NAVIDAD. MENSAJE DE ESPERANZA PARA TODOS.

diciembre 25, 2015 § Deja un comentario


 

A mis padres, por su paciencia, que todo lo alcanza, y por tantas buenas cosas

A todos los hombres y mujeres de buena voluntad

Y AMDG

JESÚS HA NACIDO. FELIZ NAVIDAD.

JESÚS HA NACIDO. FELIZ NAVIDAD.

PRESEPIO DI BAROCCIO

PRESEPIO DI BAROCCIO

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque caminarás delante del Señor, preparándole el camino; anunciando a su pueblo la salvación por el perdón de los pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, mañana nos visitará el Sol que nace de lo alto, para iluminar a los que habitan en tinieblas y en sombras de muerte, para llevar nuestros pasos por el camino de la paz (Del “Benedictus” de Zacarías, Lc 76-70).

 

Por si alguien todavía no se ha enterado, es Navidad.

Sí, digo bien, por si alguien todavía no se ha enterado. Muchos de nosotros, al margen de nuestras circunstancias personales, familiares o económicas, vivimos en medio de una sociedad en la que estas fechas se caracterizan por el bullicio, las comidas y cenas de empresa, las luces, los anuncios de perfumes y El Corte Inglés, en las grandes ciudadanas. Desde el rico empresario hasta el mendigo que vive entre cartones este invierno dulce que nos ha deparado la climatología en casi toda España, todos son, en alguna medida, conscientes de que son días de celebración.

Otros, a pesar de sus duras condiciones económicas, apenas encontrarán motivos de fiesta y alegría, y otros vivirán estos días como una farsa pequeño-burguesa. Sea como fuere, la Navidad lleva más de dos mil años entre nosotros, y es muy anterior al nacimiento de la burguesía y a muchas de las ideologías modernas. Pero, volviendo al presente, entre la gente pobre, al que escribe estas palabras siempre le sorprende la sencillez de una fe vivida en pobreza y sencillez. Exactamente como en los primeros tiempos del Cristianismo, y como la vivieron aquellos pastores de Belén, testigos privilegiados del nacimiento del Salvador del Mundo.

Entre los pobres, el papa Francisco destacó en su Mensaje de Navidad del año pasado a los migrantes. Este año, junto a los migrantes por motivos socioeconómicos, cobran un protagonismo humano esencial también los asilados y refugiados. En el fondo, a todas estas personas, con independencia de su tratamiento jurídico diferenciado, les une un rasgo común: la carencia de lo necesario para vivir con dignidad y la voluntad de salir a buscarlo fuera de su tierra, muchas veces dejando atrás todo lo que tienen. Salvo su fe. La fe en que, con la ayuda de Dios, tal y como ellos lo entienden, lo lograrán, y se les abrirán las puertas. Es la misma fe que animó a Abraham a salir de Canaán, tal y como había escuchado de Yahvé. La fe que movió a María a decir sí a Dios y a aceptar el milagro y el inefable don de acoger en su seno virginal a Nuestro Señor Jesucristo. La fe que movió a José a no repudiar a María tras haber recibido en sueños el oráculo del Señor que le avisó de que la criatura que María portaba en su seno era fruto del Espíritu Santo.

Sin embargo, nosotros, en la todavía opulenta Europa, o, más bien, nuestros políticos, no han sabido ni han reaccionado a la altura de lo que las circunstancias humanitarias han demandado y siguen demandado. Del mismo modo que en la Belén de hace veinte siglos no aceptaron a Jesús, e, incluso después de su muerte y su resurrección, muchos siguieron sin aceptarlo en su corazón.

Este año, sin embargo, de acuerdo con un espíritu ecuménico, me gustaría que éste un mensaje esperanzador para todos, pero especialmente para los ateos y agnósticos y los fanáticos religiosos. Creo que ambos grupos, por alejados que parezcan, lo comprenderán perfectamente, o al menos, ése es mi propósito desde el respeto a la libertad de cada uno.

El año pasado -o éste, al principio-, publiqué en este blog una entrada titulada “Siempre es Navidad para los que buscan a Dios”. Y es verdad, porque, en un sentido religioso, esto es precisamente lo que los cristianos, sea cuál sea nuestra Iglesia o confesión, celebramos: el encuentro de Dios-con-nosotros (el Emmanuel) en la Persona de Jesucristo, que es, a la vez, encuentro de Dios con el mundo, como diría el teólogo evangélico “dialéctico” Karl Barth. Sin embargo, me gustaría completar esta afirmación en el sentido de que es Él, el propio Dios, su Palabra, como reza el Prólogo del Evangelio de San Juan, el que se hace hombre, y, con su propia humanidad, viene no sólo a restaurar la nuestra a un hipotético estado anterior a una “caída”, sino frente a todas las caídas, frente a todos los pecados de cada uno de todos los hombres y mujeres que hemos habitado este planeta. Con su nacimiento, restaura nuestra naturaleza caída y se hace uno de los otros, semejante a nosotros (en el fondo, eso significa en hebreo/arameo la expresión “Hijo del Hombre”, uno como vosotros, tan utilizada en los Evangelios, y el título que más se atribuye Jesús a sí mismo, pues Él respeta nuestra libertad y deja que sean los demás los que descubran su divinidad tras su humanidad.  Jesús “se hace pecado por nosotros”, como escribe San Pablo en su Carta a los Hebreos, comparte nuestra naturaleza y sus debilidades, conoce el sufrimiento y se entrega voluntariamente, tras una larga agonía psíquica y física, a la muerte en la Cruz, reconciliándonos plenamente con el Padre, mereciendo para nosotros no sólo la vida eterna, que también, sino el don de la filiación divina ya en esta vida, así como el don del Espíritu Santo, Misterio de Comunión del Padre y del Hijo en el Amor.

Navidad es un tiempo propicio para acoger el Misterio de la Encarnación, que nos revela en toda su inmensidad el Amor de Dios. El cual no consiste, como nos recuerda San Juan, en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero, pues Él mismo es Amor. Ha sido el propio Dios, por iniciativa suya, el que ha decido hacerse uno de nosotros para, como bien se señala en el Evangelio de Lucas, encontrar y salvar lo que se había perdido. En este sentido, y esta afirmación va dirigida más bien a los cristianos fanáticos, Navidad es un tiempo de reconciliación y de amor, pues es en estas fechas en las que el Amor irrumpe en la vida de los hombres como manantial de agua nueva. Y la respuesta al porqué de la misión salvífica no es necesaria buscarla en entes supuestamente superiores al hombre (como “la Serpiente”, “el Diablo”, “Satanás”). Yo aquí no cuestiono la existencia de dichos seres de naturaleza angélica. Simplemente quiero subrayar que Dios se hace hombre, y no ángel, ni ninguna de las nueve jerarquías angélicas reconocidas por la teología rabínica y católico-cristiana ortodoxa. Y que con ello, Dios sella con su pueblo -con todos los hombres y mujeres de todas las épocas- una alianza tan indeleble con la Humanidad, que será consumada en la Cruz y glorificada en la Resurrección, que bien mueve a San Pablo en su Carta a los Romanos, que “estoy convencido de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

A Dios, en el tiempo presente, le importamos tanto los hombres que se hace uno de nosotros, pequeño como nosotros. Para predicar lo divino al modo humano y desde abajo, desde lo pequeño, desde la sencillez y la humildad. Y como se hace uno de nosotros, la importancia de dichos seres, así como de las realidades supuestamente “percibidas” o incluso reveladas “privadamente” a algunos hombres y mujeres privilegiados (supuestas “aparescencias”, como bien las describía la mística Santa Teresa, ya sean malas o buenas) deben pasar a un plano necesariamente secundario. Para explicar el mal humano no es necesario un anti-Dios, un “Satanás” que esté todo el rato tentando al hombre “con el permiso de Dios” (Hans Küng, Credo, 1990; Jesús, 2014). Basta el hombre, pues, como diría el propio Jesús en su vida mortal “es del interior del hombre, no de fuera, de donde proceden” muchos males, en relación con su polémica frente a la comunidad judía y su distinción entre animales puros e impuros. La creación, con todo lo que conlleva, incluidos los aspectos más reprimidos por el aparato eclesiástico tradicional, como la sexualidad, es buena. Como todo, si se usa razonablemente y con respeto de la persona (lo cual no equivale necesariamente a decir “según la única e infalible enseñanza del Magisterio pontificio”, y mejor si éste resulta acompañado del “sentir común de los fieles”).

Por el contario, durante su vida pública -e incluso antes, si recordamos el episodio de la Presentación en el Templo- Jesús se somete a las leyes naturales, incluso a las leyes judías de su tiempo, salvo cuando Él, como Norma Suprema, quiere proclamar el Amor como la mayor de las leyes, y ”se salta” las prescripciones rabínicas: efectúa curaciones en sábado, habla con mujeres, y además no judías, se acerca y toca a leprosos, y muchos otros ejemplos que encontramos en los Evangelios canónicos. Come con pecadores, es reprendido por ello por los buenos judíos de su tiempo, tiene trato con publicanos, hasta el punto de escoger a Mateo, recaudador de impuestos, como uno de sus discípulos, y se atreve a proclamar ante fariseos y publicanos que “Los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el reino de los Cielos”. Un reino que Él mismo dice que “está entre vosotros”.

Pues bien, es éste el principal mensaje que tiene la virtualidad de llenarnos de alegría en estas Navidades: el encuentro de un Dios que se hace visible como un niño, como un niño humano, inerme, y que se ha hecho “uno de los nuestros” para acompañarnos durante toda nuestra vida, pues, en puridad, para el creyente, desde que Jesucristo se encarnó, “nadie está ya solo”. A Dios le importamos, y le importamos tanto que se hace pequeño y nace como hombre, como uno de nosotros, para revelarnos su divinidad desde su humanidad.

En el Misterio de la Navidad, Dios no sale a nuestro encuentro con el conocimiento humano, con la gnosis o con la meditación. Nos sale al encuentro en la Persona de su Hijo, verdadero Dios y verdadero Hombre. Y, como Él mismo declaró en su Sermón Escatológico, nos sale al encuentro aquí y ahora en los demás, en sus necesidades espirituales y materiales. En el prójimo necesitado, en el hambriento, en el sediento, en el desesperado, en el atribulado, en el ignorante, en el cautivo, ahí está Jesús, misteriosamente oculto. “En verdad os digo, que lo que hicisteis a cualquiera de estos hermanos, mis pequeños, a mí me lo hicisteis”, dice Jesús en Mt 25.

Que, en medio de los agobios que el mundo suscita en estas fechas, sepamos encontrar un espacio de espiritualidad para el encuentro con el Señor que nace y viene a nuestro encuentro a traernos su paz, la paz que puede saciar las inquietudes del corazón humano y sepamos transmitir a los demás esta alegría, aun en medio de nuestras tribulaciones, de sentirnos amados de un modo tan inefable por Dios que nuestra respuesta sólo puede ser la respuesta libre a la gratuidad a dicho Amor y a tanta Misericordia. Este Año Jubilar, dedicado por el papa Francisco a la Misericordia Divina, es un tiempo de gracia que se nos otorga para volver la mirada a Aquél que ha vencido al mundo y es capaz de perdonarlo todo, con tal de que se lo pidamos. Es tiempo de acoger esa misericordia y de practicarla con los demás, como si lo hiciéramos con el mismo Jesús, según su Palabra.

Que el Espíritu Santo, que, como reza el Credo de Nicea-Constantinopla, habló por los profetas que anunciaron a Israel la llegada del Mesías ilumine nuestros corazones y sepamos entrar, como niños, desvestidos de nuestros ropajes humanos socialmente tan importantes, en el Misterio de la Navidad, acogiendo al otro como nuestro hermano en Cristo Jesús y dando lo que tenemos a quien más lo necesita, pues, como escribió maravillosamente San Francisco de Asís, “es dando como se recibe”.

Feliz Navidad a todos. Paz y Bien.

 

Pablo Guérez Tricarico

 

A continuación os dejo con una versión del clásico “Silent Night” interpretado y grabado hace un año a capela por Fifth Armony, seguida de su interpretación del clásico moderno norteamericano “All I Want for Christmas is You”. Que lo disfrutéis:

 

 

 

Mensaje de la Comisión Episcopal de Pastoral con motivo de la Pascua del Enfermo (RB)

mayo 10, 2015 § Deja un comentario


Jornada Mundial del Enfermo y Pascia del Enfermo 2015.

Jornada Mundial del Enfermo y Pascia del Enfermo 2015.Porque (…) estaba enfermo y me visitásteis (Mt 25, 35; 36)

 

Porque (…) estaba enfermo, y me visitasteis (Mt 25, 35; 36)  

Hoy, VI Domingo de Pascua, la Iglesia Universal ha celebrado y sigue celebrando, allende la mar océana, la Pascua del Enfermo, con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo. Son muchos los templos en los que se ha impartido, en Misas especiales o en celebración colectiva o individual, el Sacramento de la Unción de los Enfermos. Sacramento que, sobre todo después del Concilio Vaticano II, no se reserva sólo para los enfermos terminales -para eso está el Viático-, sino para todos los enfermos graves en el sentido más amplio de la palabra. Es curioso observar cómo la liturgia latina de la Iglesia Católica ha mantenido, en el rito de administración de la Santa Unción, las palabras de la Carta de Santiago. Gracias, Señor, por este Domingo y por tanta Misericordia.

Parte de la fórmula del rito de la Unción de los Enfermos, de la Carta de Santiago 5, 14-16-

Parte de la fórmula del rito de la Unción de los Enfermos, de la Carta de Santiago 5, 14-16-

En nuestras sociedades ricas, los enfermos, pequeños y mayores, son descuidados brutalmente por las dinámicas sociales y por lo que, expresado en un lenguaje propio de la teología moral católica, el gran papa San Juan Pablo II denominara “estructuras de pecado”. Y es que el pecado, en sus formas más graves, incluidos los pecados de indiferencia y omisión culpables -recordemos el pasaje del Génesis (cfr. Gn 4, 9): “¿Qué haces tú por tu hermano?”- son la peor enfermedad.

Tovavía resuenan en mi mente los ecos del discurso pronuncionado por S. S. el papa Francsico en el Parlamento Europeo: “Una de las peores enfermedades que constato en esta Europa es la soledad”. Y es que la salud en algo más complejo de lo que el mundo entiende, si bien por no ello no necesariamente objetivable, sino precisamente por ello, subjetivizable e individualizable hasta el máximo.

Y es que, como han tenido y siguen teniendo en cuenta, gracias a Dios, grandes Médicos, “no hay enfermedades, sino enfermos”. Porque con la salud y la enfermedad, lo que está en juego es la salud de la persona, única e irrepetible con su circunstancia mórbida, e inmersa en un contexto social “enfermo”, en el sentido de orientado hacia valores nocivos para la persona, el cual influye, como no puede ser de otra manera, sobre la salud de todos y cada uno de los individuos que la integran.

En una bonita definición de salud de la Organización Mundial de la Salud, ésta destacó tres aspectos, al mismo nivel, de la salud de las personas: salud física; salud psíquica o mental; y salud social. Todas estas dimensiones de la salud son importantes, pues sin una sola de ellas, el “sujeto” -prefiero el término no clínico persona-, no puede alcanzar la salud, tal y como es entendida por una de las muchas definiciones de la OMS: como el estado de completo bienestar físico, psíquico y social del individuo. Aunque yo añadiría, de acuerdo con mi concepción socioantropológica del ser humano y de su posición en el mundo, cristina y humanista, “de acuerdo con las posibilidades que la persona pueda alcanzar”. Posibilidades que muchas veces vienen de serie, pero que otras son negadas por la cultura del descarte denunciada por el papa Francisco, que niega a los débiles, a los enfermos, a los excluidos, a los marginados, su dignidad de personas. Esto es algo grave, amigos. Y los cristianos, creyentes de otras confesiones o credos colectivos o individuales, y todas las personas de buena voluntad, debemos esforzarnos por atender con un trato auténticamente humano al enfermo.

Que los profesionales sanitarios, entre otros, como figuraba en la dedicatoria de mi tesis doctoral sobre consentimiento y Derecho, sepan tratar al enfermo como un ser humano libre, y al mismo tiempo necesitado. Porque la atención a los enfermos es una de las mayores bienaventuranzas y obras de misericordia, no sólo corporales, sino integrales, que podemos realizar por amor, y conforme hayamos ayudado, nosotros creemos que seremos juzgados en el atardecer de la vida, recordando a San Juan de la Cruz, en el Amor. Para que podamos escuchar, en palabras del propio Jesucristo, aquella maravillosa promesa hecha para todos y cada uno para el fin de los tiempos. Aquellas palabras que fueron pronunciadas por Jesús en un lenguaje sencillo, y que Él mismo quiso que quedaran plasmadas en el Evangelio de Mateo 25, 34-35, con el deseo, que es al mismo tiempo misteriosa realidad natural y sobrenatural, humana y divina, de que reconozcamos en el hermano enfermo y necesitado el mismo rostro de Jesucristo Nuestro Señor: “Venid, benditos de mi Padre, y heredad el reino preparado para vosotros desde antes de la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme”.

 

Por Pablo Guérez Tricarico, Phd

Doctor en Derecho

Colegiado ICAM 97.901

Hijo de Dios, por su entrañable Misericordia, desde el 19/5/1979

Iglesiaactualidad

SALUD Y SABIDURÍA DE CORAZÓN
Jornada Mundial del Enfermo y Pascua del Enfermo

Domingo 10 de mayo de 2015

1. Quien vive la Pastoral de la Salud sabe que su lenguaje propio es el del corazón. Vivir el sufrimiento o acompañarlo toca el corazón. Esta Campaña de Pastoral de la Salud 2015 nos invita precisamente a contemplar el corazón de Cristo ante quien sufre, y su vivencia del sufrimiento. Si nos dejamos empapar por sus actitudes cambiará también nuestra mirada sobre el enfermo, y transformará nuestro corazón con esa sabiduría de Dios que está “llena de compasión” (Sant. 3, 17).

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El encuentro entre Jesús Resucitado y María Magdalena

abril 7, 2015 § Deja un comentario


 

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El Evangelio de este Martes, Solemnidad del Martes de la Octava de Pascua, nos presenta el encuentro entre el Señor resucitado, en cuerpo, alma y divinidad gloriosos, y María Magdalena, una de sus más fieles discípulas.

Siempre me ha conmovido este pasaje del Evangelio de Juan, lleno de amor y ternura. Es un texto en el que el Señor se vuelve a encontrar con María de Magdala, a la cual había liberado de su vieja condición de pecadora, y esta vez le comunica su gloria, manifestada por su resurrección, pero que sólo podremos vislubrar sumergiéndonos en el misterio con los ojos de la fe, y que no llegaremos plenamente a comprender hasta que hayamos llegado a nuestra propia Pascua, es decir, a nuestro paso, tras la muerte, a un tipo de vida completamente nueva. La aparición de Jesús, ya resucitado, en la gloria de un cuerpo inmortal, hace que ni siquiera sus discípulos lo reconozcan “a primera vista”, pues, como hemos dicho, en la resurrección se trata de algo completamente distinto, y que prefigura la nueva humanidad que Cristo nos ha regalado a todos tras su muerte y resurrección, lo que hace dudar a la Magdalena de la realidad de esta última. De hecho, en un primer momento María no le reconoce y le confunde con el jardinero. Mas por sus palabras le reconoce y se postra ante Él adorándolo como Maestro: ¡Rabboní!

A continuación, por su belleza tanto literaria como espiritual, reproduzco el pasaje del Evangelio de Juan, seguida de una meditación a cargo del Padre Antoni ORIOL i Tataret (Vic, Barcelona).

Evangelio (Jn 20, 11-18): “En aquel tiempo, estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro, y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?». Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto». Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús. Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré». Jesús le dice: «María». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní», que quiere decir “Maestro”». Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: ‘Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios’». Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras”.

Meditación: Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor

Hoy, en la figura de María Magdalena, podemos contemplar dos niveles de aceptación de nuestro Salvador: imperfecto, el primero; completo, el segundo. Desde el primero, María se nos muestra como una sincerísima discípula de Jesús. Ella lo sigue, maestro incomparable; le es heroicamente adherente, crucificado por amor; lo busca, más allá de la muerte, sepultado y desaparecido. ¡Cuán impregnadas de admirable entrega a su “Señor” son las dos exclamaciones que nos conservó, como perlas incomparables, el evangelista Juan: «Se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto» (Jn 20,13); «Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré»! (Jn 20,15). Pocos discípulos ha contemplado la historia, tan afectos y leales como la Magdalena.

No obstante, la buena noticia de hoy, de este martes de la octava de Pascua, supera infinitamente toda bondad ética y toda fe religiosa en un Jesús admirable, pero, en último término, muerto; y nos traslada al ámbito de la fe en el Resucitado. Aquel Jesús que, en un primer momento, dejándola en el nivel de la fe imperfecta, se dirige a la Magdalena preguntándole: «Mujer, ¿por qué lloras?» (Jn 20,15) y a la cual ella, con ojos miopes, responde como corresponde a un hortelano que se interesa por su desazón; aquel Jesús, ahora, en un segundo momento, definitivo, la interpela con su nombre: «¡María!» y la conmociona hasta el punto de estremecerla de resurrección y de vida, es decir, de Él mismo, el Resucitado, el Viviente por siempre. ¿Resultado? Magdalena creyente y Magdalena apóstol: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor» (Jn 20,18).

Hoy no es infrecuente el caso de cristianos que no ven claro el más allá de esta vida y, pues, que dudan de la resurrección de Jesús. ¿Me cuento entre ellos? De modo semejante son numerosos los cristianos que tienen suficiente fe como para seguirle privadamente, pero que temen proclamarlo apostólicamente. ¿Formo parte de ese grupo? Si fuera así, como María Magdalena, digámosle: —¡Maestro!, abracémonos a sus pies y vayamos a encontrar a nuestros hermanos para decirles: —El Señor ha resucitado y le he visto

Padre Antoni ORIOL i Tataret.

En el medio del camino de mi vida

abril 29, 2014 § Deja un comentario


Inferno, Canto I      Santa Caterina Da Siena

Nel mezzo del cammin di nostra vita 
mi ritrovai per una selva oscura 
che’ la diritta via era smarrita (Dante Alighieri, Divina Commedia, Inferno, Canto I, I)

La mia Verità vi ha invitato a chiedere, allorché vi disse: ‘Chiamate e vi sará risposto; bussate e vi sarà aperto; chiedete e vi sarà dato’. Ti dico che Io voglio che tu faccia cosí: che mai allenti il tuo desiderio di chiedere il mio aiuto, né affievolisca la tua voche di chiedermi di usare misericordia al mondo. En non cessare dal Bussare alla porta della mia Verità, seguendo le sue orme; dilettatianzi sulla croce con lui, mangiando il cibo delle anime a gloria e lode del mio nome. E con amoroso affanno leva il tuo grido sulla morte del genere umano che vedi condotto a miseria cosí grande che la tua lingua non basta a descriverla. Per questo lamento e questo grido voglio usare misericordia al mondo. Ciò è quanto chiedo ai miei servi, e questo sará pero me il segno che essi mi amano secondo verità. Io infatti non spreco i miei desideri, come ti ho detto (Santa Caterina da Siena, Vergine, Patrona dell’ Italia e dell’ Europa e Dottoressa della Chiesa, Dialogo della Divina Provvidenza, 107) 

A mis Padres, que me dieron la vida

Y A.M.D.G., por Quien fui redimido

Si leemos el pasaje citado de Santa Catalina de Siena, Fiesta Litúrgica de hoy, y cuyo texto original he querido respetar por mi filiación italiana -así como el del conocidísimo texto de apertura de la Divina Comedia de Dante-, vemos que el mensaje de Santa Catalina, Doctora de la Iglesia, no dista en lo esencial del mensaje que Jesús transmitiera, a varios siglos de distancia, a Santa Faustina Kowalska, instrumento de la instauración de la Fiesta de la Divina Misericordia que muchos celebramos con gozo y extrema alegría el pasado domingo, Domingo Segundo o de la Octava de Pascua: Misericorda para el mundo. MISERICORDIA.

Si Dios quiere, hoy, veintinueve de abril de dos mil catorce, cumpliré treinta y cinco años. Edadad suficiente como para haber hecho muchas cosas buenas según los ojos del mundo, pero no necesariamente a los ojos de Dios, porque, como dice el Libro Primero de Samuel, mientras los hombres miran la aparicencia, el Señor ve el corazón: en este mundo de capitalismo salvaje en el que vivimos, el tener, el poseer, parece ser el criterio al que aspiran la gran mayoría los seres humanos, y al que muchos hemos aspirado alguna vez, habiéndonos dejado cosas más importantes por el camino y habiendo perdido el camino correcto, que no obstante, puede recuperarse. La madurez que he alcanzado en el primer lustro de mi treintena, cimentada en mis profundas creencias religiosas, me hace pensar que esta visión de mundo fundada en el triunfo del dinero, del éxito, del reconocimiento social, de la gloria del mundo y de un sinfín de poderes terrenos no es la correcta, pese a que vivamos sumergidos en ella, especialmente en los autodenominados “países civilizados” de un primer mundo empobrecido muchos de cuyos habitantes se limitan a sobrevivir,  o a malvivir, como colectivos excluidos, viendo pasar lo que ellos suponen son las vidas idílicas de otros, y ansiando, cuando no envidiando, dichas vidas. Como cristianos, pero sobre todo como personas, no debe ser esa la actitud que debe proceder nuestro proceder en la vida. Lo material es -en en fondo- prescindible, pero, hasta que no alcancemos un grado de santidad suficiente como para renunciar a todo, comenzando por nuestro yo, seguiremos necesitando los bienes materiales; hasta que podamos decir, con Jesus, “no sólo de pan vive el hombre”, aunque Él no renunció a comer y a bebe en Su última cena. En definitiva, se trata de dar a los bienes materiales su justo valor y, sin renunciar a los que nos vengan dados como fruto del trabajo o de la empresa, tratarnos siempre como bienes que no son enteramente nuestros, sino bienes que nos han sido confiados al servicio de los demás. Precisamente en un mundo como el de hoy, tan carente de valores, pero también, para muchas personas, de lo necesario para sobrevivir, azotado por la pobreza, el hambre y la violencia, es mucho más acuciante nuestra necesidad de ayudar al prójimo en sus necesidades tanto materiales como espirituales, como el propio Jesús nos indica a lo largo de todo el Evangelio. Y a dar nuestros bienes, nuestra vida y nuestro ser por Amor, precisamente como Él no hizo. Como dice San Pablo en su segunda carta a los Corintios, “si no tengo Amor”, no soy nada. Por supuesto que se está refierendo amor de Dios, que es capaz de transformar nuestro corazón de piedra en un corazón de carne, como pedía el profeta Ezequiel, y nos hace semejantes a Él en el Amor al prójimo. Que así sea.

Pade nuestro…

Señor, ten piedad de nosotros, de nuestros amigos y de nuestros enemigos

Cristo, ten piedad de nosotros, de nuestros amigos y de nuestros enemigos

Señor, ten piedad de nosotros, de nuestros amigos y de nuestros enemigos

Misericordia Divina, ten misericordia de nosotros y del mundo entero.

Santa María, Madre de Dios,

Ruega por nosottos, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

Santos Pedro y Pablo, apóstoles de Cristo,

Rogad por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

Santa María Magdalena,

Ruega por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

San Judas Tadeo, Patrón del Trabajo y de la Salud, y de las causas imposibles y desesperadas,

Ruega por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

Santos Miguel, Gabriel y Rafael, Arcángeles de Dios,

Rogad por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

Santos Ángeles Custodios,

Rogad por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

San Agustín, Fundador religioso,

Ruega por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

San Francisco, Fundador religioso,

Ruega por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia y Patrón de la Academia,

Ruega por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

San Raimundo de Peñafort, Patrón de los juristas,

Ruega por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos,

Ruega por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

Santa Catalina de Siena, Doctora de la Iglesia,

Ruega por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

Santa Inés, virgen y mártir de la Iglesia,

Ruega por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

Santa Gema, mística religiosa,

Ruega por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

San Manuel Comboni,

Obispo Misionero de la Iglesia,

Ruega por nosotros, por nuestros amigos y por nuestros enemigos

Santa Faustina Kowalska,

Ruega por nosotros, por nuestos amigos y por nuestros enemigos

San Juan XIII,

Ruega por nosotros, por nuestrsos amigos y por nuestros enemigos

San Juan Pablo II,

Ruega por nosotrotros, por nuestrso amigos y por nuestros enemigos.

Salve Regina, Mater Misericordiae…

En este  tiempo de la cincuentena pascual, felicitemos a María por la Resurrección de su Hijo con el canto propio que sustituye al Ángelus en este tiempo:

Regina Coeli

Laetare, Alleluia

Quia, quae meruisti portare, Alleluia

Resurrexit, sicut dixit, Alleluia

Ora pro nobis Deum, Alleluia.

¿Dónde estoy?

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