Tú eres mi Hijo amado: en ti me complazco

enero 11, 2015 § Deja un comentario


 

A mis padres y padrinos de Bautismo

“En aquel tiempo, predicaba Juan diciendo: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero Él os bautizará con Espíritu Santo». Y sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba a Él. Y se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco»” (Mc 1, 7-11)

 

Tú eres mi Hijo amado: en ti me complazco.

Tú eres mi Hijo amado: en ti me complazco.

 

Hoy la Iglesia Católica latina se viste de blanco para conmemorar la Solemnidad del Bautismo de Nuestro Señor Jesucristo. Con la celebración de esta Fiesta, se cierra el tiempo litúrgico de Navidad y comienza el tiempo ordinario antes de Cuaresma.

Hoy es, ante todo, un día de gozo y alegría. El acontecimiento histórico del bautizo de Jesús en el río Jordan, que ya es reconocido como Misterio luminoso en el rezo del Rosario a partir de la reforma de esta devoción introducida por San Juan Pablo II, no debe llevarnos a desconocer la realidad teológica, mucho más honda, del significado de dicho acontecimiento. El bautismo de Jesús a manos de Juan el Bautista marcó el inicio de la vida pública de Jesús, tras unos treinta años de vida oculta, de la que apenas sabemos nada, al menos por los Evangelios canónicos. En el momento de recibir el bautismo, Jesús, el Inocente por antonomasia, recibe de su Padre celestial la plenitud del don del Espíritu Santo. La Trinidad completa está presente en esta nueva gran epifanía o manifestación de Dios a los hombres. La carne humana de Jesús, ya en previsión de los méritos de su Pasión y su Cruz, es trasformada, es glorificada visiblemente por el don del Espíritu en su plenitud comunicado por el Padre al Hijo hecho hombre. Será a partir de entonces cuando sus discípulos de Israel le reconozcan como “el Cristo”, que significa “ungido”. Como el Mesías, el Salvador del mundo, y el Hijo de Dios, destinado a llevar a cabo la misión salvífica de la redención del género humano.

Pero… ¿qué importancia puede tener esta celebración litúrgica para nosotros, y, sobre todo, qué relación puede tener con nuestra propia vida?

Pues, a mi juicio, mucho.

Es cierto que, para algunos que ya vamos cumpliendo una edad, con ocasión de la celebración del Bautismo de Jesús pueden aparecer sentimientos de nostalgia, que nos recuerden nuestro propio bautismo, con un recuerdo real o imaginario, ya que normalmente, en la tradición latina, el bautizo suele ser administrado en la niñez; juntos a estos sentimientos, también puede aparecer el recuerdo mitificado de la inocencia y de la infancia perdidas que, de alguna manera, imbuye también todo el espíritu del tiempo de Navidad.

Sin embargo, si profundizamos en el Misterio del Sacramento del Bautismo, podemos encontrar en él, todavía, la fuerza de lo Alto para seguir esperando, renovando nuestras promesas bautismales, ya fueran aquéllas hechas en nuestra vida por nosotros mismos o por nuestros padres o representantes legales en nuestro nombre.

Pues una cosa fue nuestro bautizo, una ceremonia, de apenas unos minutos, limitada a un momento temporal muy concreto, y la otra, el Sacramento del Bautismo, mediante la cual no sólo recibimos el perdón y la remisión total de todos nuestros pecados y de nuestras penas, quedando nuestra alma blanca como la nieve; en este sentido, la vestidura blanca que se impone a los catecúmenos y que se nos entregó en su día simboliza esa pureza originaria que ya quiso prefigurar Jesús con su Bautismo en el río Jordán, y que después instituyó, tras su resurrección, con la fórmula trinitaria, mandando bautizar a todo el mundo, “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19), después incorporada al Credo de Nicea-Constantinopla y cuya fórmula es válida en cualquier Iglesia cristiana, católica, ortodoxa, reformada, copta, armenia o de otro rito.

Con el Bautismo recibimos mucho más: la condición de Hijos de Dios por adopción, partícipes de la gracia divina y coherederos con Cristo, según relata San Pablo. Y el don del Espíritu Santo, cuya plenitud alcanzamos, en la Iglesia Católica, con el Sacramento de la Confirmación, inmediatamente ligado al primero y administrado seguidamente en las Iglesias de rito oriental en comunión plena con el Romano Pontífice. Recibimos, por tanto, mucho más de lo que perdimos con la desobediencia de nuestros primeros padres. Y el Sacramento del Bautismo, unido al de la Confirmación, son indelebles o, como se decía antes, imprimen carácter; nuestra condición de Hijos de Dios es la que nos hace ser sujetos de la gracia divina que se nos derrama copiosamente en los demás Sacramentos y que constituyen el alimento de nuestra vida y crecimiento espirituales, incluido el Sacramento de la Confesión o de la Reconciliación. Por tanto, siempre podemos volver a activar los resortes que nos permitan comenzar de nuevo, rehacer nuestra vida, por maltrecha que esté; dejar que Dios haga su obra en nosotros y volver nuestra mirada a nuestro Padre celestial en las alturas, Quien, como en una de las pocas teofanías narradas en el Nuevo Testamento, nos dirá con ternura: “Éste es mi hijo amado: en ti me complazco”.

 

 

A.I.P.M.

A.M.D.G.

Creative Commons License
Tú eres mi Hijo amado: en ti me complazco by Pablo Guérez Tricarico, PhD is licensed under a Creative Commons Attribution-NonCommercial 4.0 International License.
Permissions beyond the scope of this license may be available at ask to the author on pablo.guerez@uam.es, pablo.guerez@gmail.com, @pabloguerez.

Siempre es Navidad para los que buscan a Dios

enero 10, 2015 § 4 comentarios


 

A mis padres

A los cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad perseguidos

A la memoria de las víctimas de Charlie Hebdó

 

El tiempo de la Navidad, aparentemente, ha concluido.

Y digo solo aparentemente, porque la desacralización de las Navidades como algo profano ha impuesto en el mundo una concepción de las fiestas que, como se ha ocupado de advertir necesariamente el papa Francisco durante las mismas, están muy alejadas de su sentido originario, de la celebración del Dios inmanente que se hace uno de nosotros y viene a vivir con nosotros en la misma precariedad compartida de la condición humana: se hace Enmanuel, Dios con nosotros, y se hace especialmente presente en los que más sufren, en los débiles, en los prófugos, en los perseguidos. A ellos se refirió el Papa en su homilía de la Víspera del día de Navidad, y es precisamente en Cristo Jesús en quienes aquellos que no son, como diría el propio Jesús durante su predicación, “bien mirados por el mundo”, su consuelo y su alegría en medio de la tribulación. Los cristianos perseguidos hoy en Nigeria, Iraq, Irán, Siria, China, Sudán, y en cualquier lugar del mundo por Jesús y su Evangelio, son como Jesús en el pesebre, para Quien no había sitio. Ese mismo Jesús, Luz invisibile, creadora, redentora y santificadora, se hace visibile en la ternura más visible de un niño, durante el tiempo litúrgico de Navidad, que en la Iglesia latina va -conviene recordarlo-, desde el día 24 de diciembre (Nochebuena), hasta la conclusión de la Feria de Navidad durante la semana siguiente a la Octava de Navidad (1 de enero), tiempo denominado “Feria de Navidad”, y que finaliza con el domingo después de Epifanía, con la celebración del Bautismo del Señor. En la Misa de ayer, un gran sacerdote español recordaba, además, como algo que va más allá de la anécdota cultural, cómo en algunos países de América Latina, como México, el Nacimiento permanece todavía expuesto en muchos hogares hasta el día 2 de enero, el día de la Presentación del Señor.

Por el contrario, en nuestro ámbito sociocultural secularizado, por la fuerte influencia, casi imparable, de la secularización de inspiración protestante norteamericana, la separación temporal festiva entre las dos Fiestas que conmemoran el Misterio de la manifestación de Dios hecho hombre (la Natividad del Señor y la Epifanía) ha perdido su significación, no ya litúrgico-temporal, sino cristológico. De ello pueden dar cuenta muchos norteamericanos y quienes celebran la Navidad en todo el mundo sin referencia alguna al nacimiento de la Persona de Jesús. Así, tenemos en nuestro país, y en muchos otros países de nuestro ámbito cultural europeo, unas Navidades secularizadas (o, utilizando el lenguaje de la antropología religiosa “desacralizadas” o “desencantadas”), que suelen comenzar cuando lo deciden los grandes centros comerciales (en España, hace ya bastante que decidieron que las Navidades comenzaban, al menos, en torno a la segunda quincena de noviembre; algunos Ayuntamientos, sobre todo antes de la crisis, lo decidieron con el encendido de las luces de Navidad el 1 de noviembre), y que terminan, por influencia de una tradición histórica que afortunadamente se resiste a desaparecer, el día de Epifanía, también conocido como la Fiesta de los Reyes Magos, que se celebra el 6 de enero, mientras que en Norteamérica la secularación navideña ha llegado hasta el punto de convertirla, socioantropológicamente, y sin perjuicio de su vivencia auténticamente religiosa en las varias confesiones religiosas cristianas, católicas y protestantes presentes en el país, en una fiesta secular que acaba concluyendo con el año civil.

Ese día, muchos niños de España recibieron los regalos de los Reyes Magos, que fueron a adorar a Jesús hace más de dos mil años guiados por la Estrella de Belén. Cuando nos hacemos adultos, y a pesar de que esta Fiesta pueda suscitar en nosotros cierta melancolía por aquello de la “infancia perdida”, los creyentes no debemos perder el rastro de aquella estrella, porque nos sigue guiando a Jesús. Y nos guía a través de María y a través de toda su Santa Iglesia. En el tiempo denominado “Después de Epifanía” la Iglesia Católica nos concede un tiempo precioso para meditar sobre el Misterio de la manifestación de Dios hecho hombre a todos los pueblos de la humanidad. Es un tiempo para la reflexión y de preparación para la acción, en un mundo cada vez más hostil y deshumanizado, regido en muchas ocasiones por el odio, el chantaje y el rencor, el cálculo político instrumental y la cosificación de las personas; un mundo, precisamente por ello, necesitado de amor, de comprensión y de misericordia.

El mensaje no puede ser más actual, y debe movernos a la paz y a la concordia entre nosotros, comenzando por los más próximos a nosotros, por nuestra propia familia, amigos y allegados. Por ello, para nosotros también, es bueno que comprendamos, como los niños, qu por lo general no tienen posibilidad de hacer regalos materiales apetecibles a los hombres, su mejor regalo es la propia presencia. El mejor regalo que hemos podido hacer en este tiempo de Navidad, y durante todo el año litúrgico, y experimentarlo a la vez de esta manera por medio de la gracia, que se da gratuitamente, es el regalo de nuestra presencia, y el don de nosotros mismos. Lo recordaba el papa en unas emotivas palabras con ocasión de un discurso del pasado Adviento: el mejor árbol de Navidad, la mejor bola del árbol, el mejor adorno, el mejor regalo, eres tú. Pero de ahí debemos salir y transmitir la noticia de la buena nueva a todos los pueblos que hoy constituyen una realidad cada vez más cercana, pero paradójicamente más distante.

No son palabras vacías, sino que nosotros mismos, elevados a la dignidad de Hijos de Dios ya desde el misterio de la Encarnación, que prepara el misterio pascual, somos regalo, somos don para los demás, para hacer de su vida, de la vida de los demás, una vida siquiera algo más soportable, algo más tierna, algo más humana: ¡cuánta necesidad de ternura tiene el mundo de hoy, recordaba el papa Francisco en la homilía de la Víspera de Navidad!

Son éstas palabras que no escuchan los representantes de ninguna de las mayores religiones del mundo, y conviene recordarlo a la luz de los últimos acontecimientos. Es una vergüenza que quienes se declaran también hijos de Abrahám ataquen en nombre del Islam el semanario francés Charlie Hebdo en un atentado que nada tiene que ver con Dios/الله , sino con un odio político-religioso fomentado por los hombres. De nuevo, el odio nos hace ver la cara desfigurada de la religión, que, a pesar de sus múltiples interpretaciones, no es en ninguna de los tres credos abráhamicos (judío, islámico y cristiano), una religión de odio, sino una religión de Amor, sino que más bien, al contrario de lo que algunos sociólogos sostienen, los fundamentalismos son perversiones de la religión: por cierto, de todas. Tampoco los cristianos estamos exentos de caer en él, on en sectas o grupúsculos que se dicen cristianos y reclaman, aun movidas por legítimos sentimientos de indignación, “soluciones” de reacción que, por estar basadas en el odio, no pueden ser compartidas, porque no pueden ser cristianas. Frente a las otras dos grandes religiones abrahámicas, como predicó el propio Jesús, y a pesar de los gravísimos errores cometidos a lo largo de la Historia por los representantes de la religión cristiana institucionalizada, el cristianismo es, además, una religión de perdón y de amor sin límites, hasta el punto de presentar la peculiaridad del Amor a los enemigos. Los cristianos no podemos ceder a la provocación de responder con odio a estos atentados, con actitudes intransigentes y fanáticas que también hemos aprendido y praticado históricamente, sino que desde el poder civil y el poder eclesiástico debemos responder con una actitud de firmeza y justicia, pero también de conversión y misericordia ante las atrocidades cometidas. A la oración por las víctimas de estos terribles atentados no debe seguir la espiral del odio, sino su recuerdo, su apoyo, su memoria; también la firme condena del pecado y de las actitudes de los fundamentalistas islámicos y la petición a los representantes del Islam de una mayor firmeza en la condena de semejantes atrocidades, a la vez que la oración por la conversión de los pecadores.

Pero más allá de ello, los cristianos debemos permanecer firmes en el Amor de Dios que nos empuja a trabajar para erradicar las causas y las estructuras de pecado que hacen posibles que muchas personas, en el ámbito islámico, por esa clase de desesperación basada en la miseria material y moral que lleva al odio y que nunca ha traído nada bueno a la sociedad humana.

A la contemplación del Misterio de la Encarnación ha dedicado la Iglesia Católica uno de sus tiempos litúrgicos fuertes. Pidámosle a Dios que podamos encontrar en la Navidad y en la contemplación de su Misterio, en el triunfo del Bien, los ánimos y la fortaleza necesarios, don del Espíritu Santo, para no caer en desesperación y caminar con esperanza hacia nuestra propia conversión, la de nuestro prójimo (todo el género humano) y la edificación del Reino de Dios en la tierra, que es un reino de amor y de paz.

 

 

Licencia de Creative Commons
Siempre es Navidad para los que buscan a Dios by Pablo Guérez, PhD is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial 4.0 Internacional License.
Puede hallar permisos más allá de los concedidos con esta licencia en ask to the author on pablo.guerez@uam.es, pablo.guerez@gmail.com, @pabloguerez

 

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando las entradas etiquetadas con tiempo de Navidad en Victimología social, "blaming the victim", teoría social, religión, Derecho y crítica legislativa.

A %d blogueros les gusta esto: