De nuevo sobre el problema de la hipercualificación y contra la crítica a la presunta “ociosidad” de la juventud sin trabajo

julio 8, 2014 § 1 comentario


Creo que hay que reconocer que los jóvenes más inteligentes de los países occidentales tienden a padecer aquella clase de infelicidad que se deriva de no encontrar un trabajo adecuado para su talento (…) El cinismo que tan frecuentemente observamos en los jóvenes occidentales con estudios superiores es el resultado de la combinación de la comodidad con la impotencia. La impotencia le hace a uno sentir que no vale la pena hacer nada, y la comodidad hace soportable el dolor que causa esa sensación (Bertrand Russell, La conquista de la felicidad, 1930)

 

La lucidez y la clarividencia del gran matemático, fílósofo, lógico, epistemólogo y humanista Bertrand Russell, quen ganara el Premio Nobel de Literatura escribiendo prácticamente sólo ensayo, hacen que sus siempre textos de referencia, escritos en la mejor tradición de la prosa anglosajona, hablen por sí mismos y no merezcan comentarios. Por esta razón, me limitaré a subrayar la actualidad de esta reflexión de Russell, que mantiene plena vigencia en el tiempo presente.

En una entrada anterior expresé una idea ciertamente iconoclasta, en la que describí como acreedora a una nueva forma de discapacidad a la persona hipercualificada, joven o no tanto, pues la formación de la buena necesita su tiempo y su madurez, más allá de las modas impuestas por las supuestas necesidades de innovación que tan bien parecen interpretar los políticos, con su incesante reforma de las enseñanzas regladas con el único objeto no declarado de sumir a la Academia en una vorágine burocráctica que, cual Leviatán acaba por fagocitarse a sí misma. En aquella entrada, como recordarán mis lectores, me aventuré a definir al parado hipercualificado como una persona extraordinariamente formada -no sólo en un ámbito del conocimiento humano, pues todo conocimiento está interconectado-, la cual, precisamente por su peculiar estilo investigador y su profundo amor al conocimiento teórico -no digamos ya si posee un Doctorado, cuyo contenido ha querido aligerarse en los últimos años con el pretexto de la convergencia con el proceso de Bolonia-, estaba en estos tiempos en peores condiciones de obtener un puesto de trabajo “normal” o, si se quiere, empleando términos más ampulosos de la sociología sistémica moderna, “disfuncional” para el sistema. Un sistema de producción y distribución de bienes que se basa en un estadio de la economía capitalista que parece que ya no da más de sí, y en el que la brecha entre los llamados “creadores de empleo” o “emprendedores” y los trabajadores va aumentando cada vez más, tanto en poder adquisitivo como, sobre todo, en el diverso estatus social de unos y otros, a quienes se les reconoce, de facto, un diferente estatus jurídico, con menos derechos y con menos dignidad. Pero sobre ello ya he tratado largo y tendido en otras ocasiones. Fijémonos en la cita de Russell: a diferencia de algunos “discursos” que ahondan en la idea de que la “titulitis” ha sido el mal endémico de la juventud española, y de que los jóvenes -y aquellos no tan jóvenes que han perdido el trabajo-, no quieren trabajar, Russel se fija en el aspecto psicológico, causa de infelicidad en los jóvenes universitarios, los cuales, como el propio Russell reconoce, desarrollan sus propias estrategias de evitación emocional para no sucumbir ante lo que el autor, en capítulos atrás, hubiera magistralmente como la mayor de las desdichas psicológicas, la “infelicidad byroniana”, en honor a Lord Byron. En lo referente a la infelicidad de la que trata el párrafo citado, el aspecto psicológico comprende, aunque no lo agota, un doble sentimiento de frustración por parte de las personas cualificadas que no pueden acceder a un puesto de trabajo acorde con su formación -lo que significa, ni más ni menos, ¡un puesto que van a desempeñar mejor que otras personas no cualificadas!, y eso se les olvida a muchos de aquellos que ven la solución al problema del desempleo en España en que los ingenieros, por poner un ejemplo, se vayan a servir cafés a Londes (escuchado en el Congreso de los Diputados, sic.)-. Por esta razón cuando he expresado en anteriores entradas que lo que produce frustración a muchas personas hipercualificadas es su profunda sensación de no poder devolver a la sociedad, en términos de progreso y de desarrollo económico, aquello que la sociedad -muchas veces con los impuestos reamente pagados, y que normalmente son los impuestos que recaen sobre las nóminas, pensiones e ingresos regulares directamente controlables por el fisco- ha invertido en su formación. A esta primera frustración se añade el pesar derivado de la constatación que mucha gente, de cuyas buenas intenciones no cabría dudar, y que han pagado impuestos para formar a los mejores talentos del país, se suma a los argumentos populistas del estilo de que “si los jóvenes y/o los parados no trabajan es porque no quieren, porque podrían trabajar perfectamente limpiando suelos o de reponedores por 400 0 600 euros mensuales con jornadas de 12 horas”. Exceptuando a nuestros políticos, prefiero pensar que la pobre gente que utiliza estos argumentos lo hace con buenas intenciones; no obstante, permítaseme destacar algunas características que se suelen dar en la gente que busca este tipo de “soluciones” al desempleo juvenil y cualificado. Por mi experiencia, he podido constatar que se trata de personas, digamos, al menos de clase media acomodada, con un puesto fijo -algo ya impensable en la “nueva economía”-, y con cierta formación -más bien titulación- universitaria, por cierto, la mínima formación académica instrumental que les permitiera en su día acceder a puestos de trabajo clásicos como empleados de banca, corredores de seguros, asesores, e incluso abogados.

La solución al tremendo drama del desempleo juvenil y no tan juvenil cualificado tiene que venir, por el contrario, de un replanteamiento de las estructuras económicas que sirven de base a la superestructura jurídica constituida por el Estado. Mis lectores podrán reprocharme la falta de rigor científico en la elección deliberada de términos marxistas -o marxianos-, pero éstos son los que expresan más que nunca la actual supremacía de la economía frente a la política en la más noble de sus acepciones, es decir, el arte del buen gobierno de la cosa pública en aras al Bien Común.

Lo que ocurre con el drama al que acabo de aludir es que no es sino el corolario necesario del actual estadio del sistema capitalista; comoquiera que la educación, como derecho prestacional de un Estado social cada vez más en crisis, se ha escindido del fomento del empleo, por parte de los poderes públicos, que tenga en cuenta el grado de formación para que los mejores talentos puedan desarrollar las competencias y las habilidades adquridas durante su largo proceso formativo, muchos ellos no encuentran salidas en empleos acordes a su formación. Nótese aquí cómo estoy presentando el problema desde un punto de vista de cálculo de la eficiencia económica: una de las funciones del Estado social y del Estado de bienestar consiste en ofrecer canales entre la educación y el empleo, pero no para satisfacer el orgullo -ni siquiera la dignidad- del trabajador cualificado o hipercualificado en paro, sino para lanzar el gran reto al sector productivo privado de contar con gente de elevada cualificación, la cual, en puestos directivos, garantizará seguramente a largo plazo el desarrollo de empresas concretas y, con ello, el desarrollo del país. Dicho de una manera mucho más simple: el hecho de que haya “muchos ingenieros sirviendo cafés” puede ciertamente contribuir a culivar la virtud de la humildad de los ingenieros, pero resulta tremendamente disfuncional para un sistema socioeconómico que no esté centrado exclusivamente en obtener beneficios a corto plazo. Si hay ingenieros de caminos sirviendo cafés, significa que no se construirán puentes, como no habrá progreso tecnológico si los informáticos se dedican a limpar escaleras. Y todos convendremos, incluso desde un punto de vista de estricta eficiencia económica, que un país moderno debe apostar por el trabajo cualificado enmarcado en una dirección empresarial con anchura de miras, sobre todo, como respuesta a “los retos” de la tan cacareada por los actores sociales y políticos “sociedad de la información y del conocimiento”, la cual ya adelanto, desde mi punto de vista, que no es sino una “sociedad de la desinformación y de la ignorancia”. Sin embargo, y analizando la realidad social española -pero no sólo, puesto que sobre ella influyen premisas ideológicas disfrazadas de ciencia económica basadas en el austericidio, cuyas consecuencias en orden a cualquier recuperación económica siempre son omitidas por los “sabios” de la Troika y de las instituciones clásicas del orden mundial surgido tras los acuerdos de Bretton Woods-, me temo que nos hemos topado ante uno de los principales escollos: la combinación, terrible, entre “emprendedores” que sólo buscan el beneficio a corto plazo e intentan minimizar el riesgo, con lo que siguen empeñándose en procedimientos y en maneras tradicionales -y ello dificulta la contratación de personas con elevados conocimientos pero con capacidad realmente crítica y transformadora-, y una banca caracterizada por privatizar los beneficios y socializar las pérdidas, con el apoyo de los Gobiernos a los que sustenta, que no dudan en “echarles un cable”, vía línea de crédito o directamente de préstamo con dinero que sale de los contribuyentes y cuya supervisión brilla por su ausencia.

En este contexto socioeconómico, las palabras de Russell cobran nuevos matices en el ámbito psicológico. Russel habla de impotencia, pero la impotencia no es más que el reflejo psicológico de la lucha por la dignificación del trabajo cualificado que resulta menospreciado por el connubio Estado-Banca-Empresa. Y la comodidad no deja de ser una huida humana, muy humana, que alivia el dolor, el que previó Russell y el dolor más existencial referido al sentimiento personal de autofrustración y falta de dignidad a que siempre lleva el talento desperdiciado. Tras este análisis, ¿realmente puede alguien en conciencia reprochar humanamente a los jóvenes sin empleo o a los parados que han perdido el suyo, después de que éstos hayan “quemado”, muchas veces casi literalmente, los mejores años de su vida en la preparación para carreras vocacionales con la esperanza no sólo de ganarse la vida, sino de contribuir al desarrollo del país? Que cada uno responda a esta pregunta en conciencia.

Sobre este problema, tenéis más referencias en este mismo blog en http://pabloguerez.com/2014/07/08/de-nuevo-sobre-el-prolema-de-la-hipercalificacion-y-contra-la-critica-a-la-presunta-ociosidad-de-la-juventud-sin-trabajo/.

 

Por Pablo Guérez Tricarico, PhD. /Signed by: Pablo Guérez Tricarico, PhD

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25-M: European Elections in Spain. Los verdaderos ganadores morales de las elecciones europeas en España: los ciudadanos y los candidatos “amateurs”. Otra política es posible.

mayo 26, 2014 § 1 comentario


 

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Dedicado a las formaciones y a los partidos democráticos pequeños progresistas de toda Europa y, sobre todo, a las candidatas y candidatos “amateurs” de corazón de las fuerzas políticas pequeñas ganadoras de estas elecciones europeas en España; en especial, a Marina Albiol Guzmán (EU-PV), María Lidia Senra Rodríguez (ANOVA), Ángela Rosa Vallina de la Noval (EU-PV), Nuria Lozano Montoya (EU-PV), Lara Hernández García (IU), María Teresa Rodríguez-Rubio Vázquez (PODEMOS), María Dolores Lola Sánchez Caldentey (PODEMOS), Carlos Jiménez Villarejo (PODEMOS), Pablo Echenique Robba (PODEMOS), Pablo Iglesias Turrión (PODEMOS), Ángela Labordeta de Grandes (CHA), Florent Marcellesi (EQUO), Jordi Sebastià Talavera (COMPROMIS), Mireia MolÀ (COMPROMIS-IPV), Rafael Polo Guardo (LV), Carolina Punset Bannel (CIUDADANOS-PARTIDO DE LA CIUDADANÍA), Juan Carlos Girauta Vidal (CIUDADANOS-PARTIDO DE LA CIUDADANÍA), y Javier Nart Peñalver (CIUDADANOS-PARTIDO DE LA CIUDADANÍA) ¡Enhorabuena a los que han conseguido escaños! Puedo decir que sí me representan, aunque no como delegados de un poder soberano que, desgraciadamente, la UE cedió a las instituciones bancarias en 1992 con el Tratado de la Unión Europea.

Dedicado a Robert Schuman (1886-1963), IN MEMORIAM

 

Los resultados electorales de las últimas Elecciones Europeas dejan pocas dudas sobre el mensaje que el conjunto de la ciudadanía que decidimos ir a votar ayer, aun “in extremis”, quisimos mandar a los partidos políticos. El desplome de los dos partidos tradicionales -el PSOE y el PP-, la entrada triunfal en el Parlamento Europeo de PODEMOS y la subida generalizada de los partidos pequeños, básicamente representativos de un espectro social de centro-izquierda, cuando no de izquierda sin más, renovada y plural, ha canalizado por la vía pacífica de las urnas las frustraciones, las decepciones, pero también las ambiciones y las aspiraciones de mucha gente, joven y no tan joven, de un conjunto muy significativo y significado de la población, el cual, a través de las redes sociales y de otros mecanismos de acción directa y participativa, ha pedido sencillamente, en lo positivo, más (sic) democracia para las instituciones europeas: básicamente, entre otras cosas, que no haya una casta política “chupando del bote” de instituciones europeas no democráticas, al amparo de un Banco sin supervisión de un Tesoro público políticamente dependiente de instituciones democráticas -algo insólito en cualquier potencia mundial y ajeno a cualquier proceso de integración regional en todo el mundo-, que es, básicamente, quien nos “gobierna” directamente en Europa. Pero la ciudadanía ha pedido mucho más: la recuperación de la política entendida en su sentido más noble, como poder de los ciudadanos sobre la cosa común, y su supremacía frente a los poderes fácticos; en nuestra disgregada Europa, sobre todo, al poder de los mercados, que son los verdaderos legisladores que dictan las reglas a las Troikas, a la Sra. Merkel, a los políticos neoliberales y neconservadores que sólo piensan que recortando el gasto público en aspectos esenciales del Estado social -una construcción, la del Estado social, con su “economía social de mercado” ” a la alemana” (sozialmarktwirkshaft) o “a la nórdica”, con sus socialdemocracias tradicionales de los años 60 y 70-, que había conformado la identidad europea por tantas décadas, frente a otros modelos de integración regional en el resto del mundo, y ahogando la demanda interna, haciendo accesible el consumo sólo para unos pocos -los mismos-, es posible mantener la estabilidad del “sacrosanto” déficit público y ofrecer, casi a modo de víctima propiciatoria, a los mercados, el sufrimiento de la población, ya que el crecimiento o el desarrollo económico, sinceramente, no les interesa.

En la otra parte no ya de una ideología, sino de una actitud frente a la política, se sitúan los auténticos partidos ganadores, tanto moralmente, como electoralmente. Felicidades a todos los partidos democráticos que han subido en número de escaños, así como a los nuevos partidos democráticos que han conseguido entrar en el Parlamento Europeo: PODEMOS, Primavera Europea-Compromis-Equo-CHA y Ciutadan’s. Algunos de dichos partidos han conseguido entrar con mucha fuerza, como PODEMOS. A esta formación, de apenas cuatro meses de existencia, le auguro larga vida, así como que sea capaz de tender puentes entre las demás formaciones políticas, ya sean “de izquierda” o surgidas del descontento popular y que abogan por una auténtica regeneración democrática, y que hagan gestos de renuncia a la tan denostada “política de castas”, en la terminología del líder de aquella formación, el Dr. Pablo Iglesias. Como bien recordaba en su excelente discurso de esta noche en una conocida plaza de Madrid, “mañana seguirá habiendo seis millones de parados, y no se pararán los desahucios”. La aspiración del Dr. Iglesias de superar a los “partidos de la casta”, articulando en una organización aspiraciones nacidas en el 15-M, se me antoja quizá demasiado lejana. Pero nunca se sabe. La historia ha dado muchas vueltas, y en los momentos de crisis, en los que el pueblo ha sentido más que nunca pisoteados sus derechos materiales y formales como ahora, puede suceder cualquier cosa. Sin embargo, el Dr. Iglesias debería ser consciente de una cosa: sin quitarle el mérito indudable del auge de su formación, buena parte de su éxito electoral -que él mismo ha calificado de insuficiente- se ha debido no sólo a la abstención -inferior, por poco, a la de las últimas Elecciones Europeas de 2009-. Como politólogo deberá saber que ha sido favorecido por el sistema electoral de circunscripción única vigente en estas elecciones, algo, por cierto, reclamado por Izquierda Unida y por otros partidos con y sin representación en el Congreso de los Diputados, y que no ha sido suficientemente tenido en cuenta por los analistas políticos “oficialistas”. Éste voto ha sido más generoso y poético de lo que ha parecido, y no puede compararse con hipotéticos resultados futuros o pasados de unas elecciones municipales, autonómicas o generales. Por ello, la consecución de una amplia mayoría social pasa por tender puentes a formaciones políticas con un discurso afín a nivel estatal, tanto de cara a las elecciones autonómicas y municipales, como de cara a las elecciones generales, llevando a la política estatal las propuestas que han sido incorporadas a la agenda europea, algunas de ellas típicamente españolas -o agravadas por el modelo sociopolítico español vigente-. En primer lugar, debería abrirse una reflexión con los movimientos sociales, como aquella formación misma indica, junto a otras como lzquierda Unida, en la que su burocracia interna debería dar lugar, como de hecho está dando, cada vez a nuevas caras y a nuevos modos de hacer política más próximos a la ciudadanía y a los movimientos sociales, no vinculados necesariamente con la antigua historia de la coalición IU y con su antiguo modo de funcionamiento, muy ligado a la realpolitik del aparato del PCE; mucho de esto ya ha sido hecho con la formación de la Izquierda Plural, habiendo integrado a buena parte -si bien no a todo- el ecologismo político español, y ello es de alabar en esta formación en parte “tradicional”, que surgiera históricamente para plantar cara a la “esquizofrenia” socialista ante la entrada de nuestro país en la OTAN, bajo la presión de unos Estados Unidos dominados por una política reaganniana al borde de una verdadera legitimación democrática en ejercicio.

En un análisis político de la jornada electoral de ayer, no se me oculta el impacto social de que en Cataluña Esquerra Republicana haya sido la primera fuerza política; al margen de su proyecto europeo, muy encomiable en muchos puntos, no puedo dejar de avdertir un factor de estabilidad política cuya responsabilidad trasciende a la propia Comunidad Autónoma catalana y es, en parte, imputable a una política muy agresiva del Gobierno central sustentado por el Partido Popular. Personalmente, me cuento entre los que opinan que la secesión de Cataluña es un error y supondría un perjuicio no sólo para el resto de España, sino para la propia formación catalana. Siempre he sido enemigo de los nacionalismos -que no de los nacionalistas pacíficos-, aunque el provincianismo que ellos destilan pueda ser explicable por el descontento de estar siendo manejados por fuerzas que no controlan. Frente a ello, no considero que haya que blandir la Constitución Española -fruto de un consenso y de un esfuerzo muy complicado, hija de su tiempo, desde luego más noble que éste, y que difícilmente pudo haberse hecho mejor-. Basta con recordar a las formaciones independentistas o “sólo nacionalistas” (como CiU, que iniciara el proceso del referéndum y ahora se ha visto castigada; no me extraña: los ciudadanos suelen ser más coherentes y sensatos que sus líderes, y cuando se inicia un proceso de estas características es natural que hayan preferido el original a la copia) algo muy básico en la política europea: el principio de subsidiariedad, que viene a decir, explicado de una manera sencilla, que cuando alguna política puede hacerse desde un territorio u organización administrativa menor, es ésta la competente para hacerla, sin recurrir a las grandes instituciones europeas. España no es una amenaza para Cataluña, sino al revés. Otra cosa es su casta política.

En otro orden de cosas -y aunque no haya sido un problema que se haya dado en España-, no puedo terminar un post sobre las Elecciones Europeas sin manifestar mi preocupación sobre el auge de los partidos de extrema derecha en varios países europeos, desde Francia -con la victoria electoral del partido de Le Pen-, a Dinamarca, Finlandia, Alemania, Hungría o Austria (con el auge del partido neonazi “Nuevo Amanecer”). Se trata sin duda de una mala noticia, cuyos efectos sin embargo creo que pueden estar limitados por la incompetencia de los propios líderes elegidos. El mayor problema es el problema de fondo: la canalización de los problemas ciudadanos y de su actitud hacia las políticas de recortes llevadas a cabo por los partidos tradicionales tanto de inspiración socialdemócrata como democristiana o popular a través del voto euroescéptico. No tanto por la fueza que estas formaciones puedan hacer en el Parlamento Europeo -puesto que su eficacia, en contra de lo que se nos quiere vender por parte de los dos grupos parlamentarios mayoritarios de la Cámara y de sus partidos nacionales “de casta”, utilizando la terminología del Dr. Iglesias, es muy limitada-, sino en el fomento de actitudes ciudadanas xenófobas, machistas y violentas, contrarias a la tradición cultural humanista europea. Y quien dice en la calle, dice en poderosos sectores de la sociedad civil; fundamentalmente, en pequeñas y medianas empresas de la economía y de la industria urbana y rural -pensemos en el ejemplo de Francia-, cuyos líderes políticos ultaderechistas pueden haber “comprado” ese discurso.

Concluyo con una consideración politológica de carácter general. Es verdad que el déficit democrático de la Unión Europea y, en concreto, del Parlamento Europeo, es cada vez mayor, y que esta Asamblea no ha conseguido asemejarse -siquiera en determinadas políticas- a las Asambleas legislativas de los Estados miembros. Sin embargo, aunque el Parlamento Europeo tuviera los poderes de los Parlamentos de los Estados miembros -siquiera al modo de un Estado federal, distribuyendo las competencias por materias y poniendo fin a la codecisión con el Consejo de la Unión-, la situación nos remitiría al déficit democrático de los Estados miembros: es decir, a la ficción contractualista según la cual nosotros, el pueblo -parafraseando el comienzo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América-, otorgamos a unos representantes nuestro poder para gobernar. Y lo cierto es que, mientras esta ficción no se corresponda al menos con un porcentaje asumible de la realidad política -como lo era en los tiempos de la Guerra Fría-, mientras el dios Dinero siga mandando sobre todo, mientras sean los mercados los que hagan política o manden hacer política a nuestros “representantes”, mientras éstos actúen como representantes de otros, es decir, de poderes económicos conocidos u ocultos -como una especie de “representantes del pueblo de segundo o tercer orden”, será muy difícil volver a hablar de política y de democracia entendidos como el ejercicio del poder del pueblo, por el pueblo y para el pueblo (como, por cierto, todavía se mantiene en la actual Constitución Francesa de la V República, artículo 2). La mejor herencia de la Revolución Francesa, la única que ha conseguido “triunfar” durante tres siglos, está en entredicho, e incluye a los llamados por el marxismo “derechos formales”, los derechos de primera generación, que peligran en nombre de la “seguridad nacional” o, simplemente, porque carecen de base material mínima para que los mismos sean, como manda el artículo 10 de la Constitución Española, “reales y efectivos”. Democracia real y participación ciudadana en los asuntos públicos parecen ser palabras huecas. Y contra ese vacío es contra el que se ha rebelado la mayoría del electorado comprometido en las elecciones de ayer. Pero para recuperar un espacio político para los ciudadanos, de nada sirve apelar al “déficit” democrático de la Unión Europea o a la “política de casta”: hace falta, como bien decía el lema de la Izquierda Plural para esta elecciones, recuperar “el poder de la gente”; la igualdad de la gente. No sólo de aquellos a quienes -al menos a los ojos del mundo- “les va bien”, sino, por ejemplo, de los seis millones de parados que, al menos, gracias a las ideas de verdaderos liberales como Voltaire, Rousseau, Jefferson, John Stuart Mill -si bien este último defendió el voto plural, pero no sobre la base de la clase social, sino sobre la base de la formación, así como el voto de la mujer, algo impensable en aquellos tiempos-, y tantos otros, se les ocurrió la por entonces peregrina idea de que el voto de un mendigo debería valer lo mismo que el de un millonario. Y es así: quizá lo único verdaderamente importante que ha quedado del contrato social es la igualdad del voto, derecho absolutamente formal, casi abstracto, pero fundamentalísimo. El parado, el desahuciado, el enfermo, el marginado, el discapacitado, el mutilado, el excuido, el diferente, el disidente, algunos (y sobre este tenemos que seguir trabajando) inmigrantes, las víctimas de un sistema injusto de distribución de la riqueza, las víctimas del sistema hipotecario y crediticio, los que no tenemos nada (nada directamente intercambiable por las migajas del dios Dinero, o para ofrecer en su altar, ni siquiera prole); en definitiva, los miserables -mis honores para el gran Víctor Hugo-, tenemos el mismo derecho a votar que el señor Botín. O el señor Blesa. O el señor Bárcenas. Al menos hasta ahora. Hasta que seamos realmente importantes y los poderosos cambien hasta el sistema de representación “formal”, dando el voto a los bancos y volviendo al sufragio censitario: ¿os parece un panorama tan distópico como para ser irrealizable? Ojalá me equivoque, pero como los ciudadanos no nos movamos a través de los nuevos canales de comunicación que la llamada sociedad de la información ha puesto a nuestra disposición, como las redes sociales -hasta que sean controladas del todo o censuradas por el gran Poder económico-político, es decir, por el Poder Total que, sobre la base del culto al Dinero, trata de imponerse en todo el mundo, a partir del Club Bilderberg y de un club superior de cuyo conocidísimo nombre no quiero acordarme-, vamos a ver cosas peores.

Sin embargo, no es éste el momento para ponernos pesimistas. Lo importante es que los ciudadanos que realmente queremos un cambio en la política hacia medidas sociales y de regeneración democrática nos movamos y podamos articular una amplia base social -utilizando, como se ha dicho por varios partidos pequeños, “la forma” del partido político, en palabras de varias de las formaciones “pequeñas” triunfadoras de la noche de ayer para concurrir a los niveles inferiores de Poder, como son los de la representación formal de los ciudadanos en los órganos políticos, pero no sólo-; y ello con el objetivo de conmover, siquiera un poquito, las estructuras del Poder y poder plantar cara a nuestras justas reivindicaciones. En concreto, creo que las siguientes reivindicaciones pueden estar compartidas por una amplia base del electorado y de los candidatos (¡viva la política amateur en el mejor mentido, como todo lo amateur, incluido el deporte, en el mejor de los sentidos), y en relación con el caso español -aunque no exclusivamente-: la supremacía de la política y de la economía denominada “real” frente a la economía especulativa (definida como financiera y no real, cuando desgraciadamente es más real que la otra); la lucha contra la corrupción en los partidos políticos y en las instituciones para políticas como las entidades bancarias; el trabajo constante para la corrección de las desigualdades; la finalización de la ficción jurídica de la libertad de contratación entre personas físicas con problemas y grandes personas jurídicas, especialmente las entidades bancarias y las multinacionales; el fin de los privilegios de Derecho civil y fiscales para estas personas jurídicas; el cese de la insostenible situación en un Estado social de los desahucios y la aprobación de la dación el pago; la instauración de una renta de ciudadanía; la aprobación de una tasa para las grandes transacciones financieras internacionales y el levantamiento de las trabas que, en nombre de la lucha del blanqueo de capitales, se imponen al comercio normal de los ciudadanos, para transacciones inferiores a 12.500 euros; la eliminación en lo posible de todas las formas de intermediación y gestión económica de la propiedad personal de las personas físicas, desde los mecanismos de inversión hasta la reinvención de la propiedad intelectual; en este sentido, la promoción de licencias de cultura libre del tipo de Creative Commons y de conocimiento compatido, tanto para la propiedad intelectual como para la industrial, y la reforma de la legislación en materia de propiedad industrial para promover un comercio justo con los países del Sur; la promoción de la paz y de la democracia auténticas en todos los rincones de la Tierra; la apuesta por el desarrollo de energías sostenibles e innovadoras y la valorización del conocimiento y su trasferencia a la sociedad -no sólo a algunas multinacionales-, a través de convenios entre universidades, fundaciones e institutos de investigación con cooperativas y formas de gestión económica societarias, sin descuidar la investigación básica, a la que habría que prestar el mayor apoyo con objetivos a largo plazo; en definitiva, la opción por modelos productivos de desarrollo que favorezcan la creación, transmisión, crítica y transferencia del conocimiento científico, técnico, artístico y humanístico entre toda la población y la distribución equitativa de los bienes culturales directamente derivados de dicha transmisión, así como la distribución y, en su caso, la redistribución de la riqueza y del bienestar derivado de una utilización de dichos bienes en equidad, en beneficio de todos los ciudadanos y, especialmente, de los más necesitados y desfavorecidos. Y esto sólo en economía, que parece ser la “ciencia” que guarda el “fuego sagrado” de nuestro tiempo, la “cifra”, en palabras del filósofo Jaspers, de la post-post modernidad. De los demás ámbitos de la actividad humana, aplastados por la economía -o por lo que dicen ser economía-, espero tener ocasión de tratar, bien en este blog por su temática relacionada con los fenómenos de victimización, además del análisis social, bien en Twitter (@pabloguerez), o en algún lugar de la red.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

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Signed.: Pablo Guérez Tricarico, PhD

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