Siempre es Navidad para los que buscan a Dios

enero 10, 2015 § 4 comentarios


 

A mis padres

A los cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad perseguidos

A la memoria de las víctimas de Charlie Hebdó

 

El tiempo de la Navidad, aparentemente, ha concluido.

Y digo solo aparentemente, porque la desacralización de las Navidades como algo profano ha impuesto en el mundo una concepción de las fiestas que, como se ha ocupado de advertir necesariamente el papa Francisco durante las mismas, están muy alejadas de su sentido originario, de la celebración del Dios inmanente que se hace uno de nosotros y viene a vivir con nosotros en la misma precariedad compartida de la condición humana: se hace Enmanuel, Dios con nosotros, y se hace especialmente presente en los que más sufren, en los débiles, en los prófugos, en los perseguidos. A ellos se refirió el Papa en su homilía de la Víspera del día de Navidad, y es precisamente en Cristo Jesús en quienes aquellos que no son, como diría el propio Jesús durante su predicación, “bien mirados por el mundo”, su consuelo y su alegría en medio de la tribulación. Los cristianos perseguidos hoy en Nigeria, Iraq, Irán, Siria, China, Sudán, y en cualquier lugar del mundo por Jesús y su Evangelio, son como Jesús en el pesebre, para Quien no había sitio. Ese mismo Jesús, Luz invisibile, creadora, redentora y santificadora, se hace visibile en la ternura más visible de un niño, durante el tiempo litúrgico de Navidad, que en la Iglesia latina va -conviene recordarlo-, desde el día 24 de diciembre (Nochebuena), hasta la conclusión de la Feria de Navidad durante la semana siguiente a la Octava de Navidad (1 de enero), tiempo denominado “Feria de Navidad”, y que finaliza con el domingo después de Epifanía, con la celebración del Bautismo del Señor. En la Misa de ayer, un gran sacerdote español recordaba, además, como algo que va más allá de la anécdota cultural, cómo en algunos países de América Latina, como México, el Nacimiento permanece todavía expuesto en muchos hogares hasta el día 2 de enero, el día de la Presentación del Señor.

Por el contrario, en nuestro ámbito sociocultural secularizado, por la fuerte influencia, casi imparable, de la secularización de inspiración protestante norteamericana, la separación temporal festiva entre las dos Fiestas que conmemoran el Misterio de la manifestación de Dios hecho hombre (la Natividad del Señor y la Epifanía) ha perdido su significación, no ya litúrgico-temporal, sino cristológico. De ello pueden dar cuenta muchos norteamericanos y quienes celebran la Navidad en todo el mundo sin referencia alguna al nacimiento de la Persona de Jesús. Así, tenemos en nuestro país, y en muchos otros países de nuestro ámbito cultural europeo, unas Navidades secularizadas (o, utilizando el lenguaje de la antropología religiosa “desacralizadas” o “desencantadas”), que suelen comenzar cuando lo deciden los grandes centros comerciales (en España, hace ya bastante que decidieron que las Navidades comenzaban, al menos, en torno a la segunda quincena de noviembre; algunos Ayuntamientos, sobre todo antes de la crisis, lo decidieron con el encendido de las luces de Navidad el 1 de noviembre), y que terminan, por influencia de una tradición histórica que afortunadamente se resiste a desaparecer, el día de Epifanía, también conocido como la Fiesta de los Reyes Magos, que se celebra el 6 de enero, mientras que en Norteamérica la secularación navideña ha llegado hasta el punto de convertirla, socioantropológicamente, y sin perjuicio de su vivencia auténticamente religiosa en las varias confesiones religiosas cristianas, católicas y protestantes presentes en el país, en una fiesta secular que acaba concluyendo con el año civil.

Ese día, muchos niños de España recibieron los regalos de los Reyes Magos, que fueron a adorar a Jesús hace más de dos mil años guiados por la Estrella de Belén. Cuando nos hacemos adultos, y a pesar de que esta Fiesta pueda suscitar en nosotros cierta melancolía por aquello de la “infancia perdida”, los creyentes no debemos perder el rastro de aquella estrella, porque nos sigue guiando a Jesús. Y nos guía a través de María y a través de toda su Santa Iglesia. En el tiempo denominado “Después de Epifanía” la Iglesia Católica nos concede un tiempo precioso para meditar sobre el Misterio de la manifestación de Dios hecho hombre a todos los pueblos de la humanidad. Es un tiempo para la reflexión y de preparación para la acción, en un mundo cada vez más hostil y deshumanizado, regido en muchas ocasiones por el odio, el chantaje y el rencor, el cálculo político instrumental y la cosificación de las personas; un mundo, precisamente por ello, necesitado de amor, de comprensión y de misericordia.

El mensaje no puede ser más actual, y debe movernos a la paz y a la concordia entre nosotros, comenzando por los más próximos a nosotros, por nuestra propia familia, amigos y allegados. Por ello, para nosotros también, es bueno que comprendamos, como los niños, qu por lo general no tienen posibilidad de hacer regalos materiales apetecibles a los hombres, su mejor regalo es la propia presencia. El mejor regalo que hemos podido hacer en este tiempo de Navidad, y durante todo el año litúrgico, y experimentarlo a la vez de esta manera por medio de la gracia, que se da gratuitamente, es el regalo de nuestra presencia, y el don de nosotros mismos. Lo recordaba el papa en unas emotivas palabras con ocasión de un discurso del pasado Adviento: el mejor árbol de Navidad, la mejor bola del árbol, el mejor adorno, el mejor regalo, eres tú. Pero de ahí debemos salir y transmitir la noticia de la buena nueva a todos los pueblos que hoy constituyen una realidad cada vez más cercana, pero paradójicamente más distante.

No son palabras vacías, sino que nosotros mismos, elevados a la dignidad de Hijos de Dios ya desde el misterio de la Encarnación, que prepara el misterio pascual, somos regalo, somos don para los demás, para hacer de su vida, de la vida de los demás, una vida siquiera algo más soportable, algo más tierna, algo más humana: ¡cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy, recordaba el papa Francisco en la homilía de la Víspera de Navidad!

Son éstas palabras que no escuchan los representantes de ninguna de las mayores religiones del mundo, y conviene recordarlo a la luz de los últimos acontecimientos. Es una vergüenza que quienes se declaran también hijos de Abrahám ataquen en nombre del Islam el semanario francés Charlie Hebdo en un atentado que nada tiene que ver con Dios/الله , sino con un odio político-religioso fomentado por los hombres. De nuevo, el odio nos hace ver la cara desfigurada de la religión, que, a pesar de sus múltiples interpretaciones, no es en ninguna de los tres credos abráhamicos (judío, islámico y cristiano), una religión de odio, sino una religión de Amor, sino que más bien, al contrario de lo que algunos sociólogos sostienen, los fundamentalismos son perversiones de la religión: por cierto, de todas. Tampoco los cristianos estamos exentos de caer en él, on en sectas o grupúsculos que se dicen cristianos y reclaman, aun movidas por legítimos sentimientos de indignación, “soluciones” de reacción que, por estar basadas en el odio, no pueden ser compartidas, porque no pueden ser cristianas. Frente a las otras dos grandes religiones abrahámicas, como predicó el propio Jesús, y a pesar de los gravísimos errores cometidos a lo largo de la Historia por los representantes de la religión cristiana institucionalizada, el cristianismo es, además, una religión de perdón y de amor sin límites, hasta el punto de presentar la peculiaridad del Amor a los enemigos. Los cristianos no podemos ceder a la provocación de responder con odio a estos atentados, con actitudes intransigentes y fanáticas que también hemos aprendido y praticado históricamente, sino que desde el poder civil y el poder eclesiástico debemos responder con una actitud de firmeza y justicia, pero también de conversión y misericordia ante las atrocidades cometidas. A la oración por las víctimas de estos terribles atentados no debe seguir la espiral del odio, sino su recuerdo, su apoyo, su memoria; también la firme condena del pecado y de las actitudes de los fundamentalistas islámicos y la petición a los representantes del Islam de una mayor firmeza en la condena de semejantes atrocidades, a la vez que la oración por la conversión de los pecadores.

Pero más allá de ello, los cristianos debemos permanecer firmes en el Amor de Dios que nos empuja a trabajar para erradicar las causas y las estructuras de pecado que hacen posibles que muchas personas, en el ámbito islámico, por esa clase de desesperación basada en la miseria material y moral que lleva al odio y que nunca ha traído nada bueno a la sociedad humana.

A la contemplación del Misterio de la Encarnación ha dedicado la Iglesia Católica uno de sus tiempos litúrgicos fuertes. Pidámosle a Dios que podamos encontrar en la Navidad y en la contemplación de su Misterio, en el triunfo del Bien, los ánimos y la fortaleza necesarios, don del Espíritu Santo, para no caer en desesperación y caminar con esperanza hacia nuestra propia conversión, la de nuestro prójimo (todo el género humano) y la edificación del Reino de Dios en la tierra, que es un reino de amor y de paz.

 

 

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Después de Epifanía: Que la Virgen nos acompañe y nos guarde durante este nuevo año

enero 7, 2015 § 2 comentarios


La Adoración de los Magos

La Adoración de los Magos

En la Navidad, el Niño Dios, el Dios-con-nosotros (Enmanuel, en hebreo), se hace visible en medio de la noche a los más pobres, a los pastores, y, como tuvo oportunidad de pronunciarse Su Santidad el papa Francisco en la homilía de la Nochebuena, “la Luz de Jesús no la vieron los poderosos, los reyes, los gobernantes, los tiranos”, sino gente humilde.

Como contrapunto, en el episodio narrado por Mateo en la Epifanía, que la Iglesia latina separa -pero que pudo estar mucho menos distante en el tiempo o incluso coincidir en el mismo con la llegada de los magos, de los que nada se sabe por los textos canónicos, más que debían de ser unos hombres sabios, magos y astrólogos, ya que en aquellos tiempos la astronomía en nada se diferenciaba de la astrología-, se nos muestra el reverso de una misma medalla: la manifestación de Jesús a los pueblos gentiles; es decir, a todo el mundo. Así, los magos observaron la estrella de Belén y la intepretaron como un prodigio celeste de tal magnitud que vieron en ella el símbolo de la Divinidad Única en la que creían (C. S. Lewis), y se pusieron en camino desde tierras lejanas de oriense, probablemente, desde la antigua Persia o desde el valle del Indo, donde había arraigado la religiosidad védica de los indoarios, padres también del zoroastrismo maniqueísta persa.

Pero los magos, buscadores del Logos, de la verdad, se pusieron en camino en una travesía larga, a partir de sus conocimientos astrológicos de los signos celestes, pero guiada y sostenida fundamentalmente por la fe en la verdad.

A continuación, valiéndome del derecho de cita, reproduzco un pasaje del Evangelio de Mateo -único del que tenemos noticia del episodio de la Adoración-, así como un valioso comentario a cargo del Rvdo. D. Joaquim VILLANUEVA i Poll (Barcelona, España), que nos muestra el profundo sentido de temor de Dios -en el buen sentido- que debemos tener ante el Misterio de la Encarnación y ante la Presencia del Verbo hecho carne; presencia perpetuada diariamente en la Eucaristía, en la que Jesús mismo se hace pan de vida, como predicará, y ya en este tiempo denominado “Después de Epifanía” podremos escuchar su predicación de adulto, sobre todo a partir de su Bautismo en el Río Jordán. El breve texto concluye con las sabias palabras de que, si nosotros no podemos ver la estrella de Belén, acudamos a María, Stella Matutina, y ella nos conducirá, a pesar de las penalidades de la vida, representadas por sendas estrechas y de pedregales que también conocieron los magos, y a pesar de nuestras desviaciones, a Jesús. Porque ad Iesum per Mariam. Y entonces lo adoraremos, y ya nada en nuestra vida será vano.

 

Mirad que llega el Señor del señorío: en la mano tiene el reino, y la potestad y el imperio (Antífona de entrada de la Misa de Epifanía)

Texto del Evangelio (Mt 2,1-12): Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle». En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel’».

Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle».

Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.

Comentario: Rev. D. Joaquim VILLANUEVA i Poll (Barcelona, España)

Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron

Hoy, el profeta Isaías nos anima: «Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor amanece sobre ti» (Is 60,1). Esa luz que había visto el profeta es la estrella que ven los Magos en Oriente, con muchos otros hombres. Los Magos descubren su significado. Los demás la contemplan como algo que les parece admirable, pero que no les afecta. Y, así, no reaccionan. Los Magos se dan cuenta de que, con ella, Dios les envía un mensaje importante por el que vale la pena cargar con las molestias de dejar la comodidad de lo seguro, y arriesgarse a un viaje incierto: la esperanza de encontrar al Rey les lleva a seguir a esa estrella, que habían anunciado los profetas y esperado el pueblo de Israel durante siglos.

Llegan a Jerusalén, la capital de los judíos. Piensan que allí sabrán indicarles el lugar preciso donde ha nacido su Rey. Efectivamente, les dirán: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta» (Mt 2,5). La noticia de la llegada de los Magos y su pregunta se propagaría por toda Jerusalén en poco tiempo: Jerusalén era entonces una ciudad pequeña, y la presencia de los Magos con su séquito debió ser notada por todos sus habitantes, pues «el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén» (Mt 2,3), nos dice el Evangelio.

Jesucristo se cruza en la vida de muchas personas, a quienes no interesa. Un pequeño esfuerzo habría cambiado sus vidas, habrían encontrado al Rey del Gozo y de la Paz. Esto requiere la buena voluntad de buscarle, de movernos, de preguntar sin desanimarnos, como los Magos, de salir de nuestra poltronería, de nuestra rutina, de apreciar el inmenso valor de encontrar a Cristo. Si no le encontramos, no hemos encontrado nada en la vida, porque sólo Él es el Salvador: encontrar a Jesús es encontrar el Camino que nos lleva a conocer la Verdad que nos da la Vida. Y, sin Él, nada de nada vale la pena.

 

Comentario:REDACCIÓN evangeli.net (elaborado a partir de textos de Benedicto XVI) (Città del Vaticano, Vaticano)

La Epifanía: Jesús se manifiesta a todas las gentes

Hoy el misterio de la Navidad se irradia sobre la tierra, difundiéndose en círculos concéntricos: la Sagrada Familia de Nazaret, los pastores de Belén y, finalmente, los Magos, que constituyen las primicias de los pueblos paganos. Quedan en la sombra los palacios del poder de Jerusalén, donde la noticia del nacimiento del Mesías no suscita alegría, sino temor y reacciones hostiles.

Lo maravilloso de los Magos es que se postraron en adoración ante un simple niño en brazos de su madre; no en el marco de un palacio real, sino en la pobreza de una cabaña. ¿Cómo fue posible? Ciertamente los persuadió la señal de la estrella. Pero ésta no habría bastado si los Magos no hubieran sido personas íntimamente abiertas a la verdad.

—A diferencia de Herodes, obsesionado por el poder y la riqueza, los Magos se pusieron en camino hacia la meta de su búsqueda, y cuando la encontraron, aunque eran hombres cultos, se comportaron como los pastores de Belén: reconocieron la señal y adoraron al Niño.

Meditación del día de Hablar con Dios

Epifanía del Señor
6 de enero

LA ADORACIÓN DE LOS MAGOS

— Alegría de encontrar a Jesús. Adoración en la Sagrada Eucaristía.

— Los dones de los Magos. Nuestras ofrendas.

— Manifestación del Señor a todos los hombres. Apostolado.

I. Mirad que llega el Señor del señorío: en la mano tiene el reino, y la potestad y el imperio1.

Hoy celebra la Iglesia la manifestación de Jesús al mundo entero. Epifanía significa «manifestación»; y en los Magos están representadas las gentes de toda lengua y nación que se ponen en camino, llamadas por Dios, para adorar a Jesús. Los reyes de Tarsis y las islas le ofrecen dones, los reyes de Arabia y de Sabá le traerán presentes y le adorarán todos los reyes de la tierra; todas las naciones le servirán2.

Al salir los Magos de Jerusalén he aquí que la estrella que habían visto en Oriente iba delante de ellos, hasta pararse sobre el sitio donde estaba el niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría3.

No se extrañan por haber sido conducidos a una aldea, ni porque la estrella se detenga ante una casita sencilla. Ellos se alegran. Se alegran con un gozo incontenible. ¡Qué grande es la alegría de estos sabios que vienen desde tan lejos para ver a un rey, y son conducidos a una casa pequeña de una aldea! ¡Cuántas enseñanzas tiene para nosotros! En primer lugar, aprenderemos que todo reencuentro con el camino que nos conduce a Jesús está lleno de alegría.

Nosotros tenemos, quizá, el peligro de no darnos cuenta cabal de lo cerca de nuestras vidas que está el Señor, «porque Dios se nos presenta bajo la insignificante apariencia de un trozo de pan, porque no se revela en su gloria, porque no se impone irresistiblemente, porque, en fin, se desliza en nuestra vida como una sombra, en vez de hacer retumbar su poder en la cima de las cosas…

»¡Cuántas almas a quienes oprime la duda, porque Dios no se muestra de un modo conforme al que ellos esperan!…»4.

Muchos de los habitantes de Belén vieron en Jesús a un niño semejante a los demás. Los Magos supieron ver en Él al Niño al que desde entonces todos los siglos adoran. Y su fe les valió un privilegio singular: ser los primeros entre los gentiles en adorarle cuando el mundo le desconocía. ¡Qué alegría tan grande debieron tener estos hombres venidos de lejos por haber podido contemplar al Mesías al poco tiempo de haber llegado al mundo!

Nosotros hemos de estar atentos porque el Señor se nos manifiesta también en lo habitual de cada día. Que sepamos recuperar esa luz interior que permite romper la monotonía de los días iguales y encontrar a Jesús en nuestra vida corriente.

Y entrando en la casa, vieron al Niño con María, su madre, y postrándose le adoraron5.

«Nos arrodillamos también nosotros delante de Jesús, del Dios escondido en la humanidad: le repetimos que no queremos volver la espalda a su divina llamada, que no nos apartaremos nunca de Él; que quitaremos de nuestro camino todo lo que sea un estorbo para la fidelidad; que deseamos sinceramente ser dóciles a sus inspiraciones»6.

Le adoraron. Saben que es el Mesías, Dios hecho hombre. El Concilio de Trento cita expresamente este pasaje de la adoración de los Magos al enseñar el culto que se debe a Cristo en la Eucaristía. Jesús presente en el Sagrario es el mismo a quien encontraron estos hombres sabios en brazos de María. Quizá debamos examinar nosotros cómo le adoramos cuando está expuesto en la custodia o escondido en el Sagrario, con qué adoración y reverencia nos arrodillamos en los momentos indicados en la Santa Misa, o cada vez que pasamos por aquellos lugares donde está reservado el Santísimo Sacramento.

II. Los Magos abrieron sus cofres y le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra7. Los dones más preciosos del Oriente; lo mejor, para Dios. Le ofrecen oro, símbolo de la realeza. Nosotros los cristianos también queremos tener a Jesús en todas las actividades humanas, para que ejerza su reino de justicia, de santidad y de paz sobre todas las almas. También le ofrecemos «el oro fino del espíritu de desprendimiento del dinero y de los medios materiales. No olvidemos que son cosas buenas, que vienen de Dios. Pero el Señor ha dispuesto que los utilicemos, sin dejar en ellos el corazón, haciéndolos rendir en provecho de la humanidad»8.

Le ofrecemos incienso, el perfume que, quemado cada tarde en el altar, era símbolo de la esperanza puesta en el Mesías. Son incienso «los deseos, que suben hasta el Señor, de llevar una vida noble, de la que se desprende el bonus odor Christi (2 Cor 2, 15), el perfume de Cristo. Impregnar nuestras palabras y acciones en el bonus odor, es sembrar comprensión, amistad. Que nuestra vida acompañe las vidas de los demás hombres para que nadie se encuentre o se sienta solo (…).

»El buen olor del incienso es el resultado de una brasa, que quema sin ostentación una multitud de granos; el bonus odor Christi se advierte entre los hombres no por la llamarada de un fuego de ocasión, sino por la eficacia de un rescoldo de virtudes: la justicia, la lealtad, la fidelidad, la comprensión, la generosidad, la alegría»9.

Y, con los Reyes Magos, ofrecemos también mirra, porque Dios encarnado tomará sobre sí nuestras enfermedades y cargará con nuestros dolores. La mirra es «el sacrificio que no debe faltar en la vida cristiana. La mirra nos trae al recuerdo la Pasión del Señor: en la cruz le dan a beber mirra mezclada con vino (Cfr. Mc 15, 23), y con mirra ungieron su cuerpo para la sepultura (Cfr. Jn19, 39). Pero no penséis que, reflexionar sobre la necesidad del sacrificio y de la mortificación, signifique añadir una nota de tristeza a esta fiesta alegre que celebramos hoy.

»Mortificación no es pesimismo, ni espíritu agrio»10. La mortificación, por el contrario, está muy relacionada con la alegría, con la claridad, con hacer la vida agradable a los demás. La mortificación «no consistirá de ordinario en grandes renuncias, que tampoco son frecuentes. Estará compuesta de pequeños vencimientos: sonreír a quien nos importuna, negar al cuerpo caprichos de bienes superfluos, acostumbrarnos a escuchar a los demás, hacer rendir el tiempo que Dios pone a nuestra disposición… Y tantos detalles más, insignificantes en apariencia, que surgen sin que los busquemos –contrariedades, dificultades, sinsabores–, a lo largo de cada día»11.

Diariamente hacemos nuestra ofrenda al Señor, porque cada día podemos tener un encuentro con Él en la Santa Misa y en la Comunión. En la patena que el sacerdote ofrece, podemos poner también nuestra ofrenda, hecha de cosas pequeñas, y que Jesús aceptará. Si las hacemos con rectitud de intención, esas cosas pequeñas que ofrecemos obtienen mucho más valor que el oro, el incienso y la mirra, pues se unen al sacrificio de Cristo, Hijo de Dios, que allí se ofrece12.

III. Después, obedeciendo a la voz de un ángel, los Magos regresaron a su país por otro camino13, nos dice el Evangelista. ¡Qué transparente han debido tener el alma estos hombres hasta el fin de sus días por haber visto al Niño y a su Madre!

Nosotros vemos en estos singulares personajes a miles de almas de toda la tierra que se ponen en camino para adorar al Señor. Han pasado veinte siglos desde aquella primera adoración y ese largo desfile del mundo gentil sigue llegando a Cristo.

Mediante esta fiesta, la Iglesia proclama la manifestación de Jesús a todos los hombres, de todos los tiempos, sin distinción de raza o nación. Él «instituyó la nueva alianza en su sangre, convocando un pueblo entre los judíos y los gentiles que se congregará en unidad… y constituirá el nuevo Pueblo de Dios»14.

La fiesta de la Epifanía nos mueve a todos los fieles a compartir las ansias y las fatigas de la Iglesia, que «ora y trabaja a un tiempo, para que la totalidad del mundo se incorpore al pueblo de Dios, Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo»15.

Nosotros podemos ser de aquellos que, estando en el mundo, en medio de las realidades temporales hemos visto la estrella de una llamada de Dios, y llevamos esa luz interior, consecuencia de tratar cada día a Jesús; y sentimos por eso la necesidad de hacer que muchos indecisos o ignorantes se acerquen al Señor y purifiquen su vida. La Epifanía es la fiesta de la fe y del apostolado de la fe. «Participan en esta fiesta tanto quienes han llegado ya a la fe como los que se encuentran en el camino para alcanzarla. Participan, agradeciendo el don de la fe, al igual que los Magos, que, llenos de gratitud, se arrodillaron ante el Niño. En esta fiesta participa la Iglesia, que cada año se hace más consciente de la amplitud de su misión. ¡A cuántos hombres es preciso llevar todavía a la fe! Cuántos hombres es preciso reconquistar para la fe que han perdido, siendo a veces esto más difícil que la primera conversión a la fe. Sin embargo, la Iglesia, consciente de aquel gran don, el don de la Encarnación de Dios, no puede detenerse, no puede pararse jamás. Continuamente debe buscar el acceso a Belén para todos los hombres y para todas las épocas. La Epifanía es la fiesta del desafío de Dios»16.

La Epifanía nos recuerda que debemos poner todos los medios para que nuestros amigos, familiares y colegas se acerquen a Jesús: a unos será facilitarles un libro de buena doctrina, a otros unas palabras vibrantes para que se decidan a ponerse en camino, a aquella otra persona hablándole de la necesidad de formación espiritual.

Al terminar hoy nuestra oración, no pedimos a estos santos Reyes que nos den oro, incienso y mirra; parece más natural pedirles que nos enseñen el camino que lleva a Cristo para que cada día le llevemos nuestro oro, nuestro incienso y nuestra mirra. Pidámosle también «a la Madre de Dios, que es nuestra Madre, que nos prepare el camino que lleva al amor pleno: Cor Mariae dulcissimum, iter para tutum! Su dulce corazón conoce el sendero más seguro para encontrar a Cristo.

»Los Reyes Magos tuvieron una estrella; nosotros tenemos a María Stella maris, Stella orientis»17.

1 Antífona de entrada de la Misa. — 2 Salmo responsorial de la Misa, Sal 71. — 3 Mt 2, 10. — 4 J. Leclerq,Siguiendo el año litúrgico, p. 100. — 5 Mt 2, 11. — 6 San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, 35. — 7 Mt2, 11. — 8 San Josemaría Escrivá, o. c., 35. — 9 Ibídem, 36. — 10 Ibídem, 37. — 11 Ibídem. — 12 Cfr. Oración de la Ofrenda de la Misa. — 13 Mt 2, 12. — 14Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 9. — 15 Ibídem, 17. — 16 Juan Pablo II, Homilía 6-1-1979. — 17 San Josemaría Escrivá, o. c., 38.

A.I.P.M.

A.M.D.G.

Carta a los Reyes Magos. De paso, una breve recensión a “Barioná”, de J. P. Sartre.

enero 6, 2014 § 2 comentarios


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La Adoración de los Magos, Eugenio Orozco, Monasterio de las Descalzas Reales, Madrid

 Yo quisiera ofrecerte también algún presente que te agrade, Señor, mas Tú ya sabes que soy pobre también, y no poseo más que un viejo tambor (El tamborilero)

A SS. MM. los Reyes Magos de Oriente:

Queridos Reyes Magos:

Seguramente recordaréis la última carta que os escribí. O al menos la última vez que dejé los zapatos junto a la ventana; creo recordar que yo estaba ya bastante “crecidito”, por encima de la veintena. Para vosotros, no hace mucho, pues contáis el tiempo por siglos, aun por milenios. Pero el Señor, al Cual tuvisteis el privilegio de adorar de Niño y de ofrecerLe vuestros presentes, os concedió el don de poder contar el tiempo por siglos, cuando no por milenios, para llevar regalos y, sobre todo, alegría, a los niños de todo el mundo. Incluso a los que se han portado mal, pues vosotros sabéis muy bien que un niño, por mal que se haya portado, nunca es “malo”, ni se le puede juzgar como a un adulto: los niños son siempre buenos, aunque algunos de ellos cometan atrocidades, pues, en el fondo utilizando las palabras del propio Niño Jesús, ya con treinta y tres años, “no saben lo que hacen”, especialmente los niños maltratados o los que han sufrido problemas. Por eso, como mucho, y con muy buen criterio, les lleváis carbón, pero dulce. A veces nosotros, ya adultos, tampoco sabemos lo que hacemos, o lo hacemos sin malicia, o no podemos actuar de otra manera. La edad adulta, las circunstancias, nos complican tanto las cosas, que uno de los bienes más preciados que nos ha dado nuestro Creador -como vosotros sabéis, la Libertad-, se ve muy mermada, cuando no anulada por completo. Y aunque actuemos con libertad, nuestras debilidades, con la posibilidad de cometer errores que se ve demostrada empíricamente en todas las personas, no debe suscitar en nosotros únicamente una exigencia de responsabilidad. Tal tipo de sociedad fría, como era la sociedad judía desde los tiempos de Moisés, nacida bajo la Ley, hace mucho que fue desterrada -como ya venía siendo profetizado por el Libro de los Salmos y por los Libros Proféticos- por la Luz, por Jesucristo, quien, junto a la lógica contrapartida de la responsabilidad por lo cometido, le añadió, por así decirlo, el calificativo de “humana”. Nuestra responsabilidad no es una responsabilidad de ángeles, de ser incondicionados por factores externos o internos que influyen en nuestra libertad, sino de hombres; y como hombre, Nuestro Señor mismo quiso experimentar en su propia carne y en su alma las debilidades, la fragilidad, la duda del ser humano. Nuestro Señor fue el que mejor ha hablado en la tierra de compasión y de Misericordia, palabras y actitudes hoy en día por desgracia muy alejadas de nuestro “sentimiento de justicia” en todas las sociedades, empezando por sus núcleos más pequeños, las familias. Pero, como bien advierten las Escrituras… ¡menos mal que nuestra justicia no es la justicia de Dios, si no todos estaríamos perdidos! Pues… ¿Quién es inocente ante Él? ¿Quién puede subir a Su morada santa?

Majestades: Como vosotros la conocéis y sois protagonistas de la obra, no vendría de mal que les regalarais a los adultos la obra “Barioná. El Hijo del Trueno”, obra de teatro poco extensa y menos conocida cuyo autor, el ateo y existencialista Jean Paul Sartre, escribió con ocasión de la Navidad de 1940 para animar a los presos de un campo de prisioneros nazi cuyo cautiverio compartió, y que se trata, a mi juicio, de una de las obras que mejor describe, sobre todo para los ateos y para los agnósticos, el Misterio de la Navidad y la elección del hombre para adorar al Dios que ha venido entre nosotros, que ha acampado entre nosotros, y cuya trama me permito resumir, sin querer desvelarla del todo, a mis lectores. Abajo dejo para mis lectores unos enlaces muy interesantes al respecto, sobre una historia tan trágica como bella, y muy poco conocida. La obra está ambientada precisamente en la primera Navidad, hace más de dos mil años, en las inmediaciones de Belén. La historia se abre con una confabulación de judíos que, cansados de la opresión romana y de un Dios que, a pesar de las promesas hechas a su pueblo ochocientos años atrás a través del profeta Isaías, todavía no ha enviado a un Salvador al mundo que les libre de la opresión romana. Por esta razón, un grupo de fariseos, levitas y judíos radicales deciden “poner fin a su estirpe”, jurando por YHVH no tener, desde entonces en adelante, relación carnal alguna con sus mujeres. Sin embargo, el nacimiento del Niño Jesús, acompañado de extrañas señales en el Cielo y del testimonio de los pastores despierta algo en ellos y, especialmente, en el jefe de los judíos, Barioná, que no duda en tramar lo peor contra el Niño. Pero será la intervención de los Reyes Magos, con su venida para adorar al Niño, y el diálogo profundo sobre el sentido y la trascendencia del hombre, sobre su libertad y su dignidad, que se establecerá entre aquéllos y Barioná, lo que perturbará el corazón de este último.

Por eso, Majestades, este año, y a pesar de la crisis, y de las miles de crisis que cada uno experimentamos -y que no son sino el reflejo de la pérdida de sentido de la vida, de la pérdida del Dios-con-nosotros que un día adorasteis de niño en su carne mortal-, no quiero pediros ni oro, ni riquezas, ni bienes, ni otras cosas que en el pasado no me trajisteis, quizá porque no pedía lo que me convenía. Tampoco pido cosas materiales para otros, pues de eso deben ocuparse los hombres, y sé bien que, en cuanto a los niños, vosotros ya habéis provisto lo suficiente. Lo que os pido es algo mucho más humilde pero, a la vez, mucho más grande: Que nos traigáis a todos, especialmente a las personas que más lo necesitamos, la Luz de Cristo, que vosotros ya habéis contemplado, para que sea Él el que, desde Su fragilidad de Niño, que nunca perdió a lo largo de toda Su vida mortal, desde Su humildad y Humanidad, nos invite a caminar a Su lado, con nuestros gozos y nuestras esperanzas, con nuestras debilidades y nuestras flaquezas, para conducirnos a la verdadera felicidad que sólo Él puede darnos; para que reconozcamos con la Fe no sólo Su humanidad, sino Su verdadera divinidad, y podamos ser dignos testigos de Él en este mundo que cada vez anda más en tinieblas, cada vez más necesitado de Amor y de compasión. El camino no es fácil, a lo largo de su vida Jesús nos habló muchas veces de entrar “por la puerta estrecha”, y las tinieblas nos envolverán muchas veces también a nosotros. Pero desde Su voluntaria y asumida debilidad, Jesús se manifestó como el más grande, y, como se nos recordará dentro de poco en la Solemnidad de Su Bautismo, como el verdadero Hijo de Dios, en el que el Padre tiene puestas todas sus complacencias. Ojalá, Dios lo quiera, que todos los padres pudieran decir eso de sus hijos, pues el gozo no podría ser mayor en los hogares en los que se manifestaran los sentimientos que entraña esa afirmación. Pero para ello hace falta que la fe -en su sentido más amplio de confianza, y de confianza no sólo en Dios, sino también en el prójimo, o en el otro-, la esperanza y el Amor aniden en nuestros hogares, como la Palabra hecha carne, el Niño Jesús, acampó entre nosotros. Y ése no es un camino fácil. Me atrevería a decir que es imposible, sin la gracia de Dios; sin la Luz del mundo, que es Jesucristo.

Vosotros, queridos Magos, os pusiste en camino sin la certeza de llegar, siguiendo solamente la estrella de la Fe, desafiando los múltiples peligros de un viaje de más de mil millas, y la amenaza de Herodes de daros muerte: ¿para qué? Para adorar al Niño Dios, al verdadero Hijo de Dios, nuestro Señor, nuestro Salvador, y postraros ante Él. Y después, como dicen las Escrituras, al marcharos a vuestra tierra “por otro camino”, evitando así la espada de Herodes, disteis testimonio de lo que habías visto a todos los pueblos de la Tierra. En la Epifanía, de hecho, conmemoramos la manifestación de Jesús, del Dios-con-nosotros, a los entonces llamados “pueblos gentiles” (es decir, los no judíos), y por tanto, a toda la Humanidad; se trata de la buena nueva para todos, de un modo ya público, y no tan “privado” como la que habían escuchado por la voz de los ángeles los pastores de las inmediaciones de Belén en la santa Noche que vio nacer la verdadera Luz, al Salvador del Mundo. Dios nace, vivirá, padecerá, morirá y al final resucitará POR TODOS LOS HOMBRES. Por ti, por mí, por todos. Ése es el sentido profundo de la fiesta de la Epifanía, de la que Dios, en su infinita sabiduría, quiso que vosotros, Majestades, fuerais los primeros protagonistas. Así que no dejéis de traernos a Jesús, una y otra vez, porque nos hace falta, mucha falta. Y a Él, en este Día solemne en el que quiso manifestar Su verdadera divinidad y Su verdadera humanidad a todos los pueblos de la Tierra, le dirijo una plegaria personal muy especial: Señor Jesús, Tú que viniste a este mundo a salvar lo que estaba perdido y que quisiste, en tu Divina Providencia, que la celebración de los Misterios de tu Nacimiento y Epifanía, en el llamado tiempo de Navidad, se conmemorara en toda la tierra y perdurara, siquiera simbólicamente, más de veinte siglos después de tu vida mortal, te ruego que sanes los corazones heridos, que devuelvas la paz y la esperanza al que la ha perdido, que consueles al afligido, que cures las viejas heridas, que destierres los viejos rencores, que arregles todos nuestros desencuentros, que restaures las familias deshechas, que envíes tu calor a todos los hogares y que “te cueles” por los resquicios de bondad que encuentres en nuestros corazones; para que desde ahí, puedas nacer de nuevo en nosotros, acampar en nuestros corazones como acampaste en la Tierra y para que así nosotros podamos, llenos de tu Espíritu de Amor, cantar tus maravillas.

Y Dios quiera que hoy puedan darse un abrazo el esposo con la esposa, el padre con el hijo, el hijo con el padre, la madre con el hijo, el hijo con la madre, los hermanos con sus padres, los padres con sus hijos, los hermanos con sus hermanos, los abuelos con sus hijos y con sus nietos, y todos los miembros de las familias del mundo, los amigos con sus amigos, e incluso el amigo con su enemigo, y todos podamos vivir un día de Epifanía en un abrazo con Dios, hecho hombre y hecho niño.

Y a vosotros, queridos Magos de Oriente, os pido que nos os vayáis del todo, sino que regreséis cuando haga falta a nuestros corazones, para infundirnos vuestra esperanza y recordarnos la buena noticia que presenciasteis en Belén: que, aun en medio del sufrimiento -como cierra Sartre la obra comentada- es posible y cabe la Alegría.

Un abrazo,

Pablo

 

ENLACES RECOMENDADOS:

Barioná, el Hijo del Trueno, en Youtube: http://www.youtube.com/watch?v=Hds38JvQzaY

http://barionaa.blogspot.com.es/

El libro creo que no está agotado y puede pedirse en cualquier librería generalista o especializada, o puede ser comprado directamente y descargado desde varias páginas web . Precio, en torno a 18-25 euros/dólares. Cualquier consulta, preguntadme.

 

Bueno, queridos lectores, familiares, compañeros y amigos: De nuevo, Feliz Navidad, Feliz Epifanía y Feliz Año Nuevo,

Pablo

 

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