Las 15 enfermedades de la Curia vaticana, diagnosticadas por el Papa

diciembre 22, 2014 § Deja un comentario


Estimados lectores:

 

Os dejo el enlace, que espero que sea de vuestro interés:

http://www.yotengofe.com/estas-son-las-15-enfermedades-de-la-curia-vaticana-diagnosticadas-por-el-papa-francisco?utm_source=dlvr.it&utm_medium=twitter

 

Apenas tengo nada que añadir a las palabras del Papa. Él ha arrojado luz sobre lo que muchos sólo sospechábamos y que, desgraciadamente, no sólo subsiste en el franquismo sociológico y en la intransigencia que reina en algunos sectores de la jerarquía eclesiástica de mi país, sino en la propia Curia romana.

En cuanto al poder del dinero en la Curia, hay mucha literatura. Entre la más actual, recomiendo el libro de periodismo de investigación Las cartas secretas de Benedicto XVI (El libro que ha destapado el escándalo vaticano; título original: Sua Santità. Le carte segrete di Benedetto XVI, 2012), del periodista Gianluigi Nuzzi, Ed. Planeta Madrid, 2012.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

Ex Profesor de Derecho Penal de la Universidad Autónoma de Madrid y del Colegio Universitario “Cardenal Cisneros”

@pabloguerez

http://www.citizengo.org/es/14871-papa-francisco-rezo-por-vos?m=5&tcid=8989303

diciembre 18, 2014 § 1 comentario


Mensaje de Felicitación al papa Francisco por su 78 cumpleaños

 

Mensaje general, que hago mío plenamente (publicado en http://www.citizengo.org/es/14871-papa-francisco-rezo-por-vos?m=5&tcid=8989303):

 

Rezo por vos

Estimado Papa Francisco:

Gracias por ser la luz moral y espiritual en un mundo que adora el dinero y el poder y descarta a quienes no son útiles o “convenientes”.

Cuente con mis oraciones.

Atentamente,
[Tu nombre]

 

 

Mensaje personal

 

Felicidades, Santidad.

Estáis haciendo muchas cosas muy buenas en la Iglesia. Estoy seguro que gracias a vuestras palabras y a vuestros hechos, a vuestro ejemplo y estilo sencillo y humilde, como el de Francisco de Asís, muchos católicos no practicantes, o agnósticos, han vuelto a la plena comunión con la Iglesia Católica, entendiendo el ministerio que Vos ejercéis como un servicio y no como un ejercicio de poder, y que permite sensibilidades distintas dentro de esta Casa tan grande que es la Iglesia Católica, porque es la Casa que Jesús quiso para todos en este mundo. Ojalá ésta, y especialmente los sectores jerárquicos más reticentes a seguir el consejo evangélico de la pobreza y a practicar las obras de Misericordia en Nombre del Dios Amor, se impregne del espíritu de humildad que guía a Vuestra Santidad. Mi más sincera felicitación por vuestro cumpleaños y mi felicitación y agradecimiento por vuestra obra pastoral y de gobierno.

Atentamente,

Pablo Guérez Tricarico

@pabloguerez

 

 

La Inmaculada Concepción de María abre el camino de una nueva Humanidad

diciembre 8, 2014 § Deja un comentario


Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar, y la Virgen concebida sin pecado original (antífona para la Adoración eucarística)

“Oh, María, sin pecado concebida, rogad por nosotros, que recurrimos a Vos” (Jaculatoria, atribuida a María en su revelación privada a Santa Catalina Labouré, el 27 de noviembre de 1830, Festividad de la Virgen de la Milagrosa)

 

LA INMACULADA CONCEPCIÓN

LA INMACULADA CONCEPCIÓN. MURILLO.

 

Hoy, 8 de diciembre, la Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción: María, con su sí, con su fiat, dado libremente, como una mujer nueva de la nueva creación libre del pecado original, hizo posible la obra redentora de Dios, aceptando llevar en su seno virginal la Palabra viva de Dios, como nos recuerda el rezo del Ángelus. María es la mujer nueva, la nueva Eva, de la que habría de nacer nuestro Redentor. Ella es la que marca el paso de nuestra espera de Adviento hacia la Navidad. Con su sencillez y humildad, hizo posible que comenzara la obra salvífica de Dios para los hombres, que habríamos de ser redimidos por Jesucristo, no ya sólo para devolvernos al primitivo estadio preternatural de Adán y Eva, sino para ensalzarnos a la dignidad misma de Hijos de Dios por adopción, como reiteradamente puede leerse en varias Cartas de San Pablo.

La Redención alcanzó también a María y actuó en Ella, pues recibió todas las gracias en previsión de los méritos de Cristo. Dios preparó a la que iba a ser la Madre de su Hijo con todo su Amor infinito. A este respecto, a mí me resulta especialmente gráfico y bello la siguiente declaración de R. A. Knox, quien se expresa así sobre la Inmaculada Concepción de María: “Del mismo modo que el primer brote verde señala la llegada de la primavera en un mundo helado y que parece muerto, así en un mundo manchado por el pecado y de gran desesperanza esa Concepción sin mancha anuncia la restauración de la inocencia del hombre. Así como el brote nos da una promesa cierta de la flor que de él saldrá, la Inmaculada Concepción nos da la promesa infalible del nacimiento virginal (…). Aún era invierno en todo el mundo que la rodeaba, excepto en el hogar tranquilo donde Santa Ana”, de quien tenemos constancia, entre otras fuentes, a través de algunos Evangelios apócrifos, como el Protoevangelio de Santiago, “dio a luz a una niña. La primavera había comenzado allí” (R. A. Knox, Tiempos y fiestas del año litúrgico, p. 298).

Si bien no fue hasta el siglo XIX, que la Inmaculada Concepción fue proclamada como dogma de fe católica por el papa Pío IX (concretamente, en el año 1854), ya algunos Padres de la Iglesia, tanto de las Iglesias orientales como occidentales, desde los primeros siglos del Cristianismo, y desde la formación del cuerpo doctrinal en torno al pecado original, elaboraron las premisas de lo que después sería proclamado como dogma, e históricamente hay constancia de la celebración eclesial de la Fiesta de la Inmaculada Concepción desde el siglo VIII de la Era Cristiana.

Todo cuanto de hermoso y bello se puede decir de una criatura, se lo cantamos hoy a nuestra Madre del Cielo, quien nos fue dada por Jesús, en el momento de Su Muerte en la Cruz, como Madre a toda la Humanidad, entregándosela al discípulo que tanto amaba con las palabras: ““Madre (Mujer), ahí tienes a tu hijo; hijo, ahí tienes a tu Madre” (cfr. Jn 19, 25-27). De la inmaculada concepción de María, la cual, en atención a los méritos de su Hijo Jesucristo, habiendo sido predestinada por designio expreso de Dios a ser la Madre del Redentor, fue preservada de toda mancha de pecado original, pues puro y libre de pecado debía ser el vientre que acogiese al Salvador del Mundo, hablaron ya algunos primeros padres de la Iglesia, ensalzando la obra corredentora y salvífica de María, la Madre del Salvador. Así se expresa San Andrés de Creta: “Exulte hoy toda la creación y se estremezca de gozo la naturaleza. Alégrese el cielo en las alturas y las nubes esparzan la justicia. Destilen los montes dulzura de miel y júbilo las colinas, porque el Señor ha tenido misericordia de su pueblo y nos ha suscitado un poderoso salvador en la casa de David su siervo, es decir, en esta inmaculadísima y purísima Virgen, por quien llega la salud y la esperanza a los pueblos” (Homilía I en la Natividad de la Santísima Madre de Dios).

Que la Inmaculada y Santísima Virgen María sea nuestra guía, y su manto nos brinde su protección maternal en este tiempo de Adviento, el que los cristianos nos preparamos, como cada año, para la llegada del Redentor: para conmemorar que Jesús, a quien María nos trae -como reza el antiguo dicho Ad Iesum per Mariam-, nacerá de nuevo en nuestros corazones en menos de dos semanas. Con tal de que le digamos que sí. Como hizo María, libre e inmaculada, con su fiat.

 

MAGNÍFICAT

Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos.

Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en principio ahora y siempre por los siglos de los siglos.

Amen.

 

Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea
en tan graciosa belleza.
A ti, celestial princesa,
Virgen Sagrada María,
yo te ofrezco en este día
alma, vida y corazón,
mírame con compasión,
no me dejes, Madre mía.

 

A.I.P.M.

A.M.D.G.

Con Jesús, Rey del Universo, despedimos el Año Litúrgico

noviembre 29, 2014 § Deja un comentario


 

Cristo+Rey                        Cielo y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mt 24, 35)

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

 

El pasado domingo 23 de noviembre, la Iglesia Católica de rito latino -la más extendida del mundo- celebró la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.

Fue una Fiesta, en sus orígenes no muy remotos, instituida en momentos en los que peligraba la influencia y el poder de la Iglesia frente a los avances de la Modernidad, y, especialmente, el poder temporal de aquélla. Ahora, en un momento en el que el poder temporal de la Iglesia se reduce a la garantía de la imparcialidad e inmunidad de coacción frente al poder civil, labradas a través de los siglos, por medio de la figura de Derecho internacional público de la persona jurídica internacional de la Santa Sede, albergada en el Estado de la Ciudad del Vaticano, de apenas 0,4 km2 de extensión, así como a los vestigios de los antiguos privilegios procesales del refugio “en sagrado” -y que a mi  juicio, como jurista, en un momento de crisis de valores y de legitimidad del poder civil y de los Estados Nación, habría que recuperar-, la Fiesta de Cristo Rey, con la lectura del conocido pasaje de Mt 25 referido al Juicio Universal, representa litúrgicamente la culminación del designio escatológico del hombre y del mundo.

A Jesús, cuya venida volveremos a esperar en el inminente nuevo Año Litúrgico que comienza, con el tiempo de Adviento, ya esta tarde del 29 de noviembre, se le trata como Rey ya desde las antiguas profecías de Isaías y de Zacarías, quien se refiere a un hombre “destinado a gobernar las Naciones con vara de hierro” (Zac 14, 16). La misma descripción aparece en el Apocalipsis (Ap, 12, 5), Libro complejo y de inagotable lectura, escrito en clave de Eternidad, es decir, en la más pura definición borgiana de la misma como “simultaneidad de pasado, presente y futuro aprehendidas por una misma mente”. Por ello, y porque el lenguaje alegórico empleado muchas veces en el Texto Sagrado, muchas de las descripciones bíblicas deben ser entendidas metafóricamente, en su justo sentido.

Los Evangelios nos hablan de que Jesús es adorado ya como Rey por los magos desde su Nacimiento. Pero se trata, como sabemos todos los cristianos, de un Rey muy distinto, como distinta es la predicación de Jesús durante su Reino: “Mirad: el Reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17, 21). En la noche de su Pasión, preguntado por el Sanedrín y por Pilato, responderá que sí a la pregunta de si es rey. Pero enseguida se aprestará a pronunciarse sobre la naturaleza de su reinado: “Mi reino no es de este mundo” (Jn 18, 36).

¿Qué clase de rey es Jesús? ¿Cuál es la manera de reinar que tiene Jesús? No puede ser un reinado al estilo de los hombres, pues ya había declarado, durante su predicación, que “Los reyes de las naciones las dominan con su poder, y pretenden ser reconocidos como bienhechores… Entre vosotros, que no sea así… Yo estoy entre vosotros como vuestro servidor” (Lc 22, 25-27). Se trata de un rey que se ciñe el cinto, que va a buscar a la oveja descarriada y la pone a salvo. Que nos sostiene a todos y a cada uno de nosotros y nos pone a salvo, diciendo, con el Salmo: “yo te sostengo”. Que no tiene reparos en mezclarse con el pueblo “pecador” y en comer con ellos, con meretrices y publicanos. Es un rey que, antes de ser proclamado burlescamente como tal por sus torturadores, se remanga la camisa y lava los pies a sus discípulos. Ésa es la manera que tiene Jesús de reinar: reinar para nosotros, entendiendo su reinado como un instrumento al servicio de la redención y salvación de los hombres. Jesús reina en nuestros corazones, con tal que le dejemos un mínimo resquicio para poder entrar en ellos. Es un Rey que nos abrió las puertas del cielo llevando por corona una corona de espinas, y por trono una cruz. Por Amor a todos los hombres, su Corazón está representado, en la iconografía católica, especialmente, a partir de la fundación del movimiento de los Sagrados Corazones, con un corazón cubierto por una corona de espinas: símbolo de un Amor sin límites que está dispuesto a aceptar los sufrimientos más horribles con tal de ponernos a salvo y de ensalzarnos hasrta hacernos partícipes de su divina condición. Pues, con el Bautismo, la liturgia católica nos recuerda que el Sacramento hace al catecúmeno “sacerdote, profeta y rey”. Jesús es un Rey deseoso de conducirnos al Padre, que es el Amor mismo, que le ha ensalzado y le ha dado poder sobre toda la Creación, y de hacernos coherederos con Él del Reino de los Cielos que el Padre le ha entregado, preparado para sus benditos desde antes de la creación del mundo. Con tal de que le digamos que sí. Al cumplimiento de su voluntad. Y a cambio escucharemos: “Venid a mí, benditos de mi Padre”. Así, leemos en el Evangelio del Domingo de Cristo Rey: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de él todas las naciones, y él separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos. Pondrá las ovejas a su derecha, y los cabritos a su izquierda. Entonces dirá el Rey a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme”. Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 31-14).

Rebuscando en el ciberespacio de las homilías católicas para esta Solemnidad, no he podido encontrar mejor colofón que éste para terminar este post. Pertenece a una página católica muy recomendable que destila autenticidad evangélica desde el principiol, y tiene una licencia de copyleft, es decir, una licencia similar a las de creativecommons.org que yo suelo utilizar. Se permite la reproducción de su contenido citando su origen, y que podéis encontrar íntegro en http://www.acogerycompartir.org/palabra/2012/1125.html, no sin antes situar al lector en el contexto del mismo, a partir de la reflexión que puedan suscitar estas palabras a las que antes me he referido: “Jesús reina en nuestros corazones”. Creo compartir con muchas personas, creyentes y no creyentes, la percepción de una renovación en la Iglesia, tanto desde abajo, pedida desde los grupos de oración de las parroquias más humildes en todo el mundo cristiano, como desde arriba, en cuanto está siendo promovida por el papa Francisco. El texto que cito parte de la necesidad de situar la primacía del reinado de Cristo aquí y ahora. Cristo ha resucitado y ya es Rey. Aunque no lo veamos, como Él mismo dijo: “El Reino de Dios está en vuestros corazones”. Depende de nosotros, por tanto, remover las estructuras de pecado que configuran una sociedad muchas tecnológicamente muy avanzada pero muchas veces inhóspita para hacer posibles los ideales del Reino de Dios aquí y ahora, en este mundo que Cristo ha ganado para nosotros. Así, el objetivo escatológico de un cielo nuevo y una tierra nueva no debe sumirnos en una espera apática, sino servirnos de referente para ayudar a mejor este mundo, de una manera sencilla, como se expresaba y actuaba Jesús, “dando de comer al hambriento”. El párrafo que escogido del texto al que antes he aludido es el siguiente: “Aunque la fe cristiana nos lleve a mirar siempre más allá de la sociología y la política, ya es bueno que, con otras muchas personas, luchemos por metas intermedias, que son, sin embargo, bien importantes.  Jesús hace presente a Dios en el centro de nuestra historia y por eso Él en persona es el Reinado de Dios.  Sin olvidar que Dios reina místicamente en las personas santas.  En el concilio Vaticano II la Iglesia renunció a monopolizar la realización del Reinado de Dios.  Bastó decir que ha de ser germen o signo del Reinado de Dios hacia el mundo.

Eso debería haber sido y eso debería ser.  La crítica del poder absoluto de la realeza terrena se extiende también en el evangelio al poder absoluto que ejercen las instancias religiosas. A poco de iniciar el relato de la activación del programa del Reino, el evangelio de san Marcos indica que fariseos y herodianos se confabularon para hacer desaparecer a Jesús (Marcos 3,6).  La imagen del Reinado de Dios y de Cristo Rey del Universo no justifica que en la Iglesia se reproduzcan los símbolos y las estructuras de los gobiernos absolutos que tiranizan al mundo”.

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Who are the enemies of Pope Francis? Vatican increases security measures due to ISIS Terror. Meanwhile, the Church needs urgently a new “aggiornamento” to boost its credibility

septiembre 20, 2014 § Deja un comentario


http://www.iltempo.it/esteri/2014/09/20/l-isis-minaccia-il-vaticano-controlli-raddoppiati-a-s-pietro-1.1312658

 

To Evil’s victory, it is enough that the good people do not make nothing (Burke)

Siembra vientos y recogerás tempestades (Proverbio anónimo)

 

Scrivo questo post, preoccupato per la vita e l’ integrità di uno dei migliori Papi che Dio ci ha dato negli ultimi cento anni, in lingua italiana, perché è la lingua ufficiale, assieme al latino, della Santa Sede, in considerazioni ai miei seguitori dall’ Italia, credenti e non credenti, e perché credo possa essere seguito anche dallo spagnoloparlante colto.

Coloro che vorranno trovare in questo post una ferma condanna al terrorismo islamico non la troveranno. Non perché io non condanni la crudele follia dell’ ISIS, alimentata in buona parte da una politica estera degli Stati Uniti imperalista a ancora basata sulla logica del Far West, ma perché questa condanna sta essendo utilizzata da lobbies conservatori per difendere qualsiasi mezzo di lotta contro il terrorismo. Sicuramente una política piú comprensiva con la situazione del popolo palestinese, basata sull’ intesa, l’ accordo diplomatico con il legittimo Stato di Israele e una politica chiara di investimento per l’ educazione e per la coesistenza pacifica nel rispetto alla diversità non avrebbero reso il terreno cosí facile alla semina dell’ odio che scaturisce dalla paura e dalla incomprensione della cosiddetta “societá internazionale civilizzata”, e da una Europa immatura la cui política estera sembra essere ancora irremissibilmente legata alla logica della guerra fredda, nella quale la “sinistra” equivale ad appoggio incondizionale al popolo palestinese, anche ai terroristi, e “destra” equivale ad appoggio internazionale allo Stato d’ Israele, anche al suo terrorismo di Stato. Mentre i “pseudointelletuali” europei si dibattono ancora su tali termini, a maggior gloria dei loro leader politici o giornalistici, molti siamo stanchi della politizzazione, nel peggior senso del termine, e nel liguaggio piú oscuro, basso e interessato, di ciò che è una vera e propia catastrofe umanitaria in Medio Oriente, alimentata dal circolo dell’ odio tra estremisti sionisti e fondamentalisti islamici di Hammas. In questo contesto viene fuori lo Stato Islamico, assieme alle declarazioni degli screditati leader iracheni e iraniani, i quali, como i leader dell’ Arabia Saudita, per contentare a tutti, e soprattutto il loro alleato supremo, il Governo Federale degli Stati Uniti di Norteamerica, con il Presidente Obama in testa, colpevole, como egli stesso ha riconosciuto, di tortura. La situazione è prebellica a livello mondiale, e gli atteggiamenti sia dal lato del “mondo libero”, sia dal lato islamico non sembrano troppo pacifici. Siamo, como ha detto il Papa, in una situazione di guerra mondiale “a pezzetti” (a trocitos). Adesso pare che –secondo fonti giornalistiche all’ uso, e quindi, che meritano la stessa credibilità dei leader o del pensiero unico degli Stati ai quali servono, sarebbe il Papa sotto il punto di mira degli islamisti. Propio la figura internazionale che piú ha pregato per la pace, che piú ha denunciato che un mondo dominato dalle regole del mercato e dalla volontá dell’ Occidente non è sostenibile né giusto, che bisogna trovare una soluzione per la pace in Oriente Medio che non passi per negare la giustizia che legittimamente appartiene sia a israeliani sia a palestinesi. Forse è vero, ma queste minacce, come si usa dire colloquialmente, non me la contano giusta. Se fosse stato Obama ad essere stato minacciato sarebbe stata una cosa diversa. E forse, ma dico soltanto forse, non è stato cosí perché anche egli ha deluso una buona parte del suo elettorato e si è messo da parte del “conservative law and order”. Una volta piú, le oscure e criminali agenzie di sicurezza degli Stati Uniti, la NSA, la CIA, hanno fatto quello che hanno voluto, alimentando l’ isteria collettiva cui é tanto ricettiva la popolazione media americana ed hanno colpito anche l’ integrità del Presidente eletto dal popolo, e che dovrebbe governare per il popolo. Cinquanta anni fa, in un discorso tenuto dal suo compagno di partito il Presidente J. F. K., ucciso in strane circostanze, gli assistenti alla conferenza tenutasi  all’ Università di Columbia, D.C. con occasione dell’ apertura dell’ anno accademico, ascoltarono como il loro Presidente cattolico, dopo aver messo fine a quella che fu forse la crisi piú grave della Storia dell’ uomo sulla terra, poiché potrebbe aver portato l’ Umanità intera alla distruzione nucleare, dichiarava di non volere una “pax americana” basata sulla assoluta egemonia degli Stati Uniti, ma di una vera pace nell’ interesse comuni di tutti i popoli e di tutti gli Stati, compresa l’ Unione Sovietica, “because everybody  live in the same planet, everybody breath the same air, everyone take care of the future of their children and, at least, everybody are mortals”.

La fiducia nella Provvidenza e nella presenza di Cristo risorto, assieme al Suo spirito, è la miglior sicurezza per il Papa, a guida della sua Santa Chiesa. Noi preghiamo a lungo il Papa, affinché non venga sconfitto dai suoi nemici sia interni sia esterni, ed affinché Dio muova i loro cuori nella direzione dell’ Amore. Nemici del Papa non appartengo soltanto a movimenti fondamentalisti islamici como lo Stato Islamico, ma ce ne sono anche dentro la Chiesa Cattolica. Coloro che disprezzano il Papa e la sua attività volta ad avvicinare la Chiesa ai poveri, ai disperati, agli emarginati di questo mondo, e lo fanno sotto le vecchie insegne di una Chiesa imperiale malintesa, basata sull’ ornato, la condiscendeza o la collaborazione, attiva od omissiva, con il potere civile, non fanno altro che ostacolizzare la lavore di evangelizzazione affidata dallo Spirito Santo al legittimo successore di San Pietro. Questi, tanto affetti all’ autorità come concetto, disprezzano l’ autorità concreta di colui che incarna nel momento presente il potere delle chiavi affidato da Gesú stesso alla Sua Chiesa, cuando non conviene loro. Per no contare i numerosi gruppi settari norteamericani che costituiscono la base sociológica di una buona parte dell’ elettorato del Partito Repubblicano. Fra di loro ci sono i lefrebviani presumibilmente “reabilitati” da Benedtto XVI, i tridentini preconciliari e molte settte e persone paranoiche che vedono nella Chiesa soltanto un cumulo di riti e liturgie senza Spirito, senza condivisione con il prossimo e senza il messaggio autentico di Gesú, il Quale, essendo il piú grande ed innocente, si abassò e fu contato fra i peccatori proprio per la nostra salvezza. Ma noi, che siamo tutti peccatori, compresi quelli che non riconoscono il loro peccato in nome di una presumibile condizione di “cittadini di legge ed ordine” dobbiamo seguire il messaggio di umiltà che scaturisce da una lettura sincera, anche la piú semplice, del Vangelo, il cui seguimento si manifesta otre che nella preghiera, negli atti di Misericordia, anche corporali, per il prossimo, come ci ricordava il Vangelo sulle beatitudini della Messa di prima di ieri, venerdí 19 settembre del 2014.

Sono dell’ opinione che il Vaticano debba conservare il suo potere temporale guadagnato storicamente attraverso giusti titoli di proprietà. cosí como il suo particolare status giuridico internazionale. Ma i beni e i poteri temporali della Chiesa devono essere intesi soltanto como servizio alla comunità umana, dove la Chiesa debe svolgere la sua opera di evangelizzazione attraverso la preghiera, i testimoni di fede, la sua presenza sacramentale, ma anche mediante l’ aiuto e il sostegno temporale. Soltanto attraverso le Missioni Pontificie arrivano ai paesi piú poveri miliardi di euro che contruiscono non soltanto alla costruzione di chiese, ma anche a promuovere la justizia sociale e la carità nei territorio piú poveri della terra, laddove né gli Stati, né gli organismo intermedi, né le NPO, né la propria Croce Rossa, riescono a paliare la situazione di miseria estrema patita dalla popolazione. E lá ci vuole un aiuto massivo proveniente proprio dalla Chiesa come portatrice di un messaggio di speranza ragionevole. Non si può -oppure é molto meno effettivo- parlare di Gesú e delle beatitudine, o degli atti di Misericordia corporali cui si riferisce Nostro Signore in Mt 27, per esempio, senza offrire a chi è estenuato dalla fame da intere settimane un pezzo di pane, acqua, e tutti i beni necessari per il suo decoroso sostegno. Proprio su questo punto, ed anche a rischio di essere malinterpretato, oggi piú che mai la Chiesa cattolica debe avere un patrimonio economico e un potere temporale e diplomatico il quale, seppur sui generis, le consenta di arrivare là dove l’ azione degli Stati e delle NGU non arrivano, e le consenta pure di mediare, como storicamente ha sempre saputo fare, nelle controversie fra gli Stati allo scopo di raggiungere fini condivisi da tutta la comunità internazionale, come la justizia, la pace, o la lotta contro la miseria. Oggi piú che mai, la Chiesa Cattolica è investita da una auctoritas e da una opinio iuris riconosciuta informalmente dalla comunitá internazionale che le può consentire una collaborazione piú efficace con le autoritá civil nel conseguimento degli obiettivi di rendere migliore il mondo. Il crollo delle ideologie e la palese menzogna sulla quale sono edificati gli Stati moderni -il potere del popolo- sono ormai noti a tutti: chi comanda sono i poteri finanziari, indipendenti dagli Stati, sottratti ai loro classici poteri “formali” e ai quali gli Stati, soprattutto quelli occidentali, di tradizione cristina, rendono colto. Sono, in parole del propio Pontefice, le “economie idolatriche” quelle che rendono il mundo. Esse sequestrano oggi sorta di potere minimamente democratico, onde per molti di noi hanno perso quella legittimità di origine proclamata dai classici e che fondava l’ autorità democratica del potere civile proprio nel contratto sociale. In questa situazione, nella quale il potere civile -comprese le Nazioni Unite e, soprattutto, le istituzioni di Bretton Woods, non avrebbe nessuna autorità -legittima, si intende- “se non fosse stata loro concessa dall’ alto” (cfr. Gn 19, 11), soltanto una instituzione como la Chiesa Cattolica, nella misura in cui esprima la sua particolare autorevolezza mondiale nel linguaggio e nelle forme dell’ autenticità, e non dell’ imposizione, una istituzione aperta al dialogo ecumenico e al dialogo con il potere civile, sia esso formalmente democratico o non democratico, una Chiesa amministratrice dei beni di questo mondo ma che non é del mondo –una Chiesa che, pur non essendo del modo, deve agire in questo mondo, perché fu in questo mondo, con tutto il suo peccato e la sua miseria, per il quale morí Nostro Signore-, non può disintendersi della sofferenza materiale della gente. Eppure, non dobbiamo confonde la Chiesa con il Regno di Dio: la Chiesa è pur sempre uno strumento, preziosissimo, attraverso la quale si manifesta l’ azione di Gesù e dello Spirito Santo, di tutta la Trinità, nel mondo, attraverso la preghiera, le opere di misericordia, e, soprattuto e in maniera fondamentale, per volontà expressa di Gesucristo, attraverso il miracolo della sua sacramentalità. A questo punto… come sostenere al contempo la neccessità di una Chiesa povera, non soltanto ni Spirito, ma anche nel materiale, e del potere temporale della Chiesa? Nella linea sostenuta da vari teologi del Novecento, con particolare sensibilità sociale, ciò è possibile se i responsabili dell’ amministrazione vaticana e di tutti gli istituti cattolici praticano il distacco tra la volontà di possedere e il fatto di possedere, nel nome dei valori che essi vogliono e devono perseguire: che la ricchezza della Chiesa Cattolica serva come strumento o come destino finale per lenire la sofferenza del prossimo, sia materiale sia spirituale. La pratica del distacco, comune a tante religioni attuali e scomparse sulla terra, è stata practicata da molte persone di buona volontà, cristiani oppure di altre religioni, i quali, non hanno semplicemente lasciato tutto a i poveri, ma si sono riservati la amministrazione anche durante anni, creando fondazioni, monti di pietà ed altri istituti benefici. Ma ad una condizione: essi hanno cambiato radicalmente il loro rapporto funzionale fra le proprie ricchezze (l’ avere) e la percezione del proprio io. Come esempio del fatto di un tale atteggiamento può essere riscontrato in altre religioni millenare, nel tardo buddismo, il ramo meno rigoristico del Buddismo scolastico, raprresentato dalla Bhagavad-Gita, non richiede la rinuncia al mondo, a se stessi e ai beni temporali -como nemmeno una tale richiesta è pienamente soddisfatta del proprio Buddha e da molti suoi autorevoli discepoli-, ma si accontenta con il mandato di trasformare  in sacrificio le proprie azioni, rinunciando ai loro frutti -che vanno cosí a beneficiare gli atri o Dio-, rompendo in questo modo la ruota karmica del pensiero indiano responsabile della schiavitú operata da noi stessi e dalla interminabile catena di azioni-conseguenze que determineranno, a sua volta, il ciclo delle reincarnazioni. Invece, sacrificando i frutti (buoni, si intende) delle proprie azioni l’ uomo si libera da una delle cause del dolore che lo lega a questo mondo, l’ ansia di possedere, e puó giungere, senza necessità di grandi processi meditativi o ascetici, alla “liberazione”.

Ora, tornando al cristianesimo e alla Chiesa Cattolica, possiamo ritrovare elementi comuni di queste idee, le quali devono ovviamente essere contestualizzate, nel comportamento di grandi santi e sante della Chiesa. Mi piacerebbe avere un dialogo con Giovanni Papini su questo punto, piché egli fu molto duro sulla questione della accumulazione delle ricchezze da parte della Chiesa, ma si dichiaró anche “medievale” (cfr. La scala di Giacobbe). Tornando al punto di partenza, credo sinceramente che siamo entrati in una nuova era dal punto di vista político ed economico, ma non alla leggera o “light”, como sostengono i raprresentanti dei cerchi new age, ma proprio pero la assenza di un potere civile forte che ha caratterizzato sia l’ Antichitá (l ‘ Impero), sia l’ Etá moderna e parte di quella contemporánea, al meno fino alla comparsa della cosiddetta “postmodernità”. Le istituzioni piú politiche delle Nazione Unite -e con questa precisione voglio mettere a salvo da questa analisi critica le principali istituzioni della “famiglia” delle NU, quali la FAO, l’ UNESCO, l’ UNCTAD, l’ ACNUR, l’ OMS e molte altre, che svolgono una importantissima funzione di “coscienza critica” della comunità internazione- non valgono piú, rispecchiano ancora i vecchi rancori della Guerra Fredda. E accanto all’ ONU istituzioni che dovrebbero reggere con giustizia i rapporti economici e finanziari fra le Nazioni per migliorare le condizioni di vita delle persone, non fanno altro che servire gli interessi delle grandi corporazioni economiche e finanziarie multinazionali. In questo contesto internazione, l’ attività istituzionale della Chiesa Cattolica può essere efficace se si fonda sull’ apertura alla società internazionale, soprattuto ai paesi piú poveri, e tende loro la mano, como oggi ha espresso il Presidente dell’ Albania al Papa. Ma é soltanto nel Vangelo di Gesù dove la Chiesa debe ritrovare continuamente la forza che viene dall’ Alto e che le da la sua indistinguibile autorevolezza, nel senso di autenticità. E da questa Fonte senza fine la Chiesa debe saper portare, anche institucionalmente, oltre al messaggio evangelico di speranza nella nuova vita regalataci da Gesú, l’ esempio della sua prassi concreta attraverso le opere di beneficenza, protezione e rifugio. Anche facendo valere la sua riconosciuta autorità internazionale come Santa Sede, sapendo che é sempre assistita dallo Spirito Santo secondo la promessa di Gesú, e mettendo a lavorare tutte le sue forze umane, materiali, istituzionali, giuridiche, mediatrici e diplomatiche al servizio di tutti gli uomini, specialmente dei piú deboli ed emarginati della Terra. Affinché loro possano sentirsi assistiti dalla comunità di vita che è la Chiesa e, dinanzi al mondo, possano anche mettersi a rifugio, come si diceva anticamente, “in sacro”, dove nessuna autorità umana né nessun potere civile oserrebbe toccarlo, perché sono i figli prediletti di Dio, coloro che sono stati rifiutati, per azione o per omissione colposa, dalla nostra società ipocrita. Come lo furono gli ebrei e gli altri  uonini, donne e bambini perseguitati dal nazismo e dal comunismo in molte Chiese, anche con l’ aiuto -oggi dimenticato- di molti paesi neutrali o non belligeranti.

Preghiamo dunque per il Papa. Affinché egli sappia gestire con umiltà, saggezza, intelligenza e lungimiranza, assistito dallo Spirito Santo, il Tesoro che gli è stato affidato da Gesú: la Santa Chiesa Cattolica. Perché sappiamo che le porte dell’ inferno non prevalebunt. Cristus vincit, Cristus regnat, Cristus imperat. Benedicat omnes gentes omnipotens Deus. Amen.

 

Madrid, a 21 settembre del 2014, Festività di San Matteo Apostolo ed Evangelista

 

Per: Dott. ric. Pablo Guérez Tricarico

Signed by.: Pablo Guérez Tricarico, PhD

 

I. H. S.

A. M. D. G.

 

La plaza San Pedro ha reforzado las medidas de seguridad.
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Who are the enemies of Pope Francis? Vatican increases security measures due to ISIS Terror. Meanwhile, the Church needs urgently a new “aggiornamento” to boost its credibility by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.

¿Podemos emprender una política de rostro humano? Compromiso político y religión.

agosto 24, 2014 § Deja un comentario


 

Jesús, llamándolos junto a sí, dijo: Sabéis que los gobernantes de este mundo se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, que sea vuestro servidor, y el que quiera entre vosotros ser el primero, que sea vuestro siervo (Mt 20, 25-27, ca. 80 d. C)

The brave men, living and dead, who struggled here, have consecrated it far above our poor power to add or detract. The world will little note, nor long remember, what we say here, but it can never forget what they did here. It is for us the living, rather, to be dedicated here to the unfinished work which they who fought here, have, thus far, so nobly advanced. It is rather for us to be here dedicated to the great task remaining before us—that from these honored dead we take increased devotion to that cause for which they here gave the last full measure of devotion—that we here highly resolve that these dead shall not have died in vain—that this nation, under God, shall have a new birth of freedom—and that, government of the people, by the people, for the people, shall not perish from the earth (Abraham Lincoln, given to Edward Everett, 1864)

Todo el mundo quiere cambiar a la Humanidad, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo (Lev Tolstói, ca. 1900)

Cambia tu corazón, y cambiarás el mundo. Porque el que es fiel en lo pequeño será fiel en lo grande

A todas las personas de buena voluntad de los movimientos sociales, especialmente de los vinculados a Izquierda Unida y a PODEMOS

A Tania Sánchez, cuyo discurso sigue ilusionando como un vergel en el desierto mediático previamente repartido por los responsables de la información

 

El problema: buena parte del mundo crítico del panorama sociopolítico español, no sin mucha razón, propone lo siguiente para

+EL PUEBLO UNIDO CONTRA LAS INJUSTICIAS

La lectura de estos puntos programáticos que me han hecho llegar a través de Google + algunas personas próximas al movimiento PODEMOS me ha producido, por una parte, simpatía, y, por el otro, impotencia. Simpatía porque estaría de acuerdo en el 90% de sus puntos si pudieran cumplirse sin que los poderes de este mundo -no sólo los económicos- no tuvieran capacidad de reacción. Es más: aun si pudiera ser posible, como hacker, extender un virus que destruyese todos los títulos de propiedad, legal o ilegalmente adquiridos, esa opción robinhoodiana me merecería simpatía, como en la película Los fisgones, 1991, aunque no considero que ésta fuese una opción razonable, ni menos deseable o generalizable. Lo que ocurre es que, leyendo los puntos programáticos del ámbito de PODEMOS, y a pesar de algún nuevo lenguaje, me suenan a viejo marxismo, el cual, en sus concretas aplicaciones históricas nunca favoreció del todo a las clases más bajas -aunque a favor de algunos regímenes marxistas occidentales “mitigados”, como algunos países del Este de Europa, o la propia URSS posterior a Kruschev, hay que decir que las necesidades más básicas de toda la población fueron atendidas, si bien a costa de reducir las oportunidades de aumentar la riqueza nacional y un reparto equitativo de mayores bienes, como denunciaran muchos marxistas críticos o teóricos de la justica como John Rawls-; más bien, a las clases populares y profesionales -por cierto, todavía enfrentadas en los países “libres” por el voto por los partidos del centro-izquierda, sociológicamente preferidas por las clases populares, o del centro-derecha, sociológicamente preferidas, al menos hasta ahora por los llamados “profesionales” que se sienten superiores- se las sometió, en los tiempos del “socialismo real”, al opio de la doctrina comunista oficial, que no de la religión. Dicho esto, he querido aprovechar este mensaje para expresar mi opinión sobre PODEMOS y los movimientos sociales, respecto de los cuales, y a pesar de sus buenas razones -sí, buenas, por si a algunos “hombres de bien” o de law and order no se lo parece-, y sobre su capacidad transformadora de la sociedad no puedo menos que mostrar un triste escepticismo. Y no precisamente por las razones más apuntadas por la prensa al uso: desconfianza de la población general para que PODEMOS pueda convertirse en una alternativa de gobierno viable, preferencia del movimiento por puntos programáticos en lugar de una nueva manera de hacer gobierno, así como algunas otras acusaciones al menos dudosas de que la formación y sus simpatizantes han sido y continúan siendo objeto de la prensa conservadora.

A estas alturas de la evolución humana, está visto que cualquier sistema económico, ya sea capitalista, ya comunista o intermedio, está sujeto a la necesidad de los poderosos de utilizar el poder para mayor gloria de ellos, y no de la comunidad política. Con ello no pretendo adherirme a las tesis del liberalismo político tradicional, que proclama que el hombre es egoísta por naturaleza -personalmente sostengo que hay hombres más egoístas y hombres más altruistas; incluso la misma persona puede actuar de una manera u otra en función de su entorno y de su aprendizaje-. Por ello, me cuento entre los que consideran que precisamente debe limitarse cualquier poder, incluido el poder político, uno de los mayores enemigos de la libertad del hombre, junto a las riquezas, y no sólo para los que lo padecen, sino para los que lo practican, que se convierten en esclavos de ídolos modernos, auténticas dependencias -y mucho más fuertes que las estigmatizadas, como las drogas o los comportamientos “antisociales” o desadaptativos- en el mundo actual.

Lo que parece haber demostrado la Historia de la Humanidad es que tanto las riquezas -entendidas como objetivo último, y no como instrumento para una justa, equitativa y caritativa distribución y, si es necesaria, redistribución del welfare o de la riqueza- o el poder -entendido como poder para gloria del que lo ejerce y no como servicio-, no sólo son nocivos para las personas que tienen que padecer los desmanes de los ricos y de los poderosos-, sino para ellos mismos, debido a la tendencia natural que proporcionan estos instrumentos a la acumulación y a la maldad: porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recuperarla?

Los ricos y poderosos de este mundo, asistidos por “coaches” intrusistas que han ocupado el papel de los antiguos magos y chamanes, prometen a sus aspirantes e iniciados la dominación, primero de sí mismos, y luego la de los demás. Ellos deberían saber a dónde conduce este camino, muy diferente al que conduce la vía estrecha de las disciplinas prácticas de las grandes religiones como la ascesis y la mística. Por ello, llegadas las cosas a la entronización de la economía como disciplina desacralizada, en términos de Mircea Eliade, a la que hay que sacrificar a la persona, es necesaria una reflexión transversal, que vaya más allá de los objetivos de los partidos políticos y de las personas que de verdad quieren cambiar el mundo. Porque no se hizo la economía para el hombre, sino el hombre para la economía. Para ello, es necesario un cambio personal radical, que no sé hasta qué punto las personas estamos verdaderamente dispuestos a emprender.

Me considero una persona cristiana que intenta vivir su fe sobre todo desde la autenticidad y no desde la autoridad. Pertenezco a la Iglesia Católica, que para mí no es otra cosa que el pueblo de Dios y mi casa espiritual. Una Iglesia que no entiendo excluyente, sino más bien abierta a todo el mundo, incluidos a los que no quieren entrar en ella formalmente pero buscan la verdad como ellos la entienden, y realizan realmente la voluntad de Dios, como en la parábola de los dos hijos. En relación con esto, simplemente quisiera realizar dos matizaciones a los “puntos programáticos” que me han llegado desde la esfera de PODEMOS, y que intentan, desde mi posición, que no es la de un “hombre de bien”, perfectamente integrado en la sociedad conservadora que criticara Jesús de Nazaret y que le costó la vida, en la defensa de los débiles, de los necesitados, de los marginados y de los excluidos por el status quo de la época, tanto político como religioso; pues la política era religión y la religión era política: algo, por cierto, no muy diferente en nuestros días, en las que hay pseudorreligiones desacralizadas, en palabras de Mircea Eliade, como la economía, a la que sirve la política formal. En primer lugar, en cuanto a la eliminación de los privilegios de la Iglesia, la Iglesia Católica declaró en 1964, en un documento conciliar del máximo nivel institucional, la Gaudium et spes, que estaría dispuesta a renunciar a dichos privilegios si ello redundara realmente en favor del bien común. Pues bien, a mi modesto entender ha llegado este momento, y el papa Francisco está dando muy buenos ejemplos de ello, de auténtica actitud evangélica que constituye el espíritu de la Iglesia. No es éste el lugar adecuado para explicar la falta de desarrollo de esta propuesta de la Iglesia. Por otra parte, los críticos de la Iglesia Católica deberían ver los fondos que se destinan en las colectas y en otras actividades, auditados por empresas independientes, y, sobre todo, la labor desarrollada en este ámbito por muy diversas organizaciones católicas, diocesanas o de adscripción diversa, como Cáritas, aquí y en el Tercer Mundo. No hay nadie, ni en cifras ni en dedicación – y de ello tenemos cada día ejemplos de personas que, por Cristo y su Evangelio, que proclama en la práctica fundamentalmente el amor al prójimo-, que lo haga mejor. Y a su vez, los católicos instransigentes, o “de rito”, deberían reflexionar -si es que muchos pueden hacerlo y no están obcecados por el fanatismo, en ocasiones incluso violento-, sobre la realidad y el compromiso de su fe, abandonando una falsa piedad y una falta de mezcla con la gente que no es como ellos, y que ha sido una de las causas que más ha contribuido al abandono de muchas personas de buena voluntad del seno de la Iglesia; por cierto, de cualquier Iglesia, no sólo de la católica. Porque, advertidos por Jesús, no todos los que dicen “Señor, Señor” serán admitidos en el Reino, sino sólo los que hacen la voluntad de su Padre. Un Padre que, por lo demás, es misericordiosísimo y que, tal y como se nos enseña en las parábolas de validez universal del hijo pródigo y de las otras parábolas pequeñas de Lucas 15, está siempre dispuesto a perdonar y a devolver al hombre su dignidad perdida, ensalzándolo incluso sobre aquellos que se consideran a sí mismos como “justos”; así nosotros, pecadores, deberíamos perdonar a los que nos ofenden, como rezamos en el Padrenuestro.

Llegamos entonces al punto fundamental de mi crítica constructiva y de mis reflexiones para cualquier proceso de regeneración política y social. Ahora que todo el mundo -con mayor o menor preparación- habla de economía, ahora que lo que es llamado economía detenta la hegemonía cultural del pensamiento a todos los niveles del conocimiento práctico occidental, vamos a hablar también de economía. Es una disciplina más sencilla que sus espurias derivadas pseudocientíficas que estudian los estocásticos, el análisis técnico y el análisis de los mercados de valores, cuestiones que intentan predecir, normalmente retroactivamente, sobre la base de “modelos”,  y no de personas. La economía trata de algo mucho más sencillo: la distribución de las necesidades. Y es aquí donde quisiera expresar mi reflexión fundamental: no es posible pensar en emprender un esfuerzo colectivo de cambio social -en sentido progresista-, de regeneración política o de sumisión de la macroeconomía a las necesidades reales de la gente sin tener en cuenta  precisamente la cuestión de las necesidades. Es necesario redefinir las necesidades. Como expresa el lema de Cáritas, vive sencillamente, para que otros, sencillamente, puedan vivir. Algunos economistas que han tratado de volver a los orígenes de su ciencia -por cierto, muchos de ellos no procedentes de países “desarrollados”-, han comprendido realmente lo que la economía significa, y no sólo a nivel teórico, como hicieran en el ámbito occidental los epígonos del marxismo metodológico como Horkheimer, Adorno o Marcuse en los años 60 y 70, sino a nivel práctico e intercultural, como el tachado de heterodoxo por sus colegas del pensamiento único de la Escuela de Chicago Amartya Sen, bengalí de nacimiento y Premio Nobel de Economía en 1998. Era necesario que el genio espiritual de un país como la India se hiciera notar también en el pensamiento económico, como también lo era que el espíritu del catolicismo ortodoxo, despojado de su lucha geopolítica en favor del mal menor -el capitalismo de los años 60- frente al socialismo real de entonces, volviera a sus auténticas raíces -el Evangelio- con documentos conciliares sobre economía y vida política, a juzgar por eminentes teólogos -fundamentalmente pertenecientes o simpatizantes al movimiento de la teología de la liberación, como Ellacurría o Tamayo, pero no sólo, sino también según buena parte del jesuitismo y del franciscanismo “otrodoxos”, insuficientemente desarrollados por la realpolitik vaticana de los años anteriores a la caída del Muro. Ya antes, teólogos tanto católicos de la talla de Urs von Balthasar, Vito Mancuso o Hans Küng -este último todavía en activo-, en el ámbito católico, o Robert Bultmann o Karl Rahner, para el ámbito protestante, así como pensadores ecuménicos norteamericanos como R. W. Emerson mostraran su compromiso por las tesis sobre la parcialidad de Dios y la opción preferencial por los pobres, que debe implicar la labor de la Iglesia. Es algo todavía proclamado por representantes de algunas parroquias abiertas incluso en barrios conservadores y excluyentes como en el que habito, como el párroco Alejandro Fernández Barrajón, fraile mercedario, o el conocido Padre Ángel.

Volviendo al tema de las necesidades… ¿De verdad necesitamos tantas cosas, cuando sólo una es importante? La gestión de las necesidades es la base de la ciencia económica. No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y, aunque suenen a tópico, estas expresiones muestran con una sencillez perfectamente intersubjetiva la verdad que se esconde tras de ellas, accesible tanto al campesino analfabeto como al catedrático de Filosofía Moral. Como que hay gente tan pobre, tan pobre, que sólo tiene dinero. Pero entiéndaseme bien: con ello no pretendo quitarle valor, en primer lugar, a la necesidad de trabajar, aquí y ahora, por un mundo más justo, que yo entiendo con el Reino anunciado por Jesús, cada uno a su manera y ayudando a los más desfavorecidos, poniendo en práctica sus carismas pero también aceptando sus limitaciones. Tampoco pretendo criticar el valor de liberación personal y social del trabajo, el progreso e incluso las riquezas, salvo que quiera seguirse una, por cierto, respetabilísima, vocación contemplativa, monacal o eremítica. Precisamente por ello, en el momento actual es necesario devolver a muchas personas la dignidad de poder aspirar a un trabajo digno o de recuperar el que tuvieron -a mi juicio, no todos los “trabajos” lo son-, que en un Estado capitalista casi “puro” en crisis, precisamente como el nuestro, ha escindido la formación superior, todavía a su cargo en más de un 80% según cifras del INE, de la empleabilidad, que ha “dejado” al mercado -no sin mantener organismos de intermediación laboral cuya efectividad deja mucho que desear-, hay que ir mendigando a las responsables de recursos humanos de las grandes empresas, para las personas con formación, o a los gerentes machistas de la pequeña empresa, para las personas sin formación. Sí, soy políticamente muy incorrecto, y además, me gusta serlo. Hay que poder comer y beber para vivir con dignidad, tener vestido y techo. Lo que hace falta es un cambio de actitud hacia las “cosas del mundo”, que nos conduzca a otorgar a los bienes materiales el valor instrumental y relativo que realmente les corresponde, es decir, ser capaces de no perder al mismo tiempo de vista que sólo una cosa es importante. Ésta es la idea que, en mayor o menor grado, está detrás de todas las religiones: el desapego, comenzando por el de los bienes materiales. Pero para ello es necesario un cambio de actitud, muchas veces, radical. Es necesario renunciar a muchas necesidades artificiales a las que muy a menudo nos cuesta renunciar. Lo que sí tengo claro a estas alturas es que, si no cambiamos nuestro corazón, no podremos experimentar la auténtica alegría de la libertad que nos lleve de manera natural, como un niño, a ayudar a nuestro prójimo, movidos por la empatía, la compasión y el Amor, y con ello, a irnos desprendiendo poco a poco de nuestros propios egoísmos, de nuestros problemas y de nuestro “yo”. Pues no hay mejor manera, como ya señalara el siglo pasado el gran psicólogo Adler, de curar nuestras neurosis que saliendo de nosotros mismos y ayudando a los demás. Algo que ya nos enseño Jesús con su mensaje de que “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí y por mi evangelio, la salvará”. Se trata de un mensaje a mi juicio universal, que puede ser aplicado, como todas las ideas de fondo de este artículo, a las personas de cualquier religión, credo, ideología y a las que no profesan religión alguna, pues todas somos hermanas y nos unen al menos dos cosas radicalmente fundamentales: la conciencia de nuestra muerte y el deseo de sobrevivir a ella, nuestro deseo de inmortalidad. Es este sentido, desde el punto de vista teológico-religioso, me ha interesado hablar más de actitudes y de comportamientos que de “verdades” dogmáticas, precisamente con vistas a la construcción de un terreno común para la acción práctica de todas aquellas personas de buena voluntad que realmente quieran, cada una desde su posición, contribuir, literalmente, a cambiar el mundo. Estas ideas no pueden ni deben ser ajenas al discurso y a la praxis política y social. Precisamente por ello he querido ser radical en el sentido etimológico de la palabra, para manifestar mi convicción de que cualquier cambio político y social debe venir “desde abajo”, desde un cambio en nuestra actitud egoísta de la que todos somos esclavos. Sólo así podrá desenmascararse por las buenas, generando credibilidad en nuestro entorno más inmediato, a modo de “luz del mundo”, es decir, sin enemistad, la actitud de muchos representantes religiosos, de esos “hombres de bien” respetables que cumplen los ritos de la religión católica, las dobles morales, las cargas illevaderas ordenadas por estas personas con poder como para ejercer presión social. No se me oculta que el condicionamiento social de la conducta -que incluye pensamiento como conducta verbal, en términos skinnerianos, y acción- resulta muy difícil para todos, no sólo para aquellas personas que no tienen tiempo material para plantearse esta cosas, o para aquellos que, pensando solamente en sí mismos y en su “bienestar” material, constituyen el “rebaño adormecido del que hablara Noam Chomsky. También algunas personas cultas caímos en el pasado en la trampa del consumo como sustitutivo de la necesidad de reconocimiento social a que se refierera el psicólogo Maxwell en su teoría piramidal de las necesidades humanas, y con ello, en el ciclo kármico -por emplear un término religioso panindio pero de validez mítica universal, como expresara Mircea Eliade- de la rueda del consumo-disfrute-trabajo-crédito-más consumo. Para todos es difícil sustraerse a la presión del entorno sofisticadamente diseñada por aquellos que detentan la economía cultural, pues todos somo esclavos de nuestras pasiones, jóvenes y mayores, y nadie está exento de tomar el camino equivocado -o el pecado-. Pero precisamente por ello, la novedad del mensaje de Jesús reside en el hecho de que todos estamos perdonados, y con ello, justificados. Sólo es necesaria una actitud de reconocimiento, de conversión y de lo que, en otras épocas no muy lejanos, estaba abarcado no sin ambigüedad en lo que llamábamos “penitencia” (Küng, 2014). Por ello, el momento de crisis en el que nos encontramos, si no caemos en el desánimo, puede ofrecernos una oportunidad real -es decir, sujeta a vaivenes, a la vuelta a los mismos errores, a pasos atrás, como no puede ser de otra manera- de cambiar nuestra actitud hacia nosotros mismos, nuestras necesidades, nuestro modelo de sociedad y nuestras relaciones entre nuestro prójimo y entre otras sociedades -de personas, se entiende-. Ello sólo podrá ser posible, a mi juicio, cambiando nuestro corazón, con la ayuda de Dios -cada uno como lo entienda-. Sólo así, desde lo pequeño, podremos trabajar con impecabilidad en tareas humildes que nos consigan el respeto de los demás. Porque el que es fiel en lo pequeño, también lo será en lo grande. Desde el que ha pasado por la experiencia de la humildad, podremos aspirar a puestos en los que la Providencia nos ponga, pues para Dios, que quiso nacer como hijo de un carpintero, no hay nada imposible. La predicación de Jesús cambió el mundo, y si el reino de Dios, que él proclamó ya entonces en medio de nosotros no ha llegado a la tierra ha sido por la dureza de los corazones.

En cuanto a promover cambios positivos en la sociedad, comencemos planteándonos objetivos concretos, y se nos irán dando los cometidos de lo grande. Así, por ejemplo, centrémonos en combatir la situación de pobreza -material y espiritual- de nuestro prójimo; la degradación material y moral de los barrios de nuestras urbes deshumanizadas y caracterizadas cada vez más por contactos anónimos aplaudidos por insignes sociólogos, que ven sociedades de comunicaciones donde deberían ver sociedades de personas. También podremos darnos cuenta de que la intolerable degradación y contaminación de nuestros espacios naturales acaba a la larga con la supervivencia de la propia especie humana, superando el cortoplacismo imperante en este tiempo de la instantaneidad. Y sólo así podremos devolver la dignidad a continentes enteros deliberadamente excluidos de las bondades del consumo y de la globalización, como África, gran parte de Centroamérica, la mayor parte de América Latina y buena parte de Oceanía, aliviando la situación de miseria extrema que clama al Cielo.

Desde la opinión que quiero sostener, todas las personas, de cualquier credo, o de ninguno, pero que compartan esta necesidad de cambio de actitud individual antes de adquirir cualquier compromiso social, sobre todo político, son capaces, desde su ser y sus circunstancias, como diría Ortega, de contribuir al bienestar y a la justicia social, a la caridad, al fomento de un empleo cuya adjudicación se realice en equidad, es decir, en función del reconocimiento de los talentos y carismas y de las limitaciones y debilidades de cada uno, así como a una distribución de la riqueza basada en las necesidades de toda la comunidad política, especialmente, de los más pobres, de los excluidos, de los marginados, de los victimizados y de los estigmatizados, para que éstos, superando su situación, puedan contribuir realmente al bienestar de la Nación y de todo el orbe y recuperar con ello la dignidad que proporciona el trabajo, aportando sus habilidades y sobre todo su humanidad, y convirtiéndose de este modo en protagonistas activos de su destino y del bien común.

 

A.M.D.G.

 

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Sobre la petición de perdón del papa Francisco por los abusos sexuales cometidos contra niños

julio 9, 2014 § Deja un comentario


En un blog de orientación de humanismo cristiano sobre victimizaciones no podía faltar una referencia autónoma al problema de la, a veces tibia, posición de la jerarquía eclesiástica con respecto a los abusos cometidos sobre menores y sobre cualesquiera personas vulnerables, o simplemente la situación de denuncia de mujeres maltratadas o agredidas sexualmente sin su consentimiento. La doble moral franquista en este asunto parece ya incompatible con las señales del Papa Francisco, siguiendo la línea de su predecesor Benedicto XVI. Como curiosidad en materia de evolución de la teología moral sexual, quiero pensar que quedan atrás los tiempos, en el seno de la Iglesia Católica, no muy lejanos, en los que para algunos “moralistas” católicos el pecado de “simple fornicación” era teológicamente más grave que el de abusos contra personas que no pueden prestar su consentimiento, puesto que el primero entrañaba también un pecado contra la caridad, al comprometer la salvación eterna de la persona que prestaba su consentimiento al acto impuro. En buena teología “razonable”, esta posición ya no puede sostenerse. El propio Catecismo vigente de la Iglesia Católica señala que, en cualquier falta grave, el juicio sobre la pérdida o no de la gracia santificante como principal efecto del llamado “pecado mortal” corresponde sólo a Dios, lo que resulta conciliable con la nueva jerarquía axiológica que parece haber adoptado la Iglesia -aun sin haberla explicitado- en materia de moral sexual -al menos, en lo que se refiere a la importancia de la indemnidad sexual de los menores y de los incapaces, y al respeto al consentimiento de los participantes en el acto sexual-, y sobre todo, con el mensaje evangélico, que es el primer tesoro que tiene salvaguardar la Iglesia Católica. El papa Francisco ha declarado el 8 de julio de 2014 que los actos de abuso perpetrados contra menores son algo más que actos reprobables. Utilizando sus propias palabras, el papa ha comparado los actos de abuso contra niños con un culto sacrílego, realizado por ministros que habían recibido de Dios el carisma de conducir esos niños a Dios, y aquéllos los sacrificaron al ídolo de su concupiscencia. También ha criticado la omisiones culpables de encubrimiento de estas acciones por parte de los superiores jerárquicos de los religiosos. Ha pedido perdón por los crímenes de abusos vergonzantes realizados contra menores y se ha comprometido a que tales crímenes, por la parte que le toca, no vuelvan a consentirse nunca más o, al menos, que reciban su castigo. Recordemos aquellas palabras de Jesús, unas de las más duras del Evangelio: “Ay de quien escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar” (Mt 18, 6; cfr. también 1 Co 8, 10-13).

 

Para los que quieran saber más sobre las palabras del Papa, pueden leer la siguiente información contrastada: http://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-celebra-misa-con-victimas-de-abusos-sexuales-y-pide-perdon-por-sacerdotes-que-traicionaron-su-mision-96562/#.U71sD_XlodV

 

 

 

 

 

http://www.nadiesinfuturo.org/spip.php?page=info

junio 27, 2014 § Deja un comentario


http://www.nadiesinfuturo.org/spip.php?page=info

Os dejo un enlance de Cáritas sobre el drama que representa en nuestro mundo el fenómeno migratorio. Mis reflexiones al respecto irán aparecieno posteriormente al hilo de un comentario sobre la “Gaudium et spes” -ya veré si limitado a este tema o más general-, y basado en una intepretación que puedo denominar -a falta de una denominación mejor- “progresista” del texto conciliar, así como de otros importantes textos de la Sagrada Escritura y de la Patrística.

Por el momento, os dejo que disfrutéis de la lectura de los contenidos de la página de Cáritas.

Un saludo,

Pablo

El papa Francisco habla en su primera entrevista concedida a los medios (concretamente a la cadena española cuatro) sobre varios aspectos de su pontificado.

junio 16, 2014 § Deja un comentario


 

Como muchos ya sabréis, el papa Francisco concedió ayer, en algo que constituye un acto inusual por parte de un pontífice, su primera entrevista a un medio de comunicación: la cadena española cuatro. Como siempre, no deja de sorprendernos positivamente con su vuelta a lo que él mismo denominó como “las raíces del mensaje evangélico”. Por mi parte, habría bastado con enviaros el enlace adjunto sin realizar ningún comentario adicional, si no fuera porque, a mi juicio -y no pretendo especular sobre la causa de posibles omisiones informativas-, en el artículo digital de cuatro no se dice todo lo que se emitió en la entrevista. Inexplicablemente, se omite un aspecto fundamental sobre el que el Papa fue preguntado, cual es su opinión sobre el sistema económico mundial y la globalización. Y digo inexplicablemente porque, a estas alturas, todos conocemos la opinión del Pontífice al respecto, que ha sido publicitada por multitud de medios internacionales. Quizá ayer se dijo algo más, o se dijo con una precisión didáctica que los propios entrevistadores no se esperaran. Pero a los que escuchamos la entrevista, y tenemos buena memoria, se nos quedó grabado casi como si se tratase de una teofanía (y perdón por la licencia hiperbólica). En cualquier caso, para un católico, esté de acuerdo o no con las declaraciones del Pontífice, éste no deja de ser la autoridad suprema de su Iglesia. Y se trata de una autoridad marcada por unas formas y unos estilos muy diferentes a las de la mayoría de sus predecesores del siglo XX, una autoridad no entendida como “imperium” y ejercicio dogmático de la potestad de las llaves, sino como “auctoritas” en el sentido latino del término, es decir, como una autoridad moral que se sugiere, se propone y no se impone. Como, por otra parte, sucede o debería suceder con la fe cristiana, y con cualquier fe, pues sólo desde la libertad puede abrazarse no sólo un credo, sino sobre todo la opción de seguimiento personal propuesta por cualquier religión y que constituye la base del acto de fe: en el caso del Cristianismo, la opción de vida propuesta por Cristo Jesús.

Volviendo a la entrevista papal, por lo dicho anteriormente me interesa destacar dos puntos, que guardan relación entre sí. Un primer punto, fundamental, sobre la opinión del Papa en torno al sistema económico mundial o a las economías que rigen el mundo y su concepción de la globalización; y un segundo aspecto menor, pero que no deja de ser significativo y reconciliador -al menos, a mí me sorprendió muy positivamente-, que tiene que ver con la recuperación de la política como arte del buen gobierno, aspecto muy descuidado por los mensajes y las encíclicas pontificias, y tan necesitado de una reflexión por el pensamiento cristiano, frente a la hegemonía cultural de la economía, especialmente si se trata de una economía: la economía del pensamiento único. Comenzando por este último punto, el papa citó expresamente un escrito de un religioso cuyo nombre ahora no alcanzo a recordar, sobre la necesidad de recuperar la política. Me interesa traer a colación esta cuestión porque, lejos de ser completamente menor, se trata de una de las reinvindiaciones de la izquierda sociológica tan castigada por un pensamiento único -y todos interpretamos que se trata del pensamiento único ultraliberal con sus varias corrientes “ideológicas”, como por ejemplo, la Escuela de Chicago, y el que presentaron periodistas y pseudoeconomistas como Francis Fukuyama tras la caída del Muro, vendiendo un discurso a muchos partidos “de derechas” europeos, y, con él, una doctrina económica que constituye la base de las políticas procíclicas y de austericidio que muchos padecemos en la actualidad-. Más aún, por si quedara alguna duda sobre la condena del Papa -que fue explícita- del pensamiento único, realizada al hilo de la cuestión mayor que trataré enseguida, en la entrevista puede contemplar con satisfacción que se hablaba con una contingencia inusitada de la licitud de varias opciones políticas -siempre y cuando respetaran a la persona- con total naturalidad y sin alineamientos con determinados lados del espectro político sociológico con los que, velada o expresamente, ha prestado su colaboración la doctina social de la Iglesia Católica, cuando no su praxis, incluso con regímenes no democráticos. Y es que, al hablar de antisemitismo, el Papa declaró que se trata de un fenómeno condenable que ha tenido su principal caldo de cultivo sobre todo en los partidos de “la Derecha”. Ahí queda eso. Y, mal que le pese a algunos -o a muchos-, durante la entrevista el Pontífice habló con toda naturalidad de los partidos de centro derecha y de centro-izquierda. Se trata con mucho de una apertura hacia el pluralismo ideológico y político hasta el momento sin precedentes, que va mucho más allá del análisis hermético que realizara su predecesor Pablo VI en la encíclica “Populorum Progressio” de 1967, en la que alertaba a sus fieles incluso de interpretaciones prácticamente inocentes del marxismo como método de análisis histórico y metodológico; alertas innecesarias cuando determinado sector del marxismo occidental quiso corvenger con compromisos históricos con la democracia cristiana, renunciado a una buena parte de su bagaje dogmático hasta el punto de que, como ocurrió con la mayor parte de los autores de la llamada Escuela de Frankurt -en teoría marxista-, el marxismo ortodoxo perdió buena parte de su contenido “ideológico” para convertirse en un método de explicación de la realidad que, aun utilizando viejas categorías heredadas, constituyó un valioso aporte sociológico para comprender mejor las sociedades modernas o posmodernas.

Pero vayamos a la cuestión principal que quería referir a mis lectores, y que como verán, enlaza perfectamente con la que se acaba de comentar: el papa Francisco fue preguntado sobre la licitud del sistema económico actual y sobre la globalización. Su respuesta no pudo ser más didáctica y certera, tanto desde el punto de vista evangélico como desde un punto de vista estrictamente humanista: el Papa sostuvo que los sistemas económicos actuales no son buenos y que hemos incurrido en el grave pecado de idolatría: de idolatría del dios Dinero. Comenzando por la premisa valorativa de que todo sistema económico debe tener en su centro al hombre -al hombre y la mujer, precisó-, el papa constató el apartamiento radical de los sistemas económicos actuales de esta premisa. Más aún, habló de economías idolátricas, en el sentido antedicho, cuyo funcionamiento operaba por descarte. Por descarte de las personas -de los seres humanos- que el sistema había decidido de antemano que ya no serían productivos. Y puso como ejemplos paradigmáticos -si bien no únicos-, el descarte, por abajo, de los jóvenes, a quienes se les negaba cualquier posibilidad de acceder a un empleo. Y, por arriba, a los mayores, considerados como improductivos, como clases pasivas, que debían ser desechados. Con ello, los sistemas idolátricos estaban condenándose a no tener futuro, pues el futuro de un sistema económico-social, explicó el Papa, se basa en la pujanza de los jóvenes, que pueden y quieren contribuir al desarrollo de sus sociedades, inspirados por la sabiduría de los mayores. Con ello -y esto ya es añadido mío, en el que tomo prestada una frase del magnate George Soros-, el sistema está en manos de treintañeros -hoy quizá más cuarentañeros- aprendices de economistas y especuladores que sólo piensan en ganar dinero. El Papa mostró una gran preocupación por el desempleo juvenil y, como siempre, muy lejos de cargar las tintas contra “jóvenes vagos e improductivos” -como acostumbran muchas veces a denominarlos las generaciones de sus padres, cuando no ciertos sectores de la Iglesia española, hoy minoritarios, al menos en su expresión-, tuvo la valentía de denunciar directamente al sistema económico en su propia estructura, del cual dijo que “no es bueno”. Y con respecto al fenómeno de la globalización, el Papa explicó magistralmente que existen dos tipos de globalización; una mala, a la que tendemos, que trata de igualar a todo el mundo según un canon economicista que no es otro que el del pensamiento único. El Pontífice quiso expresar gráficamente esta idea con la idea de una esfera, en la que todos los puntos de su superficie son equidistantes respecto de su centro. En este tipo de globalización, dijo el Papa, no hay lugar para la diversidad ni para las diferencias individuales, y se acaba anulando a la persona; es propia de los gobiernos totalitarios, pero no sólo, sino también de estas nuevas formas economías idolátricas que, realizando una verdadera adoración del dios Dinero, consideran a las personas como números, o como elementos fungibles carentes de valor. Frente a este modelo de globalización, el Papa considera que es posible una globalización positiva; repitiendo el paralelismo con la imagen, ésta se asemejaría más bien a un poliedro, donde todas las piezas están interconectadas, pero cada una conserva su singularidad y su particularidad individual en la comunidad. Precisamente como ocurre con el Misterio de la Santísima Trinidad a cuya imagen, como nos recordó el Pontífice en sus catequesis más recientes, fue hecho el hombre, donde las Tres Personas no anulan la común naturaleza divina, sino que la enriquecen a través de una comunicación constante basada en el Amor.

En cuanto a la actitud personal que el papa Francisco mostró en la entrevista, estuvo humilde, didáctico, parco, sencillo, comunicador y lleno de Dios. Como los primeros discípulos de Jesús.

Hasta aquí la información que he tratado de comunicar, como complemento, a mis lectores. Abajo, os incluyo un link con otros puntos de la entrevista:

 

http://www.cuatro.com/practica-cuatro/entrevista-papa-francisco_0_1812300167.html

 

Fdo. Pablo Guérez, PhD

 

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¿Qué es o qué debería ser hoy el “aggiornamento”? De nuevo sobre la posición de la Iglesia en torno a las desigualdades sociales, las injusticas del mundo y los nuevos debates abiertos en y fuera de la Iglesia.

junio 8, 2014 § Deja un comentario


Imagen  Imagen

 

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, como yo os he amado (Jn 13, 34)

“Es un sistema injusto” (Discurso del papa Francisco pronunciado el 29 de febrero de 2014 sobre la crisis de los parados españoles, especialmente de sus jóvenes, y sobre la situación económica mundial)

 

 

Hace dos días, el papa Francisco nos sorpendió nuevamente con otra de sus declaraciones, en la que, entre otras cosas, expresaba su valoración sobre el estadio del capitalismo actual con unas breves pero contundentes palabras: “È un sistema ingiusto, che non dignifica la persona”.

Con ello, frente al tradicionalismo dominante en el llamado “pensamiento social cristiano”, las declaraciones del actual papa Francisco sobre la desigualdad social extrema suponen un cambio cualitiativo, y no simplemente cuantitativo, frente a la tímida doctrina social católica compatible incluso con la injusta -como todas- dictadura franquista española, doctrina que iniciara León XIII con su tibia, pero en su momento para algunos sectores cuasi revolucionaria “doctrina social de la Iglesia”, a partir de la publicación de la encíclica “De Rerum Novarum” a finales del siglo XIX. Tal vez el papa haga justicia y rehabilite tanto a los partidarios de la Teología de la Liberación que fueron condenados por la “Administración Ratzinger vaticana” durante el pontificado de San Juan Pablo II, pero lo cierto es que se impone no ya una “nueva evangelización a lo Ratzinger”, sino un nuevo “aggiornamento” de la Iglesia Católica que pase, por de pronto, por el reconocimiento de que la mayoría de la población cristiana mundial vive en países subdesarrollados en los que no son respetados sus derechos humanos. Sin embargo, antes de proseguir por este hilo del discurso, quisiera plantear, con carácter previo, y sin ánimo de hacer sociología ni atropología sobre las cuestiones que sucintamente voy a tratar para el lector, una cuestión sobre el significado de “aggiornamiento” que, en el pensamiento católico, adoptara el papa San Juan XXIII. La cuestión, como veremos, resulta de suma importancia, pues tiene que ver, nada más y nada menos, con la valoración histórica que puedan merecer actitudes de varios de los responsables de la Iglesia, y cuyas conductas desde el punto de vista de una moral crítica que no puede menos de prescindir del factor tiempo, es decir, de la contingencia del contexto sociopolítico propio de la época histórica en la que determinadas actitudes fueron tomadas por la Iglesia, y en la que podía existir, tanto en la filosofía secular, como en la praxis, un concepto socioantropológico de la persona muy distinto al de la actualidad. Ello nos lleva a una espinosa cuestión que excedería en mucho el popósito del presente post: la relación entre la contingencia de la concepción socioantropológica de la persona en un momento histórico dado -pongamos, la Edad Media-, y la eternidad de la verdad revelada en la Palabra. La respuesta a esta cuestión la dejo a la filosofía y a la teología, ciencias respectos de las cuales me considero un diletante, al menos en cuanto me refiero a mi labor investigadora. Me limitaré aquí a decir, para salvar una contradicción que no puedo menos que experimentar -pues soy creyente- como sólo aparente, reside en que, tanto por los defensores como por los partidarios de la Historia de la iglesia -y dejando aparte variables ideológicas que complicarían más un anlálisis elegante de esta difícil cuestión-, no ha sabido desligarse, en general -sobre todo, tanto por parte del aparato eclesial, como parte de las organizaciones antirreligiosas-, la contingencia accidental de la época histórica y la sensibilidad humana dominante en la misma, con una adecuada interpretación y exégesis de los textos sagrados. Ello mismo tendría una explicación teológica menor, cuasi catequética, que es la que los catequistas suelen contestar cuando se les habla del mal que ha realizado la Iglesia a lo largo de los siglos, poniendo multitud de ejemplos, como la Inquisión. Se dice, simplemente, que la Iglesia, como Iglesia de hombres, es una Iglesia de pecadores. Punto. Esta explicación, a mi modo de ver, no hace honor ni a la propia Iglesia como institución humana ni a los responsables que, en determinados momentos, tuvieron que llevar a cabo determinadas cuestiones, de acuerdo con la concepción socioantropológica de la persona, por ejemplo, en el contexto de una sociedad teocrática y la que determinados sentimientos de piedad o compasión estaban orientados hacia difícil mezc la de racionalidad e irracionalidad fundada en sentimientos más ancestrales, como el miedo. He tratado de exponer esta cuestión de la manera más sencilla que me ha sido posible. Sin embargo, quizá sea más comprensible para el elector como un ejemplo. Y voy a utilizar precisamente uno de los ejemplos -si no el que más- clásicos de los detractores de la Iglesia: cuando a un inquisidor que vive en el siglo XI, un siglo enteramente dominado por una conecpión muy pesimista de la regligión, dominado por el miedo al demonio -por cierto, tanto por el poder cil teocrático como por el poder eclesiástico-, se le presentaba una mujer acusada de brujería, uno de los mayores pecados que, en la configuración valorativa de su sociedad, revestía la gravedad mayor, es comprensible que dicho inquisidor hubiese condenado a dicha bruja a la hoguera, por haberse entregado a Satanás. Y no sólo para reparar la ofensa hecha a Dios, sino también para erradicar cualquier rastro de lo que los antropólogos, estudiando sacrificios que obedecen al mismo significado, aunque de menor gravedad, y que todavía siguien realizándose en algunas tribus, denominaran “metempsicosis”, o, con términos teológicos -o demonológicos-, infestación sobre la cosa. Para el monje del siglo XI debía elimiarse cualquier rastro de actividad satánica en el cuerpo de la infeliz mujer o del brujo que se hubiese entregado a tales prácticas, y de ahí una tortura que, en la actualidad, nos parece tan bárbara o inhumana. En ese contexto histórico, en el que la configuración de las sociedades occidentales estaba dominada por el milenarismo y la teocracia, no era concebible ningún rasgo de “aggiornamento”. Sólo después, con la aparición de las primeras órdenes mendicantes, la Iglesia pudo albergar movimientos “desde dentro”, en conreto, con la fundación de las Órdenes mendicantes, primero con Santo Domingo de Silos y poco más tarde con San Francisco de Asís, que denunciaron, desde el seno de la Iglesia, y con su ejemplo, los fastos y boatos de la Curia romana, proponiendo por primera vez en la Historia de l Iglesia Católica ortodoxa, una vuelta a sus raíces evangélicas y a sus consejos de pobreza, castidad y obediencia. Aunque me gustaría seguir este relato, el propósito de este post es limitado, y quiero dejar el análisis historiográfico de la Historia de la Iglesia aquí. Solamente me limitaré a señalar, en relación con los objetivos que me preocupaba destacar, que a mi juicio no merece la misma condena -en el plano de la ética crítica raciona-, las prácticas sin duda bárbaras, desde nuestra perspectiva histórica, del siglo XI-, que la quema en la hoguera de Migel Servet por sus obras teológicas y profanas, escritas a lo largo del siglo XVI -como, por ejemplo, por sus trabajos sobre la circulación pulmonar, no pueden merecer, por la variación en la contextualización histórica a que antes me he referido, una valoración historiográfica análoga; ni siquiera en una monaraquía teocrática como la española de aquella época, pues el protentantismo, y con él, la dignificación del ser humana como criatura racional capaz de interpretar por sí mismo los textos sagrados que una buena parte de las doctrina protestantes trajeron -otras, lamentablemente, como la primera Iglesia calvinista, entre otras, siguieron el mismo esquema de opresión de la Iglesia Católica-, ya había irrumpido por fuerza; y, el pensamiento del humanismo cristiano y del Renacimiento, con importantes contribuciones españolas, como el pensamiento de Francisco de Vitoria, no permitían sin más hablar de una configuración social análoga a la de la Edad Media; ni siquiera en España. A partir de la lucha del poder eclesiástico por acapar más cotas de poder civil, de manera directa o indirecta, sobre todo en los Estados con monarquías teocráticos, puede detectarse un cisma no declarado, conservador y dominante por siglos en el pensamiento católico occidental, consistente en la condena del pensamiento resultante, algunos siglos más tarde, del desarrollo natural del pensamiento humanista y del racionalismo que habría llevado a la Ilustración, a la Modernidad, y a la pérdida del monopolio de la iglesia en la justificación filosófica del poder civil. La hostilidad de la Iglesia hacia todo lo bueno que trajo de la Revolución Francesa -lo que no supone por mi parte ninguna justificación de aquel sombrío período histórico conocido como “El Terror”-, con sus repetidas condenas hacia el pensamiento ilustrado y la modernidad, sólo pudo producir un desajuste con su mensaje evangélico originario, es decir, cuando las clases populares vieron en el ejemplo de los dirigentes eclesiásticos precisamente lo contrario del mensaje de Jesús. En un momento histórico en el que, como diría Hegel, la Iglesia no supo estar a la altura del “Espíritu de los tiempos”, el caldo de cultivo generado a raíz de las nuevas formas de producción y explicación, y la aparición de los movimientos socialistas y comunistas, obligaron a la Iglesia a tomar cartas en el asunto, en lo que puede considerarse como el primer “aggiornamento” de la Historia de la Iglesia: la publicación en este sentido de la Encíclica “De Rerum Novarum”, promulgada por el pontífice León XII, pese a su tibieza a la que ya me he referido en otros posts, se refiere por primera vez a la cuestión social de una manera totalmente nueva, pues la Iglesia era consciente en aquel momento de la gran cantidad de fieles que iban continuamente perdiendo con sus alistamiento en las filas de los nuevos movimientos y partidos socialistas, comunistas y anarquistas, muchos de ellos abiertamente anticlericales. Quisiera sin embargo detener aquí la película. Este breve repaso por algunas de las cuestiones más espinosas de la Historia de la Iglesia Católica ha tenido como objetivo fundamental contextualizar, al mismo tiempo que definir, el “aggiornamento”: éste no sería nada más -y nada menos- que la actitud, promovida por los dirigentes eclesiásticos y difundida por sus pastores, de que la Iglesia conecte con los verdaderos problemas de sus fieles y de la gente en el momento histórico contingente en el que a todos ellos les toca vivir, de acuerdo con las concecpiones socioantropológicas de la personas vigentes en cada momento histórico y con las sensibilidades respecto de cuestiones que, en tiempos anteriores, pudieron plantearse de otra manera, cuando no ni siquiera existían.

En el momento actual, es para mí indudable la necesidad de un aggiornamento de la Iglesia -no sólo de la Iglesia Católica-, tanto en el se como en el ut y en el quantum. En relación al se, es decir, a la oportunidad de dicho “aggiornamento”, a casi ningún lector avezado que viva, sobre todo en países que nosotros, desde nuestro todavía -por poco- opulento “Primer Mundo y medio” -como me ha gustado denominarlo en otras entradas”, podrá ocultarse la lejanía sobre la priorización de los asuntos que parecen interesar, por una parte, a la jerarquía eclesiástica inferior al Papa, y, por la otra, a los asuntos que realmente interesan a sus fieles, que demandan cada vez más la incorporación dentro de la moral católica oficial de la gravedad del compromiso que los países y los individuos más ricos tenemos para con los países más pobres. En este sentido, la gravísima responsabilidad moral que pesa sobre los cristianos, por encima de cualquier discurso económico o economicista, del Problema Norte-Sur, con sus diversas variantes, enquistado demasiado tiempo por la era de la política de bloques y por la centralización de todas las luchas de las fuerzas democristianas en la erradicación del comunismo, se muestra hoy con toda su crudeza. A pesar de las encomiables ayudas de organizaciones que, como Caritas, están dedicadas a la erradicación de la pobreza y a la dignificación de la persona, hace falta más: un cambio de actitud por parte de los máximos responsables de la Iglesia Católica que impulse a este compromiso con acciones prácticas, tanto a fieles como a seglares. Y por lo que se refiere al cómo, así como al cuánto de dicho aggiornamento, baste con volver nuestra mirada hacia  la opresión y a la necesidad de liberación del mundo entero. Son éstos aspectos que ya no pueden ser soslayados en el debate teológico, sobre todo en la teología moral. Y ya es hora que la Iglesia “haga moral” para los países pobres, y no mirándose el ombligo como ha hecho a lo largo de los siglos la Iglesia latina de Roma. No se trata de descuidar cuestiones tradicionales, pero ya está bien de que los obispos y presbíteros occidentales, con la excepción del obispo de Roma, parezcan hablar sólo para el Primer Mundo y de los males del Primer Mundo -para la Derecha, claro-, de aborto, eutanasia, sexualidad fuera del matrimonio canónico y de los males de la “posmodernidad” -puesto que los de la Modernidad y la Ilustración ya fueron condenados en su momento por los papas del siglo XIX, sin darse cuenta de que el pensamiento cristiano racionalista contribuyó, paradójicamente, como he intentado antes apuntar, a las ideas liberales e ilustradas y a los conceptos modernos y laicos de derechos humanos, dignidad humana y democracia, entre otros-. Y aquí donde también quisiera plantaer otros problemas relativos al quantum del aggiornamento. Fundamentalmente, los males que se denuncian en este terreno no difieren en lo sustancial de los que fueran condenados al condenar la Iglesia de los siglos XVIII y XIX la Modernidad en su conjunto, y que podrían resumirse en la condena de cualquier doctrina que pueda suponer un peligro remoto para una sociedad teocrática. Así, se insiste en la condena del olvido de Dios (del Dios de la ortodoxia católica, por supuesto), o en el peligro de surgimiento de nuevos movimientos religiosos tipo “New Age”, que han arrebatado a la Iglesia un sector no desdeñable de sus fieles progresistas. Sin perjuicio de mi opinión sobre estas tendencias -sobre la que adelanto ya su escasa consistencia filosófica, su contradicción y la crítica acertada de ser una mala copia de movimiento gnósticos que han existido en el pesamiento esotérico y ocultista desde el inicio de los tiempos-, la tendencia de muchos de los denominados “curas jóvenes” es una evangelización no basada precisamente en la predicación del Dios Amor del Nuevo Testamento, sino de un temor de Dios mal entendido. En esta línea, auguro un mal pronóstico a lo que percibo como la vuelta en la “nueva evangelización” a una insistencia sobre los novísimos, infundiendo temor a los fieles y hablando sobre nuevos “humos de Satanás”, cosa que sólo conseguirá amedrentar a las conciencias escrupulosas y quizá a las almas más delicadas, cuando no apartarlas completamente de la Iglesia o, en el mejor de los casos, de “la comunión plena con la Iglesia Católica”. Frente a este panorama, desgraciadamente tan ultraconocido en nuestro país como ultramontano, tenemos el discurso del primer papa no nacido ni formado en el Primer Mundo, ni al amparo de los tejemanajes de la Curia romana. Es un discurso tan crítico como esperanzador: el testimonio de incapacidad para criticar a los homosexuales; la tolerancia cero para con los sacerdotes que abusen de niños; la preocupación por la falta de futuro laboral de la juventud, incluida la del Primer Mundo y medio, que parece comenzar a tener problemas de moral social “de verdad”, es decir, de cohesión social; la puerta abierta para el celibato de los sacerdotes… A estas cuestiones deberían seguir otras, como la insistencia y el desarrollo de la opción preferencial de la Iglesia por los pobres, proclamada en varios Documentos del Vaticano II que los pontificados de Pablo VI se encargaron poco a poco de remitir a un segundo plano, cuano no abiertamente de silenciar; la  libertad de crítica e intepretación de los fieles de los textos sagrados -sin perjuicio del valioso aporte de toda la tradición cristiana, y no sólo de la tradición católica anatemizadora-; el control de la manipulación y de la injerencia desproporcionada -a veces sectaria- en la vida privada de los fieles pertenecientes a los movimientos o a ciertas comunidades parroquiales “exclusivas” y excluyentes, que, por mi experiencia, parecen organizarse como sociedades cuasi totales, respetando y haciendo respetar el derecho constitucional a la libertad de conciencia -a través, por ejemplo, de la clásica potestad primaria de régimen del Papa sobre todas las parroquias y comunidades católicas del mundo, de acuerdo con el Código de Derecho Canónico vigente-; el perdón por el uso y el abuso del poder civil por parte de la Iglesia a lo largo de su Historia y de las atrocidades cometidas en nombre del Dios del Amor, de Jesús que murió en la Cruz -léase aquí Inquisición, guerras de religión y, más modernamente, el apoyo abierto a sistemas dictatoriales “de derechas” en varios países del mundo, actuando como una potencia estratégica civil más y desviándose de su misión evangélica-; la condena de todas las formas de gobierno no democráticas y de todas las dictaduras del mundo, ya se proclamen éstas “de izquierdas” o “de derechas” y la remoción de los obstáculos que impidan la efectividad de la -en su momento, aceptada a regañadientes, con la excepción de la magnífica encíclica “Pacem in Terris” de San Juan XXIII- Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU y de la misma libertad religiosa, aceptada por el Concilio Vaticano II. También sería deseable una actitud clara a favor de la abolición de la pena de muerte y del resto de las penas ihumanas y degradantes; la asunción por parte de la Iglesia de un discurso antibelicista, así como el final de la exaltación de los discursos patrióticos más rancios, dejando esta última cuestión a las conciencias de los fieles. Menos probables son la asunción de otras cuestiones, que sin embargo espero que acaben imponiéndose por la fuerza de la razón y de la sensatez: la admisión del sacerdocio femenino y la dignificación de verdad de la mujer en el seno de la Iglesia; la revisión del Derecho canónico y la derogación de la mayoría de los delitos caónicos (sobre todo las censuras, entre las que se encuentran las excomuniones) para los fieles seglares, de manera similiar a lo que ocurre con el Derecho penal militar de los países democráticos, no aplicable a civiles salvo en caso de guerra o salvo que se atente contra graves intereses similares; por ello, de manera similar, los delitos canónicos no deberían ser aplicados a seglares salvo que éstos atentasen contra intereses de la Iglesia; esta profunda revisión de la “parte penal” del CDC  de 1983 -que, por cierto, ya realizó un importante barrido y simplificación, tanto del número como de las clases de delitos canónicos previstos por el CDC de 1917), podría comenzar, por ejemplo, por la derogación de la excomunión “latae sententiae” en general -sencillamente por afectar a la seguridad jurídica, uno de los logros del Derecho penal liberal en el orden civil; en este sentido, a mi juicio, la sin duda positiva previsión de la facultad del confesor para remitir en confesión, por la dureza frente al delincuente, en el foro interno de la conciencia, una excomunión latae sententiae que no haya sido declarada, prevista en el canon 1357 CDC, me sigue pareciendo insuficiente, pues la inseguridad jurídica de haber o no incurrido en tal censura permanece, y el fiel se ve privado del acceso a la gracia proporcionada por otros Sacramentos, en concreto, por la Eucaristía-. También -en la medida en la que ello no sea interpretado como una justificación del error, la Iglesia del siglo XXI debería tomar conciencia de la madurez de sus fieles y de su propia madurez, y, en una línea más respetuosa con el derecho a la libertad de conciencia, así como en consideración al interés en favorecer el debate teológico incluso de las cuestiones más espinosas, sin perjuicio de los dogmas declarados, debería considerar la total eliminación de los delitos canónicos de herejía, apostasía y cisma. Varias razones, en parte ya aducidas, están a favor de esta tesis: en primer lugar, el respeto a la madurez de los fieles en materia de conciencia. La Iglesia ya no debería tener miedo del cuestionamiento de las verdades reveladas. Todo lo que a este respecto puediera contravenir los dogmas de la Iglesia Católica debería poder resolverse en el fuero del Sacramento de la Reconciliación. Comoquiera que las fronteras entre los dogmas y las demás verdades que la Iglesia manda creer son, tanto para el teólogo como para el profano en esta ciencia, cada vez más difusas -en realidad, siempre lo han sido-, la construcción jurídica desarrollada por parte del Tribunal de Derechos Humanos, por ejemplo, en torno al “efecto desaliento” en relación con la libertad de expresión, que consiste básicamente en el efecto de retraimiento de esta libertad en un ámbito lícito por miedo a superar los límites legítimos de la libertdad de expresión, sugirió acertadamente en la jurisprudencia de dicho Tribunal que los Estados no debieran imponer penas severas en los casos en los que, conforme a sus ordenamientos internos, sus ciudadanos pudieran cometer delitos de injurias, calumnias, desacatos u otros que tienen que ver con el abuso del derecho fundamental a la libertad de expresión. Llevado este razonamiento al plano del Derecho penal canónico -así como, por cierto, también debería ser para el Derecho penal militar)-, considero que a mi juicio, en los casos en los que las conductas de herejía, apostasía o cisma -especialmente si se trata de fieles seglares-, fueran realizadas de manera pública, previo apercibimiento de la autoridad eclesiástica competente, y fuera razonable prever una amenaza para la integridad de las verdades dogmáticas que conforman el Tesoro de la Iglesia, bastaría con una pena “ferendae saententia” -de tipo que se quisiera, pero mejor aún si fuese medicinal-, que no privara de la comunión scaramental.  También sería deseable la eliminación de esta censura en el delito de aborto (vid. canon 1398 CDC), dejando al confesor la posibilidad de absolver normalmente de estos pecados; la recuperación del discurso ecuménico comenzado por el Concilio Vaticano II y la progresiva comunión con el resto de las confesiones cristianas, lo que podría pasar por gestos de por parte del Papa de apertura en orden a una dotar de una mayor autoridad y poder a los concilios y a los sínodos eclesiales, e incluso a través de la promoción de convocatorias ecuménicas de los obispos, pastores y patriarcas del resto de las confesiones cristianas del mundo que no están en plena comunión con la Iglesia Católica para tratar asuntos que creo que nos sostienen a todos los cristinaos, cuando a no a todos los hombres y mujeres de la tierra.

Y dejo para el final algunas de las cuestiones más espinosas, por cierto, no en el plano de su relevancia mediática, de la que prácticamente nadie se ocupa, sino en el plano estrictamente teológico: la revisión interpretativa de algunos dogmas clásicos de Teología fundamental y moral relativos sobre todo al “Problema del Mal”, la libertad humana y el concepto de infierno, sobre la base de la concepción de un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu infinitamente Amoroso y Misericordioso; una concepción equivocada, preonciliar o directamente “medievalista” que es posible apreciar en el discurso y en las homilías de sacerdotes del Primer Mundo en cuanto a los graves interrogantes que plantean los llamados “novísimos”, pueden llevar a las conciencias más escrupulosas o timoratas a un alejamiento gradual de la práctica de su vida cristiana, que puede ir desde la adopción de un práctica solamente servil o “de rito”, con el consiguiente sufrimiento de estas almas, hasta el caso más extremo de apostasía fáctica pero, sobre todo, de desesperación de la salvación; la consideración de la relevancia moral del ejercicio de la sexualidad en su justa medida, es decir, en un nivel de relevancia muy menor del que ocupa actualmente, y atribuyéndole mayor importancia solamente en los casos de instrumentalización o prostitución de la persona o de conductas sexuales no consentidas o realizadas con personas incapaces de consentir válidamente, así la adopción de una actitud clara para erradir el final de todas las dobles morales -mucho se está haciendo, y es de alabar, en relación con la ya declarada por el Papa “tolerancia cero” frente a los abusos a menores-, y, en esta línea, sobre todo en materia de moral sexual y conyugal; o la enajenación de buena parte del patrimonio de la Iglesia que no revista un valor histórico o artístico para aliviar el hambre en el mundo.

Sea como fuere, a día de hoy, por primera vez se dicen cosas, por parte de la máxima autoridad de la Iglesia Católica que, si bien no contradicen ningún dogma, sí revelan una actitud antidogmática en el mejor sentido del término, no basada en una concepción imperativista del principio de autoridad ni de la imposición de la potestad de las llaves, sino en la autenticidad cristiana, en un intento casi desesperado por volver la mirada al auténtico Jesús de Nazaret. Aquél que, desde siempre se ha predicado que pasó por el mundo haciendo el bien, curando a los oprimidos por el mal, dando pan a los hambrientos, sanando enfermedades y dando a todos, especialmente a los pobres y a los más desfavorecidos, la esperanza de una vida auténtica, verdadera, digna, cuya plenitud se alcanzará con la instauración del Reino de los Cielos.

Que el Espíritu Santo, hoy, Solemnidad de Pentecostés de ocho de junio de dos mil catorce, ilumine al Santo Padre y haga prosperar sus intenciones, con las esperanza de construir un mundo basado más auténticamente en el Santo Evangelio.

 

Creative Commons License¿Qué es o qué debería ser hoy el “aggiornamento”? De nuevo sobre la posición de la Iglesia en torno a las desigualdades sociales, las injusticas del mundo y los nuevos debates abiertos en y fuera de la Iglesia by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License.
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