LA SANTÍSIMA TRINIDAD: MISTERIO DE COMUNIDAD DE AMOR Y MODELO DE COMPROMISO Y ENTREGA PARA CON EL PRÓJIMO.

junio 15, 2014 § Deja un comentario


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“Con el uno y con el otro en igualdad y valía, Tres Personas y un amado entre todos tres había, y un amor en todas ellas y un amante las hacía, y el amante es el amado en que cada cual vivía; que el ser que los tres poseen cada cual le poseía” (San Juan de la Cruz) 

 

En el Domigo de hoy, la Iglesia Católica contempla el Misterio de la Santísima Trinidad, progresivamente revelado a lo largo de la Historia Sagrada y esclarecido por los Padres de la Iglesia, aunque incomprensible del todo a la razón humana. Dios se revela como una Comunidad de Amor de tres Personas que comparten la misma sustancia o la misma naturaleza: el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo. Lejos de ser ésta una revelación estática, el propio Jesucristo y, más adelante, los Padres de la Iglesia, nos revela la incesante comunicación entre las tres divinas Personas que componen la Trinidad, como comunicación constante de Amor entre ellas y como Fuente del Amor inagotable que quiere derramarse sobre el hombre, hecho a imagen y semejanza de la Trinidad, como explicara en una de sus últimas catequesis el papa Benedicto XVI.

Por ello, lo importante del Misterio que hoy contemplamos, más allá de cualquier explicación teológica, como ha sido señalado por los últimos papas, es que se trara de un Misterio de comunión y comunicación que expresa la esencia última de Dios: el Amor. Dios no puede entenderse sino como relación de entrega entre sus tres Personas, todas Ellas iguales en dignidad y naturaleza, naturaleza que no es otra que el Amor sin límites. En esta Comunidad de Amor, como ya explicaron los primeros Padres, Jesucristo nos revela el misterio íntimo de Dios, “no en la unidad de una sola Persona, sino en la Trinidad de una sola naturaleza”, como reza el prefacio de la Misa de la Santísima Trinidad.

La Solemnidad de la Santísima Trinidad es también el día dedicado por la Iglesia Universal a las vocaciones contemplativas. A mostrar a todo el pueblo de Dios como modelo de vida evangélica -aunque no único- la vida de todos aquellos hombres y mujeres que, habiendo recibido esa específica vocación, se retiran del mundo no como huída egoísta, sino para cumplir una vocación contemplativa de Dios que se realiza en los conventos y en los miles de lugares sagrados de retiro, auténticos oasis en medio de la premura y de las obligaciones de la sociedad actual. Desde ahí, los religiosos y religiosas regulares -típicamente los monjes-, no se limitan a contemplar a Dios, sino que, al integrarse por la Comunión de los Santos en el Cuerpo Místico de Cristo y de Su Iglesia, oran por el resto de las vocaciones de la llamada Iglesia militante, la que formamos los cristianos de toda la Tierra. Debemos estar agradecidos a los hombres y mujeres contemplativos, pues éstos no se limitan a vivir ellos solos para Dios, sino que, viviendo para Dios, constituyen un auténtico estímulo para cualquier cristiano -que puede, por períodos limitados de tiempo, dedicarse a este tipo de vida como alimento espiritual para preparar su acción en el mundo-, al tiempo que dichos hombres y mujeres interceden por nosotros y viven para Dios orando por la salvación del mundo. Para la mayoría de los cristianos, ya seamos religiosos o seglares, los que no nos hemos retirado del mundo, sino que “vivimos en el mundo, sin ser del mundo”, utilizando prestadas las palabras del evangelista San Juan, la labor de las vocaciones contemplativas debe servirnos como estímulo para la acción en el mundo y para el mundo de hoy: para la edificación aquí y ahora del Reino de Dios. Sólo así puede comprenderse en su plentitud el sentido del mensaje evangélico y la importancia que el propio Jesucristo da a las bienaventuranzas y a las llamadas obras de misericordia, tanto corporales y espirituales, en un mundo tan necesitado de la Presencia de Dios; Presencia que, lejos de limitarse a una predicación estéril y autocomplaciente -error en el que muy frecuentemente caemos los cristianos-, debe comunicar la autencicidad y la actualidad del mensaje evangélico con la finalidad de contribuir a cambiar el mundo, demoliendo lo que San Juan Pablo II llamara las “estructuras de pecado” del mundo actual. Ello implica una decidida acción comprometida en el mundo en pro del Reino de Dios, que pase, entre otras coas, por la denuncia de las injusticias más sangrantes del mundo contemporáneo, precisamente para hacer este mundo lo más compatible con el Amor que, manifestado en la Trinidad, constituye la misma esencia de Dios. En esta línea, hace menos de una semana, el papa Francisco, en la última de una serie de catequesis sobre los dones del Espíritu Santo, hacía una reflexión sobre quienes viven en el mal, explotando a otros, viviendo para el poder y el dinero, la violencia y la muerte. En su corazón, se lamentaba Francisco, no hay sitio para Dios y no podrán ser nunca felices.

El Papa terminaba la catequesis aludiendo al Salmo 34: “Este pobre hombre invocó al Señor: Él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. El Ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los libra”, e instándonos a los fieles la gracia de unir nuestra voz a la de los pobres, para acoger el don del temor de Dios y podernos reconocer, junto a ellos, revestidos por el Amor y la Misericordia de nuestro Padre.

En su mensaje después del Ángelus del día de hoy, el Santo Padre ha hecho alusión a la grave idolatría que sufre nuestra sociedad en general, especialmente el Primer Mundo, que adora al Dinero de una manera prácticamente religiosa, al tiempo que ha llamado la atención sobre la lacra del paro juvenil que afecta sobre todo a los países del Sur de Europa, países caracterizados por un gran arraigo en la fe católica. De acuerdo con este mensaje, el Papa ha llamado la atención sobre la necesidad de intervenir a los fieles, sobre todo a aquellos que revisten cargos de relevancia pública, para remediar una situación de crisis injusta en la que se ha producido ya una total inversión de los valores tradicionales que inspiraron Europa, y donde las personas están al servicio del dinero, y no al revés, como debería ser.

Volvamos, pues, nuestra mirada y nuestro corazón al Dios único y trino y pidámosle, con humildad, que atienda las súplicas de Su pueblo, especialmente, de las personas más necesitadas de consuelo y misericordia, con la oración colecta de esta Solemnidad “Santísima Trinidad, Escúchanos”.

 

¿Qué es o qué debería ser hoy el “aggiornamento”? De nuevo sobre la posición de la Iglesia en torno a las desigualdades sociales, las injusticas del mundo y los nuevos debates abiertos en y fuera de la Iglesia.

junio 8, 2014 § Deja un comentario


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Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros, como yo os he amado (Jn 13, 34)

“Es un sistema injusto” (Discurso del papa Francisco pronunciado el 29 de febrero de 2014 sobre la crisis de los parados españoles, especialmente de sus jóvenes, y sobre la situación económica mundial)

 

 

Hace dos días, el papa Francisco nos sorpendió nuevamente con otra de sus declaraciones, en la que, entre otras cosas, expresaba su valoración sobre el estadio del capitalismo actual con unas breves pero contundentes palabras: “È un sistema ingiusto, che non dignifica la persona”.

Con ello, frente al tradicionalismo dominante en el llamado “pensamiento social cristiano”, las declaraciones del actual papa Francisco sobre la desigualdad social extrema suponen un cambio cualitiativo, y no simplemente cuantitativo, frente a la tímida doctrina social católica compatible incluso con la injusta -como todas- dictadura franquista española, doctrina que iniciara León XIII con su tibia, pero en su momento para algunos sectores cuasi revolucionaria “doctrina social de la Iglesia”, a partir de la publicación de la encíclica “De Rerum Novarum” a finales del siglo XIX. Tal vez el papa haga justicia y rehabilite tanto a los partidarios de la Teología de la Liberación que fueron condenados por la “Administración Ratzinger vaticana” durante el pontificado de San Juan Pablo II, pero lo cierto es que se impone no ya una “nueva evangelización a lo Ratzinger”, sino un nuevo “aggiornamento” de la Iglesia Católica que pase, por de pronto, por el reconocimiento de que la mayoría de la población cristiana mundial vive en países subdesarrollados en los que no son respetados sus derechos humanos. Sin embargo, antes de proseguir por este hilo del discurso, quisiera plantear, con carácter previo, y sin ánimo de hacer sociología ni atropología sobre las cuestiones que sucintamente voy a tratar para el lector, una cuestión sobre el significado de “aggiornamiento” que, en el pensamiento católico, adoptara el papa San Juan XXIII. La cuestión, como veremos, resulta de suma importancia, pues tiene que ver, nada más y nada menos, con la valoración histórica que puedan merecer actitudes de varios de los responsables de la Iglesia, y cuyas conductas desde el punto de vista de una moral crítica que no puede menos de prescindir del factor tiempo, es decir, de la contingencia del contexto sociopolítico propio de la época histórica en la que determinadas actitudes fueron tomadas por la Iglesia, y en la que podía existir, tanto en la filosofía secular, como en la praxis, un concepto socioantropológico de la persona muy distinto al de la actualidad. Ello nos lleva a una espinosa cuestión que excedería en mucho el popósito del presente post: la relación entre la contingencia de la concepción socioantropológica de la persona en un momento histórico dado -pongamos, la Edad Media-, y la eternidad de la verdad revelada en la Palabra. La respuesta a esta cuestión la dejo a la filosofía y a la teología, ciencias respectos de las cuales me considero un diletante, al menos en cuanto me refiero a mi labor investigadora. Me limitaré aquí a decir, para salvar una contradicción que no puedo menos que experimentar -pues soy creyente- como sólo aparente, reside en que, tanto por los defensores como por los partidarios de la Historia de la iglesia -y dejando aparte variables ideológicas que complicarían más un anlálisis elegante de esta difícil cuestión-, no ha sabido desligarse, en general -sobre todo, tanto por parte del aparato eclesial, como parte de las organizaciones antirreligiosas-, la contingencia accidental de la época histórica y la sensibilidad humana dominante en la misma, con una adecuada interpretación y exégesis de los textos sagrados. Ello mismo tendría una explicación teológica menor, cuasi catequética, que es la que los catequistas suelen contestar cuando se les habla del mal que ha realizado la Iglesia a lo largo de los siglos, poniendo multitud de ejemplos, como la Inquisión. Se dice, simplemente, que la Iglesia, como Iglesia de hombres, es una Iglesia de pecadores. Punto. Esta explicación, a mi modo de ver, no hace honor ni a la propia Iglesia como institución humana ni a los responsables que, en determinados momentos, tuvieron que llevar a cabo determinadas cuestiones, de acuerdo con la concepción socioantropológica de la persona, por ejemplo, en el contexto de una sociedad teocrática y la que determinados sentimientos de piedad o compasión estaban orientados hacia difícil mezc la de racionalidad e irracionalidad fundada en sentimientos más ancestrales, como el miedo. He tratado de exponer esta cuestión de la manera más sencilla que me ha sido posible. Sin embargo, quizá sea más comprensible para el elector como un ejemplo. Y voy a utilizar precisamente uno de los ejemplos -si no el que más- clásicos de los detractores de la Iglesia: cuando a un inquisidor que vive en el siglo XI, un siglo enteramente dominado por una conecpión muy pesimista de la regligión, dominado por el miedo al demonio -por cierto, tanto por el poder cil teocrático como por el poder eclesiástico-, se le presentaba una mujer acusada de brujería, uno de los mayores pecados que, en la configuración valorativa de su sociedad, revestía la gravedad mayor, es comprensible que dicho inquisidor hubiese condenado a dicha bruja a la hoguera, por haberse entregado a Satanás. Y no sólo para reparar la ofensa hecha a Dios, sino también para erradicar cualquier rastro de lo que los antropólogos, estudiando sacrificios que obedecen al mismo significado, aunque de menor gravedad, y que todavía siguien realizándose en algunas tribus, denominaran “metempsicosis”, o, con términos teológicos -o demonológicos-, infestación sobre la cosa. Para el monje del siglo XI debía elimiarse cualquier rastro de actividad satánica en el cuerpo de la infeliz mujer o del brujo que se hubiese entregado a tales prácticas, y de ahí una tortura que, en la actualidad, nos parece tan bárbara o inhumana. En ese contexto histórico, en el que la configuración de las sociedades occidentales estaba dominada por el milenarismo y la teocracia, no era concebible ningún rasgo de “aggiornamento”. Sólo después, con la aparición de las primeras órdenes mendicantes, la Iglesia pudo albergar movimientos “desde dentro”, en conreto, con la fundación de las Órdenes mendicantes, primero con Santo Domingo de Silos y poco más tarde con San Francisco de Asís, que denunciaron, desde el seno de la Iglesia, y con su ejemplo, los fastos y boatos de la Curia romana, proponiendo por primera vez en la Historia de l Iglesia Católica ortodoxa, una vuelta a sus raíces evangélicas y a sus consejos de pobreza, castidad y obediencia. Aunque me gustaría seguir este relato, el propósito de este post es limitado, y quiero dejar el análisis historiográfico de la Historia de la Iglesia aquí. Solamente me limitaré a señalar, en relación con los objetivos que me preocupaba destacar, que a mi juicio no merece la misma condena -en el plano de la ética crítica raciona-, las prácticas sin duda bárbaras, desde nuestra perspectiva histórica, del siglo XI-, que la quema en la hoguera de Migel Servet por sus obras teológicas y profanas, escritas a lo largo del siglo XVI -como, por ejemplo, por sus trabajos sobre la circulación pulmonar, no pueden merecer, por la variación en la contextualización histórica a que antes me he referido, una valoración historiográfica análoga; ni siquiera en una monaraquía teocrática como la española de aquella época, pues el protentantismo, y con él, la dignificación del ser humana como criatura racional capaz de interpretar por sí mismo los textos sagrados que una buena parte de las doctrina protestantes trajeron -otras, lamentablemente, como la primera Iglesia calvinista, entre otras, siguieron el mismo esquema de opresión de la Iglesia Católica-, ya había irrumpido por fuerza; y, el pensamiento del humanismo cristiano y del Renacimiento, con importantes contribuciones españolas, como el pensamiento de Francisco de Vitoria, no permitían sin más hablar de una configuración social análoga a la de la Edad Media; ni siquiera en España. A partir de la lucha del poder eclesiástico por acapar más cotas de poder civil, de manera directa o indirecta, sobre todo en los Estados con monarquías teocráticos, puede detectarse un cisma no declarado, conservador y dominante por siglos en el pensamiento católico occidental, consistente en la condena del pensamiento resultante, algunos siglos más tarde, del desarrollo natural del pensamiento humanista y del racionalismo que habría llevado a la Ilustración, a la Modernidad, y a la pérdida del monopolio de la iglesia en la justificación filosófica del poder civil. La hostilidad de la Iglesia hacia todo lo bueno que trajo de la Revolución Francesa -lo que no supone por mi parte ninguna justificación de aquel sombrío período histórico conocido como “El Terror”-, con sus repetidas condenas hacia el pensamiento ilustrado y la modernidad, sólo pudo producir un desajuste con su mensaje evangélico originario, es decir, cuando las clases populares vieron en el ejemplo de los dirigentes eclesiásticos precisamente lo contrario del mensaje de Jesús. En un momento histórico en el que, como diría Hegel, la Iglesia no supo estar a la altura del “Espíritu de los tiempos”, el caldo de cultivo generado a raíz de las nuevas formas de producción y explicación, y la aparición de los movimientos socialistas y comunistas, obligaron a la Iglesia a tomar cartas en el asunto, en lo que puede considerarse como el primer “aggiornamento” de la Historia de la Iglesia: la publicación en este sentido de la Encíclica “De Rerum Novarum”, promulgada por el pontífice León XII, pese a su tibieza a la que ya me he referido en otros posts, se refiere por primera vez a la cuestión social de una manera totalmente nueva, pues la Iglesia era consciente en aquel momento de la gran cantidad de fieles que iban continuamente perdiendo con sus alistamiento en las filas de los nuevos movimientos y partidos socialistas, comunistas y anarquistas, muchos de ellos abiertamente anticlericales. Quisiera sin embargo detener aquí la película. Este breve repaso por algunas de las cuestiones más espinosas de la Historia de la Iglesia Católica ha tenido como objetivo fundamental contextualizar, al mismo tiempo que definir, el “aggiornamento”: éste no sería nada más -y nada menos- que la actitud, promovida por los dirigentes eclesiásticos y difundida por sus pastores, de que la Iglesia conecte con los verdaderos problemas de sus fieles y de la gente en el momento histórico contingente en el que a todos ellos les toca vivir, de acuerdo con las concecpiones socioantropológicas de la personas vigentes en cada momento histórico y con las sensibilidades respecto de cuestiones que, en tiempos anteriores, pudieron plantearse de otra manera, cuando no ni siquiera existían.

En el momento actual, es para mí indudable la necesidad de un aggiornamento de la Iglesia -no sólo de la Iglesia Católica-, tanto en el se como en el ut y en el quantum. En relación al se, es decir, a la oportunidad de dicho “aggiornamento”, a casi ningún lector avezado que viva, sobre todo en países que nosotros, desde nuestro todavía -por poco- opulento “Primer Mundo y medio” -como me ha gustado denominarlo en otras entradas”, podrá ocultarse la lejanía sobre la priorización de los asuntos que parecen interesar, por una parte, a la jerarquía eclesiástica inferior al Papa, y, por la otra, a los asuntos que realmente interesan a sus fieles, que demandan cada vez más la incorporación dentro de la moral católica oficial de la gravedad del compromiso que los países y los individuos más ricos tenemos para con los países más pobres. En este sentido, la gravísima responsabilidad moral que pesa sobre los cristianos, por encima de cualquier discurso económico o economicista, del Problema Norte-Sur, con sus diversas variantes, enquistado demasiado tiempo por la era de la política de bloques y por la centralización de todas las luchas de las fuerzas democristianas en la erradicación del comunismo, se muestra hoy con toda su crudeza. A pesar de las encomiables ayudas de organizaciones que, como Caritas, están dedicadas a la erradicación de la pobreza y a la dignificación de la persona, hace falta más: un cambio de actitud por parte de los máximos responsables de la Iglesia Católica que impulse a este compromiso con acciones prácticas, tanto a fieles como a seglares. Y por lo que se refiere al cómo, así como al cuánto de dicho aggiornamento, baste con volver nuestra mirada hacia  la opresión y a la necesidad de liberación del mundo entero. Son éstos aspectos que ya no pueden ser soslayados en el debate teológico, sobre todo en la teología moral. Y ya es hora que la Iglesia “haga moral” para los países pobres, y no mirándose el ombligo como ha hecho a lo largo de los siglos la Iglesia latina de Roma. No se trata de descuidar cuestiones tradicionales, pero ya está bien de que los obispos y presbíteros occidentales, con la excepción del obispo de Roma, parezcan hablar sólo para el Primer Mundo y de los males del Primer Mundo -para la Derecha, claro-, de aborto, eutanasia, sexualidad fuera del matrimonio canónico y de los males de la “posmodernidad” -puesto que los de la Modernidad y la Ilustración ya fueron condenados en su momento por los papas del siglo XIX, sin darse cuenta de que el pensamiento cristiano racionalista contribuyó, paradójicamente, como he intentado antes apuntar, a las ideas liberales e ilustradas y a los conceptos modernos y laicos de derechos humanos, dignidad humana y democracia, entre otros-. Y aquí donde también quisiera plantaer otros problemas relativos al quantum del aggiornamento. Fundamentalmente, los males que se denuncian en este terreno no difieren en lo sustancial de los que fueran condenados al condenar la Iglesia de los siglos XVIII y XIX la Modernidad en su conjunto, y que podrían resumirse en la condena de cualquier doctrina que pueda suponer un peligro remoto para una sociedad teocrática. Así, se insiste en la condena del olvido de Dios (del Dios de la ortodoxia católica, por supuesto), o en el peligro de surgimiento de nuevos movimientos religiosos tipo “New Age”, que han arrebatado a la Iglesia un sector no desdeñable de sus fieles progresistas. Sin perjuicio de mi opinión sobre estas tendencias -sobre la que adelanto ya su escasa consistencia filosófica, su contradicción y la crítica acertada de ser una mala copia de movimiento gnósticos que han existido en el pesamiento esotérico y ocultista desde el inicio de los tiempos-, la tendencia de muchos de los denominados “curas jóvenes” es una evangelización no basada precisamente en la predicación del Dios Amor del Nuevo Testamento, sino de un temor de Dios mal entendido. En esta línea, auguro un mal pronóstico a lo que percibo como la vuelta en la “nueva evangelización” a una insistencia sobre los novísimos, infundiendo temor a los fieles y hablando sobre nuevos “humos de Satanás”, cosa que sólo conseguirá amedrentar a las conciencias escrupulosas y quizá a las almas más delicadas, cuando no apartarlas completamente de la Iglesia o, en el mejor de los casos, de “la comunión plena con la Iglesia Católica”. Frente a este panorama, desgraciadamente tan ultraconocido en nuestro país como ultramontano, tenemos el discurso del primer papa no nacido ni formado en el Primer Mundo, ni al amparo de los tejemanajes de la Curia romana. Es un discurso tan crítico como esperanzador: el testimonio de incapacidad para criticar a los homosexuales; la tolerancia cero para con los sacerdotes que abusen de niños; la preocupación por la falta de futuro laboral de la juventud, incluida la del Primer Mundo y medio, que parece comenzar a tener problemas de moral social “de verdad”, es decir, de cohesión social; la puerta abierta para el celibato de los sacerdotes… A estas cuestiones deberían seguir otras, como la insistencia y el desarrollo de la opción preferencial de la Iglesia por los pobres, proclamada en varios Documentos del Vaticano II que los pontificados de Pablo VI se encargaron poco a poco de remitir a un segundo plano, cuano no abiertamente de silenciar; la  libertad de crítica e intepretación de los fieles de los textos sagrados -sin perjuicio del valioso aporte de toda la tradición cristiana, y no sólo de la tradición católica anatemizadora-; el control de la manipulación y de la injerencia desproporcionada -a veces sectaria- en la vida privada de los fieles pertenecientes a los movimientos o a ciertas comunidades parroquiales “exclusivas” y excluyentes, que, por mi experiencia, parecen organizarse como sociedades cuasi totales, respetando y haciendo respetar el derecho constitucional a la libertad de conciencia -a través, por ejemplo, de la clásica potestad primaria de régimen del Papa sobre todas las parroquias y comunidades católicas del mundo, de acuerdo con el Código de Derecho Canónico vigente-; el perdón por el uso y el abuso del poder civil por parte de la Iglesia a lo largo de su Historia y de las atrocidades cometidas en nombre del Dios del Amor, de Jesús que murió en la Cruz -léase aquí Inquisición, guerras de religión y, más modernamente, el apoyo abierto a sistemas dictatoriales “de derechas” en varios países del mundo, actuando como una potencia estratégica civil más y desviándose de su misión evangélica-; la condena de todas las formas de gobierno no democráticas y de todas las dictaduras del mundo, ya se proclamen éstas “de izquierdas” o “de derechas” y la remoción de los obstáculos que impidan la efectividad de la -en su momento, aceptada a regañadientes, con la excepción de la magnífica encíclica “Pacem in Terris” de San Juan XXIII- Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU y de la misma libertad religiosa, aceptada por el Concilio Vaticano II. También sería deseable una actitud clara a favor de la abolición de la pena de muerte y del resto de las penas ihumanas y degradantes; la asunción por parte de la Iglesia de un discurso antibelicista, así como el final de la exaltación de los discursos patrióticos más rancios, dejando esta última cuestión a las conciencias de los fieles. Menos probables son la asunción de otras cuestiones, que sin embargo espero que acaben imponiéndose por la fuerza de la razón y de la sensatez: la admisión del sacerdocio femenino y la dignificación de verdad de la mujer en el seno de la Iglesia; la revisión del Derecho canónico y la derogación de la mayoría de los delitos caónicos (sobre todo las censuras, entre las que se encuentran las excomuniones) para los fieles seglares, de manera similiar a lo que ocurre con el Derecho penal militar de los países democráticos, no aplicable a civiles salvo en caso de guerra o salvo que se atente contra graves intereses similares; por ello, de manera similar, los delitos canónicos no deberían ser aplicados a seglares salvo que éstos atentasen contra intereses de la Iglesia; esta profunda revisión de la “parte penal” del CDC  de 1983 -que, por cierto, ya realizó un importante barrido y simplificación, tanto del número como de las clases de delitos canónicos previstos por el CDC de 1917), podría comenzar, por ejemplo, por la derogación de la excomunión “latae sententiae” en general -sencillamente por afectar a la seguridad jurídica, uno de los logros del Derecho penal liberal en el orden civil; en este sentido, a mi juicio, la sin duda positiva previsión de la facultad del confesor para remitir en confesión, por la dureza frente al delincuente, en el foro interno de la conciencia, una excomunión latae sententiae que no haya sido declarada, prevista en el canon 1357 CDC, me sigue pareciendo insuficiente, pues la inseguridad jurídica de haber o no incurrido en tal censura permanece, y el fiel se ve privado del acceso a la gracia proporcionada por otros Sacramentos, en concreto, por la Eucaristía-. También -en la medida en la que ello no sea interpretado como una justificación del error, la Iglesia del siglo XXI debería tomar conciencia de la madurez de sus fieles y de su propia madurez, y, en una línea más respetuosa con el derecho a la libertad de conciencia, así como en consideración al interés en favorecer el debate teológico incluso de las cuestiones más espinosas, sin perjuicio de los dogmas declarados, debería considerar la total eliminación de los delitos canónicos de herejía, apostasía y cisma. Varias razones, en parte ya aducidas, están a favor de esta tesis: en primer lugar, el respeto a la madurez de los fieles en materia de conciencia. La Iglesia ya no debería tener miedo del cuestionamiento de las verdades reveladas. Todo lo que a este respecto puediera contravenir los dogmas de la Iglesia Católica debería poder resolverse en el fuero del Sacramento de la Reconciliación. Comoquiera que las fronteras entre los dogmas y las demás verdades que la Iglesia manda creer son, tanto para el teólogo como para el profano en esta ciencia, cada vez más difusas -en realidad, siempre lo han sido-, la construcción jurídica desarrollada por parte del Tribunal de Derechos Humanos, por ejemplo, en torno al “efecto desaliento” en relación con la libertad de expresión, que consiste básicamente en el efecto de retraimiento de esta libertad en un ámbito lícito por miedo a superar los límites legítimos de la libertdad de expresión, sugirió acertadamente en la jurisprudencia de dicho Tribunal que los Estados no debieran imponer penas severas en los casos en los que, conforme a sus ordenamientos internos, sus ciudadanos pudieran cometer delitos de injurias, calumnias, desacatos u otros que tienen que ver con el abuso del derecho fundamental a la libertad de expresión. Llevado este razonamiento al plano del Derecho penal canónico -así como, por cierto, también debería ser para el Derecho penal militar)-, considero que a mi juicio, en los casos en los que las conductas de herejía, apostasía o cisma -especialmente si se trata de fieles seglares-, fueran realizadas de manera pública, previo apercibimiento de la autoridad eclesiástica competente, y fuera razonable prever una amenaza para la integridad de las verdades dogmáticas que conforman el Tesoro de la Iglesia, bastaría con una pena “ferendae saententia” -de tipo que se quisiera, pero mejor aún si fuese medicinal-, que no privara de la comunión scaramental.  También sería deseable la eliminación de esta censura en el delito de aborto (vid. canon 1398 CDC), dejando al confesor la posibilidad de absolver normalmente de estos pecados; la recuperación del discurso ecuménico comenzado por el Concilio Vaticano II y la progresiva comunión con el resto de las confesiones cristianas, lo que podría pasar por gestos de por parte del Papa de apertura en orden a una dotar de una mayor autoridad y poder a los concilios y a los sínodos eclesiales, e incluso a través de la promoción de convocatorias ecuménicas de los obispos, pastores y patriarcas del resto de las confesiones cristianas del mundo que no están en plena comunión con la Iglesia Católica para tratar asuntos que creo que nos sostienen a todos los cristinaos, cuando a no a todos los hombres y mujeres de la tierra.

Y dejo para el final algunas de las cuestiones más espinosas, por cierto, no en el plano de su relevancia mediática, de la que prácticamente nadie se ocupa, sino en el plano estrictamente teológico: la revisión interpretativa de algunos dogmas clásicos de Teología fundamental y moral relativos sobre todo al “Problema del Mal”, la libertad humana y el concepto de infierno, sobre la base de la concepción de un Dios que es Padre, Hijo y Espíritu infinitamente Amoroso y Misericordioso; una concepción equivocada, preonciliar o directamente “medievalista” que es posible apreciar en el discurso y en las homilías de sacerdotes del Primer Mundo en cuanto a los graves interrogantes que plantean los llamados “novísimos”, pueden llevar a las conciencias más escrupulosas o timoratas a un alejamiento gradual de la práctica de su vida cristiana, que puede ir desde la adopción de un práctica solamente servil o “de rito”, con el consiguiente sufrimiento de estas almas, hasta el caso más extremo de apostasía fáctica pero, sobre todo, de desesperación de la salvación; la consideración de la relevancia moral del ejercicio de la sexualidad en su justa medida, es decir, en un nivel de relevancia muy menor del que ocupa actualmente, y atribuyéndole mayor importancia solamente en los casos de instrumentalización o prostitución de la persona o de conductas sexuales no consentidas o realizadas con personas incapaces de consentir válidamente, así la adopción de una actitud clara para erradir el final de todas las dobles morales -mucho se está haciendo, y es de alabar, en relación con la ya declarada por el Papa “tolerancia cero” frente a los abusos a menores-, y, en esta línea, sobre todo en materia de moral sexual y conyugal; o la enajenación de buena parte del patrimonio de la Iglesia que no revista un valor histórico o artístico para aliviar el hambre en el mundo.

Sea como fuere, a día de hoy, por primera vez se dicen cosas, por parte de la máxima autoridad de la Iglesia Católica que, si bien no contradicen ningún dogma, sí revelan una actitud antidogmática en el mejor sentido del término, no basada en una concepción imperativista del principio de autoridad ni de la imposición de la potestad de las llaves, sino en la autenticidad cristiana, en un intento casi desesperado por volver la mirada al auténtico Jesús de Nazaret. Aquél que, desde siempre se ha predicado que pasó por el mundo haciendo el bien, curando a los oprimidos por el mal, dando pan a los hambrientos, sanando enfermedades y dando a todos, especialmente a los pobres y a los más desfavorecidos, la esperanza de una vida auténtica, verdadera, digna, cuya plenitud se alcanzará con la instauración del Reino de los Cielos.

Que el Espíritu Santo, hoy, Solemnidad de Pentecostés de ocho de junio de dos mil catorce, ilumine al Santo Padre y haga prosperar sus intenciones, con las esperanza de construir un mundo basado más auténticamente en el Santo Evangelio.

 

Creative Commons License¿Qué es o qué debería ser hoy el “aggiornamento”? De nuevo sobre la posición de la Iglesia en torno a las desigualdades sociales, las injusticas del mundo y los nuevos debates abiertos en y fuera de la Iglesia by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License.
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¿Qué es el “aggiornamento”? De nuevo sobre la posición de la Iglesia Católica frente a las desigualdades sociales y a los auténticos desafíos del siglo XXI.

mayo 30, 2014 § Deja un comentario


Aviso a mis lectores: Este post ha sido retomado y reescrito para ampliar algunas de las ideas allí contenidas, así como para ofrecer al lector, de una manera amena, las claves históricas, teológicas y jurídico-canónicas que quizá faltaron en el texto original -si bien mi intención fue introducir algunos matices en este sentido. Nuevamente, la denuncia de las exigencias sensacionalistas del periodismo ortodoxo, centrado, en el mejor de los casos, en dar la noticia, cuando no en dar opinión sin suficiente base argumentativa sobre fenómenos siempre a corto plazo, me han movido, junto a mi interés paralelo de escribir algo más serio al respecto, a reformular esta entrada en un texto algo más largo, que espero que contribuya a esclarecer muchas cuestiones más que a oscurecerlas, así como a fijar más nítidamente mi posición en algunos aspectos, incluso espinosos, del debate mediático que recientemente ha sido abierto por los medios en torno al “aperturismo” del Papa Francisco. Como investigador, los buenos profesores y directores de investigación -pocos-, siempre me enseñaron a ir a las fuentes, sin por ello tener que renunciar a un estilo periodístico, divulgativo, claro y sencillo, y del que mucho podría aprender la vetusta Academia europea continental -disfrazada de modernismo tecnocrático-. Pero esto, queridos lectores, no es un post sobre la Academia, el cual llegará, D. m., más pronto que tarde.

Os dejo el enlace directo del nuevo artículo: http://pabloguerez.com/2014/06/09/feliz-pentecostes-culminacion-del-tiempo-pascual-dios-nos-ha-dejado-solos-su-espiritu-habita-en-nuestros-corazones/

LO QUE HA DICHO…

mayo 27, 2014 § Deja un comentario


LO QUE HA DICHO EL PAPA SOBRE EL PARO JUVENIL EN ESPAÑA

 

“El paro juvenil en España es del 50%, y en Andalucía del 60% (…) Se trata de un sistema económico inhumano”.

Ante estas palabras del Santo Padre, poco puedo añadir. Este sistema capitalista es un sistema injusto en su raíz, y, además, inhumano. Ambas cosas han sido afirmadas en varias ocasiones por el Pontífice. Que los empresarios y “emprendedores” de nuestro país tomen buena nota de ello, especialmente los que se jactan de “personas de bien” y de “buenas cristianos”. El obrero, dice la Escritura, merece su salario. Más allá de esto, es constatable que la doble moral sigue vigente en España -o en las dos Españas-, y no será difícil que el Papa sea criticado -cuando no sea objeto de cosas peores- si se desvía un ápice del discurso tan rancio como ambiguo al que nos ha venido acostumbrando la COPE y los “curas jóvenes” entusiastas y pagados de sí mismos disfrazados de corderos progresistas.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

@pabloguerez

 

¿LA EUROPA FORTALEZA MERECE EL CALIFICATIVO DE CRISTIANA, O SIQUIERA DE HUMANA?

febrero 22, 2014 § 6 comentarios


¡VERGÜENZA! ¿LA EUROPA FORTALEZA MERECE EL CALIFICATIVO DE CRISTIANA, O SIQUIERA DE HUMANA?

Breve entrada sobre cómo estamos perdiendo a marchas forzadas nuestra común tradición histórica humanista 

“No defraudarás el derecho del emigrante y del huérfano ni tomarás en prenda las ropas de la viuda; recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que de allí te rescató el Señor, tu Dios”; por eso yo te mando hoy cumplir esto. Cuando siegues la mies de tu campo y olvides en el suelo una gavilla, no vuelvas a recogerla; déjasela al emigrante, al huérfano y a la viuda, y así bendecirá el Señor todas tus tareas. Cuando varees tu olivar, no repases las ramas; déjaselas al emigrante, al huérfano y a la viuda. Cuando vendimies tu viña, no rebusques los racimos; déjaselos al emigrante, al huérfano y a la viuda. Acuérdate de que fuiste esclavo en Egipto. Por eso yo te mando hoy cumplir esto” (Dt 24, 17-22, ca. 1205 a. C.)

“(…) Oráculo del Señor. (…) Éste es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán todas tus heridas, anti ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor (shekhinah YHVH)” (Is 58, 3-8, ca. 800 años a. C.)

“Homo sum: humani nihil a me alienum puto” (Terencio, Heauton Timoroumenos, 165 a.C.)

“Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me hospedasteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a verme”. Entonces los justos le responderán, diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos? ¿o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te hospedamos? ¿o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y respondiendo el Rey, les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Entonces dirá también a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles: Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; Fui forastero, y no me hospedasteis; estuve desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis”. Entonces también ellos le responderán, diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?” Entonces les responderá, diciendo: “En verdad os digo que lo que no hicisteis con uno de éstos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo. Y éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna” (Mt 25, 37-46, ca. 60-85 d. C.)

“El Derecho de Gentes no sólo tiene fuerza por el pacto y convenio de los hombres, sino que tiene verdadera fuerza de ley” (Francisco de Vitoria, De potestate civili, 1528)

“(…) Uom di povero stato e membra inferme/Che sia dell’alma generoso ed alto,/Non chiama se nè stima/Ricco d’or nè gagliardo,/E di splendida vita o di valente/Persona infra la gente/Non fa risibil mostra;/Ma se di forza e di tesor mendico/Lascia parer senza vergogna, e noma/Parlando, apertamente, e di sue cose/Fa stima al vero uguale./  Magnanimo animale./Non credo io già, ma stolto,/Quel che nato a perir, nutrito in pene,/Dice, a goder son fatto,/E di fetido orgoglio/Empie le carte, eccelsi fati e nove/Felicità, quali il ciel tutto ignora,/Non pur quest’orbe, promettendo in terra/A popoli che un’onda/Di mar commosso, un fiato/D’aura maligna, un sotterraneo crollo/Distrugge sì, che avanza/A gran pena di lor la rimembranza./Nobil natura è quella/Che a sollevar s’ardisce/Gli occhi mortali incontra/Al comun fato, e che con franca lingua,/Nulla al ver detraendo,/Confessa il mal che ci fu dato in sorte,/E il basso stato e frale;/Quella che grande e forte/Mostra se nel soffrir, nè gli odii e l’ire/Fraterne, ancor più gravi/D’ogni altro danno, accresce/Alle miserie sue, l’uomo incolpando/Del suo dolor, ma dà la colpa a quella/Che veramente è rea, che de’ mortali/Madre è di parto e di voler matrigna./Costei chiama inimica; e incontro a questa/Congiunta esser pensando,/Siccome è il vero, ed ordinata in pria/L’umana compagnia,/Tutti fra se confederati estima/Gli uomini, e tutti abbraccia/Con vero amor, porgendo/Valida e pronta ed aspettando aita/Negli alterni perigli e nelle angosce/Della guerra comune. Ed alle offese/Dell’uomo armar la destra, e laccio porre/Al vicino ed inciampo,/Stolto crede così, qual fora in campo/Cinto d’oste contraria, in sul più vivo/Incalzar degli assalti,/Gl’inimici obbliando, acerbe gare/Imprender con gli amici,/E sparger fuga e fulminar col brando/Infra i propri guerrieri./Così fatti pensieri/Quando fien, come fur, palesi al volgo,/E quell’orror che primo/Contra l’empia natura/Strinse i mortali in social catena,/Fia ricondotto in parte/Da verace saper, l’onesto e il retto/Conversar cittadino,/E giustizia e pietade, altra radice/Avranno allor che non superbe fole,/Ove fondata probità del volgo/Così star suole in piede/Quale star può quel ch’ha in error la sede”. (Giacomo Leopardi, Canti, La ginestra o il fiore del deserto, 1836)

“Si les terribles moyens de destruction dont les peuples disposent actuellement, paraissent devoir, à l’ avenir, abréger la durée des guerres, il semble que les batailles n’ en seront, en revancha, que plus meurtrières; et dans ce siècle où i’ imprévu joue un si grand ròle, des guerres ne peuvent-elles pas surgir, d’ un côté ou d’ un autre, de la manière la plus soudaine et la plus inattendue? – N’ y a-t-il pas dams ces considérations seules, des raisons plus que suffisantes pour ne pas se laisser prendre au déporvu?” (J. Henry Dunant, Geneve, Un souvenir de Solferino, 1863, pp. 169-168).

Considerando que la libertad, la justicia y la paz en el mundo tienen por base el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana;

Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias;

Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de Derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso de la rebelión contra la tiranía y la opresión;

Considerando también esencial promover el desarrollo de relaciones amistosas entre las naciones;

Considerando que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona humana y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres, y se han declarado resueltos a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad;

Considerando que los Estados Miembros se han comprometido a asegurar, en cooperación con la Organización de las Naciones Unidas, el respeto universal y efectivo a los derechos y libertades fundamentales del hombre, y

Considerando que una concepción común de estos derechos y libertades es de la mayor importancia para el pleno cumplimiento de dicho compromiso;

LA ASAMBLEA GENERAL proclama la presente DECLARACIÓN UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los de los territorios colocados bajo su jurisdicción: (…) Art. 13. 1. Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado. 2. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país.

 

“Vergogna!” Con estas claras y contundentes palabras pronunciadas por el papa Francisco en noviembre del año pasado, referidas al naufragio de una patera llena de inmigrantes subsaharianos, muchos de ellos mujeres y niños, a pocas millas de la costa de la isla de Lampedusa (Italia) se habría en la opinión pública, a partir de las declaraciones de una de las máximas autoridades morales, religiosas y políticas de nuestro tiempo, un debate sobre el papel de la Unión Europea en las catástrofes humanitarias, y sobre su posible complicidad omisiva en múltiples asuntos. En estos horribles tiempos de crisis, decía el Papa, debemos ser especialmente atentos, compasivos y misericordiosos con nuestro prójimo, tal y como quiso nuestro Señor Jesucristo. Unos pocos meses después de aquel incidente, mi mirada se dirige a los responsables políticos, económicos y burocráticos de una Unión Europea demasiado centrada en lo económico y culpable, al menos por ceguera deliberada, podríamos decir, ante algunos acontecimientos recientes que no pueden ser silenciados.

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Como dice repetidamente el papa Francisco, “soltanto l’ Amore può salvarci”. En y desde un mundo, nuestro mundo, el mundo acomodado que poco a poco va empobreciéndose moral y económicamente, un mundo en el que se niega la condición de persona a los inmigrantes y se les deja naufragar para que evitar que consigan arribar a las costas de nuestra decadente Unión Europea, ya conocida por muchos autores como “La Europa Fortaleza”, y, una vez en nuestro “civilizado territorio”, para evitarnos el “mal trago” de tener que adoptar medidas de las que en el fondo, por nuestra tradición jurídico-política, moral y religiosa, de la que no es posible dar cuenta aquí, a pesar del humilde intento reflejado en las citas reportadas arriba, nos avergonzamos. Nos encontramos ante una Unión Europea y ante un país como el nuestro que permiten que se les dispare a los inmigrantes, refugiados y asilados -muchos de ellos ciudadanos de mi querido pueblo sirio, los cuales, ante la brutal guerra civil desatada en su país, huyen de una muerte segura-, simplemente por el delito de traspasar las fronteras exteriores de la UE con el propósito de buscar una vida mejor para ellos y para sus familias o, simplemente, con el de conservar la suya; una Unión Europea, con líderes a su cabeza como Barroso, que permite que en uno de los países candidatos a la anexión se esté desarrollando simple y llanamente otra guerra civil.

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La Unión Europea perdió su credibilidad hace mucho tiempo. Comenzó a perderla cuando decidió prefijarse objetivos más allá de lo económico, mientras en los Tratados y en el Derecho derivado hacía otras cosas; fundamentalmente, a partir de la aprobación del Tratado de la Unión Europea (más conocido como Tratado de Maastricht, de 7 de febrero de 1992), que entró en vigor para la mayoría de los Estados miembros de entonces el 1 de enero de 1993, comenzando un sistema diabólico de transferencia de competencias políticas a un entramado de instituciones técnica, llamado Sistema Europeo de Bancos Centrales, sin sujeción a ningún control, legibus solutus, propio más bien de las instituciones de Estados autoritarios y dictatoriales, propio de un “nuevo Antiguo Régimen”, y regido por el dios Mercado. Dicha transferencia de competencias se completó en enero de 2002 con la introducción del euro como moneda física de curso legal. Pero a diferencia de cualquier otro país del mundo -al menos que yo conozca-, el euro no tiene control político.

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Los débiles criterios, directrices o recomendaciones -por cierto, siempre de carácter neoliberal- que, muy de vez en cuando, dirige a la institución financiera el Consejo Europeo -en teoría, pero también según los Tratados, la máxima institución de la Unión Europea-, tienen para el Banco, por cierto, la institución “autónoma” público-privada notoria más poderosa de Europa, precisamente por esto mismo, la misma fuerza normativa real que pueden tener los consejos que un amiguete pobre puede dar a uno rico en una noche de juerga. Así las cosas, la Unión Europea ha tratado de extender cada vez más su normativa hacia lo no estrictamente económico, desarrollando un acervo exacerbado (y perdón por el juego de palabras) de normas de vario rango y diversa fuerza vinculante, relativas a prácticamente todo lo regulable: a la protección del medio ambiente, a los derechos laborales y sociales, a los derechos de los consumidores, a la sostenibilidad, a las llamadas “acciones positivas” en favor de la mujer, y hasta relativas al Derecho penal, llegando a hablarse incluso de un “Derecho penal federal europeo” (Tiedemann, 2002, 2005; Bajo Fernández, 2006; Gómez-Jara Díez, 2006, 2009, 2011, 2013). Pero.. ¿en qué términos se regulan estas cuestiones? A todas luces ha habido, incluso desde antes de que empezara oficialmente “la crisis” -en los Estados Unidos-, un retroceso en los llamados por los constitucionalistas derechos de segunda (derechos sociales y laborales) y tercera generación (derechos medioambientales, derechos de los consumidores frente a las corporaciones, derechos relativos al ámbito de las nuevas aplicaciones de la Biomedicina y de la Bioética, etc., etc.); ahora se está intentando el ataque a los “derechos de primera generación”, que no son otros, en su mayoría, que los derechos fundamentales y las libertades públicas reconocidos, por ejemplo, por la Constitución Española de 1978 en sus artículos 14 a 29: y no me refiero ya a algunos derechos sociales muy básicos, como el derecho a la educación, reconocido en el artículo 27 de la Constitución, sino derechos clásicos de los llamados típicamente “burgueses”, como el derecho a la seguridad personal previsto en el artículo 17 de la Constitución (amenazado, si bien en pequeña medida y sobre todo de manera indirecta, por el anteproyecto de nueva Ley de Seguridad Ciudadana, pero sobre todo de hecho, por parte de la actuación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, como se han ocupado de mostrar los acontecimientos ocurridos en Ceuta, acontecimientos que exigen un mayor esclarecimiento, más allá de la farsa parlamentaria que constituyó la comparecencia del Presidente del Gobierno ante el Senado el pasado martes 18 de febrero, en orden la depuración de las responsabilidades políticas, y aun penales, si las hubiere); entre otros derechos de primera generación conculcados, esta vez no en nombre de la seguridad, sino simplemente por el interés del Estado de recuperar el dinero presuntamente sustraído por nuestros representantes políticos, ha sido el derecho a la tutela judicial efectiva, reconocido en el artículo 24 de la Constitución, recortado por el famoso decreto promovido por el ministro Gallardón, de tasas judiciales.

En cuanto a la situación de los inmigrantes, ya he anticipado algunas de mis opiniones. Mi reprobación es especialmente dura hacia los máximos responsables de los hechos de Ceuta y de la política en materia de control férreo de nuestras fronteras exteriores, y apunta hacia el ministro del Interior y el Presidente del Gobierno, máximo responsable, presuntamente incluso penal, de acuerdo con las reglas de imputación desarrolladas por estos casos por el Derecho penal, en relación con el Derecho internacional humanitario y el Derecho Penal Internacional, del principio respondeat superior (vid. recientemente, por todos Garrocho, T.D. depositada en la Universidad Carlos III, Madrid, 2014, inédita). Esta deriva histórica en el Derecho comunitario tuvo un hito fundamental en el año 2008, con la aprobación, a nivel europeo y, posteriormente, a nivel nacional, con los correspondientes cambios legislativos y reglamentarios en materia de extranjería, de la famosa “Directiva de la vergüenza”, la directiva del retorno 2008/115/CE, aprobada por los dos grupos parlamentarios mayoritarios en el Parlamento Europeo, el Grupo Parlamentario de los Populares Europeos -al que pertenece el PP-, y el Grupo Parlamentario Socialista -al que pertenece el PSOE-, si bien con alguna notable oposición de algunos miembros del PSOE, entre otros, el señor Borrell-, y por la mayoría cualificada del Consejo de la Unión. Esta directiva vino a endurecer los requisitos para la concesión de visados de todo tipo, así como a restringir sustancialmente los derechos de los inmigrantes -permitiendo, por ejemplo, el internamiento de los extranjeros a la espera de expulsión en centros de internamiento de extranjeros hasta sesenta días-, y aun de los solicitantes de asilo, en contra de los compromisos asumidos internacionalmente en esta materia por varios Estados miembros en el ámbito de las Naciones Unidas. Sin embargo, y pese al escándalo que entonces supuso la aprobación de la la normativa, todavía nos hallábamos muy lejos de la situación actual “a la americana”, basada en el lema first shoot, ask later, presuntamente aplicado, por acción o omisión con responsabilidad equivalente -en Derecho penal solemos decir, en comisión por omisión-, por los actuales ministro del Interior, y por el actual Presidente del Gobierno, el señor Mariano Rajoy, ante lo que a mi juicio constituyen homicidios presuntamente cometidos en Ceuta o en tierra marroquí por representantes del poder público español, y ante la violencia represiva estatal desatada en la verja de Melilla. Mientras, el señor Barroso y su panda de pseudotecnócratas corruptos y con sus bolsillos llenos de billetes de 50o euros, más lo que presuntamente puedan tener en paraísos fiscales -algunos de los cuales, por cierto, permitidos por la propia Unión Europea, como Gibraltar y otros-, miran para otro lado. Dios quiera que la Iglesia Católica, a cuya cabeza está ahora uno de los papas más auténticos, en el sentido evangélico, de los últimos siglos, pueda ser una “conciencia moral” para Europa más efectiva que la que representara en su momento, a principios del siglo pasado, la voz de su predecesor Benedicto XV, quien, a pesar de sus notables intervenciones comprobadas, no pudo evitar lo que él, en sus propias palabras, denominó “el suicidio de Europa”: la primera de las dos grandes guerras mundiales, las cuales, sólo en el siglo pasado causaron conjuntamente más de sesenta millones de muertos. 

 

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¿En verdad Dios se compadece del hambre de los hombres? Mientras tanto, hagámoslo nosotros: Nada de lo humano me es ajeno.

febrero 15, 2014 § Deja un comentario


ADVERTENCIA: ALGUNAS IMÁGENES, ASÍ COMO ALGUNAS OPINIONES, PUEDEN HERIR LA SENSIBILIDAD DEL LECTOR.

 “Humani nihil a me alienum puto” (Terencio)

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“Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial” (Mt 18, 10)

“Me muero de tristeza; quedaos aquí y velad conmigo” (Tomado de la Oración de Jesús en Getsemaní, Mt 26, 38, in fine)

“Tesis”

Día litúrgico: Sábado V del tiempo ordinario (15 de febrero de 2014)

Texto del Evangelio de hoy (Mc 8,1-10): En aquel tiempo, habiendo de nuevo mucha gente con Jesús y no teniendo qué comer, Él llama a sus discípulos y les dice: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos». Sus discípulos le respondieron: «¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?». Él les preguntaba: «¿Cuántos panes tenéis?». Ellos le respondieron: «Siete». Entonces Él mandó a la gente acomodarse sobre la tierra y, tomando los siete panes y dando gracias, los partió e iba dándolos a sus discípulos para que los sirvieran, y ellos los sirvieron a la gente. Tenían también unos pocos pececillos. Y, pronunciando la bendición sobre ellos, mandó que también los sirvieran. Comieron y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes siete espuertas. Fueron unos cuatro mil; y Jesús los despidió. Subió a continuación a la barca con sus discípulos y se fue a la región de Dalmanuta.

 

“Antítesis”

Un día yo pregunté: Abuelo, dónde está Dios. Mi abuelo se puso triste, y nada me respondió. Mi abuelo murió en los campos, sin rezo ni confesión. Y lo enterraron los indios, flauta de caña y tambor. Al tiempo yo pregunté: ¿Padre, qué sabes de Dios? Mi padre se puso serio y nada me respondió. Mi padre murió en la mina sin doctor ni protección. ¡Color de sangre minera tiene el oro del patrón! Mi hermano vive en los montes y no conoce una flor. Sudor, malaria, serpientes, la vida del leñador. Y que nadie le pregunte si sabe dónde está Dios. Por su casa no ha pasado tan importante señor. Yo canto par los caminos, y cuando estoy en prisión oigo las voces del pueblo que canto mejor que yo. Hay un asunto en la tierra más importante que Dios. Y es que nadie escupa sangre pa que otro viva mejor. ¿Que Dios vela por los pobres? Tal vez sí, y tal vez no. Pero es seguro que almuerza en la mesa del patrón (Atahualpa Yupanqui, Preguntitas sobre Dios)

 

¿Síntesis?

“Si algo puedes, ten compasión de nosotros y ayúdanos. Jesús replicó: “¿Si puedo? Todo es posible al que tiene fe”. Entonces, el padre del muchacho se puso a gritar: Creo, pero ayuda mi falta de fe” (tomado del Evangelio de Marcos 9, 22 in fine a 24). 

¿DIOS SE COMPADECE DEL HAMBRE DE LOS HOMBRES?

¿Y NOSOTROS?

Son preguntas que me dirijo a mí mismo, para después dirigirlas a todos mis lectores, cristianos, de otras religiones, agnósticos, ateos o anticristianos, en esta aciaga mañana de sábado lluvioso en Madrid, después de haber leído el Evangelio de hoy.

El hambre en el mundo, o la pobreza, la falta de alimentos, de medicinas, de vestido, de cobijo, de aquello que hemos de compartir con nuestro prójimo, ha llegado, desde hace mucho, al Primer Mundo. Desde dentro y desde fuera. Cada vez son más los pobres que acuden a pedir lo que les es negado incluso en las iglesias; gente que, hace unos años, a lo mejor pertenecía a la clase media; ¿pero qué decir de la pobreza que viene de fuera, que está empujando con una fuerza casi sobrehumana las fronteras de nuestra “Europa fortaleza”? Sobre ello quiero escribir un post independiente, pues considero que la cuestión lo merece. Será breve, pero suficiente y contundente. Lo que quiero plantear con esta entrada es una cuestión de alcance mucho mayor, que tiene que ver con la propia intervención divina y con nuestra responsabilidad como hombres y hermanos en el Señor. Se trata de la pregunta clásica ante estas catástrofes humanitarias… ¿Dónde está Dios? Parecería, para el incrédulo, pero también para el creyente que duda -como no puede ser de otra manera, pues todos tenemos dudas-, que, como dice la canción de Atahualpa Yupanqui en un famoso poema “por aquí no se ha pasado tan importante señor”. ¿Cómo no pensar, con todo lo que ocurre en el mundo, que Dios nos ha abandonado? ¿Que ha abandonado la Creación de sus manos, utilizando el lenguaje de los Salmos? Si el propio Jesucristo, Él mismo verdadero Dios y verdadero hombre, gritó en el máximo momento de su agonía, recitando el Salmo 22, que comienza diciendo: “¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado? A pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza”. Y en Mateo 27, 45-46, leemos: “Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron las tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente Elí, Elí, lemá sabaqtaní (es decir, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”).

Y nosotros, ¿qué hacemos frente a la miseria y a la injusticia del mundo? Frente a todas las catástrofes humanitarias que vemos pasar, como si no nos importara, como si a nadie le importaran, cada día en los telediarios durante unos breves minutos, los responsables del poder civil y de las máximas instancias internacionales, incluida la ONU, sin autoridad moral alguna ante su pasividad cómplice en los conflictos bélicos y en los mayores problemas de la Humanidad, como el representado ahora por el caso de Siria, miran para otro lado y, en lugar de cooperar con la Iglesia, ponen el acento en algunos casos aislados presuntamente encubiertos por la Santa Sede, que, de ser ciertos, son ciertamente condenables, como los abusos a niños presuntamente cometidos por algunos sacerdotes o religiosos. Hay pocos actos humanos que me repugnen más que éstos. El propio Jesús pronuncia frente a los que los cometen palabras durísimas: “Al que escandalizara a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar. ¡Hay del mundo por los escándalos! Es inevitable que sucedan escándalos, ¡pero ay del hombre por el que viene el escándalo!” (Mt 18, 6-7). Pero la Santa Sede, sobre todo durante el pontificado de Benedicto XVI -y estoy seguro de que el papa Francisco seguirá en la misma línea, si no la superará-, dejó suficientemente claro su compromiso de luchar contra tales actos tan reprobables, de cuya autoría, por cierto, no tienen “la exclusiva” los curas. Y aunque el Derecho canónico pueda parecerme -y en mi opinión lo es- manifiestamente mejorable para luchar contra estos casos, es el Derecho soberano de Ia Iglesia, si nos creemos realmente lo que dice el Derecho internacional: que pregunten las Naciones Unidas cómo luchan contra los abusos sexuales de todo tipo países, por ejemplo, como Arabia Saudí o los Emiratos Árabes Unidos. O cómo luchan los países que se autodenominan “civilizados” contra la trata de mujeres y de niños orquestada a nivel internacional, de proporciones incalculables y verdadera lacra de nuestra Humanidad, a pesar de los numerosos convenios suscritos por casi todos los Estados miembros de Naciones Unidas. El mayor mercado de consumo de trata, prostitución forzada de mujeres y niños, y pornografía infantil, está en el llamado Primer Mundo. Así que de nuevo la autoridad moral de Naciones Unidas se encuentra atrapada -en el mejor de los casos- en su propia viga en el ojo. El poder civil, estatal o supranacional que sea, suponiendo que conserve algo del poder que históricamente tuvo -salvo casos aislados, como el Gobierno federal de lo Estados Unidos o el Gobierno dictatorial chino-, frente al tan denostado poder eclesiástico, que en muchas ocasiones históricas contribuyó, a pesar de sus indudables errores -por cierto, errores que no fueron privativos de la Iglesia -y no quiero entrar en el tema de la Inquisición, pues la Inquisición civil existió, y los tormentos infligidos por las autoridades civiles a los, entonces sí, presuntos delincuentes, se perpertuaron con carácter general, en los países occidentales, hasta bien entrado el siglo XVIII-, con sus ideas de compasión, clemencia y misericordia, a mitigar al primero, ya no tiene ninguna legitimidad, ni de origen ni de ejercicio. Es una farsa. Por lo que, las recientes declaraciones de responsables de Naciones Unidas atacando a la Santa Sede, entidad con personalidad internacional soberana, y a su Derecho canónico, pecan a mi juicio -y soy consciente de lo polémica de esta opinión-, de falta de sentido de la oportunidad y falta de miras, precisamente en un momento en el que la Iglesia Católica está viviendo una nueva “primavera”, y de apertura a los problemas reales del hombre en el mundo, que no se veía desde la apertura del Concilio Vaticano II por parte de Juan XXIII, como declaraba hace poco en su último libro Leonardo Boff (Francisco de Roma y Francisco de Asís: ¿una nueva primavera en la Iglesia, Ed. Trotta, Madrid, 2013), uno de los teólogos de la liberación que el “stablishment” vaticano de los años inmediatamente anteriores a la caída del Muro de Berlín -dominado, sobre todo, por la influencia ejercida sobre Juan Pablo II por el entonces Cardenal Ratzinger- condenara al silencio como parte de una estrategia geopolítica, que no venía de Dios, sino de los hombres. No es mi propósito ahora tratar sobre la teología de la liberación; desde mi punto de vista la misión fundamental de la Iglesia sigue siendo la salvación del género humano, es una misión fundamentalmente soteriológica, pero como tal no puede entenderse sin una perspectiva de liberación y de trabajo por la paz en el mundo. Lo dijo el propio Jesús en sus bienaventuranzas. Y, hoy por hoy, no existe ninguna institución que ayude más y mejor a los necesitados de este mundo que la Iglesia Católica, y las organizaciones directa o indirectamente vinculadas a ella, como Caritas o Manos Unidas, por citar sólo algunas de las más conocidas. Muchas veces sus miembros se implican hasta dar su vida por el prójimo. Es más, reto a alguien que me diga alguna institución que lo haga mejor. La propia Cruz Roja, entidad también por cierto dotada de personalidad jurídica internacional, tiene sus raíces en el pensamiento cristiano. Así que no podemos desconocer que la propia idea de liberación ¡aquí, en este mundo!, primero de Israel, que fue liberado de la opresión de Egipto y de todos sus enemigos cuando se mostró fiel al Señor YHVH, y después de todas las naciones de la Tierra -en las que ya se hace referencia en los Salmos-, así como las constantes referencias a la ayuda al prójimo, también en sus necesidades materiales, está presente en toda la Biblia; y la necesidad de ayudar al prójimo en sus necesidades materiales está presente ya desde el Antiguo Testamento, sobre todo en los libros proféticos, para culminar en el Evangelio. Y para quien tenga dudas sobre lo acertado que resultó ser el posicionamiento oficial de la Iglesia Católica en los documentos conciliares del Vaticano II, y su “opción preferencial por los pobres”, que vemos en numerosos documentos, como la “Gaudium et spes”, de acuerdo con los textos sagrados, sirva la lectura de este pasaje de Isaías, tan repetido en la Liturgia de las Horas, la Oración de la Iglesia Universal, y en las Adoraciones Sálmicas: “¿Para qué ayunar, si no haces caso? ¿mortificarnos, si no te enteras? En realidad, en día de ayuno hacéis vuestros negocios y apremiáis a vuestros servidores; ayunáis para querellas y litigios, y herís con furibundos puñetazos. No ayunéis de este modo, si queréis que se oiga vuestra voz en el cielo. ¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia: inclinar la cabeza como un junco, acostarse sobre saco y ceniza ¿A eso llamáis ayuno, día agradable al Señor? Éste es el ayuno que yo quiero: soltar las cadenas injustas, desatar las correas del yugo, liberar a los oprimidos, quebrar todos los yugos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, cubrir a quien ves desnudo y no desentenderte de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán todas tus heridas, anti ti marchará la justicia, detrás de ti la gloria del Señor (shekhinah YHVH)” (Is 58, 3-8).

Y si leemos el Evangelio, es según la ayuda al prójimo, y fijaos que Jesús insiste ¡en la ayuda material!, en lo que la doctrina de la Iglesia ha venido en llamar “obras de misericordia corporales”, frente a las espirituales, además, seremos juzgados, tal y como se afirma en Mt 25, 37-46: “Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me hospedasteis; estuve desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a verme”. Entonces los justos le responderán, diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos? ¿o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te hospedamos? ¿o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y fuimos a verte?” Y respondiendo el Rey, les dirá: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Entonces dirá también a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y para sus ángeles: Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; Fui forastero, y no me hospedasteis; estuve desnudo, y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis”. Entonces también ellos le responderán, diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o forastero, o desnudo, o enfermo, o en la cárcel, y no te servimos?” Entonces les responderá, diciendo: “En verdad os digo que lo que no hicisteis con uno de éstos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo. Y éstos irán al castigo eterno y los justos a la vida eterna”.

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