles que no se olvidan. A mi amiga y compañera de despacho Raquel Benito, y a  mis compañeros más jóvenes Daniel Rodríguez y Gonzalo Basso, deseándoles lo mejor para sus vidas personales, que es lo que importa. A todos los becarios de investigación y colaboración que han pasado por el Área de Derecho penal, menos orgullosos que yo, quienes sabían que en el juego de la Academia también se puede perder, pero no sólo en un concurso o en una oposición, sino en un sentido trágico. Se puede perder simplemente por el capricho de los dioses que deciden cambiar las reglas a mitad de la partida. O porque otros dioses superiores, llamados “coyuntura”, ” crisis”, “situación del país”, se hagan responsables de la tragedia. En el fondo los dioses nunca han sido responsables, sino sólo los humanos…

Tampoco me olvido de todas las buenas personas de dentro y de fuera de la UAM que he tenido oportunidad de conocer a lo largo de mi actividad de estudio, gestión, representación, docencia e investigación, dentro y fuera de España. De Alfonso Iglesias, de José Luis López González, de Pedro Dalmau, de Pablo De Lora, de Irene Martín, de David García, de Gilberto Pérez, de la actual Decana de la Facultad de Derecho Yolanda Valdeolivas, de Evaristo Prieto, de Joaquín Almoguera, de Liborio Hierro, de Tomás de la Quadra Salcedo-Yanini, de José María Miquel, de Andrea Macía, de Pilar Benavente, de Maravillas Espín, de Eduardo Melero, de Raquel Escutia, de Rosa María Fernández, de Susana Sánchez, de Carlos Crivelli. De Antonio González-Cuéllar y de Anibal Sánchez Andrés, IN MEMORIAM. De Josetxu Linaza, de Carmen Almendros, de mis compañeros de Psicología. Del Prof. Dr. Wolfgang Frisch, cuyo profundo conocimiento sólo es superado por su bonhomía, a quien siempre le agradeceré su interés hacia mi persona. De André Callegari de la Universidad de Portoalegre, de Mayra del Poggio de la Universidad del Istmo de Guatemala. De mi querida compañera de la Universidad de Valencia Carmen Tomás-Valiente, de Mirentxu Corcoy, de Andrés Domínguez Luelmo. De mi compañera y amiga Ana Garrocho, próxima Doctora de la Universidad Carlos III de Madrid. De Patricia Esquinas. De Javier Sánchez Vera. De Jesús Santos. De Raúl Villar, mi  mejor Rector; de Celia, de Investigación; de Antonio, de Nóminas; de Antonio, de la Secretaría de la Facultad; de Ángel, de Información; de Victoria y Araceli, antigua y nueva Secretarias del Área de Derecho Penal; de Ramón, de Informática; de Jose, de la cafetería; de las señoras de la limpieza, y de tantos hombres y mujeres buenos que no caben en una lista y que la Providencia, en medio de mi andadura universitaria, tuvo a bien poner en mi camino, pues de todos aprendí. De verdad, gracias a todos.

Me voy, me echan o, mejor dicho, me retiran, como a los replicantes de Blade Runner, lo cual me produce algo bastante más amargo que un sentimiento de pérdida de empleo o de lo que fuera que yo haya tenido estos últimos años como profesor honorario sin cobrar. Supongo que se refiere a la pérdida del honor representado por el reconocimiento de un espacio vital, comparable a un deshaucio institucional. Frente a este sentimiento, incluso el horror de conocer a dónde me mandáis, a la calle sin adjetivar, de cuyas condiciones podréis haceros una ligera idea a poco que pongáis cualquier telediario, se me hace menos duro. ¿A dónde iré? Sinceramente, no creo que a los máximos responsables institucionales de la Universidad les preocupe lo más mínimo mi destino, como el de otros que me han precedido. No les guardo rencor. Sólo sé que me queda la Casa de mi familia y la Casa de mi Padre del Cielo, donde siempre podré encontrar a Aquél que, habiendo preguntado a Sus discípulos, después de una dura prueba de fe, si también ellos querían marcharse, contestaron: “¿Y a dónde iremos, Señor? Sólo tú tienes palabras de vida eterna”.

Me despido de todos vosotros, amigos y compañeros, con lo mejor que me habéis dado: un cúmulo de buenas experiencias y recuerdos, que será prácticamente imposible borrar de mi experiencia y mi crecimiento vitales. Sólo os pido, desde alguien que ya no está en situación de pedir nada, que mi paso por la Autónoma -como el de todos, pues todos estamos de paso- no quede en el olvido, ni mucho menos pueda decirse que yo haya pasado por ahí sin pena ni gloria.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

           Doctor en Derecho por la Universidad Autónoma de Madrid

Vivat Academia, Vivant Professores

Vivat Academia, Vivant Professores

Vivant membrum quodlibet

Vivant membra quaelibet

Semper sint in fiore, sempre sint in fiore. 

De nuevo sobre el problema de la hipercualificación y contra la crítica a la presunta “ociosidad” de la juventud sin trabajo

julio 8, 2014 § 1 comentario


Creo que hay que reconocer que los jóvenes más inteligentes de los países occidentales tienden a padecer aquella clase de infelicidad que se deriva de no encontrar un trabajo adecuado para su talento (…) El cinismo que tan frecuentemente observamos en los jóvenes occidentales con estudios superiores es el resultado de la combinación de la comodidad con la impotencia. La impotencia le hace a uno sentir que no vale la pena hacer nada, y la comodidad hace soportable el dolor que causa esa sensación (Bertrand Russell, La conquista de la felicidad, 1930)

 

La lucidez y la clarividencia del gran matemático, fílósofo, lógico, epistemólogo y humanista Bertrand Russell, quen ganara el Premio Nobel de Literatura escribiendo prácticamente sólo ensayo, hacen que sus siempre textos de referencia, escritos en la mejor tradición de la prosa anglosajona, hablen por sí mismos y no merezcan comentarios. Por esta razón, me limitaré a subrayar la actualidad de esta reflexión de Russell, que mantiene plena vigencia en el tiempo presente.

En una entrada anterior expresé una idea ciertamente iconoclasta, en la que describí como acreedora a una nueva forma de discapacidad a la persona hipercualificada, joven o no tanto, pues la formación de la buena necesita su tiempo y su madurez, más allá de las modas impuestas por las supuestas necesidades de innovación que tan bien parecen interpretar los políticos, con su incesante reforma de las enseñanzas regladas con el único objeto no declarado de sumir a la Academia en una vorágine burocráctica que, cual Leviatán acaba por fagocitarse a sí misma. En aquella entrada, como recordarán mis lectores, me aventuré a definir al parado hipercualificado como una persona extraordinariamente formada -no sólo en un ámbito del conocimiento humano, pues todo conocimiento está interconectado-, la cual, precisamente por su peculiar estilo investigador y su profundo amor al conocimiento teórico -no digamos ya si posee un Doctorado, cuyo contenido ha querido aligerarse en los últimos años con el pretexto de la convergencia con el proceso de Bolonia-, estaba en estos tiempos en peores condiciones de obtener un puesto de trabajo “normal” o, si se quiere, empleando términos más ampulosos de la sociología sistémica moderna, “disfuncional” para el sistema. Un sistema de producción y distribución de bienes que se basa en un estadio de la economía capitalista que parece que ya no da más de sí, y en el que la brecha entre los llamados “creadores de empleo” o “emprendedores” y los trabajadores va aumentando cada vez más, tanto en poder adquisitivo como, sobre todo, en el diverso estatus social de unos y otros, a quienes se les reconoce, de facto, un diferente estatus jurídico, con menos derechos y con menos dignidad. Pero sobre ello ya he tratado largo y tendido en otras ocasiones. Fijémonos en la cita de Russell: a diferencia de algunos “discursos” que ahondan en la idea de que la “titulitis” ha sido el mal endémico de la juventud española, y de que los jóvenes -y aquellos no tan jóvenes que han perdido el trabajo-, no quieren trabajar, Russel se fija en el aspecto psicológico, causa de infelicidad en los jóvenes universitarios, los cuales, como el propio Russell reconoce, desarrollan sus propias estrategias de evitación emocional para no sucumbir ante lo que el autor, en capítulos atrás, hubiera magistralmente como la mayor de las desdichas psicológicas, la “infelicidad byroniana”, en honor a Lord Byron. En lo referente a la infelicidad de la que trata el párrafo citado, el aspecto psicológico comprende, aunque no lo agota, un doble sentimiento de frustración por parte de las personas cualificadas que no pueden acceder a un puesto de trabajo acorde con su formación -lo que significa, ni más ni menos, ¡un puesto que van a desempeñar mejor que otras personas no cualificadas!, y eso se les olvida a muchos de aquellos que ven la solución al problema del desempleo en España en que los ingenieros, por poner un ejemplo, se vayan a servir cafés a Londes (escuchado en el Congreso de los Diputados, sic.)-. Por esta razón cuando he expresado en anteriores entradas que lo que produce frustración a muchas personas hipercualificadas es su profunda sensación de no poder devolver a la sociedad, en términos de progreso y de desarrollo económico, aquello que la sociedad -muchas veces con los impuestos reamente pagados, y que normalmente son los impuestos que recaen sobre las nóminas, pensiones e ingresos regulares directamente controlables por el fisco- ha invertido en su formación. A esta primera frustración se añade el pesar derivado de la constatación que mucha gente, de cuyas buenas intenciones no cabría dudar, y que han pagado impuestos para formar a los mejores talentos del país, se suma a los argumentos populistas del estilo de que “si los jóvenes y/o los parados no trabajan es porque no quieren, porque podrían trabajar perfectamente limpiando suelos o de reponedores por 400 0 600 euros mensuales con jornadas de 12 horas”. Exceptuando a nuestros políticos, prefiero pensar que la pobre gente que utiliza estos argumentos lo hace con buenas intenciones; no obstante, permítaseme destacar algunas características que se suelen dar en la gente que busca este tipo de “soluciones” al desempleo juvenil y cualificado. Por mi experiencia, he podido constatar que se trata de personas, digamos, al menos de clase media acomodada, con un puesto fijo -algo ya impensable en la “nueva economía”-, y con cierta formación -más bien titulación- universitaria, por cierto, la mínima formación académica instrumental que les permitiera en su día acceder a puestos de trabajo clásicos como empleados de banca, corredores de seguros, asesores, e incluso abogados.

La solución al tremendo drama del desempleo juvenil y no tan juvenil cualificado tiene que venir, por el contrario, de un replanteamiento de las estructuras económicas que sirven de base a la superestructura jurídica constituida por el Estado. Mis lectores podrán reprocharme la falta de rigor científico en la elección deliberada de términos marxistas -o marxianos-, pero éstos son los que expresan más que nunca la actual supremacía de la economía frente a la política en la más noble de sus acepciones, es decir, el arte del buen gobierno de la cosa pública en aras al Bien Común.

Lo que ocurre con el drama al que acabo de aludir es que no es sino el corolario necesario del actual estadio del sistema capitalista; comoquiera que la educación, como derecho prestacional de un Estado social cada vez más en crisis, se ha escindido del fomento del empleo, por parte de los poderes públicos, que tenga en cuenta el grado de formación para que los mejores talentos puedan desarrollar las competencias y las habilidades adquridas durante su largo proceso formativo, muchos ellos no encuentran salidas en empleos acordes a su formación. Nótese aquí cómo estoy presentando el problema desde un punto de vista de cálculo de la eficiencia económica: una de las funciones del Estado social y del Estado de bienestar consiste en ofrecer canales entre la educación y el empleo, pero no para satisfacer el orgullo -ni siquiera la dignidad- del trabajador cualificado o hipercualificado en paro, sino para lanzar el gran reto al sector productivo privado de contar con gente de elevada cualificación, la cual, en puestos directivos, garantizará seguramente a largo plazo el desarrollo de empresas concretas y, con ello, el desarrollo del país. Dicho de una manera mucho más simple: el hecho de que haya “muchos ingenieros sirviendo cafés” puede ciertamente contribuir a culivar la virtud de la humildad de los ingenieros, pero resulta tremendamente disfuncional para un sistema socioeconómico que no esté centrado exclusivamente en obtener beneficios a corto plazo. Si hay ingenieros de caminos sirviendo cafés, significa que no se construirán puentes, como no habrá progreso tecnológico si los informáticos se dedican a limpar escaleras. Y todos convendremos, incluso desde un punto de vista de estricta eficiencia económica, que un país moderno debe apostar por el trabajo cualificado enmarcado en una dirección empresarial con anchura de miras, sobre todo, como respuesta a “los retos” de la tan cacareada por los actores sociales y políticos “sociedad de la información y del conocimiento”, la cual ya adelanto, desde mi punto de vista, que no es sino una “sociedad de la desinformación y de la ignorancia”. Sin embargo, y analizando la realidad social española -pero no sólo, puesto que sobre ella influyen premisas ideológicas disfrazadas de ciencia económica basadas en el austericidio, cuyas consecuencias en orden a cualquier recuperación económica siempre son omitidas por los “sabios” de la Troika y de las instituciones clásicas del orden mundial surgido tras los acuerdos de Bretton Woods-, me temo que nos hemos topado ante uno de los principales escollos: la combinación, terrible, entre “emprendedores” que sólo buscan el beneficio a corto plazo e intentan minimizar el riesgo, con lo que siguen empeñándose en procedimientos y en maneras tradicionales -y ello dificulta la contratación de personas con elevados conocimientos pero con capacidad realmente crítica y transformadora-, y una banca caracterizada por privatizar los beneficios y socializar las pérdidas, con el apoyo de los Gobiernos a los que sustenta, que no dudan en “echarles un cable”, vía línea de crédito o directamente de préstamo con dinero que sale de los contribuyentes y cuya supervisión brilla por su ausencia.

En este contexto socioeconómico, las palabras de Russell cobran nuevos matices en el ámbito psicológico. Russel habla de impotencia, pero la impotencia no es más que el reflejo psicológico de la lucha por la dignificación del trabajo cualificado que resulta menospreciado por el connubio Estado-Banca-Empresa. Y la comodidad no deja de ser una huida humana, muy humana, que alivia el dolor, el que previó Russell y el dolor más existencial referido al sentimiento personal de autofrustración y falta de dignidad a que siempre lleva el talento desperdiciado. Tras este análisis, ¿realmente puede alguien en conciencia reprochar humanamente a los jóvenes sin empleo o a los parados que han perdido el suyo, después de que éstos hayan “quemado”, muchas veces casi literalmente, los mejores años de su vida en la preparación para carreras vocacionales con la esperanza no sólo de ganarse la vida, sino de contribuir al desarrollo del país? Que cada uno responda a esta pregunta en conciencia.

Sobre este problema, tenéis más referencias en este mismo blog en http://pabloguerez.com/2014/07/08/de-nuevo-sobre-el-prolema-de-la-hipercalificacion-y-contra-la-critica-a-la-presunta-ociosidad-de-la-juventud-sin-trabajo/.

 

Por Pablo Guérez Tricarico, PhD. /Signed by: Pablo Guérez Tricarico, PhD

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De nuevo sobre el problema de la hipercualificación y contra la crítica a la presunta “ociosidad” de la juventud sin trabajo by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License.
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Perfil público actualizado

enero 19, 2014 § Deja un comentario


PERFIL PÚBLICO

Una cuestión de dignidad

No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque seréis juzgados como juzguéis vosotros, y la medida que uséis, la usarán contra vosotros. ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo, entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano (Mt 7, 1-5).

Dedicado a todos los que en esta vida me han querido y me siguen queriendo, estén o no ya entre nosotros, comenzando por mis padres e incluyendo también a algunos miembros de la Academia 

Dedicado a todos los Doctores expulsados por el sistema y a todos aquellos investigadores que, aun sin haber llegado nunca al Grado de Doctor, se desvivieron por la Academia y nunca recibieron de ella ni las gracias

¡Hola! Soy Pablo Guérez Tricarico, Doctor en Derecho Penal (programa de Doctorado en Ciencia Jurídica) y especializado en Derecho penal. Aunque esto no es lo más importante de mí, como bien saben mis familiares y amigos -¡y me refiero a cosas buenas! Como ser humano, no soy perfecto, y he cometido mis errores, fuera y dentro del ámbito profesional, como cualquier persona y cualquier trabajador en activo. Ahora mismo estoy fuera de la Academia… vamos a decirlo suavemente… por “circunstancias objetivas”. Y estoy fuera, también, como les gusta decir a algunos juristas más o menos “progres”, “en sentido material”, conservando las libertades formales. Es decir, que no cobro un solo céntimo de la Universidad, pero, eso sí, soy “Profesor Honorario”. ¿Y qué es eso de “Profesor Honorario”? Para los menos entendidos en figuras contractuales universitarias o equivalentes funcionales en la historia de las reglamentaciones universitarias recientes en España, la figura de Profesor Honorario es una figura de profesorado universitario no permanente, creada “praeter legem” -como dirían los administrativistas-, es decir, a falta de previsión legal o reglamentaria, por la normativa estatutaria de la propia Universidad. El sentido de la figura, en principio admisible, sobre todo en tiempos de crisis, es el de un reconocimiento especial que se otorga por la Universidad a profesionales de prestigio en sus diversas disciplinas -y que como tales, se ganan sus cuartos en el ejercicio de actividades laborales, profesionales o empresariales vinculadas al conocimiento y a la aplicación de dichas disciplinas-, a fin de que dichas personas, nombradas “Profesores Honorarios” por el Consejo de Gobierno de la Universidad, con quien no les une ninguna relación contractual ni estatutaria, ni mucho menos una expectativa de la misma, como es lógico, “transfieran” su conocimiento, normalmente adquirido en buena medida fuera de la Universidad, al ámbito universitario, facilitando de esta manera la transferencia del conocimiento. La figura vendría a ser un poco como la del antiguo Profesor Asociado LRU “de verdad”, es decir, el profesional de prestigio que aporta conocimientos prácticos a la Academia, y su función no varía mucho de la de un moderno Profesor Asociado -del tipo que sea- de la LOU/LOMLOU. Más bien el sentido de la figura del “Profesor Honorario” debería ser el de una persona, ya de edad avanzada, que pudiera aportar una valiosa experiencia a la Universidad, y pudiera permitirse el lujo, a cambio del “honor”, de hacerlo a titulo gratuito. Sin embargo, la política rectoral actual de la Universidad Autónoma de Madrid, aunque ha ido dando, como en casi todos los terrenos, vaivenes en este sentido, tiende a un remplazo de las plazas de Profesores Asociados -sobre todo de aquellos con poca carga docente-, por la de Profesores Honorarios, motivado por la necesidad de ahorro impuesta por la incontestable política de contención del gasto público a raíz de la coyuntura económica de crisis general que sufre el país. Me gustaría que se hablara más de “autonomía universitaria” y de búsqueda de fuentes alternativas de financiación en colaboración con el sector privado en este ámbito, y menos en órganos políticos como el CCU o en lobbies de influencia mediática como la CRUE o la CRUMA, reclamando simplemente más gasto público sin ofrecer nada a cambio, cuando los rectores, que se supone que son gente culta, deberían saber que la batalla, no ya por la sostenibilidad, sino por la propia supervivencia del sistema universitario, no puede plantearse en estos términos tan rudos. Volviendo a la figura del Profesor Honorario, también es notorio que ésta ha sido criticada, no sin razón, por los sindicatos del ámbito universitario, cuando ha podido constatarse que ésta ha constituido una forma de encubrimiento de funciones docentes o investigadoras propias de un profesor o investigador a tiempo completo no remuneradas. En este sentido, y aun siendo consciente y denunciando la gravedad de este peligro genérico en la Universidad mientras subsista la figura, quiero dejar claro que éste no ha sido mi caso, sino todo lo contrario. Mi nombramiento como Profesor Honorario me ha permitido conservar una cierta -aunque lábil- vinculación con la Universidad que ha cosechado incluso algunos frutos, y frutos económicos, como por ejemplo, alguna invitación a impartir clases de posgrado en alguna Universidad extranjera. Esto tengo que reconocerlo. Sin embargo, ello no empaña la constatación de que el mantenimiento de una situación prolongada de “Profesor Honorario” va produciendo con el tiempo disfunciones o “desajustes” en el sistema y en la propia persona que ostenta el “cargo”, en la medida en la que, lo que en principio pudo pensarse como situación provisional, acaba convirtiéndose en situación indefinida en el peor de los sentidos, es decir, en situación no definida. Así, por lo que conozco de la Facultad de Derecho, los pocos profesores honorarios que nos encontramos en esta extraña y precaria situación de ser “sólo” profesores honorarios, sin actividad profesional alguna, si bien al principio de nuestra situación -respaldada económicamente por el inicio del cobro de la ayuda de la prestación por desempleo-, pudimos vernos en una especie de “purgatorio contractual”, a la espera de que se nos abrieran las puertas del cielo de las plazas de profesorado permanente, ahora el devenir de los acontecimientos, especialmente influidos por la devastadora crisis económica que se ha ido desarrollando más y más en nuestro país y en nuestras instituciones, como si de una enfermedad se tratara, muestra una realidad totalmente distinta. Si antes podía haber un conato de esperanza, ahora no hay esperanza alguna, y el purgatorio contractual acaba cediendo ante el infierno del desempleo sin prestación. Ahora que me queda poco, tengo la libertad para escribir de los deshauciados, para quejarme, legítimamente, pues las personas que hayan tenido la responsabilidad de poder mover los hilos decanales y rectorales durante mi “etapa de formación”, tanto por acción y omisión, ya saben con qué parte de responsabilidad les ha tocado cargar por haberme perdido. O quizá hayan sido tan ineptas que no lo sabían, algo muy propio en este país, especialmente en su endogámica Universidad. Y si esto le molesta a alguien, como suele decirse popularmente, tiene dos trabajos. Y si le duele es porque es verdad, como los datos que aporto en esta entrada. Y la verdad duele. A todos. A mí también.

Sin embargo, ahora, visto con algo de perspectiva y con un sano cinismo, no sé qué me sorprende de todo esto. En mi carrera académica truncada, por favores de diversa índole -algunos también imputables a mí, por qué no, pero en ningún caso desproporcionados al ostracismo al que me he visto obligado- Algo que, inconscientemente, ya predije cuando comenzó la “crisis universitaria”, antes del estallido de la crisis general, es decir, allá por noviembre de 2007.  Pero no me enorgullezco de ello, porque si lo hiciera sería un necio. Si realmente lo predije con claridad, debí haber cogido el toro por los cuernos y haber realizado una tesis exclusivamente instrumental para “colocarme” como profesor contratado doctor, incluso sin concurso, en aplicación de una transitoria de la LOMLOU. Desgraciadamente, mi carácter no me permitió orquestar semejante plan, y mi tesis doctoral se fue alargando más allá de lo “conveniente”, precisamente para no descuidar el rigor científico y lo “necesario”. Volviendo al momento presente, y sin temor a equivocarme, los meses que me queden hasta que termine este curso académico sean quizá mis últimos tiempos en la Universidad. Al menos, si los contamos de forma continuada desde mi primera incorporación formal al Área de Derecho Penal en 2002, o de mi primera etapa universitaria. Pues no descarto volver, a ésta o a otra Academia que me reconozca, si las cosas llegaran realmente a cambiar y si a mí realmente me conviniera. Mi nombramiento y, por lo tanto, mis funciones como Profesor Honorario de Derecho de la UAM tienen los días contados -por cierto, como los de todos-.

En lo que desborda al pequeño ámbito universitario, ni la LOU, ni la LRU fueron nunca un ejemplo de derechos laborales del llamado “personal docente e investigación en formación” o de sus equivalentes funcionales. La LRU permitió a principios de los años ochenta del siglo pasado que muchos PNNs -para mis lectores más jóvenes, profesores docentes no numerarios-, pasaran a convertirse, casi por arte de magia, en profesores funcionarios, y que después de unos años, “pasaran” de nosotros, los más jóvenes, que no pretendíamos saltarnos las reglas como ellos, sino simplemente tener la oportunidad de concursar a plazas de profesorado permanente según nuestro mérito y capacidad, que nunca fueron convocadas. Y, queridos lectores, a estas alturas, no puedo creerme que no fueron convocadas porque no hubiera dinero. A pesar de la crisis, a pesar de la crisis económica general, dinero había, y se gestionó mal desde los órganos académicos y desde la Comisión de Profesorado. Podría pedir transparencia a los órganos en su momento encargados de las promociones, pero tal misión sería casi como pedirle transparencia al Banco de España. En otro orden de cosas, la LOU constituyó un avance en el reconocimiento de los derechos laborales del profesorado no funcionario, convirtiendo los contratos administrativos en laborales. Pero para cuando las Universidades públicas pudieron utilizar dichos contratos se dieron cuenta del enorme coste en Seguridad Social que tenían que asumir, y para cuando se aprobaron por los respectivos Claustros y Consejos de Gobierno de dichas Universidad tímidos planes de promoción y estabilización del profesorado docente universitario, al menos en las Universidades de mayor envergadura, como la UAM -y de ello soy consciente, porque participé de alguna de estas lúgubres comisiones, defendiendo la continuidad de las plazas de mis compañeros, nunca la mía-, en los interminables debates de pasillo en los que se decide todo en cualquier organización, al margen de la realidad económica real, ya estábamos en plena crisis universitaria; y después, la recesión general del país, comenzada en la segunda etapa del Gobierno de Zapatero. Bien por Zapatero y su “Ley Caldera”, que hizo que algunos pocos investigadores de organismos autónomos, incluido el CSIC, fueran contratados como fijos después de “disfrutar” de contratos laborales de dos años. Así, efectivamente era la norma. Y el Estatuto de los Trabajadores, que poco a poco se encargaron de desmontar los gobiernos del PSOE y del PP, hasta el punto de que algunos nos planteamos en la actualidad si existe el Derecho laboral en cuanto tal. Sin embargo, y para lo que aquí quiero destacar, fíjense los lectores en lo siguiente: La “Ley Caldera” obligaba a hacer fijos o a indemnizar a cualquier trabajador, ya fuera del sector privado o del sector público (aquello tan bonito de “Personal al Servicio de las Administraciones Públicas”, con Registro de Personal y todo: sonaba tan bien que algunos, cometiendo un error que sigue pesándonos, pensamos equivalente a una promesa de funcionariado o, al menos de permanencia; aprovecho para decir que me da igual que los Profesores universitarios de las Universidades Públicas sean funcionarios o laborales, como los Médicos de la Seguridad Social: más bien me inclino a pensar que tengan que ser todos laborales, pues la función de docencia e investigación no es una función, a mi juicio, del funcionariado -aunque sí de servicio público, como muchas realizadas por el sector privado-, al menos en el sentido clásico que yo defiendo). Lo que sí me parece una aberración y una injusticia que clama al cielo es que, por dar las gracias por el paro de entonces -el máximo, y que por lo menos era una cantidad digna de 1020 euros mensuales, se nos haya olvidado a muchos reclamar la otra cara de la moneda. La Ley Orgánica de Universidades, de rango superior, prevalecía sobre cualquiera de las Leyes citadas, con carácter ordinario. Esto significa, y significó, que pude estar  SEIS AÑOS Y  DIEZ MESES contratado sin derecho a que se me hiciera investigador permanente; si mi no renovación, de acuerdo con la “Ley Caldera” -que ya hemos dicho que no fue aplicable porque era inferior en rango a la LOU-, se hubiera equiparado a un despido, COSA QUE MATERIALMENTE FUE, me habría correspondido una indemnización de 1o978, 72 euros, aplicando el baremo entonces vigente de los 42 días por año trabajado. Es una cantidad modesta para cualquier empresa de limpieza o para una Universidad pública española, sin querer desmerecer el objeto social de una u otra. Pero una cantidad grande para una persona. Con eso y el paro acumulado podía haber formado mi propia empresa, que ideas no me faltaban, si no hubiera sido por las falsas expectativas dentro de la Universidad que entonces seguían cautivándome. Es la primera vez que hablo de esta cifra. De hecho, la acabo de calcular, aprovechando una gestión que tengo con la Seguridad Social. Y no va dirigida a los representantes universitarios, sino a mi familia y allegados, para que conozcan la verdad y, conociéndola, puedan juzgar, si lo estiman, en conciencia. 

En cuanto al contenido material y a las funciones de Profesor Honorario que he desempeñado hasta el momento, y quiero seguir desempeñando con mayor dedicación en el tiempo que me queda, tengo poco que decir, no sin su importancia. En primer lugar, es más que nada. Significa que conservo mi despacho, mi ordenador, sigo colaborando de buen grado en tareas docentes –porque me gusta-, y sigo conservando la categoría de “Profesor”, hecho que podría utilizar, y de hecho he utilizado, para buscar trabajo o para trabajar muy puntualmente en el sector privado, incorporando este dato y el logo de la UAM a mis tarjetas de visita. También dispongo de un ambiente privado tranquilo donde trabajar y poder hacer mis cosas, entre otras dedicarme a la investigación. Pero ahí empiezan los problemas. Porque, como decían los antiguos, primum vivere, deinde filosofare. Es decir, a diferencia de los profesores honorarios “al uso”, tengo que buscarme algo que me rente, que me dé de comer o, como dicen los norteamericanos –por cierto, por lo general muy pragmáticos y a veces algo “toscos” según nuestro exquisito criterio europeo, pero que nunca habrían permitido una situación académico-laboral como la mía-, “to pay the bills”. Y ahí ya empiezan los problemas, porque, más allá de la gratitud que le debo a mis compañeros del Área de Derecho Penal por haber propuesto al Consejo de Gobierno de la Universidad Autónoma de Madrid mi nombramiento como Profesor Honorario, las salidas profesionales han brillado por su ausencia, tanto en el “bando” académico como en el “bando” de la empresa privada, aun a riesgo de incurrir en un reduccionismo. Y es que a la empresa privada no parece haberle importado absolutamente nada el que en mi tarjeta de visita ponga “Profesor Honorario” –cosa que, por experiencia, no puedo decir de otros cargos académicos, en general-. Por otra parte, en la política rectoral no ha habido ni una sola acción de verdad encaminada a la inserción de Doctores en el ámbito laboral, pese a la tan cacareada “transferencia del conocimiento” que acostumbramos a escuchar en los discursos rectorales. Mucha exigencia de subvención pública, eso sí, pero de autocrítica, nada; entre otras cosas, porque no la iban a necesitar: todos los peces gordos del gobierno universitario son “funcionarios docentes”, especie dotada de una inmunidad especial en nuestro ordenamiento jurídico, comparable a la de diputados y senadores. A pesar de ello, no es en ningún caso mi intención que esto pueda ser interpretado como un ataque personal contra nadie, y mucho menos contra las buenas personas que desde siempre estuvieron conmigo ayudándome en un camino que ya resulta difícil y penoso por sí mismo, como para que encima se convierta en un callejón sin salida, sobre todo cuando te cambian las reglas una vez comenzada la partida, como acostumbro a decir. O en un camino sin “salidas”, entendiendo como tales las salidas profesionales. O sin salidas profesionales dignas, pero vistas no desde mi perspectiva, sino desde la perspectiva de los ciudadanos, de los contribuyentes. Decía J. F. Kennedy que no debemos preguntarnos qué hace nuestro país por nosotros, sino qué hacemos nosotros por nuestro país. Estoy de acuerdo en general, incluso aceptando la idea de que este país sea un país de políticos mediocres, y hasta ahí puedo leeer, como decía Don Narciso Ibáñez Serrador, fiel reflejo de la idiosincrasia española. Y precisamente mi queja no va tanto en el sentido de que no me den un trabajo acorde a mi cualificación, que también, pues soy un ser humano al que la santidad le queda todavía muy lejos, sino de la frustración que me produce el hecho de que los ciudadanos contribuyentes, los que pagan y han pagado durante años impuestos diligentemente -fundamentalmente, los trabajadores por cuenta ajena-, me hayan sufragado una formación pública hasta el máximo nivel que reconoce nuestro ordenamiento jurídico, el Grado de Doctor, incluyendo el pago de becas y de estancias en el extranjero, y yo no pueda devolver a la sociedad española lo que me ha dado a través de la Universidad; por supuesto que puedo aceptar una ocupación para la que estaría peor preparado, pues de algo hay que vivir: mas no puedo volcar en la sociedad mi saber sin más, un saber que económicamente hemos -pues yo también he pagado impuestos hasta que he podido- sufragado entre todos. En parte ya lo estoy haciendo a través de este blog, que considero una obligación social como ciudadano y como persona. Y para quien quiera más… ¿qué esperáis? Podría, pero moralmente no puedo -ni debo-, por dignidad, por respeto a mi profesión y por respeto a mí mismo, hacerlo por cualquier precio, pues el obrero merece su salario (1Ti 5, 18). Bastante se ha invertido públicamente en mí como para que venga una empresa privada a pagarme un salario despreciable o incluso nada (c0sa que ya ha pasado, pero se dice el pecado, y no el pecador). Hasta aquí mi opinión, justa o injusta que le parezca al lector. Ahora, con su permiso, hablaré muy resumidamente de mi formación: se trata de una formación que ha sido acreditada por los órganos competentes para ello como suficiente para ocupar una plaza de profesor permanente en cualquier Universidad o centro de enseñanza superior de la Comunidad de Madrid, y ello solamente un año después de leída la tesis doctoral, que recuerdo a mis lectores que obtuvo la calificación máxima de Sobresaliente “cum laude” por unanimidad y posteriormente el Premio Extraordinario de Doctorado a la mejor Tesis de Derecho leída en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Autónoma de Madrid en el curso académico 2010-2011. Esto lo digo no para engreírme –pues bien saben los que me conocen que no me gusta precisamente practicar la soberbia-, sino para exponer datos objetivos. Datos objetivos que simplemente quiero comparar con otros datos objetivos: estoy, desde hace ya prácticamente DOS AÑOS Y SEIS MESES EN EL PARO, SEIS de los cuales sin derecho a prestación, cuando todavía sigo pagando –yo o mi familia- mis medicinas con arreglo a la clasificación T-3, cuando debería estar dentro de la clasificación más baja, al ser considerado oficialmente por los órganos de la Administración Pública de la Comunidad de Madrid como “persona sin recursos residente en la Comunidad de Madrid”. Es decir, para que lo entienda todo el mundo, INDIGENTE. Cuestión distinta es que la caridad familiar me pueda costear la vida. Sin embargo, incluso jurídicamente, la hipocresía del lenguaje debería tener un límite. Por todo esto -aunque no sólo- ahora escribo sobre víctimas y sobre estigmatizaciones, y anuncio un “post” largo en cuya publicación he puesto mucho empeño, por lo que espero que vea la luz en los próximos días. Sin embargo, ¿de qué me quejo? Vivimos en un país capitalista, en un mercado libre, y no en una democracia (la cita es de la película Wall Street, 1987, cit. en varios posts míos); los “sabios” que asesoran a los políticos me dirán: ¿De qué te quejas? Una cosa es la educación y otra es el trabajo. Y es verdad. Pero entonces… ¿el dinero de los contribuyentes? Da igual, puede ser robado por los políticos. Al final, los gastos sociales, médicos y educativos no son sino una “disfunción” del sistema capitalista, lo que en otro tiempo se llamó socialdemocracia. 

Pero volvamos a la Academia, a esa “aula dorada” de formación de élites, como más de uno la han denominado, o le han exigido –no sin razón- que lo fuera. Pero que lo fuera de verdad, como ocurre en países serios. Y esto lo digo muy en serio, pues, a pesar del juego de palabras y de la opinión que en su momento histórico expresara tristemente el Sr. Goebbels, las mentiras no se convierten en verdades por su repetición. España, hoy por hoy, y ya desde hace tanto tiempo que no recuerdo si algún día lo fue, o estuvo a punto de serlo –y ello pese a mi buena memoria-, no es un país serio.

Estoy fuera de la Academia porque, como para algunos -afortunadamente, en mi Universidad, no muchos- se cerró el ascensor justo en el momento en el que nos iba a llevar a la planta de arriba: la planta de la permanencia, y alguien -pues estas cosas no funcionan solas- apretó al botón antes de tiempo; antes de mi tiempo; ¿o quizá fui yo el que llegué tarde? Sea como fuere, estas discusiones son inútiles. Entre otras cosas, porque hubo un día en el que otro investigador rechazado por un prestigioso instituto de matemáticas suizo –con el que para nada intento compararme- nos enseñó, mientras trabajaba como empleado en la Oficina de Patentes de Berna, y a través del envío directo de un artículo a una revista de máximo nivel internacional,  regida simplemente por la autonomía científica y no por variables extrañas de “índices de impacto”, que el tiempo no es absoluto. Más o menos cien años más tarde de aquella valiosísima enseñanza física, comencé mi andadura universitaria “en serio”, con mi primera estancia en Alemania, y diez años después nos encontramos en el momento presente. Ya he comentado en varias ocasiones que para mí, la variable tiempo va perdiendo cada vez más importancia… ¡será cuestión de que me hago mayor!, y que cada vez estoy más convencido de que un distanciamiento con respecto a las premuras de la vida presente sería un remedio saludable altamente recomendable para todos, especialmente para los académicos, que están cada vez más pendientes de “sus cosas”: sus acreditaciones, sus sexenios, sus publicaciones “alimenticias” (expresión del gran penalista y amigo Enrique Peñaranda), y a sus varias tareas más o menos útiles de auto, hétero y múltiple-evaluación y gestión, pero a las que el tiempo acaba haciendo justicia y dictando sentencia, la mayor parte de las veces, relegándolas al polvo del olvido. Varias veces, no sabría precisar cuántas, en el transcurso de todos estos años de vida y producción universitarias, y que ahora parecen diluirse en la nada, yo mismo, mientras vivía inmerso en la vorágine académica, escuchaba una voz impersonal que me decía, una y otra vez: “aguanta, chico… Si total, de aquí no echan a nadie”… “Si por aguantar cinco, diez años… ¿qué más da?”… “Serás Profesor Titular y, además, con un sexenio de investigación nada más terminar la tesis” (esta frase la recuerdo tal cual como fue pronunciada, ya sabéis que tengo muy buena memoria, y a quien la pronunció tras una comida en el restaurante “El Goloso”, próximo a la Universidad, sólo puedo guardarle gratitud, así como a los que asintieron, pero su autoría no será revelada hasta que yo no lo decida). ¿Que qué más da? Pues da. Y mucho. Se puede ir la juventud –de hecho se te va-. Y se te va la vida en las bibliotecas y salas de estudio, cuando no por rincones peores, como reacción a una travesía en el desierto basada en promesas que, ya desde lejos, se van viendo como incumplibles. Como así ha sucedido. Con ello no pretendo juzgar –ni mucho menos condenar- a nadie. Pero tampoco a mí mismo. Lo que sí pretendo hacer es reflexionar sobre un sistema que, en mi caso, no ha sabido o no ha querido incorporarme a su acerbo. Sus razones habrá tenido. Suficientes. Satis, en latín. No quiero ni puedo exigir responsabilidades de ningún tipo a nadie, pues bastante enredada está la madeja universitaria como para tratar de desenredarla: lo que es cierto es que, como en la Dinamarca de Hamlet, algo anda podrido en la Academia española como he dicho antes, y lo de “¡haber tenido que nacer yo para purificarla!”, se me antoja que no va a ser mi destino. Llegados a este punto… ¿Queréis saber la verdad?… ta chann… ¿Y qué es la verdad? Le preguntó Pilatos, intrigado, a Jesús, el Nazareno. No obtuvo respuesta. O al menos eso es lo que nos relata el Evangelio de San Juan en Jn, 18, 38. La verdad la saben los pocos que me conocen de verdad en la Universidad y que me aprecian. Si yo no estoy en la Academia es por circunstancias objetivas de ¿difícil? determinación, y no por mi trayectoria académica ni por la calidad de mis trabajos. Y lo mejor de ello es que mis trabajos son públicos, la mayoría han sido evaluados por expertos independientes y nadie, hoy por hoy, se ha atrevido a discutir su alta calidad. En cuanto a la docencia, el Rectorado custodia mis encuestas y están, o en la media, o por encima de la media: son datos objetivos. Y en cuanto a la gestión, mi representación en órganos universitarios y en proyectos de investigación, desarrollo e innovación ha sido, es y será siempre -al menos si no cambian demasiado los principios de la Administración pública-, públicos. Así que la respuesta a mi no promoción -o lo que es lo mismo, materialmente, que no técnicamente-, al “problema” de la finalización de la relación laboral que anteriormente he venido manteniendo con la Universidad Autónoma de Madrid desde octubre de 2005, previa una relación estatutaria de becario, con dicha Universidad, generada a partir de una convocatoria pública de becas FPU en concurrencia competitiva con efectos desde 1 de enero de 2002, y la posterior “solución” propuesta para mi caso, consistente en la sustitución de una relación laboral por mi todavía no finalizada “relación”, basada en un nombramiento del Consejo de Gobierno de la Universidad Autónoma de Madrid, de “Profesor Honorario”, no tiene nada que ver ni con la calidad de mis trabajos, ni con mi docencia, ni con mi perfil como académico.

Lo que nadie, ni casi ninguna “circunstancia objetiva” –cómo les gusta a muchos economistas y expertos en “empleabilidad” usar estos términos ambiguos en estos tiempos tan duros para tantas personas y tantas familias que, de verdad, están en nuestro país bajo el umbral de la pobreza o en riesgo inminente de estarlo por la incompetencia de muchos, incluida la de los expertos acuñadores de los términos arriba entrecomillados- podrá impedirme será ejercer mi libertad de investigación y de estudio, cuya plena capacidad me reconoce mi Título de Doctor, y dedicarme a lo que realmente me gusta: el estudio, la investigación y la enseñanza. Así que, lo que no pueda hacer desde la cátedra o desde el banco universitario como Profesor lo haré como individuo en la red, como bloguero. Si piensas así, entonces eres de los míos.

Dr. Pablo Luis Guérez Tricarico

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