Comentario a un artículo de “El Confidencial” sobre el trabajo de Profesor de Universidad

septiembre 9, 2014 § Deja un comentario


¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque cerráis el reino de los cielos delante de los hombres; pues ni entráis vosotros, ni dejáis entrar a los que entrarían (Mt 23, 13-14). 

 

Estimados amigos, compañeros, profesores, estudiantes, familiares, ciudadanos y más de 6.000 lectores y visitantes de mi blog:

 

Os dejo un link del periódico “El confidencial” sobre “los males de la Universidad española” y mis comentarios al respecto, ligeramente ampliados en esta entrada. Son comentarios de alguien que tiene su corazón en la Universidad y en el claustro de profesores, pero que ya no es, como sabéis, y como le ha sido dicho con un lenguaje más propio de otras organizaciones, “uno de los suyos”.

 

http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-07-07/los-8-males-del-profesor-universitario-es-uno-de-los-trabajos-mas-toxicos-que-existen_156018/

 

Buenas tardes. Permítanme que haga una breve presentación de mi perfil universitario, a los principales efectos de justificar mi experiencia y conocimiento del sistema universitario español, pasa pasar seguidamente a comentar someramente este artículo.

 

He sido profesor honorario (sin cobrar nada) de una de las Universidades más prestigiosas del país durante tres años. Actualmente estoy en situación de legal de desempleo desde ese tiempo, y sin percibir prestación ni ayuda social alguna. Anteriormente trabajé con contrato laboral temporal -algo sólo permitido legalmente a las Universidades-, durante seis años y medio y, previamente, obtuve una beca predoctoral de cuatro años concedida por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte. A pesar de ser Doctor “cum laude”, Premio Extraordinario de Doctorado y acreditado para plazas de profesorado permanente por la Agencia de la Acreditación, Calidad y Prospectiva de la Comunidad de Madrid, no encuentro trabajo. De nada.

 

Como comentaba al principio, y en estricta observancia de las normas de esta Comunidad, a la que agradezco la posibilidad de expresar mi opinión, lo que he escrito lo he hecho con la finalidad de fundamentar mi experiencia y mi conocimiento del sistema universitario español, de sus grandezas y de sus deficiencias.

 

A mi juicio, los principales problemas del sistema universitario no son ni la sobrecarga administrativa -aunque a mí me pasó factura-, ni el modelo feudal denunciado en el artículo -hoy mezclado con un régimen de control de agencias de calificación que hace que se potencien los efectos negativos de uno y otro modelo-, ni otros -a mi juicio anecdóticos- que se mencionan. Aunque me ha alarmado que se denuncie como problema generalizado el acoso por parte de alumnos. Admito el mobbing entre compañeros, pero el acoso por parte de los alumnos me suena a la típica herramienta de pendiente resbaladiza de la derecha no democrática para cargar sobre los alumnos las frustraciones de los profesores, implantar métodos docentes retrógrados basados en la autoridad y no en el respeto e impedir un aprendizaje autónomo por parte de éstos, que, no lo olvidemos, deberían poder acceder a las élites -abiertas, por supuesto- del mañana. Los profesores nos debemos a ellos y, en buena medida, muchos “viejos profesores” lo han olvidado. A mí, los estudiantes universitarios no me han dado más que satisfacciones en mi trabajo. Como entiendo que no puede ser de  otra manera.

Así que, desde la perspectiva que aquí sostengo, los principales problemas de la Universidad española actual son, a mi juicio, básicamente dos, y afectan, sobre todo, al reemplazo generacional.

En primer lugar las bases de ambos problemas se encuentran en el tremendo desfase entre el tiempo de la Universidad y el tiempo de la vida actual, que viene a coincidir, mal que nos pese, con el tiempo del mercado de trabajo, especialmente dominado en nuestro país por la idealización de la prisa y del cortoplacismo eficientista. La Universidad pública española ha exigido -por el reconocimiento que históricamente tuvo,  sobre todo fuera de las fronteras de nuestro país-, un tiempo de “formación” integral no agotada por la elaboración y redacción de una tesis doctoral; un “tiempo” muy superior al de la empresa privada e incluso al del sector público, formación que el último decreto sobre los estudios de Doctorado ha intentado recortar, como casi todo en este país, al amparo de la “convergencia” con el llamado espacio europeo de Educación Superior, limitando los Doctorados a tres años prorrogables e incorporando como paso intermedio la dudosa titulación del Máster Universitario de investigación. Sin embargo, hasta la última reforma de los estudios de Doctorado en 2011, el tiempo de tesis doctoral -que no es sólo el tiempo de realización de la tesis, sino tiempo de formación general, de colaboración en tareas docentes, de docencia real, de tareas administrativas, de trabajos por encargo-, se había alargado tanto que, para cuando una persona consigue tener un perfil universitario ideal, tiene de media 34 años, según la última encuesta del CIS al respecto. Parece que este país no conoce el término medio: o hacer tesis titánicas que más bien parecen tratados en las que se inviertan ocho, diez o doce años de trabajo, o realizar “tesis-express” puramente de especialización para adaptarse a las exigencias de no se qué mundo laboral. Como en tantas otras cosas, en este país, el término intermedio no existe. No quiero extenderme con ejemplos de Derecho Doctorado, pero en Alemania, donde se exigen tesis más breves, por ejemplo, un tiempo de investigación doctoral de cuatro o seis años es perfectamente asumible por el sistema universitario.  Y en los Estados Unidos el tiempo dedicado a cursar estudios de Doctorado (Phd degree), con un reconocimiento social y económico envidiable, si bien varía bastante según las Universidades, se sitúa de media entre los cuatro años para las disciplinas más científico-técnicas y los diez años para los estudios de Antropología. En cuanto a mí y a mis circunstancias típicamente hispánicas, que para mi tesis tuve que aprender alemán a un nivel académico desde la nada -incluidas estancias de investigación en Alemania-, y a pesar de que me cambiaron las reglas del juego una vez iniciada la partida, me doctoré algún año antes por encima de la media española, pero lo que percibíamos muchos Ayudantes cuando comenzó la crisis universitaria, antes de que comenzara la crisis general, era que, a pesar de todos nuestros esfuerzos, nunca conseguiríamos estabilizarnos, pues los Rectorados iban a cerrar el grifo de las plazas permanentes, tanto laborales como de cuerpos docentes universitarios, especie por cierto intocable en nuestro sistema universitario público y especialmente privilegiada de funcionarios, a la que todo le es permitido, desde el “simple” abandono de sus labores docentes hasta comportamientos y decisiones basados en la más absoluta discriminación por razón de sexo, salud o cualquier otra circunstancia personal o social, o el acoso sexual en toda regla, pasando por la inobservancia supina de la Ley de Incompatibilidades. Por supuesto, todo ello sin consecuencias. Pero no es mi intención hablar de ello con mayor profundidad en esta entrada. Allá cada uno con su conciencia.

El segundo gran problema, consecuencia en buena medida del anterior, es decir, de la falta de voluntad política de reemplazo generacional desde hace ya demasiado tiempo, es que, precisamente como los que tenemos un currículum laboral-universitario y no conseguimos obtener plazas, nos vemos abocados a entrar en el “tiempo” que nos corresponde. En el de personas de la década de la treintena cuya vocación universitaria ya no puede compensar por sí misma las necesidades de una persona que, no ya por su edad, sino por sus méritos, debería tener un “status” de “senior”. En lugar de esto, nos encontramos sin trabajo y en peores condiciones de quienes todavía no han acabado la carrera. Es una de las manifestaciones de la hipercualificación, tan penalizada en este país debido al cortoplacismo empresarial y social imperante, de la que ya he hablado en otro lugar. El sentimiento de frustración de muchos expulsados como yo, además, agrava las secuelas psicológicas de nuestra situación y hace más difícil que consigamos, literamente, “rehacer nuestra vida”. Porque, a pesar del sentimiento de frustración que nos produce el ver nuestra carrera universitaria truncada, algunos, como yo, seguimos teniendo vocación universitaria y creyendo en la Universidad como un proyecto de comunidad de vida, más que como en un trabajo.

Por tanto, la aportación que quisiera realizar a este foro es que debería distinguirse muy bien entre profesorados permanentes y quienes no lo son. No digo que éstos no tengan problemas, no estén lo suficientemente remunerados ni reconocidos como debieran ni sobrecargados administrativamente, ni que no se les haga injusticia. Pero, aun con todo, si tienen vocación, están desempeñando, a mi juicio, una de las mejores profesiones que existen. Con gusto volvería yo a la Universidad con un puesto de profesorado permanente cobrando 1.500 euros, que es el último sueldo que percibí, sobre todo teniendo en cuenta cómo está el mercado de trabajo. Por ello, cuando escucho a mis ahora ex compañeros -en realidad soy yo el ex compañero, puesto que han echado ellos- hablar de estas cosas, no puedo menos que indignarme o, en el mejor de los casos, ruborizarme. Porque no puede compararse la frustración de un Vicedecano sobrecargado con puesto fijo, o el un Profesor Titular que no llega a Catedrático, por ejemplo -por legítimas que sean estas quejas-, con la de quien ni siquiera está en situación de pedir una ayuda social con treinta y pico años tras trece años de dedicación a la Universidad lo mejor que ha podido.

 

Así que, si realmente se quiere dignificar a la Universidad, ábranse las promociones por abajo, puesto que son su futuro, y éstas asumirán con gusto las cargas de la burocratización, la endogamia y los demás males que denuncian aquellos que tienen dentro de la Academia la vida resuelta. Es más, estoy convencido de que el reemplazo generacional constituirá un elemento muy positivo para una reforma material -no política- de la Universidad, y redundará en provecho de la comunidad universitaria en su conjunto, para que aquella pueda servir a la principal finalidad que le ha sido encomendada por todas las leyes democráticas universitarias de nuestro país: la creación, desarrollo, transmisión y crítica del conocimiento, el arte y la cultura.

 

Vivat Accademia, vivant Professores

Vivat Accademia, vivant Professores

Vivat membrum quodlibet

Vivant membrae quaelibet

Semper sint in fiore, Semper sint in fiore.

 

Hasta aquí mi comentario: Sobre la hipercualificación y sus perniciosos efectos en el mercado laboral, recomiendo otro enlace en el mismo periódico digita. Son hechos: http://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2014-09-09/el-paro-de-los-espanoles-con-estudios-superiores-triplica-la-media-de-la-ocde_188713/

 

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De nuevo sobre el problema de la hipercualificación y contra la crítica a la presunta “ociosidad” de la juventud sin trabajo

julio 8, 2014 § 1 comentario


Creo que hay que reconocer que los jóvenes más inteligentes de los países occidentales tienden a padecer aquella clase de infelicidad que se deriva de no encontrar un trabajo adecuado para su talento (…) El cinismo que tan frecuentemente observamos en los jóvenes occidentales con estudios superiores es el resultado de la combinación de la comodidad con la impotencia. La impotencia le hace a uno sentir que no vale la pena hacer nada, y la comodidad hace soportable el dolor que causa esa sensación (Bertrand Russell, La conquista de la felicidad, 1930)

 

La lucidez y la clarividencia del gran matemático, fílósofo, lógico, epistemólogo y humanista Bertrand Russell, quen ganara el Premio Nobel de Literatura escribiendo prácticamente sólo ensayo, hacen que sus siempre textos de referencia, escritos en la mejor tradición de la prosa anglosajona, hablen por sí mismos y no merezcan comentarios. Por esta razón, me limitaré a subrayar la actualidad de esta reflexión de Russell, que mantiene plena vigencia en el tiempo presente.

En una entrada anterior expresé una idea ciertamente iconoclasta, en la que describí como acreedora a una nueva forma de discapacidad a la persona hipercualificada, joven o no tanto, pues la formación de la buena necesita su tiempo y su madurez, más allá de las modas impuestas por las supuestas necesidades de innovación que tan bien parecen interpretar los políticos, con su incesante reforma de las enseñanzas regladas con el único objeto no declarado de sumir a la Academia en una vorágine burocráctica que, cual Leviatán acaba por fagocitarse a sí misma. En aquella entrada, como recordarán mis lectores, me aventuré a definir al parado hipercualificado como una persona extraordinariamente formada -no sólo en un ámbito del conocimiento humano, pues todo conocimiento está interconectado-, la cual, precisamente por su peculiar estilo investigador y su profundo amor al conocimiento teórico -no digamos ya si posee un Doctorado, cuyo contenido ha querido aligerarse en los últimos años con el pretexto de la convergencia con el proceso de Bolonia-, estaba en estos tiempos en peores condiciones de obtener un puesto de trabajo “normal” o, si se quiere, empleando términos más ampulosos de la sociología sistémica moderna, “disfuncional” para el sistema. Un sistema de producción y distribución de bienes que se basa en un estadio de la economía capitalista que parece que ya no da más de sí, y en el que la brecha entre los llamados “creadores de empleo” o “emprendedores” y los trabajadores va aumentando cada vez más, tanto en poder adquisitivo como, sobre todo, en el diverso estatus social de unos y otros, a quienes se les reconoce, de facto, un diferente estatus jurídico, con menos derechos y con menos dignidad. Pero sobre ello ya he tratado largo y tendido en otras ocasiones. Fijémonos en la cita de Russell: a diferencia de algunos “discursos” que ahondan en la idea de que la “titulitis” ha sido el mal endémico de la juventud española, y de que los jóvenes -y aquellos no tan jóvenes que han perdido el trabajo-, no quieren trabajar, Russel se fija en el aspecto psicológico, causa de infelicidad en los jóvenes universitarios, los cuales, como el propio Russell reconoce, desarrollan sus propias estrategias de evitación emocional para no sucumbir ante lo que el autor, en capítulos atrás, hubiera magistralmente como la mayor de las desdichas psicológicas, la “infelicidad byroniana”, en honor a Lord Byron. En lo referente a la infelicidad de la que trata el párrafo citado, el aspecto psicológico comprende, aunque no lo agota, un doble sentimiento de frustración por parte de las personas cualificadas que no pueden acceder a un puesto de trabajo acorde con su formación -lo que significa, ni más ni menos, ¡un puesto que van a desempeñar mejor que otras personas no cualificadas!, y eso se les olvida a muchos de aquellos que ven la solución al problema del desempleo en España en que los ingenieros, por poner un ejemplo, se vayan a servir cafés a Londes (escuchado en el Congreso de los Diputados, sic.)-. Por esta razón cuando he expresado en anteriores entradas que lo que produce frustración a muchas personas hipercualificadas es su profunda sensación de no poder devolver a la sociedad, en términos de progreso y de desarrollo económico, aquello que la sociedad -muchas veces con los impuestos reamente pagados, y que normalmente son los impuestos que recaen sobre las nóminas, pensiones e ingresos regulares directamente controlables por el fisco- ha invertido en su formación. A esta primera frustración se añade el pesar derivado de la constatación que mucha gente, de cuyas buenas intenciones no cabría dudar, y que han pagado impuestos para formar a los mejores talentos del país, se suma a los argumentos populistas del estilo de que “si los jóvenes y/o los parados no trabajan es porque no quieren, porque podrían trabajar perfectamente limpiando suelos o de reponedores por 400 0 600 euros mensuales con jornadas de 12 horas”. Exceptuando a nuestros políticos, prefiero pensar que la pobre gente que utiliza estos argumentos lo hace con buenas intenciones; no obstante, permítaseme destacar algunas características que se suelen dar en la gente que busca este tipo de “soluciones” al desempleo juvenil y cualificado. Por mi experiencia, he podido constatar que se trata de personas, digamos, al menos de clase media acomodada, con un puesto fijo -algo ya impensable en la “nueva economía”-, y con cierta formación -más bien titulación- universitaria, por cierto, la mínima formación académica instrumental que les permitiera en su día acceder a puestos de trabajo clásicos como empleados de banca, corredores de seguros, asesores, e incluso abogados.

La solución al tremendo drama del desempleo juvenil y no tan juvenil cualificado tiene que venir, por el contrario, de un replanteamiento de las estructuras económicas que sirven de base a la superestructura jurídica constituida por el Estado. Mis lectores podrán reprocharme la falta de rigor científico en la elección deliberada de términos marxistas -o marxianos-, pero éstos son los que expresan más que nunca la actual supremacía de la economía frente a la política en la más noble de sus acepciones, es decir, el arte del buen gobierno de la cosa pública en aras al Bien Común.

Lo que ocurre con el drama al que acabo de aludir es que no es sino el corolario necesario del actual estadio del sistema capitalista; comoquiera que la educación, como derecho prestacional de un Estado social cada vez más en crisis, se ha escindido del fomento del empleo, por parte de los poderes públicos, que tenga en cuenta el grado de formación para que los mejores talentos puedan desarrollar las competencias y las habilidades adquridas durante su largo proceso formativo, muchos ellos no encuentran salidas en empleos acordes a su formación. Nótese aquí cómo estoy presentando el problema desde un punto de vista de cálculo de la eficiencia económica: una de las funciones del Estado social y del Estado de bienestar consiste en ofrecer canales entre la educación y el empleo, pero no para satisfacer el orgullo -ni siquiera la dignidad- del trabajador cualificado o hipercualificado en paro, sino para lanzar el gran reto al sector productivo privado de contar con gente de elevada cualificación, la cual, en puestos directivos, garantizará seguramente a largo plazo el desarrollo de empresas concretas y, con ello, el desarrollo del país. Dicho de una manera mucho más simple: el hecho de que haya “muchos ingenieros sirviendo cafés” puede ciertamente contribuir a culivar la virtud de la humildad de los ingenieros, pero resulta tremendamente disfuncional para un sistema socioeconómico que no esté centrado exclusivamente en obtener beneficios a corto plazo. Si hay ingenieros de caminos sirviendo cafés, significa que no se construirán puentes, como no habrá progreso tecnológico si los informáticos se dedican a limpar escaleras. Y todos convendremos, incluso desde un punto de vista de estricta eficiencia económica, que un país moderno debe apostar por el trabajo cualificado enmarcado en una dirección empresarial con anchura de miras, sobre todo, como respuesta a “los retos” de la tan cacareada por los actores sociales y políticos “sociedad de la información y del conocimiento”, la cual ya adelanto, desde mi punto de vista, que no es sino una “sociedad de la desinformación y de la ignorancia”. Sin embargo, y analizando la realidad social española -pero no sólo, puesto que sobre ella influyen premisas ideológicas disfrazadas de ciencia económica basadas en el austericidio, cuyas consecuencias en orden a cualquier recuperación económica siempre son omitidas por los “sabios” de la Troika y de las instituciones clásicas del orden mundial surgido tras los acuerdos de Bretton Woods-, me temo que nos hemos topado ante uno de los principales escollos: la combinación, terrible, entre “emprendedores” que sólo buscan el beneficio a corto plazo e intentan minimizar el riesgo, con lo que siguen empeñándose en procedimientos y en maneras tradicionales -y ello dificulta la contratación de personas con elevados conocimientos pero con capacidad realmente crítica y transformadora-, y una banca caracterizada por privatizar los beneficios y socializar las pérdidas, con el apoyo de los Gobiernos a los que sustenta, que no dudan en “echarles un cable”, vía línea de crédito o directamente de préstamo con dinero que sale de los contribuyentes y cuya supervisión brilla por su ausencia.

En este contexto socioeconómico, las palabras de Russell cobran nuevos matices en el ámbito psicológico. Russel habla de impotencia, pero la impotencia no es más que el reflejo psicológico de la lucha por la dignificación del trabajo cualificado que resulta menospreciado por el connubio Estado-Banca-Empresa. Y la comodidad no deja de ser una huida humana, muy humana, que alivia el dolor, el que previó Russell y el dolor más existencial referido al sentimiento personal de autofrustración y falta de dignidad a que siempre lleva el talento desperdiciado. Tras este análisis, ¿realmente puede alguien en conciencia reprochar humanamente a los jóvenes sin empleo o a los parados que han perdido el suyo, después de que éstos hayan “quemado”, muchas veces casi literalmente, los mejores años de su vida en la preparación para carreras vocacionales con la esperanza no sólo de ganarse la vida, sino de contribuir al desarrollo del país? Que cada uno responda a esta pregunta en conciencia.

Sobre este problema, tenéis más referencias en este mismo blog en http://pabloguerez.com/2014/07/08/de-nuevo-sobre-el-prolema-de-la-hipercalificacion-y-contra-la-critica-a-la-presunta-ociosidad-de-la-juventud-sin-trabajo/.

 

Por Pablo Guérez Tricarico, PhD. /Signed by: Pablo Guérez Tricarico, PhD

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