¿Justicia poética o cambio municipal real? El inicio de un cambio desde abajo, y desde los de abajo

junio 15, 2015 § Deja un comentario


 

A Ada Colau. A Manuela Carmena. A Joan Ribó. A Mónica Otra. A “Kichi”. A Santisteve. A tantos otros alcaldes y concejales que me dejo en el tintero y que han cambiado radicalmente, en el sentido etimológico y no mediático-sensacionalista del término, la manera de entrar en las instituciones con la voluntad de hacer una auténtica Política; a los ciudadanos que han participado en la Primavera electoral española; a todos aquellos representantes de la nueva ola de políticos, nueva no en edad, sino en actitud, que han comenzado a hacer posible, como decía Julio Anguita, no la alternancia, sino la alternativa

Y al Pueblo español, del que emanan los poderes del Estado

 

Ada Colau toma la vara de mando en Barcelona / Luis Gené. AFP

The new mayor of Barcelona, Ada Colau smiles as she holds the mayor’s baton after being sworn in as mayor of Barcelona during the investiture session at the Barcelona City-Hall on June 13, 2015. The anti-eviction activist turned politician Ada Colau was sworn in as the first female mayor of the Spanish city of Barcelona on June 13, 2015 thanks to the support of independents and Socialists after her list of candidates won 11 of the 41 seats in local elections on May 24. © AFP PHOTO / LLUIS GENE

 

Este fin de semana han sido constituidos los más de 8.000 Ayuntamientos de España. Si algo, desde la perspectiva que a este blog, y al que lo escribe, le interesa, es que candidaturas de unidad popular, encabezadas por personas que se han significado en favor de los más débiles, de los humildes, de los más desvavorecidos, han lllegado, por la fuerza de los votos y no de artimañas relacionadas con otro tipo de sobres, no lo olvidemos, a formar Gobierno en varias de las más importantes ciudades españolas. El Partido Popular, símbolo de la corrupción -aunque ésta no le afecte a la mayoría de sus miembros, sí le ha pasado factura en relación con sus miembros más relevantes, y es por ello, por ser una estructura jérarquica, por mucho que sus pactos con Ciudadanos les hayan hecho “tragar” con el compromiso de hacer primarias”-, ha ganado las elecciones en número de votos. Y esto hay que reconocerlo. A pesar de la corrupción, hay una parte del electorado que ideológicamente puede ser ubicada entre el franquismo sociológico y el nacionalcatolicismo, ambas corrientes, desde luego, no liberales, sino más conservadoras, para ser generosos. Sin embargo, buena parte de la cúpula del Partido, estructura muy jeraquizada, se ha movido en el ámbito del ultraliberalismo, y no ha tenido interés en “maquillar” un poco sus posturas antisociales con cierto “conservadurismo compasivo”, como les achacó el editorial del ABC y varios articulistas de este periódico, que tradicionalmente ha defendido a este partido y a su predecersor, AP, y a la Iglesia Católica -donde dice defender a la Iglesia Católica, léase Jerarquía Eclesástica Española, mucha de ella, todavía, reticente a abandonar un nacionalcatolicismo antidemocrático en contra incluso de las recomendaciones a favor de las democracias como sistemas de gobierno óptimos, hacia las cuales el mismo San Juan Pablo II, para nada sospechoso de comunista, se manifestó en varios documentos, pero especialmente en su Centesimus Annus de 1990, tras la caída del Muro de Berlín-.

Pero volvamos a la constitución de los Ayuntamientos. Mucho leeremos de que estos ayuntamientos son “comunistas”, “masones”, de “ultraizquiedas”, “radicales”, “inmoderados”, como dijo respecto del gobierno de Manuela Carmona, nada más salir elegida, Esperanza Aguirre en su última pataleta, esperemos, de su vida público “de primera fila”.

Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, nos hallamos ante una auténtica recuperación por parte de la ciudadanía del espacio público. No se trata sólo de justicia “poética”, como algunos izquierdistas de salón podrían comentar desde sus cómodos sillones o desde sus despachos en los que acuden a visitarlos, quizá demasiadas veces, los representantes del Poder real. Se trata de recuperación de la Política con mayúsculas, de la dignidad de la “cosa pública, por parte de todos los ciudadanos. Y todos los ciudadanos, en este momento, no son “grandes inversionistas” -algunos inversionistas ni son ciudadanos españoles, ciudadanos de la UE o ciudadanos con los que Espña mantenga Convenios de sufrafio activo en las elecciones municipales, ni son personas físicas, y, por lo tanto, en cualquiera de sus dos condiciones, no tienen derecho al voto-. Y es que en los Ayuntamientos, en las Comunidades Autónomas, en el Estado Español y en cualquier estructura con personalidad jurídico-pública de base territorial los que deciden son los ciudadanos, por disposición expresa de la Norma que regula todas estas instituciones: la Constitución Española de 1978.

Los Ayuntamientos -lo sabemos, y a mi juicio es una asignatura pendiente demandada por varios sectores de la sociedad, que, léase bien, no es equivalente a empresa, aunque muchas veces esta equivalencia funcional se utilice demasiado por parte de los medios de comunicación que llegue a confundir a la sociedad-, no tienen todas las competencias que deberían. Las Administraciones típicamente más pequeñas del Estado de base territorial carecen de muchas competencias, ante la hipertrofia de la “pequeña gran política”, y que es llevada a cabo en los pasillos del Congreso y de varias Asambleas Legislativas autonómicas -algunas más que otras-, en el toma y daca de las transferencias de competencias fundamentales para la vida de los ciudadanos que ha ido produciéndose paulatinamente en la ya no tan breve historia de nuestra democracia institucional, pero que fue incrementándose peligrosamente a partir de la última legislatura de Felipe González, para constituir ya una forma de gobierno “normal” con el primer gobierno Aznar, en el que la transferencia de competencias del Estado a las Comunidades Autónomas catalana y vasca era la moneda con la que estos Gobiernos, sin mayoría absoluta, debían pagara a Ciu y al PNV para que éstos se colgaran los honores de “patriotismo constitucional”, en su voluntad de garantizar la gobernabilidad. Relamente, lo único que quisieron -como ha quedado demostrado con los casos de corrupción descubiertos recientemente- fue garantizar la goberanabilidad para la burguesía catalana y vasca, incluidos los empresarios que apoyaban a ETA.

Una de las cosas buenas que debemos al actual mapa político español es que los pactos postelectorales no han girado, al menos públicamente, en torno al debate de competencias, sino en torno a cosas más profundas: la necesidad de regeneración democrática, propuesta tanto por las nuevas formaciones de centro-derecha, como Ciudadanos -y que esta formación ya iba demandando en 2008, cuando, según sus propios Estatutos, se definía de centro-izquierda-, o por formaciones injustamente castigadas electoralmente como UPD o Izquierda Unida, o de izquierda, como Podemos, han hecho recapitular a las formaciones políticas tradicionales como el PP o el PSOE, de manera que puede afirmarse que lo ha se ha dado en muchas importantes ciudades de nuestra país este fin de semana no ha sido simplemente una alternancia técnica entre las dos formaciones bipartidistas tradicionales, sino una alternativa real de cambio. Una alternativa que simboliza muy bien, a mi juicio, la nueva alcaldesa de Barcelona con su vara de mando: la que un día fue perseguida por defender a los pobres, a los débiles, a los deshauciados, toma la vara de mando y la mismao Policía local tendrá que cuadrarse, mal que le pese, ante ella, cada vez que entre el el Ayuntamiento para gobernar siguiendo la voluntad de todos los ciudadanos. Repito, de todos los ciudadanos. Hecho en falta un poco más de entusiasmo y credibilidad en la formación tan modosita de Albert Rovira, que en su afán de querer ser políticamente correcta -en contra de su propia reciente historia, pues en Cataluña no lo fue, y las candidaturas a las generales de 2008 tampoco lo eran-, un poco más de defensa de los ciudadanos y menos miedo a la hora de que los “inversionistas”, incluidos los fondos buitres, puedan condicionar sus políticas. Manuela Carmena, por su parte, ya ha declarado que gobernará escuchando, para todos, en contra lo de lo que ha venido haciendo Esperanza Aguirre durante 26 años, tamayazos mediante. Pero el pueblo de Madrid, como el de Barcelona, ha despertado. O el de Valencia, donde Joan Ribó, que se presentaba por Compromís, uno de los mejores diputados, a mi juicio, tanto a nivel ideológico como técnico, de las últimas legislaturas, fue investido antes de ayer Alcalde de Valénica. Tampoco es justicia poética, sino recuperación de poder territorial para la ciudadanía, el hecho de que el candidato de Por Cádiz sí se Puede (PCSSP), José María González, Kichi, haya sido investido alcalde de Cádiz tras obtener el apoyo comprometido por los cinco concejales del PSOE y los dos de Ganar Cádiz en Común, logrando así la mayoría absoluta del Pleno que evita que Teófila Martínez (PP) asumiera el que habría sido su sexto mandato como alcaldesa de la capital. O que el abogado penalista Pedro Santisteve, de Zaragoza en Común, un absoluto desconocido para la inmensa mayoría de los zaragozanos hace tres meses, se haya convertido en el nuevo alcalde de la capital aragonesa, la quinta ciudad de España. Con el apoyo de los otros ocho concejales de su formación, y de los seis del PSOE y los dos de CHA, ha sido investido alcalde este abogado defensor de presos e insumisos que se ha incorporado a la política tras haber participado en los movimientos asociados al 15-M. Zaragoza en Común, una plataforma formada por Izquierda Unida (IU), Equo, Puyalón, Piratas de Aragón, Somos y Demos+, con el apoyo de Podemos, ha convertido a Santisteve en el político municipal más poderoso de Aragón, pero, como ha sido destacado por la prensa local, con una frágil estabilidad necesitada siempre del apoyo de otras fuerzas.

En cualquier caso, parece claro que algo, y mucho, ha cambiado en el panorama municipal español. Las candidaturas de unidad popular, ya por sí solas ya con el apoyo pre o postelectorales de otras formaciones políticas, bien nuevas como Podemos, bien tradicional, con el PSOE, cuyas bases siempre han sido más ácratas que su aparato, han permitido un cambio de gobierno en muchas importantes ciudades españolas, y también en municipios más pequeños, en el que el electorado ha querido premiar otra forma, si se quiere amateur y por ello no contaminada, pero técnicamente preparada, de hacer de nuevo Política con mayúsculas. Algo de esto me recuerda a las elecciones municipales de 1979. Corren vientos cambio. Y no, no es justicia poética. Ya es, mal que les pese a algunos, autoridades civiles y militares, eclesiásticas, poderes fácticos económicos, una realidad; si quiera al nivel de lo pequeñito, de los Ayuntamientos. Pero la Historia ha veces nos ha demostrado cómo desde el cambio en lo pequeño puede surgir el cambio en lo grande. Todavía más en una sociedad compleja e interconectada en el nuevo escenario mundial globalizado de la llamada sociedad 3.0.

En un mundo donde la política con minúsculas se escribe con mayúsculas, y la tecnocracia usurpa el poder ciudadano, en un mundo no tan lejano, el FMI, oscura institución surgida del pacto intergubernamental de Bretton Woods despues de la segunda Guerra Mundial, como precursor del nuevo orden mundial que, según los designios del CB y de las logias masonas en las que se encuentra el verdadero y oscuro Poder en la sombra, ha anunciado, por el momento, la retirada de su apoyo a la República soberana de Grecia, por cierto, cuna de la democracia. Pero ya veremos. De nuevo, los cambios producidos son más que justicia poética. Son la expresión del espíritu de la conocida frase con la que Abraham Lincoln concluyó su discurso tras la batalla de Gettisburg, y que todavía puede leerse a la entrada del Capitolio en Washington D.C. Un espíritu que encuentra en el pueblo una fuerza tan grande que, pese al imperio de la corporatocracia, todavía sigue gritando para que el contrato social deje de ser una ficción y vuelva a su origen. Y, como hiciera Lincoln ante un escenario de devastación tras una guerra civil, 152 años después, la ciudadanía, devastada por una crisis sin precedentes y caracterizada por la usurpación del gobierno por los tecnócratas formados en la economía “ortodoxa”, sólo pide una cosa: que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la tierra. Las estructuras organizadas de poder, cuando desconocen esta regla básica, tanto si son “de izquierdas” o marxistas en sentido clásico, en los ya casi desaparecidos regímenes del llamado “socialismo real”, o “democracias populares”, ya sean “de derechas”, las cuales recubren una amplia gama de formas de Gobierno, que va desde los fascismos declarados hasta los gobiernos autocráticos, formalmente democráticas pero en las que los derechos más elementales de los ciudadanos son conculcados, como denunciara desde la cárcel Nelson Mandela respecto de una República de Sudáfrica formalmente democrática, pero materialmente profundamente conservadora y segregacionista, se convierten en el enemigo a batir, en el bastión que impide que el verdadero poder legítimo, el que emana del pueblo, pueda surgir, siquiera como un pequeño ramo verde de un árbol seco, a partir del cual convencer, y no imponer, al resto de los conciudadanos, de la difícil, pero no imposible, tarea de tomar conciencia de ciudadanía y de la necesidad de que el espacio público, fundamento y regidor de todos los demás espacios en los que se manifiesta el poder civil, como nos enseñaron los griegos hace más de dos mil quinientos años, pertenece a los ciudadanos por derecho. Como declaró Ada Colau con su vara de mando en su discurso de investidura “hoy hemos hecho posible lo imposible”. Mis mejores augurios, Ada. De activista a Alcaldesa. A pesar de los bancos, de la Policía sumisa y de los poderes fácticos. En un espacio tan pequeño pero tan cargado de tradición y sabiduría, tu vara de mando simboliza el mandato que te han dado los ciudadanos, y el poder que de ellos has obtenido, tanto del príncipe como del mendigo; y que en tu caso, como en el de agunos otros Alcades investidos este fin de semana, por mucho que los medios de comunicación afines al Poder se harten de proclamar que llevamos 38 años en democracia -una cosa es la democracia y otra su calidad-, se ha dado, por fin, la tan difícil coexistencia, casi de “unión hipostática”, entre autoridad e imperio.

Poco a poco, se está fraguando el cambio y un auténtico proceso de devolution, término que en Italia sirvió para simbolizar la devolución de poder a la sociedad -entendida ésta como un equivalente, en lenguaje políticamente correcto, de las grandes empresas- bajo los gobiernos de Berlusconi. En este caso se trata de una devolution legítima. O, mejor, de la toma de poder, moralmente legítima, jurídicamente válida, y éticamente obligada, por parte de los ciudadanos de los espacios que les habían sido arrebatados por buena parte de los representantes de los partidos tradicionales: fundamentalmente, por parte del PP, pero también, en algunos casos, del PSOE. Los ciudadanos han comenzado a recuperar con fuerza su papel en los Ayuntamientos y, sobre esta base, será posible volver a creer en ellos como instituciones cercanas a sus necesidades, especialmente, las de los ciudadanos más pobres y que tanto han sufrido y siguen sufriendo los devastadores efectos de una crisis que han provocado otros jugando a sus casinos de saltos mortales con red, o rescate público incluido, pero con nuestras fichas, las fichas de los ciudadanos, el dinero de todos.

En cuanto a los municipios, es verdad que son entidades territoriales pequeñas, y que han servido, durante ocho años, a una política promotora de la burbuja inmobiliaria y de la corrupción. Sin embargo, estas mismas instituciones, durante ochocientos años, han servido bien a los intereses de los ciudadanos, preferentemente de una pequeña burguesía, pero también de mendigos y de gente sin hogar. Los Ayuntamientos, la Iglesia y las Universidades, no lo olvidemos, son las instituciones más antiguas del mundo occidentale. Cuidémolos, y hagamos que ellos cumplan con una vocación de servicio comunes a las otras dos instituciones mencionadas y que se sitúa en la base del pensamiento político occidental, desde las antiguas ciudades-Estado de Grecia hasta las nuevas propuestas de municipios abiertos y participativos del siglo XXI. Estas elecciones municipales han honrado lo mejor de nuestra tradición municipalista, al tiempo que no han mostrado su temor frente a los oscuros poderes que, de momento, pero sólo de momento, dominan el mundo. Hasta que la ciudadanía recupere más espacios de poder. Hasta que la ciudadanía pueda de nuevo escribir orgullosamente Política con mayúsculas.

 

Por Pablo Guérez Tricarico, PhD

Doctor en Derecho

@pabloguerez

 

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Interrogantes que plantea el nuevo mapa político español surgido de las elecciones del 24-M

junio 1, 2015 § Deja un comentario


Tras el nuevo escenario político que se ha abierto en España tras las elecciones del 24-M abundan los artículos de opinión sobre si nos encontramos ante una nueva etapa de nuestra todavía joven democracia, con una serie de consecuencias que irían desde el fin del bipartidismo hasta la eventual ruptura del consenso constituyente de 1978, valorada positiva o negativamente tanto desde perspectivas propias de la izquierda como de la derecha políticas y sociológicas.

Corren vientos, tanto “de izquierdas”, como “de derechas”, en contra del consenso constituyente. Sin embargo, sin entrar en esa delicada cuestión, que entiendo merece un análisis más detenido, entre otras voces autorizadas, el periodista Raúl Ciriza, por ejemplo, en un reciente artículo publicado en Attac Navarra, viene a expresar su entusiasmo, desde una óptica no muy lejana de una perspectiva “abertzale”, con el nuevo mapa electoral o político resultante de las últimas elecciones municipales y autonómicas. En esta línea, muchos de los que alaban las ventajas del supuesto fin del bipartidismo no parten de un análisis profundo y pormenorizado de nuestra reciente historia política. De este modo, los partidarios de varias corrientes de opinión que se van extendiendo tanto en los medios de prensa tradicionales como digitales, y desde diversas perspectivas ideológicas que son, en muchos casos, reflejos de intereses ocultos, faltan a la verdad cuando realizan una equiparación tan alegre entre PSOE y PP, al tiempo que alaban las bondades de las nuevas formaciones como Ciudadanos o Podemos. Así, por poner sólo un ejemplo, el periodista u “opinador público” no puede desconocer las notables diferencias, dentro de un sistema de economía de mercado, entre el primer gobierno socialista salido de las urnas en 1982 y la segunda legislatura del gobierno Aznar, en el año 2000. Lo que sí es cierto, desde una perspectiva socioeconómica, pero que responde también a una voluntad política, es que, a partir de 1993, con la entrada en vigor del Tratado de la Unión Europea -que recibió la aprobación de todas las fuerzas políticas de ámbito nacional excepto la de algunos diputados de Izquierda Unida, por cierto, injustamente castigada, junto con UPD, en estas elecciones municipales y autonómicas del 24-M-, la sumisión de la política a los poderes económicos y a los “mercados”, auténticos artífices de una política económica no sometida a controles políticos ni a un Tesoro Público europeo, más allá de las vagas directrices y recomendaciones del Consejo Europeo, rendido casi en su unanimidad a la hegemonía cultural del pensamiento único, ha “atado las manos” al PSOE en la implementación de políticas económicas auténticamente socialdemócratas. Y quizá la mayor crítica que habría que hacer a las políticas realizadas por el PSOE, desde una perspectiva socialdemócrata, es que la referida situación de impotencia no ha sido denunciada por dicho partido en las instituciones supranacionales, ni en las europeas ni en las mundiales, estas últimas fruto del consenso que, a mi juicio, sí que habría que romper, pues ése sí es que es un fiel reflejo de las políticas ultraliberales que perpetúan la desigualdad entre las diferentes clases sociales de los Estados y entre los Estados, llegando a la máxima justificación de la desigualdad en la bendición del status quo en las relaciones Norte-Sur: el consenso de Bretton Woods y de sus insolidarias y masonas instituciones como el FMI o el Banco Mundial . Pero incluso en esa impotencia, subsiste una diferencia sustancial ideológica entre el PP y el PSOE, al menos en muchos de sus miembros y en sus bases. Incluso en la negociación del artículo 135 de la Constitución Española: la mala conciencia o el remordimiento de los socialistas de no haber sido fieles a sus principios; los únicos que pueden salvarlos de unos resultados electorales mediocres en los que su mejoría electoral se ha debido más a variables en buena parte independientes de los méritos de la formación política: por una parte, una variable negativa, expresada en el descontento de los votantes del centro-derecha por los incontables casos de corrupción del Partido Popular, y por la otra, una positiva y esperanzadora: la apertura del PSOE, desde hace meses, encabezado por el “revisionismo hacia la izquierda” de su nuevo líder Pedro Sánchez, quien, en su afán de volver a su caladero electoral tradicional, la izquierda sociológica y las bases del Partido Socialista, ha llegado a proponer, en el plano programático, la modificación del artículo 135 de la Constitución y la derogación de la reforma laboral impulsada en primer lugar por el segundo gobierno Zapatero; y, en el plano electoral, ha mostrado una actitud abierta y de diálogo ante las llamadas “candidaturas de confluencia” o de “unidad popular”, con las que el Partido Socialista puede aspirar a formar gobierno en muchos municipios españoles.

Por Pablo Guérez, PhD.

Doctor en Derecho Penal

Colegiado ICAM no. 97.901

Acreditado a Profesor Contratado Doctor

En situación legal de desempleo desde el 28/7/2011, actualmente sin percibir prestación o ayuda social alguna, pública o privada. Razón: Universidad Autónoma de Madrid, Rectorado. Calle Einstein, no. 1, 28049 Madrid.

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24/M: Vientos de cambio. Un análisis valorativo y teleológico de los resultados electorales en clave sociológica

mayo 26, 2015 § Deja un comentario


A vosotros, los que habéis iniciado el cambio. Y a nosotros, el pueblo.

(…) that this nation, under God, shall have a new birth of freedom—and that, government of the people, by the people, for the people, shall not perish from the earth (Abraham Lincoln, from the Gettysburg Address, given to Edward Everett, 1864)

 

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Ada Colau y Manuela Carmona celebran su victoria electoral. Fotografía de Avelino Rodrigues ©.

Las elecciones del 24-M han revelado un importante cambio en la sociología electoral, que ha afectado a las formas de hacer política. Frente a las formas tradicionales basadas en los partidos políticos, la irrupción en muchos municipios especialmente estratégicos, como Madrid, Barcelona o Zaragoza, de candidaturas de unidad popular, que han sabido aglutinar a la gente de los movimientos sociales de inspiración tan diversa como los que protagonizaron el 15-M, han supuesto un desafío al sistema tradicional de entender la política en nuestro país y, en concreto, al Estado de partidos, al que eufemísticamente llamara el gran constitucionalista de los inicios del funcionamiento del Tribunal Constitucional, Don Manuel García Pelayo, Estado “con partidos”.

Y es que, hasta ahora, el sistema parlamentario, en los 28 años que llevamos de democracia en España, se había orquestado en torno a la fórmula tradicional todavía vigente, en el entonces denominado “mundo libre” en los años que vieron el alumbramiento de la Constitución de 1978, fórmula a la que, como en muchas cosas, los españoles llegamos con retraso. Y no es que no hubiera entonces fórmulas de participación ciudadana más allá del voto cada cuatro años con prohibición expresa del mandato imperativo. El Partido Comunista, por aquel entonces el único conocido como “El Partido”, conoció, junto a dinámicas autocráticas propias de las peores versiones del marxismo, también el llamado “centralismo democrático” trotskista, inspirado en la máxima de “máxima democracia en el interior, y máxima unidad en el exterior”. Conviene recordar que entonces en el Partido Comunista, por su capacidad organizativa, militaba gente de la más diversa ralea. Y conviene recordarlo precisamente frente a aquéllos que ahora, desde la derecha española, representada en buena parte por una combinación explosiva de lo que queda del franquismo sociológico y por la adhesión triunfalista a un ultraliberalismo al más impuro estilo “Chicago Boys” –una de cuyos máximos exponentes es la recientemente destronada Esperanza Aguirre-, que se atreve a despreciar no sólo a quienes piensan diferente tachándoles a todos de “chavistas”, golpistas, miembros de la mal llamada “izquierda radical”, u otras lindeces que todos hemos escuchado a lo largo de la campaña electoral, sino a compañeros o camararadas –desconozco cómo se llaman entre sí en ese partido-, más afines a un escuálido conato de democracia cristiana que en España, más allá de la efímera experiencia de la UCD, nunca llegó a cuajar.

La Ley Orgánica del Régimen Electoral de 1985, hija de su tiempo, contemplaba también, junto a los sujetos políticos por antonomasia, la posibilidad de que hubiera “agrupaciones de electores”, pero las propias dificultades burocráticas del sistema implantado, unido a la práctica inexistencia de un tejido de sociedad civil organizado en el Estado asimilable al que existe en otras democracias occidentales, y, típicamente, en las de corte anglosajón, hacían que las opciones de  “participación ciudadana directa no representativa”, como el referéndum o la iniciativa legislativa popular, fórmulas complementarias, por no decir folkróricas, de un sistema de democracia representativo de corte clásico, reglamentado por un sistema electoral rígido de listas cerradas y bloqueadas (con la excepción, por su peso poco significativa, de las elecciones al Senado; pero incluso la legitimidad democrática de estas elecciones estaba corregida por un sistema electoral muy mayoritario perfectamente diseñado para desligar a los representantes electos de cualquier comunicación con la ciudadanía, como ocurre con los sistemas uninominales de corte anglosajón, en los que los candidatos pelean literalmente el voto barrio por barrio, o distrito por distrito.

Sea como fuere, una serie de factores cuyo análisis detenido no es posible realizar aquí, pero en entre los que destacan la corrupción, el desgaste mayoritario del sistema de partidos, y la percepción social de desconexión por parte de los ciudadanos respecto de sus representantes políticos, en el contexto de una crisis ética y de legitimidad de las instituciones a escala mundial, con el cuestionamiento de la legitimidad democrática de las instituciones supranacionales a las que los Estados, de acuerdo con el discurso hegemónico del pensamiento único, han ido cediendo soberanía, agravada por una crisis económica globalizada que, en nuestro país ha explotado con el añadido de ingredientes locales, han supuesto el clima idóneo para que romper el umbral de tolerancia de los ciudadanos, en su percepción de no ser ya más agentes de su destino. La percepción de pérdida de soberanía y la crisis de lo que, en otros lugares, he denominado “ficción contractualista”, en función de la cual la soberanía procede del pueblo, del que emanan los poderes del Estado, ha irritado, utilizado una terminología sociológica muy empleada en teoría de sistemas a la sociedad civil española, de tal manera que ha contribuido a la emergencia de los llamados “movimientos sociales”, movimientos de participación ciudadana o movimientos de participación directa, que, en el fondo, han venido a reivindicar el espacio público que por derecho debe corresponder a los ciudadanos. En definitiva, la vieja idea tan bien expresada por Lincoln en el discurso de Gettysburg, de un gobierno “del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. De que los ideales ilustrados de la modernidad no podían sucumbir en la posmodernidad de la falta de centralidad del poder, sino que debían ser canalizados por nuevos vehículos de participación ciudadana en la cosa pública. La ciudadanía o, en términos más clásicos, “el pueblo”, ha tomado conciencia de que debía recupera un espacio, y que ese espacio era precisamente el poder político, hurtado por tecnócratas que, utilizando un viejo lenguaje marxista, eran simplemente las correas de transmisión profesionalizadas del Poder en la sombra: el de los lobbies económicos. La prudencia me aconseja no ir más arriba en la búsqueda de quién, quiénes o qué nos gobierna realmente. Sobre ello también he tratado en otro lugar.

La lectura que cabe hacer, a nivel sociológico, de estas elecciones, puede resumirse, aun a riesgo de ser demasiado reduccionista, en lo siguiente: la irrupción de una nueva formación política, Podemos, no sin debates y sacrificios internos, ha tenido la habilidad de apostar por la integración de las candidaturas de unidad popular ha servido de resorte para espolear a una ciudadanía descontenta, y con razón. Las víctimas de los desahucios, de las políticas de recortes, del crecimiento desigual y de las consecuencias del desmantelamiento del Estado del bienestar y de la propia credibilidad de las instituciones, agrupadas en una diversidad de movimientos sociales y de “mareas” que en su momento desembocara en lo que fue el 15-M, han evolucionado hacia un nivel organizativo suficiente como para presentarse, frente al electorado más pasivo, como una fuerza o conjunto de fuerzas razonables como opción electoral política y, sobre todo, como opción de gobierno, comenzando por el gobierno de los Ayuntamientos y, en algunos casos, por el de algunas entidades territoriales superiores y alguna Comunidad Autónoma. El partido político Podemos, formalmente clásico y materialmente dinámico, constituía un vehículo adaptado para participar, con opciones serias de gobierno, en la contienda electoral. A condición no dejarse arrastrar por sus sectores más populistas. Es así cómo la legitimación material de Podemos de cara a estas elecciones –y ello se ha visto por los resultados electorales, comenzando por las plazas más emblemáticas del Estado- necesitaba integrar una buena parte de los movimientos sociales, para construir lo que se ha llamado “candidaturas de unidad popular”. Asistimos, y coincido en esto con mi colega Fabio Gándara, articulista del Huffington Post, a un momento que a muchos nos puede resultar ilusionante, a distinto nivel, en la historia de la democracia española. Con la convergencia del acervo técnico de la gente de Podemos y la legitimidad material de la gente sin más, “el pueblo”, parece que buena parte de las exigencias de legitimidad democrática de un sistema económico-político percibido por la mayoría de la ciudadanía ha comenzado a ocupar el espacio público que la ciudadanía había perdido, y con ello hoy parecen posibles exigencias que hace cinco años hubiesen sido impensables, o meros sueños utópicos. Poner a los poderes fácticos en su sitio. Plantarse ante las deudas injustas. Desterrar la usura y la insolidaridad del país. Y todo ello ha comenzado ya, “ahora”, como se han llamado algunas candidaturas, en el nivel de las elecciones municipales. Para que el “debe” del sujeto político que nació con las revoluciones de la Ilustración vuelva a ser el “es”: “nosotros, el pueblo”. Las tres palabras con las que comienza la Constitución norteamericana. Y permitidme, mis queridos lectores, para concluir, la “licencia poética”: para que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no desaparezca de la faz de la tierra.

 

Por Pablo Guérez Tricarico, PhD

Doctor en Derecho

Acreditado a Profesor Contratado Doctor

@pabloguerez

 

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¿Es Podemos una alternativa de Gobierno? Por qué no me convence Pablo Iglesias.

noviembre 20, 2014 § Deja un comentario


“The powers not delegated to the United States by the Constitution, nor prohibited by it to the States, are reserved to the States respectively, or to the people” (Constitution of the United States of America, 10th Amendment)

El pasado 17 de noviembre, La Sexta Noticias informó de que Pablo Iglesias sería el político preferido por el electorado como candidato a Presidente del Gobierno de España, con un 34,8% estimado de los votos, a una notable distancia de Pedro Sánchez, con 24,8%, y Marion Rajoy, con el 13,9 % (fuente: Invymark). Si se me hubiera preguntado a mí, sobre todo después de la entrevista de Pablo Iglesias con Ana Pastor, aunque a regañadientes, respondería con sinceridad: A ninguno de los tres. A continuación trataré de desarrollar los argumentos que me han llevado a justificar mi postura.

Nunca me han gustado los personalismos, y en Podemos Pablo Iglesias parece poder y querer acapararlo todo, además de tener ideas poco compatibles con un régimen democrático, como la limitación de los salarios por arriba (típica medida que fuera aplicada en los países del “socialismo real”), confiscaciones (prohibidas por la Constitución; mejor hablar de expropiación, función social de la propiedad y sumisión de la riqueza nacional, cualquiera sea su titularidad, al interés general, como dice el art. 128 de nuestra Constitución, o de la planificación en ciertos sectores estratégicos a que se refiere el art. 131.2 CE, que nunca se aplicó, y que no es exactamente la planificación soviética). Su apoyo al régimen chavista en el pasado es perdonable, pero que haya propuesto a la República Bolivariana como modelo es infumable. Y lo dice alguien que no tiene inconveniente en declararse “de izquierdas” de verdad, pero con conocimiento de la realidad y con convencimiento de que los cambios duraderos se hacen poco a poco, y sobre todo, desde abajo. La caída de los regímenes comunistas nos ha enseñado el error de la centralización de la propiedad en el Estado o en la colectividad, y también nos ha enseñado respeto al principio de subsidiariedad, conforme al cual hay que dar poder a las personas y a los sistemas sociales intermedios entre éstas y el Estado, que conforman la llamada “sociedad civil”, so pena de incurrir en una absorción de la persona y de su dignidad en una colectividad negadora de los derechos humanos más elementales.

En cualquier caso, y ya desde el punto de vista pragmático, en el contexto europeo y mundial dominado por el pensamiento único ultraliberal, el cual hoy detenta la hegemonía cultural, muchas políticas que propone Pablo Iglesias son directamente inviables, y por sinceridad, la misma que él reclama a los líderes de la por él mal denominada “casta”, debería advertirlo claramente a los ciudadanos. Por otra parte, el TTIP se va aprobar, queramos o no, y las vetustas instituciones de Bretton Woods y de Naciones Unidas, que dominan la política económica mundial, van a seguir dándonos sus “recetas”: ¿de verdad alguien como Pablo Iglesias, aunque sea presidente de un país como España (no somos Estados Unidos, ni China), podrá hacer algo para mejorar esta realidad social que no cabe desconocer? Si Podemos es una alternativa de participación ciudadana que parta de la base de una comprensión amplia de la libertad material como principio rector de la actividad política, entonces puede ser una alternativa de Gobierno fructífera. Si por el contrario, lo que se pretende es la implantación de viejas recetas latinoamericanomarxistas, entonces se trata de nuevo de un populismo viejo revestido con ropajes nuevos, pero que no consiguen ocultar, ni siquiera con el empleo de un lenguaje que se distancia del marxismo clásico, siquiera del occidental, una peligrosa tendencia antiliberal en el peor sentido, enemiga de las sociedades abiertas.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

Signed by: Pablo Guérez Tricarico, PhD

@pabloguerez

Otro enlace. Más sobre Podemos: recuperar la política.

noviembre 5, 2014 § Deja un comentario


http://ecodiario.eleconomista.es/noticias/noticias/6218373/11/14/CIS-Podemos-se-convierte-en-la-primera-fuerza-politica-en-intencion-directa-de-voto.html#.Kku89TwB9yf9jsg

“Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las oprimen con su poderío. Entre vosotros no debe ser así, sino que, si alguno de vosotros quiere ser grande, que se haga vuestro servidor, y el que de vosotros quiera ser el primero, sea el servidor de todos” (Mt 20,25-26).

No es sólo la intención del voto del resentimiento y de la indignación, sino también el grito desesperado de los “desecantados” por el “sistema”, a los cuales me sumo. El dato refleja la voluntad de cambio de un electorado decepcionado y, sobre todo, de los colectivos marginados y estigmatizados -a los cuales también me sumo- por la idolatría plutocrática que permitimos que nos domine. En este sentido, yo no soy un “hombre de bien, ley y orden”, sino una persona, con sus defectos o debilidades, pero también con sus virtudes, que cree en su dignidad y en la convivencia basada en valores humanistas, además de cristiano y creyente en la Misericordia divina, fuente de todas las bondades. Ante una sociedad que se ha postrado al dios Dinero y se ha menospreciado a sí misma, negando la dignidad de las personas que la componen, la formación política Podemos simboliza, de algún modo, muchas de las aspiraciones legítimas de aquellos que aspiramos a recuperar una dignidad perdida. Ante el previsible desplome augurado por la encuesta del CIS de IU -cosa que lamento, pues tienen candidatos muy válidos-, urge una alianza estratégica, basada en muchos valores que son compartidos por ambas formaciones, que sea capaz de desterrar los personalismos. Podemos es contingente, pero la voluntad del electorado, especialmente de los más desvaforecidos, es sagrada. Porque nosotros, “we, the people”, somos el pueblo soberano.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

Signed by: Pablo Guérez Tricarico, PhD

@pabloguerez

Os dejo de nuevo con un enlace musical de mis preferidos para confortar el alma de todas las personas con sensibilidad social, tradicionalmente adscritas a “la izquierda” o “las izquierdas”: https://www.youtube.com/watch?v=hsBo3rN6Z1M

Salud, compañeros.

¿Podemos emprender una política de rostro humano? Compromiso político y religión.

agosto 24, 2014 § Deja un comentario


 

Jesús, llamándolos junto a sí, dijo: Sabéis que los gobernantes de este mundo se enseñorean de ellos, y que los grandes ejercen autoridad sobre ellos. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera entre vosotros llegar a ser grande, que sea vuestro servidor, y el que quiera entre vosotros ser el primero, que sea vuestro siervo (Mt 20, 25-27, ca. 80 d. C)

The brave men, living and dead, who struggled here, have consecrated it far above our poor power to add or detract. The world will little note, nor long remember, what we say here, but it can never forget what they did here. It is for us the living, rather, to be dedicated here to the unfinished work which they who fought here, have, thus far, so nobly advanced. It is rather for us to be here dedicated to the great task remaining before us—that from these honored dead we take increased devotion to that cause for which they here gave the last full measure of devotion—that we here highly resolve that these dead shall not have died in vain—that this nation, under God, shall have a new birth of freedom—and that, government of the people, by the people, for the people, shall not perish from the earth (Abraham Lincoln, given to Edward Everett, 1864)

Todo el mundo quiere cambiar a la Humanidad, pero nadie quiere cambiarse a sí mismo (Lev Tolstói, ca. 1900)

Cambia tu corazón, y cambiarás el mundo. Porque el que es fiel en lo pequeño será fiel en lo grande

A todas las personas de buena voluntad de los movimientos sociales, especialmente de los vinculados a Izquierda Unida y a PODEMOS

A Tania Sánchez, cuyo discurso sigue ilusionando como un vergel en el desierto mediático previamente repartido por los responsables de la información

 

El problema: buena parte del mundo crítico del panorama sociopolítico español, no sin mucha razón, propone lo siguiente para

+EL PUEBLO UNIDO CONTRA LAS INJUSTICIAS

La lectura de estos puntos programáticos que me han hecho llegar a través de Google + algunas personas próximas al movimiento PODEMOS me ha producido, por una parte, simpatía, y, por el otro, impotencia. Simpatía porque estaría de acuerdo en el 90% de sus puntos si pudieran cumplirse sin que los poderes de este mundo -no sólo los económicos- no tuvieran capacidad de reacción. Es más: aun si pudiera ser posible, como hacker, extender un virus que destruyese todos los títulos de propiedad, legal o ilegalmente adquiridos, esa opción robinhoodiana me merecería simpatía, como en la película Los fisgones, 1991, aunque no considero que ésta fuese una opción razonable, ni menos deseable o generalizable. Lo que ocurre es que, leyendo los puntos programáticos del ámbito de PODEMOS, y a pesar de algún nuevo lenguaje, me suenan a viejo marxismo, el cual, en sus concretas aplicaciones históricas nunca favoreció del todo a las clases más bajas -aunque a favor de algunos regímenes marxistas occidentales “mitigados”, como algunos países del Este de Europa, o la propia URSS posterior a Kruschev, hay que decir que las necesidades más básicas de toda la población fueron atendidas, si bien a costa de reducir las oportunidades de aumentar la riqueza nacional y un reparto equitativo de mayores bienes, como denunciaran muchos marxistas críticos o teóricos de la justica como John Rawls-; más bien, a las clases populares y profesionales -por cierto, todavía enfrentadas en los países “libres” por el voto por los partidos del centro-izquierda, sociológicamente preferidas por las clases populares, o del centro-derecha, sociológicamente preferidas, al menos hasta ahora por los llamados “profesionales” que se sienten superiores- se las sometió, en los tiempos del “socialismo real”, al opio de la doctrina comunista oficial, que no de la religión. Dicho esto, he querido aprovechar este mensaje para expresar mi opinión sobre PODEMOS y los movimientos sociales, respecto de los cuales, y a pesar de sus buenas razones -sí, buenas, por si a algunos “hombres de bien” o de law and order no se lo parece-, y sobre su capacidad transformadora de la sociedad no puedo menos que mostrar un triste escepticismo. Y no precisamente por las razones más apuntadas por la prensa al uso: desconfianza de la población general para que PODEMOS pueda convertirse en una alternativa de gobierno viable, preferencia del movimiento por puntos programáticos en lugar de una nueva manera de hacer gobierno, así como algunas otras acusaciones al menos dudosas de que la formación y sus simpatizantes han sido y continúan siendo objeto de la prensa conservadora.

A estas alturas de la evolución humana, está visto que cualquier sistema económico, ya sea capitalista, ya comunista o intermedio, está sujeto a la necesidad de los poderosos de utilizar el poder para mayor gloria de ellos, y no de la comunidad política. Con ello no pretendo adherirme a las tesis del liberalismo político tradicional, que proclama que el hombre es egoísta por naturaleza -personalmente sostengo que hay hombres más egoístas y hombres más altruistas; incluso la misma persona puede actuar de una manera u otra en función de su entorno y de su aprendizaje-. Por ello, me cuento entre los que consideran que precisamente debe limitarse cualquier poder, incluido el poder político, uno de los mayores enemigos de la libertad del hombre, junto a las riquezas, y no sólo para los que lo padecen, sino para los que lo practican, que se convierten en esclavos de ídolos modernos, auténticas dependencias -y mucho más fuertes que las estigmatizadas, como las drogas o los comportamientos “antisociales” o desadaptativos- en el mundo actual.

Lo que parece haber demostrado la Historia de la Humanidad es que tanto las riquezas -entendidas como objetivo último, y no como instrumento para una justa, equitativa y caritativa distribución y, si es necesaria, redistribución del welfare o de la riqueza- o el poder -entendido como poder para gloria del que lo ejerce y no como servicio-, no sólo son nocivos para las personas que tienen que padecer los desmanes de los ricos y de los poderosos-, sino para ellos mismos, debido a la tendencia natural que proporcionan estos instrumentos a la acumulación y a la maldad: porque, ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recuperarla?

Los ricos y poderosos de este mundo, asistidos por “coaches” intrusistas que han ocupado el papel de los antiguos magos y chamanes, prometen a sus aspirantes e iniciados la dominación, primero de sí mismos, y luego la de los demás. Ellos deberían saber a dónde conduce este camino, muy diferente al que conduce la vía estrecha de las disciplinas prácticas de las grandes religiones como la ascesis y la mística. Por ello, llegadas las cosas a la entronización de la economía como disciplina desacralizada, en términos de Mircea Eliade, a la que hay que sacrificar a la persona, es necesaria una reflexión transversal, que vaya más allá de los objetivos de los partidos políticos y de las personas que de verdad quieren cambiar el mundo. Porque no se hizo la economía para el hombre, sino el hombre para la economía. Para ello, es necesario un cambio personal radical, que no sé hasta qué punto las personas estamos verdaderamente dispuestos a emprender.

Me considero una persona cristiana que intenta vivir su fe sobre todo desde la autenticidad y no desde la autoridad. Pertenezco a la Iglesia Católica, que para mí no es otra cosa que el pueblo de Dios y mi casa espiritual. Una Iglesia que no entiendo excluyente, sino más bien abierta a todo el mundo, incluidos a los que no quieren entrar en ella formalmente pero buscan la verdad como ellos la entienden, y realizan realmente la voluntad de Dios, como en la parábola de los dos hijos. En relación con esto, simplemente quisiera realizar dos matizaciones a los “puntos programáticos” que me han llegado desde la esfera de PODEMOS, y que intentan, desde mi posición, que no es la de un “hombre de bien”, perfectamente integrado en la sociedad conservadora que criticara Jesús de Nazaret y que le costó la vida, en la defensa de los débiles, de los necesitados, de los marginados y de los excluidos por el status quo de la época, tanto político como religioso; pues la política era religión y la religión era política: algo, por cierto, no muy diferente en nuestros días, en las que hay pseudorreligiones desacralizadas, en palabras de Mircea Eliade, como la economía, a la que sirve la política formal. En primer lugar, en cuanto a la eliminación de los privilegios de la Iglesia, la Iglesia Católica declaró en 1964, en un documento conciliar del máximo nivel institucional, la Gaudium et spes, que estaría dispuesta a renunciar a dichos privilegios si ello redundara realmente en favor del bien común. Pues bien, a mi modesto entender ha llegado este momento, y el papa Francisco está dando muy buenos ejemplos de ello, de auténtica actitud evangélica que constituye el espíritu de la Iglesia. No es éste el lugar adecuado para explicar la falta de desarrollo de esta propuesta de la Iglesia. Por otra parte, los críticos de la Iglesia Católica deberían ver los fondos que se destinan en las colectas y en otras actividades, auditados por empresas independientes, y, sobre todo, la labor desarrollada en este ámbito por muy diversas organizaciones católicas, diocesanas o de adscripción diversa, como Cáritas, aquí y en el Tercer Mundo. No hay nadie, ni en cifras ni en dedicación – y de ello tenemos cada día ejemplos de personas que, por Cristo y su Evangelio, que proclama en la práctica fundamentalmente el amor al prójimo-, que lo haga mejor. Y a su vez, los católicos instransigentes, o “de rito”, deberían reflexionar -si es que muchos pueden hacerlo y no están obcecados por el fanatismo, en ocasiones incluso violento-, sobre la realidad y el compromiso de su fe, abandonando una falsa piedad y una falta de mezcla con la gente que no es como ellos, y que ha sido una de las causas que más ha contribuido al abandono de muchas personas de buena voluntad del seno de la Iglesia; por cierto, de cualquier Iglesia, no sólo de la católica. Porque, advertidos por Jesús, no todos los que dicen “Señor, Señor” serán admitidos en el Reino, sino sólo los que hacen la voluntad de su Padre. Un Padre que, por lo demás, es misericordiosísimo y que, tal y como se nos enseña en las parábolas de validez universal del hijo pródigo y de las otras parábolas pequeñas de Lucas 15, está siempre dispuesto a perdonar y a devolver al hombre su dignidad perdida, ensalzándolo incluso sobre aquellos que se consideran a sí mismos como “justos”; así nosotros, pecadores, deberíamos perdonar a los que nos ofenden, como rezamos en el Padrenuestro.

Llegamos entonces al punto fundamental de mi crítica constructiva y de mis reflexiones para cualquier proceso de regeneración política y social. Ahora que todo el mundo -con mayor o menor preparación- habla de economía, ahora que lo que es llamado economía detenta la hegemonía cultural del pensamiento a todos los niveles del conocimiento práctico occidental, vamos a hablar también de economía. Es una disciplina más sencilla que sus espurias derivadas pseudocientíficas que estudian los estocásticos, el análisis técnico y el análisis de los mercados de valores, cuestiones que intentan predecir, normalmente retroactivamente, sobre la base de “modelos”,  y no de personas. La economía trata de algo mucho más sencillo: la distribución de las necesidades. Y es aquí donde quisiera expresar mi reflexión fundamental: no es posible pensar en emprender un esfuerzo colectivo de cambio social -en sentido progresista-, de regeneración política o de sumisión de la macroeconomía a las necesidades reales de la gente sin tener en cuenta  precisamente la cuestión de las necesidades. Es necesario redefinir las necesidades. Como expresa el lema de Cáritas, vive sencillamente, para que otros, sencillamente, puedan vivir. Algunos economistas que han tratado de volver a los orígenes de su ciencia -por cierto, muchos de ellos no procedentes de países “desarrollados”-, han comprendido realmente lo que la economía significa, y no sólo a nivel teórico, como hicieran en el ámbito occidental los epígonos del marxismo metodológico como Horkheimer, Adorno o Marcuse en los años 60 y 70, sino a nivel práctico e intercultural, como el tachado de heterodoxo por sus colegas del pensamiento único de la Escuela de Chicago Amartya Sen, bengalí de nacimiento y Premio Nobel de Economía en 1998. Era necesario que el genio espiritual de un país como la India se hiciera notar también en el pensamiento económico, como también lo era que el espíritu del catolicismo ortodoxo, despojado de su lucha geopolítica en favor del mal menor -el capitalismo de los años 60- frente al socialismo real de entonces, volviera a sus auténticas raíces -el Evangelio- con documentos conciliares sobre economía y vida política, a juzgar por eminentes teólogos -fundamentalmente pertenecientes o simpatizantes al movimiento de la teología de la liberación, como Ellacurría o Tamayo, pero no sólo, sino también según buena parte del jesuitismo y del franciscanismo “otrodoxos”, insuficientemente desarrollados por la realpolitik vaticana de los años anteriores a la caída del Muro. Ya antes, teólogos tanto católicos de la talla de Urs von Balthasar, Vito Mancuso o Hans Küng -este último todavía en activo-, en el ámbito católico, o Robert Bultmann o Karl Rahner, para el ámbito protestante, así como pensadores ecuménicos norteamericanos como R. W. Emerson mostraran su compromiso por las tesis sobre la parcialidad de Dios y la opción preferencial por los pobres, que debe implicar la labor de la Iglesia. Es algo todavía proclamado por representantes de algunas parroquias abiertas incluso en barrios conservadores y excluyentes como en el que habito, como el párroco Alejandro Fernández Barrajón, fraile mercedario, o el conocido Padre Ángel.

Volviendo al tema de las necesidades… ¿De verdad necesitamos tantas cosas, cuando sólo una es importante? La gestión de las necesidades es la base de la ciencia económica. No es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Y, aunque suenen a tópico, estas expresiones muestran con una sencillez perfectamente intersubjetiva la verdad que se esconde tras de ellas, accesible tanto al campesino analfabeto como al catedrático de Filosofía Moral. Como que hay gente tan pobre, tan pobre, que sólo tiene dinero. Pero entiéndaseme bien: con ello no pretendo quitarle valor, en primer lugar, a la necesidad de trabajar, aquí y ahora, por un mundo más justo, que yo entiendo con el Reino anunciado por Jesús, cada uno a su manera y ayudando a los más desfavorecidos, poniendo en práctica sus carismas pero también aceptando sus limitaciones. Tampoco pretendo criticar el valor de liberación personal y social del trabajo, el progreso e incluso las riquezas, salvo que quiera seguirse una, por cierto, respetabilísima, vocación contemplativa, monacal o eremítica. Precisamente por ello, en el momento actual es necesario devolver a muchas personas la dignidad de poder aspirar a un trabajo digno o de recuperar el que tuvieron -a mi juicio, no todos los “trabajos” lo son-, que en un Estado capitalista casi “puro” en crisis, precisamente como el nuestro, ha escindido la formación superior, todavía a su cargo en más de un 80% según cifras del INE, de la empleabilidad, que ha “dejado” al mercado -no sin mantener organismos de intermediación laboral cuya efectividad deja mucho que desear-, hay que ir mendigando a las responsables de recursos humanos de las grandes empresas, para las personas con formación, o a los gerentes machistas de la pequeña empresa, para las personas sin formación. Sí, soy políticamente muy incorrecto, y además, me gusta serlo. Hay que poder comer y beber para vivir con dignidad, tener vestido y techo. Lo que hace falta es un cambio de actitud hacia las “cosas del mundo”, que nos conduzca a otorgar a los bienes materiales el valor instrumental y relativo que realmente les corresponde, es decir, ser capaces de no perder al mismo tiempo de vista que sólo una cosa es importante. Ésta es la idea que, en mayor o menor grado, está detrás de todas las religiones: el desapego, comenzando por el de los bienes materiales. Pero para ello es necesario un cambio de actitud, muchas veces, radical. Es necesario renunciar a muchas necesidades artificiales a las que muy a menudo nos cuesta renunciar. Lo que sí tengo claro a estas alturas es que, si no cambiamos nuestro corazón, no podremos experimentar la auténtica alegría de la libertad que nos lleve de manera natural, como un niño, a ayudar a nuestro prójimo, movidos por la empatía, la compasión y el Amor, y con ello, a irnos desprendiendo poco a poco de nuestros propios egoísmos, de nuestros problemas y de nuestro “yo”. Pues no hay mejor manera, como ya señalara el siglo pasado el gran psicólogo Adler, de curar nuestras neurosis que saliendo de nosotros mismos y ayudando a los demás. Algo que ya nos enseño Jesús con su mensaje de que “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí y por mi evangelio, la salvará”. Se trata de un mensaje a mi juicio universal, que puede ser aplicado, como todas las ideas de fondo de este artículo, a las personas de cualquier religión, credo, ideología y a las que no profesan religión alguna, pues todas somos hermanas y nos unen al menos dos cosas radicalmente fundamentales: la conciencia de nuestra muerte y el deseo de sobrevivir a ella, nuestro deseo de inmortalidad. Es este sentido, desde el punto de vista teológico-religioso, me ha interesado hablar más de actitudes y de comportamientos que de “verdades” dogmáticas, precisamente con vistas a la construcción de un terreno común para la acción práctica de todas aquellas personas de buena voluntad que realmente quieran, cada una desde su posición, contribuir, literalmente, a cambiar el mundo. Estas ideas no pueden ni deben ser ajenas al discurso y a la praxis política y social. Precisamente por ello he querido ser radical en el sentido etimológico de la palabra, para manifestar mi convicción de que cualquier cambio político y social debe venir “desde abajo”, desde un cambio en nuestra actitud egoísta de la que todos somos esclavos. Sólo así podrá desenmascararse por las buenas, generando credibilidad en nuestro entorno más inmediato, a modo de “luz del mundo”, es decir, sin enemistad, la actitud de muchos representantes religiosos, de esos “hombres de bien” respetables que cumplen los ritos de la religión católica, las dobles morales, las cargas illevaderas ordenadas por estas personas con poder como para ejercer presión social. No se me oculta que el condicionamiento social de la conducta -que incluye pensamiento como conducta verbal, en términos skinnerianos, y acción- resulta muy difícil para todos, no sólo para aquellas personas que no tienen tiempo material para plantearse esta cosas, o para aquellos que, pensando solamente en sí mismos y en su “bienestar” material, constituyen el “rebaño adormecido del que hablara Noam Chomsky. También algunas personas cultas caímos en el pasado en la trampa del consumo como sustitutivo de la necesidad de reconocimiento social a que se refierera el psicólogo Maxwell en su teoría piramidal de las necesidades humanas, y con ello, en el ciclo kármico -por emplear un término religioso panindio pero de validez mítica universal, como expresara Mircea Eliade- de la rueda del consumo-disfrute-trabajo-crédito-más consumo. Para todos es difícil sustraerse a la presión del entorno sofisticadamente diseñada por aquellos que detentan la economía cultural, pues todos somo esclavos de nuestras pasiones, jóvenes y mayores, y nadie está exento de tomar el camino equivocado -o el pecado-. Pero precisamente por ello, la novedad del mensaje de Jesús reside en el hecho de que todos estamos perdonados, y con ello, justificados. Sólo es necesaria una actitud de reconocimiento, de conversión y de lo que, en otras épocas no muy lejanos, estaba abarcado no sin ambigüedad en lo que llamábamos “penitencia” (Küng, 2014). Por ello, el momento de crisis en el que nos encontramos, si no caemos en el desánimo, puede ofrecernos una oportunidad real -es decir, sujeta a vaivenes, a la vuelta a los mismos errores, a pasos atrás, como no puede ser de otra manera- de cambiar nuestra actitud hacia nosotros mismos, nuestras necesidades, nuestro modelo de sociedad y nuestras relaciones entre nuestro prójimo y entre otras sociedades -de personas, se entiende-. Ello sólo podrá ser posible, a mi juicio, cambiando nuestro corazón, con la ayuda de Dios -cada uno como lo entienda-. Sólo así, desde lo pequeño, podremos trabajar con impecabilidad en tareas humildes que nos consigan el respeto de los demás. Porque el que es fiel en lo pequeño, también lo será en lo grande. Desde el que ha pasado por la experiencia de la humildad, podremos aspirar a puestos en los que la Providencia nos ponga, pues para Dios, que quiso nacer como hijo de un carpintero, no hay nada imposible. La predicación de Jesús cambió el mundo, y si el reino de Dios, que él proclamó ya entonces en medio de nosotros no ha llegado a la tierra ha sido por la dureza de los corazones.

En cuanto a promover cambios positivos en la sociedad, comencemos planteándonos objetivos concretos, y se nos irán dando los cometidos de lo grande. Así, por ejemplo, centrémonos en combatir la situación de pobreza -material y espiritual- de nuestro prójimo; la degradación material y moral de los barrios de nuestras urbes deshumanizadas y caracterizadas cada vez más por contactos anónimos aplaudidos por insignes sociólogos, que ven sociedades de comunicaciones donde deberían ver sociedades de personas. También podremos darnos cuenta de que la intolerable degradación y contaminación de nuestros espacios naturales acaba a la larga con la supervivencia de la propia especie humana, superando el cortoplacismo imperante en este tiempo de la instantaneidad. Y sólo así podremos devolver la dignidad a continentes enteros deliberadamente excluidos de las bondades del consumo y de la globalización, como África, gran parte de Centroamérica, la mayor parte de América Latina y buena parte de Oceanía, aliviando la situación de miseria extrema que clama al Cielo.

Desde la opinión que quiero sostener, todas las personas, de cualquier credo, o de ninguno, pero que compartan esta necesidad de cambio de actitud individual antes de adquirir cualquier compromiso social, sobre todo político, son capaces, desde su ser y sus circunstancias, como diría Ortega, de contribuir al bienestar y a la justicia social, a la caridad, al fomento de un empleo cuya adjudicación se realice en equidad, es decir, en función del reconocimiento de los talentos y carismas y de las limitaciones y debilidades de cada uno, así como a una distribución de la riqueza basada en las necesidades de toda la comunidad política, especialmente, de los más pobres, de los excluidos, de los marginados, de los victimizados y de los estigmatizados, para que éstos, superando su situación, puedan contribuir realmente al bienestar de la Nación y de todo el orbe y recuperar con ello la dignidad que proporciona el trabajo, aportando sus habilidades y sobre todo su humanidad, y convirtiéndose de este modo en protagonistas activos de su destino y del bien común.

 

A.M.D.G.

 

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25-M: European Elections in Spain. Los verdaderos ganadores morales de las elecciones europeas en España: los ciudadanos y los candidatos “amateurs”. Otra política es posible.

mayo 26, 2014 § 1 comentario


 

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Dedicado a las formaciones y a los partidos democráticos pequeños progresistas de toda Europa y, sobre todo, a las candidatas y candidatos “amateurs” de corazón de las fuerzas políticas pequeñas ganadoras de estas elecciones europeas en España; en especial, a Marina Albiol Guzmán (EU-PV), María Lidia Senra Rodríguez (ANOVA), Ángela Rosa Vallina de la Noval (EU-PV), Nuria Lozano Montoya (EU-PV), Lara Hernández García (IU), María Teresa Rodríguez-Rubio Vázquez (PODEMOS), María Dolores Lola Sánchez Caldentey (PODEMOS), Carlos Jiménez Villarejo (PODEMOS), Pablo Echenique Robba (PODEMOS), Pablo Iglesias Turrión (PODEMOS), Ángela Labordeta de Grandes (CHA), Florent Marcellesi (EQUO), Jordi Sebastià Talavera (COMPROMIS), Mireia MolÀ (COMPROMIS-IPV), Rafael Polo Guardo (LV), Carolina Punset Bannel (CIUDADANOS-PARTIDO DE LA CIUDADANÍA), Juan Carlos Girauta Vidal (CIUDADANOS-PARTIDO DE LA CIUDADANÍA), y Javier Nart Peñalver (CIUDADANOS-PARTIDO DE LA CIUDADANÍA) ¡Enhorabuena a los que han conseguido escaños! Puedo decir que sí me representan, aunque no como delegados de un poder soberano que, desgraciadamente, la UE cedió a las instituciones bancarias en 1992 con el Tratado de la Unión Europea.

Dedicado a Robert Schuman (1886-1963), IN MEMORIAM

 

Los resultados electorales de las últimas Elecciones Europeas dejan pocas dudas sobre el mensaje que el conjunto de la ciudadanía que decidimos ir a votar ayer, aun “in extremis”, quisimos mandar a los partidos políticos. El desplome de los dos partidos tradicionales -el PSOE y el PP-, la entrada triunfal en el Parlamento Europeo de PODEMOS y la subida generalizada de los partidos pequeños, básicamente representativos de un espectro social de centro-izquierda, cuando no de izquierda sin más, renovada y plural, ha canalizado por la vía pacífica de las urnas las frustraciones, las decepciones, pero también las ambiciones y las aspiraciones de mucha gente, joven y no tan joven, de un conjunto muy significativo y significado de la población, el cual, a través de las redes sociales y de otros mecanismos de acción directa y participativa, ha pedido sencillamente, en lo positivo, más (sic) democracia para las instituciones europeas: básicamente, entre otras cosas, que no haya una casta política “chupando del bote” de instituciones europeas no democráticas, al amparo de un Banco sin supervisión de un Tesoro público políticamente dependiente de instituciones democráticas -algo insólito en cualquier potencia mundial y ajeno a cualquier proceso de integración regional en todo el mundo-, que es, básicamente, quien nos “gobierna” directamente en Europa. Pero la ciudadanía ha pedido mucho más: la recuperación de la política entendida en su sentido más noble, como poder de los ciudadanos sobre la cosa común, y su supremacía frente a los poderes fácticos; en nuestra disgregada Europa, sobre todo, al poder de los mercados, que son los verdaderos legisladores que dictan las reglas a las Troikas, a la Sra. Merkel, a los políticos neoliberales y neconservadores que sólo piensan que recortando el gasto público en aspectos esenciales del Estado social -una construcción, la del Estado social, con su “economía social de mercado” ” a la alemana” (sozialmarktwirkshaft) o “a la nórdica”, con sus socialdemocracias tradicionales de los años 60 y 70-, que había conformado la identidad europea por tantas décadas, frente a otros modelos de integración regional en el resto del mundo, y ahogando la demanda interna, haciendo accesible el consumo sólo para unos pocos -los mismos-, es posible mantener la estabilidad del “sacrosanto” déficit público y ofrecer, casi a modo de víctima propiciatoria, a los mercados, el sufrimiento de la población, ya que el crecimiento o el desarrollo económico, sinceramente, no les interesa.

En la otra parte no ya de una ideología, sino de una actitud frente a la política, se sitúan los auténticos partidos ganadores, tanto moralmente, como electoralmente. Felicidades a todos los partidos democráticos que han subido en número de escaños, así como a los nuevos partidos democráticos que han conseguido entrar en el Parlamento Europeo: PODEMOS, Primavera Europea-Compromis-Equo-CHA y Ciutadan’s. Algunos de dichos partidos han conseguido entrar con mucha fuerza, como PODEMOS. A esta formación, de apenas cuatro meses de existencia, le auguro larga vida, así como que sea capaz de tender puentes entre las demás formaciones políticas, ya sean “de izquierda” o surgidas del descontento popular y que abogan por una auténtica regeneración democrática, y que hagan gestos de renuncia a la tan denostada “política de castas”, en la terminología del líder de aquella formación, el Dr. Pablo Iglesias. Como bien recordaba en su excelente discurso de esta noche en una conocida plaza de Madrid, “mañana seguirá habiendo seis millones de parados, y no se pararán los desahucios”. La aspiración del Dr. Iglesias de superar a los “partidos de la casta”, articulando en una organización aspiraciones nacidas en el 15-M, se me antoja quizá demasiado lejana. Pero nunca se sabe. La historia ha dado muchas vueltas, y en los momentos de crisis, en los que el pueblo ha sentido más que nunca pisoteados sus derechos materiales y formales como ahora, puede suceder cualquier cosa. Sin embargo, el Dr. Iglesias debería ser consciente de una cosa: sin quitarle el mérito indudable del auge de su formación, buena parte de su éxito electoral -que él mismo ha calificado de insuficiente- se ha debido no sólo a la abstención -inferior, por poco, a la de las últimas Elecciones Europeas de 2009-. Como politólogo deberá saber que ha sido favorecido por el sistema electoral de circunscripción única vigente en estas elecciones, algo, por cierto, reclamado por Izquierda Unida y por otros partidos con y sin representación en el Congreso de los Diputados, y que no ha sido suficientemente tenido en cuenta por los analistas políticos “oficialistas”. Éste voto ha sido más generoso y poético de lo que ha parecido, y no puede compararse con hipotéticos resultados futuros o pasados de unas elecciones municipales, autonómicas o generales. Por ello, la consecución de una amplia mayoría social pasa por tender puentes a formaciones políticas con un discurso afín a nivel estatal, tanto de cara a las elecciones autonómicas y municipales, como de cara a las elecciones generales, llevando a la política estatal las propuestas que han sido incorporadas a la agenda europea, algunas de ellas típicamente españolas -o agravadas por el modelo sociopolítico español vigente-. En primer lugar, debería abrirse una reflexión con los movimientos sociales, como aquella formación misma indica, junto a otras como lzquierda Unida, en la que su burocracia interna debería dar lugar, como de hecho está dando, cada vez a nuevas caras y a nuevos modos de hacer política más próximos a la ciudadanía y a los movimientos sociales, no vinculados necesariamente con la antigua historia de la coalición IU y con su antiguo modo de funcionamiento, muy ligado a la realpolitik del aparato del PCE; mucho de esto ya ha sido hecho con la formación de la Izquierda Plural, habiendo integrado a buena parte -si bien no a todo- el ecologismo político español, y ello es de alabar en esta formación en parte “tradicional”, que surgiera históricamente para plantar cara a la “esquizofrenia” socialista ante la entrada de nuestro país en la OTAN, bajo la presión de unos Estados Unidos dominados por una política reaganniana al borde de una verdadera legitimación democrática en ejercicio.

En un análisis político de la jornada electoral de ayer, no se me oculta el impacto social de que en Cataluña Esquerra Republicana haya sido la primera fuerza política; al margen de su proyecto europeo, muy encomiable en muchos puntos, no puedo dejar de avdertir un factor de estabilidad política cuya responsabilidad trasciende a la propia Comunidad Autónoma catalana y es, en parte, imputable a una política muy agresiva del Gobierno central sustentado por el Partido Popular. Personalmente, me cuento entre los que opinan que la secesión de Cataluña es un error y supondría un perjuicio no sólo para el resto de España, sino para la propia formación catalana. Siempre he sido enemigo de los nacionalismos -que no de los nacionalistas pacíficos-, aunque el provincianismo que ellos destilan pueda ser explicable por el descontento de estar siendo manejados por fuerzas que no controlan. Frente a ello, no considero que haya que blandir la Constitución Española -fruto de un consenso y de un esfuerzo muy complicado, hija de su tiempo, desde luego más noble que éste, y que difícilmente pudo haberse hecho mejor-. Basta con recordar a las formaciones independentistas o “sólo nacionalistas” (como CiU, que iniciara el proceso del referéndum y ahora se ha visto castigada; no me extraña: los ciudadanos suelen ser más coherentes y sensatos que sus líderes, y cuando se inicia un proceso de estas características es natural que hayan preferido el original a la copia) algo muy básico en la política europea: el principio de subsidiariedad, que viene a decir, explicado de una manera sencilla, que cuando alguna política puede hacerse desde un territorio u organización administrativa menor, es ésta la competente para hacerla, sin recurrir a las grandes instituciones europeas. España no es una amenaza para Cataluña, sino al revés. Otra cosa es su casta política.

En otro orden de cosas -y aunque no haya sido un problema que se haya dado en España-, no puedo terminar un post sobre las Elecciones Europeas sin manifestar mi preocupación sobre el auge de los partidos de extrema derecha en varios países europeos, desde Francia -con la victoria electoral del partido de Le Pen-, a Dinamarca, Finlandia, Alemania, Hungría o Austria (con el auge del partido neonazi “Nuevo Amanecer”). Se trata sin duda de una mala noticia, cuyos efectos sin embargo creo que pueden estar limitados por la incompetencia de los propios líderes elegidos. El mayor problema es el problema de fondo: la canalización de los problemas ciudadanos y de su actitud hacia las políticas de recortes llevadas a cabo por los partidos tradicionales tanto de inspiración socialdemócrata como democristiana o popular a través del voto euroescéptico. No tanto por la fueza que estas formaciones puedan hacer en el Parlamento Europeo -puesto que su eficacia, en contra de lo que se nos quiere vender por parte de los dos grupos parlamentarios mayoritarios de la Cámara y de sus partidos nacionales “de casta”, utilizando la terminología del Dr. Iglesias, es muy limitada-, sino en el fomento de actitudes ciudadanas xenófobas, machistas y violentas, contrarias a la tradición cultural humanista europea. Y quien dice en la calle, dice en poderosos sectores de la sociedad civil; fundamentalmente, en pequeñas y medianas empresas de la economía y de la industria urbana y rural -pensemos en el ejemplo de Francia-, cuyos líderes políticos ultaderechistas pueden haber “comprado” ese discurso.

Concluyo con una consideración politológica de carácter general. Es verdad que el déficit democrático de la Unión Europea y, en concreto, del Parlamento Europeo, es cada vez mayor, y que esta Asamblea no ha conseguido asemejarse -siquiera en determinadas políticas- a las Asambleas legislativas de los Estados miembros. Sin embargo, aunque el Parlamento Europeo tuviera los poderes de los Parlamentos de los Estados miembros -siquiera al modo de un Estado federal, distribuyendo las competencias por materias y poniendo fin a la codecisión con el Consejo de la Unión-, la situación nos remitiría al déficit democrático de los Estados miembros: es decir, a la ficción contractualista según la cual nosotros, el pueblo -parafraseando el comienzo de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América-, otorgamos a unos representantes nuestro poder para gobernar. Y lo cierto es que, mientras esta ficción no se corresponda al menos con un porcentaje asumible de la realidad política -como lo era en los tiempos de la Guerra Fría-, mientras el dios Dinero siga mandando sobre todo, mientras sean los mercados los que hagan política o manden hacer política a nuestros “representantes”, mientras éstos actúen como representantes de otros, es decir, de poderes económicos conocidos u ocultos -como una especie de “representantes del pueblo de segundo o tercer orden”, será muy difícil volver a hablar de política y de democracia entendidos como el ejercicio del poder del pueblo, por el pueblo y para el pueblo (como, por cierto, todavía se mantiene en la actual Constitución Francesa de la V República, artículo 2). La mejor herencia de la Revolución Francesa, la única que ha conseguido “triunfar” durante tres siglos, está en entredicho, e incluye a los llamados por el marxismo “derechos formales”, los derechos de primera generación, que peligran en nombre de la “seguridad nacional” o, simplemente, porque carecen de base material mínima para que los mismos sean, como manda el artículo 10 de la Constitución Española, “reales y efectivos”. Democracia real y participación ciudadana en los asuntos públicos parecen ser palabras huecas. Y contra ese vacío es contra el que se ha rebelado la mayoría del electorado comprometido en las elecciones de ayer. Pero para recuperar un espacio político para los ciudadanos, de nada sirve apelar al “déficit” democrático de la Unión Europea o a la “política de casta”: hace falta, como bien decía el lema de la Izquierda Plural para esta elecciones, recuperar “el poder de la gente”; la igualdad de la gente. No sólo de aquellos a quienes -al menos a los ojos del mundo- “les va bien”, sino, por ejemplo, de los seis millones de parados que, al menos, gracias a las ideas de verdaderos liberales como Voltaire, Rousseau, Jefferson, John Stuart Mill -si bien este último defendió el voto plural, pero no sobre la base de la clase social, sino sobre la base de la formación, así como el voto de la mujer, algo impensable en aquellos tiempos-, y tantos otros, se les ocurrió la por entonces peregrina idea de que el voto de un mendigo debería valer lo mismo que el de un millonario. Y es así: quizá lo único verdaderamente importante que ha quedado del contrato social es la igualdad del voto, derecho absolutamente formal, casi abstracto, pero fundamentalísimo. El parado, el desahuciado, el enfermo, el marginado, el discapacitado, el mutilado, el excuido, el diferente, el disidente, algunos (y sobre este tenemos que seguir trabajando) inmigrantes, las víctimas de un sistema injusto de distribución de la riqueza, las víctimas del sistema hipotecario y crediticio, los que no tenemos nada (nada directamente intercambiable por las migajas del dios Dinero, o para ofrecer en su altar, ni siquiera prole); en definitiva, los miserables -mis honores para el gran Víctor Hugo-, tenemos el mismo derecho a votar que el señor Botín. O el señor Blesa. O el señor Bárcenas. Al menos hasta ahora. Hasta que seamos realmente importantes y los poderosos cambien hasta el sistema de representación “formal”, dando el voto a los bancos y volviendo al sufragio censitario: ¿os parece un panorama tan distópico como para ser irrealizable? Ojalá me equivoque, pero como los ciudadanos no nos movamos a través de los nuevos canales de comunicación que la llamada sociedad de la información ha puesto a nuestra disposición, como las redes sociales -hasta que sean controladas del todo o censuradas por el gran Poder económico-político, es decir, por el Poder Total que, sobre la base del culto al Dinero, trata de imponerse en todo el mundo, a partir del Club Bilderberg y de un club superior de cuyo conocidísimo nombre no quiero acordarme-, vamos a ver cosas peores.

Sin embargo, no es éste el momento para ponernos pesimistas. Lo importante es que los ciudadanos que realmente queremos un cambio en la política hacia medidas sociales y de regeneración democrática nos movamos y podamos articular una amplia base social -utilizando, como se ha dicho por varios partidos pequeños, “la forma” del partido político, en palabras de varias de las formaciones “pequeñas” triunfadoras de la noche de ayer para concurrir a los niveles inferiores de Poder, como son los de la representación formal de los ciudadanos en los órganos políticos, pero no sólo-; y ello con el objetivo de conmover, siquiera un poquito, las estructuras del Poder y poder plantar cara a nuestras justas reivindicaciones. En concreto, creo que las siguientes reivindicaciones pueden estar compartidas por una amplia base del electorado y de los candidatos (¡viva la política amateur en el mejor mentido, como todo lo amateur, incluido el deporte, en el mejor de los sentidos), y en relación con el caso español -aunque no exclusivamente-: la supremacía de la política y de la economía denominada “real” frente a la economía especulativa (definida como financiera y no real, cuando desgraciadamente es más real que la otra); la lucha contra la corrupción en los partidos políticos y en las instituciones para políticas como las entidades bancarias; el trabajo constante para la corrección de las desigualdades; la finalización de la ficción jurídica de la libertad de contratación entre personas físicas con problemas y grandes personas jurídicas, especialmente las entidades bancarias y las multinacionales; el fin de los privilegios de Derecho civil y fiscales para estas personas jurídicas; el cese de la insostenible situación en un Estado social de los desahucios y la aprobación de la dación el pago; la instauración de una renta de ciudadanía; la aprobación de una tasa para las grandes transacciones financieras internacionales y el levantamiento de las trabas que, en nombre de la lucha del blanqueo de capitales, se imponen al comercio normal de los ciudadanos, para transacciones inferiores a 12.500 euros; la eliminación en lo posible de todas las formas de intermediación y gestión económica de la propiedad personal de las personas físicas, desde los mecanismos de inversión hasta la reinvención de la propiedad intelectual; en este sentido, la promoción de licencias de cultura libre del tipo de Creative Commons y de conocimiento compatido, tanto para la propiedad intelectual como para la industrial, y la reforma de la legislación en materia de propiedad industrial para promover un comercio justo con los países del Sur; la promoción de la paz y de la democracia auténticas en todos los rincones de la Tierra; la apuesta por el desarrollo de energías sostenibles e innovadoras y la valorización del conocimiento y su trasferencia a la sociedad -no sólo a algunas multinacionales-, a través de convenios entre universidades, fundaciones e institutos de investigación con cooperativas y formas de gestión económica societarias, sin descuidar la investigación básica, a la que habría que prestar el mayor apoyo con objetivos a largo plazo; en definitiva, la opción por modelos productivos de desarrollo que favorezcan la creación, transmisión, crítica y transferencia del conocimiento científico, técnico, artístico y humanístico entre toda la población y la distribución equitativa de los bienes culturales directamente derivados de dicha transmisión, así como la distribución y, en su caso, la redistribución de la riqueza y del bienestar derivado de una utilización de dichos bienes en equidad, en beneficio de todos los ciudadanos y, especialmente, de los más necesitados y desfavorecidos. Y esto sólo en economía, que parece ser la “ciencia” que guarda el “fuego sagrado” de nuestro tiempo, la “cifra”, en palabras del filósofo Jaspers, de la post-post modernidad. De los demás ámbitos de la actividad humana, aplastados por la economía -o por lo que dicen ser economía-, espero tener ocasión de tratar, bien en este blog por su temática relacionada con los fenómenos de victimización, además del análisis social, bien en Twitter (@pabloguerez), o en algún lugar de la red.

Fdo.: Dr. Pablo Guérez Tricarico

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