Feliz Pascua de Pentecostés

mayo 23, 2015 § Deja un comentario


El día de Pentecostés, cincuenta días desde la Resurrección del Señor, los apóstoles se encontraban por enésima vez en el Cenáculo, escondidos, por miedo a los judíos. No habían tenido el valor y la fortaleza -uno de los siete dones del Espíritu Santo-, para ser testigos del acontecimiento más importante de su fe, la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Al menos esto se relata en los Hechos de los Apóstoles y en algunos evangelios apócrifos. Pero la Promesa de Jesucristo, Quien no defrauda, hecha a los apóstoles en varias de sus apariciones después de resucitar de entre los muertos, y el mismo día de Su gloriosa Ascensión a los Cielos, misterio en el cual, como expresa tan bien la liturgia católica latina, la condición humana ha sido tal altamente enaltecida, no podía no cumplirse. Era necesario que la Persona de Jesús ascendiera a los Cielos para que pudiera interceder por nosotros, una vez vencedor del pecado y de la muerte, con Sus llagas gloriosas ante el Padre celestial, nuestro Padre también. Pero Jesucristo también se quedó con nosotros, como recordaremos los católicos en la Solemnidad del Corpus, aunque de forma oculta y misteriosa, en Su presencia real en el Misterio de la Eucaristía. Una vez hubo ascendido el Señor a lo más alto del Cielo, quizá alguno de los discípulos de Jesús sintiera, como yo he sentido más de una vez contemplando esa Fiesta, algo de tristeza o desamparo: ¿nos dejas, Señor? Imagino a Jesús hablando al corazón de sus discípulos de esta manera, o de una manera parecida: -No, no os dejo, os envío al Paráclito, al Defensor, que desde hace tanto tiempo os había prometido, y con Él, que es Dios conmigo junto con el Padre, os doy la fortaleza necesaria para que seáis testigos míos hasta que yo vuelva en la consumación de los tiempos. Y sabed que yo estoy vosotros, todos los días, hasta el fin del mundo (Mt 28, 20).

 ¡RECIBID EL ESPÍRITU SANTO!

¡RECIBID EL ESPÍRITU SANTO! A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados. A quienes se los retengáis, les quedan retenidos (Jn 20, 22-23)


PRIMERA LECTURA

Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 2, 1-11

Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería.

Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban:

-« ¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?

Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.»

Palabra de Dios.

 

   Himno de invocación al Espíritu Santo

Ven Espíritu Santo, envía tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, divina luz y enriquécenos. Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro; mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo, doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus Siete Dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.

Amén.

 

Salmo 104: R. Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

CC0To the extent possible under law, Dr. Pablo Guérez Tricarico, PhD has waived all copyright and related or neighboring rights to Feliz Pascua de Pentecostés. This work is published from: Spain.

Meditación del Padre Esteban, de la Renovación Carismática, sobre el Misterio de Pentecostés:

Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!”, si no es impulsado por el Espíritu Santo (1Cor 12, 3); y nosotros no sabemos hacer oración, pero el Espíritu Santo ora en nosotros con gemidos que no pueden expresarse (Rm 8, 26). Y Jesús nos viene a través de María por gracia del Espíritu Santo.
El Cristianismo, nuestro ser cristianos, tiene su origen, su génesis, su arranque en Pentecostés, momento en el que Jesús pone la primera piedra para empezar a construir la preciosa y salvífica Comunidad de su Iglesia: “Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda  Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra”. “Todos ellos -los Apóstoles- perseveraban unánimes en la oración junto con algunas mujeres y María, la Madre de Jesús, y con los  “hermanos” (la base de la Comunidad cristiana).
 
Pero, ¿qué ocurrió en Pentecostés?:
 “En Pentecostés ocurrió algo muy sencillo: Un grupo de personas atemorizadas y desconcertadas (los “Apóstoles”), porque habían matado en la Cruz a Jesús, su líder, de pronto se sintió penetrado por la “Fuerza” del Cristo que había resucitado y… ¡cambió su vida! En el Cenáculo entró a hacer oración un grupo de personas totalmente abatidas y salió de él un grupo de personas totalmente ilusionadas. Hasta tal punto que muchos decían: ¡Están borrachos! ¿Borrachos a las nueve de la mañana? Están perfectamente en sus cabales. Lo que ocurre es que tienen dentro de sí tanta alegría -la Fuerza y el Amor del Resucitado o la Presencia del Dios vivo- metidos en su corazón por el Espíritu Santo, que no pueden contenerla y tienen que transmitirla a todos”. (P. Salas)
 
Con el Papa San Juan XXIII oramos: “Señor Jesús, Virgen María, renueva en tu Iglesia y en nosotros los prodigios de un nuevo Pentecostés”. Amén.
 
© P. Esteban, Hº Prieto y Cande

Secuencia de Pentecostés

junio 7, 2014 § Deja un comentario


Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra (Salmo 103)

Ven Espíritu Divino, manda tu luz desde el cielo. 

Padre amoroso del pobre, Don, en tus dones espléndido.

Luz que penetra las almas, fuente del mayor consuelo.

Ven, Dulce Huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma, Divina Luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado, si  tú no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo.
Lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos.
por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Amén. Aleluya.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,

como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén. 

Para aquellos lectores que no la conozcáis, ya seáis cristianos o no, de otras confesiones religiosas, agnósticos, ateos o antirregliosos, esta es la Secuencia que, mayoritariamente, ha ido rezando la Iglesia Universal en las últimas semanas del tiempo pascual, para que, según la promesa de Jesucristo, descienda sobre nosotros el Espíritu Santo, el mismo Espíritu de Dios, “por medio del cual”, como reza la liturgia católica latina, en su oración a Dios Padre durante el Ofertorio en la Santa Misa, “das vida y santificas todo”. Para que el Espíritu Santo Paráclito (que, en griego, significa “Abogado”), sea precisamente nuestro Defensor, precisamente en los casos de mayor tribulación. El Hijo asciende  a los Cielos, pero su Presencia amorosa permanece entre nosotros, y, para los católicos, de modo especialísimo por medio de Su “presencia real” en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía, en el que Él mismo se hace pan para alimentarnos espiritualmente y confortarnos en los momentos de duelo por los méritos de Su Pasión y Su Cruz, como expresa magistralmente la Oración de poscomunión y acción de gracias atribuida a San Ignacio de Loyola: “Pasión de Cristo, confórtame”. Pero para comprender -siempre limitadamente, pues la verdad sólo podrá mostrarse a nosotros de forma completa en la otra vida, salvo quizá casos especialísimos reservados a las almas más santas a través de la mística-, y, sobre todo, para experimentar el gozo derivado de la presencia de Dios, frente al vacío experimentado por su ausencia, es necesaria la acción del Espíritu, que es Dios, junto con el Padre y con el Hijo. Él será nuestro Defensor si le dejamos entrar en nuestros corazones, y ha sido Él el que ha guiado a los discípulos de Jesús a dar testimonio de la verdad y, en muchísimos casos a través de la Historia, a dar su vida por Él. Si le invocamos, el Espíritu Santo siempre actuará; pero la intensidad de su acción dependerá fundamentalmente de la apertura de nuestro corazón. Si nuestro corazón permanece cerrado por miedo, por iras o por resentimientos, poco o nada podrá hacer, porque no le dejaremos moverse libremennte en nuestro interior; pero si, por el contrario, hacemos, aunque sólo sea un pequeñísimo esfuerzo para que el Espíritu entre en nuestro corazón y transforme nuestro Ser, Él actuará en nuestra alma y nos glorificará, como glorificó al Hijo. Aun el primer caso, la Luz del Espíritu es tan poderosa que, aunque nuestra disposición sea muy poca, siempre se colará como por una pequeña rendija. Dios quiera que podamos disponernos adecuadamente, cada uno con nuestras cinrcunstancias y con nuestra miseria, para recibir la mayor efusión que el Espíritu quiere darnos, pues no es otra cosa que una Persona fruto del Amor entre el Padre y el Hijo, en sí misma Amor infinito, y que cuya efusión plena a los Apóstoles en el Cenáculo la Iglesia Universal conmemora mañana. Dispongámonos pues a recibir esa acción benéfica en medio de nuestros tormentos y dificultades, para que sane nuestros corazones y nos conceda sus dones, entre ellos, el don de fortaleza, con el cual podremos ser capaces de vencer las tribulaciones del mundo, incluidas las que son consecuencia de nuestro propio pecado. Porque el Amor de Dios es más fuerte que el pecado del hombre. Recordémolos una vez más. Él, frente al llamado “acusador desde el principio” (el diablo), o frente a nosotros mismos que muchas veces nos acusamos demasiado, tanto a los demás como a nostros mismos, es el Paráclito, el Defensor. Y lo precioso de esta afirmación es que Él, como Dios, no sólo “nos hará justicia”, sino que nos dará la paz de corazón, y Su gozo eterno.

Y si nuestro corazón está herido, recordemos el Salmo de David: “un corazón contrito y humillado tú nunca lo desprecias, Señor” (Salmo 51). Si aun así nuestra alma no está en paz, recurramos a la Madre de Dios, por ejemplo, con el rezo del precioso “Acordaos” de San Bernardo, cuya oración comienza “Acordaos, o piadosísima Virgen María, que jamás se oyó decir que ninguno hubieran acudido a Vos, imporando Vuestro auxilio o reclamando Vuestra protección”, haya sido jamás abandonado de Vos”. La omnipotencia suplicante de la Virgen resulta especialmente efectiva en estos casos.  Si estamos pasando momentos difíciles de prueba en los que sentimos que no se nos ha hecho justicia, y no sentimos la presencia de Dios a nuestro lado, pidámosle a Ella, con infinita confianza, encomendándonos en su mes a su Inmaculado Corazón, que nos conceda la gracia actual suficiente para acudir al Sacramento de la Reconciliación, especialmente parra desterrar de nuestra alma sentimientos de miedo, ira o cólera, así como para prevenir o reparar cualquier sensación de desesperación que pueda hundir nuestra vida espiritual. Con confianza, dirijámonos a la Confesión, pues Dios lo Está deseando y su Espíritu quiere actuar en nosotros, para que cantemos Sus maravillas, incluso -y sobre todo- en la adversidad. Es ahí donde el alma del cristiano se ve auténticamente probada y, con la confianza en su Dios, se ve santificada en el camino a su perfección espiritual.

  Que el Espíritu de Dios mueva, en este final del tiempo pascual, muchos corazones sendientos de de Él a recibir la gracia y la paz que emana del Sacramento de la Confesión, del perdón de los pecados conferido por Jesucristo a los Apóstoles, como muchos, D. m., escucharemos mañana en el Evangelio.  Y que las palabras de la fórmula sacramental completa  que para el Sacramento de la Confesión prevé la Iglesia Católica latina, calen en el alma del cristiano como una lluvia fina purificadora que, al mismo tiempo que borra la culpa el pecado y concede la paz al pecador, le dá asimismo la fuerza para seguir viviendo cristianamente y aceptar pacientemente los sufrimientos que pudiéramos padecer para nuestra santificación. No está de más reproducirla, para que incluso su mera lectura resulte reconfortadora y alhentadora para el lector, preparándole así para una mejor recepción del don del Espíritu Santo, con sus siete dones y sus doce frutos, en la inminente Solemnidad de Pentecostés: Dios Padre Misericordioso, que reconcilió consigo al mundo por medio de la muerte y resurreción de su Hijo y derramó el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espítitu Santo. La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, los méritos y la intercesión de la Virgen y de Todos los Santos, el bien que realices y el mal que puedas padecer, te sirvan como remedio de tus pecados, aumento de gracia y prenda de vida eterna. El Señor te ha perdonado; vete en paz.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando las entradas etiquetadas con Pentecoste en Victimología social, "blaming the victim", teoría social, religión, Derecho y crítica legislativa.

A %d blogueros les gusta esto: