NAVIDAD. MENSAJE DE ESPERANZA PARA TODOS.

diciembre 25, 2015 § Deja un comentario


 

A mis padres, por su paciencia, que todo lo alcanza, y por tantas buenas cosas

A todos los hombres y mujeres de buena voluntad

Y AMDG

JESÚS HA NACIDO. FELIZ NAVIDAD.

JESÚS HA NACIDO. FELIZ NAVIDAD.

PRESEPIO DI BAROCCIO

PRESEPIO DI BAROCCIO

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque caminarás delante del Señor, preparándole el camino; anunciando a su pueblo la salvación por el perdón de los pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, mañana nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte, para llevar nuestros pasos por el camino de la paz (Del “Benedictus” de Zacarías, Lc 76-70).

 

Por si alguien todavía no se ha enterado, es Navidad.

Sí, digo bien, por si alguien todavía no se ha enterado. Muchos de nosotros, al margen de nuestras circunstancias personales, familiares o económicas, vivimos en medio de una sociedad en la que estas fechas se caracterizan por el bullicio, las comidas y cenas de empresa, las luces, los anuncios de perfumes y El Corte Inglés, en las grandes ciudadanas. Desde el rico empresario hasta el mendigo que vive entre cartones este invierno dulce que nos ha deparado la climatología en casi toda España, todos son, en alguna medida, conscientes de que son días de celebración.

Otros, a pesar de sus duras condiciones económicas, apenas encontrarán motivos de fiesta y alegría, y otros vivirán estos días como una farsa pequeño-burguesa. Sea como fuere, la Navidad lleva más de dos mil años entre nosotros, y es muy anterior al nacimiento de la burguesía y a muchas de las ideologías modernas. Pero, volviendo al presente, entre la gente pobre, al que escribe estas palabras siempre le sorprende la sencillez de una fe vivida en pobreza y sencillez. Exactamente como en los primeros tiempos del Cristianismo, y como la vivieron aquellos pastores de Belén, testigos privilegiados del nacimiento del Salvador del Mundo.

Entre los pobres, el papa Francisco destacó en su Mensaje de Navidad del año pasado a los migrantes. Este año, junto a los migrantes por motivos socioeconómicos, cobran un protagonismo humano esencial también los asilados y refugiados. En el fondo, a todas estas personas, con independencia de su tratamiento jurídico diferenciado, les une un rasgo común: la carencia de lo necesario para vivir con dignidad y la voluntad de salir a buscarlo fuera de su tierra, muchas veces dejando atrás todo lo que tienen. Salvo su fe. La fe en que, con la ayuda de Dios, tal y como ellos lo entienden, lo lograrán, y se les abrirán las puertas. Es la misma fe que animó a Abraham a salir de Canaán, tal y como había escuchado de Yahvé. La fe que movió a María a decir sí a Dios y a aceptar el milagro y el inefable don de acoger en su seno virginal a Nuestro Señor Jesucristo. La fe que movió a José a no repudiar a María tras haber recibido en sueños el oráculo del Señor que le avisó de que la criatura que María portaba en su seno era fruto del Espíritu Santo.

Sin embargo, nosotros, en la todavía opulenta Europa, o, más bien, nuestros políticos, no han sabido ni han reaccionado a la altura de lo que las circunstancias humanitarias han demandado y siguen demandado. Del mismo modo que en la Belén de hace veinte siglos no aceptaron a Jesús, e, incluso después de su muerte y su resurrección, muchos siguieron sin aceptarlo en su corazón.

Este año, sin embargo, de acuerdo con un espíritu ecuménico, me gustaría que éste un mensaje esperanzador para todos, pero especialmente para los ateos y agnósticos y los fanáticos religiosos. Creo que ambos grupos, por alejados que parezcan, lo comprenderán perfectamente, o al menos, ése es mi propósito desde el respeto a la libertad de cada uno.

El año pasado -o éste, al principio-, publiqué en este blog una entrada titulada “Siempre es Navidad para los que buscan a Dios”. Y es verdad, porque, en un sentido religioso, esto es precisamente lo que los cristianos, sea cuál sea nuestra Iglesia o confesión, celebramos: el encuentro de Dios-con-nosotros (el Emmanuel) en la Persona de Jesucristo, que es, a la vez, encuentro de Dios con el mundo, como diría el teólogo evangélico “dialéctico” Karl Barth. Sin embargo, me gustaría completar esta afirmación en el sentido de que es Él, el propio Dios, su Palabra, como reza el Prólogo del Evangelio de San Juan, el que se hace hombre, y, con su propia humanidad, viene no sólo a restaurar la nuestra a un hipotético estado anterior a una “caída”, sino frente a todas las caídas, frente a todos los pecados de cada uno de todos los hombres y mujeres que hemos habitado este planeta. Con su nacimiento, restaura nuestra naturaleza caída y se hace uno de los otros, semejante a nosotros (en el fondo, eso significa en hebreo/arameo la expresión “Hijo del Hombre”, uno como vosotros, tan utilizada en los Evangelios, y el título que más se atribuye Jesús a sí mismo, pues Él respeta nuestra libertad y deja que sean los demás los que descubran su divinidad tras su humanidad.  Jesús “se hace pecado por nosotros”, como escribe San Pablo en su Carta a los Hebreos, comparte nuestra naturaleza y sus debilidades, conoce el sufrimiento y se entrega voluntariamente, tras una larga agonía psíquica y física, a la muerte en la Cruz, reconciliándonos plenamente con el Padre, mereciendo para nosotros no sólo la vida eterna, que también, sino el don de la filiación divina ya en esta vida, así como el don del Espíritu Santo, Misterio de Comunión del Padre y del Hijo en el Amor.

Navidad es un tiempo propicio para acoger el Misterio de la Encarnación, que nos revela en toda su inmensidad el Amor de Dios. El cual no consiste, como nos recuerda San Juan, en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero, pues Él mismo es Amor. Ha sido el propio Dios, por iniciativa suya, el que ha decido hacerse uno de nosotros para, como bien se señala en el Evangelio de Lucas, encontrar y salvar lo que se había perdido. En este sentido, y esta afirmación va dirigida más bien a los cristianos fanáticos, Navidad es un tiempo de reconciliación y de amor, pues es en estas fechas en las que el Amor irrumpe en la vida de los hombres como manantial de agua nueva. Y la respuesta al porqué de la misión salvífica no es necesaria buscarla en entes supuestamente superiores al hombre (como “la Serpiente”, “el Diablo”, “Satanás”). Yo aquí no cuestiono la existencia de dichos seres de naturaleza angélica. Simplemente quiero subrayar que Dios se hace hombre, y no ángel, ni ninguna de las nueve jerarquías angélicas reconocidas por la teología rabínica y católico-cristiana ortodoxa. Y que con ello, Dios sella con su pueblo -con todos los hombres y mujeres de todas las épocas- una alianza tan indeleble con la Humanidad, que será consumada en la Cruz y glorificada en la Resurrección, que bien mueve a San Pablo en su Carta a los Romanos, que “estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

A Dios, en el tiempo presente, le importamos tanto los hombres que se hace uno de nosotros, pequeño como nosotros. Para predicar lo divino al modo humano y desde abajo, desde lo pequeño, desde la sencillez y la humildad. Y como se hace uno de nosotros, la importancia de dichos seres, así como de las realidades supuestamente “percibidas” o incluso reveladas “privadamente” a algunos hombres y mujeres privilegiados (supuestas “aparescencias”, como bien las describía la mística Santa Teresa, ya sean malas o buenas) deben pasar a un plano necesariamente secundario. Para explicar el mal humano no es necesario un anti-Dios, un “Satanás” que esté todo el rato tentando al hombre “con el permiso de Dios” (Hans Küng, Credo, 1990; Jesús, 2014). Basta el hombre, pues, como diría el propio Jesús en su vida mortal “es del interior del hombre, no de fuera, de donde proceden” muchos males, en relación con su polémica frente a la comunidad judía y su distinción entre animales puros e impuros. La creación, con todo lo que conlleva, incluidos los aspectos más reprimidos por el aparato eclesiástico tradicional, como la sexualidad, es buena. Como todo, si se usa razonablemente y con respeto de la persona (lo cual no equivale necesariamente a decir “según la única e infalible enseñanza del Magisterio pontificio”, y mejor si éste resulta acompañado del “sentir común de los fieles”).

Por el contario, durante su vida pública -e incluso antes, si recordamos el episodio de la Presentación en el Templo- Jesús se somete a las leyes naturales, incluso a las leyes judías de su tiempo, salvo cuando Él, como Norma Suprema, quiere proclamar el Amor como la mayor de las leyes, y ”se salta” las prescripciones rabínicas: efectúa curaciones en sábado, habla con mujeres, y además no judías, se acerca y toca a leprosos, y muchos otros ejemplos que encontramos en los Evangelios canónicos. Come con pecadores, es reprendido por ello por los buenos judíos de su tiempo, tiene trato con publicanos, hasta el punto de escoger a Mateo, recaudador de impuestos, como uno de sus discípulos, y se atreve a proclamar ante fariseos y publicanos que “Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el reino de los Cielos”. Un reino que Él mismo dice que “está entre vosotros”.

Pues bien, es éste el principal mensaje que tiene la virtualidad de llenarnos de alegría en estas Navidades: el encuentro de un Dios que se hace visible como un niño, como un niño humano, inerme, y que se ha hecho “uno de los nuestros” para acompañarnos durante toda nuestra vida, pues, en puridad, para el creyente, desde que Jesucristo se encarnó, “nadie está ya solo”. A Dios le importamos, y le importamos tanto que se hace pequeño y nace como hombre, como uno de nosotros, para revelarnos su divinidad desde su humanidad.

En el Misterio de la Navidad, Dios no sale a nuestro encuentro con el conocimiento humano, con la gnosis o con la meditación. Nos sale al encuentro en la Persona de su Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Y, como Él mismo declaró en su Sermón Escatológico, nos sale al encuentro aquí y ahora en los demás, en sus necesidades espirituales y materiales. En el prójimo necesitado, en el hambriento, en el sediento, en el desesperado, en el atribulado, en el ignorante, en el cautivo, ahí está Jesús, misteriosamente oculto. “En verdad os digo, que lo que hicisteis a cualquiera de estos hermanos, mis pequeños, a mí me lo hicisteis”, dice Jesús en Mt 25.

Que, en medio de los agobios que el mundo suscita en estas fechas, sepamos encontrar un espacio de espiritualidad para el encuentro con el Señor que nace y viene a nuestro encuentro a traernos su paz, la paz que puede saciar las inquietudes del corazón humano y sepamos transmitir a los demás esta alegría, aun en medio de nuestras tribulaciones, de sentirnos amados de un modo tan inefable por Dios que nuestra respuesta sólo puede ser la respuesta libre a la gratuidad a dicho Amor y a tanta Misericordia. Este Año Jubilar, dedicado por el papa Francisco a la Misericordia Divina, es un tiempo de gracia que se nos otorga para volver la mirada a Aquél que ha vencido al mundo y es capaz de perdonarlo todo, con tal de que se lo pidamos. Es tiempo de acoger esa misericordia y de practicarla con los demás, como si lo hiciéramos con el mismo Jesús, según su Palabra.

Que el Espíritu Santo, que, como reza el Credo de Nicea-Constantinopla, habló por los profetas que anunciaron a Israel la llegada del Mesías ilumine nuestros corazones y sepamos entrar, como niños, desvestidos de nuestros ropajes humanos socialmente tan importantes, en el Misterio de la Navidad, acogiendo al otro como nuestro hermano en Cristo Jesús y dando lo que tenemos a quien más lo necesita, pues, como escribió maravillosamente San Francisco de Asís, “es dando como se recibe”.

Feliz Navidad a todos. Paz y Bien.

 

Pablo Guérez Tricarico

 

A continuación os dejo con una versión del clásico “Silent Night” interpretado y grabado hace un año a capela por Fifth Armony, seguida de su interpretación del clásico moderno norteamericano “All I Want for Christmas is You”. Que lo disfrutéis:

 

 

 

Papa Francisco: Vivamos una Navidad auténticamente cristiana, ajena a toda mundanidad

diciembre 23, 2014 § Deja un comentario


Estad en el mundo sin ser del mundo (San Juan Evangelista)

 

Estimados seguidores:

En medio de un mundo profano que desprecia el auténtico sentido de la Navidad, os remito este enlace del Papa Francisco:

https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-vivamos-una-navidad-verdaderamente-cristiana-libres-de-toda-mundanidad-88159/

Feliz Navidad a todos.

Navidad en sencillez: Sobre el desprendimiento en la auténtica vida cristiana

diciembre 23, 2014 § Deja un comentario


PRESEPIO DI BAROCCIO

PRESEPIO DI BAROCCIO. NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.

 

Todas las religiones han practicado el desprendimiento como modo de vida auténtica. En el Cristianismo, el desprendimiento se hace patente desde el primer momento, en el que el Hijo de Dios acepta hacerse Hombre por Amor en el seno virginal de María, y nace en un pesebre, inerme, renunciando a todo lujo o comodidad innecesaria. Y Jesús mantendrá un estilo de vida sobrio durante toda su vida -lo cual no le impedirá asistir a banquetes y celebrar acontecimientos importantes, como las bodas de Caná, con sus discípulos, y también con publicanos y pecadores-. Pero el modo de vida sencillo y manso se mantendrá, como resulta de todo el Evangelio: la renuncia a los “bienes de aquí” para “aspirar” a los “bienes de allá arriba” es una de las mayores constantes de la predicación de Jesús de Nazaret, Quien llegará a decir que “El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8, 20)”. Mas, y sin ánimo de ahondar mucho en ello, la renuncia que se propone es gradual, no automática, y, sobre todo, se nos invita a que nazca del Amor. Con ello, Jesús nos da un ejemplo de vida cristiana a quienes queremos ser sus discípulos y al mundo, el cual, muchas veces, ha criticado y continúa criticando con razón comportamientos poco decorosos de representantes de la Iglesia que fundó Jesucristo, cuando no de eclesiásticos que viven abiertamente en el lujo y en el afán de codicia, dinero y poder.

La nueva espiritualidad promovida por el papa Francisco ha supuesto un nuevo “aggiornamento” de la Iglesia, que no es otra cosa que el Pueblo de Dios con nosotros, del Dios que se hace cercano y que comparte su Vida con los hombres y, especialmente con los más necesitados; pero, al mismo tiempo, también conlleva un retorno a los orígenes, a esa sencillez apostólica de las primeras comunidades cristianas.

El texto que reproduzco a continuación, con autorización de quien me lo ha enviado, es un comentario sobre el Evangelio de hoy, día 23 de diciembre, Feria privilegiada de Adviento, a un día de celebrar la Nochebuena. Y trata, con extraordinaria lucidez, precisamente sobre el tema del desprendimiento en la vida cristiana como modo de vivir unas Navidades auténticas, en sencillez. Feliz Navidad a todos.

 

Día litúrgico: Feria privilegiada de Adviento: 23 de Diciembre

Texto del Evangelio (Lc 1,57-66): Se le cumplió a Isabel el tiempo de dar a luz, y tuvo un hijo. Oyeron sus vecinos y parientes que el Señor le había hecho gran misericordia, y se congratulaban con ella. Y sucedió que al octavo día fueron a circuncidar al niño, y querían ponerle el nombre de su padre, Zacarías, pero su madre, tomando la palabra, dijo: «No; se ha de llamar Juan». Le decían: «No hay nadie en tu parentela que tenga ese nombre». Y preguntaban por señas a su padre cómo quería que se le llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre».

EL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA

EL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA

Y todos quedaron admirados. Y al punto se abrió su boca y su lengua, y hablaba bendiciendo a Dios. Invadió el temor a todos sus vecinos, y en toda la montaña de Judea se comentaban todas estas cosas; todos los que las oían las grababan en su corazón, diciendo: «Pues, ¿qué será este niño?». Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él.

Comentario: Rev. D. Miquel MASATS i Roca (Girona, España)

‘¿Qué será este niño?’. Porque, en efecto, la mano del Señor estaba con él

Hoy, en la primera lectura leemos: «Esto dice el Señor: ‘Yo envío mi mensajero para que prepare el camino delante de Mí’» (Mal 3,1). La profecía de Malaquías se cumple en Juan Bautista. Es uno de los personajes principales de la liturgia de Adviento, que nos invita a prepararnos con oración y penitencia para la venida del Señor. Tal como reza la oración colecta de la misa de hoy: «Concede a tus siervos, que reconocemos la proximidad del Nacimiento de tu Hijo, experimentar la misericordia del Verbo que se dignó tomar carne de la Virgen María y habitar entre nosotros».

El nacimiento del Precursor nos habla de la proximidad de la Navidad. ¡El Señor está cerca!; ¡preparémonos! Preguntado por los sacerdotes venidos desde Jerusalén acerca de quién era, él respondió: «Yo soy la voz del que clama en el desierto: ‘Enderezad el camino del Señor’» (Jn 1,23).

«Mira que estoy a la puerta y llamo: si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo» (Ap 3,20), se lee en la antífona de comunión. Hemos de hacer examen para ver cómo nos estamos preparando para recibir a Jesús el día de Navidad: Dios quiere nacer principalmente en nuestros corazones.

La vida del Precursor nos enseña las virtudes que necesitamos para recibir con provecho a Jesús; fundamentalmente, la humildad de corazón. Él se reconoce instrumento de Dios para cumplir su vocación, su misión. Como dice san Ambrosio: «No te gloríes de ser llamado hijo de Dios —reconozcamos la gracia sin olvidar nuestra naturaleza—; no te envanezcas si has servido bien, porque has cumplido aquello que tenías que hacer. El sol hace su trabajo, la luna obedece; los ángeles cumplen su misión. El instrumento escogido por el Señor para los gentiles dice: ‘Yo no merezco el nombre de Apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios’ (1Cor 15,9)».

Busquemos sólo la gloria de Dios. La virtud de la humildad nos dispondrá a prepararnos debidamente para las fiestas que se acercan.

Comentario: REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)

Juan, el Bautista

Hoy nos preguntamos: “¿Qué será este niño?”. Su aparición llevaba consigo algo totalmente nuevo: desde su concepción hasta su circuncisión —con el nombre de Juan—, llegando a su ministerio, todo es original. Juan anunciará a alguien más Grande que había de venir después de él. Ha sido enviado para preparar el camino a ese misterioso Otro; toda su misión está orientada a Él.

En los Evangelios se describe esa misión con pasajes del Antiguo Testamento (Isaías, Malaquías, Éxodo): “Una voz clama en el desierto: ¡Preparad el camino al Señor!”; “Yo envío a mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino”… Con la predicación del Bautista se hicieron realidad todas estas antiguas palabras de esperanza: se anunciaba algo realmente grande.

—Por fin aparecía un profeta cuya vida también le acreditaba como tal. Por fin se anunciaba de nuevo la acción de Dios en la historia. Juan bautiza con agua, pero el más Grande, Aquel que bautizará con el Espíritu Santo y con “fuego”, está al llegar.

Meditación del día de Hablar con Dios

Adviento. 23 de diciembre

DESPRENDIMIENTO Y POBREZA CRISTIANA

— La Navidad nos llama a vivir la pobreza predicada y vivida por el Señor. El ejemplo de Jesús.

— En qué consiste la pobreza evangélica.

— Detalles de pobreza y modos de vivirla.

I. El desprendimiento efectivo de lo que somos y poseemos es necesario para seguir a Jesús, para abrir nuestra alma al Señor, que pasa y llama. Por el contrario, el apegamiento a los bienes de la tierra cierra las puertas a Cristo, y nos cierra las puertas al amor y al entendimiento de lo más esencial en nuestra vida: si alguno no renuncia a todo lo que posee no puede ser mi discípulo1.

El nacimiento de Jesús, y toda su vida, es una invitación para que nosotros examinemos en estos días la actitud de nuestro corazón hacia los bienes de la tierra. El Señor, Unigénito del Padre, Redentor del mundo, no nace en un palacio, sino en una cueva; no en una gran ciudad, sino en una aldea perdida, en Belén. Ni siquiera tuvo una cuna, sino un pesebre. La precipitada huida a Egipto fue para la Sagrada Familia la experiencia del exilio en tierra extraña, con pocos más medios de subsistencia que los brazos de José acostumbrados al trabajo. Durante su vida pública Jesús pasará hambre2, no dispondrá de dos pequeñas monedas de escaso valor para pagar el tributo del templo3. Él mismo dirá que el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza4. La muerte en la Cruz es la muestra del supremo desprendimiento.

El Señor quiso conocer el rigor de la pobreza extrema –falta de lo necesario– especialmente en las horas más señaladas de su vida.

La pobreza que ha de vivir el cristiano ha de ser una pobreza real, ligada al trabajo, a la limpieza, al cuidado de la casa, de los instrumentos de trabajo, a la ayuda a los demás, a la sobriedad de vida. Por eso se ha dicho que «el mejor modelo de pobreza han sido siempre esos padres y esas madres de familia numerosa y pobre, que se desviven por sus hijos, y que con su esfuerzo y su constancia –muchas veces sin voz para decir a nadie que sufren necesidades– sacan adelante a los suyos, creando un hogar alegre en el que todos aprenden a amar, a servir, a trabajar»5.

Si llegan los bienes, siempre será posible vivir como «esos padres y esas madres de familia numerosa y pobre» y hacer con ellos el bien, porque «la pobreza que Jesús declaró bienaventurada es aquella hecha a base de desprendimiento, de confianza en Dios, de sobriedad y disposición a compartir con otros»6.

La pobreza que nos pide a todos el Señor no es suciedad, ni miseria, ni dejadez, ni pereza. Estas cosas no son virtud. Para aprender a vivir el desprendimiento de los bienes, en medio de esta ola de materialismo que parece envolver a la humanidad, hemos de mirar a nuestro Modelo, Jesucristo, que se hizo pobre por amor nuestro, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza7.

II. Los pobres a quienes el Señor promete el reino de los Cielos8 no son cualquier persona que padece necesidad, sino aquellos que, teniendo bienes materiales o no, están desprendidos y no se encuentran aprisionados por ellos. Pobreza de espíritu que ha de vivirse en cualquier circunstancia de la vida. Yo sé vivir –decía San Pablo– en la abundancia, pero sé también sufrir hambre y escasez9.

El hombre puede orientar su vida a Dios, a quien se alcanza usando todas las cosas materiales como medios, o bien puede tener como fin el dinero y la riqueza en sus muchas manifestaciones: deseo de lujo, de comodidad desmedida, ambición, codicia… Estos dos fines son irreconciliables: no se puede servir a dos señores10. El amor a la riqueza desaloja, con firmeza, el amor al Señor: no es posible que Dios pueda habitar en un corazón que ya está lleno de otro amor. La palabra de Dios queda ahogada en el corazón del rico, como la simiente que cae entre cardos11. Por eso no nos sorprende oír al Señor enseñar que es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que el que entre un rico en el reino de los cielos12. ¡Y qué fácil es, si no se está vigilante, que se meta en el corazón el espíritu de riqueza!

La Iglesia nos recuerda, desde sus comienzos hasta nuestros días, que el cristiano ha de vigilar el modo como utiliza los bienes materiales, y amonesta a sus hijos a que estén «atentos a encauzar rectamente sus afectos, no sea que el uso de las cosas del mundo y un apego a las riquezas, contrario al espíritu de pobreza evangélica, les impida alcanzar la caridad perfecta. Acordándose de la advertencia del Apóstol: los que usan de este mundo no se detengan en eso, porque los atractivos de este mundo pasan (Cfr. 1 Cor 7, 31)»13. El que se apegue a las cosas de la tierra no solo pervierte su recto uso y destruye el orden dispuesto por Dios, sino que su alma queda insatisfecha, prisionera de esos bienes materiales que la incapacitan para amar de verdad a Dios.

El estilo de vida cristiano supone un cambio radical de actitud ante los bienes terrenos: se procuran y se usan, no como si fueran un fin, sino como medio para servir a Dios. Al ser medios, no merecen que pongamos en ellos el corazón: son otros los bienes auténticos.

Hemos de recordar en nuestra oración que el desprendimiento efectivo de las cosas supone sacrificio. Un desprendimiento que no cuesta no se vive. Y se manifestará frecuentemente en la generosidad en la limosna, en saber prescindir de lo superfluo, en la lucha contra la tendencia desordenada al bienestar y a la comodidad, en evitar caprichos innecesarios, en renunciar al lujo, a los gastos por vanidad, etcétera.

Es tan importante esta virtud de la pobreza para un cristiano que bien se puede decir que «quien no ame y viva la virtud de la pobreza no tiene el espíritu de Cristo. Y esto es válido para todos: tanto para el anacoreta que se retira al desierto, como para el cristiano corriente que vive en medio de la sociedad humana, usando de los recursos de este mundo o careciendo de muchos de ellos…»14.

III. El corazón humano tiende a buscar desmedidamente los bienes de la tierra: si no hay lucha positiva por andar desprendido de las cosas, se puede afirmar que el hombre, más o menos conscientemente, ha puesto su fin aquí abajo. Y el cristiano no debe olvidar nunca que camina hacia Dios.

Por eso ha de examinarse con frecuencia, preguntándose si ama la virtud de la pobreza y si la vive; si se mantiene atento para no caer en la comodidad o en un aburguesamiento que es incompatible con ser discípulo de Cristo; si está desprendido de las cosas de la tierra; si las tiene, en fin, como medios para hacer el bien y vivir cada vez más cerca de Dios. Porque «en el decurso de la historia, el uso de los bienes temporales ha sido desfigurado con graves defectos… Incluso en nuestros días, no pocos… caen como en una idolatría de los bienes materiales, haciéndose más bien siervos que señores de ellos»15.

Siempre podemos y debemos ser parcos en las necesidades personales, frenando los gastos superfluos, no cediendo a los caprichos, vigilando la tendencia a crearse falsas necesidades, siendo generosos en la limosna, o en la ayuda a las obras buenas. Por el mismo motivo, debemos cuidar con esmero las cosas de nuestro hogar, así como toda clase de bienes que, en realidad, tenemos solo como en depósito para administrarlos bien. «La pobreza está en encontrarse verdaderamente desprendido de las cosas terrenas; en llevar con alegría las incomodidades, si las hay, o la falta de medios (…). Vivir pensando en los demás, usar de las cosas de tal manera que haya algo que ofrecer a los otros: todo eso son dimensiones de la pobreza, que garantizan el desprendimiento efectivo»16.

De esta y de otras formas diferentes se manifestará nuestro deseo de no tener el corazón puesto en las riquezas; también cuando, por razones de profesión u oficio, dispongamos para nuestro uso personal de otros bienes. La sobriedad de que entonces demos prueba será el buen aroma de Cristo, que siempre tiene que acompañar la vida de un cristiano.

Dirigiéndose a hombres y mujeres que se esfuerzan por alcanzar la santidad en medio del mundo –comerciantes, catedráticos, campesinos, oficinistas, padres y madres de familia– decía San Josemaría Escrivá: «Todo cristiano corriente tiene que hacer compatibles, en su vida, dos aspectos que pueden a primera vista parecer contradictorios.Pobreza real, que se note y se toque –hecha de cosas concretas–, que sea una profesión de fe en Dios, una manifestación de que el corazón no se satisface con las cosas creadas, sino que aspira al Creador, que desea llenarse de amor de Dios, y dar luego a todos de ese mismo amor. Y, al mismo tiempo, ser uno más entre sus hermanos los hombres, de cuya vida participa, con quienes se alegra, con los que colabora, amando al mundo, utilizando todas las cosas creadas para resolver los problemas de la vida humana, y para establecer el ambiente espiritual y material que facilita el desarrollo de las personas y de las comunidades.

»Lograr la síntesis entre esos dos aspectos es –en buena parte– cuestión personal, cuestión de vida interior, para juzgar en cada momento, para encontrar en cada caso lo que Dios no pide»17.

Si luchamos eficazmente por vivir desprendidos de lo que tenemos y usamos, el Señor encontrará nuestro corazón limpio y abierto de par en par cuando venga de nuevo a nosotros en la Nochebuena. No ocurrirá con nuestra alma, lo que sucedió con aquella posada: estaba llena y no tenían sitio para el Señor.

1 Lc 14, 33. — 2 Cfr. Mt 4, 2. — 3 Cfr. Mt 17, 23-26. — 4 Mt 8, 20. — 5 Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 111. — 6 S. C. para la Doctrina de la fe, Instr. Sobre la libertad cristiana y la liberación, 22-III-1986, 66. — 7 2 Cor 8, 9. — 8 Mt 5, 3. — 9 Flp 4, 12. — 10 Mt 6, 24. — 11 Mt 13, 7. — 12 Mt 19, 24. — 13Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 42. — 14 Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 110. — 15Conc. Vat. II, Decr. Apostolicam actuositatem, 7. — 16 Conversaciones con Mons. Escrivá de Balaguer, 111. — 17 Ibídem, 110.

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