¿Es Podemos una alternativa de Gobierno? Por qué no me convence Pablo Iglesias.

noviembre 20, 2014 § Deja un comentario


“The powers not delegated to the United States by the Constitution, nor prohibited by it to the States, are reserved to the States respectively, or to the people” (Constitution of the United States of America, 10th Amendment)

El pasado 17 de noviembre, La Sexta Noticias informó de que Pablo Iglesias sería el político preferido por el electorado como candidato a Presidente del Gobierno de España, con un 34,8% estimado de los votos, a una notable distancia de Pedro Sánchez, con 24,8%, y Marion Rajoy, con el 13,9 % (fuente: Invymark). Si se me hubiera preguntado a mí, sobre todo después de la entrevista de Pablo Iglesias con Ana Pastor, aunque a regañadientes, respondería con sinceridad: A ninguno de los tres. A continuación trataré de desarrollar los argumentos que me han llevado a justificar mi postura.

Nunca me han gustado los personalismos, y en Podemos Pablo Iglesias parece poder y querer acapararlo todo, además de tener ideas poco compatibles con un régimen democrático, como la limitación de los salarios por arriba (típica medida que fuera aplicada en los países del “socialismo real”), confiscaciones (prohibidas por la Constitución; mejor hablar de expropiación, función social de la propiedad y sumisión de la riqueza nacional, cualquiera sea su titularidad, al interés general, como dice el art. 128 de nuestra Constitución, o de la planificación en ciertos sectores estratégicos a que se refiere el art. 131.2 CE, que nunca se aplicó, y que no es exactamente la planificación soviética). Su apoyo al régimen chavista en el pasado es perdonable, pero que haya propuesto a la República Bolivariana como modelo es infumable. Y lo dice alguien que no tiene inconveniente en declararse “de izquierdas” de verdad, pero con conocimiento de la realidad y con convencimiento de que los cambios duraderos se hacen poco a poco, y sobre todo, desde abajo. La caída de los regímenes comunistas nos ha enseñado el error de la centralización de la propiedad en el Estado o en la colectividad, y también nos ha enseñado respeto al principio de subsidiariedad, conforme al cual hay que dar poder a las personas y a los sistemas sociales intermedios entre éstas y el Estado, que conforman la llamada “sociedad civil”, so pena de incurrir en una absorción de la persona y de su dignidad en una colectividad negadora de los derechos humanos más elementales.

En cualquier caso, y ya desde el punto de vista pragmático, en el contexto europeo y mundial dominado por el pensamiento único ultraliberal, el cual hoy detenta la hegemonía cultural, muchas políticas que propone Pablo Iglesias son directamente inviables, y por sinceridad, la misma que él reclama a los líderes de la por él mal denominada “casta”, debería advertirlo claramente a los ciudadanos. Por otra parte, el TTIP se va aprobar, queramos o no, y las vetustas instituciones de Bretton Woods y de Naciones Unidas, que dominan la política económica mundial, van a seguir dándonos sus “recetas”: ¿de verdad alguien como Pablo Iglesias, aunque sea presidente de un país como España (no somos Estados Unidos, ni China), podrá hacer algo para mejorar esta realidad social que no cabe desconocer? Si Podemos es una alternativa de participación ciudadana que parta de la base de una comprensión amplia de la libertad material como principio rector de la actividad política, entonces puede ser una alternativa de Gobierno fructífera. Si por el contrario, lo que se pretende es la implantación de viejas recetas latinoamericanomarxistas, entonces se trata de nuevo de un populismo viejo revestido con ropajes nuevos, pero que no consiguen ocultar, ni siquiera con el empleo de un lenguaje que se distancia del marxismo clásico, siquiera del occidental, una peligrosa tendencia antiliberal en el peor sentido, enemiga de las sociedades abiertas.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

Signed by: Pablo Guérez Tricarico, PhD

@pabloguerez

¿Podemos emprender una política de rostro humano? Compromiso político y religión.

agosto 24, 2014 § Deja un comentario


 

Jesús, llamándolos junto a sí, dijo: Sabéis que los gobernantes de este mundo se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, que sea vuestro servidor, y el que quiera entre vosotros ser el primero, que sea vuestro siervo (Mt 20, 25-27, ca. 80 d. C)

The brave men, living and dead, who struggled here, have consecrated it far above our poor power to add or detract. The world will little note, nor long remember, what we say here, but it can never forget what they did here. It is for us the living, rather, to be dedicated here to the unfinished work which they who fought here, have, thus far, so nobly advanced. It is rather for us to be here dedicated to the great task remaining before us—that from these honored dead we take increased devotion to that cause for which they here gave the last full measure of devotion—that we here highly resolve that these dead shall not have died in vain—that this nation, under God, shall have a new birth of freedom—and that, government of the people, by the people, for the people, shall not perish from the earth (Abraham Lincoln, given to Edward Everett, 1864)

Todo el mundo quiere cambiar a la Humanidad, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo (Lev Tolstói, ca. 1900)

Cambia tu corazón, y cambiarás el mundo. Porque el que es fiel en lo pequeño será fiel en lo grande

A todas las personas de buena voluntad de los movimientos sociales, especialmente de los vinculados a Izquierda Unida y a PODEMOS

A Tania Sánchez, cuyo discurso sigue ilusionando como un vergel en el desierto mediático previamente repartido por los responsables de la información

 

El problema: buena parte del mundo crítico del panorama sociopolítico español, no sin mucha razón, propone lo siguiente para

+EL PUEBLO UNIDO CONTRA LAS INJUSTICIAS

La lectura de estos puntos programáticos que me han hecho llegar a través de Google + algunas personas próximas al movimiento PODEMOS me ha producido, por una parte, simpatía, y, por el otro, impotencia. Simpatía porque estaría de acuerdo en el 90% de sus puntos si pudieran cumplirse sin que los poderes de este mundo -no sólo los económicos- no tuvieran capacidad de reacción. Es más: aun si pudiera ser posible, como hacker, extender un virus que destruyese todos los títulos de propiedad, legal o ilegalmente adquiridos, esa opción robinhoodiana me merecería simpatía, como en la película Los fisgones, 1991, aunque no considero que ésta fuese una opción razonable, ni menos deseable o generalizable. Lo que ocurre es que, leyendo los puntos programáticos del ámbito de PODEMOS, y a pesar de algún nuevo lenguaje, me suenan a viejo marxismo, el cual, en sus concretas aplicaciones históricas nunca favoreció del todo a las clases más bajas -aunque a favor de algunos regímenes marxistas occidentales “mitigados”, como algunos países del Este de Europa, o la propia URSS posterior a Kruschev, hay que decir que las necesidades más básicas de toda la población fueron atendidas, si bien a costa de reducir las oportunidades de aumentar la riqueza nacional y un reparto equitativo de mayores bienes, como denunciaran muchos marxistas críticos o teóricos de la justica como John Rawls-; más bien, a las clases populares y profesionales -por cierto, todavía enfrentadas en los países “libres” por el voto por los partidos del centro-izquierda, sociológicamente preferidas por las clases populares, o del centro-derecha, sociológicamente preferidas, al menos hasta ahora por los llamados “profesionales” que se sienten superiores- se las sometió, en los tiempos del “socialismo real”, al opio de la doctrina comunista oficial, que no de la religión. Dicho esto, he querido aprovechar este mensaje para expresar mi opinión sobre PODEMOS y los movimientos sociales, respecto de los cuales, y a pesar de sus buenas razones -sí, buenas, por si a algunos “hombres de bien” o de law and order no se lo parece-, y sobre su capacidad transformadora de la sociedad no puedo menos que mostrar un triste escepticismo. Y no precisamente por las razones más apuntadas por la prensa al uso: desconfianza de la población general para que PODEMOS pueda convertirse en una alternativa de gobierno viable, preferencia del movimiento por puntos programáticos en lugar de una nueva manera de hacer gobierno, así como algunas otras acusaciones al menos dudosas de que la formación y sus simpatizantes han sido y continúan siendo objeto de la prensa conservadora.

A estas alturas de la evolución humana, está visto que cualquier sistema económico, ya sea capitalista, ya comunista o intermedio, está sujeto a la necesidad de los poderosos de utilizar el poder para mayor gloria de ellos, y no de la comunidad política. Con ello no pretendo adherirme a las tesis del liberalismo político tradicional, que proclama que el hombre es egoísta por naturaleza -personalmente sostengo que hay hombres más egoístas y hombres más altruistas; incluso la misma persona puede actuar de una manera u otra en función de su entorno y de su aprendizaje-. Por ello, me cuento entre los que consideran que precisamente debe limitarse cualquier poder, incluido el poder político, uno de los mayores enemigos de la libertad del hombre, junto a las riquezas, y no sólo para los que lo padecen, sino para los que lo practican, que se convierten en esclavos de ídolos modernos, auténticas dependencias -y mucho más fuertes que las estigmatizadas, como las drogas o los comportamientos “antisociales” o desadaptativos- en el mundo actual.

Lo que parece haber demostrado la Historia de la Humanidad es que tanto las riquezas -entendidas como objetivo último, y no como instrumento para una justa, equitativa y caritativa distribución y, si es necesaria, redistribución del welfare o de la riqueza- o el poder -entendido como poder para gloria del que lo ejerce y no como servicio-, no sólo son nocivos para las personas que tienen que padecer los desmanes de los ricos y de los poderosos-, sino para ellos mismos, debido a la tendencia natural que proporcionan estos instrumentos a la acumulación y a la maldad: porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recuperarla?

Los ricos y poderosos de este mundo, asistidos por “coaches” intrusistas que han ocupado el papel de los antiguos magos y chamanes, prometen a sus aspirantes e iniciados la dominación, primero de sí mismos, y luego la de los demás. Ellos deberían saber a dónde conduce este camino, muy diferente al que conduce la vía estrecha de las disciplinas prácticas de las grandes religiones como la ascesis y la mística. Por ello, llegadas las cosas a la entronización de la economía como disciplina desacralizada, en términos de Mircea Eliade, a la que hay que sacrificar a la persona, es necesaria una reflexión transversal, que vaya más allá de los objetivos de los partidos políticos y de las personas que de verdad quieren cambiar el mundo. Porque no se hizo la economía para el hombre, sino el hombre para la economía. Para ello, es necesario un cambio personal radical, que no sé hasta qué punto las personas estamos verdaderamente dispuestos a emprender.

Me considero una persona cristiana que intenta vivir su fe sobre todo desde la autenticidad y no desde la autoridad. Pertenezco a la Iglesia Católica, que para mí no es otra cosa que el pueblo de Dios y mi casa espiritual. Una Iglesia que no entiendo excluyente, sino más bien abierta a todo el mundo, incluidos a los que no quieren entrar en ella formalmente pero buscan la verdad como ellos la entienden, y realizan realmente la voluntad de Dios, como en la parábola de los dos hijos. En relación con esto, simplemente quisiera realizar dos matizaciones a los “puntos programáticos” que me han llegado desde la esfera de PODEMOS, y que intentan, desde mi posición, que no es la de un “hombre de bien”, perfectamente integrado en la sociedad conservadora que criticara Jesús de Nazaret y que le costó la vida, en la defensa de los débiles, de los necesitados, de los marginados y de los excluidos por el status quo de la época, tanto político como religioso; pues la política era religión y la religión era política: algo, por cierto, no muy diferente en nuestros días, en las que hay pseudorreligiones desacralizadas, en palabras de Mircea Eliade, como la economía, a la que sirve la política formal. En primer lugar, en cuanto a la eliminación de los privilegios de la Iglesia, la Iglesia Católica declaró en 1964, en un documento conciliar del máximo nivel institucional, la Gaudium et spes, que estaría dispuesta a renunciar a dichos privilegios si ello redundara realmente en favor del bien común. Pues bien, a mi modesto entender ha llegado este momento, y el papa Francisco está dando muy buenos ejemplos de ello, de auténtica actitud evangélica que constituye el espíritu de la Iglesia. No es éste el lugar adecuado para explicar la falta de desarrollo de esta propuesta de la Iglesia. Por otra parte, los críticos de la Iglesia Católica deberían ver los fondos que se destinan en las colectas y en otras actividades, auditados por empresas independientes, y, sobre todo, la labor desarrollada en este ámbito por muy diversas organizaciones católicas, diocesanas o de adscripción diversa, como Cáritas, aquí y en el Tercer Mundo. No hay nadie, ni en cifras ni en dedicación – y de ello tenemos cada día ejemplos de personas que, por Cristo y su Evangelio, que proclama en la práctica fundamentalmente el amor al prójimo-, que lo haga mejor. Y a su vez, los católicos instransigentes, o “de rito”, deberían reflexionar -si es que muchos pueden hacerlo y no están obcecados por el fanatismo, en ocasiones incluso violento-, sobre la realidad y el compromiso de su fe, abandonando una falsa piedad y una falta de mezcla con la gente que no es como ellos, y que ha sido una de las causas que más ha contribuido al abandono de muchas personas de buena voluntad del seno de la Iglesia; por cierto, de cualquier Iglesia, no sólo de la católica. Porque, advertidos por Jesús, no todos los que dicen “Señor, Señor” serán admitidos en el Reino, sino sólo los que hacen la voluntad de su Padre. Un Padre que, por lo demás, es misericordiosísimo y que, tal y como se nos enseña en las parábolas de validez universal del hijo pródigo y de las otras parábolas pequeñas de Lucas 15, está siempre dispuesto a perdonar y a devolver al hombre su dignidad perdida, ensalzándolo incluso sobre aquellos que se consideran a sí mismos como “justos”; así nosotros, pecadores, deberíamos perdonar a los que nos ofenden, como rezamos en el Padrenuestro.

Llegamos entonces al punto fundamental de mi crítica constructiva y de mis reflexiones para cualquier proceso de regeneración política y social. Ahora que todo el mundo -con mayor o menor preparación- habla de economía, ahora que lo que es llamado economía detenta la hegemonía cultural del pensamiento a todos los niveles del conocimiento práctico occidental, vamos a hablar también de economía. Es una disciplina más sencilla que sus espurias derivadas pseudocientíficas que estudian los estocásticos, el análisis técnico y el análisis de los mercados de valores, cuestiones que intentan predecir, normalmente retroactivamente, sobre la base de “modelos”,  y no de personas. La economía trata de algo mucho más sencillo: la distribución de las necesidades. Y es aquí donde quisiera expresar mi reflexión fundamental: no es posible pensar en emprender un esfuerzo colectivo de cambio social -en sentido progresista-, de regeneración política o de sumisión de la macroeconomía a las necesidades reales de la gente sin tener en cuenta  precisamente la cuestión de las necesidades. Es necesario redefinir las necesidades. Como expresa el lema de Cáritas, vive sencillamente, para que otros, sencillamente, puedan vivir. Algunos economistas que han tratado de volver a los orígenes de su ciencia -por cierto, muchos de ellos no procedentes de países “desarrollados”-, han comprendido realmente lo que la economía significa, y no sólo a nivel teórico, como hicieran en el ámbito occidental los epígonos del marxismo metodológico como Horkheimer, Adorno o Marcuse en los años 60 y 70, sino a nivel práctico e intercultural, como el tachado de heterodoxo por sus colegas del pensamiento único de la Escuela de Chicago Amartya Sen, bengalí de nacimiento y Premio Nobel de Economía en 1998. Era necesario que el genio espiritual de un país como la India se hiciera notar también en el pensamiento económico, como también lo era que el espíritu del catolicismo ortodoxo, despojado de su lucha geopolítica en favor del mal menor -el capitalismo de los años 60- frente al socialismo real de entonces, volviera a sus auténticas raíces -el Evangelio- con documentos conciliares sobre economía y vida política, a juzgar por eminentes teólogos -fundamentalmente pertenecientes o simpatizantes al movimiento de la teología de la liberación, como Ellacurría o Tamayo, pero no sólo, sino también según buena parte del jesuitismo y del franciscanismo “otrodoxos”, insuficientemente desarrollados por la realpolitik vaticana de los años anteriores a la caída del Muro. Ya antes, teólogos tanto católicos de la talla de Urs von Balthasar, Vito Mancuso o Hans Küng -este último todavía en activo-, en el ámbito católico, o Robert Bultmann o Karl Rahner, para el ámbito protestante, así como pensadores ecuménicos norteamericanos como R. W. Emerson mostraran su compromiso por las tesis sobre la parcialidad de Dios y la opción preferencial por los pobres, que debe implicar la labor de la Iglesia. Es algo todavía proclamado por representantes de algunas parroquias abiertas incluso en barrios conservadores y excluyentes como en el que habito, como el párroco Alejandro Fernández Barrajón, fraile mercedario, o el conocido Padre Ángel.

Volviendo al tema de las necesidades… ¿De verdad necesitamos tantas cosas, cuando sólo una es importante? La gestión de las necesidades es la base de la ciencia económica. No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y, aunque suenen a tópico, estas expresiones muestran con una sencillez perfectamente intersubjetiva la verdad que se esconde tras de ellas, accesible tanto al campesino analfabeto como al catedrático de Filosofía Moral. Como que hay gente tan pobre, tan pobre, que sólo tiene dinero. Pero entiéndaseme bien: con ello no pretendo quitarle valor, en primer lugar, a la necesidad de trabajar, aquí y ahora, por un mundo más justo, que yo entiendo con el Reino anunciado por Jesús, cada uno a su manera y ayudando a los más desfavorecidos, poniendo en práctica sus carismas pero también aceptando sus limitaciones. Tampoco pretendo criticar el valor de liberación personal y social del trabajo, el progreso e incluso las riquezas, salvo que quiera seguirse una, por cierto, respetabilísima, vocación contemplativa, monacal o eremítica. Precisamente por ello, en el momento actual es necesario devolver a muchas personas la dignidad de poder aspirar a un trabajo digno o de recuperar el que tuvieron -a mi juicio, no todos los “trabajos” lo son-, que en un Estado capitalista casi “puro” en crisis, precisamente como el nuestro, ha escindido la formación superior, todavía a su cargo en más de un 80% según cifras del INE, de la empleabilidad, que ha “dejado” al mercado -no sin mantener organismos de intermediación laboral cuya efectividad deja mucho que desear-, hay que ir mendigando a las responsables de recursos humanos de las grandes empresas, para las personas con formación, o a los gerentes machistas de la pequeña empresa, para las personas sin formación. Sí, soy políticamente muy incorrecto, y además, me gusta serlo. Hay que poder comer y beber para vivir con dignidad, tener vestido y techo. Lo que hace falta es un cambio de actitud hacia las “cosas del mundo”, que nos conduzca a otorgar a los bienes materiales el valor instrumental y relativo que realmente les corresponde, es decir, ser capaces de no perder al mismo tiempo de vista que sólo una cosa es importante. Ésta es la idea que, en mayor o menor grado, está detrás de todas las religiones: el desapego, comenzando por el de los bienes materiales. Pero para ello es necesario un cambio de actitud, muchas veces, radical. Es necesario renunciar a muchas necesidades artificiales a las que muy a menudo nos cuesta renunciar. Lo que sí tengo claro a estas alturas es que, si no cambiamos nuestro corazón, no podremos experimentar la auténtica alegría de la libertad que nos lleve de manera natural, como un niño, a ayudar a nuestro prójimo, movidos por la empatía, la compasión y el Amor, y con ello, a irnos desprendiendo poco a poco de nuestros propios egoísmos, de nuestros problemas y de nuestro “yo”. Pues no hay mejor manera, como ya señalara el siglo pasado el gran psicólogo Adler, de curar nuestras neurosis que saliendo de nosotros mismos y ayudando a los demás. Algo que ya nos enseño Jesús con su mensaje de que “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí y por mi evangelio, la salvará”. Se trata de un mensaje a mi juicio universal, que puede ser aplicado, como todas las ideas de fondo de este artículo, a las personas de cualquier religión, credo, ideología y a las que no profesan religión alguna, pues todas somos hermanas y nos unen al menos dos cosas radicalmente fundamentales: la conciencia de nuestra muerte y el deseo de sobrevivir a ella, nuestro deseo de inmortalidad. Es este sentido, desde el punto de vista teológico-religioso, me ha interesado hablar más de actitudes y de comportamientos que de “verdades” dogmáticas, precisamente con vistas a la construcción de un terreno común para la acción práctica de todas aquellas personas de buena voluntad que realmente quieran, cada una desde su posición, contribuir, literalmente, a cambiar el mundo. Estas ideas no pueden ni deben ser ajenas al discurso y a la praxis política y social. Precisamente por ello he querido ser radical en el sentido etimológico de la palabra, para manifestar mi convicción de que cualquier cambio político y social debe venir “desde abajo”, desde un cambio en nuestra actitud egoísta de la que todos somos esclavos. Sólo así podrá desenmascararse por las buenas, generando credibilidad en nuestro entorno más inmediato, a modo de “luz del mundo”, es decir, sin enemistad, la actitud de muchos representantes religiosos, de esos “hombres de bien” respetables que cumplen los ritos de la religión católica, las dobles morales, las cargas illevaderas ordenadas por estas personas con poder como para ejercer presión social. No se me oculta que el condicionamiento social de la conducta -que incluye pensamiento como conducta verbal, en términos skinnerianos, y acción- resulta muy difícil para todos, no sólo para aquellas personas que no tienen tiempo material para plantearse esta cosas, o para aquellos que, pensando solamente en sí mismos y en su “bienestar” material, constituyen el “rebaño adormecido del que hablara Noam Chomsky. También algunas personas cultas caímos en el pasado en la trampa del consumo como sustitutivo de la necesidad de reconocimiento social a que se refierera el psicólogo Maxwell en su teoría piramidal de las necesidades humanas, y con ello, en el ciclo kármico -por emplear un término religioso panindio pero de validez mítica universal, como expresara Mircea Eliade- de la rueda del consumo-disfrute-trabajo-crédito-más consumo. Para todos es difícil sustraerse a la presión del entorno sofisticadamente diseñada por aquellos que detentan la economía cultural, pues todos somo esclavos de nuestras pasiones, jóvenes y mayores, y nadie está exento de tomar el camino equivocado -o el pecado-. Pero precisamente por ello, la novedad del mensaje de Jesús reside en el hecho de que todos estamos perdonados, y con ello, justificados. Sólo es necesaria una actitud de reconocimiento, de conversión y de lo que, en otras épocas no muy lejanos, estaba abarcado no sin ambigüedad en lo que llamábamos “penitencia” (Küng, 2014). Por ello, el momento de crisis en el que nos encontramos, si no caemos en el desánimo, puede ofrecernos una oportunidad real -es decir, sujeta a vaivenes, a la vuelta a los mismos errores, a pasos atrás, como no puede ser de otra manera- de cambiar nuestra actitud hacia nosotros mismos, nuestras necesidades, nuestro modelo de sociedad y nuestras relaciones entre nuestro prójimo y entre otras sociedades -de personas, se entiende-. Ello sólo podrá ser posible, a mi juicio, cambiando nuestro corazón, con la ayuda de Dios -cada uno como lo entienda-. Sólo así, desde lo pequeño, podremos trabajar con impecabilidad en tareas humildes que nos consigan el respeto de los demás. Porque el que es fiel en lo pequeño, también lo será en lo grande. Desde el que ha pasado por la experiencia de la humildad, podremos aspirar a puestos en los que la Providencia nos ponga, pues para Dios, que quiso nacer como hijo de un carpintero, no hay nada imposible. La predicación de Jesús cambió el mundo, y si el reino de Dios, que él proclamó ya entonces en medio de nosotros no ha llegado a la tierra ha sido por la dureza de los corazones.

En cuanto a promover cambios positivos en la sociedad, comencemos planteándonos objetivos concretos, y se nos irán dando los cometidos de lo grande. Así, por ejemplo, centrémonos en combatir la situación de pobreza -material y espiritual- de nuestro prójimo; la degradación material y moral de los barrios de nuestras urbes deshumanizadas y caracterizadas cada vez más por contactos anónimos aplaudidos por insignes sociólogos, que ven sociedades de comunicaciones donde deberían ver sociedades de personas. También podremos darnos cuenta de que la intolerable degradación y contaminación de nuestros espacios naturales acaba a la larga con la supervivencia de la propia especie humana, superando el cortoplacismo imperante en este tiempo de la instantaneidad. Y sólo así podremos devolver la dignidad a continentes enteros deliberadamente excluidos de las bondades del consumo y de la globalización, como África, gran parte de Centroamérica, la mayor parte de América Latina y buena parte de Oceanía, aliviando la situación de miseria extrema que clama al Cielo.

Desde la opinión que quiero sostener, todas las personas, de cualquier credo, o de ninguno, pero que compartan esta necesidad de cambio de actitud individual antes de adquirir cualquier compromiso social, sobre todo político, son capaces, desde su ser y sus circunstancias, como diría Ortega, de contribuir al bienestar y a la justicia social, a la caridad, al fomento de un empleo cuya adjudicación se realice en equidad, es decir, en función del reconocimiento de los talentos y carismas y de las limitaciones y debilidades de cada uno, así como a una distribución de la riqueza basada en las necesidades de toda la comunidad política, especialmente, de los más pobres, de los excluidos, de los marginados, de los victimizados y de los estigmatizados, para que éstos, superando su situación, puedan contribuir realmente al bienestar de la Nación y de todo el orbe y recuperar con ello la dignidad que proporciona el trabajo, aportando sus habilidades y sobre todo su humanidad, y convirtiéndose de este modo en protagonistas activos de su destino y del bien común.

 

A.M.D.G.

 

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25-M: European Elections in Spain. Los verdaderos ganadores morales de las elecciones europeas en España: los ciudadanos y los candidatos “amateurs”. Otra política es posible.

mayo 26, 2014 § 1 comentario


 

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Dedicado a las formaciones y a los partidos democráticos pequeños progresistas de toda Europa y, sobre todo, a las candidatas y candidatos “amateurs” de corazón de las fuerzas políticas pequeñas ganadoras de estas elecciones europeas en España; en especial, a Marina Albiol Guzmán (EU-PV), María Lidia Senra Rodríguez (ANOVA), Ángela Rosa Vallina de la Noval (EU-PV), Nuria Lozano Montoya (EU-PV), Lara Hernández García (IU), María Teresa Rodríguez-Rubio Vázquez (PODEMOS), María Dolores Lola Sánchez Caldentey (PODEMOS), Carlos Jiménez Villarejo (PODEMOS), Pablo Echenique Robba (PODEMOS), Pablo Iglesias Turrión (PODEMOS), Ángela Labordeta de Grandes (CHA), Florent Marcellesi (EQUO), Jordi Sebastià Talavera (COMPROMIS), Mireia MolÀ (COMPROMIS-IPV), Rafael Polo Guardo (LV), Carolina Punset Bannel (CIUDADANOS-PARTIDO DE LA CIUDADANÍA), Juan Carlos Girauta Vidal (CIUDADANOS-PARTIDO DE LA CIUDADANÍA), y Javier Nart Peñalver (CIUDADANOS-PARTIDO DE LA CIUDADANÍA) ¡Enhorabuena a los que han conseguido escaños! Puedo decir que sí me representan, aunque no como delegados de un poder soberano que, desgraciadamente, la UE cedió a las instituciones bancarias en 1992 con el Tratado de la Unión Europea.

Dedicado a Robert Schuman (1886-1963), IN MEMORIAM

 

Los resultados electorales de las últimas Elecciones Europeas dejan pocas dudas sobre el mensaje que el conjunto de la ciudadanía que decidimos ir a votar ayer, aun “in extremis”, quisimos mandar a los partidos políticos. El desplome de los dos partidos tradicionales -el PSOE y el PP-, la entrada triunfal en el Parlamento Europeo de PODEMOS y la subida generalizada de los partidos pequeños, básicamente representativos de un espectro social de centro-izquierda, cuando no de izquierda sin más, renovada y plural, ha canalizado por la vía pacífica de las urnas las frustraciones, las decepciones, pero también las ambiciones y las aspiraciones de mucha gente, joven y no tan joven, de un conjunto muy significativo y significado de la población, el cual, a través de las redes sociales y de otros mecanismos de acción directa y participativa, ha pedido sencillamente, en lo positivo, más (sic) democracia para las instituciones europeas: básicamente, entre otras cosas, que no haya una casta política “chupando del bote” de instituciones europeas no democráticas, al amparo de un Banco sin supervisión de un Tesoro público políticamente dependiente de instituciones democráticas -algo insólito en cualquier potencia mundial y ajeno a cualquier proceso de integración regional en todo el mundo-, que es, básicamente, quien nos “gobierna” directamente en Europa. Pero la ciudadanía ha pedido mucho más: la recuperación de la política entendida en su sentido más noble, como poder de los ciudadanos sobre la cosa común, y su supremacía frente a los poderes fácticos; en nuestra disgregada Europa, sobre todo, al poder de los mercados, que son los verdaderos legisladores que dictan las reglas a las Troikas, a la Sra. Merkel, a los políticos neoliberales y neconservadores que sólo piensan que recortando el gasto público en aspectos esenciales del Estado social -una construcción, la del Estado social, con su “economía social de mercado” ” a la alemana” (sozialmarktwirkshaft) o “a la nórdica”, con sus socialdemocracias tradicionales de los años 60 y 70-, que había conformado la identidad europea por tantas décadas, frente a otros modelos de integración regional en el resto del mundo, y ahogando la demanda interna, haciendo accesible el consumo sólo para unos pocos -los mismos-, es posible mantener la estabilidad del “sacrosanto” déficit público y ofrecer, casi a modo de víctima propiciatoria, a los mercados, el sufrimiento de la población, ya que el crecimiento o el desarrollo económico, sinceramente, no les interesa.

En la otra parte no ya de una ideología, sino de una actitud frente a la política, se sitúan los auténticos partidos ganadores, tanto moralmente, como electoralmente. Felicidades a todos los partidos democráticos que han subido en número de escaños, así como a los nuevos partidos democráticos que han conseguido entrar en el Parlamento Europeo: PODEMOS, Primavera Europea-Compromis-Equo-CHA y Ciutadan’s. Algunos de dichos partidos han conseguido entrar con mucha fuerza, como PODEMOS. A esta formación, de apenas cuatro meses de existencia, le auguro larga vida, así como que sea capaz de tender puentes entre las demás formaciones políticas, ya sean “de izquierda” o surgidas del descontento popular y que abogan por una auténtica regeneración democrática, y que hagan gestos de renuncia a la tan denostada “política de castas”, en la terminología del líder de aquella formación, el Dr. Pablo Iglesias. Como bien recordaba en su excelente discurso de esta noche en una conocida plaza de Madrid, “mañana seguirá habiendo seis millones de parados, y no se pararán los desahucios”. La aspiración del Dr. Iglesias de superar a los “partidos de la casta”, articulando en una organización aspiraciones nacidas en el 15-M, se me antoja quizá demasiado lejana. Pero nunca se sabe. La historia ha dado muchas vueltas, y en los momentos de crisis, en los que el pueblo ha sentido más que nunca pisoteados sus derechos materiales y formales como ahora, puede suceder cualquier cosa. Sin embargo, el Dr. Iglesias debería ser consciente de una cosa: sin quitarle el mérito indudable del auge de su formación, buena parte de su éxito electoral -que él mismo ha calificado de insuficiente- se ha debido no sólo a la abstención -inferior, por poco, a la de las últimas Elecciones Europeas de 2009-. Como politólogo deberá saber que ha sido favorecido por el sistema electoral de circunscripción única vigente en estas elecciones, algo, por cierto, reclamado por Izquierda Unida y por otros partidos con y sin representación en el Congreso de los Diputados, y que no ha sido suficientemente tenido en cuenta por los analistas políticos “oficialistas”. Éste voto ha sido más generoso y poético de lo que ha parecido, y no puede compararse con hipotéticos resultados futuros o pasados de unas elecciones municipales, autonómicas o generales. Por ello, la consecución de una amplia mayoría social pasa por tender puentes a formaciones políticas con un discurso afín a nivel estatal, tanto de cara a las elecciones autonómicas y municipales, como de cara a las elecciones generales, llevando a la política estatal las propuestas que han sido incorporadas a la agenda europea, algunas de ellas típicamente españolas -o agravadas por el modelo sociopolítico español vigente-. En primer lugar, debería abrirse una reflexión con los movimientos sociales, como aquella formación misma indica, junto a otras como lzquierda Unida, en la que su burocracia interna debería dar lugar, como de hecho está dando, cada vez a nuevas caras y a nuevos modos de hacer política más próximos a la ciudadanía y a los movimientos sociales, no vinculados necesariamente con la antigua historia de la coalición IU y con su antiguo modo de funcionamiento, muy ligado a la realpolitik del aparato del PCE; mucho de esto ya ha sido hecho con la formación de la Izquierda Plural, habiendo integrado a buena parte -si bien no a todo- el ecologismo político español, y ello es de alabar en esta formación en parte “tradicional”, que surgiera históricamente para plantar cara a la “esquizofrenia” socialista ante la entrada de nuestro país en la OTAN, bajo la presión de unos Estados Unidos dominados por una política reaganniana al borde de una verdadera legitimación democrática en ejercicio.

En un análisis político de la jornada electoral de ayer, no se me oculta el impacto social de que en Cataluña Esquerra Republicana haya sido la primera fuerza política; al margen de su proyecto europeo, muy encomiable en muchos puntos, no puedo dejar de avdertir un factor de estabilidad política cuya responsabilidad trasciende a la propia Comunidad Autónoma catalana y es, en parte, imputable a una política muy agresiva del Gobierno central sustentado por el Partido Popular. Personalmente, me cuento entre los que opinan que la secesión de Cataluña es un error y supondría un perjuicio no sólo para el resto de España, sino para la propia formación catalana. Siempre he sido enemigo de los nacionalismos -que no de los nacionalistas pacíficos-, aunque el provincianismo que ellos destilan pueda ser explicable por el descontento de estar siendo manejados por fuerzas que no controlan. Frente a ello, no considero que haya que blandir la Constitución Española -fruto de un consenso y de un esfuerzo muy complicado, hija de su tiempo, desde luego más noble que éste, y que difícilmente pudo haberse hecho mejor-. Basta con recordar a las formaciones independentistas o “sólo nacionalistas” (como CiU, que iniciara el proceso del referéndum y ahora se ha visto castigada; no me extraña: los ciudadanos suelen ser más coherentes y sensatos que sus líderes, y cuando se inicia un proceso de estas características es natural que hayan preferido el original a la copia) algo muy básico en la política europea: el principio de subsidiariedad, que viene a decir, explicado de una manera sencilla, que cuando alguna política puede hacerse desde un territorio u organización administrativa menor, es ésta la competente para hacerla, sin recurrir a las grandes instituciones europeas. España no es una amenaza para Cataluña, sino al revés. Otra cosa es su casta política.

En otro orden de cosas -y aunque no haya sido un problema que se haya dado en España-, no puedo terminar un post sobre las Elecciones Europeas sin manifestar mi preocupación sobre el auge de los partidos de extrema derecha en varios países europeos, desde Francia -con la victoria electoral del partido de Le Pen-, a Dinamarca, Finlandia, Alemania, Hungría o Austria (con el auge del partido neonazi “Nuevo Amanecer”). Se trata sin duda de una mala noticia, cuyos efectos sin embargo creo que pueden estar limitados por la incompetencia de los propios líderes elegidos. El mayor problema es el problema de fondo: la canalización de los problemas ciudadanos y de su actitud hacia las políticas de recortes llevadas a cabo por los partidos tradicionales tanto de inspiración socialdemócrata como democristiana o popular a través del voto euroescéptico. No tanto por la fueza que estas formaciones puedan hacer en el Parlamento Europeo -puesto que su eficacia, en contra de lo que se nos quiere vender por parte de los dos grupos parlamentarios mayoritarios de la Cámara y de sus partidos nacionales “de casta”, utilizando la terminología del Dr. Iglesias, es muy limitada-, sino en el fomento de actitudes ciudadanas xenófobas, machistas y violentas, contrarias a la tradición cultural humanista europea. Y quien dice en la calle, dice en poderosos sectores de la sociedad civil; fundamentalmente, en pequeñas y medianas empresas de la economía y de la industria urbana y rural -pensemos en el ejemplo de Francia-, cuyos líderes políticos ultaderechistas pueden haber “comprado” ese discurso.

Concluyo con una consideración politológica de carácter general. Es verdad que el déficit democrático de la Unión Europea y, en concreto, del Parlamento Europeo, es cada vez mayor, y que esta Asamblea no ha conseguido asemejarse -siquiera en determinadas políticas- a las Asambleas legislativas de los Estados miembros. Sin embargo, aunque el Parlamento Europeo tuviera los poderes de los Parlamentos de los Estados miembros -siquiera al modo de un Estado federal, distribuyendo las competencias por materias y poniendo fin a la codecisión con el Consejo de la Unión-, la situación nos remitiría al déficit democrático de los Estados miembros: es decir, a la ficción contractualista según la cual nosotros, el pueblo -parafraseando el comienzo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América-, otorgamos a unos representantes nuestro poder para gobernar. Y lo cierto es que, mientras esta ficción no se corresponda al menos con un porcentaje asumible de la realidad política -como lo era en los tiempos de la Guerra Fría-, mientras el dios Dinero siga mandando sobre todo, mientras sean los mercados los que hagan política o manden hacer política a nuestros “representantes”, mientras éstos actúen como representantes de otros, es decir, de poderes económicos conocidos u ocultos -como una especie de “representantes del pueblo de segundo o tercer orden”, será muy difícil volver a hablar de política y de democracia entendidos como el ejercicio del poder del pueblo, por el pueblo y para el pueblo (como, por cierto, todavía se mantiene en la actual Constitución Francesa de la V República, artículo 2). La mejor herencia de la Revolución Francesa, la única que ha conseguido “triunfar” durante tres siglos, está en entredicho, e incluye a los llamados por el marxismo “derechos formales”, los derechos de primera generación, que peligran en nombre de la “seguridad nacional” o, simplemente, porque carecen de base material mínima para que los mismos sean, como manda el artículo 10 de la Constitución Española, “reales y efectivos”. Democracia real y participación ciudadana en los asuntos públicos parecen ser palabras huecas. Y contra ese vacío es contra el que se ha rebelado la mayoría del electorado comprometido en las elecciones de ayer. Pero para recuperar un espacio político para los ciudadanos, de nada sirve apelar al “déficit” democrático de la Unión Europea o a la “política de casta”: hace falta, como bien decía el lema de la Izquierda Plural para esta elecciones, recuperar “el poder de la gente”; la igualdad de la gente. No sólo de aquellos a quienes -al menos a los ojos del mundo- “les va bien”, sino, por ejemplo, de los seis millones de parados que, al menos, gracias a las ideas de verdaderos liberales como Voltaire, Rousseau, Jefferson, John Stuart Mill -si bien este último defendió el voto plural, pero no sobre la base de la clase social, sino sobre la base de la formación, así como el voto de la mujer, algo impensable en aquellos tiempos-, y tantos otros, se les ocurrió la por entonces peregrina idea de que el voto de un mendigo debería valer lo mismo que el de un millonario. Y es así: quizá lo único verdaderamente importante que ha quedado del contrato social es la igualdad del voto, derecho absolutamente formal, casi abstracto, pero fundamentalísimo. El parado, el desahuciado, el enfermo, el marginado, el discapacitado, el mutilado, el excuido, el diferente, el disidente, algunos (y sobre este tenemos que seguir trabajando) inmigrantes, las víctimas de un sistema injusto de distribución de la riqueza, las víctimas del sistema hipotecario y crediticio, los que no tenemos nada (nada directamente intercambiable por las migajas del dios Dinero, o para ofrecer en su altar, ni siquiera prole); en definitiva, los miserables -mis honores para el gran Víctor Hugo-, tenemos el mismo derecho a votar que el señor Botín. O el señor Blesa. O el señor Bárcenas. Al menos hasta ahora. Hasta que seamos realmente importantes y los poderosos cambien hasta el sistema de representación “formal”, dando el voto a los bancos y volviendo al sufragio censitario: ¿os parece un panorama tan distópico como para ser irrealizable? Ojalá me equivoque, pero como los ciudadanos no nos movamos a través de los nuevos canales de comunicación que la llamada sociedad de la información ha puesto a nuestra disposición, como las redes sociales -hasta que sean controladas del todo o censuradas por el gran Poder económico-político, es decir, por el Poder Total que, sobre la base del culto al Dinero, trata de imponerse en todo el mundo, a partir del Club Bilderberg y de un club superior de cuyo conocidísimo nombre no quiero acordarme-, vamos a ver cosas peores.

Sin embargo, no es éste el momento para ponernos pesimistas. Lo importante es que los ciudadanos que realmente queremos un cambio en la política hacia medidas sociales y de regeneración democrática nos movamos y podamos articular una amplia base social -utilizando, como se ha dicho por varios partidos pequeños, “la forma” del partido político, en palabras de varias de las formaciones “pequeñas” triunfadoras de la noche de ayer para concurrir a los niveles inferiores de Poder, como son los de la representación formal de los ciudadanos en los órganos políticos, pero no sólo-; y ello con el objetivo de conmover, siquiera un poquito, las estructuras del Poder y poder plantar cara a nuestras justas reivindicaciones. En concreto, creo que las siguientes reivindicaciones pueden estar compartidas por una amplia base del electorado y de los candidatos (¡viva la política amateur en el mejor mentido, como todo lo amateur, incluido el deporte, en el mejor de los sentidos), y en relación con el caso español -aunque no exclusivamente-: la supremacía de la política y de la economía denominada “real” frente a la economía especulativa (definida como financiera y no real, cuando desgraciadamente es más real que la otra); la lucha contra la corrupción en los partidos políticos y en las instituciones para políticas como las entidades bancarias; el trabajo constante para la corrección de las desigualdades; la finalización de la ficción jurídica de la libertad de contratación entre personas físicas con problemas y grandes personas jurídicas, especialmente las entidades bancarias y las multinacionales; el fin de los privilegios de Derecho civil y fiscales para estas personas jurídicas; el cese de la insostenible situación en un Estado social de los desahucios y la aprobación de la dación el pago; la instauración de una renta de ciudadanía; la aprobación de una tasa para las grandes transacciones financieras internacionales y el levantamiento de las trabas que, en nombre de la lucha del blanqueo de capitales, se imponen al comercio normal de los ciudadanos, para transacciones inferiores a 12.500 euros; la eliminación en lo posible de todas las formas de intermediación y gestión económica de la propiedad personal de las personas físicas, desde los mecanismos de inversión hasta la reinvención de la propiedad intelectual; en este sentido, la promoción de licencias de cultura libre del tipo de Creative Commons y de conocimiento compatido, tanto para la propiedad intelectual como para la industrial, y la reforma de la legislación en materia de propiedad industrial para promover un comercio justo con los países del Sur; la promoción de la paz y de la democracia auténticas en todos los rincones de la Tierra; la apuesta por el desarrollo de energías sostenibles e innovadoras y la valorización del conocimiento y su trasferencia a la sociedad -no sólo a algunas multinacionales-, a través de convenios entre universidades, fundaciones e institutos de investigación con cooperativas y formas de gestión económica societarias, sin descuidar la investigación básica, a la que habría que prestar el mayor apoyo con objetivos a largo plazo; en definitiva, la opción por modelos productivos de desarrollo que favorezcan la creación, transmisión, crítica y transferencia del conocimiento científico, técnico, artístico y humanístico entre toda la población y la distribución equitativa de los bienes culturales directamente derivados de dicha transmisión, así como la distribución y, en su caso, la redistribución de la riqueza y del bienestar derivado de una utilización de dichos bienes en equidad, en beneficio de todos los ciudadanos y, especialmente, de los más necesitados y desfavorecidos. Y esto sólo en economía, que parece ser la “ciencia” que guarda el “fuego sagrado” de nuestro tiempo, la “cifra”, en palabras del filósofo Jaspers, de la post-post modernidad. De los demás ámbitos de la actividad humana, aplastados por la economía -o por lo que dicen ser economía-, espero tener ocasión de tratar, bien en este blog por su temática relacionada con los fenómenos de victimización, además del análisis social, bien en Twitter (@pabloguerez), o en algún lugar de la red.

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