Mensaje de la Comisión Episcopal de Pastoral con motivo de la Pascua del Enfermo (RB)

mayo 10, 2015 § Deja un comentario


Jornada Mundial del Enfermo y Pascia del Enfermo 2015.

Jornada Mundial del Enfermo y Pascia del Enfermo 2015.Porque (…) estaba enfermo y me visitásteis (Mt 25, 35; 36)

 

Porque (…) estaba enfermo, y me visitasteis (Mt 25, 35; 36)  

Hoy, VI Domingo de Pascua, la Iglesia Universal ha celebrado y sigue celebrando, allende la mar océana, la Pascua del Enfermo, con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo. Son muchos los templos en los que se ha impartido, en Misas especiales o en celebración colectiva o individual, el Sacramento de la Unción de los Enfermos. Sacramento que, sobre todo después del Concilio Vaticano II, no se reserva sólo para los enfermos terminales -para eso está el Viático-, sino para todos los enfermos graves en el sentido más amplio de la palabra. Es curioso observar cómo la liturgia latina de la Iglesia Católica ha mantenido, en el rito de administración de la Santa Unción, las palabras de la Carta de Santiago. Gracias, Señor, por este Domingo y por tanta Misericordia.

Parte de la fórmula del rito de la Unción de los Enfermos, de la Carta de Santiago 5, 14-16-

Parte de la fórmula del rito de la Unción de los Enfermos, de la Carta de Santiago 5, 14-16-

En nuestras sociedades ricas, los enfermos, pequeños y mayores, son descuidados brutalmente por las dinámicas sociales y por lo que, expresado en un lenguaje propio de la teología moral católica, el gran papa San Juan Pablo II denominara “estructuras de pecado”. Y es que el pecado, en sus formas más graves, incluidos los pecados de indiferencia y omisión culpables -recordemos el pasaje del Génesis (cfr. Gn 4, 9): “¿Qué haces tú por tu hermano?”- son la peor enfermedad.

Tovavía resuenan en mi mente los ecos del discurso pronuncionado por S. S. el papa Francsico en el Parlamento Europeo: “Una de las peores enfermedades que constato en esta Europa es la soledad”. Y es que la salud en algo más complejo de lo que el mundo entiende, si bien por no ello no necesariamente objetivable, sino precisamente por ello, subjetivizable e individualizable hasta el máximo.

Y es que, como han tenido y siguen teniendo en cuenta, gracias a Dios, grandes Médicos, “no hay enfermedades, sino enfermos”. Porque con la salud y la enfermedad, lo que está en juego es la salud de la persona, única e irrepetible con su circunstancia mórbida, e inmersa en un contexto social “enfermo”, en el sentido de orientado hacia valores nocivos para la persona, el cual influye, como no puede ser de otra manera, sobre la salud de todos y cada uno de los individuos que la integran.

En una bonita definición de salud de la Organización Mundial de la Salud, ésta destacó tres aspectos, al mismo nivel, de la salud de las personas: salud física; salud psíquica o mental; y salud social. Todas estas dimensiones de la salud son importantes, pues sin una sola de ellas, el “sujeto” -prefiero el término no clínico persona-, no puede alcanzar la salud, tal y como es entendida por una de las muchas definiciones de la OMS: como el estado de completo bienestar físico, psíquico y social del individuo. Aunque yo añadiría, de acuerdo con mi concepción socioantropológica del ser humano y de su posición en el mundo, cristina y humanista, “de acuerdo con las posibilidades que la persona pueda alcanzar”. Posibilidades que muchas veces vienen de serie, pero que otras son negadas por la cultura del descarte denunciada por el papa Francisco, que niega a los débiles, a los enfermos, a los excluidos, a los marginados, su dignidad de personas. Esto es algo grave, amigos. Y los cristianos, creyentes de otras confesiones o credos colectivos o individuales, y todas las personas de buena voluntad, debemos esforzarnos por atender con un trato auténticamente humano al enfermo.

Que los profesionales sanitarios, entre otros, como figuraba en la dedicatoria de mi tesis doctoral sobre consentimiento y Derecho, sepan tratar al enfermo como un ser humano libre, y al mismo tiempo necesitado. Porque la atención a los enfermos es una de las mayores bienaventuranzas y obras de misericordia, no sólo corporales, sino integrales, que podemos realizar por amor, y conforme hayamos ayudado, nosotros creemos que seremos juzgados en el atardecer de la vida, recordando a San Juan de la Cruz, en el Amor. Para que podamos escuchar, en palabras del propio Jesucristo, aquella maravillosa promesa hecha para todos y cada uno para el fin de los tiempos. Aquellas palabras que fueron pronunciadas por Jesús en un lenguaje sencillo, y que Él mismo quiso que quedaran plasmadas en el Evangelio de Mateo 25, 34-35, con el deseo, que es al mismo tiempo misteriosa realidad natural y sobrenatural, humana y divina, de que reconozcamos en el hermano enfermo y necesitado el mismo rostro de Jesucristo Nuestro Señor: “Venid, benditos de mi Padre, y heredad el reino preparado para vosotros desde antes de la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era inmigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y vinisteis a verme”.

 

Por Pablo Guérez Tricarico, Phd

Doctor en Derecho

Colegiado ICAM 97.901

Hijo de Dios, por su entrañable Misericordia, desde el 19/5/1979

Iglesiaactualidad

SALUD Y SABIDURÍA DE CORAZÓN
Jornada Mundial del Enfermo y Pascua del Enfermo

Domingo 10 de mayo de 2015

1. Quien vive la Pastoral de la Salud sabe que su lenguaje propio es el del corazón. Vivir el sufrimiento o acompañarlo toca el corazón. Esta Campaña de Pastoral de la Salud 2015 nos invita precisamente a contemplar el corazón de Cristo ante quien sufre, y su vivencia del sufrimiento. Si nos dejamos empapar por sus actitudes cambiará también nuestra mirada sobre el enfermo, y transformará nuestro corazón con esa sabiduría de Dios que está “llena de compasión” (Sant. 3, 17).

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LA CRUZ Y LA GLORIA

abril 3, 2015 § Deja un comentario


La Cruz y la Gloria

 

Mi vida nadie me la quita; yo la doy voluntariamente (Jn 10, 18)

Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo pra que tu Hijo te glorifique a ti; ya que le has dado autoridad sobre todos los hombres para que dé vida eterna a cuantos les has confiado. En esto consiste la vida eterna; en conocerte a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías. Yo te he glorificado en la tierra cumpliendo la tarea que tú me encomendaste. Ahora tú, Padre, dame gloria junto a ti, la gloria que tenía junto a ti, antes de que existiera el mundo (…) Todo lo mío es tuyo y lo tuyo es mío. En ellos se revela mi gloria (Jn 17, 1-4, 10)

Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino (Lc 23,42)

Misericordia Divina, que brota del costado abierto de la herida de Cristo, en ti confío.

Misericordia Divina, que brota del costado abierto de la herida de Cristo, en ti confío.

 

Hoy la Iglesia universal, el Pueblo de Dios, llora la muerte de Jesús. A diferencia de otros maestros universales, que murieron en la serenidad y en la compañía de sus discípulos, como Confucio o Buda, o, en el caso de Mahoma, que muere en brazos de su mujer amada y con el afecto y compañía de los suyos, Jesús muere abandonado por todos –o casi todos-; abandonado por los hombres y, en cierto sentido, abandonado por Dios. Por tres veces pidió en la noche de su Pasión al Padre que apartara de Él ese cáliz. Los Evangelios canónicos guardan silencio con respecto a si recibió alguna respuesta, aunque Mateo, que relata más prolijamente la triple petición de Jesús parece dar a entender que sí: “Ahora ya podéis dormir y descansar”, en una de las traducciones de Mt 26, 45, les dice a sus discípulos, que no habían podido velar ni siquiera una hora (Mt 26, 40). Junto a los Evangelios canónicos, algunos apócrifos muestran el ángel del Señor confortando al Señor, y no son pocas las imágenes de la iconografía tradicional que muestran a Jesús orando en el Huerto de los Olivos y al ángel del Señor ofreciéndole el cáliz, signo de su Pasión.

Junto al abandono, a la tristeza mortal relatada por Mateo, el evangelista refiere que Jesús sintió angustia (vid. Mt 26, 37-38). Los hechos posteriores de la Pasión, con las burlas de los romanos, las vejaciones, los azotes, la coronación de espinas y, finalmente, la elección de la muerte en cruz, reflejan que Jesús murió de forma ignominiosa, colgado de un madero –lo cual era un signo de maldición para los judíos, tal y como proféticamente indican los salmos-, abandonado por sus discípulos y profiriendo el misterioso grito, conocido tradicionalmente como “la sexta Palabra”: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?”, correspondiente a la antífona del Salmo 27.

¿Qué compañía pudo tener Nuestro Señor en tal terrible hora? En primer lugar, junto a Él, fueron crucificados dos malhechores. El Evangelio de Lucas nos narra cómo uno de ellos, cuyo nombre sólo nos es conocido por los apócrifos, se dirigió a Él con las palabras: “Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”. El “Buen ladrón”, conocido en la devoción apócrifica y popular como Dimas, personaje al que los Padres de la Iglesia dedicaron no pocas reflexiones, y que fue cayendo en el olvido en la liturgia, fue el único del cual, según palabras del propio Jesús, podemos saber por la fe todos los cristianos que está en buen lugar, al recordar la contestación que Él le dio desde la Cruz: “Te aseguro, que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 43) . De hecho, muchos Padres de la Iglesia y teólogos medievales afirmaron que el buen ladrón fue el primero en entrar en el cielo junto a Jesús, después de su descenso a los infiernos –o seol, el lugar de los muertos-, para liberar a todos aquellos que por el primer pecado estaban privados de la visión beatífica de Dios Padre, y que Jesús hubiese querido liberar, como afirmara el gran teólogo del siglo pasado Urs von Balthasar, según los misteriosos designios de su divina Misericordia. La Misericordia se manifestó de forma potentísima en aquella hora sublime en la que, habiéndose cubierto la tierra de tinieblas, como relatan los Evangelios, Jesús entregó el espíritu y Longinos hirió su costado herido, del que manaron sangre y agua. Santa Faustina Kowalska, el pasado siglo, manifestó que en revelación privada el propio Jesús le había hablado de ese momento como fuente de gran Misericordia para todo el mundo, como supremo atributo de manifestación de la Gloria (shekiná) de Dios.

También estaban junto a la Cruz de Jesús, nos narran los evangelistas, las “tres Marías”: su Madre, María Santísima, la hermana de su Madre, María la de Cleofás, y María la Magdalena, así como “el discípulo que tanto amaba”, como acostumbraba a definirse a sí mismo el evangelista San Juan. Mas el Evangelio de San Juan es el que más nos presenta esta proximidad a la Cruz de las personas nombradas, pues en Mateo se nos dice que, en las cercanías del Calvario, se hallaban “muchas mujeres” -no se habla para nada de Juan-, las cuales observaban a Jesús “de lejos”. Así, leemos en Mt 26, 55-56: “Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole,  entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo”.

La Gloria, para Dios, es la Cruz, y la Cruz es la Gloria. O, mejor dicho, no pueden entenderse ninguno sin la otra. Y es que lo que nosotros llamamos gloria, la gloria del mundo, no tiene nada que ver con lo que es la Gloria para Dios. Los bienes materiales, la riqueza, los títulos, los honores, las potestades, el poder, el honor e incluso los respetos humanos, son cosas a las que Dios no da importancia; todas ellas –algunas de ellas necesarias- no son más que cosas pasajeras a las que muchas veces nos apegamos, cada uno desde su sí mismo y sus circunstancias, como diría el gran Ortega y Gasset, para no ver lo esencial. Así, en el peor de los casos, nos perdemos a nosotros mismos queriendo ganar el mundo y no reparamos en la seria advertencia de Jesús: ¿En qué aprovecha al hombre ganar el mundo si arruina su vida? Mas aun en este caso, podemos levantarnos setenta veces siete con la ayuda de la Misericordia de Dios, quien dispuso para nosotros precisamente el Sacrificio de su Hijo. Una sola gota derramada de la Sangre de Cristo vale más para Dios que todos los pecados de la Humanidad conjuntamente considerados. Y Jesús no quiso reservarse ninguna. La derramó toda por amor a nosotros, pues Él era y es el Amor y la Misericordia mismos. En expresión de Urs von Balthasar, que constituye además el título a una de las obras en las que se refleja su pensamiento más depurado, “sólo el Amor es digno de fe”. Y la Cruz es la prueba del Amor de Dios. A nadie que haya amado de verdad se le ahorran dolores; o, visto de manera más positiva y saludable, el amor hace soportable los dolores del mundo y posibilita el perdón, pues, “a quien mucho ama, mucho se le perdona” (vid. Lc 7, 47). Jesús quiso ganar ese perdón y la paz que de él se deriva para todos con su extraordinario Sacrificio redentor en la Cruz, de la cual, la liturgia católica, en el Oficio del Viernes Santo, canta la antigua antífona que reza: “Mirad el árbol de la Cruz, en el que estuvo clavada la salvación del mundo. Venid a adorarlo”. Personalmente, desde hace cuatro años, cuando comencé a asistir a los Santos Oficios, me sobrecoge ese momento. Por un árbol, el de la ciencia del bien y del mal, nos vino el pecado y la muerte. Y por otro, el “árbol de la Cruz”, regado por la Sangre de Nuestro Señor, se nos devuelve una vida que sobrepasa en mucho la antigua preternaturalidad de nuestros primeros padres, pues, además del perdón de nuestros pecados, nos otorga un bien que sólo mediante en ejercicio en la fe podemos experimentar de modo muy imperfecto: la filiación divina. La libertad de los Hijos de Dios. Con razón escribió tan misteriosa como bellamente San Pablo: “Dios nos encerró a todos en la desobediencia para tener misericordia de todos (Rom 11, 32)”.

¿Cómo podemos contemplar este Misterio, que sobrepasa toda razón y toda lógica? Frente a la actitud amante de Dios, que se entrega por nosotros, muchas veces nosotros le negamos, como Pedro, y esta actitud es comprensible desde nuestra humanidad; pues, ¿cómo no comprenderla cuando el propio Hijo de Dios pidió a su Padre que le librara de su hora? Dios no nos ahorra la cruz, nuestra propia cruz, poca o mucha, percibida desde nuestra subjetividad única y unida misteriorsamente a la Cruz del Señor con una intensidad que sólo Dios conoce. Lo cierto es que, por mucho que neguemos el dolor, el sufrimiento, el mal y la cruz, estas “cosas molestas” van a estar en el mundo, en las tinieblas de nuestra vida, y nos las vamos a encontrar. Es desde la contemplación de esta realidad desde donde podemos comenzar un camino, no exento de pruebas y dificultades, de purificación interior. Si dirigimos nuestra mirada al Crucificado, sólo podemos advertir el Él una mirada compasiva, de acompañamiento en nuestro dolor, pues Él mismo pidió que se lo quitaran. Sin embargo, antes de experimentar la angustia y la tristeza mortal de Getsemaní, Él mismo, en la noche en que iba a ser entregado, dirigió a los Apóstoles estas hermosas palabras: “En el mundo tendréis tribulación. Pero tened valor: yo he vencido al mundo (Jn 16, 33)”. Ante la angustia del dolor, del mal y de la muerte, tenemos a nuestra disposición el “salto existencial” que tan bien describiera el filósofo danés Søren Kirkegaard, y que sólo se expresa en el salto de la fe, de la confianza en lo que no entendemos; pero no es un salto al vacío; es un salto existencial que nuestro yo subjetivo quiere depositar en la confianza en el Amor incondicional de Dios. En definitiva, después de mucho caminar a oscuras, a nuestras angustias vitales también se nos ofrece la posibilidad de responder como respondieron a Jesús sus discípulos… “¿A quién acudiremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna”.

Volviendo a nuestro comportamiento cotidiano, frente a las actitudes extremas y opuestas de la desesperación o de la incredulidad y el rechazo de Dios provocados por el miedo, el pecado, el odio, la desesperación -fruto muchas veces de un concepto tergiversado de Dios, en los que muchos dirigentes de la Iglesia han tenido históricamente no poca responsabilidad- y otros males, la mayor parte de las veces escogemos un camino intermedio, que acostumbra a tomar la forma del auto-aturdimiento mediante la búsqueda de distracciones, más o menos nocivas, que cubran el velo de nuestra miseria. En los casos menos graves, caemos en el tedio o en quehaceres que nos distraen de lo esencial, denominada recientemente, en feliz expresión del papa Francisco, como “martismo”, para referirse a la sobreocupación en la que andan metidos muchos cardenales de la Curia romana, y en sus apegos al mundo; la expresión es utilizada por el Santo Padre en referencia al episodio de Marta y María, narrado en Lc 10, 41, en el que el Señor le dice a Marta, que “anda inquieta con muchas cosas”, al contrario de María, que se había quedado escuchando su Palabra, y que “sólo una cosa es importante”. La Semana Santa, el Triduo Pascual, como celebración litúrgica más importante del año para la Iglesia católica, nos brindan la ocasión de desapegarnos de todo aquello que nos impida conectar con nosotros mismos. Para conectar con nuestro verdadero yo, libre de afectos y emociones negativas, lo cual no es nada fácil, como reconoció el propio Jesús en varias ocasiones, incluso respecto de Sí mismo, como ya hemos visto en su oración en Getsemaní, pues “estrecha es la senda que conduce a la salvación” (Mt 7, 14), y “el espíritu está pronto, pero la carne es débil (Mt 26, 41 in fine)”, para recobrar así la paz de espíritu que mueva nuestros corazones hacia la verdadera Gloria de Dios: la obra colaboradora en la redención del hombre, hecho a su imagen y semejanza, llevada a cabo por Jesús una vez y para siempre y enriquecida con los méritos de la Comunión de los Santos. O, dicho de una manera más sencilla, la entrega de nosotros mismos a Dios y a nuestros hermanos hasta el final, en la conciencia de que todos somos hijos de un mismo Padre celestial y de que hemos sido redimidos por un Amor crucificado que sobrepasa toda comprensión humana, al que podemos unir nuestros afanes cotidianos y expresado en la Cruz de Cristo, “escándalo para los judíos y necedad para los gentiles” (1 Cor 1, 23). Porque, utilizando una feliz expresión del Padre Jesús Trullenque, cuando nos olvidamos -nos negamos- a nosotros mismos, y hacemos algo por los demás, por pequeñito que sea, algo se ensancha en nuestro corazón, y podemos sentir, también por pequeña que sea, una paz inefable. Así, tengamos la mirada puesta en el Crucificado, en Aquel que tuvo un amor tan grande como para “dar la vida por sus amigos” (Jn 15, 13), o “dar la vida en rescate por todos (Mt 20, 28)”. Con su sacrificio Jesús restableción la amistad de la Humanidad con Dios, reconciliando consigo al mundo mediante su muerte y su resurrección, y derramando el Espíritu Santo para el perdón de los pecados, como reza la fórmula de la absolución de la Confesión sacramental en la Iglesia Católica. Y desde esta confianza, los cristianos esperamos todos los años la Pascua, el paso en el que Jesucristo será glorificado resucitando de entre los muertos, y con esta fe y esta esperanza anhelamos también, en medio de la tribulación y de nuestra propia cruz, la victoria sobre la muerte, el pecado y el mal ya ganada para nosotros con la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Feliz Pascua a todos.

 

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LA CRUZ Y LA GLORIA by Pablo Guérez Tricarico, PhD, with the excepton of the multimedia elements inserted, is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 4.0 International License.
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A.M.D.G.

A.I.P.M.

LO QUE HA DICHO…

mayo 27, 2014 § Deja un comentario


LO QUE HA DICHO EL PAPA SOBRE EL PARO JUVENIL EN ESPAÑA

 

“El paro juvenil en España es del 50%, y en Andalucía del 60% (…) Se trata de un sistema económico inhumano”.

Ante estas palabras del Santo Padre, poco puedo añadir. Este sistema capitalista es un sistema injusto en su raíz, y, además, inhumano. Ambas cosas han sido afirmadas en varias ocasiones por el Pontífice. Que los empresarios y “emprendedores” de nuestro país tomen buena nota de ello, especialmente los que se jactan de “personas de bien” y de “buenas cristianos”. El obrero, dice la Escritura, merece su salario. Más allá de esto, es constatable que la doble moral sigue vigente en España -o en las dos Españas-, y no será difícil que el Papa sea criticado -cuando no sea objeto de cosas peores- si se desvía un ápice del discurso tan rancio como ambiguo al que nos ha venido acostumbrando la COPE y los “curas jóvenes” entusiastas y pagados de sí mismos disfrazados de corderos progresistas.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

@pabloguerez

 

CREE, Y VERÁS LA GLORIA DE DIOS

abril 20, 2014 § Deja un comentario


 

Cuando lo corruptible se revista de inmortalidad, se cumplirá lo escrito: la muerte ha sido aniquilada definitivamente. ¿Dónde queda, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde queda, oh muerte, tu aguijón? (1 Cor 15, 58)

 

 

¡JESUCRISTO HA RESUCITADO! Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya (de la antífona de las Laudes Solemnes de Pascua de Resurrección)

 

 

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Estaba al alba María, llamándole con sus lágrimas. Vino la Gloria del Padre y amaneció el primer día. Envuelto en la blanca túnica de su propia luz divina -la sábana de la muerte dejada en tumba vacía-, Jesús, alzado, reinaba; pero ella no lo veía. Estaba al alba María, la fiel esposa que aguarda. Mueva el Espíritu al aura en el jardín de la vida. Las flores huelan la Pascua de la carne sin mancilla, y quede quieta la esposa sin preguntas ni fatiga. ¡Ya está delante el esposo, venido de la colina! Estaba al alba María, porque era la enamorada. Amén.

  Resurrección1

 

Queridos lectores; familiares, compañeros y amigos:

Esta es la noche más clara del año. La noche en la que la oscuridad se ve derrotada por la Luz verdadera. La muerte ha sido vencida para siempre y ya no puede alardear de nada. Porque Jesucristo, el Crucificado, ya no está en el sepulcro. Ha resucitado, como Él mismo dijo y predijeron los profetas del Antiguo Testamento. La muerte ya no tiene dominio sobre Él. Él ha triunfado, porque el Amor es más fuerte que la muerte. ¡Cuánto he esperado este momento, y las palabras que iba a escribir, durante el sufrimiento con el que he acompañado a Nuestro Señor durante los oficios de la conmemoración de Su Pasión y Su Muerte! Todavía no me salen las palabras, y es que la alegría de la Resurrección ha producido en mi alma un gozo inefable. Un gozo que desplaza, siquiera por un momento, todos los sufrimientos y los pesares de mi existencia. Se trata de un gozo que no es de este mundo, pues emana del don de nuestra participación en la misma Gloria de Dios que Él mismo, con Su Resurrección, nos da con plena gratuidad, y que tan sólo nos pide que lo aceptemos en nuestro corazón. Un gozo que –y de esto estoy convencido-, es compartido por millares de personas en todo el planeta, aun por aquellos que viven en medio de terribles sufrimientos, víctimas de la maldad humana, de la guerra, del hambre y de todos los males que las estructuras de poder del mundo han diseñado. Frente a este panorama, la buena noticia de la Resurrección del Señor, proclamada por las campanas de todas las iglesias del mundo, desde las grandes catedrales góticas del Primer Mundo hasta las humildes iglesias de las favelas de Brasil y las iglesias de Filipinas, por poner sólo unos pocos ejemplos, es un mensaje de esperanza para todos. Dios no hace acepción de personas, pero se siente especialmente cercano a los más débiles, a los desfavorecidos, a los pobres, a los miserables, a los enfermos, a los discapacitados, a los más vulnerables, a los niños, a los no nacidos, a los moribundos, a los más inocentes, a los atribulados y a los desesperados por cualquier causa: es decir, a los marginados, a los excluidos por el mundo, a las víctimas; a las personas que más tengo presentes y que motivaron la apertura de este humilde blog.

El mensaje de la Resurrección del Señor es un mensaje de esperanza para toda la Humanidad y para el mundo de hoy, aquí y ahora. Sobre todo para las personas que viven en el mundo, sin ser del mundo. Para aquellos que, lejos de vivir con lo necesario, más bien malviven. Aquellos cuya dignidad está siendo pisoteada por un sistema económico injusto creado por el hombre, el sistema capitalista, el cual, libre de trabas como en el pasado, ha producido un reparto tan desigual de la riqueza del mundo que debe motivarnos a cambiarlo imperiosamente, cada uno con los medios que tengamos, de acuerdo con el mensaje evangélico, que nos manda amar a los demás, atendiendo sus necesidades básicas, reconociendo sus derechos humanos y su dignidad y aliviando sus padecimientos. El capitalismo actual es contrario al mensaje evangélico. Y es que el hombre de nuestro tiempo –especialmente en el Primer Mundo-, habiéndose olvidado de Dios, ha acabado por olvidarse del hombre. El ser humano es tratado como una mercancía y sometido al dios Dinero, al que, como dijo claramente Jesús, no se puede servir si se quiere servir a Dios y contribuir a la edificación de Su Reino en la tierra. Un Reino de paz y justicia, de misericordia y de perdón, donde no quepa la opresión ni la desigualdad. Es una exigencia no sólo de caridad, sino de justicia social. Y ello es así porque Él, en su condición de hombre, aceptó vivir de esta manera: pobre, cercano a los enfermos y a los oprimidos por el mal, criticado, excluido, marginado; y al final, repudiado por los suyos, aceptando, con plena sumisión a la voluntad del Padre, una Pasión dolorosísima y una muerte de Cruz. Por amor. Por amor a nosotros, a ti y a mí. Hasta el final. Para salvarnos.

La Resurrección del Señor no es un acontecimiento milagroso sin más. No es como la resurrección de Lázaro, que después volvería a morir, sino que Jesucristo, una vez resucitado, ya no muere más. Es un acontecimiento cualitativamente distinto, que debe situarse en el centro de nuestras vidas como cristianos. Y para los que no creen en Él, sigue siendo un mensaje de esperanza abierto que siempre puede ser acogido, como la herida abierta en Su costado, de la cual manaron Sangre y Agua, inundando al mundo con Su Misericordia. Pero de los que nos proclamamos cristianos, de nuestro testimonio y de nuestras obras en pro de la edificación del Reino de Dios en la tierra, a través de nuestros actos de justicia y de misericordia, y de nuestra actitud benevolente, iluminada por el Espíritu Santo, depende en muy buena medida que se cumpla lo que escribió San Pablo en su primera epístola a Timoteo, cuando dice que “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Debemos preguntarnos cuántas veces no nos hemos comportado conforme al Evangelio, cuántas veces hemos obrado en contra de lo que proclamamos como la Verdad. Esta reflexión no debe inducirnos al desánimo, y menos en el día de hoy, pues sabedores de que todos somos pecadores, hoy se nos anuncia la buena noticia de la Resurrección de Nuestro Señor y su victoria. Cristo está vivo y ha vencido, y está entre nosotros, siempre dispuesto a perdonarnos y a interceder ante el Padre por nosotros. Porque si con Su muerte pagó nuestra culpa, con su Resurrección nos ha dado nueva vida: la vida eterna. No sólo nos ha devuelto a la antigua condición originaria de Adán, borrando con Su sangre el antiguo pecado, sino que nos ha hecho partícipes de Su naturaleza divina, haciéndonos Hijos de Dios por adopción: ¡Feliz culpa, que mereció tan grande Redentor!, canta con alegría el Exultávit pascual. La Resurrección de Nuestro Jesucristo es la victoria del Bien sobre el mal, el comienzo del Reino de Dios, la apertura del Cielo para los hombres, el triunfo de la Vida sobre la muerte y el triunfo de un Amor que nunca se acaba. Del Amor de Dios que nos acogerá en su seno como hijos suyos durante toda la Eternidad, haciéndonos eternamente dichosos: ¿Qué más se puede esperar? ¿A qué otra cosa más grande podemos aspirar? Todo esto puede parecernos muy etéreo, muy bonito, sobre todo para los no creyentes. Pero en el fondo se trata de algo muy humano. Es más, se trata del anhelo más profundo del ser humano, el del encuentro con Su Creador y el de la felicidad completa, que en la tierra no podemos alcanzar. Como reza el Exultávit de la Solemne Vigilia Pascual, en esta noche se unen el Cielo y la tierra, lo humano y lo divino, precisamente porque Dios, con Su Encarnación, se ha humanizado, y, con Su Resurrección, nos ha divinizado. Pero por medio de la Cruz; por medio del Amor sin límites, para enseñarnos el Camino. Jesucristo nos ha precedido en un camino difícil, ha elegido un camino muy difícil, que no es el camino del mundo: El camino de la Cruz. Escándalo para los judíos y necedad para los gentiles, diría San Pablo. Pero es el Único camino que puede salvarnos. Para que resucitar hay que morir, hay que pasar por la cruz, por mucho que no queramos, humanamente, y que nos duela. Muchas veces nos sentiremos atribulados, abatidos, derrotados, desesperados por tanto dolor y tanto sufrimiento. Por la incomprensión de los nuestros, por el vacío, por el abandono. Los Salmos más terribles, de muerte y de abandono, se cumplirán en nosotros. Pero todo eso lo experimentó Nuestro Señor. Nosotros todavía estamos en nuestro Vía Crucis, y cargamos con las cruces que nos van llegando en la vida. A veces no podemos con ellas, y caemos bajo su peso. Como Él cayó tres veces bajo el peso de la Cruz durante Su camino hacia el Gólgota. Pero tened fe. Él carga con nuestra cruz. La Resurrección del Señor, muy probablemente, no nos cambiará nuestras vidas, al menos en el sentido en que lo entiende el mundo. No nos dará trabajo, ni nos curará nuestras enfermedades, ni nos devolverá ahora a nuestros seres queridos que hayamos perdido, ni nos quitará las consecuencias de nuestras faltas y de nuestros errores. No nos librará del dolor y de la muerte. ¡Cuántas veces diremos, como Él dijo en Su Oración en el Huerto de los Olivos, “que pase de mí este cáliz, ¡no quiero, no puedo beberlo”! Pero, en medio de tanta oscuridad, en medio de tanto sufrimiento, si creemos el Él, sí nos dará la paz de corazón que nunca nos podrán arrebatar, ni la muerte, ni el pecado, ni el mal, ni el enemigo, así como la fortaleza necesaria para sobrellevar nuestra cruz; todas las cruces que nos lleguen, con perseverancia, sabedores que, si participamos del sufrimiento y de la Muerte de Cristo, también participaremos de Su Resurrección. Como dice una preciosa canción de alabanza que suele cantarse en mi parroquia en la noche santísima de la Vigilia Pascual, “¿De qué alardeas, muerte? ¿Dónde está tu victoria? Y no tienes poder sobre Él. Sólo tres días te lo has llevado, y nosotros lo hemos llorado (…) Amigo mío, alégrate, un tercer día a ti también te llegará”. Él mismo, en la noche en que iba a ser entregado, pronunció las siguientes palabras: “Os he dicho esto para que gracias a mí tengáis paz. En el mundo pasaréis aflicción; pero tened valor: yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33). Y después de resucitar de entre los muertos, se apareció a su Madre, la Virgen María, y a María Magdalena, que habían ido a visitar al alba el sepulcro y lo habían encontrado vacío, y el Ángel del Señor les dio la buena nueva de que Jesús había resucitado de entre los muertos, tal y como Él había dicho. Poco después, Él se apareció a ellas y les dijo: “No temáis; id a avisar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán” (Mt 28, 10). Ésa es la alegría principal del mensaje pascual. Nosotros debemos aceptar la Cruz, pero a la vez, poder contemplar en ella la Gloria de Dios. Y no debemos desesperar. Dios puede hacerlo todo en nosotros, si nosotros le dejamos. Y si es Su voluntad, puede sanar todas nuestras heridas, todas nuestras dolencias, reparar por nosotros todas nuestras faltas y curar todas las enfermedades, físicas y mentales, por mucho que se opongan a ello los incrédulos, especialmente algunos y algunas descreídas médicos -especialmente en el ámbito de la Psiquiatría, que cree comprender en su totalidad el interior del corazón del ser humano y su mente, cuya naturaleza la ciencia apenas ha conseguido vislumbrar; y ello, en el mejor de los casos, a través de la administración de fármacos (que es de lo que suelen saber), y en el peor, a través de psicoterapia (que es de lo que no suelen saber, pues de eso saben más los psicólogos, en general)-. Puede sanarnos y curarnos de todo: de la enfermedad, de la opresión, del egoísmo y del pecado. Para que cantemos Sus maravillas por siempre y la obra que ha hecho en nosotros, y seamos testigos suyos hasta el final. El Dios resucitado es el Dios de los imposibles, cuya Sabiduría ha sido ocultada a los sabios y entendidos de este mundo, y le ha sido revelada a la gente sencilla. Porque si tenemos fe, “para Dios, nada hay imposible” (Lc 1, 37). Dios es un Dios de vivos, y no un Dios de muertos. Jesucristo está vivo y su Espíritu actúa todos los días en el mundo para bien de los que le aman (cfr. Rom 8, 28). Todos los días hay milagros más o menos silenciosos en el mundo, cuya suerte está en manos de la Divina Providencia de nuestro Padre celestial. Quizá Dios no nos quite la Cruz, pero nos mande un Cirineo para ayudarnos a sobrellevarla. No nos haga ricos, pero nos haga encontrarnos con alguien que nos de lo que necesitemos para cada día. En el momento adecuado. Cómo y cuando Él quiera. Y al día siguiente, Dios proveerá. Porque Él vela por nosotros, y nos guarda cada día. Tanto que entregó a su Hijo amado a la muerte y le resucitó por nosotros.  “Porque no me entregarás a la muerte”, reza el Salmo. Mas esto, sin duda asombroso y digno de alabanza, no es lo más importante del mensaje pascual. Pascua significa paso. El paso a una Vida nueva, que se nos otorga gratuitamente y a la que podemos adherirnos siempre que queramos. Lo fundamental es que nuestro Dios está vivo, ha resucitado, y habita en nuestros corazones para siempre; que nos ha dado el agua viva que nos ha renovado por completo y se ha convertido en nosotros en un manantial que brota hasta la vida eterna. Nos ha resucitado a una Vida completamente nueva. Una vida que puede comenzar ahora y está siempre comenzando, porque es eterna y dura para siempre. El Corazón de Jesús no se cansa de amar, y nos lo ha demostrado sobradamente con su Pasión, Muerte y Resurrección.

Cristo se entregó por nosotros. Pero al final el Amor triunfó sobre la muerte, y el Padre le resucitó de entre los nuestros, tal y como estaba escrito. Y El que resucitó a Jesús de entre los muertos, nos resucitará a nosotros, aunque muramos, si creemos en Él. Por tu Muerte y tu Resurrección nos has salvado, Señor. Gracias, Señor, por Tu Resurrección Gloriosa. Gracias, Jesús, por habernos salvado. Por haberme salvado. Feliz Pascua de Resurrección a todos. Cristo ha resucitado: ¡Aleluya!

A continuación os pongo un enlace de la mejor versión, en mi opinión, del Hallelujah de Leonard Cohen, la versión de Jeff Buckley, interpretada magistralmente por la cautivadora y seductora voz de Hannah Trigwell. Es desgarrador, pero, al mismo tiempo, esperanzador. Una música de nuestro tiempo y para nuestro tiempo, donde la luz brilla en la desesperanza. Que lo disfrutéis.

 

 

 

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A.M.D.G.

 

 

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